CAPÍTULO 3: Sacrificio
Anteriormente, en Inframundo:
Tras ser detenidos por egipcios armados, Nerea y Miles fueron atados y expuestos al monstruo por una dama egipcia llamada Iseret. Tras acercarse de modo amenazante y analizarlos, el monstruo de humo decidió perdonar su vida.
Mientras, Naunajté se reunió con Serot, el científico de los egipcios. Nau, cuyos familiares se habían suicidado uno a uno, preguntó a Serot qué era el Inframundo, el sitio al que tenían la esperanza de ir después de morir. Serot le ofreció un trato: enseñarle el Inframundo a cambio de que hiciera algo por él.
Después de escapar de sus ataduras, Nerea y Miles llegaron a una antigua biblioteca, entre cuyos restos encontraron un papiro con las últimas voluntades de Khuenatón, el primer líder de los egipcios en la Isla. Nau los encontró poco después, tras lo que el monstruo atacó al grupo. Las chicas se refugiaron en un círculo de ceniza, lo que Naunajté aprovechó para matar a Nerea clavándole una daga por la espalda.
Día 1, 9:13 h. - Costa noroeste
Walt se encontró en una asfixiante cueva volcánica. La sinuosa y estriada gruta estaba llena de gases y ceniza que impedían ver casi nada, sin embargo no tenía ningún problema para respirar.
Se sentía desorientado sin recordar cómo había llegado allí, por lo que decidió avanzar por la cueva en busca de respuestas. Caminó descubriendo que la estancia se ampliaba más adelante, hasta que debió detenerse cuando vio que el suelo se acababa frente a él. Si no hubiera tenido cuidado habría caído por un precipicio hasta una caldera de violento magma.
El espeso gas que ascendía se fue disipando, permitiéndole distinguir a un anciano que esperaba flotando en el vacío. Llevaba la cabeza afeitada y una poblada barba blanca destacaba sobre su piel oscura y desgastada por la edad. Tenía el torso desnudo y no vestía más que una rudimentaria falda de lana de cabra, distinta a las lisas y blancas que solían usar los egipcios.
—Bienvenido de nuevo a la Isla, Walt. He esperado mucho para verte.
—¿Quién eres? —Preguntó sin intentar acercarse más.
—Mi nombre es Meshkiac, pero puedes llamarme Gula —se explicó el anciano con su voz rasgada—. Hace largo tiempo estuve al cargo de la Isla.
—Fuiste Protector... Y ahora estás muerto, ¿verdad? Llevas muerto miles de años y sigues en esta isla porque aún te queda algo por hacer. ¿Y qué es este lugar? ¿Estoy viendo el pasado... o el futuro?
—No Walt. Esto está pasando ahora.
No entendía qué podía significar ese magma embravecido que borboteaba.
—¿Y qué quieres?
—Lo mismo que tú, Walt.
Éste mostró desconfianza y no quiso hablar más de la cuenta. Ni siquiera estaba seguro de lo que quería.
—Si me dejas puedo ayudarte —confió Meshkiac.
—¿Y por qué debería, Gula?
—Entiendo que desconfíes de mí como Protector. Soy consciente del rencor que le guardas a Jacob.
—Tardé mucho en entenderlo —explicó Walt—. Pero al fin comprendí que Jacob me echó de la Isla porque me temía. Sabía que empezaba a desarrollar unos poderes que amenazaban el sistema que había establecido aquí.
—Ésa no fue decisión de Jacob, Walt, sino de Benjamin Linus: él te tenía miedo. Jacob sabía lo importante que eras. Entendía mejor que nadie que éste era tu lugar.
—Ben trabajaba para Jacob. Por mucho que dijera que dejaba a cada cual tomar sus decisiones sabía perfectamente que cada orden que daba y cada lista que entregaba provocaba consecuencias. ¿Eres de los que se excusan como él? ¿Tú también dices hacer lo que es necesario para la Isla?
—¿Qué tiene de malo proteger la Isla?
—¿Puedes diferenciar cuándo actúas por la Isla o en tu propio beneficio?
Walt no se había dado cuenta, pero ya no estaban en una cueva. Habían vuelto a la selva, donde una afilada espada pendía sobre su cabeza.
—¿Es la espada de Damocles? —preguntó Walt. Tenía fresco lo aprendido en el instituto—. ¿Representa una amenaza o algo así?
—Representa una espada —aclaró Meshkiac—. Es mejor que pienses en ella como una oportunidad y no como una amenaza. Tenemos que saber que estás listo.
—¿Listo para qué?
