NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORKS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO
¡Hola a todos! Ya sé que les dije que subiría este capítulo ayer, pero se me fue el internet y anduve media hora peleándome con un ejecutivo de mi proveedor que al final no me solucionó nada. En fin, lo bueno es que ya regresó el servicio y puedo subirles este capítulo. No es muy largo, y en realidad es sencillo, pero disfruté mucho escribiéndolo. Cuando lo edité agregué unos cuantos párrafos para que fuera más lineal la narrativa, aún así, creo que pudo quedar un poco mejor… eso o de plano soy muy exigente. No lo sé. Sólo espero que a ustedes les guste.
Les recuerdo que es una historia sencilla y cliché, pero me esfuerzo en que se mantenga tierna y amena. Disfruten. Ah, y les recomiendo escuchar la canción mientras leen (Uptown girl de Billy Joel).
MIL GRACIAS por sus hermosos comentarios, fueron muchos, me sorprendieron jeje, me alegra que les esté gustando este proyecto c:
Reviews:
Nina Chilena: Yo también adoro cuando Hiccup le dice M'lady a Astrid, se me hace sumamente tierno 3
Jeinesz06: "lectura ligera" es una excelente forma de describir esta historia, y me alegra mucho que te guste y me halaga bastante que me consideres tu escritora favorita ¡gracias por tu inmenso apoyo!
Chimuelo1315: ¡Gracias! disfruta este capítulo c:
MichelleAloy: La intención era que el vestido de Astrid fuera extraño y totalmente ajeno a su personalidad, me alegra que te dejara esa sensación c: ¡disfruta mucho este capítulo!
Cathrina Frankenstein: Me alegra mucho que opines que manejo bien sus personalidades, me detengo mucho cuando escribo a asegurarme de eso, digo, a veces no puedo mantenerla al cien por ciento pero es gratificante que notes todo ese esfuerzo que le pongo, mmm, Hiccup conde... no era una idea nada mala. No sabía que te gustaba Dagur, sólo por eso, lo agregaré un poquito más adelante c;
warlocktounge: ¡Saludos paisana! ojalá disfrutes mucho de este capítulo c;
Liliana Morales: ¡Gracias por tu entusiasmo! disfruta
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I'm gonna try for an uptown girl
She's been living in her white bread world
As long as anyone with hot blood can
And now she's looking for a downtown man
That's what I am
Voy a intentarlo con una chica de clase alta
Ella ha vivido en su mundo cotidiano
Más de lo que cualquiera con sangre ardiente puede
Y ahora está buscando a un chico común
Que es lo que yo soy
o0o
PARTE 3
Astrid estaba sentada en la sala, con una maleta de mano a sus pies, esperando por Hiccup. Llevaba puestos unos pantalones de mezclilla, tenis y una trenza a medio hacer, viéndose lo más casual posible. Podía escuchar que los sirvientes chismeaban en la cocina, pero no se interesó en oírlos, cuando se crece en una casa grande con ese tipo de comodidades, amos y sirvientes aprenden muy rápido a mantener las apariencias.
Esa mañana los sirvientes fingían que realizaban sus deberes, y Astrid fingía que no los escuchaba chismear de forma descarada en la cocina sobre los eventos de la noche. No podía culparlos, había sido una discusión muy ruidosa la que tuvo con sus padres apenas ellos llegaron a la casa después del evento. Astrid estaba en su cuarto, terminando la maleta para el viaje, cuando sus padres entraron con un golpe exigiéndole explicaciones.
Haré aquí una pausa para decirles que los Hofferson son conocidos por tres cosas: la primera era que el patriarca de la familia, Finn Hofferson, había llegado al país desde Noruega casi cien años antes con dos dólares en la bolsa, y por su ingenio y suerte creó una fortuna; la segunda era que todos los comercios, exportadoras y distribuidoras de la zona oeste del país pertenecían directa o indirectamente a ellos; la tercera era que no existía cosa peor que un Hofferson enojado, y que ellos nunca obedecían.
Cuando Astrid escuchó los primeros gritos de sus padres ella inmediatamente reclamó con igual o mayor fuerza, la discusión duró muy poco porque sus padres debían irse esa misma noche a Seattle para cerrar un acuerdo comercial, pero antes de irse la amenazaron con bloquear sus tarjetas si se atrevía a salir de la casa. Astrid suspiro ofendida ¿realmente sus padres pensaban que ella no había hecho sus propias cuentas, a su nombre, que ellos no conocían?
Astrid había pensado que sería más divertido molestar así a sus padres, pero no lo fue, y la razón de todo eso era Hiccup. El joven no se merecía ese odio por parte de sus padres ¿y si se ensañaban con él, sólo por haber aceptado su tonto acuerdo? Heather siempre tuvo razón, aquello fue una muy mala idea, debió pensarlo con más detenimiento en vez de actuar por impulso.
