— ¿Dónde decías que íbamos, Gilbert? —pregunta Francis desde debajo de su bufanda.
— ¿Qué? ¡No sé! —exclama el alemán, dándose la vuelta para mirarle, andando de espaldas—Yo dije que nos íbamos, no a dónde íbamos, así que a mí no me mires.
Y, justo en el momento en que iba a chocar contra una farola, se da la vuelta y la sortea hasta elegantemente.
Gracias a Dios no era a mí al que le tocó hacer eso.
El suspiro de Francis, tan largo y sentido y teatral como siempre pareció incluso más largo y sentido y teatral que de costumbre. Como si las otras veces fueran hubieran sido de prueba para hacer adecuadamente este último.
—Gilbert, sabes perfectamente que, al contrario que tú, tanto Antonio como yo tenemos trabajo, mucho trabajo que hacer y aun así te empeñas en que salgamos, encima sin siquiera tener un rumbo fijo…
—Eh, oye, franchute, es viernes por la noche, para empezar —levanta un dedo— y te recuerdo que los viernes por la noche se sale o se sale. Además —levanta otro dedo— tú eres el que deberías agradecer que te saque de casa a pasear de vez en cuando, que prácticamente sólo sales al mundo exterior para hacer la compra y para fumar en el balcón. Que, hablando de eso —guarda su mano en el bolsillo de su chaqueta y añade en un gruñido—, la casa empieza a apestar a tabaco por tu maldita culpa.
—Eso es cierto —corroboro asintiendo. Francis me dedica una mirada airada y yo sólo me encojo de hombros—. Admítelo, Francis, ahí lleva razón.
— Oh, sacrebleu! —refunfuña entre dientes, levantando las manos al cielo—¡Tener amigos para esto!
— ¡Déjate ya de actuar como la mediocre actriz de un melodrama de tres al cuarto y propón tú algún sitio donde podamos ir! —ordena Gilbert, bajando una de las manos del francés con la suya.
— ¿No podemos ir a ese bar al que fuimos hace un par de semanas, ese en el que ponían tan buena cerveza? —pregunto yo, mirando a ambos.
— ¿Te refieres al irlandés? Oh, no, Toni, ya no —negando con la cabeza, le dedica una acusadora mirada a Gilbert—. Gracias a nuestro queridísimo Gilbert, ya no podemos entrar ahí. Posiblemente de por vida.
—Eh, oye, ese gilipollas se lo buscó —se defiende, señalándole con el dedo, antes de soltar una risotada amarga—. Que es mil veces mejor el whisky que la cerveza alemana, menudo ignorante de la vida…
— ¡Por supuesto, por supuesto, nunca he visto a nadie que se mereciera más que le dieras un derechazo sin previo aviso que a él! —confiesa, con evidente ironía—. Mira que descalificar la calidad una bebida alcohólica inventada por los babilonios, qué poca vergüenza…
Al parecer, la respuesta que recibió fue un casi ininteligible "estaba muy borracho, joder".
—Además —sigue, sin dejar de echarle la culpa de todo con aquella mirada—, me he dado cuenta de que salir contigo es como inscribirse en una especie de enrevesada gymkhana donde participamos en varios concursos como: "evita a toda costa al malvado batallón de ex de Gilbert", "adivina en qué bares te han prohibido la entrada gracias a Gilbert", "intenta ligar con alguien cuando tienes pegado a la espalda a Gilbert haciendo chistes negros de nazis" o, mi favorito personal, "acierta cuántas copas necesita Gilbert para que empiece a comportarse como un borracho violento".
— ¡Oh, vamos! Admite que eso sólo hace que todo sea mucho más divertido —le responde con un gran, poco inocente sonrisa en los labios y un más que evidente destello de orgullo en los ojos.
Y Francis soltó unos cuantos improperios en francés mientras Gilbert por su parte se carcajeaba descaradamente. Nada que no fuera usual entre ellos, una típica estampa. Después de todo, eran como el perro y el gato: siempre había algo que sacara de las casillas a uno del otro.
Pero en el fondo se llevaban bien, creedme. A su manera, pero bien.
Yo decido, como casi siempre, hacer oídos sordos de sus peleas, y paseo mirando los escaparates y carteles distraídamente. Esta noche hacía realmente mucho frío, lo cual explicaba el hecho de que apenas hubiera un alma en la calle. Además, ya eran bien entradas las once de la noche, lo que significaba que la gente ya estaría en sus casas durmiendo o en los bares, a resguardo de este frío invernal, entre copa y copa. Que es justamente lo que yo estaba deseando ahora, beber algo y ante todo, entrar a un sitio con calefacción para poder entrar en calor cuanto antes.
