Primavera en París.

Capítulo 3.

Summary: Xanxus, un príncipe mafioso adolescente. Squalo, una mercancía de elevado precio en un burdel parisino que Xanxus pisa por casualidad. XS, ligero AU.

Disclaimer:Katekyo Hitman Reborn! pertenece a sus respectivos autores y propietarios de derechos: Akira Amano, Shonen Jump, Artland, TV Tokyo. Solamente lo utilizo con fines de entretenimiento, sin lucro alguno

Notas: Este relato se sitúa en un ligero Universo Alterno. Los Vongola existen tal y como los conocemos; sin embargo Squalo no tiene relación alguna con la mafia ni con Xanxus, además de que manejo un cambio de edades: Xanxus tiene dieciséis años y Squalo veintidós.


A las cinco de la mañana el burdel cerraba sus servicios por completo, sin excepción alguna. En el momento justo en que el segundero daba pie al inicio de las cinco horas, todos los trabajadores del establecimiento se trasladaban al edificio contiguo a través de una gran puerta dentro de la machiya. Esa construcción aledaña se encontraba equipada como un gigantesco y espléndido baño mixto, tapizado por completo de lozas blanca y negras, estaba siempre limpio y en perfectas condiciones de funcionamiento para recibir a los agotados cortesanos y cortesanas.

Había decenas de regaderas y tinas muy espaciosas con agua lista casi hirviente; también existía un acogedor sauna y, por supuesto, vestidores en el piso superior con casilleros personalizados. A este maravilloso baño acudían las atracciones del burdel antes y después de la jornada laboral.

- ¡Squalo! – gritó Lucía justo en el momento en que encontró al tiburón, habiéndolo buscado por todo el lugar.

El pelilargo caminaba contra corriente, ya había salido completamente bañado y limpio de la zona se aseo. Vestía casualmente, ¡qué sensación tan diferente infundía!, en contraste con la apetitosa perla exótica que aparentaba ser todas las noches dentro del burdel. El joven de mirada plateada estaba ataviado con un pantalón de mezclilla gris, playera negra de manga larga y cuello de tortuga, botas militares igualmente azabaches y, para rematar, llevaba la larguísima melena pulcramente recogida en una coleta. Squalo no dejaba de lucir irresistiblemente atractivo y soberbio a pesar del tremendo cambio, por supuesto.

- ¡Voi! ¿Qué es lo quieres Lucía? – respondió arisco el susodicho esquivando a todos sus colegas para poder encontrarse por completo con la mujer.

- ¡Monsieur Leblanc quiere verte ahora mismo! –


La oficina del dueño estaba inundada con la profunda y emotiva voz de Edith Piaf. El viejo calvo se servía pacientemente alguna clase de licor antes de atender a su empleado, habiendo pausado antes las cuentas que hacía presuroso en un grueso y gigantesco cuaderno de contabilidad.

- ¡Voooi! Muero de hambre, ¿Qué es lo que quiere? –

Ante tal impetuosidad por parte de su asalariado, el anciano no hizo más que sonreír de lado, conocía perfectamente el mal carácter de una de las adquisiciones más preciadas del lugar.

- ¿Cómo trataste a Xanxus? –

- Con la misma efectividad que a cualquiera, ¡vooooi!, ¿Quién crees que soy? -

- Bien, eso es todo, puedes ir a desayunar. Au Revoir

Y el viejo volvió a la administración.

Squalo se puso de pie y, disponiéndose a salir enseguida, caminó con apremio, pero repentinamente, justo antes de cerrar la puerta, regresó un par de pasos atrás y demandó una sola respuesta.

- ¡Vooooi, viejo!, ¿Acaso se quejó de mí el muy bastardo? –

El dueño se quedó con los labios abiertos y el vaso de licor a medio camino de su boca. La ceja izquierda arqueada delataba su total sorpresa ante la curiosidad del tiburón, nunca antes vista, respecto a un cliente.

- No, sólo pagó y se marchó sin despegar los labios de la boca –

- Leblanc, no te atrevas a pagarme ni un solo centavo de los honorarios de esta noche, ¿Me escuchaste bien? ¡Anótalo en ese anticuado cuaderno de cuentas tuyo: ¡QUÉDATE CON TODO! –

La puerta se azotó al siguiente segundo.


Squalo tenía un bonito y pequeño apartamento a las afueras de París, más específicamente en el tranquilo Val-de-Marne, un departamento perteneciente a la zona conurbada de la capital francesa.

Todos los días al salir del trabajo muy temprano en la mañana, el pelilargo frecuentaba el mismo café, un establecimiento puntual y madrugador debido a que recibía a muchísimos obreros que terminaban su jornada laboral nocturna y que llegaban hambrientos al lugar. Los desayunos eran deliciosos y de precios accesibles. Además, por una pequeña cuota extra podías repetir.

Al terminar sus alimentos, el pelilargo caminaba hacia el metro parisino que fácilmente lo llevaba a casa con ayuda de algunos transbordes y una caminata de veinte minutos.

Aproximadamente llegaba a las 7:00 de la mañana, inmediatamente se tiraba sobre su cómodo y siempre mullido colchón matrimonial, se arrancaba los zapatos con apremio y dormía largamente, pocas veces alcanzaba a ponerse un pijama.


El tiburón fue turbado de su sueño debido al insistente llamado del timbre de la puerta. Soñoliento y de malhumor, el joven de ojos plateados se giró ligeramente sobre el colchón y echó una mirada al reloj que yacía sobre su mesita de noche de madera rústica, eran las 15:00 horas, había dormido más de la cuenta.

Tomándose su tiempo, Squalo se levantó soltando algunos bostezos en el proceso. Aún estirándose, salió de su habitación y abrió la puerta principal.

- ¡Squalo! –

La tenaz visitante exclamó el nombre del cortesano con alegría, totalmente congratulada de haber conseguido una audiencia con el pelilargo.

- ¡Voooi, Sophie, qué es lo que quieres! –

Aquella muchacha era la vecina del apartamento de enfrente. Sophie era una adorable francesa de veintiún años de edad, su rostro pecoso era angelical, casi infantil. Poseía largos caireles rubios y ojos verdes y almendrados. La rubia vivía con su pareja, una hembra alfa española, pero ella trabajaba hasta la tarde.

- Preparé Riz au Lait y me ha sobrado bastante. Te traje un poco, Squalo –

La muchacha levantó sonriente un muy pequeño refractario que contenía el delicioso postre. El pelilargo suspiró y lo tomó sin agradecer. Muchas veces había rechazado los pequeños y frecuentes regalos comestibles que le llevaba Sophie, dicha negatoria siempre terminaba en alguna clase de situación perjudicial para él, así que decidió dejar de molestarse en reñir.

Súbitamente, el rostro de Squalo se iluminó debido a una oportuna idea.

- Espera aquí –

A los pocos segundos, el pelilargo regresó a la entrada, tomó el brazo de la chica, la obligó a extender la mano y sobre la palma le colocó el billete de quinientos Euros que Xanxus le había dejado como propina.

- ¡Oh, Squalo, querido! Es un juguete muy bonito, parece real –

- Es real –

- Oh, mon Dieu! Tómalo tú, querido, lo perderé –

- Quédatelo, –

- Oh, non, non! ¡No puedo, es demasiado dinero! –

- ¡Vooooi! Entonces gánatelo, lavarás mi ropa por dos semanas –

Y el tiburón le cerró la puerta en las narices con tal fuerza que provocó que la rubia pecosa se tambaleara y terminara por caer al suelo sobre sus asentaderas.


El ocaso comenzaba a caer sobre la siempre codiciada ciudad de las luces. La cálida luz anaranjada del atardecer parisino bañaba los rincones de la metrópoli primorosamente, acompañada con un fresco viento que mecía afablemente los follajes de los árboles y los sombreros de los agotados turistas.

Dentro de un respetable gimnasio en algún punto de París, varias disciplinas eran ejecutadas diestramente. Una de ellas era el kendo japonés, un practicante especialmente feroz no perdonaba a ninguno de sus adversarios de entrenamiento.

- Hoy Squalo viene especialmente de mal humor – se escuchó murmurar a uno de los practicantes del camino de la espada.

- ¡Vooooooooi! ¡Qué vengan más! ¡Si uno solo no puede vencerme, qué vengan dos, tres, todos los que quieran al mismo tiempo, bastardos débiles! –

Los movimientos del tiburón durante la práctica del kendo eran los de un auténtico asesino, si no fuera porque todos vestían la armadura de entrenamiento, ya hubieran recibido severas heridas a pesar de estar siendo atacados por una espada de bambú.

- Siempre es lo mismo con él – susurró venenosamente otro envidioso alumno. – Nunca dura demasiado. Esgrima, artes marciales, florete medieval, gimnasia o natación. Es un exagerado, se lo toma demasiado en serio –


La rutina pareció regresar completamente a la vida de Squalo. Aquel episodio que había durado unas cuantas horas tenía que pasar al olvido muy pronto. Xanxus era el único en la historia de su existencia que lo había sacado de sus cabales con la misma facilidad y naturalidad como el acto de respirar, ¡Mierda!, mucho mejor si no volvía a ver a ese bastardo adolescente nunca más.