Toda la noche y parte de la mañana, Astrid repetía en su mente la mirada desaprobatoria de Heather. No le importaron ni los regaños de sus padres ni los cuchicheos de los sirvientes, lo único que le afectó fueron los ojos verdes de su mejor amiga opacados por la consternación y la decepción. Quizá estaba exagerando, ella misma lo admitía, pero Astrid tendía a reaccionar de esa forma cuando se sentía culpable, y vaya que tenía mucha culpa en su subconsciente.
Y ahí seguía, inclinada en el sillón como si con eso pudiera dejar de oír los chismes, esperando nerviosa, viendo al reloj para ver si así las manecillas se movían más rápido y apuntaban la hora en que Hiccup la recogería. "Vamos, esto no puede ser muy difícil" pensó, no le preocupaba llegar a una casa pequeña, o un apartamento modesto, ella no era así de interesada; lo que le angustiaba era tener que fingir frente a una familia entera sentimientos que no tenía, ¿pues en qué rayos estaba pensando cuando aceptó ese acuerdo infernal de hipocresía? "No estabas pensando, Astrid, tan simple como eso".
Finalmente sonó el timbre y ella se puso de pie con un salto, una sirvienta joven se asomó para atender, pero Astrid ya corría con su maleta en mano.
—¡No pasa nada, Ester, es para mí!—le dijo—Ya me voy, vuelvo en unos días, cuídense.
Salió rápido, Hiccup estaba parado frente a la puerta con una sonrisa torpe en los labios, apenas pudo murmurar un saludo. Astrid fue hacia el auto sin casi verlo, así que él abrió la cajuela y la ayudó a meter su maleta; ahí dentro estaba otra maleta un poco más grande, supuso que era la de él. Hiccup le abrió también la puerta del copiloto, un detalle que Astrid notó que él siempre tenía para con ella.
—¿Dormiste bien?—preguntó Hiccup mientras encendía el auto.
Astrid maldijo internamente "Ni con ese tonto maquillaje pude disimular mis ojeras".
—He tenido mejores noches—confesó—Vámonos, no quiero perder el vuelo.
—No te preocupes por eso.
—¡Claro que sí! Según internet, el único vuelo hacia Nueva York sale en una hora y media, casi no tenemos tiempo para documentar.
—Bien, me apuraré.
Pero Hiccup no aceleró nunca a más de 80 km/h, y su expresión se mantuvo relajada en todo momento. Astrid iba pensando que nunca antes había perdido un avión, y que se negaba a irse hasta el otro lado del país en tren o autobús, pero a pesar del tráfico llegaron al aeropuerto en media hora, un tiempo muy justo pero que aún les permitiría abordar. Hiccup entró a la vialidad interna del aeropuerto, pero pasó de largo todos los andenes comerciales, antes de que Astrid pudiera reclamar pudo reconocer la zona exclusiva de abordaje, y para empeorar su confusión, vio a Gobber de pie al lado de un hangar.
Estaba muda de la impresión, Hiccup estacionó el auto y bajó sin decir gran cosa, abriendo la cajuela para sacar ambas maletas. Ella se bajó del auto como un robot, en movimiento lentos y precisos, carentes de reacciones auténticas.
—Hola muchachos, al fin llegan.—dijo Gobber en tono bromista.
—Hola a ti también—repuso Hiccup—Pensé que no vendrías.
—No iré, sólo vine a despedirme.
Astrid pensó que eso no era lo usual en una relación patrón-trabajador. Gobber e Hiccup se dieron un fuerte abrazo, luego el mecánico le sonrió e hizo un ademán de despedida.
—Diviértete, muchachita.
—Gracias—bueno, al menos encontró su voz—Oye, nos…
Pero Hiccup, como si quisiera evadir sus preguntas, caminó rápido al interior del hangar. Astrid lo siguió y el espasmo aumentó considerablemente; ahí estaba un precioso jet pintado en color negro, la combinación de los reflejos y del diseño le daba un aire sobrio; una azafata muy sonriente les ayudó a subir y luego tomó las maletas para llevarlas a la parte de atrás. Era cómodo, con asientos amplios y unas charolas de fruta ya preparada listas para ser devoradas.
Hiccup se quedó en la puerta del jet un momento, contemplando todas las reacciones de Astrid. La rubia tenía un rostro impasible, seguramente tenía muchos pensamientos encontrados y no sabía cómo expresarlos, pero le gustaba la forma en que estaba manteniendo la compostura. La vio desplazarse lento pero seguro hacia los sillones de cuero, sin tocar nada, casi como si temiera que al respirar profundo todo a su alrededor desaparecería. Volteó, y sus ojos azules le miraron con una combinación de asombro y enfado.
—¿Dónde nos sentamos?—preguntó ella.
—Puedes quedarte aquí si quieres, o puedes acompañarme en la cabina.—intentó que su voz sonara graciosa, no funcionó.
Astrid frunció el ceño, ¿cuántas sorpresas podía soportar una persona en un mismo día?
—¿El piloto te deja pasar?
—No, yo soy el piloto.
