CAPÍTULO 3. POLIS (I)
Clarke entró hecha un vendaval en el despacho. Raven la miró intrigada desde su mesa, sosteniendo un bote de cerveza paralizado frente a su boca. Lo primero que hizo Clarke fue tirar el bolso sobre el escritorio, y lo segundo quitarse los tacones y lanzarlos sobre el sofá.
—¿Qué tal? Te ha ido fenomenal, ¿eh? —ironizó Raven.
—He conocido a la tía más arrogante, borde, imbécil, soberbia, egocéntrica y desagradable del universo.
—Venga ya, no será para tanto…
—¿Que no? Para que te hagas una idea, le he preguntado que por qué llevaba el caso si ella era de homicidios y va la tía y me dice —haciendo burla— "porque soy la mejor, soy la mejor"… ¡Imbécil!
Raven soltó una carcajada y Clarke no tuvo más remedio que abandonar su cara de acelga para reírse con ella.
—Te lo juro, Raven, una cosa es contarlo y otra es verlo. Es tremenda…
—Pues verás cuando te diga lo que sé de ella… Se llama Lexa Woods, ¿no?
—Alexandra Woods… sí.
—Pues Luna es su ex.
Clarke puso los ojos como platos.
—¿Luna? ¿Tu Luna?
—Sí, Luna, y no es mía.
—¡Qué fuerte, tía!
—Fue hace seis o siete años, cuando la tal Lexa todavía estaba estudiando criminología… No te metas con ella que Luna fue la que le dio clases de defensa personal.
—No me acerco a esa ni con un palo.
—Pues Luna guarda muy buen recuerdo de ella, dice que era muy dulce…
Clarke emitió un bufido de incredulidad.
—¿Dulce? Sí, sí, un caramelito… ¿Seguro que es la misma?
—Seguro.
Clarke estaba sentándose tras la mesa cuando su móvil sonó. Rebuscó en el bolso y puso los ojos en blanco cuando vio de quién era el mensaje.
—Tío, Finn, para ya, qué pesado eres —dijo al aire.
—Es inasequible al desaliento… ¿qué le das?
—Más de lo que él me da a mí, seguro. Nooo —dijo mientras tecleaba—. N-O —deletreó.
—Pobrecillo —dijo su amiga—, si es que no se lo has dejado claro.
Clarke la miró abriendo las manos como diciendo "pero qué dices".
—¿Que no se lo he dejado claro?
Raven soltó otra carcajada.
—Que es broma… estás un poco tensa, ¿eh?
Clarke se sacudió como si fuera un perro mojado.
—Uf, si es que esa mujer me ha puesto de los nervios… Y encima la tengo pegada a mi chepa esta noche… Cariño, no vas a poder venir conmigo al garito.
—Nooo —protestó Raven—. ¿Pero por qué? Para una vez que tenemos un poco de acción…
—Esta tía no quiere a una civil en la investigación, como para meterle a dos. Ha insistido en venir conmigo. Lo siento.
—Ya me cae mal.
—Ya te lo he dicho. Es un grano en el culo.
Lexa estaba en su despacho ojeando la información sobre Clarke Griffin que le había pedido a Bellamy: graduada en Bellas Artes, un curso de dos años de investigación privada, obtención de la licencia hace un año, caso de cuernos, caso de cuernos, caso de cuernos… Lexa sonrió divertida al tiempo que negaba con la cabeza.
—Bellas Artes… —musitó con incredulidad.
Desde luego no era la típica carrera de alguien que tenía vocación detectivesca. Lexa dejó el puñado de folios sobre la mesa, cogió un bolígrafo y, pensativa e inquieta, comenzó a pulsar una y otra vez la punta, sacando y escondiendo la mina por lo menos una docena de veces. Bellamy le había dicho que la conocía del instituto, como a Jasper y a Monty. ¿Esa era su conexión con los Green, que estudió con sus hijos? ¿Por eso la habían contratado, porque conocía a Jasper? Eso no la hacía mejor investigadora. "Vaya marrón que me han endosado", pensó. Entonces, detuvo el incesante cliqueo del bolígrafo, respiró hondo y cogió su móvil.
—Anya —dijo cuando descolgaron al otro lado.
—¿Pasa algo? —preguntó extrañada su amiga.
—¿Te apetece que cenemos juntas? Invito yo.
