¡Buen inicio de semana, lectores!

Espero que estén muy bien. Aquí llega mi tercera entrega (un poco atrasada) de la continuación de Nanahuatzin. He tenido un poco de trabajo, pero eso sí, no dejo de avanzar en esta historia que no sé para dónde irá, aún no lo tengo muy claro.

Fabiola Brambila: Así es, no creo que Ikki se deje que lo consuelen. Sufre mucho, pero no quiere dejar que lo vean así. ¡Y Shura!, no sé si alguien quiera defenderme de su Excalibur… Creo que me pasé con él.

Kumikoson4: No, no es ese hermanito muerto… Es… (top secret, jaja, aún) Ikki, pobrecito, y sufrirá más (¿Shaka querrá ser mi guardaespaldas contra su furia? Tal vez, a él no lo he hecho sufrir).

SakuraK Li: Manito, pobre, a mí también me parte el alma. Se pasó con Capricornio y como dijo Fabiola, no creo que fuera suficiente… Aparentemente. Esta vez me retrasé un poco por otros escritos ajenos a los fics y por revisar este capítulo, que nada más no me gustaba mucho. Pero espero que te agrade el resultado de mis desvelos (ayer a la una de la mañana lo terminé de revisar… ¿o será hoy?)

InatZiggy–Stardust: El paisaje de la casa de Cáncer está muy bueno, jajajaj, me inspiré en lo bien que se ve nuestro caballero cuando su armadura lo abandona… En traje de Adán, pues luce mejor, ¿no? Y como buen chico malo, sí, duerme desnudo. Pobre Shura, tal vez el Dragón quiera defenderme del poder de Excalibur, a él no lo he hecho sufrir tanto.

A todos muchas gracias por leer y por dejarme sus comentarios. Sin más, dejo a su consideración este problemático tercer episodio, cuyo título en español quiere decir, o eso espero, Heridas.

Copyright a Kurumada por los personajes de Saint Seiya, que le pertenecen. Ahora sí, pueden pasar a leer.

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3.- Tzotzouiztin

Hace tiempo que la diosa no convocaba a los caballeros a una reunión. Esta mañana decide hacerlo para comunicarles que saldrá de viaje una vez más. A Oriente. Para supervisar la reconstrucción del planetario de su abuelo.

–Serán pocos días–, dice la joven frente a un auditorio sin armaduras doradas.

Aioros menea la cabeza. Se vuelve hacia Shura, que está a su izquierda. Espero que pronto se recupere, susurra. El caballero de Capricornio asiente, no deja de pensar en esa muerte tan extraña de Andrómeda. Máscara Mortal se cruza de brazos, Afrodita lo golpea con el codo y Mu y Shaka los observan serios. Ninguno pone atención hasta escuchar un "eso es todo, pueden retirarse".

Los doce de la élite, los tres de bronce, se inclinan antes de dar media vuelta y salir. Una vez a solas, Saori se derrumba en una silla. Sus lágrimas le enrojecen los párpados, le llenan la garganta como si se tratara de un puño.

–Shun… Ikki…

Y escucha pasos que se acercan. A lo mejor no es tarde, a lo mejor Seiya, porque seguro es él quien se acerca al pequeño salón, todavía puede creer que se le metió una basura en el ojo, que no es nada. Quizá todavía pueda ocultarle su llanto.

–No están reconstruyendo ninguna de las propiedades de tu abuelo, ¿verdad, Saori?

–¡Shiryu!

La joven se sorprende. El Dragón la mira con una sonrisa a medias, pone una mano en su hombro, cierra los ojos. Y aunque ella intenta aparentar, aunque quiere volverse una roca delante de uno de los niños que vivieron en su mansión, no puede. Se abraza a él y solloza.

–Los extraño…

Shiryu asiente. Debe reprimirse si quiere consolarla.

–No podías hacer nada…

–Lo dudo–, lo interrumpe. –Ni siquiera lo intenté. Es…

El Dragón detiene el torrente de lamentos con el índice. No lo digas, no es culpa de nadie, dice, sólo es algo que pasó, que tal vez era inevitable. No puedes poner bajo un sello a la Tierra misma, a los volcanes, a los terremotos.

El llanto de Athena vuelve más abundante. La joven esconde el rostro detrás de sus manos mientras el caballero no sabe qué hacer consigo mismo: podría irse, dejándola a solas, podría llamar a Seiya para que le haga compañía y la ayude a preparar su equipaje, podría quedarse y rodearla con un brazo, repetir no es culpa de nadie hasta que Saori sueñe sólo con esas palabras…

Al otro lado de la puerta, Hyoga y el caballero de Pegaso los miran. Los "podría" del Dragón se duplican dentro de su mente. Y un nombre: Shun. Si tuviera una tumba, si pudieran llevarle flores y platicarle la cotidianidad de los días a una lápida, a unos ángeles de alas grises. Pero ahí está el cielo de nuevo claro, esa tumba amplísima y recién inaugurada sin falta por las mañanas. Y el alma en pena de su amigo. Porque cuando un muerto vaga sin reposo así se le dice, alma en pena.