Okey, tres sorpresas grandes son suficientes para causar un pequeño colapso, o al menos eso concluyó Astrid. Se dejó caer en el sillón que estaba atrás de ella, con rostro lívido y expresión de shock. Hiccup se inclinó frente a ella, diciéndole que todo eso tenía explicación y que respondería sus preguntas cuando se calmara; le dio un apretón de manos que realmente no sintió, y luego se fue a la cabina.
La mente de Astrid trabajaba lo más rápido que podía, pero su hámster ocupaba un descanso y se negaba a regresar. Estaba sentada en un jet privado, con Hiccup en la cabina preparándose para despegar. No, eso era una broma, un mal sueño, seguro que su despertaron sonaría pronto y Ester tocaría a la puerta diciéndole que el desayuno estaba listo.
La azafata la despertó de su fantasía cuando le preguntó si acudiría a la cabina o se quedaría atrás, entonces Astrid apretó las manos en dos puños y se puso de pie con expresión casi furiosa. Necesitaba respuestas ¡y las ocupaba ya! La puerta de la cabina no estaba cerrada, así que entró sin tocar, Hiccup estaba sentado con los auriculares puestos y aplanando botones sobre una consola dos veces más grande de las que Astrid había visto en películas.
—Tenemos que hablar—consiguió decirlo en voz firme.
Hiccup siguió dándole la espalda cuando respondió.
—Lo sé, pero tengo que revisar los controles antes de despegar. Cuando estemos en el aire podremos hablar todo lo que quieras.
Eso era una verdad a medias. Una media hora antes, un piloto del aeropuerto había preparado el avión, para que el jet saliera a la hora acordada, pero Hiccup siempre insistía en revisarlo todo personalmente. Ese hermoso jet negro era su tesoro. Además, ocuparse en los controles le permitiría postergar unos minutos más el inevitable enfrentamiento con Astrid.
—Bienvenida a bordo—le dijo, volteando sólo medio cuerpo. Señaló el asiento del copiloto y agarró otro juego de auriculares, tendiéndoselos—Ven, toma asiento.
Aquello parecía sacado de una película de Hollywood.
—No sé pilotear un avión.
—Sólo tienes que ponerte el cinturón—le guiñó el ojo y se inclinó sobre los botones, tecleándolos como si fuera una computadora normal.
La azafata se asomó a la puerta y les dijo que, tras el despegue, serviría los aperitivos. Luego cerró bien la puerta, Hiccup se puso el cinturón y habló por el micrófono diciendo que despegarían.
—¿Cuántas veces has hecho esto?—preguntó Astrid, sintiendo miedo por su vida.
Frente a ella estaba el enorme cristal, podía verse el aeropuerto y la torre de control a algunos metros. Hiccup agarró el volante y le sonrió.
—Desde que tengo 16 años—respondió—No te preocupes.
El avión empezó a moverse, Astrid se aferró al asiento viendo por primera vez en primera persona el avance del avión. En otros viajes que hacía con sus padres ella solía reclinarse, tomarse alguna pastilla relajante, o leer mientras bebía agua o café durante el vuelo. Siempre adoró ver la ciudades, despegues y aterrizajes a través de la ventanilla, pero nunca tuvo una vista así de panorámica, ni cuando era niña y la dejaron visitar la cabina del piloto un par de minutos en pleno vuelo.
Hiccup murmuraba cosas que ella no entendía a la torre de control, en sus audífonos escuchaba las respuestas, pero una jerga totalmente ajena a la suya. El avión se movió a la pista, hasta ese momento, podía confundirse con un auto, hasta que dieron indicaciones de despegar y el jet aceleró de 0 a 300 k/h en menos de un segundo.
Astrid veía la pista acabarse mientras más rápido de movía el jet, Hiccup se veía en su elemento, completamente feliz y ansioso del despegue. No supo qué cosas aplanó ni cuáles palancas jaló, pero de repente, el avión se separó del suelo y empezó a alzarse, más y más rápido, ella cerró los ojos por inercia, en combinación de fascinación y miedo.
—Mira, Astrid—le dijo Hiccup—Abre los ojos.
Ella así lo hizo, sentía cosquillas en el estómago por la aceleración, pero ahí estaban, las nubes cada vez más cerca, pudo ver gracias a la enorme ventana a la ciudad hacerse más pequeña mientras agarraban altura. Era un espectáculo precioso. La torre de control dijo que todo se veía en orden, dio unas instrucciones sobre el tráfico aéreo que ella no entendió, pero Hiccup respondió muy natural. Durante unos diez minutos Hiccup estuvo nivelando el avión, cuando todo estuvo en orden, aplanó el piloto automático y se recargó en el asiento.
—Bien, ahora sólo hay que monitorear durante un rato—dijo—Toothless es rápido, estaremos en Nueva York en unas tres horas.
—¿Toothless?
—Perdona, así le llamo al jet.
—No sabía que conducías aviones.