—Para controlar tu poder, por supuesto. Eres muy poderoso, Walt, muy especial, como tantos te han dicho. Lo que ocurre es que lo malogras todo porque no crees en ti. ¿No te gustaría ser el dueño de tus capacidades?
—¿Crees saber mucho sobre mi poder? Podría ser perfecto si fuera como Miles o Hugo y hablara con los muertos, pero es un poco más complicado. Esta maldita Isla cumple mi voluntad, escucha hasta mi deseo más pequeño, ¿lo entiendes? Aunque tenga la mejor intención no hay forma de controlarlo, cada vez que hago que pase algo todo acaba estropeándose.
—La Isla se limita a ayudarte, Walt, ayuda a cada cual a su manera. No se trata de que cumpla tu voluntad, sino de que puedes canalizar su poder. Nunca harás nada que la Isla no quiera. Te ha sido dada una capacidad que nadie más tiene, Walt, y solo te pide a cambio que tomes una decisión.
—Claro, siempre es lo mismo. Explícame algo, Gula. Sé que los protectores podéis ver el futuro; entonces, ¿cómo puede creer en las decisiones o en la elección alguien que siempre sabe lo que va a pasar?
Meshkiac sonrió satisfecho ante lo despierto que se mostraba Walt. Más allá de sus poderes, hacía falta ser muy perspicaz para entender que los protectores veían el futuro.
—Conocer las consecuencias no implica que no haya elección, Walt. Todos tenemos siempre la opción de obrar o no obrar. Siempre podemos cambiar. Los protectores no elegimos por nadie.
El discurso no alteró demasiado a Walt. Se había encontrado con demasiados que le decían lo que tenía que hacer, como si alguien pudiera entender quién era.
—Hazme un favor, Meshkiac —pidió despidiéndose—. Si ves por ahí a mi padre dile... Dile que... Da igual.
En ese momento Walt cayó al vacío, sintiendo a la vez pánico y esperanza. Se sumergió en un torrente de agua helada y el sueño llegó a su fin. Despertó tumbado de mala manera, sobresaltado por el crepitar de una hoguera.
La egipcia que había interceptado el grupo con su carro preparaba el desayuno en una plancha de metal. Sonrió al ver que Walt se desperezaba y le indicó con gestos que se llamaba Nem. Parecía honrada de estar con él. Cuando Walt dijo su nombre, ella le hizo oler unos lomos de pescado que estaban en su punto.
Walt agradeció con gestos su amabilidad y se dedicó a recuperar fuerzas. Debió comerse el pescado con las manos, pero pudo disfrutar más de medio lomo hasta que se sobresaltó al oír pasos que se acercaban. Nem lo calmó, levantándose para recibir a la mujer que apareció. Ni un centímetro de su oscura piel quedaba tapado por la finísima gasa que la envolvía.
24 de septiembre de 2.010 - Valle central de la Isla
Los últimos años de Walt habían sido realmente duros. Con tantos problemas llenándole la cabeza creía que iba a quedarse para siempre en la Institución Mental Santa Rosa. Fue para él un alivio que Ben y Hugo vinieran a rescatarlo.
Desde luego no podía decir que se arrepintiera de haber vuelto a la Isla. Las cosas habían cambiado mucho desde que se fuera seis años atrás, aunque reconocía que sobre todo era él quien se había convertido en otra persona.
A su alrededor la vegetación era más verde, los días más soleados, el mar parecía más calmado y el monstruo no despertaba a nadie en mitad de la noche arrancando árboles.
Antes de dejar Santa Rosa, Ben le había dicho que tenía algo que hacer, pero nadie parecía tener ninguna prisa. Más bien, Hugo y el número dos se dedicaron a proporcionarle sosiego, a hacerle sentir como en casa. Fue fácil en cuanto se reencontró con Vincent. Bernard y Rose lo habían cuidado con cariño y esmero y se mantenía con la misma vitalidad y lucidez de siempre.
Hicieron excursiones a los mejores parajes, cazaron, pescaron, comieron y rieron. Se reunían a veces con los pocos habitantes que quedaban en la Isla y bajo las estrellas se sentaban en torno a una hoguera y hablaban y hablaban, contando historias de todas las personas que habían vivido allí. En las cálidas noches recordaron viejas historias, infinitos detalles que uno había vivido e ignoraban los demás. Contaron cómo Desmond se despidió definitivamente de la Isla cuando la inquebrantable Penny volvió a buscarlo con su barco. Lloraron recordando el momento en que incineraron a Jack, así como tantos grandes momentos compartidos con los que habían quedado atrás.
