Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
Cantidad de palabras: 3,308 (según Word).
Hide & seek
por Onmyuji
Tres.
«Yo gané. Ahora sufre las consecuencias».
En el fondo de su oído retumbó la voz grave, que en un seseo constante provocó el cosquilleo de cada rincón de su cuerpo. Una suerte de advertencia que no entendía, pero que quemaba en su sangre.
Por un momento, se olvidó de dónde estaba y todo se volvió negro.
Fue perfecto, desde el primer momento. Pensó que el viejo monje se daría cuenta, pero la sacra sensación del templo fue el refugio perfecto en un momento de semejante vulnerabilidad.
Lo mismo ocurrió cuando, tratando de incorporarle a las actividades cotidianas, la fuerza purificadora de la mujer de cabellos negros y mirada dulce, sirvió para el mismo propósito.
Y se encargó de mantenerse bien adentro, de forma que el bastardo de sangre sucia nunca pudiera notar nada.
Y nadie notó nada.
Corrió hacia uno de los pequeños salones del templo y se ocultó tras un pilar de madera que sostenía el templo, tratando de regular su agitada respiración, producto de la súbita carrera que había emprendido tras el ataque.
La risilla infantil retumbó en cada rincón del edificio y sintió unas terribles ganas de llorar. En sus ojos se acumuló el líquido salino y luego las lágrimas resbalaron despiadadas por sus mejillas. Trató de sorber pero se contuvo. Debía mantenerse en silencio y aguardar el momento indicado.
—¿No querías jugar, Yuki? —Canturreó aquella voz de muertos que recordaba a la de su hermana mayor, mientras la escuchaba avanzar por los pasillos. La lluvia repicaba sobre el techo y ya comenzaba a gotear por las áreas más frágiles y viejas de éste, provocando que la tensión y expectación de Yuki aumentaran—. Eeeeh. ¿Yuki ya no quiere jugar conmigo?
Odiaba el sonido de aquella voz tan tranquila y llena de burla. Apretó entre sus dedos el mango de su cuchillo y se preguntó si estaba lista para atacar a su propia sangre para acabar con ese desgraciado juego.
Ya no tenía muy claros los motivos por los que había comenzado ese juego. ¿Qué estaba haciendo ahí?
El hombre trató de arrastrarse fuera del recinto con apoyo de la madera pulida, pero su carne fue secándose hasta dejar los huesos, limitando por completo la movilidad. Trató de soltar un grito, pero el sonido fue más similar al de una rama rompiéndose. Su cuerpo, prácticamente momificado, se quedó como congelado en el tiempo, en esa incómoda posición.
Pronto la esencia de vida, el elixir de la existencia que conformaba su alma, se desprendió por completo del cuerpo y pudo acercarla a él, hambriento, cada vez más sediento de vida.
—Parece que te has dado un buen banquete, ¿huh? —A su forma incorpórea le llamó la atención aquella voz aparecida de la nada que interrumpía su festín. Y mientras su presencia adquiría una forma más física, pero igualmente etérea, visualizó en la entrada de la sala principal del templo al hombre de calva y a otro un poco más bajo de estatura y espeso bigote.
Monjes.
—Miyatsu... —Comenzó el de bigote espeso.
—Lo sé, mi buen amigo Mushin. Un Ayakashi que se ha corrompido por los placeres mundanos de la alimentación con humanos. Una pena que alguien de semejante talante se convirtiera en el verdadero demonio. —Una sonrisa socarrona apareció en sus labios, haciéndolo sentir profusamente ofendido.
—Largo de mi recinto, o morirán. —Advirtió. Pero el monje que respondía al nombre de Miyatsu sólo apuró a desenrollar el rosario sagrado de su mano cerrada en un puño, con el gesto confiado.
—Quiero verte intentarlo.
Sangre.
Su cuerpo estaba lleno de sangre.
Pero no era sangre de ella, sino de-...