—Sí, es un gaje del oficio—se encogió de hombros—Papá insiste en que sepamos hacerlo, en caso de alguna emergencia.
—¿También es piloto?
—Conduce muy bien, pero no tiene paciencia para los vuelos largos.
—¿Y en qué aerolínea trabaja?
—VikingFly.
Era una de las compañías más grandes en el rubro. Todos sabían de ella, y Astrid no era la excepción, se trataba de una de las aerolíneas más grandes del mundo, con una división para transporte de pasajeros y otra de carga y mensajería.
—¿Y éste jet es de VikingFly?
—No, es mío.
Era lo que Astrid se temía. La rubia respiró profundo en su asiento, estaba empezando a asustarse, antes de que pudiera decir algo la azafata abrió la puerta y les ofreció comida y bocadillos. Hiccup eligió un tazón con fruta, Astrid sólo una botella de agua, no estaba segura de poder recibir algo más en su estómago.
—Eres rico.—dijo Astrid, de sopetón.
Hiccup no se inmutó mientras seguía comiendo.
—Yo no, mis padres sí.
Ella alzó una ceja irónica, causándole gracia.
—Bueno, sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste?—preguntó con voz contenida, estaba al mismo tiempo enfadada y confundida.
—Tú querías hacer enfadar a tus padres. Si les decía que soy adinerado, ellos no se molestarían.—dijo como si fuera la cosa más normal del mundo.
¿Qué? Astrid procesaba lo mejor posible esa información, pero esto era demasiado.
—¡Ahora quedé como una tonta!—gritó.
—No, técnicamente no mentí. Yo les dije que arreglé tu auto y que soy ayudante de Gobber, lo cual es verdad.
"Este hombre me quiere ver la cara de tonta" pensó Astrid, más molesta que confundida ya para ese punto.
—Si tienes tu propio jet ¿cómo es que eres ayudante de un mecánico común?
—Gobber es mi padrino—respondió—Me gusta ayudarle cuando paso temporadas con él.
Para ella esa explicación era muy simple, pero no pidió más, aún tenía cosas que digerir.
—Así que tu padre es ejecutivo en VikingAir ¿cierto?
—No—esta vez Hiccup tragó duro al agregar—Es el dueño.
Contuvo el aliento, esto ya era demasiado. Ser un ejecutivo de VikingAir era una cosa MUY seria, era de las empresas más grandes del mundo. Entonces, sí su padre era dueño…
—Momento, entonces… ¿eres un Haddock?
—Sí.
"Trágame tierra"
¿cómo rayos se encontró con un miembro de la familia más rica del país en una mecánica común?
No había que saber mucho para conocer a los Haddock, salían mencionados en portadas de Forbes o de otras revistas con mucha regularidad. Llamarles ricos era poco, ellos eran magnates, dueños de la aerolínea VikingFly, la cadena de supermercados VikingShop y una franquicia de hospitales llamados VikingCare (con una división de clínicas veterinarias llamada VikingPet).
Aunque todos sabían que eran sumamente adinerados, poco se sabía de sus miembros, los paparazzi se esmeraban buscando notas sin éxito. Se sabía que el accionista mayoritario y CEO del aglomerado era Stoick Haddock, nieto del fundador. También se sabía que su esposa, Valka Haddock, era accionista minoritaria encargada de la división veterinaria del consorcio; el hijo de la pareja, un joven que dejó de aparecer en las fotografías familiares al cumplir los 12 años, era uno de los herederos más adinerados del mundo.
Pero los Haddock mantenían una vida familiar amena y ajena a la farándula: no se sabía dónde estudió el hijo heredero ni se tenían fotos suyas recientes, tampoco se sabía quiénes eran los primos y sobrinos de la familia, pues se mantenían escondidos. Nunca se aparecían en galas o fiestas –a no ser que fueran indispensables– y en las campañas de donaciones mandaban gruesos cheques sin aparecerse, aunque fuera para la foto. Pocos podían presumir de conocerlos, y ahí estaba Astrid, de copiloto en el jet privado de Hiccup Haddock.
—¿Astrid?—llamó Hiccup—Sigo siendo yo ¿sabes? Así como me conociste, así soy. Nada ha cambiado.
—Excepto que estoy en tu jet privado ¿no?
—El dinero no tiene porqué interferir—siseó.
Ella asintió, mordiéndose un labio, era una de las cosas que más criticaba en su círculo de amistad.
—Supongo que tienes razón…
—Escucha, si esto te molesta mucho, aún podemos regresarnos, no sería problema
—¡No!—respondió su orgullo antes que su sentido común—Te di mi palabra y la cumpliré…es sólo que…
—¿Qué?
—No es la reunión que esperaba.
Hiccup se recargó en su asiento: Astrid pensaba que su familia sería la típica rodeada de sirvientes, engreída y ajena al mundo, que la miraría de pies a cabeza calculando su fortuna personal a través de sus ropas de a diario. Estaba molesto, pero también la comprendía, después del evento al que la acompañó con su familia pudo comprobar que la heredera Hofferson había crecido rodeada de hipócritas.