Ben pasaba la mayor parte del tiempo con una sonrisa constante en la cara, imbuido de lo que parecía ser la iluminación del pecador redimido. Había dado un vuelco completo a su carácter, y se alegraba de haber devuelto al mundo real a los pequeños Zach y Emma, donde podrían rehacer una vida más o menos normal junto a su madre. Sería para ellos una tarea titánica reintegrarse en la sociedad; por suerte contaban con un protector que siempre velaría por ellos. Ben no sabía qué le depararía el futuro, lo que tenía claro era que no quedaba en él la menor idea de volver a secuestrar otro niño.
Walt sabía por qué estaba de nuevo en la Isla, pero no se atrevía a dar el paso, confiando en que algún día Hugo le diría que había llegado el momento. Éste sin embargo no lo presionó y se limitó a esperar a que se sintiera preparado. Solo cuando Walt se sintió en paz consigo mismo y logró dormir una noche entera sin sobresaltos, pidió a Hurley reunirse con su padre.
—Tendrás que hacerme de intérprete —dijo Walt cuando llegaron a un árbol milenario—. Eres el único que puede hablar con los muertos.
—Creo que podrás hacerlo tú solo —dijo Hugo agarrándole el hombro con confianza. Walt no lo había pensado antes, pero era la primera vez que le había tocado.
En ese momento Michael se materializó junto a ellos, como si llevase rato esperando allí. Walt se quedó sin palabras, incapaz de decidir lo que sentía por su padre. Nunca entendió ni perdonó lo que había hecho mientras estaba vivo, por lo que se le hacía aún más difícil sabiendo que había muerto. Michael tampoco fue capaz de hacer más que balbucear. Llevaba años deseando ver a su hijo, poder abrazarlo y decirle cuánto le quería, pero sentía demasiado miedo de ser rechazado. Hurley supo que todo iría bien y se alejó paseando con las manos en los bolsillos.
—Me alegro de verte, papá —dijo al final Walt esgrimiendo una tímida sonrisa—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, hijo —aseguró echándose a llorar—. Estoy bien. Nunca he estado mejor.
Se decidió a acercarse a él y lo abrazó con todas sus fuerzas, estrechándolo entre sus brazos como si así pudiera hacer que nunca volvieran a separarse.
—Lo siento mucho, hijo mío, siento todo lo que te hice... Sé que nunca me porté bien y que te he hecho la vida desgraciada... Estaba tan obsesionado con ser un buen padre y conseguir que me quisieras... que me olvidé de lo más importante. De ser tu padre. De quererte y estar siempre para ti. Si te hubiera escuchado...
Walt sintió una profunda pena por él. Sabía que no había sido un buen padre, pero empezaba a aceptar que él tampoco había sido el mejor hijo. Sabía que Michael era responsable de su situación, pero no podía evitar un profundo dolor en el pecho cuando pensaba en lo desgraciado que era su padre.
—¿Por qué me contaste lo que hiciste, papá?
—No lo sé, hijo, no lo sé... Soy un egoísta, un asqueroso egoísta. Creí que me haría sentir mejor sin pensar en el daño que te haría saberlo...
Las lágrimas caían sin cesar desde la cabeza gacha y avergonzada de Michael.
—Ben me dijo que podía ayudarte —dijo Walt tratando de animarlo.
Su padre se limpió las lágrimas con la manga y se recompuso antes de contestar.
—Así es, hijo. Puedes ayudarme, pero no solo a mí. Somos muchos aquí, en esta... especie de mundo.
—¿Sabes qué puedo hacer?
—Todos estamos aquí porque aún tenemos algo pendiente. Yo estoy atrapado porque te hice mucho daño... porque destrocé tu vida. Debes saber que todo lo que hice lo hice pensando en tu bien. Tienes que creerme, eres lo único en que pensé siempre. Siempre te he querido, siempre he buscado lo mejor para ti.
—Creo que solo pones excusas, papá. ¿Eso es lo que necesitas, entonces? ¿Que te perdone? Eso es como... obligarme a quererte.
—No, quererme no. No hace falta que me quieras si eso no es lo que sientes. Basta con que me entiendas, con que sepas por qué hice lo que hice. Cuando comprendas por qué me sacrifiqué podré irme.
—¿Irte? ¿Adónde?
—No lo sé. Pero no será aquí y será mejor que ahora. No te preocupes por mí.
Día 1, 9:31 h. - Valle central de la Isla
Nem se marchó cuando la nueva mujer se quedó al cargo. Walt se sentía incómodo ante ella; iba completamente desnuda bajo una tela que era pura transparencia, pese a lo que no parecía conocer el pudor.