—Yuki, sal de dónde estés. ¿Acaso no extrañas a tu hermana mayor? —Yuki no dejaba de llorar en silencio mientras recordaba esa vocecilla cantarina hablándole.
Compartiendo con ella juegos. Bañándose juntas. Aprendiendo a zurcir con ayuda de su madre y la tía Kagome. Molestando las orejas de Inuyasha. Cuidando juntas a Ichiro. Soñando con todas las cosas que harían juntas.
Y luego-...
—¡Ahí estás, Yuki! ¿Me vas a devolver mi sangre ya? —Y entonces Yuki cayó en la cuenta de que la voz estaba muy cerca de su locación y al volver sobre sus sentidos, giró la cabeza un lado.
Donde una chica idéntica a ella, pero el cabello largo, completamente demacrada y con escasa carne entre sus huesos y su piel; con una sonrisa sardónica y la nívea piel bañada en sangre, le miraban con la satisfacción de haberle encontrado.
Y ahora su cuerpo estaba completamente paralizado.
Sango casi se rompe en cuanto escuchó de boca de Miroku la verdad que Inuyasha y Kagome habían guardado durante tantos años. A su lado, los aludidos le miraban con verdadera pena en los ojos.
Su pequeña. Su hija. Su...
Yuki.
Hasta pensar en el nombre de su hija más pequeña, aquella que durante diez años pensó muerta, le dolía. Porque ella era su madre, y como tal había fallado enormemente al no saber cómo ayudarla, al no poder encontrar modo de sanarla.
Y cuando creyó que ella estaba bien, simplemente obviar cualquier necesidad y dejarla ser; permitirle crecer en el entorno más seguro que encontró, de manera que no tuviera que revivir los funestos pensamientos de una hermana que parecía no recordar.
Era su Miyu quien se había muerto. Y la verdad era más dolorosa de lo que se había imaginado.
Justo cuando pensó que no era posible, a su mente comenzaron a llegar miles de indicios, todos esos signos de que quien estaba ante sus ojos era imposible que fuera Miyu, porque se trataba de Yuki.
Desde el gusto por la lectura (más marcado en Yuki que siempre fue más diestra para leer que su hermana), hasta las actividades más cotidianas propias de la vida diaria (como su repentinamente escaza habilidad para zurcir cualquier cosa), o las habilidades espiritistas heredadas del linaje de Miroku (como cuando Kagome se cuestionó inocentemente el por qué le costaba tanto a Miyu elaborar hechizos o barreras de lo más simples, cuando siempre había sido tan receptiva y diestra con ellos).
Y claro, los gestos y ademanes. Porque Miyu siempre tenía gestos propios del padre; no así Yuki, quien los había sacado de ella misma.
Ahí había estado ella en todas y cada una de esas actividades, y en todas y cada una de ellas había renegado de la simple posibilidad de que su hija no fuera quien ella decía.
—Sango-... —Kagome se acercó a ella y le frotó la espalda suavemente, tratando de ayudarle y darle consuelo. Entonces la Taiji-Ya se incorporó suavemente y le miró con el rencor brotando de sus ojos.
Luego el odio se convirtió en desesperanza, entendiendo por fin que Kagome no había negado su deber moral de contarle; sino que simplemente quería que su turbada paz mental no empeorara con todo esto.
Lo que no le quedaba del todo claro era, ¿entonces por qué Yuki había fingido ser Miyu todo ese tiempo? Su corazón de madre le decía que sus hijas se habían hundido en algo muy peligroso para su edad. De la clase del que necesitarían ayuda para librarse del peso de la maldad que había caído sobre ellos de manera enérgica e irremediable.
—Sango...
—Tenemos que ir. A donde está Yuki.
Cayó al suelo como un saco de patatas, frío y duro sobre el suelo. Se arrastró desesperada por el suelo hasta la pared, en un recuerdo tan horrible como el de su infancia que perturbaba su ya perdida paz.