—Muchas cosas no lo serán—dijo él, y miró a los monitores.
El silencio duró hasta que la azafata apareció de nuevo, sirviéndoles unas bebidas –sin alcohol para Hiccup– y dejándoles botanas. "Bueno, di algo" pensó Astrid, que no soportaba más el silencio.
—¿Qué clase de avión es éste?—inquirió.
Hiccup la miró de reojo, sus ojos aún vislumbraban la inmensidad de cielo celeste y nubes frente a ellos, pero respondió con voz suave.
—Es un Bombardier Viking.
—Me suena el Bombardier, no el Viking.
—Es una marca de aviones canadiense, la más famosa es la Bombardier Global, pero ese avión me parecía muy pequeño. Hace unos años contacté a los ingenieros para desarrollar los planos de Toothless, ellos lo llamaron Bombardier Viking, yo le dijo sólo Toothless.
—¿Quieres decir que es único?
—Cada tornillo de este avión fue colocado para mí, de hecho, yo lo diseñé.
—Pensé que eras mecánico.
—Mecánico, ingeniero, electricista… hay que saber un poco de todo ¿no?
Intentó sonar jocoso, pero al mirarla, vio que Astrid lo analizaba sin tapujos, la penetrante mirada azul de la rubia le puso algo nervioso y balbuceó al hablar:
—¿Qué piensas?
—Intento acordarme todo lo que sé de los Haddock, pero es muy poco—respondió—Y de ti aún menos. Recuerdo que los medios se quejan de que no tienen fotos tuyas desde hace años.
—Mamá así lo quiso… y yo también.
—La fama no es muy linda ¿verdad?
—Es puro atosigamiento. Fotos aquí y allá, reportajes basura, no sabían nada de mí, pero vendían mentiras con mi imagen para conseguir publicidad. Lo detestaba. Muchos compañeros de la escuela empezaron a molestarme, así que me cambiaron de colegio y dejé de tener apariciones públicas.
—Suena horrible.—respondió, aunque los Hofferson también era muy adinerados, sus padres tenían una relación con los medios más controlada y constante. Una foto de Astrid Hofferson no era tan valiosa como una foto de Hiccup Haddock, simple cuestión de oferta y demanda.
—Lo fue.
Hiccup no dijo nada más, pero dejó pensando a Astrid, cuando ella era más joven también tuvo problemas con otros niños molestos en el colegio, pero sus padres jamás interfirieron. Raras veces estaban en casa y, cuando lo estaban, la agobiaban con lecciones y le reñían por ser infantil ¡tenía sólo 7 años! ¿cómo querían que respondiera? Desde entonces aprendió a cuidarse sola y, si alguien la molestaba, ella lo molestaba más. Primero fueron insultos, después llegó hasta los golpes, sus padres la castigaron muchísimas veces por el historial de ojos morados que dejó en el colegio, pero todos ellos se lo merecían. Fue así como se forjó ese carácter rudo, directo e independiente desde pequeña.
Estaba orgullosa de ella misma y de cómo era, pero sentía un poco de envidia hacia Hiccup. A él sus padres lo escucharon, a él le protegieron, a él le ayudaron. Astrid aún no conocía a los Haddock, pero ya sentía cierta admiración por ellos, al menos según esa anécdota sonaban más considerados que sus propios padres.
El resto del viaje no hablaron mucho, Astrid se sorprendió bastante cuando el cielo empezó a dibujar las siluetas de la enorme Nueva York, sus rascacielos eran preciosos y aunque estaban a una gran altura pudo divisar la extensión de la gran manzana. Escuchó los códigos aéreos que dio Hiccup para aterrizar y debieron esperar 20 minutos antes de tener pista, cuando descendieron, ver todo en primera persona le causó un verdadero tirón en el intestino, pero la experiencia valió cada segundo.
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En el aeropuerto estaba un hangar reservado para los aviones privados de VikingFly, que fue donde estacionaron a Toothless. Al lado del hangar estaba un auto negro, de esos elegantes que pueden ser algo discretos, con un chófer y una señorita esperándolos.
—Bienvenido amo Hiccup—saludaron al unísono—Bienvenida señorita.
Astrid respondió cortés, el chófer le quitó la maleta de la mano y les abrió la puerta para que se deslizaran en los asientos de atrás. La señorita se sentó de copiloto, el auto arrancó y salieron del aeropuerto por la vía privada. Aunque había estado en Nueva York varias veces, en esa ocasión sintió que conocía por primera vez las calles, y eso se debió en buena parte a que Hiccup parecía conocer la historia de todos los edificios que pasaban.
No recorrieron gran cosa, pues habían llegado al Aeropuerto La Guardia y sólo debieron dirigirse por el Boulevard Queens hasta el puente Queensboro, llegando a Manhattan en muy poco tiempo. Los espléndidos edificios de la zona adinerada (Upper East Side) recibieron a Hiccup con naturalidad, pues el muchacho ni siquiera se inmutó al verlos. Finalmente, la limosina se detuvo frente a un edificio, y en apenas unos segundos un grupo de personas estaba sobre la cajuela bajando las maletas.