—¡Guau! Qué sorpresa, no me lo puedo creer. Pero si es miércoles, ¿no madrugas mañana? ¿Quién eres? ¡¿Dónde está mi amiga?!
—Idiota —dijo Lexa en respuesta a su tonito burlón—. Tengo un trabajo esta noche y de todos modos me acostaré tarde ¿Te apuntas o no?
—Sí, sí, claro, como para decirte yo ahora que no.
—Vale, te recojo en una hora.
Y colgó.
Una hora y media más tarde estaban frente a frente cenando en un restaurante italiano, del gusto tanto de Anya como de Lexa. La amiga de la policía tenía los ojos rasgados y los pómulos altos. Definitivamente, su belleza exótica a ojos occidentales llamaba la atención. Las dos eran como hermanas, se conocían desde que tenían uso de razón. Anya era cuatro años mayor que Lexa y siempre había sido su protectora desde que sus pasos se cruzaron en el orfanato donde se criaron. A pesar de las idas y venidas a las casas de acogida, nunca perdieron el contacto. Finalmente, Anya se "independizó" del sistema cuando cumplió los dieciocho años. Su espíritu libre le había impedido echar raíces con ninguna de las familias que la acogió. En cambio, Lexa fue adoptada cuando tenía nueve años por la familia Woods, Liz y Titus, y vivió con ellos sus mejores años hasta los doce, cuando su madre adoptiva murió y la amargura entró en el corazón y en el hogar del comandante Titus Woods. Lexa había estado muy unida a Liz, pero no tanto a Titus, cuya pena le hizo convertirse en una figura paterna distante y severa, que se centró en su vida militar más que en su hija. La pequeña Lexa creció siendo reservada y solitaria, y sintiendo que su única y verdadera familia era Anya.
—¿Pero quién estudia Bellas Artes y después se hace detective? —preguntó al aire Lexa.
—¿Es un acertijo? —ironizó Anya.
—Y ahora —Lexa la ignoró— tengo yo que apechugar con los caprichos de los Green, porque esto ha sido su dinero: seguro que han ido con el cuento al alcalde, y Jaha no sabe decir que no a un buen fajo de billetes.
Lexa hablaba despacio, con un tono neutro que a duras penas transmitía la irritación que sentía. Anya la miraba intrigada mientras pinchaba taquitos de queso de su ensalada de pasta. Sabía que su amiga era un prodigio de contención, pero en esos momentos podía percibir perfectamente lo sobrexcitado de su estado.
—Y esta chica tendrá muy buena intención, pero no tiene ni idea. ¿Sabes cuántos casos ha llevado? Cuatro. —Lanzó cuatro dedos al aire—. Y todos de infidelidades de libro. Vamos, que me han colocado a toda una "experimentada" investigadora. A saber lo lameculos que será para que los Green, con la pasta que tienen, la hayan contratado a ella… ¿Sólo porque fue al instituto con Jasper Jordan? No. A lo mejor es la novia del otro hijo. Vete a saber… Pero si tiene la licencia desde hace menos de un año. ¿Entiendes el marrón que tengo encima?
Cada vez le resultaba más difícil contenerse.
—Ajá —Anya asintió.
La amiga de la policía estaba verdaderamente cautivada por la verborrea incontrolable de esa desconocida Lexa. Y sí, empezaba a hacerse una idea del verdadero "marrón" que su amiga tenía encima… pero aún era pronto para insinuárselo.
—Tengo que llevar la investigación y hacer de niñera de una civil. Y encima es un poquito chula, ¿sabes? Me ha preguntado que por qué llevaba yo el caso, y yo, pues, le he dicho la verdad: que porque era la mejor. Las estadísticas están ahí, yo no tengo la culpa.
Anya sonrió levemente, aunque de manera imperceptible para que Lexa no se molestara… Pero la policía estaba tan metida en su discurso que no se dio cuenta.
—Pues juraría que iba a reírse en mi cara —continuó—, pero se ha dado media vuelta y se ha marchado así sin más, sin despedirse siquiera.
Lexa mojó sus labios en el vino, momento que Anya aprovechó para intentar decir algo, pero Lexa volvió a la carga.