Donde ahora podía recordar a la perfección una escena terriblemente similar a la que ahora vivía, pero que pertenecía a su pasado distante. Donde el muñeco de trapo de su hermano Ichiro daba pasos hacia ella, que se arrastraba por el suelo hacia la pared.
Tan cerca, con el cuchillo alzado hacia ella y entonces cerraba los ojos, muy fuerte.
¿Qué pasaba después?
—Esto no es un juego, Yuki. Has sido muy mala por dejarme aquí. Por dejarnos aquí. —La joven y demacrada chica le miró con el gesto torcido, con el cuchillo en su mano, con tranquilidad—. ¿Creíste que te olvidaría? ¿Qué te olvidaríamos? No se olvidan personitas como tú.
Yuki temblaba mientras las lágrimas salían de sus ojos, incontenibles—. ¿Qué es lo que quieres de mí, Miyu? —No encontraba explicación para las palabras que finalmente habían salido de sus labios, casi sin desearlo. La cordura le titilaba y tenía pequeños apagones nerviosos y comenzaba a olvidar cosas.
—Por tu culpa he perdido cosas importantes, Yuki. Y las quiero de vuelta. —La otra gemela caminó hacia ella, casual y resuelta, mientras jugueteaba con el cuchillo en su mano. Y cuando estuvo cerca de ella, se sentó rápidamente a horcajadas sobre la menor de cabellos cortos y colocó la punta de su cuchillo sobre su mejilla—. Haz venido a devolvérmelas, ¿No es cierto? —Y de inmediato realizó un corte pequeño y limpio sobre su mejilla, de donde brotó sangre.
Entonces, la gemela menor apretó el cuchillo en su malo y lo apuntó hacia ella, provocando que su demacrada hermana echara el cuerpo ligeramente hacia atrás, sorprendida por su osadía.
—Así que te vas a poner de valiente, ¿eh? —Y la sonrisa torcida en sus labios fue aún más perturbadora que antes—. Creo que es hora de recibir un buen castigo de tu hermana mayor. —Y diciendo esto levantó el cuchillo con fuerza, apuntándolo directo a Yuki, que contrarrestó el movimiento desesperado hacia ella con ayuda de su propio cuchillo, consiguiendo fuerza y empuje para lanzar a Miyu lejos de ella y poder levantarse al fin del suelo, echando a correr lejos de la sala principal del templo.
Corrió por el pasillo de vuelta al lavatorio, lista para recuperar un poco de agua con sal para al menos petrificar al demonio que poseía al muñeco, pero al ingresar al cuartillo, sintió que la sangre se le iba a los pies.
Porque justo donde lo había dejado, el muñeco que asemejaba físicamente a Miyu cuando pequeña, cosido a conciencia con hilo rojo justo por el centro, seguía flotando sobre la pileta llena de agua, con el cuchillo exactamente donde lo había dejado al inicio de su macabro juego.
Y mientras escuchaba la cantarina voz adulta de Miyu canturrear en su búsqueda, apuró hacia el muñeco, se hizo de un poco de agua y sal; y tomó el segundo cuchillo como precaución.
Cuando volvió en sí, Miyatsu ya no estaba cerca ni por asomo. Podía atreverse a decir que ya ni siquiera existía en ese mundo de vivos. Pero el odio que había albergado tras su frustrante humillación siguió germinando, decidido a cobrárselas.
Y pseudo aletargado en su escondite, aguardó incontable tiempo hasta que las vio, husmeando entre libros y cosas que los críos no deberían estar revisando.
Sólo quería de vuelta a Miyu. ¿Era demasiado pedir aquello?
Mientras caminaba sigilosa, alerta a la escasez de sonidos en el templo, que pusieran en evidencia a su contrincante, Yuki apretó ambos cuchillos en las manos, mirando en todas direcciones, en busca de Miyu.
¿Habría alguna forma de salvar a su hermana de todo esto?
Miyu apareció de alguna parte en el techo, pues saltó contra ella de manera que ambas cayeron al suelo de madera pulida, regando la poca agua con sal que Yuki llevaba en su boca para su protección y ambas forcejearon la una contra la otra, cuchillos en mano, en un desesperado intento por ganar sobre la otra.