—Todo está como lo pidió, amo Hiccup.
—Muchísimas gracias.
Astrid bajó con él y entraron al recibidor de un enorme rascacielos, Hiccup la escoltó al elevador sin darle casi tiempo de ver bien el lugar, y es que había varias personas intentando acercarse a él, con poco éxito. Para cuando las puertas del elevador se cerraron, ellos estaban otra vez solos, y el muchacho respiró aliviado.
—Estaremos aquí sólo por hoy—le dijo—Mañana nos iremos a la casa de mis padres.
—¿Y eso en dónde es?
—En los Hamptons.
"Supongo que no debe sorprenderme" pensó Astrid.
—¿Y por qué no vamos hoy? Digo, son sólo un par de horas, llegaríamos antes del anochecer.
—Sí, pero mis padres llegaran a la casa hasta en la noche. No me gusta estar allá si ellos no están… pero si quieres…
—No, no, sólo sugería.
Astrid se sentía muy torpe esa tarde, y no era para menos. Su mente aún estaba algo atrofiada por las constantes impresiones y sorpresas, de hecho, una parte de ella aún sentía toda la situación muy irreal.
—No te preocupes, el apartamento es amplio, tendrás una habitación para ti.—agregó Hiccup, intentando confortarla.
—¿Es tu apartamento?
—Sí, pero no—dijo con una sonrisa—Técnicamente el edificio es mío, o al menos según mi fideicomiso, pero no me encargo de él.
Ese hombre hablaba con demasiada naturalidad sobre las millonarias pertenencias que poseía, Astrid hacía lista en su mente: un jet privado acondicionado a su gusto, un edificio frente a Central Park ¿qué más tendría? Si le confesaba ser dueño de uno de esos extravagantes hoteles en Medio Oriente, no podría sorprenderse.
—Sigo siendo el mismo, Astrid—dijo él, adivinándole el pensamiento.
—Claro.—aunque no sonaba muy convencida.
Las puertas del elevador se abrieron, mostrándoles un amplio recibidor de un departamento exclusivo –seguro el pent-house– bien iluminado y decorado, las maletas de ambos ya estaban ahí, acomodadas en el pasillo central.
Era un apartamento enorme, como bien le dijo Hiccup, y cómodo, el pasillo conducía a una sala amplia, conectada a la cocina y comedor, además había tres recámaras, la principal con ventanales de hermosas vistas a Central Park y las dos secundarias al otro lado del piso. Hiccup insistió en que ella ocupara la principal, y sin apenas darle tiempo de objetar, tomó su maleta y se encerró para darse un baño en una recámara secundaria.
Hiccup se recargó en la puerta y suspiró, al menos eso había salido mejor de lo que pensaba. Claro que Astrid se había enfadado, pero ahora parecía haber digerido casi todo y estaba tranquila. En su mente Hiccup tenía dos escenarios posibles: el primero era que ella se indignaría tanto que lo mandaría a freír espárragos; el segundo que ella se contentaría para quedar bien con su familia y hacerse de un espacio en el clan Haddock.
No pasó ninguna de las dos cosas. Sí, ella se molestó, pero se contuvo y estaba manteniendo su promesa, algo muy admirable. Astrid no había dado indicio alguno de estar ahí por interés, pensando en qué podría sonsacarle a él o a su familia (de hecho, cualquier otra mujer ya le hubiera pedido dinero o propiedades a cambio de continuar con esa farsa) pero ella no. Estaba asombrado, y feliz.
Al otro lado del departamento, Astrid tenía su propio diálogo interno. Aún estaba algo enfadada, pero la curiosidad y la emoción estaban ganándole. Cuando conoció a Hiccup nunca le pasó por la cabeza que podría ser rico, y por lo que habló de su familia en el jet, los suyos deberían ser unos padres muy peculiares. Habían hecho un trato –malamente– y ya no tenía otra opción más que terminarlo ¿qué mal haría en disfrutar un poquito mientras mantenía su palabra?
Lo único bueno de todo eso era que ya no se sentía culpable; horas antes, Astrid seguía atormentándose por usar a un joven mecánico para molestar a sus padres. Ahora, aunque técnicamente ella era la usada, no se sentía del todo así. Engañada sí, pero siendo honesta consigo misma, se lo merecía. Puesto en una balanza, los dioses se habían mofado de ella de una forma muy tranquila y hasta disfrutable. Después de todo, Astrid era práctica, así que en el momento en que se sintió a gusto, dejó de darle vueltas al asunto y buscó relajarse.