—Y esta noche se ha empeñado en ir a un lugar clave en los interrogatorios. Le digo que yo voy también, para que no la cague, claro, aunque eso no se lo he dicho, y va y me dice que me ponga otra ropa, como si aquí la profesional fuera ella. Y que huelo a poli. ¿Huelo a poli? En fin…
Lexa sacudió la mano con desdén y miró a su amiga con expectación.
—¿Qué te parece?
—Interesante…
—¿Interesante? ¿El qué es interesante?
—Que llevas veinte minutos hablando sin parar. Has debido de batir tu marca personal o algo así… Y no sólo eso, llevas veinte minutos hablando sin parar de la misma persona.
Lexa se removió inquieta en su asiento, pero sin perder la calma, como siempre.
—¿Y qué? ¿Qué me quieres decir con eso?
—No… nada. Era una simple observación.
Y Anya bebió distraídamente de su cerveza. Lexa la miró fijamente, pestañeando despacio para mostrarle que disentía totalmente de cualesquiera que fueran sus pensamientos… significaran lo que significaran. Cogió su copa y bebió un largo trago de vino.
—¿Y si voy y me quedo aparte… sin que me vea? —preguntó Raven.
—Que no, pesada. Que no puede ser —dijo Clarke—. No te preocupes, que esta investigación promete y ya te endosaré algo emocionante que puedas hacer.
Las dos amigas estaban en la habitación de Clarke. La investigadora pensaba en qué ponerse frente a la puerta del armario de su habitación, mientras que Raven la observaba sentada desde la cama. Clarke pasó un par de perchas y, finalmente, cogió sin muchos miramientos una camiseta blanca de amplio escote, unos vaqueros rotos y una cazadora bomber de color verde militar.
—Esto mismo. —Clarke miró su reloj—. Quiero llegar antes que ella, a ver si le saco a alguien algo antes de que venga y me espante al personal.
La cama de Lexa estaba cubierta por una decena de camisetas de distintas hechuras y colores. La detective tenía en las manos, al menos, cinco pantalones que iba colocando uno a uno bajo las distintas prendas superiores, para ver el efecto. A los pies de la cama, cuatro pares de zapatos y botas esperaban su turno para ser testados con el conjunto elegido.
Las once en punto. Polis. Clarke esperaba sentada en la barra bebiendo un mojito. Ya había hecho parte de su trabajo: se había camelado con dos sonrisas y un generoso escote al cabeza de chorlito que servía las copas. Se había hecho pasar por la amiga del instituto de Jasper (eso era verdad) y le había insinuado al camarero que buscaba lo mismo que él (evitó en todo momento hablar de drogas, aunque se sobrentendía). Así que ya sabía que el tipo con el que últimamente se veía su amigo se llamaba Roan, era moreno de ojos claros, con barba corta y pelo largo adornado por una pequeña coleta alta al modo hípster.
La investigadora miraba en todas direcciones buscándolo, aunque ya le había dicho el camarero que no solía llegar antes de las doce. Entones la vio, y tuvo que pestañear un par de veces para reconocerla… Definitivamente no olía a poli, olía a… no sabía a qué, pero su pulso se aceleró sin su permiso. Lexa se abrió paso entre la gente con las manos en los bolsillos, el pelo suelto, una chupa de cuero negro, una camiseta negra con una calavera blanca, unos pantalones punkis de pitillo negros y unas botas negras. Olía a "soy la puta ama". Lexa recorrió el local con la mirada y luego la barra, hasta que vio a Clarke, luego su escote y luego de nuevo a Clarke. Cuando estuvo cerca, la rubia le dio un descarado repaso de arriba abajo y se mostró exageradamente asombrada, para que se notara que su sorpresa era fingida, aunque en realidad no lo era: estaba genuinamente impresionada. Su pulso también. Cuanto llegó a su altura, Lexa se acodó en la barra frente a ella.
—Hola, Clarke.
—Guau, detective Woods, eso sí que es un buen disfraz.
—Llámame Lexa, y no es un disfraz, me gusta vestir así —dijo seria.
Clarke entornó los ojos para estudiarla. ¿Lo decía en serio? ¿Era una broma? Si era así, no le acababa de pillar el punto a su sentido del humor. ¿Es que esa mujer no sonreía nunca?
—¿Tú vas disfrazada? —preguntó inocente Lexa.
—No. A mí también me gusta vestir así.
Se miraron brevemente a los ojos, hasta que Lexa desvió los suyos para buscar al camarero y pedirle una cerveza.