—Hola Walt —saludó en un inglés sin el menor acento—. Es un honor conocerte al fin.
—¡Hablas mi idioma! Es una agradable sorpresa. ¿Eres del futuro?
Ella sonrió como si un niño le hubiera hecho la pregunta más ingenua.
—No, pero podría decirse que ya he estado allí. Me llamo Puabi.
—Es un placer encontrarte, Puabi. Mis amigos... ¿están bien?
—No debes preocuparte. Todo va según lo previsto.
—No estoy muy seguro de saber qué es lo previsto.
—Tú déjate llevar. Mientras hagas lo que él te ha dicho no tienes de qué preocuparte.
—Creo que Meshkiac no me ha dicho mucho. Sé que el plan debe continuar, pero hasta que no sepa qué pone en el papiro de Khuenatón no podré seguir adelante, y él no me ha dicho nada sobre esto.
—Confía en mí y haz lo que te digo: déjate llevar. Habrá algún momento en que te sientas perdido, pero no desesperes. Siempre habrá uno de los nuestros para ayudarte.
—¿Alguno de los vuestros? ¿Lucháis desde dentro contra los egipcios o algo así?
—Defendemos lo que es nuestro.
—Y lo vuestro es... ¿La Isla?
—La Isla.
—¿Por qué hay tantos que dicen defenderla? Yo no veo más que gente que actúa por sus propios intereses y lo justifica con un montón de excusas.
—Tal vez a ti no te importe la Isla, pero os enfrentáis a alguien que sabe obtener de ella lo que quiere. No minusvalores su poder, Walt. Ahora debes quitarte esa ropa y ponerte esto —afirmó ofreciéndole un escueto taparrabos de piel. Dejaba al aire aún más que las faldas de los egipcios.
—¿Es necesario?
—No te lo pediría si no fuera necesario.
Puabi no se giró para no mirarlo. De hecho pareció prestar atención mientras él se desnudaba intentando darle la espalda. Más que disfrutar con su cuerpo parecía encontrar divertida su vergüenza.
Cuando terminó de vestirse, unos ladridos sonaron en la distancia. Puabi miró a Walt como si le hubiera hecho una pregunta.
—¡Es Vincent! —gritó con una sincera sonrisa.
—¿Quieres ir con él?
Walt salió emocionado a buscarlo. Se alejó de Puabi a través de unos helechos y se arrepintió de inmediato al toparse con unos guerreros egipcios. Guiaban a una docena de hombres encadenados, con tonos de piel tan dispares que alguien parecía haber recorrido medio mundo reuniéndolos. No iban tapados más que con unos harapos, y unas gruesas cadenas los mantenían unidos por manos y pies.
Sin darles tiempo a cargar sus arcos, Walt echó a correr volviendo sobre sus pasos para llegar hasta Puabi, pero descubrió que ya no estaba allí. Sabía que no tendría oportunidad de esconderse entre los escasos árboles de la zona, así que se arrodilló y puso las manos detrás de su cabeza.
Cuando los guerreros lo tenían bien encadenado, Puabi apareció entre los helechos. No le dedicó ni la mínima mirada y empezó a gritar en egipcio a sus hombres.
—¿Así cuidáis lo que venía en el barco? ¡No podéis dejar que ninguno de estos se escape, estúpidos! ¿Es que no entendéis lo que podrían hacer?
Los hombres se acercaron reverenciando a Puabi y se arrodillaron para pedir clemencia.
—No volverá a suceder, dama Iseret.
Ella fue magnánima sin cambiar su rostro y el grupo reanudó la marcha cuando un látigo restalló en el aire.
29 de septiembre de 2.010 - Muelle Pala Ferry
El tiempo de Walt en la Isla había llegado a su fin. Tras despedirse de Vincent, Hugo, Rose y Bernard, Ben lo acompañó hasta el viejo muelle que los Otros y la gente de Dharma habían usado a lo largo del tiempo. Allí esperaba un pequeño barco a motor similar al que usó con su padre cuando se fueron de la Isla por primera vez. Ben seguía siendo un maestro de la logística.
—Tienes que mantener rumbo 274 —explicó Ben—. Ya sabes cómo va esto. Llegarás a tierra en unas horas.
Walt miró hacia el horizonte perdiéndose en un cúmulo de recuerdos. Le vino a la memoria la esperanza que sintió el momento de partir junto a su padre, algo que no iba a repetirse. Ahora ya sabía lo que había al otro lado del mar y tenía claro que allí no estaría mejor.
