¡Hola!^^
Aquí estoy con un nuevo capítulo para ustedes. Ojalá que les guste.
Piratas del Caribe pertenece a Walt Disney Pictures.
Verdades a medias
Cuando Jack despertó a la mañana siguiente el muchacho ya no estaba. El señor Gibbs estaba, como no, todavía durmiendo y de nuevo roncando.
Él se levantó para revisar la celda e intentar pensar en un modo de escaparse de ahí. Sería difícil abrir la celda pero el verdadero problema llegaría cuando estuviera afuera y se topara con la tripulación completa del Perla Negra, además del usurpador de capitanería –palabra que Jack juraba que sí existía- y el usurpador de nombres, o sea Jack el asqueroso mono araña de Barbosa, si es que seguía vivo, claro.
En donde se encontraba había varias celdas más. Tres o cuatro quizás. Nunca entendió para qué tener tantas si todos en ese barco concordaban en que era mejor matar a cualquier incauto que callera en sus manos que tomarlo prisionero. Excepto claro, en algunas ocasiones especiales como la suya.
Lo que le recordaba, ¿Para qué lo quería Barbosa? No se sorprendió tanto cuando estando arrestado en el barco de la armada, el Great Sea, vio al perla atacándolo. Era cosa normal de cualquier pirata querer aprovechar la oportunidad de saquear un barco de patrullaje naval.
Muchas riquezas, no muchas defensas y lleno de soldados que solo pelean de forma limpia y justa, y ya que un pirata no lo hacía de ese modo sino todo lo contrario eran presa fácil.
Pero lo que sí le sorprendió fue darse cuenta de que no era pura casualidad que atacaran justo el barco en el que él estaba.
Jack se había dejado arrestar en el puerto de New Stone para poder estar más cerca de la Guardia Marina. En los últimos meses las cosas se habían puesto muy raras. En Tortuga no dejaba de escuchar cosas que no le cuadraban mucho. Oficialmente esta especie de unión o pacto entre distintas ciudades con puerto estaba destinada a mantener la seguridad y salvaguardar estos puertos de los piratas, pero más bien parecía que sus intenciones eran otras, pues no dejaban de ser tema de conversación entre muchos piratas y marines, sobre cosas que tenían que ver con pactos y arreglos, pactos y arreglos con piratas.
No le duró mucho el gusto de estar en su propio terreno para enterarse desde adentro de qué era lo qué ocurría y qué tanto le beneficiaría a él eso, después de todo, se decía que la Guardia pagaba bien.
Justo la segunda noche en el Great Sea el Perla atacó porque al parecer algún soplón les soltó que vio cuando lo arrestaron y fueron por él.
Habían pasado algunos años desde la última vez que los vio y según él no tenía ninguna cuenta pendiente con ellos. A diferencia de ellos, claro, que le debían algunas… No sabía en qué estaría metido Barbosa como para haber ido por él.
Continuó observando la habitación. Estaba la mesa todavía con algo de fruta que le recordaba el hambre que tenía, una silla frente a la mesa, algunas sogas en las paredes, un cuchillo sobre la mesa, barriles llenos de quién sabe qué cosa "Ojalá sea ron", y alguna que otra cosa inservible aventada por el piso. Había varios objetos, pero la mayoría no parecía útil y todo lo que creía que podía servir de algo estaba demasiado lejos para que pudiera alcanzarlo.
En ese momento el señor Gibbs se ahogó con sus propios ronquidos y despertó.
-No sé tú, pero podría jurar que el que nos sacaran del navío de la Guardia y el hospedaje gratuito en el Perla no es por mera hospitalidad de Barbosa.
-Ya lo he estado pensando –respondió Jack –pero ¿qué podría querer esta vez? Hacía ya mucho tiempo que nuestras mareas no se cruzaban. Podría tener una naturaleza masoquista y disfrutar de las derrotas que se lleva cada ves que nos encontramos.