—¿Entonces ibas disfrazada esta mañana en la oficina? —volvió a preguntar Lexa.
Clarke no tuvo más remedio que reír ante ¿la absurda? conversación.
—Pues… la verdad es que un poco sí, no me gusta ir tan… pija. ¿Es que te disfrazas tú para ir al trabajo?
—No, también me gusta vestir… pija.
¿Sonrió levemente la estoica Alexandra Woods? Clarke creyó ver un atisbo de sonrisa en la comisura de sus labios y en sus ojos. Sí. Lexa casi sonrió. La verdad es que estaba de buen humor y no sabía por qué. Quizá había sido la conversación con Anya, que la había liberado de la irritación inicial, el caso es que ahora se sentía menos tensa que tras la visita de la investigadora. La detective le dio un largo trago a su vaso de cerveza; sentía que tenía el control de la situación o, al menos, que no lo había perdido. Odiaba perder el control en cualquier ámbito de su vida.
—Así que Bellas Artes, ¿eh? —se interesó Lexa.
—Vaya, ¿es que me has googleado?
Lexa se tomó su tiempo para responder.
—En la policía usamos otros métodos más profesionales para investigar a una persona.
Ya está aquí la fantasma, pensó Clarke.
—Por supuesto —se limitó a decir.
—¿Por qué esa carrera?
—Me gusta pintar. ¿Tú no tienes hobbies? ¿Como matar cachorritos en tu tiempo libre o algo así?
Lexa ¡por fin! esbozó media sonrisa. El pulso de Clarke ya se estaba normalizando, pero esa sonrisa lo volvió a elevar incomprensiblemente. ¡Mierda! No iba a consentir que esa tía la intimidara. A ella también le gustaba mantener el control, aunque lo suyo era un control más peculiar, más laxo, pero control al fin y al cabo.
—Mis aficiones son de lo más normales: leer, escuchar música, hacer deporte, meditar… nunca he probado lo de matar cachorritos.
Clarke sonrió y Lexa la imitó, y sus ojos volvieron a pasearse por el amplísimo escote de su camiseta. ¡Mierda! Bueno, no pasaba nada, tenía ojos y la chica era guapa. Ya está. Clarke notó su azoramiento y le hizo gracia. Su pulso ya se estaba volviendo a normalizar. El mojito ayudaba.
—Bueno —dijo Lexa mirándola ahora a los ojos— ¿qué plan tienes?
Clarke le dio un trago a su bebida y la miró con seguridad.
—Ya está en marcha: sé quién es el camello de Jasper, vendrá sobre las doce.
Lexa frunció el ceño con disgusto y volvió a tensarse, pero solamente por dentro.
—¿A quién has interrogado?
—No he interrogado a nadie, solo he charlado amistosamente con el camarero y me lo ha dicho. Así de simple.
Lexa quería estar enfadada, pero la verdad es que Clarke lo había hecho bien, si es que le habían dado el nombre correcto.
—No debiste actuar por tu cuenta… pero si estás en lo cierto, buen trabajo.
Clarke quedó gratamente sorprendida por la favorable reacción de la detective.
—Gracias, detective —dijo con sorna.
—Llámame Lexa. No digas eso aquí, podrían oírnos.
—De acuerdo, Lexa.
Y Lexa le sonrió involuntariamente hasta que fue consciente de ello y volvió a su seriedad habitual. Entonces, Clarke se enderezó en su taburete y le tocó el brazo mirando hacia la entrada.
—Creo que es ese, el del moñito, coincide con la descripción.
Lexa se desojó mirando hasta que vio al tipo del moñito hípster.
—Esperaremos un poco para actuar —dijo Clarke.
—No vamos a actuar.
—¿Cómo que no?
—Ya sabemos quién es, le haré una foto, me llevaré un vaso con sus huellas y lo investigaremos.
Clarke enarcó las cejas.
—Okey —dijo Clarke poco convencida, tras lo cual se dirigió al camarero—. ¡Otro mojito!
Lexa la censuró con la mirada.
—No te preocupes, tengo mucho aguante.
Lexa también.
—Otra cerveza.
Cuando las dos tuvieron sus bebidas, bebieron en silencio, observando los movimientos del tal Roan y mirándose de vez en cuando entre ellas… unas veces a los ojos y otras veces a distintas partes de su anatomía.