De pronto Seiya entra sin llamar.

–Vamos, te ayudo a preparar tu viaje, seguro no te quieres perder cuando el domo esté completo y el Universo flote debajo de él, ¿o sí?

Y toma de la mano a Saori. Y la conduce por el pasillo hasta la habitación del fondo. Shiryu y Hyoga sonríen.

–Es muy amable.

–Creo que sólo Seiya sabe animarla, Hyoga.

Ambos caballeros saben lo que vendrá: alguna guerra de vestidos, de almohadazos, las risas después de un chiste bobo que involucra dos caídas, una desde el primer piso y otra desde el piso veinte. Por lo menos eso intuyen. Eso desean. Si la diosa llora, Seiya colocará un antifaz sobre propia tristeza, una máscara sonriente. No importa si sus lágrimas terminan clavándosele; es más importante que las de Saori no sean tan saladas.

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Aioros baja junto a Shura. Se queda con él en Capricornio en vez de ir a su templo.

–¿Viste cómo cojeaba Máscara de Muerte?

–Quién sabe qué habrá pisado –contesta Shura, de espaldas a su amigo. –Y no creo que nos diga…

–Como tú.

Shura voltea a ver al caballero de Sagitario, niega con la cabeza. En silencio.

–No; te lo advierto. Que ni se te ocurra…– dice al fin.

La misma discusión de cuando volvieron del pueblo el segundo día de reparaciones. Fueron los primeros. El guardián del décimo templo adelante, el rostro bajo, casi corriendo en la soledad de callejuelas en penumbras. Aioros detrás, sin atreverse a alcanzarlo, a tocar su hombro, a decirle te ayudo con el peróxido, con el alcohol y las gasas.

El Patriarca debería hablar con Ikki, sugirió el hermano mayor de Aioria de vuelta en la casa de Capricornio.

–No–, lo interrumpió Shura casi sin pensarlo. –Y pobre de ti si abres la boca, ¿entendido?

Entonces Aioros, sin decir nada, fue a la habitación de su amigo. Un cuarto pequeño, unas mantas mal extendidas, una silla con camisas en el respaldo, un armario, una mesa, ropa de entrenamiento en el piso, dos libreros revueltos. Sonrió; el orgulloso Capricornio tenía los hábitos de limpieza de un adolescente. Como él, como la mayoría de los caballeros.

Aioros entró en el baño, abrió el botiquín y tomó la botella de alcohol, algodón, unas gasas. Al volverse se encontró con la cara molesta de su amigo. Sagitario vio las estrías rojas y abiertas, la sangre casi seca, alguna marca de un golpe más débil.

–Ven, Shura, vamos a curarte eso.

–Largo.

–Pero…

–Déjame solo… Por favor, Aioros–. Shura corrigió la brusquedad inicial.

–Shura…

–No.

Y el caballero dorado de Sagitario prefirió bajar las escalinatas no hasta su templo, sino hasta Leo; quizás si hablaba con su hermano la visión del rostro herido de Capricornio se atenuaría.

Aioros no vio a su amigo tomar el frasco de alcohol y verter un poco en un trozo de algodón. No lo vio apretar la mandíbula para soportar el ardor del remedio ni aguantar el llanto. Tampoco lo vio asomarse al espejo del baño y quebrarlo a puñetazos. No lo escuchó repetir el nombre de los hermanos, así que permaneció ignorante también de sus "en verdad lo siento mucho".

Varias mañanas Shura bajó al pueblo solo y se las arregló para ocultar sus heridas. Voltearse, los ojos abajo, dar siempre la espalda y llevar costras de polvo sobre la cara, levantar una pared de modo que esos bloques lo ocultaran de la mirada de los otros hombres, irse primero… Hasta que una tarde Afrodita notó sus marcas a medio cicatrizar.

–¡¿Pero qué te pasó?

La voz alta del caballero de Piscis alertó a los demás. Shura apretó los puños. Encima, además de la de Piscis, la vista de Máscara de Muerte, Aioros y Aioria, que se habían reunido para comer el pan que varias mujeres llevaron.

Silencio. Aioros esperaba.

–Se me resbalaron unas varillas el otro día, no es nada.