-¿Derrotas? Bueno… yo no diría que…
-Detalles Gibbs, detalles…
-Si bueno, entonces ¿tú qué crees que sea lo que quiere?
En ese momento alguien abrió la puerta y entró un hombre corpulento que reconocían de la gente de Barbosa pero no conocían su nombre.
-El capitán desea hablar con ustedes.
-Ah ¿enserio? Bueno, dile que… ¡ouch!
El hombre los tomó a ambos del brazo y los arrastró por el cuarto hasta las escaleras. Subió con ellos y se encandilaron con la luz del Sol cuando les dio de lleno en la cara al salir. Los siguió jaloneando hasta dejarlos en un cuarto muy desordenado que tenía un escritorio en medio y muchos mapas y artefactos –entre ellos varias espadas y otros tipos de armas- regados por todo el cuarto.
El pirata salió de la habitación y Gibbs se quedó quieto frente al escritorio mientras Jack empezaba a vagar por la sala observando y tocando cada cosa que se encontraba.
Le estaba haciendo caras a un cuadro del Kraken atacando un barco cuando alguien abrió la puerta y entró. Era Barbosa. Se veía igual que siempre. En realidad curiosamente todos se veían igual que siempre. Jack, Gibbs, Barbosa, los miembros de la tripulación. En algunos había aparecido una que otra arruga pero no había nada demasiado notorio. Como si todos esos años no hubieran pasado.
-Qué honor tenerte de nuevo aquí Jack –se mofó Barbosa acercándose a él.
-Si, bueno, no tenía nada mejor que hacer –respondió Jack siguiéndole el juego.
-Señor Gibbs, mucho tiempo.
-Ya lo creo Capitán.
-Claro, muy bello el reencuentro, pero ¿me podría decir, Gran Capitán, a qué se debe?
-Tu no sueles ser indiferente a nada Jack. Imagino que te has enterado de las cosas que pretende la Guardia.
-Me conoces bien, hasta donde se puede. –respondió Jack. Gracias a él en realidad no sabía prácticamente nada, pero sería mejor seguirle el juego. Así de seguro le sacaría más de lo que estaría dispuesto a contarle si le decía que no tenía ni idea.
-Bueno, y supongo que ya que lo sabes no te resultará raro que te haya buscado.
-No tanto como los nuevos pupilos que te he conocido – dijo para desviar el tema.
-Si lo dices por Laten que no te sorprenda, el muchacho resultó ser muy útil.
-Vaya, que bien, esperemos que no se te amotine –se burló Jack volviendo a mirar el cuadro.
-Ese de hecho es de él, encantador, ¿no te parece Jack?
-Creo que no tenemos los mismos gustos, y algo dentro de mí me está diciendo que un pirata más bien debería de ser capaz de utilizar una espada, no un pincel.
-No dije que él lo haya hecho, digo que era suyo. No sé de dónde lo sacó pero no se le quería separar y me lo regaló para que nadie lo pudiera tocar. –Se sirvió una copa de ron –Pero te estas desviando Sparrow, te saqué para hablar de otra cosa.
-Bueno, soy todo oídos. –respondió empinándose la botella.
-En realidad –le arrebató la botella y siguió –no es solo por mí que te busqué. Ya han sido dos los Señores Pirata que se han dejado deslumbrar por las estupideces que la guardia promete. ¡Dos de los piratas más fieros y peligrosos! No hablamos de cualquier inútil con un barco, sino de hombres que vivían y morían gustosos por la piratería. Ya otros han ido a buscarlos como yo a ti. Después de todo, para esto se les necesita a todos. Quizá ya que acabemos los usemos en los cañones contra esos soldados. No merecen menos los muy malditos por ser semejantes ratas desertoras.
-Mmmm ratas desertoras… eso me recuerda a alguien…
-Déjalo para después Jack. Por ahora estamos, temporalmente, en el mismo barco.
-Sí, ya lo noté, desde anoche que me encerraron aquí en realidad.
-No seas idiota Jack, te estoy diciendo que hasta que se lleve a cabo la reunión y decidamos que hacer estamos del mismo lado.
Jack y Gibbs se miraron. En ese momento empezaron a comprender a que se refería Barbosa.
-¿Reunión? –preguntó Jack que necesitaba oírlo de sus propios labios.
-Sí, reunión. Los Señores Pirata se reunirán de nuevo. Todos.
William no estaba seguro de cómo podría decir que le fue esa noche con su supuesto gran interrogatorio.
Su mamá le había dicho cosas, sí, muchas que nunca le había dicho. Fue una versión muy diferente de lo que él creía saber de ella porque ella misma en su momento se lo había dicho. Y ahora, como si nada, le soltó todo. Pero seguía sintiéndose raro. No le cuadraban muchas cosas.
Flashback
Mientras iba llegando a su casa, que olía al ganso que Elizabeth estaba cocinando, se puso a rezar para que no lo fuera a regañar por llegar tan tarde. No pretendía llegar a su casa a esa hora, pero de tanto pensar se había puesto a caminar más despacio y cuando llegó el cielo estaba totalmente oscuro.
Iba a dejar su abrigo a un lado cuando se dio cuenta de que no traía uno. "Demonios". Parecía que se las había arreglado apropósito para que le dieran el regaño de su vida justo la noche en que necesitaba más accesible que nunca a su madre.
Fue rápido a su cuarto y tomó el primer abrigo que vio tirado en el piso. No supo ni como hizo para que sus pasos no resonaran al subir las escaleras. Regresó como rayo a la entrada y dejó la prenda colgada como si acabara de llegar justo cuando su madre se asomaba por las escaleras.
-Cariño, ya llegaste –le dijo recibiéndolo con una sonrisa y un beso. "Vaya, no está enojada, que bien".
-Sí mamá –le respondió poniendo cara de angelito.
-¿Te perdiste? o ¿Te lastimaste?
-No –le respondió Will extrañado.
-Entonces ¡Porqué demonios llegas a estas horas William Turner! ¡¿Qué acaso crees que puedes andar vagando allá afuera todo lo que se te dé la gana?! ¡Me tenías muy preocupada! –"Oh oh. Sip. Si está enojada."
-Mmm pues no… pero… ehh… yo…
-¡Estas castigado! Come algunos vegetales y sube a tu cuarto.
-Puaj ¿Por qué? ¿Y el ganso?
-Ese es para los niños bien portados que llegan antes de que oscurezca.
-Tú me conoces mamá, no me habría pasado nada, me sé cuidar muy bien solo.
-¡No lo suficiente para que mínimo vayas bien tapado y no tenga que pensar que mi hijo morirá de hipotermia! –dijo mirando de reojo el abrigo que sabía que su hijo había olvidado.
"Rayos. Rayos. Rayos. Rayos."
-Ay ya mamá, no seas exagerada. Morir de hipotermia…
-¡¿Qué dijiste William?!
-…
-William…
-Nada mamá –respondió Will haciendo un puchero con resignación. Al parecer el interrogado había terminado siendo otro. Definitivamente esa noche no le podría sacar nada.
Cuando terminó de comer algunas zanahorias y brócoli se fue a su habitación y se encerró ahí.
Su cuarto estaba lleno de dibujos hechos por él de lugares que se inventaba en su cabeza, otros eran de cuadros o imágenes de libros que había visto y le gustaría visitar. Tenía muchos libros de aventuras, astrología, geografía, historia. Todo lo que alimentara esa sed que tenía por conocer el mundo. Algunos de los papeles regados eran historias de su propia invención, él era el protagonista, claro.
Tenía también un diario. Lleno de vivencias, sueños, deseos; ilustrado con sus dibujos hechos a mano. Algún día lo llenaría de historias de viajes, aunque por meses no pudiera dibujar nada más que una hoja bicolor donde el mar y el cielo fueran lo único posible de ver.