Rodaron por el pasillo tratando de recobrar el control, cuando Yuki alcanzó una de las manos de Miyu sobre el piso y clavó uno de sus cuchillos en ella. Esta lanzó un alarido furioso y ensordecedor que le daría el tiempo suficiente de turbarla; por lo que clavó su cuchillo en la pierna que la mantenía atrapada contra el suelo, insuficiente para quitarle el control ganado a Yuki.
La menor rió mientras la veía, levantando su cuchillo sobre ella y con la mirada llena de decisión, fue consciente de que sus preguntas ya tenían respuesta.
Ya no había forma de salvar a su hermana de todo eso.
Y con las lágrimas acumulándose en sus ojos, musito—. Yo gané. Ahora sufre las consecuencias.
Un espasmo la sacudió violentamente mientras enfocaba difícilmente a Miyu, quien le sonreía de medio lado, llena de sorna. Y todos los recuerdos, aparentemente bloqueados de su mente, se liberaron cual caja de pandora en su cabeza y le generaron agitación al instante.
«Yo gané. Ahora sufre las consecuencias».
Estuvo a un instante de sentir pena por ella, ya que había sido una víctima de las circunstancias llevadas a cabo por su hermana, pero luego se rió para sus adentros. Como si después de todo, ahora fuera capaz de sentir compasión.
Era hora de cobrar el daño hecho.
Y mientras la esencia, la propia existencia de la pequeña Yuki cedían a él y le permitían saborear un bocado de su alma inconsciente, tomó posesión en un instante, vinculándose con ella, fusionándose a su alma y convirtiéndose en prácticamente uno mismo; le permitió ser brevemente consciente de lo que pasaba, otorgándole el control.
«Te van a matar. Por culpa de ella». Susurró en un seseo en su interior, provocando que la cordura de ella comenzara a reaccionar a su estímulo. «¿Vas a dejar que las cosas se queden así?» Repitió, mientras el cuchillo que anteriormente tenía en su humillante cuerpo de trapo lleno de arroz y cabellos, pasaba a la pequeña en un movimiento tan rápido como imperceptible.
El cuerpo de la niña manipuló torpemente el objeto en su mano.
Y mientras Miyu se mantenía sobre el cuerpo de su hermana pequeña, buscando protegerla de todo mal, Yuki deslizó sigilosa el cuchillo cerca y apuñaló a su hermana por la espalda, sin mediar una sola palabra.
Estaba hecho.
Entonces permitió que la niña retomara el absoluto control de repente, pero todo había ocurrido tan rápido que ninguna de las dos niñas lo había notado, ni había pensado que el resultado sería diferente. Que el ataque había sido llevado a cabo por el muñeco poseído y no por la hermana victimizada que ahora veía con horror a Miyu, como si fuera completamente buena.
A la hermana que se había devorado incluso antes de que una sola gota de sangre escapara de su cuerpo, pero que lastimó profundamente la trastornada mente de la gemela poseída que ahora no tenía ni un solo vestigio de la intrusión maldita de la que era víctima.
Las lágrimas salieron furiosas nuevamente, mientras su cabeza hacía las conexiones necesarias al ver el rostro pútrido de su hermana gemela que, de alguna forma, había sido capaz de crecer y madurar hasta volverse aquel caótico ser bajo ella.
¿Pero cómo era posible?
Sólo entonces Yuki fue consciente de lo que estaba pasando con ella.
Ella en sí misma ya no era Yuki, hacía mucho tiempo había dejado de serlo. Y ella...
Ella había matado a su hermana.
Un grito desgarrador nació del fondo de su garganta, rompiéndola irremediablemente. Entonces el cuerpo lánguido de su hermana mayor comenzó a convulsionar en una risa macabra, mientras se divertía con la otra sufriendo sobre ella, con un cuchillo apuntado directo a ella.