—Me gustaría agradecerte lo que has hecho por mí, Ben. Ha sido un privilegio ser testigo de tu cambio.
—Reencontrarte también ha sido un honor para mí, Walt —aseguró dándole la mano.
—¿Qué pasará contigo ahora?
—Bueno... Cuando mueva la rueda, la Isla viajará atrás en el tiempo y yo saldré en Túnez, supongo que dentro de unos meses o unos años.
—Seguro que saldrás de esta. Por mi parte, ¿puedo estar seguro de que cuando vuelva, la Isla estará en el tiempo de los egipcios?
—Eso depende de Hugo, pero puedes fiarte de él. Desde que está al cargo no se ha equivocado ni una sola vez.
Walt esperaría un tono de envidia por lo que otros le habían contado de Ben, sin embargo hablaba de Hurley con sincera admiración. No podía encontrarse un número dos más fiel que él.
El barco tenía el motor encendido, pero Walt se resistía a marcharse.
—Una cosa más, Ben. Hay algo que me ronda la cabeza, y quizá tú... No quisiera molestarte, pero sabes bastante sobre el sacrificio, ¿verdad?
—¿Sacrificio...? ¿Por qué crees que podría darte un buen consejo?
—No sé, pensaba que tú... Es por lo que me dijo mi padre.
—Me gustaría ayudarte, Walt, pero ese no es el tipo de cosas que puede explicarse... no puedes entenderlo hasta que lo experimentes. Es como si alguien te cuenta lo que es estar enamorado.
—Creo que no he estado enamorado.
—A eso me refiero, es como si le explicases a alguien cómo puedes aparecerte a la gente y decirle cosas.
—Eso tampoco me ayuda mucho. No sé lo que es no saberlo.
Ben torció el gesto, aunque se notaba que tenía buena intención.
—El sacrificio es lo que diferencia el cariño del amor —improvisó como si citara algo que había leído—. Dime, ¿conociste a Alex?
—La vi alguna vez en la estación Hidra, pero no llegamos a hablar.
—No importa, ya sabes que era mi hija. La quería, la amaba con todo mi ser. Durante toda su vida creí que ella lo era todo para mí, aunque por desgracia para ella descubrí que en realidad lo era casi todo. Tuve en una mano su vida y en la otra la supervivencia de todos los que estaban en la Isla... y al final no la elegí.
—¿Eso es el sacrificio? ¿Hablar de la muerte de alguien que quieres y verlo simplemente como una elección?
—Nadie ha dicho que fuera simple, Walt. Elegir es lo más difícil que harás en tu vida. ¿Qué crees que se siente cuando no puedes evitar hacerle daño a la persona que más quieres? ¿Qué habrías elegido tú en mi caso? Puede que en el momento de hacer una elección no te des cuenta, pero cuando años después de elegir un camino veas que te equivocaste, entenderás que era más difícil de lo que parecía, porque no todo es elegir carne o pescado. A veces tendrás que hacer elecciones imposibles, y si eres lo suficientemente valiente como para tomar la decisión correcta, tendrás que sacrificar tu vida, o incluso la de otros, porque lo que hay al otro lado de la balanza será mucho más importante. Todos pueden opinar desde fuera sobre lo que conlleva una decisión, pero tú eres el único que puede medir lo importante que es tu sacrificio. Porque eso es lo importante: que es tuyo y de nadie más... Podría pasarme horas hablándote de ello, pero ese es un camino que se conoce andándolo.
Walt reflexionó en silencio y lentamente se puso a los mandos del vehículo.
—¿Ése es el camino que recorrió mi padre?
—Puedes estar seguro.
Día 1, 16:19 h. - Costa oeste de la Isla
Miles no dijo una palabra al recibir la noticia de Nau. No entendía bien lo que le ocurría. Estaba destrozado por dentro, hundido, intentando convencerse de que solo hacía unas horas que conocía a Nerea y que no tenía sentido echarla tanto de menos. Al pensar así se calmaba, pero todo el dolor que llevaba dentro lo acongojaba primero y después se transformaba en rabia sin que sus ojos llegaran siquiera a humedecerse.
Sentía que la tripa le daba vueltas y se retorcía en su interior. Hubo un momento en que incluso empezó a sentirse mareado, y justo entonces el suelo empezó a temblar. Miles había vivido en California muchos terremotos y ese no tenía nada de especial, salvo los recuerdos que le traía. El único temblor que había sentido en la Isla fue justo antes de hacer despegar el Ajira 316 de vuelta a casa. El que sacudía a los dos era un movimiento sísmico corto, simplemente otro fenómeno de la Isla, pero Miles lo interpretó como si fuera algún tipo de señal.