Para eso, analizó a detalle su habitación, que tenía un enorme ventanal con una visión de Nueva York en todo su esplendor. Era impresionante. No desempacó todo, sólo sacó un juego de ropa limpia y se metió al baño, como todo en ese apartamento era muy grande y bien amueblado. Encontró sales, jabones aromáticos y veladoras, los usó todos para crear una tina de baño perfecta. Se relajó tanto que, para cuando terminó de vestirse y secarse el cabello, ya era de noche. Salió rumbo a la cocina y se encontró a Hiccup cortando unas verduras, de hecho, se veía profesional, con una pequeña toalla sobre el hombro y ejecutando movimientos fluidos.
—¿Por qué no me sorprende que cocines?—era la sorpresa menos apabullante del día.
Hiccup se asustó al verla, tenía puestos audífonos inalámbricos y no la escuchó acercarse.
—No lo hago tan bien como mi padre—respondió, se veía algo nervioso.
—¿Qué harás?
—Verduras sazonadas y tortilla de huevo.
—¿Ocupas ayuda?
Hiccup parecía sorprendido de que ella se ofreciera a hacer algo, antes de que reaccionara, Astrid sacó del refrigerador los huevos, y buscó un tazón grande en las repisas. Hiccup la miró mientras rompía las cáscaras y las tiraba a la basura. Sí, en definitiva, la chica Hofferson era muy diferente a lo que pensaba.
—¿Ocho son suficientes?
—S-sí.
Él volvió a cortar las verduras, cuando terminó, las echó sobre una sartén que tenía aceite de oliva tibio, y se puso a freírlas a fuego lento. Astrid encontró una sartén y empezó a hacer las tortillas, sazonando con pimienta y sal. Hiccup usó una mezcla de condimentos que ya tenía preparada desde antes, que olía deliciosa, en muy pocos minutos la comida estaba servida. Hiccup sacó una botella de vino blanco que sirvió con una media sonrisa.
—Esto es agradable—dijo Astrid, bebiendo del vino—Eres una buena compañía.
—Puedo decir lo mismo de ti.
—Gracias.
Sonrieron viéndose a los ojos, pero no hablaron mucho mientras comían. Los dos seguían asimilando la situación en la que estaban, y como tenían mentes abiertas, lo estaban procesando muy bien.
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En la mañana el portero los ayudó con sus maletas y los condujo al auto, el chofer los saludó con una gran sonrisa mientras le indicaba a Hiccup cuál camino iba a seguir. Por la forma en que se comportaban con Hiccup, Astrid había deducido que sus empleados le tenían estima.
—Tardaremos unas dos horas—le dijo Hiccup, cuando ya estuvieron bien acomodados en la parte trasera del auto—¿Quieres ver una película?
—¿Cuáles tienes?
—La que quieras—sacó de su mochila una laptop y se la tendió—Tengo todos los servicios de streaming que puedas imaginar.
—Era de esperarse—rodó los ojos medio divertida—Me gustan las de acción.
—A mí también.
—¡Ya sé!—Astrid buscó entre las series hasta que encontró la que buscaba—¿Has visto esta?
—No—Hiccup leyó el título, se llamaba The Good Place—No se ve de acción.
—No lo es, pero me gusta. Es algo diferente a las demás series.
—Ponla.
Conforme fueron transcurriendo los capítulos Hiccup se fue enganchando, era una situación sencilla pero muy bien planteada y la personalidad de los protagonistas la hacía muy cómica. Astrid y él se fueron riendo durante las dos horas y media que tardaron en llegar a los Hamptons,
De hecho, viendo esa serie descubrieron que tenían muchas cosas en común; como buena parte del argumento se sustentaba en dilemas morales (de vez en cuando Platón o Kant aparecían mencionados por ahí) cada uno opinaba según sus propias experiencias. Hiccup descubrió que a Astrid le molestaban muchísimo las injusticias, y solía entrometerse cuando consideraba que podía defender a alguien. Astrid descubrió que Hiccup leía mucho y tenía opiniones fundamentadas siempre en teorías o autores.
No se habían molestado en conocerse tan a fondo como hasta ese momento; Hiccup era ingeniero en mecatrónica, con diplomados y estudios variados; en cambio, Astrid era arquitecta y había estado revisando una posible maestría en Europa. Ninguno de los dos trabajaba, pues estaba en medio la situación de sus familias y no deseaban aún meterse en las empresas familiares.
Para cuando llegaron estaban más cómodos y tranquilos, la mansión que los recibió no era el estilo que Astrid esperaba. Podía salir en la portada de Forbes, pero había un aire acogedor en cada uno de sus jardines, no parecía el típico lugar sintético que los adinerados visitaban una vez cada dos o tres años.
El auto se estacionó frente a la entrada principal, que era una puerta de madera muy grande sobre unas escaleras decorativas, de madera también. El mayordomo estaba esperándolos, inmediatamente bajó para abrirles las puertas y escoltarlos hacia el vestíbulo.
—Bienvenido, Amo Hiccup—saludó—Bienvenida señorita.
—Hola Cubeta—saludó Hiccup muy animado—¿Cómo te has sentido?
—Mejor, joven amo, mucho mejor. El remedio de la ama ha sido muy bueno.
