Sala estaba completamente extrañada. Desde el día anterior, cuando Mila había llegado del trabajo, se había mostrado algo más distante, callada, pero a la vez ansiosa.
En múltiples ocasiones en lo que restó de día le preguntó si algo había acontecido, tratando de investigar el porqué de que su radiante amiga se viese tan apagada, y a la vez restringida.
Pero nada había servido, nada le había sacado. Y es que Mila no estaba lista para decírselo. No podía, no sabía cómo.
Aquellas imágenes que habían aparecido en su mente, como si hace muchos años se hubiesen grabado en sus retinas, volvían a aparecer una, y otra, y otra vez. La hermosa rosa de color rojo tan sólo intensificaba su color con cada aparición, dándole un toque onírico a la imagen.
La dulce sonrisa dedicada solamente a ella le hacía suspirar, lamentándose en lo poder recordar dónde ni cuándo la había visto. ¿Una película, quizá? ¿Estaba recreando la escena de algún libro leído? Debía serlo, porque esa persona… Era un infante, claramente, pero aun así…
«¡Mila, cuidado con las espinas!»
Sus párpados se abrieron de golpe, dejando que por sus hermosos ojos de color azul mar se filtrase la luz solar que se colaba por la cortina entreabierta de la ventana.
Sin poder controlarse del todo, se sentó en la cama, tapando algo perturbada la parte inferior de su rostro, con su siniestra.
Ni en sus sueños la dejaba tranquila.
Y lo que era peor. Con aquella nueva frase, podía confirmar sus temores. La sonrisa de ese infante pertenecía a un niño. Frunció un poco el entrecejo, frustrada ante esas revelaciones.
― ¿Cuidado con las espinas…? ―Susurró, observando de paso su diestra. Juraría que había sentido un pinchazo. Pero eso era imposible. Se hallaba en la cama, sin nada peligroso. Solo…
La morena a su lado se removió, despertándose con ella.
Sala.
― ¿Mila? ―Preguntó la joven, soltando un bostezo para luego hacer un intento por desperezarse. Sus ojos violetas se llenaron de líquido tras eso. Lo cierto era que amaba estar en la cama, holgazanear, y demás. Pero cuando se debían hacer cosas… Pues se debía. ―Buen día. ―Saludó con una sonrisa a la pelirroja.
Aunque aquella tan sólo asintió, distante a las mañanas animadas que solían tener, donde jugueteaban, reían y coqueteaban casi como si fuesen pareja. Aun así, ambas tenían bastante claro que eso nunca iba a poder ser. O se suponía, debían tenerlo claro.
― ¿Quieres que te prepare el desayuno…? ―Preguntó de manera inmediata Sala, dándole una caricia en la espalda a su amiga.
Asintió levemente Mila. Pero, entonces, un par de segundos pasaron, y…
― ¿Sabes? Mejor no. ―Se levantó de la cama, mostrando una radiante sonrisa. ―Desayunaré en alguna cafetería de camino al trabajo, hoy debo llegar temprano.
― ¿Estás segura?
No hubo más tiempo parar preguntas. Mila ya había comenzado a arreglarse, saliendo con eso de la habitación, y dejando atrás solamente una afirmación que no había terminado por convencer a la morena.
Y aunque intentara seguirle el paso a la menor, Sala no pudo. Era mucho más rápida. En cuestión de minutos estaba perfectamente vestida con ropa que si bien, había tomado apenas vio, combinaba a la perfección. Un suave maquillaje no muy exagerado había en su rostro, y completando su fachada, estada su bolso de diseñador.
Sala apenas había decidido que ese día quería usar vestido, y Mila ya se estaba yendo, genial.
― ¡Nos vemos a la tarde! ―Le dejó dicho, despidiéndose con una enorme sonrisa.
― ¡Qu-Que te vaya bien! ―Apenas y alcanzó a asomar su mano por la puerta de la habitación, en un muy desesperado intento por poder despedirla.
Sin duda sus esfuerzos dieron fruto. Mientras la pelirroja se dirigía al ascensor para bajar, una sutil sonrisa mostraba.
Aunque a medida que avanzaban los segundos, aquella se notaba cada vez menos, al punto de que se hizo inexistente al llegar a la primera planta.
El pequeño de su sueño volvió a presentarse ante ella de manera sublime, al segundo de poder apreciar unas rosas blancas en la recepción. La respiración pareció que se le cortó, abandonó su cuerpo, y quedó estática. Anhelando.
Una joven pareja de hombres pasó por un lado de ella, queriendo acceder al ascensor, y entonces le hicieron reaccionar.
Mila bajó su mirada, titubeando.
―Lo normal, ¿Eh? ―Tenía un sabor agrio en la boca de tan sólo pronunciar esas palabras, aunque fuese un susurro.
Aun así, avanzó, desplazándose en diagonal por ese piso, hasta poder salir del edificio. La luz solar de la mañana le deslumbró estando fuera, y por un milisegundo, volvió a ver aquella sonrisa. Esa hermosa sonrisa que le cautivaba.
Cuando sus ojos se pudieron adecuar a la luz, no pudo evitar observar a la pareja, también de hombres, que acababa de pasar frente a ella. Ambos poseían un corte similar, rapado abajo. Aunque sus estaturas distaban mucho.
Rio para sus adentros, con un toque de melancolía. Su corazón se encogió al sentir la calidez que le proporcionaba ese recuerdo de ensueño.
―Sí, lo normal.
Tan sólo se dirigió al paradero, dejando atrás a ambas parejas que le recordaban su situación.