—¿Dónde está Nerea? —preguntó levantándose de repente hacia Nau—. Quiero verla, enséñame el cadáver.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
—Miles, ya no tiene remedio. Verla no será lo mejor para ti.
—¿No me has entendido, Nau? ¡Llévame a donde está el cuerpo de Nerea! ¡Ahora!
—Miles... —dijo como si pidiera perdón por algo—. Ella ya no está... El monstruo se la ha llevado.
Para convencerlo, Naunajté guio a Miles hasta el lugar en que el humo las había rodeado. Le enseñó el círculo de ceniza salpicado de sangre y fue sacudido por una ráfaga de las últimas sensaciones que había sentido Nerea. No había nada bueno en ellas.
Parecía evidente que el monstruo había arrastrado el cuerpo de Nerea sin ningún miramiento, dejando un rastro de al menos cincuenta metros. Miles echó a correr siguiendo el surco, pero no pudo continuar cuando llegó a un punto en que acababa de repente. No había señales en el suelo ni tampoco árboles sobre ese lugar, sencillamente ahí acababa el reguero de sangre. Sintió ganas de golpear algo, de gritar hasta quemar su garganta, pero al final solo pudo dejarse caer. Nau se sentó a su lado fingiendo pesar, calmándolo incluso con algunas caricias maternales.
—¿Y ahora qué? —preguntó Miles.
—Tenemos que buscar a Walt... Acordamos un punto de reunión no muy lejos de aquí.
—Allí íbamos antes de que Nerea... —paró cuando su voz empezó a temblar.
Se pusieron en marcha con ritmos desiguales. Nau iba animando a Miles, que arrastraba sus pies y no tenía fuerzas ni para levantar la cabeza.
Llegaron al punto de reunión y se sentaron en una roca para esperar junto a un arroyo. Nau ofreció algo de carne en salazón que llevaba en la pequeña bolsa de su cintura y aprovechó para llenar su cantimplora. La cita era a las cinco, pero aunque todavía esperaron más de una hora, Walt no apareció por ningún lado.
—Podríamos ir al poblado egipcio —sugirió Nau—. Ellos confían en mí. Tendríamos comida, cama, agua para bañarnos...
—¿Ese es tu plan? Por si no has caído en ello, la última vez que estuve con tus amigos me golpearon, ataron y expusieron como carnaza para el monstruo.
—Eso fue porque creían que erais peligrosos, ahora sería diferente.
—No, Nau, no iré. Ve tú si quieres, yo iré a... adonde sea, pero no allí. Quizá vuelva a la playa.
—Es demasiado arriesgado. Además, no estás en las mejores condiciones para tomar una decisión.
Miles notó que Nau se impacientaba y su tono se había vuelto hostil de repente. Vio que estaba muy recta, con la daga demasiado cerca de su mano. Entonces lo entendió todo.
—¡Fuiste tú!
Nau se limitó a sonreír condescendiente, como si de algún modo agradeciera su perspicacia para no tener que disimular más. Entonces llevó la mano a la empuñadura de su daga para recordársela.
—Sí, yo maté a esa estúpida. ¿Tienes alguna queja?
Miles se quedó petrificado. Algo estaba ocurriendo, pero no era capaz de entender nada.
—¿Por qué? ¡No te hizo nada!
Nau sonrió con su sarcasmo más hiriente.
—No deberías hablar sin tener ni idea. No permitiré que tú, Walt o quien quiera que traigan sea un obstáculo para lo que quiere mi gente.
—¿Tu gente...? Una de las ventajas de ser solitario es que reconozco a mis iguales cuando los veo. ¿Acabas de llegar a la Isla y ya crees que esos egipcios son tu familia?
La mención a sus familiares hizo explotar a Nau, que sacó su daga con la velocidad de un tigre y la pegó a su cara llegando a cortarle.
—¡No vuelvas a hablarme así! ¿Está claro? ¡No tienes ni idea! ¡Ni idea! Me importa una mierda que seas solitario, si vuelves a abrir la boca para decir otra estupidez te corto la lengua, ¿has entendido? ¡A partir de ahora vas a hacer lo que yo te diga!
Miles no tenía más opción que obedecerla y no pensaba contradecirla, pero ella parecía necesitar explicarse. Sin devolver la daga a su vaina volvió a sentarse mirándolo con una mezcla de amenaza y desprecio, haciendo sentir a Miles que tenía algo personal contra él.