—¿Sigues yendo con Gothi, verdad?
—Claro, el amo no me deja faltar.
—Como debe ser.
Los dos hombres rieron en voz baja, Astrid miraba complacida la escena, Cubeta se portó tan amable con ella que le dio la impresión de conocerlo de toda la vida. Al entrar en la casa, la calidez propia de un hogar acogedor removió sentimientos profundos en su corazón, era todo lo opuesto a su propia casa.
El recibidor era muy grande, daba acceso a un vestíbulo amplio en donde las colosales escaleras conducían a los corredores del segundo piso. Desde luego que había muebles lujosos por aquí y por allá, pero las luces encendidas y los colores de tonos tierra creaban una sensación de calidez hogareña. Podían escucharse murmullos y risas, no el atroz silencio de las mansiones abandonadas… como la de ella.
—Esta casa es hermosa—le dijo a Hiccup, con un dejo de melancolía en su voz.
—Me alegra que te guste—Hiccup notó el tono triste en la rubia, para animarla, colocó una mano sobre su hombro de forma suave—Ven, vamos a recorrerla toda.
—¿Quieres recorrerla?
—Sí, claro.
Caminaron hacia las escaleras, pero no alcanzaron a llegar a ellas cuando una mujer se asomó desde la segunda planta; era como ver a Hiccup: delgada, de cabello castaño y ojos claros con un tono verdoso –los ojos de Hiccup eran más bonitos– les sonreía de forma auténtica al caminar hacia ellos.
—¡Hiccup!—prácticamente saltó hacia su hijo desde el segundo escalón, él la atrapó al pie de las escaleras y la abrazó—¡Bienvenido! ¿cómo te fue en el viaje? ¿qué ha pasado? ¿y quién es ésta encantadora muchacha?
"Muy bien, aquí empieza todo" Astrid respiró profundo, armándose de valor para continuar.
—Hola, señora—la saludó con la voz más amable y correcta que pudo entonar—Yo…
—¿Señora? No, no. Dime Valka, por favor—estrechó su mano con fuerza y luego se inclinó para besarle la mejilla, fue un gesto cariñoso que tomó a Astrid desprevenida y la sonrojó.
—Pero…
—Sin peros, ¿pues qué te ha dicho mi hijo sobre mí?—miró a Hiccup de reojo en forma reprobatoria—Bienvenida, ésta es tu casa.
—G-gracias.
—Mamá—Hiccup se aclaró la garganta para llamar un poco la atención—Ella es Astrid Hofferson; Astird, ella es mi madre, Valka Haddock.
—Es un gusto.
—¡El gusto es todo mío! Ven, hermosa, vamos a tu cuarto. Debes descansar y si no te escolto yo, Hiccup te tendrá recorriendo toda la casa durante horas.
—Mamá.—replicó Hiccup, con la insistente voz de un joven apenado.
—¿Qué? Es la verdad.
Astrid sonrió, podía apreciarse que la relación madre-hijo era muy buena. Valka la escoltó hacia el segundo piso y anduvieron por el pasillo principal hasta el fondo, le indicó cuál era la recámara principal –por si ocupaba algo de ella o de su esposo– y luego abrió la recámara que estaba a dos puertas.
Era un cuarto muy grande, con baño propio, un pequeño balcón y una gran cama matrimonial. La decoración era muy bonita, con cuadros de bosques colgando en las paredes, piso de madera y cojines color café.
—Es hermosa, gracias.
—No hay de qué, sé que tú e Hiccup estarán muy cómodos aquí.
Antes de que Astrid pudiera decir algo, el propio Hiccup miró a su madre con los ojos abierto como platos.
—Mamá, pensé que yo me quedaría en…
—Oh, vamos ¿qué edad crees que tengo, hijo? Sé muy bien cómo son las cosas hoy en día y no tengo molestia alguna por eso.
—No, es que….
—Hay condones en el primer cajón del tocador—Valka salió al pasillo y agregó—La cena será a las siete, descansen.
Luego cerró la puerta, impidiendo a los jóvenes quejarse.
¿Y bien? ¿qué les pareció? ¡Espero que lo hayan disfrutado mucho! Cuando leí que pensaban a Hiccup un conde pensé por un momento "Nefertari, esa hubiera sido una muy buena idea" pero nop, no se me ocurrió... aún así creo que ser hijo de un magnate es bueno ¿sí? ¿no? oh bueno... díganme ahí que opinan ¿se imaginan cuál será la reacción de los Hofferson? jeje, la veremos después.
El próximo capítulo llegará el sábado, más o menos, considerando que sólo debo editarlo, pero por el trabajo puede que me tarde. Díganme todas sus teorías y opiniones, que las tomaré en cuenta mientras haga la edición. Veremos más de los Haddock c;
NOTA.-"The Good Place" es una serie de Netflix, se las recomiendo ampliamente.
¡Mil gracias por leer! les mando mil saludos y abrazos desde México c:
