MEDALLA DE ORO
PRIMER LUGAR, PRIMERA RONDA
EL CUIDADOR - por EXELION
Ser un cuidador, vigilante, portero, poni de seguridad puede ser un trabajo aburrido, soso, solitario; incluso cuando compartes el turno con compañeros. Pero si hay algo que todo trabajo puede dejarte son las memorias, buenas y malas. Mientras más tiempo trabajes en algún sitio, esos recuerdos pueden conectarse y formar una historia que puede durar décadas.
Por suerte para mí, me gusta tener conmigo un cuaderno personal donde escribo pensamientos cortos sobre lo que pasa en mí día a día. A veces, me gusta releer viejas páginas para reírme o reflexionar. Gracias a ello, descubrí una gema en bruto, escondida en lo más recóndito de estas hojas usadas.
Ahora que llegué a un punto en mi vida donde el tiempo me sobra, pude recopilar estos fragmentos que se distanciaban por días, otras veces por semanas y los más largos, meses, y escribirlo en pocas páginas.
Por aquel entonces, era un joven potro que consiguió trabajo en un cerro de mi ciudad, que es un importante centro turístico para ponis que provienen de todo el mundo; la cima era lo mejor. Estaba ansioso por trabajar en un lugar de tal magnitud, hablando tanto de reputación como de altura, pero para desgracia mía, me asignaron a ser guardia en el pie del cerro, específicamente en el inicio del camino que llevaba hacia la cima.
Me confinaron a una cabina de tres por tres, sin calefacción para los días calurosos o las noches frías y sin posibilidad de cambio de puesto u horario. El único milagro que estuvo a mi lado fue un mini refrigerador.
Todo esto, conllevaba a que me distrajera fácilmente de mi trabajo de guarda y me enfocara en otra cosa, los ponis que rondaban por allí. Desde los que iban al cerro a ejercitarse, pasando por los amantes que subían enamorados hasta alguno de los miradores para contemplar la puesta de sol, hasta el suicida que se arrojó al vacío en el año…
No, me estoy desviando, hay que volver al punto anterior.
Ese día, como todos los de ese verano, mi ventilador oscilaba de un lado a otro intentando refrescarme. Mi melena azul oscuro por ese tiempo se desordenaba en esos dos segundos en que el aire chocaba por mi costado. Aquella jornada era lenta y no era para más, el día después de San Valentín suele ser así, pero aun así parejas subían y parejas bajaban.
Excepto por una.
No recuerdo a la potra, pero si al potro, de pelaje naranja claro, algo escuálido para su edad, de melena y cola de un color cereza con puntas blancas y ojos caramelo con una engrapadora como cutie mark.
Ellos subieron, pero el potro bajó primero con ojos rojizos y el pelaje debajo de ellos humedecido. Era algo que aprendí con mis años laborando allí, el que bajaba primero generalmente era el desdichado con quien terminaban, y luego de un rato, los que decidieron de antemano que su relación no iba para más.
Como protocolo personal, le ofrecí un vaso con agua cuando pasó por mi puesto, pero él no aceptó y se marchó sin decirme su nombre.
Desde ese día y cada cierto tiempo, veía al potro llegar con diferentes potras. Las más afortunadas fueron con él repetidas veces, pero siempre terminaba de la misma manera. El potro había elegido el cerro como lugar para botar a sus novias, y a cada una le ofrecí un vaso con agua o refresco. Con los años, algunas querían sidra o cerveza.
Las vi de todo los colores y formas, pero ninguna parecía hacerlo feliz.
Los años jubilatorios llegaron y yo estaba a punto de retirarme. En mi última noche de trabajo, decidí beber un whisky que había guardado para esta ocasión. Mi turno terminaba a la medianoche por lo que no debía preocuparme de que alguien intentara subir, pero justo cuando el sol se estaba poniendo, él apareció.
A estas alturas, no les daba importancia a las yeguas que llevaba para romper el corazón. Lo miré de reojo y seguí con mi labor. De tanto verlo ir y venir, ya tenía un reloj en mi mente con la cantidad de tiempo que tardaba en subir, lo que tardaba en decirle a la desafortunada, el descenso de ella y luego su descenso. Dos horas.
Pero ese día, justo en mi último día, decidió no regresar a horario. Pasaron las dos horas y nada, luego esperé paciente otro par de horas por si estaba siendo gentil con su despedida, pero nada. Cuando estaba a punto de terminar mi turno, decidí que era hora de ir a buscarlos al mirador.
Equipado con mi linterna, una macana y una canasta con mi botella de whisky junto con dos vasos, partí de mi base. No voy a mentir, los peores escenarios cruzaron fugaces por mi cabeza mientras recorría el camino pavimentado. El último de ellos, un caso de homicidio.
Agité mi cabeza, no quería otro caso delictivo en mis recuerdos.
—¡Si, si, mil veces sí! —se escuchó a la distancia.
Era un grito femenino, pero no de dolor, tampoco de placer como había escuchado algunas veces que tuve que interrumpir parejas fogosas. Era de euforia.
Corrí al mirador, estaba cerca y allí los encontré. Primero abrazados, luego se separaron y comenzaron con pequeños besos que culminaron en uno más largo lleno de sentimiento. No notaron mi presencia. Con mi linterna alumbré los alrededores, había una canasta con restos de comida sobre una manta. Cuando mi luz estuvo sobre ellos nuevamente, un objeto brilló, un anillo en el cuerno de la unicornio.
Sonreí, no por mí, sino por él. Saqué el whisky, serví las copas y dije:
—Disculpen, no pueden estar aquí a estas horas de la noche.
FIN
CALIFICACIONES:
GRAMÁTICA: 10/10
ORTOGRAFÍA: 9/10
ARGUMENTO: 9/10
TOTAL: 28/30
Desde El Mundo del Fic, damos constancia de que este fanfic es el ganador de la primera ronda del concurso; escrito por Exelion, que ha demostrado, no solo la excelencia en este fanfic, sino también en todas sus obras, y les recomendamos revisar sus escritos, que son tan buenos (o mejores) que este.
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