–Ten cuidado, pudo haber sido más grave.

–Pudiste sacarte un ojo.

El último comentario, de Máscara Mortal, hizo que Aioros se volviera. Pero Shura no iba a dejarlo hablar, tampoco permitiría que alguien más supiera del altercado con Ikki.

–Sí, pero no pasó nada. Fue sólo un accidente, ni siquiera vale la pena enterar al Patriarca, o a Athena, ¿tú qué piensas, Aioros?

Y Sagitario calló. Recordó la complicidad entre ambos, las pláticas hasta la madrugada, las travesuras en la escalera que les valieron no salir de su habitación, dormir con el estómago vacío, entrenamientos más largos, sin importar la noche, la lluvia o el viento… No; sólo Shura podía, de querer, hablar acerca de la discusión entre él y el Fénix. Él no tenía derecho a avergonzar a su amigo.

–No debe preocuparse por nimiedades, ya es suficiente con sus propios problemas–, dijo el guardián de la novena casa aun sin estar de acuerdo con Shura. Ni sí ni no. Cuando se sintiera listo, cuando no lo considerara más una vergüenza, hablaría, confiaría en sus compañeros. No antes.

–Podríamos preguntarle, obligarlo a…–, Shura trae a Aioros desde sus recuerdos hasta la visible molestia del caballero de Cáncer.

–No va a decirnos–, lo interrumpe –es muy orgulloso.

Y se guarda un "como tú, como todos".

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No fue justo y lo sabe.

Ikki ha salido alguna vez, sólo de noche. El día, su luz… No lo soportaría. Y no sólo es por Shun; la claridad pondrá líneas y bordes a sus manos. A los dedos que ejecutaron un castigo injusto, aunque trate de convencerse de lo contrario.

A oscuras, el Fénix sigue refugiándose en el último rincón del cuartucho. A veces oye a la vecina, arriba, mientras corre para alcanzar a alguien en la fuente. La puerta en la planta alta se azota y luego sus tacones resuenan en las escaleras. Tal vez lleve comida para alguno de los hombres a los trabajos de remodelación. No sabe.

Otras ocasiones, a medio día, la dueña de la casona llega para tocar a su puerta. Entonces Ikki grita que se largue, que no va a abrirle, que no se moverá de donde está. Pero sólo en sus intenciones. Porque permanece hecho un ovillo en lo que una vez fue una recámara, hoy mero colchón casi sin relleno, almohadas rotas, alguna sábana de hilachos. Con su hermano menor dentro de cada recuerdo, dentro de una suposición: ¿qué pensaría de lo que le hizo a Shura?

Ikki se esconde no sólo del sol, de la tumba amplísima del caballero de Andrómeda. También quiere ocultarse de su probable juicio. Ikki fue injusto. Vengativo. El Fénix no debió cobrarse así, el ojo por ojo y diente por diente deja una estela de tuertos y chimuelos; no está hecho de justicia.

Pero cuando trozos de mañana se cuelan entre los tablones de la puerta se dice que estuvo bien. Se lo merecía, por ese ataque tan cobarde se lo merecía, repite, intenta convencerse mientras mantiene los ojos cerrados y recuerda a su hermano vivo.

Un partido de fútbol en el que perdieron porque Seiya marcó muchos goles y Shun casi no pudo arrebatarle el balón a los del equipo contrario, la fotografía de todos con el anciano Kido y su nieta, los entrenamientos, el sorteo, el abrazo antes de partir, los hombres de seguridad sosteniendo a su hermano, que pataleaba en el aire suplicando para que no los separaran… Desde los primeros días empezaron a escasear las imágenes. Y es que dejaron de verse siendo tan pequeños. Luego el Fénix levantó su puño contra Shun en el torneo y después, cuando se interrumpió a causa del robo. Entonces los recuerdos toman el sabor de un durazno echado a perder. El golpe en el hombro de Shun desde una distancia considerable, desde su sitio al lado de la armadura de oro –el premio para el ganador–, la amenaza de muerte para todos, el reto para recuperar la armadura, su hermano pequeño de rodillas frente a él, ofreciéndole su vida para que se detuviera, peleas y más peleas…

Shun sacrificándose.

Shun y su deseo permanente de remendar la paz –la luz.

¿Por qué?

Ikki no entiende. Por momentos quisiera haber tomado la vida de su hermano cuando se la ofreció la primera vez, con tanta generosidad. Así habría una lápida, quizás, a lo mejor no levantada por él, sino por Seiya, Saori, Hyoga o Shiryu. Así existiría un sitio sólido para flores y visitas, y no esa amplitud de arriba.

