Ya estoy aqui otra vez ^^ juntare a mis dos protas más adelante. cual os gusta más?
Capitulo 3: La muerte tenía un precio.
Hyreth se encontraba cada vez más cerca de Cheydihal tras el punto y final puesto a la vida de Rufio en aquella posada perdida regentada por aquel posadero perdido y pensada para gente perdidia en los caminos.
Habia sido todo demasiado fácil... al menos para el pensamiento que Hyreth tenía de una misión como asesina en nombre de la temida hermandad oscura. Todo consistió en entrar, preguntar como quien pide la vez en el mercado, fisgar otro poco y encontrar al viejo Rufio viviendo en el sótano de la posada, en una enorme y sucia habitación oscura que olía a moho y a sudor.
La dunmer, sin mediar palabras maores y sin molestarse siquiera en saludar o decir algo, se habia limitado a agarrarle del cuello de la camisa, empujarle contra el suelo, sentarse encima de él para que no pudiera escurrirse y abrirle la garganta de un tajo. Así, tan fácil y sencillo. Sin más ceremonias.
Luego, tras limpiar la daga que ese hombre, Lucien Lachance, le otorgara días antes, Hyreth habia salido discretamente del establecimiento y se habia puesto a trotar bien lejos a lomos de un caballo que habia robado en Anvil antes de su partida.
Después se habia quedado a dormir en una posada barata de la Ciudad Imperial, a la espera del encapuchado.
Y este no la decepcionó.
"La tarea que te encomendé... ha sido completada." fue el saludo del portavoz tras aquellos días de silencio.
Hyreth le habia dado una media sonrisa pícara. Qué poco habia tardado el hombre en acudir tras el derramamiento de sangre. Parecía casi como si lo oliera en ella.
"¿Como puedes saberlo?" le cuestionó "No ha pasado ni un día..."
Pero el portavoz habia devuelto aquella misma sonrisa, si bien un tanto más inquietante y llena de dobles sentidos que la de ella.
"¿Que como lo sé?" repitió "Verás que la Hermandad oscura sabe muchas cosas. Porque ya eres parte de la familia."
"Eso no responde a mi pregunta."
"Ni falta que hace, querida hermana" replicó el encapuchado con voz queda y sutil, relajante y conciliadora "Hay secretos que sólo nosotros, los asesinos de mayor graduación, sabemos y, por tanto, no hemos de compartir con los iniciados hasta que lo juzguemos conveniente. Y debo añadir, por descontado, que puede que eso nunca ocurra, me temo."
"Entiendo." dijo Hyreth, pensativa "¿Y ahora qué?"
"Ahora abraza tu destino. Pues el asesinato de Rufio rubrica un convenio. El modo de ejecución es tu firma. Y la sangre de Rufio, la tinta." dijo el Portavoz muy despacio, asegurándose que la mujer frente a él entendía todo cuanto hubiera de decirle "Como Portavoz de la Mano Negra, superviso directamente un grupo específico de miembros de la familia. Te unirás a ese grupo y cumplirás los contratos que se te encomienden."
"¿A dónde he de ir?"
"Ahora debes dirigirte a la ciudad de Cheydinhal, a la casa abandonada que hay cerca de la muralla este. Baja al sótano e intenta abrir la puerta negra. Se te formulará una pregunta. Responde con estas palabras: "Sanguine, mi hermano", y podrás entrar en el santuario. Una vez dentro, habla con Ocheeva."
"¿Es esa tal Ocheeva otro miembro de esa "Mano Negra" de la que hablas?"
Lucien había negado con la cabeza, muy serio.
"Es la encargada del santuario de Cheidinhal." explicó "Tu directa superior a partir de ahora y ante quien deberás responder en caso de fallo o duda. Muéstrale el respeto que se merece y puedo asegurarte que hallarás en ella una excelente guía en la que apoyarte si flaqueas."
Hyreth se sintió algo decepcionada al oír aquello. Habia pensado que este hombre sería su superior a partir de ahora y se habia formado la idea en su cabeza de andar oyendo todos los días aquella voz increíble y calmada en la que habia confiado lo suficiente como para tirarse de cabeza a la piscina sin darse mucho tiempo a pensárselo detenidamente.
Puede que este hombre, Lucien, fuese un mero emisario y nada más...
Percibiendo el desencanto y la duda en la mujer, Lucien esbozó una leve sonrisa de cordialidad y se agachó a la altura visual de su interlocutora, sentada sobre la cama en la que la habia despertado.
"Pero,como he dicho" comenzó "Soy yo quien supervisa el grupo en Cheydinhal así que, de tanto en tanto, me pasaré para pedirle informes a Ocheeva y ver cómo progresas. Todos los miembros son importantes en esta gran familia nuestra, unida por lazos de sangre y muerte."
Hyreth levantó la vista y trató de no sonreír. De veras que lo intentó pero... la confianza que aquel hombre le transmitía, como si le conociera de toda la vida, era algo a lo que le era imposible sustraerse.
Y acabó sonriendo lo mismo que si tuviera dieciséis años, subitamente emocionada.
Y también, con éste gesto y dada la altura visual del portavoz, pudo verle el rostro mucho mejor.
Ya sabía que era humano, pero no habia tenido del todo claro si era imperial o bretón a consecuencia de aquel apellido. Ahora, viéndole de cerca, se notaba claramente que era imperial, ni muy mayor ni muy joven y bastante... atractivo a su manera.
Hyreth se rió internamente de esto último. Siempre habia tenido buen ojo para los hombres guapos pero mala suerte en lo que respectaba a la honorabilidad de estos últimos.
Le gustaban guapos, malos y bastante difíciles de controlar.
Esa era su principal debilidad: nada como una buena cacería a ver quién pilla a quién.
Y tenía ahora muy claro que, de las dos veces escasas que llevaba conociendo a este tipo, le apetecía mucho cazarle. Y si se hacía un poco el difícil, mejor que mejor..
Por eso el hecho de que, si bien no todos los días, lo fuera a tener presente en el Santuario ese al que iba destinada, le daba una posibilidad de encandilarlo.
El qué haría con él despues ya lo iría decidiendo sobre la marcha.
Levantándose, Lucien, hizo un leve gesto de despedida con la mano.
"Ahora debemos separarnos, tú y yo, pues hay mucho trabajo por hacer. Como he dicho, y me reitero, seguiré de cerca... tus progresos. Bienvenida a la familia, Hyreth."
Tras aquello, Hyreth volvió a quedarse sola, muy emocionada y muy agitada interiormente.
Nada como un buen trabajo y un hombre atractivo para olvidar su casa perdida y al imbécil de su marido Hirtel, en paz descansara el muy mentiroso.
Al llegar a la ciudad le costó un rato encontrar la casa abandonada de la que el Portavoz le habia hablado ya que nadie a quién habia pedido señas le habiia querido informar al respecto, como si hablar del viejo caserón estuviera prohibido o algo similar; pero, finalmente, logró dar con ella y, tras forzar la puerta con una palanca de hierro (no disponía de ganzúas en aquel momento y tampoco es que supiera usarlas muy bien) se abrió paso al interior del edificio.
No habia nada interesante que ver, así que desistió en explorarlo un poco e, inmediatamente, bajó al sótano donde, tras seguir un hueco excavado más allá de la pared de piedra, dio con la puerta negra.
Y aquella puerta, además de impresionante, parecía latir como el rítmico acorde de un corazón tranquilo.
Y tranquila se sintió Hyreth al pronunciar aquellas palabras sagradas:
"Sanguine, mi hermano."
Y, tras aquello, un nuevo mundo se abrió ante los rojos ojos de la viuda negra.