Pero claro, ahí Francis tenía razón: cada año que pasaba nos quedábamos con menos y menos sitios a los que podíamos ir tranquilamente. Por diferentes razones, claro está, si bien en la explicación de casi todas llegaba algún momento, tarde o temprano, en el que tenías que soltar el nombre de Gilbert. El caso es que la principal consecuencia de eso es que nos dejaba, a efectos prácticos, en decidir ir a alguno de "los sitios de siempre" o, claro está… probar algo nuevo.
— ¡Eh, chicos! —me paro de repente, señalando con la cabeza— ¡Mirad allí!
Era un cartel que no habíamos visto nunca, lo que le da unos cinco puntos a favor. También se los da que fuera un sitio pequeño y que poco destacaba de los edificios de alrededor (una regla simple: a más luces más mosquitos, ¿no? Pues igual con las personas). El tercero era que alguien salió en ese momento poniéndose la chaqueta, lo que significaba que, sí, dentro debía hacer calorcito.
Así que, tirando un poco de Gilbert, que decía que le daba demasiada mala espina que hubiera algo escrito en ruso, entramos. Y sí, tal y como pensaba, era un local pequeño y sin apenas decoración especialmente destacable, pero, joder, qué temperatura tan agradable tenía, más diez puntos.
Apenas tardé un momento en deshacerme del pesado chaquetón y de la bufanda, echándome hacia atrás en el banco con un suspiro de evidente agrado. ¡Qué cómodo era! Este sitio ganaba puntos por momentos, de veras.
—Oh, vaya, hacía años que no escuchaba esta canción —murmura Francis mientras se quita el pañuelo y lo deja a un lado—. Qué buenos recuerdos me trae… ¿Cómo era el nombre?
—A mí también me los trae —sonrío, poniendo los codos sobre la mesa—. Hmmm, el titulo… ¿Tal vez algo como "Aphrodisiac in love"?
— ¡Sí, era eso! —asiente con la cabeza tras chocar los dedos.
—Lo que yo me pregunto es qué habrá pasado con la cantante, hace muchísimo que no se escucha nada de ella. ¡Ay, cómo se llamaba, lo tengo en la punta de la lengua! Empezaba por i, creo recordar… ¿Irene o algo por el estilo?
—Oh, Gott, parad ya de marujear los dos —suelta Gilbert, mientras mira la carta de bebidas, bufando—. Por favor, mirad lo que sirven aquí: vodka de vainilla, vodka de caramelo, vodka de mango, vodka de manzana… ¡Eso no es vodka, son mariconadas! ¡El vodka no debería tener sabor más que a alcohol!
—Juraría que tú odiabas el vodka, Gil —murmura Francis, mirándole con una ceja alzada.
— ¡Y lo odio, no pienso volver a probar una sola gota de esa jodida bebida en lo que me queda de vida! —le replica, visiblemente enfadado— ¡Pero creo tener criterio suficiente para decir que son mariconadas! ¡Y ya has conseguido ponerme de mala leche, verdammt!
Tras esto, tiró la carta encima de la mesa y se cruzó de brazos con un demasiado pueril gesto en la cara. Yo miro a Francis levantando los hombros, y él tan sólo mueve la mano, como quitándole importancia al asunto.
—Cosas de Gil con Ivan —murmura muy bajito en mi oído, para que no lo escuchara él.
Ah, sí, claro. Ivan, el famoso Ivan. Y con eso me refiero a que era un nombre que había escuchado demasiadas veces para no tener ni tan sólo una mínima idea de quién era. Bueno, juntando pequeñas pistas que fui recogiendo con el tiempo algo conseguí saber de él: sabía que era un ruso ex de Gilbert con el que la cosa no acabó bien (mejor dicho, peor de lo normal), que tenía una nariz enorme y que nombrarle equivalía al alemán rompiendo algo, que podía ser desde un plato a, qué se yo, tu propia nariz.
Supongo que entra en la categoría de "cosas que me perdí por llegar tarde a Los Ángeles". Porque, según tengo entendido, muchas y muy variadas cosas pasaron mientras ellos dos vivían juntos en el piso antes de que llegara yo. Entre ellas sus vanos intentos de encontrar un tercer ocupante. Al parecer espantaron a todos sus anteriores compañeros de piso (cosa poco sorprendente, por otra parte) hasta que finalmente llegué yo para completar finalmente el "trío maravilla".