El Fénix sacude la cabeza. ¿Un lugar sólido, flores, visitas, rezos por el eterno descanso de un alma? ¿Con el lastre de esa especie de culpa intermitente por haber azotado a Shura? No. Quizá sea mejor así. Shun está arriba, y desde su lejanía seguro no puede notar lo que Ikki esconde al vivir en ese cuartucho. Al menos eso espera.

Sin querer regresa a su mente el recuerdo de la enorme fotografía de la Tierra. Seguro es ese el paisaje de cada uno de sus días, piensa, aguanta las lágrimas a base de parpadeos rápidos.

–Entonces de nada serviría si trazo un gran "lo siento" en el patio, o en la calle principal, a un lado de la fuente, por la noche, para que Shun lo lea en la mañana, a primera hora–, dice para sí, para su sombra confundida con las demás.

Y es verdad, nadie podría reclamarle o acusarlo de estar interponiendo pretextos; si desde el espacio no se ven las fronteras que un mapa registra, menos los trazos hechos en el suelo con los dedos.

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Presiento que algo malo pasa, no sé, no alcanzo a ver bien.

Alguien podría decirme, por favor, pregunto. Y no creo estar haciéndolo mal; es un acto sencillo: tener las palabras almacenadas en el cerebro, abrir la boca, mover la lengua, poner sonidos al alcance del otro. Simple; aunque tal vez no para mí.

Pero casi lo olvido; tengo como escolta al silencio que transcurre de la mañana al mediodía. Por eso nadie responde a mi voz sin voz, a una duda sin traducción en el lenguaje de los hombres, porque quienes caminan a mi lado a esta hora lo hacen mudos; el silencio es su traje, su piel.

Algunas ocasiones, en este horario, escucho las voces de lo blanco, de lo azul, esa claridad que se expresa con trinos de cenzontles, de águilas, de azores. Me gusta oírla aunque no entienda su lengua, aunque nunca logre descifrar nada. Cuando habla no sé si dice buenos días, si me desea un camino sin contratiempos, o si relata para mí noticias de allá abajo, de los niños que nacen y los cuerpos engullidos bajo una lápida.

De pronto pienso en filas y filas de esas piedras, en el caballero que era… ¿Cómo se sentía ser sólido? Ignoro si alguna mañana lo recordaré. Digo cuerpo, si es que poseo una garganta y una lengua, digo armadura, y no se dibuja algo definido delante de mí; sólo una inmensidad blanca delante de otra inmensidad blanca.

Extraño la solidez… Abajo es sólido. Pero ahora algo le ocurre a aquella piel. Está enferma, quizá, está llenándose de llagas rojas a diario, la palidez de los cadáveres la cubre. Gris, rojo… Es tan confuso; mis ojos reconocen el blanco y el azul y el amarillo, no más.

Volteo, si es que se le puede llamar así a girarse, a torcer un cuello inexistente. Allá lejos crecen dedos grisáceos, no, negros, no… Lo cierto es que no puedo distinguir el color de esas heridas. Porque si hay marcas de un tono ajeno al natural, si, como intuyo, hay lamentos en torno a ellas, se trata de heridas.

Muy bien puedo esperar. Si las mañanas y los mediodías liberan silencios alternados con parvadas de trinos, las tardes, los crepúsculos, hablan con voces de mujer. Susurran, dicen al oído. A veces parecen sobresaltarse. O se lamentan. Algunas tardes llevan una súplica dentro de sus murmullos. Otras se llenan de un rocío fuera de horario… Señales de tristeza, de preocupación. A lo mejor a ellas sí llego a entenderles.

Pero entonces podría ser demasiado tarde. ¿Alguien sabe qué está pasando abajo?, pregunto de nuevo al cortejo de bocas sin lengua. Calla, cómo me encantaría obligarlo a contestar.

Me resigno. Falta poco para el mediodía, para la escolta de murmullos femeninos que me conduce en andas hasta la noche. Entonces podré volver a preguntar. Y quizás obtenga alguna respuesta.

¿Y si ella tampoco sabe responderme? Un nuevo intento. De nuevo confío la pregunta a lo que nombro mis ojos. Los entrecierro, parpadeo para darle al panorama sus bordes y aristas. Intento enfocar. Al fin veo con claridad los dedos grisáceos o negros de antes. Ignoro cuánto tiempo llevan brotando. Tal vez siglos, tal vez segundos. Porque no se trata de las señas particulares de un rostro; un día no estaban, un día, cuando acaricié la piel de lo que está abajo, sentí las planicies continuas, los espejos de agua, el césped recortado en ciertas zonas y en otras la exuberancia esmeralda de las selvas, pero no esas fisuras como de piedra obsidiana.

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Continúa…