—"Él, que nos protegerá a todos" —se burló Naunajté—. Ese protector al que servís nunca ha protegido nada que no fuera a sí mismo.
—¿Y si no sirves al Protector... sirves al monstruo?
—Eso se lo dejo a mi gente. Me trae sin cuidado si quieren adorar a ese humo como si fuera un dios. Yo solo me sirvo a mí misma.
Naunajté se levantó sin dejar de empuñar su daga de modo amenazante y se rio con malicia poniéndose a su espalda.
—Ya he comprobado que esa no tenía el papiro de Khuenatón, así que solo puedes tenerlo tú.
Deslizó la daga delante de su cuello y cuando su mano se disponía a rebanárselo Miles intentó rogar por su vida.
—No lo tengo yo, tienes que creerme —se atropelló presa del pánico—. Nerea lo escondió cerca de la biblioteca, me necesitas para encontrarlo.
—¿Entonces a qué esperas?
17 de abril de 2.011 - California
Después de hablar con Hugo en su restaurante, Naunajté pasó varias noches sin dormir. No se atrevía a marcar el número que figuraba en la tarjeta y se limitaba a mirarlo como si entre los dígitos fuera a encontrar alguna respuesta. Había pasado tanto tiempo aprendiendo sobre la Isla y deseando llegar a ella que le daba miedo descubrir que estaba ante una pista falsa. No creía que pudiera encontrar fuerzas para volver a empezar, llegando a sentir que todo su destino era ese pedazo de cartón.
El número de teléfono no era lo único que figuraba en la tarjeta, también aparecía una dirección de California. Hotel Champollion, habitación 815. No sabía qué iba a encontrar allí, pero tampoco había nada que la retuviera, así que decidió que había llegado el momento de abandonar África. Voló hasta el aeropuerto internacional de San Diego y se dirigió a la dirección de la tarjeta para alquilar una habitación en la misma calle. Se sentó en la cama ante el teléfono de la mesilla y después de un par de horas de remordimientos, dudas y lamentos sintió que podía hacer la llamada.
—¿Quién es? —contestó Walt. El corazón de Nau duplicó su velocidad al oír su voz.
—¿Eres Walt? —preguntó con timidez—. Hugo me dio esta tarjeta. Me preguntó si quería hacer un viaje y dijo que te llamara.
—Naunajté Neith-Si. Te esperaba. ¿Tienes el papiro perforado?
—¿Qué...? ¿Cómo sabes tú...?
—¿Aún lo tienes o no?
—Sí, sí, aún lo tengo. Pero no sé lo que es, no me dejaron ninguna explicación. Perdona, pero... ¿conocías a mi madre?
—No Nau, aunque conozco sus motivos. Tienes que traerme ese papiro, ¿de acuerdo?
—Sí, te lo llevaré, pero tengo tantas preguntas... ¿tú sabes qué es el Inframundo?
—Habrá tiempo para explicártelo todo, Nau. Ahora limítate a traerme el papiro. Te espero en la dirección que aparece en la tarjeta.
Colgó el teléfono sin más explicaciones. A Nau no le gustaba el modo en que hablaba la gente que conocía la Isla, esos extraños que venían a casa de vez en cuando a hablar con su madre. Siempre guardando secretos, siempre contando medias verdades. Los odiaba, pero al fin había logrado agarrarse a algo. Se vistió sin perder un instante y salió corriendo hacia el hotel Champollion.
—Siento la interrupción, Nerea —se disculpó Walt cuando guardó su móvil—. Te decía que aún no sabemos quién irá en esta misión. Por eso, antes de decidir nada, debes saber algo. Todo el entrenamiento que recibiste y la información sobre la Isla que te dieron fue decidida por Jacob. Esto puede ser chocante para ti, pero ahora hay un nuevo hombre al cargo.
—Lo sé, el propio Jacob me lo contó.
—¿Jacob?
—Sí, hace tres años, poco después de ver a Ilana por última vez. Me dijo que estaba muerto, pero que confiaba en mí para que sirviera a su sucesor.
Walt quedó gratamente sorprendido al ver la tranquilidad con que Nerea asumía las cosas de la Isla. La mayoría tardaba años en aceptarlas aun viviendo allí, pero ella parecía haber nacido con fe en la Isla.
—Eso lo facilita todo —agradeció Walt—. La cuestión es que Jacob tenía su modo de hacer las cosas: era estricto y hacía que todos siguieran una serie de normas bastante claras. Estaban los que le seguían y los que no.
—¿Y cómo podría cambiar eso?
—Hugo es... más integrador. No divide todo en blanco o negro.
—¿Eso debería preocuparme?