Ay, aún recuerdo como si fuera ayer mi "entrevista de nuevo inquilino". Particularmente los más que evidentes intentos de Gilbert de seguir con la "tradición" y que yo también saliera despavorido de aquel sitio al saludarme entre las sombras preguntándome con su voz más sádica: "¿Quieres jugar a un juego?".
Claro está que yo no había visto nunca Saw y no entendí la referencia así que le chafé un poco el plan asintiendo mientras sacaba mi baraja de cartas española diciendo que sería genial echarse un "cinquillo".
Yo aún sigo firme en mi teoría de que si conseguí quedarme fue, por raro que resulte, gracias a mi madre. Sí, sí, sí. Después de todo, eso de que me preparara un tapper de leche frita para que el camino ayudó mucho a que Gil accediera. Yo diría que pasó de tratar de echarme a base de hacer chistes malos y algo racistas de mexicanos a abrazarme e implorarme que me quedara con ellos unos dos minutos, que fueron los que necesitó para zampárselo enterito. Por no dejar no dejó ni el azúcar y la canela que se había pegado al plástico.
Ah, buenos tiempos, aquellos en los que…
¡Pero Madre del Amor Hermoso! ¡Menudo par de…!
Con los ojos abiertos como platos, negando con la cabeza, trato de mirar a otro lado que no sea a aquel par de pechos que, de repente, se encontraban sobre nuestra mesa. Así que, haciendo un soberano esfuerzo por el que merezco reconocimiento, mis ojos se apartan de aquel demasiado atrayente escote y acaban fijos en el precioso rostro que me sonreía amablemente.
— ¡Buenas noches, chicos! —saluda la chica en cuestión, con un marcado acento eslavo.
Joder, sí que era preciosa. Más allá de aquella pechonalidad, me refiero. Tenía un rostro redondeado enmarcado por una corta melenita rubia, de piel muy blanquita (no tanto como Gilbert pero casi, para entendernos), que contrastaba con sus labios y mejillas sonrosados, que a su vez hacían un hermoso contraste con aquellos ojos (los de arriba, los de arriba) puramente azules, como el mismísimo cielo. Y encima tenía una voz angelical y melodiosa cerrando el paquete. En resumen, un auténtico ángel se me había aparecido.
Ella se endereza, levantando hasta la altura del hombro su mano, que sujetaba el paño que había usado al parecer para limpiar nuestra mesa, la otra mano apoyada sobre nuestra mesa, y echa la cadera ligeramente a un lado al cambiar el peso en las piernas
— ¿Qué vais a tomar?
Ah, claro, era la camarera. Esto le daba unos, qué se yo, cincuenta puntos más a este sitio.
—Yo una cerveza, por favor —pido yo, sonriéndole tontamente de vuelta. Luego dirijo la mirada a mis amigos, extrañado de no haber escuchado la voz de Gilbert antes que la mía. El ver que Francis le había tapado la boca me dio una convincente respuesta.
—Y a nosotros otras dos, s'il vous plaît.
Ella asintió y se dio la vuelta en dirección a la barra. Inevitablemente, porque era inevitable, estuvimos un rato los tres mirando de manera un tanto descarada su trasero.
—Joder, menudo par de tetas tiene la camarera, ¿no?
— ¡Oh, Gilbert, sabía que tenía que taparte la boca por algo!
—Venga, Francis, es un hecho, son jodidamente enormes. Además, está buena, está muy buena… —aparta por fin la vista de su trasera y nos mira con su cara más perversa— Tíos, ¿apostamos algo a ver quién se la liga primero?
— ¿Lo dices en serio? ¿Es que acaso no te has dado cuenta?
— ¿Cuenta de qué? —pregunto yo, intrigado. Francis tan sólo levanta su mano.
—Anillo —murmura, como si fuera obvio. Pero no era obvio en absoluto, así que le miro con cara de no entender un pijo, lo cual hace que suelte un bufido airado mientras se señala repetidamente el dedo anular —. ¡Anillo, anillo, anillo! —no, aún no pillo nada— ¡Que está casada, par de palurdos!
— ¡Ah! —suelto, cayendo ahora sí en la cuenta de qué quería decir—Pues menudo fiasco… Y menuda suerte que tiene su señor esposo, dicho sea de paso.
