Ennoshita abrió los ojos desde el colchón donde había dormido, teniendo como primera visión del día varias cajas debajo de su cama. Suerte que esa noche ya no le tocaba dormir en el suelo. Se reincorporó con la idea de preguntarle a Akiteru qué quería desayunar, cuando se dio cuenta de que el rubio no se encontraba en su cama.
Se levantó y se dirigió al baño para lavarse la cara y, al salir, escuchó voces en el piso de abajo. Fue escaleras a bajo para encontrarse con su madre y Akiteru charlando animadamente.
-...Entonces yo le dije que esperara hasta el día siguiente, no había forma de que a las 3 de la mañana haya algún zoológico abierto-contaba el rubio. Su madre se reía y Ennoshita no entendía la situación.
-Buenos días-dijo entrando a la habitación y sentándose al lado de Akiteru, donde ya tenía servido el desayuno. El otro sin previo aviso se inclinó a besarlo, como se supone que hacían las parejas reales al despertarse.
-Espero que hayas dormido bien-dijo-. Justo le contaba a tu mamá cuando vimos Madagascar y querías acariciar a una cebra de madrugada.
Ennoshita le quería decir que eso no había pasado a menos que haya sido alguna vez estando ebrio pero entonces recordó que casi no se conocían y el otro había inventado esa historia. Su mamá seguro había sacado el tema de las películas familiares.
-Sí, fue bastante divertido-forzó una risa-. Al menos al día siguiente sí fuimos al zoológico y pude ver a la cebras. Una cita súper romántica. ¿Recuerdas aquella vez que fuiste a trabajar en pijama y me pediste desesperado que te lleve un traje al estudio? De la semana pasada hablo.
No sabía por qué, pero burlarse de esa forma le salía natural, era muy fácil hacerlo con Akiteru aunque sean historias inventadas.
-El mejor novio de la historia- lo besó otra vez.
Su madre los miraba y, cuando la miraron, exclamó:
-¿Me pueden ir a comprar fruta? Por favor, entre todas las tartas de anoche se acabaron y no queda ninguna para hacer algo ahora.
-Pero hoy es 25, todas las tiendas deben estar cerradas- trató de excusarse.
-No todas, hay una un poco lejos, yendo por el camino al mercado que vamos siempre, no querrás hacerme salir con este frío. Hazlo por mí, Chikara.
Ennoshita accedió y, al terminar de desayunar, se dirigieron junto con Akiteru a cambiarse e ir a comprar la fruta. No había mucho que hacer en casa de sus padres, por lo que agradeció estar entretenido haciendo algo.
Afuera hacía aún más frío que el día anterior y comenzaba a nevar lentamente. Caminaron por un sendero recto, cerca de una calle casi intransitada aquel día.
Como le había dicho a su mamá, sí, todas las tiendas estaban cerradas. El frío se hacía cada vez peor, algunas veces obligándolos a parar en algún techo para calentarse un poco. Con ese clima ni debían vender fruta.
Siguieron caminando hasta que encontraron un Café abierto y, dadas las circunstancias, le pareció el momento más oportuno para invitarle a Akiteru un café como agradecimiento por ese fin de semana. Entraron rápidamente y el calor del lugar les hizo olvidar del frío que hacía afuera. Escogieron una de las cuantas mesas que estaban vacías, al lado de la ventana y cerca de una estufa.
Al colgar sus abrigos en el respaldo de las sillas, Ennoshita escuchó una especie de zumbido, al parecer proveniente del bolsillo de Akiteru, ya que éste sacó su celular y leyó el mensaje que había llegado. Al leerlo, el rubio sonrió, aún sin sacar sus ojos de la pantalla.
-¿Pasa algo?- preguntó Ennoshita al ver al otro tan contento. Su mente comenzó a formularse preguntas, la mayoría de ellas deduciéndose a que nunca le había preguntado si tenía pareja. Pero eso sería ridículo, ya que había aceptado salir con él. O más bien, "salir" con él. Todavía tenía que recordarse que todo eso era falso. Está bien, no todo. Se divertía con él y eso sí no era falso. Sacó esos pensamientos de su mente y se concentró en la respuesta del otro.
-Mira- dijo, mostrándole su celular. No había ninguna pareja allí, solo un chico rubio de lentes junto a un perro enorme que le pareció ser un golden retriever-. Dice que me extraña. El perro, digo. El otro es mi hermano- volvió a ver la foto-. Amo los perros.
-Creo que lo habías mencionado en el video ¿No? ¿Cómo se llama? El perro, claro.
-Rex, es hermoso. Ya está un poco viejo, pero lo seguimos queriendo mucho. También tenemos otro, Paris, es un schnitzel, creo que por aquí tengo una foto- buscó unos segundos en su celular para luego mostrar una perrita con un moño rosa en la cabeza-. Es nuestra princesa. ¿Te gustan los perros?
-Soy más del tipo de los gatos, aunque en mi departamento no dejan tener animales- pensó en decir que de todas formas dejaban entrar a sus amigos pero se ahorró el comentario, era más un chiste interno.