Una suerte de espejismo que la propia consciencia trastocada de la gemela menor había producido con tal fuerza y tal poder, que había sido capaz de externarse a otros, pero que seguía manteniéndola encerrada en ese ciclo vicioso de guerra y paz internos; de ese del que no podría salir nunca más, porque estaba poseída por un demonio y no tenía idea alguna de cómo controlarlo o sacarlo de su cuerpo.
Y sin dejar de llorar a grito abierto y desconsolado, apuñaló a su hermana nuevamente, sin darse cuenta de que Miyu nunca había estado ahí y sólo apuñalaba un viejo muñeco de trapo que alguna vez perteneció a Ichiro y que en otra época, Mushin había incinerado hasta desaparecerlo.
En tanto continuaba su compulsivo acto de locura, continuó hasta que la húmeda y roída construcción del tiempo cedió al paso de la fuerte lluvia y se vino abajo sobre el cuerpo de la joven castaña ya perdida.
El grupo conformado por Sango, Miroku, Kagome e Inuyasha; dio finalmente con el templo de Mushin, dos días después de haber emprendido viaje. Una extraña sensación había en el pecho de Sango y Miroku cuando, al arribar a su destino, descubrieron que el templo se había venido abajo con las fuertes lluvias de los pasados días.
Aterrorizados ante las posibilidades, comenzaron a remover los escombros en busca de algún indicio de Yuki, que hasta ese momento, no había dado señales de vida de ninguna forma. Afortunadamente para ellos, la encontraron bajo los escombros, pero cerca de uno de los corredores menos afectados por el derrumbe de la construcción.
Por los daños a la estructura del templo y la forma en que estaban dispuestos los escombros, asumían que no era cosa completamente reciente, sino de algunos días. Y Yuki había quedado atrapada entre ellos sin forma de escape alguna.
No les sorprendía en lo absoluto. Cuando la rescataron se encontraba demacrada, muy delgada y débil. ¿Cómo era posible en el tiempo de tres o cuatro días? No lo sabían, pero apenas Sango puso manos sobre su hija desvanecida, no escatimó en lo que fuera necesario para estabilizarla y ponerla a salvo de todo peligro.
Le tomó otros dos días abrir los ojos por completo y cuando recobró la consciencia y reconoció las familiares caras de sus aliviados padres, estos se acercaron a ella, angustiosos.
—¡Yuki!
—¡Yuki! ¿Estás bien?
—¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? —Ella preguntaba despacio y débil, pero sin esperar respuestas o explicaciones de ningún tipo. Sango y Miroku aguardaron a que ella terminara de hablar antes de atreverse a responder.
—Estás a salvo, hija. Ahora todo va a estar bien. —Y diciendo esto, Sango tomó su mano con fuerza, mientras sentía que las lágrimas salían de sus ojos.
—¿Ustedes... me reconocen? —Las lágrimas se asomaron en el rostro de la joven, provocando que su madre se sintiera fatal. Porque finalmente era capaz de reconocer que estaba demasiado hundida en su miseria y desdicha como madre que no le prestó la debida atención a su hija, que sufría por el desplante de su madre.
Mientras Miroku y Sango recobraban el tiempo perdido con su hija; Kagome, a prudencial distancia de la pareja y muy cerca del umbral de la puerta notó algo extraño. Con una extraña sensación en el cuerpo, se encogió de hombros y salió de la cabaña, mientras su siempre ceñudo esposo la seguía con la vista y luego salía detrás de ella.
Ahí, la encontró a unos metros de la cabaña a la que habían trasladado a la jovencita, relativamente cerca del templo caído del que la habían rescatado.
La miko se frotaba los hombros con insistencia, como si buscara entrar en calor.
—¿Estas bien? —Preguntó Inuyasha mientras se acercaba a la azabache, quien saltó suavemente a su llamado (porque no había sido capaz de notar su presencia al estar tan concentrada) y lo veía con angustia en la cara.