—No. Solo tienes que tener en cuenta que quienes vamos en esta misión podemos no compartir tu mismo punto de vista sobre las cosas.
—Estoy preparada para lo que venga, Walt. Sabes mejor que nadie que sé de memoria todos los detalles del plan y sabes que puedes confiar en mí. Estoy dispuesta a sacrificarlo todo por la Isla.
—Parece que entender qué es el sacrificio es más difícil de lo que parece...
—¿Qué quieres decir?
—Da igual, cosas mías...
Naunajté interrumpió la conversación al tocar el timbre. Walt se disculpó de nuevo ante Nerea y se acercó en silencio a la puerta. Recogió el desgastado papiro que esperaba en el suelo y sonrió satisfecho al ver las perforaciones.
—¿Qué yace a la sombra de la estatua?
Nau sabía que había dos respuestas a esa pregunta, pero no dudó qué responder y utilizó el egipcio:
—Él, que nos iluminará a todos.
Día 1, 15:00 h. - Poblado egipcio
Walt fue llevado con los demás prisioneros a una oscura mazmorra. Construida en sólida piedra, su interior estaba tristemente iluminado por la escasa luz que se colaba por las rendijas del portón. No les dieron agua ni comida mientras duró el cautiverio, como si les interesara que estuvieran a punto de desfallecer. Algunos de los prisioneros conversaban en lenguas extrañas, y un par de veces se dirigieron a Walt tocándole para que respondiera. Al disculparse en inglés los demás no insistieron mucho para hacerse entender.
En esos momentos de soledad y angustia deseaban que los hubieran llevado allí para ser esclavos, porque las demás opciones que imaginaban eran mucho peores. Sin darles ningún tipo de indicación, los cautivos iban siendo llevados a algún sitio del que nadie regresaba. Los guardias aparecían dando voces, agarraban a uno mientras amenazaban al resto y volvían a atrancar la puerta cuando se lo llevaban ignorando insultos y pataleos.
Walt fue de los últimos en salir. No se resistió a sus captores y aun así lo llevaron a empujones a una sucia cabaña. Le obligaron a arrodillarse en el suelo sobre un gran charco de sangre parcialmente reseca, atrapando sus manos y pies con unas argollas firmemente sujetas a la piedra del suelo. Se acercaron un par de hombres mirándolo fijamente, dos sacerdotes funerarios que llevaban pelucas sobre su cabeza afeitada y acompañaban sus faldas blancas con sendas pieles de leopardo.
Un zumbido en el aire atrajo la atención de Walt hacia arriba, donde vio que una espada colgaba sobre su cabeza, sostenida sólo por un fino cordel anudado a una viga que atravesaba la estancia. Una hoja semicircular oscilaba sobre el nudo, pasando una y otra vez a escasos milímetros de él. En cada uno de los extremos de su recorrido dos vivas hogueras permanecían encendidas, con lo que era obvio que la dilatación de la hoja haría que la espada cayese antes o después.
—¿Qué queréis de mí? —gritó olvidando que no podían entenderlo—. ¡No sé nada, no puedo aportaros nada!
Los sacerdotes se limitaban a mirarlo sin compasión, como quien observa las olas romper contra las rocas.
—¡Soltadme! ¡Soltadme, por favor! —gritó entre sollozos. Pensó que no había sido una buena idea viajar en el tiempo. Echó de menos a su padre y pensó que cuanto hizo no había sido tan importante. Deseó que pudiera volver a su tranquila vida anterior al Oceanic 815. Tal vez morir por esa espada era el sacrificio que le habían pedido, pero él no estaba ni mucho menos preparado.
Entonces oyó un sutil ruido de rasgadura y cerró los ojos deseando que la espada no lo atravesara. En esa fracción de segundo sintió algo similar a la fe; abandonada toda esperanza confió en que existiera alguna fuerza superior que lo protegiera.
Pasaron segundos de pánico y no ocurrió nada. Cuando Walt se atrevió a mirar hacia arriba vio que la espada estaba clavada en el punto más alto del techo, incrustada más de medio metro en la roca.
Los sacerdotes tenían la tez pálida y lo miraban con los ojos desencajados y la boca entreabierta. Uno de ellos recuperó algo de ánimo y gritó llamando a un superior que llegó corriendo a la estancia. Los sacerdotes se deshicieron en reverencias al recién llegado, que cubría su cuerpo con una oscura túnica y tenía una expresión que demostraba que Walt acababa de alegrarle el día. Serot solo dio una orden con su grave voz:
—Llevadlo al Mausoleo.