-Es una lástima, todo el mundo debería tener mascotas. A menos, claro, de que sean alérgicos a ellas o algo así. Deberías conocer a mis perros, les caerías bien. Generalmente tenemos el mismo gusto en personas- Akiteru pareció escuchar lo que acababa de salir por su boca-. ¿Sonó mal eso?
-No mucho-le aseguró-. Pero sí, me gustaría conocer a tus perros, se ven lindos.
Pidieron sus órdenes y al poco tiempo se las trajeron, lo que eran las ventajas de ser casi los únicos en la tienda.
-Por cierto-siguió Ennoshita-. ¿Es cierto lo del estudio contable? ¿No trabajabas en un Café?
-Dije que lo del Café era algo provisorio. Lo del estudio es mitad mentira y mitad verdad. Trabajo como asistente en la parte contable de una empresa, es algo nueva y no muchos la conocen, por lo que me pareció mejor decir que era un estudio, como algo más formal. Pero tengo trabajo estable, si eso es a lo que te refieres con la pregunta.
-Está bien, no tengo problema. Yo me dedico a hacer películas, por lo que mi familia no lo ve como un trabajo "real". No sería quién para juzgar-dijo bebiendo un sorbo de café.
-¿En serio? Deberías mostrarme alguna, no decías nada de eso en tu descripción para la cita, es muy interesante.
-Sí, debería mostrarte alguna, aquí no tengo ninguna, quizás cuando llegue a mi casa te pueda mandar las últimas que hice, o verlas juntos alguna otra vez, como prefieras.
-Podríamos juntarnos a ver tus películas y otro día te presento a mis perros. O vemos tus películas mientras te presento a mis perros. Seguro a ellos también le gustarán tus películas.
-No es mala idea. Llevaría helado y nos quedaríamos hasta las cinco de la mañana hablando -Ennoshita se lo imaginó-. Sí, no suena nada mal.
Se sorprendió diciendo eso en voz alta, aunque pareció que a Akiteru no le importó, ya que no hizo ningún comentario al respecto. Quizás sí le gustaría que se vieran de nuevo luego de que ese fin de semana termine. La estaba pasando bien y era fácil hablar con él, Akiteru era un buen tipo y se veía interesado en sus películas, algo raro considerando que todas las personas con las que había salido pensaban que al ser independientes inmediatamente eran malas y no le daban una oportunidad. Realmente Akiteru era un dedo medio para todos ellos y a Ennoshita le encantaba.
Pagó por ambos cafés y se dirigieron nuevamente a seguir buscando algún mercado abierto, ya que se les estaba haciendo tarde para la hora que les había dicho su mamá que regresaran.
Caminaron unas cuantas cuadras más hasta doblar en una esquina y encontrar por fin algo que vendiera fruta en un día nevado de 25 de diciembre como ese, el verdadero milagro de Navidad.
Regresaron a casa de los padres de Ennoshita hablando del argumento de las películas que éste había hecho hasta el momento y algunos adelantos de otras que ni siquiera le había dicho a Kinoshita o Narita, incluso le pareció buena idea decirle de participar en alguna, no sin antes hacer una audición, pero eso lo vería más tarde cuando no se estén congelando como en ese momento.
Entraron a la casa y le entregaron a su mamá lo que había pedido, dirigiéndose directamente a la habitación a dejar sus abrigos.
-Hablando de actuación, hasta ahora mi mamá se está creyendo esto del novio falso-dijo Ennoshita.
-Tú también ayudas. ¿No me darías así un rol principal en alguna de tus películas?
-No hago románticas, si de los besos a lo que te refieres-dijo, sentándose en la cama.
-Puede que no, pero siempre hay una primera vez para todo.
-Sí, podría ser quizás una opción más adelante, una romántica.
-En ese caso ¿me darías el papel? Una audición ahora mismo no estaría mal- se sentó en la cama al lado del otro.
-¿Te parece?-Ennoshita sabía muy bien a dónde iba a llevar esto. En todo caso, ya no le parecía tan mala idea-. Creo que no me fijé lo suficiente en frente de mi familia. Por motivos profesionales tendré que probarlo otra vez, espero que no te moleste.
-Para nada- contestó. Como Ennoshita predijo, lo siguiente que sintió fue una mano en su hombro acercándolo y posándolo sobre los labios del otro.
No podía negar que Akiteru sabía lo que hacía. Besaba muy bien, y le hubiese gustado saberlo antes, todo para hacer a las tías aún más incómodas. Pero ahora más que pensar en sus tías lo único que pensaba era en lo bien que se sentían los labios del rubio en los suyos.
Se acercó un poco más al cuerpo del otro, tomando a Akiteru por la nuca para profundizar el beso. La mano del otro dejó su hombro para pasar a la cintura. Pasaron así unos momentos hasta que se separaron.
-¿Qué te parece? -preguntó Akiteu, apenas alejándose de la boca del otro.