A las diez de la noche el tiburón llegó al trabajo y cumplió con su jornada nocturna sin ningún desperfecto. Después transcurrió otro monótono día perfectamente normal en su aburrida rutina, también el siguiente fue totalmente ordinario.


Tres noches después de haber pisado el burdel por primera vez, Xanxus reapareció, pero esta vez se dirigió directamente a la oficina del decrépito viejo Leblanc.

El viejo dueño del exótico burdel fue incapaz de ocultar por completo la mortificación que le causó el encontrarse con aquel caprichoso príncipe de la mafia nuevamente en su oficina.

- Monsieur Xanxus, ¡Qué honor tenerlo de vuelta! –

El hombre calvo se apresuró a salir detrás de su escritorio, hacerle un gesto reverencial al pelinegro, ofrecerle asiento en uno de los cómodos sillones de piel frente a él y, finalmente, ir a tomar alguno de sus mejores licores para deleitar al heredero de la mafia más poderosa del mundo.

- ¡Y una mierda, Leblanc, deja esos estúpidos formalismos! Sabes lo que quiero –

- Mi joven señor, esta casa de delicias está abierta para usted. Por favor, no demore en probarlo todo –

- No te atrevas a colmarme la paciencia, maldito insecto. Lo quiero otra vez sin falta –

El anciano no se inmutó por el brusco tono del moreno, continuó su labor de servir los licores y entregarle uno al pelinegro.

- Sé que Squalo puede ser una exquisitez peculiar. Conozco perfectamente la sensación de insatisfacción parcial que puede dejar, es parte de su encanto. El orgullo de un hombre que haya probado sus delicias cortesanas lo obliga a querer regresar para demostrarle que esta vez puede hacerlo subyugarse totalmente ante su virilidad –

- ¿Qué es lo que balbuceas, escoria? –

El calvo hombre mayor carraspeó y dio un largo sorbo a su licor del 43.

- No importa la veces que contrate a Squalo, Monsieur Xanxus, él nunca se va a sublevar ante usted, lleva años en esta casa sin redimirse ni ante al más habilidoso de sus clientes –

Ahora fue Xanxus el que desquitó su contrariedad con el fuerte licor. Después de casi vaciar por completo su copa de un largo trago, arqueó una ceja y con actitud analítica respondió.

- Voy a recorrer esta casa de putas y si algo me complace, me lo quedaré toda la noche –


Xanxus anduvo por todo el burdel en busca de algo que pudiera agradar a su vista. Por supuesto, no pudo encontrarse con Squalo debido a que el cortesano estaba muy ocupado atendiendo toda su agenda que se había visto notablemente afectada por la noche completa que le dedicó al mafioso.

El atractivo pelinegro se tomó su tiempo para disfrutar de una suculenta cena personalizada, después pasó largos momentos de relajación en el jardín trasero de la machiya y, finalmente, eligió a una chica.

A pesar de su corta edad, Xanxus mostraba dotes de ser un mafioso experto. Una regla de oro dentro del mundo de los negocios sucios era que una mujer siempre revelaba cualquier clase de información después de que fuera atendida debidamente en la cama, sobretodo las prostitutas.

El moreno eligió a una chiquilla de nombre Aurélie –tez blanca, ojos verdes, cabellera castaña y muslos débiles aún –, al final de la sesión de dos horas, la joven estaba abrumada por la maestría y el vigor que Xanxus demostró al tomarla. Luego, el moreno comenzó a acariciarla mientras ella descansaba sobre su fuerte y cálido pecho. Entonces el cuestionario no tardó en llegar. Hizo parecer que el abordar el tema de Squalo luciera como una coincidencia, paulatinamente vinieron preguntas más específicas.

- Squalo llegó hace cuatro años al burdel, según me han contado. Nunca ha sido fácil lidiar con su carácter, ni siquiera para el mismo Monsieur Leblanc quien es muy estricto con todos nosotros –

- ¿Y por qué Leblanc no lo echó a la calle? –

- Obviamente la belleza de Squalo es demasiado incitante para la mayoría de la gente. Además atiende por igual a mujeres y hombres, carece de restricciones a la hora de complacer a los clientes. Es un espléndido trabajador en realidad –

- Leblanc me dijo que él nunca se redimía ante ningún cliente –

- ¡Oh no! ¡NUNCA! Squalo podrá satisfacer cualquier apetito sexual que exijas que cumpla, ¡Pero jamás esperes que muestre signo alguno de satisfacción! Algunos lo llaman la máquina sexual perfecta. Hay clientes que han perdido fortunas contratándolo consecutivamente sólo para intentar lograr que él se redima en sus brazos –

Xanxus soltó una carcajada déspota y luego besó profundamente a Aurélie, no quería que la muchacha se enfriara y perdiera el interés en revelarle información.

