Apresúrense, ¡no se vayan a quedar atrás!

Blu y su familia iban en dirección a Rio de Janeiro.

-Cuidado, Blu. Si aleteas tan fuerte, ¡vas a tumbar a alguien!

-Oh. Lo siento-risa jafante. Blu volteó a ver a Perla y le sonrió-Ah, merecido descanso-reflexionó en voz alta, aunque no tenía previsto que los demás fueran a escuchar.

-¿En la casa de los Weidendorf? Ahí nunca hay descanso.

-Pues a los niños les encantará, y ahí los padres veremos qué hacer juntos después.

-¿Cómo hablar?

-Ammm...

Perla había dado en el blanco otra vez a Blu; ella sabía a la perfección que Blu era capaz de entablar una conversación con alguien y quedarse ahí por horas de no ser porque ella lo obligase a cesar.

-Sí, uh-Blu miró hacia arriba-Buscaré la manera de que no resulte tedioso.

-Espero.

...

-¡Hey, chamacos! Apláquense, ¡ya vamos a llegar!

-Lo sentimos, Rafael. ¡Es que estamos entusiasmados!-justificó Carla.

-Sí, ¡no hemos ido ahí en décadas!-dijo Tiago, quien también venía alborotado.

-De hecho una década corresponde a lo que vendrían siendo diez años; ¡sólo ha pasado uno!-corrigió Bia. Ella también era muy optimista al respecto (que iban a llegar a Rio, no sean brutos).

-Rafael, ¿crees que Eva y tus hijos hayan llegado?-Blu preguntó a lo lejos, desde que el tucán iba bastante atrás, mientras que él lideraba la expedición.

-Ellos se adelantaron por mucho; ¡ya deberían haber llegado!

Rafael los acompañaba en éste viaje a visitar a los Weitendorf y esta vez llevaba a su propia familia también. La travesía había durado dos días, incluyendo en el que transcurre la historia en éste instante; habían hecho ya una serie de escalas, pero aún así tardaron menos en llegar a Rio que a Manaos (si no recuerdan, cuando se encaminaban los Spix, Rafael y demás a la Amazonia seguían las instrucciones de un GPS que los mantuvo dando vueltas, retrasando su rumbo).

-Bien.

-¡Esperen! ¡Nos dejan atrás!

Perla volteo.

-Nico si se comprometieron a realizar éste recorrido con nosotros, están obligados a seguir nuestro ritmo y no abusar del tiempo de descanso.

-¿Obligados?-se extrañó el jilguero, aunque todavía no rebasaba a Perla.

-No virtualmente obligados; ustedes se decidieron por mantenerse en contacto con nosotros cuando no estamos emparentados nosotros con ustedes. De ahí podemos decir que no son miembros de la familia, por lo que pueden ustedes ir a hacer cualquier cosa que se les plazca hacer con su dichoso tiempo de incuria.

Nico se quedó callado al tiempo que la observaba mientras aleteaba con rigidez.

-Tienen toda la libertad del mundo de dar vuelta atrás, abandonarnos y emprender otra actividad porque es cierto-Perla continuó-Nadie les está mandando.

Nico otra vez no respondió, pero tenía una acerba expresión en el semblante.

-No te lo tomes como chantaje, pero si ustedes quieren irse, pueden hacerlo, les respetamos su resolución.

-Pero...a mí me dicen Tío Pedro...-Pedro intervino, desde que había escuchado todo y volaba al lado derecho de Nico.

-Ya lo sé, Pedro. Estoy jugando-respondió Perla con una calma asombrosa.

Nico y Pedro se aliviaron ante la revelación. Tanto tiempo con la familia Spix seguro les había hecho desarrollar afecto por ellos.

El cielo naranja era naranja y atardecía.

-¡Papá! ¡Rio se aproxima!

Ni se tomaron la molestia de apreciar el paraíso por debajo de ellos; estaban enfocados en una sóla cuestión, y era llegar con los Weitendorf a tiempo.

En quince minutos se adentraron en el pedazo de selva que había en Rio de Janeiro y en otros quince localizaron al árbol que andaban buscando. Eva y sus hijos ya se hallaban ahí, pero no habían encontrado el hueco de los pericos dorados.

En recuento, los integrantes de la bandada eran Blu, Perla, Bia, Carla, Tiago, Rafael, Nico y Pedro. Contando a los que se les reunieron después, Eva, los 18 pequeños tucanes, y...

-¡Roberto! Buen trabajo guiando a Eva y a las bestias hasta acá a salvo-felicitó Perla.

Ya habían todos pisado tierra, como leyeron antes, y se hallaban a poca distancia del agujero de los Weitendorf. El trozo de selva al que pertenecía el hogar estaba lejos de la ciudad. Pero tan sólo un poco lejos. Como cuando Blu y Perla se perdieron en ésa misma jungla, encadenados. ¿Y ahora?

Todo había marchado como planeado. Blu se dio el lujo de sonreír ante tal proeza, pues él organizó el trayecto.

-¿Ése es?-preguntó Pedro.

-El mismo-dijo Blu.

-No parece que haya nadie.

-En éso tienes razón, Pedro.

-Será mejor que tú toques.

-Excelente idea.

El orificio estaba bastante lejos del suelo, así que Blu alzó el vuelo y gentilmente se posó en él. Un trozo de madera lo cubría. Blu imaginó que se trataba de una especie de puerta. Tenía una ranura por la que podía ver parte del interior.

Toc toc toc.

Friesshart inmediatamente se asomó. Y su mirada se pasmó.

-Blu, ¿qué estás haciendo aquí? No puedes estar aquí afuera.

-Ah, ¿no?

-¡No! Deberías estar adentro, ¡resguardado como todos los demás!

-¿Enserio?