-Aún no estoy seguro- le contestó el otro, la voz algo ronca. Volvieron a lo que estaban haciendo anteriormente, incluso más desesperados. Ennoshita sentía esa sensación que no experimentaba hace ya mucho tiempo al besar a alguien. De la nuca del otro pasó a acariciarle el cabello, primero lentamente para pasar a algo más brusco y volver a comenzar. No sabía a dónde quería llegar con eso pero tampoco le importaba mucho.
La mano en su cintura comenzó a deslizarse primero dentro de su suéter y luego dentro de su remera, sintiendo los dedos de Akiteru firmes sobre su piel.
-Tienes las manos frías- se quejó entre besos.
-Lo siento ¿Quieres que pare?
-Ni lo pienses.
Akiteru comenzó a subirle el suéter, a lo que Ennoshita tuvo que soltar el cabello del otro y ayudarlo a sacárselo. Cuando quiso hacer lo mismo con la remera, Ennoshita le dijo que, como no había estufa en esa habitación, eso lo seguirían luego. Akiteru no pareció molestarse y se conformó con tocar por debajo de la ropa.
No sabía quién le había dicho a Akiteru sobre su punto débil en el cuello pero, por Dios, ese chico sí sabía cómo dejar su marca. Ennoshita ya se había posicionado sobre el regazo del otro para dejarle mejor acceso a su cuello. Se sentía muy bien arriba del otro, sintiendo a Akiteru debajo suyo. Agradeció que tenían la puerta cerrada y que su abuela estaba mayormente sorda en otra habitación del mismo piso porque no se estaban conteniendo demasiado con sus respiraciones y gemidos.
Siguieron besándose por lo que parecieron años, aunque no sabían si había sido horas o tan solo minutos cuando su mamá los llamó a almorzar, por lo que tuvieron que bajar unos minutos después de arreglarse, por más de que luego de lo que acababa de pasar ninguno de los dos se encontraba muy hambriento de nada más que del otro.
Una vez abajo, su mamá le preguntó por qué tenía el cuello como irritado y, en la desesperación, Akiteru le contó que le había dado una bola de nieve antes de entrar a la casa, por lo que seguía algo rojo. Al parecer, su mamá se tragó la excusa y no hizo más comentarios por el resto de la comida.
Esa noche Ennoshita y Akiteru se quedaron viendo la televisión en el living, esperando a que sus padres se vayan a acostar. Realmente, el programa que estaban viendo podía ser de lo más entretenido pero, ni bien sus padres subieron las escaleras hacia su habitación, los otros dos ocuparon su tiempo a solas en el living calefaccionado.
Como si de un imán se tratara, sus bocas se encontraron al instante, casi chocándose las narices en la desesperación. Ennoshita se encontraba contra el brazo del sofá y Akiteru casi sobre él. Ahora con todo gusto Akiteru podía sacarle la remera al otro, y así lo hizo. Disfrutaba del tiempo que pasaba la mano sobre su torso, escuchando su respiración agitada, tratando de no romper el beso mientras Ennoshita jalaba su pelo. Luego de unos momentos también se deshizo de su propia remera, quedando ambos en la misma condición.
No iba a negarlo, Ennoshita descubrió que ahora tenía algo por los brazos del otro. Definitivamente hacía algún deporte. Tranquilamente el rubio podría sostenerlo contra una pared sin hacer mucho esfuerzo. Mm, realmente le interesaba ese escenario. Akiteru volvió a donde había dejado la vez anterior con su cuello, bajando por su torso y dejando más marcas. Lo iba a volver loco. Trató de contener un gemido cuando se acercó lo suficiente a su ombligo, creyendo haber escuchado un ruido.
-¿Hay alguien ahí?-volvió a decir la voz.
Oh, Dios. Era su abuela.
-Escóndete detrás del sofá-susurró a Akiteru. ¿Qué iba a decir una mujer de unos ochenta y tantos años si viera a su nieto y a otro chico sin remera en un cuarto oscuro a solas. Felicitaciones no creía que sea una de ellas.
Al no tener una respuesta, la abuela volvió a su habitación, supuso, porque no se escuchaban más pasos. Miró a Akiteru.
-Dejémoslo ahí. Vayamos a dormir-dijo, agarrando su remera y dándole la suya a Akiteru.
-¿Seguimos mañana?-preguntó el otro.
-Definitivamente. Ahora quiero cucharita.
Subieron al cuarto y ambos se acostaron en la cama, Akiteru dibujando lentamente círculos en el abdomen del otro delante suyo.
Durmieron en esa posición hasta la mañana siguiente que tenían que partir nuevamente a sus casas, Ennoshita con una polera y suéter para ocultar pruebas de la noche anterior y Akiteru con el abrigo que había traído. Cargaron las maletas al auto de Ennoshita y se dirigieron hacia su apartamento.
Aunque ese fin de semana había empezado sin muchas expectativas, Ennoshita ya tenía el resto del día ocupado, como al parecer el resto de la semana.