- ¿Y qué mierda se supone que significa eso? ¿Nunca se corre o qué?

- ¡Claro que sí! Su cuerpo responde con naturalidad. Es difícil de explicar en realidad. –

Al cabo de unos minutos más, el moreno fue capaz de conocer dónde se encontraba el pelilargo en esos momentos y a quién atendía. Sin delicadeza ni caballerosidad, el príncipe mafioso dejó a la servidora sexual sola en la cama y dejó un austero billete de veinte euros como propina.


Ser un vouyersita en un burdel no representaba mayor dificultad, sólo había que conocer la rendija adecuada para hacerlo. Xanxus, por supuesto, consiguió la localización del espacio en que podía contemplar discretamente a Squalo y a su cliente en turno.

El afortunado consumidor de placer era, sorprendentemente, un joven francés bien parecido. El pelilargo hacía la parte activa del acto sexual, el galo retozaba debajo de él sublimado por la destreza con que el cortesano acorralaba su próstata desde el interior. El hombre pasivo gemía encabritadamente, soltando una serie de blasfemias increíbles debido al grado de gozo alcanzado. El rostro del francés, tornado completamente de color rojo carmín, estaba apretado en una mueca de total descontrol de sensaciones orgásmicas.

Squalo no podía tener una expresión más natural en el rostro, hacía aparentar que el acto sexual no era más monótono e insípido que destripar un pescado con un cuchillo. Naturalmente, el pelilargo jadeaba y sudaba, debido a la función fisiológica que su cuerpo estaba llevando a cabo con total normalidad; sin embargo sólo era eso, un acto automatizado con todas sus consecuencias fisionómicas.

Después del galo marica vino una pálida y larguirucha mujer que deseó juguetear con un strap-on para luego ser poseída por el hábil cortesano. Por último, en una sesión extraordinariamente express, el pelilargo atendió a un gordinflón cincuentón que deseó montarlo hasta que el viagra se lo permitió.

En ninguna de las tres ocasiones, la expresión de Squalo cambió o se modificó ni un ápice.


A las seis de la mañana el pelilargo salió del establecimiento de placer íntegramente exhausto. La jornada nocturna había sido una paliza para él, ¡Maldito sea el momento en que Leblanc reacomodó su agenda para que fuera lo más agotadora e inhumana durante aquella semana!

El cortesano se había apresurado a bañarse con agua casi hirviente y luego se dedicó a relajarse en una de las tinas por diez minutos. Sin poder soportar mucho el hambre, se vistió con apremio: pantalón de carga color plomo, camisa a cuadros grises, calzado negro y la melena recogida como de costumbre.

- ¡Voooi! Maldito viejo usurero – exclamó Squalo caminando hacia el familiar café madrugador.

El pelilargo tomó el desayuno y repitió su ración. Pagó y se dirigió a la salida decidido a llegar a casa lo más rápido posible.

Prácticamente chocó contra Xanxus justo al alcanzar la calle.

- Bonjour, maldito pedazo de basura –

Squalo abrió los ojos como platos y sus labios se entreabrieron con sorpresa a causa de una reacción primitiva de sus emociones, casi automáticamente el tiburón transformó su expresión en una mirada incrédula y hasta desafiante, atacando abiertamente al príncipe mafioso, una actitud que adoptaba habitualmente cuando alguno de sus maniáticos clientes lo acosaba obsesivamente, probabilidad no del todo remota en su vida diaria; sin embargo ya era demasiado tarde y Xanxus se limitó a acecharlo con una expresión mordaz, era triunfo lo que brillaba en sus jóvenes ojos escarlata.


Continuará.

¡Hola, estimado lectores! Agradezco mucho los comentarios que recibí en el capítulo anterior, ¡me animan mucho a seguir con esta historia!, por favor no se limiten o inhiban al enviarme cualquier clase de comentario relacionado con su percepción de este relato, por favor.

Ahora estoy muy nerviosa porque la próxima semana inicio la Universidad, ¡uff!, me comen los nervios; sin embargo al escribir me relajo de una manera increíble. Ojalá las tareas y los trabajos universitarios no me impidan seguir actualizando con la frecuencia con la que lo he estado haciendo.

¿Les gustó la escena sexual del capítulo anterior? Parece que la respuesta de todos ustedes disminuyó a diferencia del primer capítulo. ¿Quizás deba limitar la descripción de estos actos porque no los domino aún al describir? Ojalá alguno de ustedes se anime a retroalimentarme.

¡Tengan un espléndido día!