—Gott, en qué cosas más enrevesadas te fijas, franchute —gruñe Gilbert, poniendo un momento los ojos en blanco—. Además, no sé qué tiene que ver eso con mi apuesta.
—Eres un cerdo asqueroso y me repugnas, Gilbert Beilschmidt—le responde, arrugando la nariz con evidente asco.
—Sabes que lo hice una vez y que podría volver a hacerlo —murmura simplemente, con una de todo menos tranquilizadora sonrisa. Tampoco esta vez entendí del todo qué quiso decir con eso, pero, joder, si mis neuronas tramitaron la indirecta debidamente, creo que lo mejor será ni preguntar siquiera. Suena a una de esas historias suyas que tanto distan de ser agradables de escuchar, así que mejor ni enterarse, no vaya a ser que ahora pille yo un trauma.
—Lo dicho: eres un pedazo de cerdo asqueroso y escucharte me produce arcadas.
—Prefiero ser un asqueroso cerdo alemán a ser una amargada rana francesa como tú.
—Venga, chicos, no os pongáis a pelear ahora —ruego—. Hemos salido a pasárnoslo bien un rato los tres juntos, no a discutir la cuestionable moral de Gil, que todos sabemos perfectamente que viene defectuosa de fábrica —sólo suelta un bufido, sin negarlo—. Y además, ya llegan nuestras cervezas así que…
Pero entonces escucho un algo que poco tardé en identificar como el tono de mi móvil. Así que lo cojo, intrigado, y leo el mensaje que acababa de enviarme un número desconocido.
—Oh Dios mío… —murmuro, sin dejar de mirar a la pantalla. Entonces me lo vuelvo a meter en el bolsillo y recojo mis cosas en un suspiro— Tengo que irme. Trabajo. MUY urgente.
Y abandono el bar a la carrera, dejando atrás las preguntas a gritos de Gilbert, con el corazón acelerado, sin creerme aún del todo lo que acababa de leer en aquel SMS anónimo.
Acaso… ¿Acaso era cierto que él estaba aquí?
No. No estáis soñando, no son fantasías... ¡He actualizado! *baila al ritmo de Bonney M. Literalmente, que tiene la canción de "Rasputin" puesta*
Para empezar... Lo siento horrores. Las musas vienen, se van, y en mi caso se van más que vienen. Además, el período de exámenes de febrero ha hecho mucho daño a mis neuronas y ha quemado mi tiempo para dedicarle a mis fics. ¡Pero bueno, ya pasó (con los resultados que sean, coffcoff) y me he podido poner con Paparazzi! Además, os traigo unas noticias "semi-buenas": tras venirme el brote de inspiración, temí olvidarlo todo como me ocurre tan a menudo, así que, extrañas cosas que tiene una, tengo escrito ya el capítulo 5 también. Así que, si tengo suerte y termino el 4 rapidito, no tendréis que esperar tanto como tuvisteis que esperar para tener este.
Vale, ya lo sé, os la sopla un poco, pero a mí me viene super bien hacer esto XD
No sé qué más deciros... Ya empiezan las menciones a otros personajes, soy una escritora feliz ~3 Sí, pretendo meter aquí a todos, o al menos a casi todos los personajes de la serie de alguna u otra manera. Estoy así de loca.
Ah, he pensado en dejaros al final de cada capítulo unas cuántas preguntas para que tratéis de responderlas en los reviews o al menos en vuestra mente, para que opinéis. En este, por ejemplo, serían: ¿Por qué Toni ha salido tan rápido del bar? ¿Quién es el él que menciona al final? ¿Con quién está casada Ucrania? ¿Batallón de malvados ex de Gilbert, a lo Ramona Flowers? ¿Que pasó con Ivan? ¿Cómo se llamaba la cantante que ni Francis ni Toni conseguían sacarse de la punta de la lengua? ¿Jugaron Gil y Toni al final al cinquillo? ¿Es cierto que una persona que diga que el whisky es mejor que el vodka merece un derechazo en los morros?
¡Opinad, opinad, que todas -o, al menos, casi todas- serán respondidas próximamente!
Ah, y antes de irme, deciros que el siguiente capítulo será el primero de Gilbert. Permitidme que grite FUCK YEAH. Es mi personaje favorito, después de todo, y, qué queréis que os diga... adoro su historia
¡Gracias a todos por adelantado por seguir ahí~!
Los personajes pertenecen a Himaruya Hidekaz y su obra Axis Powers Hetalia.
¡Se aceptan reviews/críticas/opiniones/tomatazos~!