—Yo-... —Comenzó ella
—¿Lo has sentido? —Kagome se encontró completamente sorprendida al recibir semejante pregunta del hanyou. Ambos lo habían notado. Entonces Inuyasha apuró a declarar aquello que tenían atorado en las gargantas, lúgubre y serio—. Ella está-... Esa no es Miyu. Ni Yuki.
¿Entonces qué era?
El peso de la culpa del sufrimiento que ya le habían provocado al monje y a la exterminadora en otros tiempos cayó sobre la consciencia de Kagome. Entonces se acercó a su esposo y lo tomó por el haori, apretándolo con fuerza.
—Necesitamos decirles.
—Oh, no. No lo harán. —Habló débilmente la voz de Yuki emergiendo de la cabaña con un cuchillo bañado en sangre, mientras de fondo podían apreciar los cuerpos sangrantes de Sango y Miroku desplomados en el suelo.
Fin.
PS. Ay, no sé, no sé x.x literal pienso que esta tercer fase me quedó hecha todo un bodrio súper cutre. Tenía una idea más o menos formada en mi cabeza. Quería, ciertamente explicar algunas cosas, pero Yuki manejó todo esto sola, de una manera un tanto creepy y confusa. Encima, la escritura de esta fase fue súper rápida, así fue dándose todo en calor. ¿Está confuso? Creo que esta vez utilicé menos cambios de escena que en las primeras dos fases x.x
Encima, debo aclarar que no habrá un capítulo más. A mi forma de ver, creo que quedó claro que esta historia de miedo empezó con algo bueno, pero no estaba destinada a un final feliz. ¿Habrán muerto Sango y Miroku? ¿Qué pasará con Yuki, Inuyasha y kagome? Eso me gustaría dejarlo a reflexión de ustedes.
¿Qué opinan? ¿Cómo quedó? ¿Se entiende todo? ¿Da miedo? (creo que esto ya no da miedo xD) ¿Qué opinan de la secuencia, la estructura, de todo en general? Esta tercera parte (las terceras partes casi siempre apestan x.x) me tiene más nerviosa que las primeras dos por obvias razones ya explicadas aquí, así que sus opiniones son muy importantes para mí X3
Y bueno, quería aprovechar también esta fase para darle algo de explicación a la maldad de todo este fic, aunque... debo decir que la dejé algo escueta, porque qué chiste contarles todo el cuento, ¿no? :B Es cuestión de que ustedes también se imaginen la otra mitad del cuento :P aunque no tanto, al final, creo que sí se entiende que es un algo vengativo contra el abuelito de Miroku que se colgó de las niñas x3
BTW! Antes de que me olvide. Sí, me inspiré en otras series de corte folclórico para traer a ustedes el término de Ayakashi. En el sentido estricto, se refiere a todas aquellas criaturas o apariciones que sólo pueden ser vistas por personas con grandes poderes espirituales (como Kagome, Kikyou o Miyatsu, en el caso de nuestro fic :3). Asimismo son quienes, cuando tienen un status muy alto, pueden convertirse en deidades de la cosecha, la lluvia, entre otras; y son todavía más comunes que los youkai.
Finalmente, agradezco a todos sus reviews. Para quienes me leen y siguen fics como "Kagura" o "Accidentalmente enamorados" (publicidad descarada, bueno xD), debo decir que esta fase 3 es lo último que escribiré en cuanto fanfics hasta diciembre (sí, reanudo los fics hasta diciembre), ya que todo el mes de Noviembre lo voy a dedicar al NaNoWriMo (y uno que otro pequeño drabble para uno de mis fics de Fairy Tail) y mi compromiso está completamente volcado a llevar a buen término mi proyecto de bodrio, digo, novela.
Y necesito más feels para escribir (el reencuentro Gruvia que acaba de ocurrir parcialmente y la batalla de August vs Jellybean que no quiero que muera ;A;). La actividad de terror se chupó mis neuronas y necesito estar en paz conmigo misma para escribir en noviembre.
Sin más por el momento, espero leerles muy pronto :3
Onmi.
