—¡Y qué demonios es este lugar! —gritó Pansy furiosa empapada mientras el barco llegaba al muelle de Helgg.
—La isla de que te hablé —respondió Draco fingiendo inocencia. Él sabía cómo era esa isla que, de paradisiaca no tenía nada, pero era perfecta si discreción era lo que buscaban.
Narcisa llevaba abierto su paraguas y reía mirando el paisaje, mientras el agua caía sobre las cabezas de los pasajeros. ¿Por qué su hijo habría elegido ese remoto lugar? Pero era complaciente ver a la famosa actriz «la cazadora» mojada como nutria. Lucius, desde su ubicación bajo el pequeño techo de la barcaza, miraba también expectante el lugar, al parecer lo conocía porque había hablado de unos acantilados y de un castillo abandonado. Era evidente que en su andar mortífago conoció muchos lugares.
Los padres de la novia llegarían al otro día y le encantaría verle la cara a su consuegra, el lugar era de antología, si alguien se quería burlar de otro.
—Draco, ¿por qué elegiste este sitio? Además, eso de que solo se puede hacer magia una vez al día, es broma ¿no?
—No, Pansy, esta isla es el tesoro del Ministerio como prueba de nuestro acercamiento al mundo muggle —le dijo Blaise Zabini que era el padrino, el que a los anteriores intentos de boda no pudo asistir porque se hallaba en Londres, siendo reemplazado por un amigo de Pansy de la productora cinematográfica. Pero, cuando Draco lo contactó para que le buscara una isla mágica y apartada para llevar a cabo un nuevo conato matrimonial, lo primero que le sacó a relucir fue que él debía ser el padrino si no, que se olvidara de él definitivamente: «celos cochinos» fue lo que sintió, pero Draco, sabiendo que se lo debía, de inmediato insistió en que aceptara serlo. Total él había hecho los contactos con el ministerio para poder llegar a ese lugar que, según le habían dicho, era un lugar de magos, una especie de lugar de descanso—. Este sitio realmente es mágico, pero con magia reducida —continuó hablando—. No gastes tu hechizo diario, tal vez lo necesites en la noche… —dijo haciendo un insinuante movimiento de cejas apuntando a Draco. Pansy le regaló una mirada asesina mientras limpiaba un poco de agua de su rostro que le había saltado desde el mar.
—-Apenas lleguemos al hotel, debes darte una buena ducha. Por aquí hay un descargue de aguas servidas.
—¿Qué? —Pansy sintió que el estómago se le revolvía.
—Es broma. Este mar es uno de los más limpios de Europa. Así que, tranquila
Narcisa, aprovechando la conversación que Pansy tenía con el joven Zabini, se acercó a Draco que miraba el enérgico oleaje y que la llovizna se había transformado en tormenta con viento más fuerte.
—Hijo, este lugar es precioso y el indicado —dijo satisfecha.
—¿Sí? ¿Segura? —preguntó no muy convencido del todo.
—Claro, el lugar indicado si te quieres vengar de alguien —Draco la miró serio.
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Hermione dio el último arreglo a su peinado, mientras miraba de soslayo una carta enviada vía lechuza, que durante la mañana había recibido desde el ministerio de magia. No había tenido tiempo de leerla, así que la dobló y la metió en un bolsillo. Apenas pudiera la haría, no esperaba alguna propuesta laboral, de seguro era otra misiva en donde le pedían que fuera a dar una charla motivacional a algún grupo de profesionales o a Hogwarts. ¡Pamplinas! Un buen trabajo era lo que necesitaba.
Pero no se quejaba, tenía el hotel. No era la octava maravilla del mundo, pero era el legado que había recibido de sus abuelos, jamás pensó en el deplorable estado en que se encontraba la construcción pero con los hechizos diarios de una semana, había logrado ponerlo en pie.
En los últimos tres meses, desde que regresó a la isla, se había dedicado a cambiar la cara al hotel. Sus padres vivían en el pueblo, a unos veinte minutos del hotel y ella se quedaba junto a Clodye, una bruja mayor que se desplazaba en silla de ruedas, producto de una maldición recibida en la guerra, y que era una gran compañía en ese lugar… al que no llegaba nadie. Bueno, aún no era época alta… ¡Ay! Para qué negarlo! ¡Estaba en julio, supuestamente la mejor fecha para vacacionar! Pero, ¿quién iría a esa remota isla? En donde el viento soplaba todo el año y las lluvias estaban a la orden del día. Además estaba segura que no salía ni siquiera en el mapa.
—Te ves bien, muchacha —dijo la mujer dejando sobre el escritorio de la recepción una revistas y haciendo sonar la plateada campanilla de recepción.