Se tiró en su cama mirando al techo, que él mismo había pintado para que pareciera ser el cielo de noche. Le puso estrellas, cometas, constelaciones. Esas las conocía muy bien. Sirius era su favorita.
Estuvo así por un rato hasta que se cansó de estar acostado y se sentó en la orilla de la cama. "Ya me había decidido, si no se lo pregunto hoy no me voy a atrever después".
Le daba miedo que en cuanto entrara a la cocina, su mamá lo recibiera con un grito y lo regresara de las orejas a su cuarto.
Caminó hasta la entrada de la cocina. Elizabeth estaba sentada en una mesita pegada a la pared junto a una alacena. Estaba leyendo algunos papeles. "Cierto. No lo había pensado." Era otra cosa curiosa en la que nunca se había puesto a pensar. Si no había sido más que una simple mucama, ¿cómo era que sabía leer y escribir? Y además siempre le exigía a él saber de literatura y de esas odiosas normas de etiqueta. Ella misma a veces actuaba siguiendo muchas de ellas. ¿Qué clase de mucama era tan educada?
-Mamá –le dijo llamando su atención.
Elizabeth levanto la vista y lo miró con sus oscuros ojos cafés -¿Qué haces aquí William? Te dije que estabas castigado.
-Ya lo sé. –le respondió tímido. –Es que desde antes de llegar había algo que quería preguntarte.
-¿Qué cosa? –le preguntó Elizabeth intentando verse más calmada y sacando la silla que estaba junto a ella para indicarle a su hijo que se sentara.
-Bueno… -Bien. Tanto pensar en eso y ni siquiera sabía cómo iniciar el tema. ¿Debía ser directo? Tal vez debiera empezar por algo más ligero. O echarle todo un monólogo de cómo estaba seguro de que le escondía algo muy importante. Aunque claro, aún estaba esa posibilidad de que todo fueran alucinaciones suyas y excepto por una que otra cosita sí le haya dicho siempre la verdad.
-Dime hijo –le animó Elizabeth.
-Mamá, ¿Por qué nunca me hablas de mi padre? –"Ok. Bien. Buen modo de empezar".
Elizabeth se quedó mirándolo un momento. No esperaba que fuera justo eso lo que le quería preguntar.
-Pues… es solo que me resulta difícil hacerlo. –"O más bien imposible" pensó Elizabeth. Era más fácil escudarse con el dolor, del que podía decir era totalmente real, por no poder estar con Will, su esposo, el hombre al que más había amado en su vida, que tener que decirle que hablarle de su padre era desmentir muchas cosas que ella se había inventado para que su hijo no fuera parte de la vida que ella en su momento gozó a pesar de la crudeza con la que ésta te trata. Todavía no estaba segura de porqué surgió ese desapego por la piratería que acogió como su estilo de vida hacía muchos años y que junto con Will e incluso con Jack había disfrutado, pero así era. Desde el momento en que la pequeña y preciosa criaturita a la que dio el nombre de su padre y de su abuelo estuvo en sus brazos había sentido miedo de que él pudiera vivir como ellos.
Ella sabía lo que era disfrutar de la aventura, la adrenalina, el peligro. Esa sensación de por poco no salir viva, y sin embargo estarlo. Salir triunfante de la batalla. Sabiendo que fuiste tú. Que fue tu espada. Que fue tu valor. Que fue tu astucia. Que fue lo que te convertía en pirata lo que te permitió vivir para contarlo.
Pero era una maravillosa sensación que te pasaba una factura muy cara, y teniendo enfrente ahora lo que sin duda era el tesoro más grande de su vida, no necesitaba recorrer el mundo para encontrar uno. Nunca lo necesitó en realidad. Siempre fue algo más –o mejor dicho alguien- lo que la mantuvo unida a esa vida de antaño. Pero ese alguien ya no podía estar con ella. Lo único que le quedaba de él era su recuerdo, más ese precioso niño que era como su viva imagen, y claro, el cofre que escondía ella para que su contenido siempre estuviera a salvo.