—Gracias, Cloy —agregó con cariño a la mujer—, pero debo verme perfecta. Este cabello, ha quedado bien —dijo mirándose nuevamente al espejo colgado que estaba detrás.
—¿Cómo no iba quedar bien? Si te gastaste diez litros de queratina en él… ¡La cuota del año de la tienda de Morth!
—Mmm, pero he logrado mantenerlo en su sitio por un mes.
—Por una hora querrás decir.
—¡No seas aguafiestas!
—La aguafiestas eres tú, ¿cómo se te ocurre presentarte en la boda de Ronald Weasley?
—¿Cómo se le ocurre a él venirse a casar a esta isla? ¡No tenía derecho!
—Sus padres están aquí, no lo olvides. ¿Cómo se iba a casar lejos?
—Pudieron viajar. En fin… Además yo sé que esto no es casual. Ron lo hace para fastidiarme, para enrostrarme que él sí se casa mientras que yo…
—No te has casado porque no has querido, y no me hables del pelotón de músculos del búlgaro ese… me refiero al mismo Ronald o al chico ese que jugaba Quidditch…
—No me nombres a Cormac, es un depravado.
—¡Ay, Hermione! Un hombre siempre toca lo bueno y si a él le gustaron tus bubies…
—Mejor será que me vaya, se me hace tarde
Tomó la cartera y ahí reparó en la imagen de la portada de la revista que Clodye había dejado sobre el mueble, en donde se veía a Pansy Parkinson con cara de enojo, a su lado Draco Malfoy vestido de frac y a los costados, sus padres (Narcisa reía)… «La boda del año que se cancela nuevamente… »
—Pensé que «costal de plomo Malfoy», ya estaría casado.
—Todavía no lo cazan, querrás decir —agregó la mujer sabiendo a quién se refería Hermione.
Hermione estaba apurada, pero no se perdería la noticia amarillista. Abrió la revista y leyó. Al cabo de unos segundos miró a Clodye no muy convencida de lo que se había enterado…
—Así que fue la novia la que no quiso casarse… la sofisticada, talentosa…
—Y caliente Pansy Parkinson… ya sé. No me digas, niña. Esa muchachita no me da confianza.
—Bueno, no es a nosotros a quien debe dar confianza —y siguió leyendo—… así que buscarán un lugar paradisiaco para casarse… ¡lo que es tener dinero!
—Dinero y tiempo, cosas que tú no tienes, así que vuela al pueblo.
—Odio las escobas, pero si la uso, me destrozaré el peinado. Usaré mi hechizo para desaparecer, luego regresaré caminando.
—Te esperaré con la cena. No creo que comas mucho en esa boda… los jóvenes de ahora creen que para verse sofisticados, los platos deben ser pequeños… ¡Boberías! En mis tiempos, nuestros padres faenaban una vaca, un toro, dos ovejas y un par de cabras, sin contar los patos y las gallinas… La idea era no mostrar pobreza… comer, de eso se trataba, para que el matrimonio fuera fructífero.
—Comer y comer, me voy, Cloy. Nos vemos.
Hermione dejó la revista sobre el mueble, acomodó el bolso de mano bajo su brazo y desapareció. Odiaba esa sensación pero era lo único que podía hacer si quería cuidar el elaborado peinado y su elegante traje de dos piezas en color amarillo pálido.
No obstante, cuando sintió que puso los pies en la tierra, un fuerte estruendo la sorprendió. Había aparecido en medio de una tormenta que parecía diluvio.
¡Adiós, traje!
¡Adiós a su adorado peinado!
Se puso la cartera en la cabeza y se encaminó hacia la pequeña capilla que estaba al lado izquierdo, no vio quien le abrió la puerta, pero en la antesala logró escurrirse un poco el agua de la ropa, pero estaba empapada.
—Hija, llegaste. Pensé que ya no vendrías —era su madre quien le había abierto la puerta—, estás hecha un desastre. Usa tu hechizo y sécate.
—No puedo, ya ocupé mi hechizo diario —se encogió de hombros y cruzó a puntitas de pie el biombo que la separaba del salón principal. Ahí estaban los novios de espalda, pero al sentir que muchos se voltearon a verla y murmuraban, ellos también lo hicieron y la mirada de Ron se cruzó con la ella. Hermione sonrió, pero no tuvo una respuesta positiva de parte de él… más bien, de nadie… Excepto Harry que estaba delante, de seguro era el padrino, le sonrió amablemente… el único.
No supo de qué color se había puesto su rostro, pero debía ser de un rojo casi fucsia o sangre, porque la cara le ardía. Ron la miraba enfadado.
—No debiste venir —Ginny se había parado de su asiento, para acercase a ella, tomándole el brazo.