-Si, lo sé. Pero ¿por qué?
-Hijo, yo amaba a tu padre ¿cómo no me va a doler hablar de él?
-Ya pasaron muchos años mamá. Te entiendo, pero creo que al menos ya deberías de ser capaz de decirme un poco más de él, o de ustedes.
-¿Para qué quieres saber?
La mirada de Will no decía otra cosa que "¿Es en serio?"
-Mamá, es mi padre…
-Yo ya te he contado mucho de él.
-¡No me has dicho casi nada! ¡Y te apuesto que mucho de lo que me has dicho es mentira! –A estas alturas ya no pensaba en lo que estaba diciendo. Se estaba hartando de que siempre quisiera darle vueltas al asunto.
-¿Por qué piensas eso? –Eso sí que había asustado a Elizabeth. No deseaba contarle la verdad.
-¡Porque mucho de lo que me dices no tiene sentido! ¡Mucho de lo que me cuentas se contradice con tu forma de ser! Y no sé… desde hace tiempo que siento eso. Que me ocultas cosas.
-Si te ocultara cosas sería por tu bien, William.
-Quisiste decir que me estas ocultando cosas por mi bien…
-Hijo, eres muy pequeño…
-Pero muy maduro para mi edad según todos.
-Eso no basta para que entiendas ciertas cosas.
-No importa. Quiero saberlas. Mamá, dime la verdad.
Definitivamente su hijo no la iba a dejar en paz hasta que se la dijera. Pero él no podía saber hasta dónde le estaba diciendo la verdad. Ojalá Dios la perdonara por abusar así de la confianza de su hijo, pero conociéndolo, de saber la verdad sería capaz de irse hoy mismo a buscar a Will aunque para hacerlo tuviera que pasar al otro mundo.
-Está bien. Te lo voy a decir.
Will le sonrió a su madre y ella le tomó la mano. Dejó de lado los papeles y le empezó a contar su historia.
Fin flashback
Fue un largo rato el que le estuvo hablando y mientras se lo contaba todo sentía que por fin sabía la verdad. Pero luego la sensación se fue y la desconfianza volvió.
Al parecer su madre había nacido miembro de una familia muy importante y rica, era, según le había dicho, una dama de sociedad. Su padre, por otro lado, era un mozo de la familia, ella nunca se sintió cómoda con todas las normas y reglas que había que seguir en ese mundo donde la monotonía y los corsés que apretaban hasta dejarte asfixiada eran cosa de todos los días. Por esa razón poco después de que quisieran arreglar su boda con otro hombre de un alto puesto huyó con su padre como tripulación en el barco de un amigo. Después de eso habían pasado muchos años como marineros, hasta que decidieron que deseaban formar una familia y se quedaron en la pequeña isla donde él ahora vivía con su madre. Lo que vino después fue el cuento de siempre: su padre zarpó a un viaje que se suponía sería corto y jamás volvió.
No sabía qué era lo que no le cuadraba, pero simplemente tenía esa sensación extraña de que le seguía ocultando algo. De hecho, podía empezar por ahí. Por el hecho de que ella realmente le estuvo ocultando mucho de ella misma toda su vida y cuando él se lo recriminó y por fin le dijo la verdad, actuó como si nada. Como si decirle a tu hijo una historia totalmente falsa de tu vida fuera algo común y corriente que hicieran todas las madres. Ni siquiera se inmutó demasiado. Se sorprendió, eso sí, pero parecía preparada para eso. De seguro ya sabía que en algún momento se lo preguntaría.
Como fuera, al parecer por ahora tendría que conformarse con eso. Con eso y con quedarse en cama por varios días por el resfriado que había pescado por no haberse llevado el dichoso abrigo.
Hasta aquí por ahora. No se me desesperen que en un par de capítulos por fin se van a encontrar y empezará lo bueno.
Les agradecería un review para saber qué opinan. n.n
Melopea