—Me invitó Molly —respondió en un susurro y algo enfadada. Menos mal que Ginny era su amiga la que se dirigía a ella, ¿cómo sería al resto?
—Lo sé, pero debiste haberlo pensado antes. Se casa Ron, tu ex…
—Mi «ex», bien dicho, Ginny. Yo no le guardo resentimientos.
—Pero él a ti, sí.
—Pero, ¿por qué?
—Y los declaro marido y mujer —se escuchó la voz del sacerdote y vio cómo Ron besaba a Lavander, poniendo su mano justo en el trasero de la muchacha. Algunas personas abrieron los ojos sin convencerse por el atrevimiento del novio, mientras que unas viejitas reían por lo bajo. Hermione las reconoció, eran las hermanas solteronas que llegaron con ella en el bote.
Luego la pareja se separó y vio divertida que Lavander tenía el lápiz labial corrido. ¿Por qué no usó uno de mayor fijación? Quiso reír pero un codazo de Ginny la detuvo.
—¡Ay!
—No hagas nada —le advirtió Ginny.
—No haré nada —dijo viendo cómo la pareja ya caminaba por el centro de la capilla, en tanto sintió un pinchazo en la costilla y luego un calorcito.
—¡Ay, no! —gritó fuerte, y Ron creyó que le decía a él, pero era que se había asustado del hechizo que Ginny le había hecho para secar su ropa.
—Te guste o no, ya me casé. Y seré feliz —le dijo serio, deteniéndose al lado de ella.
—Que seas feliz —respondió sincera.
—Lo seré. Espero que disfrutes el ser la eterna solterona de Helgg.
—No le hagas caso, Hermione —añadió Ginny, tomándola del brazo.
—¿Solterona? ¡Oh Ron, no tengo ni treinta! —rio Hermione al escuchar la estupidez dicha por él.
—Vamos, amor. No vale la pena —dijo Lavander, concediendo una mirada de odio a Hermione. Ron tomó del brazo a su esposa y se encaminó a la salida.
Hermione bajó la cabeza, triste. No era esa la forma que imaginó que sería ese día. Pensó que Ronald no estaría disgustado con ella y que… bueno, la maldita tormenta hizo su presencia, pero ¿de qué le valía estar seca si tenía que irse caminando? En esa isla no había taxis, tal vez podría comprarse una moto.
—¿En qué piensas? —le preguntó Ginny con cara triste.
—En una moto.
—¿Qué?
—Nada, Gin. Me iré a casa —respondió Hermione sonriente. Realmente ese episodio, lejos de alterarla le daba risa.
—Oh, anda. Vamos al almuerzo, hay mucha comida en casa.
—Me encantaría, pero ya veo que Ron no me quiere cerca. Iré al hotel.
—Te acompañaría pero…
—No te preocupes.
Hermione dio un respiro, levantó su nariz al cielo, acomodó nuevamente la cartera bajo el brazo y salió a la calle. Vio cómo los invitados y los novios caminaban a hacia un lado del camino en donde, a tan solo unos metros, se hallaba la casa veraneo de los Weasley, una versión mejorada de La Madriguera que llevaba más de cinco años de uso ininterrumpido, al parecer a ellos les había gustado el vivir en Helgg. Se encogió de hombros, miró al cielo, la tormenta había amainado y decidió marchar hacia el otro sector, para tomar el camino empedrado que la llevaría a al hotel, lo malo era que estaba todo mojado y que tal vez tendría que saltar más de algún charco. En fin, ya había gastado su cuota de hechizos pensando en que la había hecho de oro, pero debía asumir su error, aunque el primer gran error era estar en esa isla.
Caminó por unos diez minutos, cuando el ruido de un motor de vehículo hizo que se hiciera a un lado del sendero. En efecto, la sobrepasó una camioneta, salpicando un poco de agua,
—¡Mier…!
No alcanzó a terminar la sarta de improperios, cuando un vehículo que venía un poco más atrás le lanzó una baldada de lodo.
—¡Maldito estúpido! ¿No te han enseñado manejo defensivo? ¡Animal!
El vehículo sedan, de color negro, se detuvo unos metros más allá, momento que ella aprovechó para acercarse y ver el rostro del hombre del asiento trasero que había bajado el vidrio de la ventanilla.
—¡Tengan más cuidado…! —si pensaban que ella se iba a cohibir por verles la cara, muy equivocados estaban, les diría unas cuantas verdades, pero…— ¿Malfoy?
—¿Granger? ¿Qué… qué haces aquí?
Narcisa Malfoy se asomó por la espalda de su hijo, instante en que un rayo de sol iluminó la isla.
Extraño era ese día… había llovido fuerte, pero ahora parecía que llegaba la primavera.
NOTA:
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