Descansa, guerrero

(Dean & Lisa/ Dean & Castiel)

Resumen: Tras el incidente con los demonios cambiantes, Lisa intentó seguir viviendo con normalidad, a pesar de conocer la verdadera oscuridad del mundo. Cuando Dean acudió a ella, se sintió feliz… aunque siempre supo que lo perdería.

—O—

Saber que el mundo es una gran bolsa de porquería, en todo el sentido de la palabra, no hace las cosas mejores para nadie, sino al contrario: pensarlo, creerlo y bromear al respecto es una cosa, pero tener el conocimiento absoluto, la certeza de que esa es la verdad y todavía más de lo que implica ese simple vocablo… le carcome las entrañas y logra hacerla sentir aterrada, porque su niñito estuvo en peligro y, de hecho, por un tiempo, ni siquiera fue su hijo en realidad y, si bien los Winchester —Dean— la dejaron con un par de números a los que llamar en caso de que las cosas salgan mal —otra vez y, claro, en caso de darse cuenta, porque la ocasión pasada no le fue nada bien con eso—, el detalle no la hace sentir segura del todo y, a decir verdad, cuando Dean se presenta en su casa, con esos grandes ojos verdes de niño perdido, cabello peinado con demasiado gel y una expresión de lobo herido, para decirle que todo está por irse al diablo —bueno, Sam, siendo técnicos, pero el hombre no tendrá otra opción más que llevarse al resto de la humanidad entre las piernas, así que básicamente es lo mismo—, casi tiene una crisis emocional en su sitio, pero se obliga a ser fuerte y sonreír —más o menos—, porque Dean parece necesitar a alguien que lo sea por él más que nunca.

Por una milésima de segundo, Lisa se pregunta si alguna vez Dean ha tenido un hombro en el cual apoyar sus penas o si sólo tiene que tragárselo todo y manejarlo lo mejor que puede. Debe ser una existencia dura y, a pesar de que tiene al epítome de ello delante, no imagina a nadie que pueda conseguirlo sin volverse loco. Quiere saber qué tan efectiva es la sanidad mental de Dean, que, desde la última vez que lo vio le pareció más firme que un roble, pero tal vez esos eran los ojos de una damisela recién salvada, así que ahora quiere ser más objetiva y contemplar todas sus grietas sin filtros, palparlas con los dedos y retarse a sí misma a no dejarse impresionar por su profundidad.

La lástima que siente la asfixia, así que procura hacerla a un lado. Dean merece algo mejor.

Cuando el hombre se marcha, con pasos que no saben si ir al frente para encontrarse con su destino o echar a correr con todas sus fuerzas hacia un sitio que le brinde la ilusión de estar a salvo —inexistente, seamos sinceros—, envuelto en ese halo de chico bueno, un poco tonto, pero dispuesto a hacer todo lo que esté en sus manos para salvar a un mundo que quizás no se lo merezca, Lisa se queda perdida un buen rato, sólo con el impulso de aferrar a Ben y llorar —gritar, blasfemar—, porque sospecha que Dios dejó de preocuparse por todo el universo hace mucho y ahora su única esperanza es un hombre que luce más devastado que los restos de la civilización más antigua.

Es gracioso que, por un tiempo, temiera que Dean fuera el padre de Ben —a pesar de ser el mejor tiempo de su vida, también fue una gran decepción, como esas que vienen siempre después de entregarle su corazón a alguien, creyendo que ésta vez será el correcto, sólo para llevarse un golpe en la nariz al encontrarse con una puerta cerrada, en el caso de Dean, con cien candados y kilómetros de cadenas— y, al final, cuando el padre biológico resultó ser aquél motorista, respirara con alivio. Pero, ahora, Dean Winchester es la única persona que la hace sentir segura en éste planeta que ha comenzado a percibirse, para ella, más como Marte que como la Tierra y donde ya no tiene idea de cómo dirigir su vida, a pesar de tratar de aparentar lo contrario.

Así que es una verdadera fortuna cuando Dean reaparece para informarle que el Apocalipsis fue detenido —el jodido Apocalipsis de la Biblia y todo eso, aunque, claro, el Calentamiento Global sigue siendo una amenaza pesada y pendiente sobre sus cabezas—. Lisa deja que la sonrisa de consuelo se escurra de su cara cuando el hombre le explica que lo lograron a costa de la vida de dos Winchester —es la primera vez que oye el nombre de Adam, el hermano menor de la familia—, pero no puede evitar que vuelva a su sitio cuando Dean —perfectamente imperfecto Dean— le sujeta una mano, casi con aire desesperado, y le pide que le dé una oportunidad, porque, de lo contrario, se caerá en mil pedazos.

Antes de responder —porque sabe, apenas él termina de hablar, cómo lo hará—, sospecha que se arrepentirá, pero, oye, Dean parece necesitar un salvavidas ahora que su hermano — ¿s? — ha muerto y ella está dispuesta a serlo, porque, a diferencia de lo que creyó hace años, este hombre vale la pena el intento.

Asiente y, entonces, comienzan a jugar a la casita: Dean es el mejor novio que ha tenido en la vida, a pesar de esa tristeza que arrastra a todos lados, como una cama de plomo unida a sus hombros. Es un gran ejemplo para Ben, quien ya de por sí se parecía mucho a él, incluso desde antes de conocerse, y todo marcha bien, como un sueño hecho realidad, donde tienen a su propio Superman para salvarlos del mal, tan abundante y rezumando por todas partes.

Las armas permanecen guardadas en un baúl de madera en el garaje, pero ella sabe que están ahí, con el recuerdo de todas las misiones perfectamente cumplidas estampado como una huella en la pólvora de sus balas. Le gusta que permanezcan al margen, pero, al mismo tiempo, es como tener una parte vital del hombre que ama enjaulada y tiene la noción de que no podrá ser así para siempre, sin embargo, mantiene la imagen de superhéroe viva en su mente desde que todo comienza hasta que, una noche, mientras Dean ronca a su lado y ella tiene un severo caso de insomnio, escucha el nombre por primera vez —Cass— y su corazón se detiene una milésima de segundo — ¿Cassandra, Cassidy? Está muy al tanto de cómo fue la vida de éste hombre hasta éste momento y, a pesar de que trate de negarlo, es un pasado que le causa escalofríos en ocasiones, porque está la promiscuidad aceptable y, luego, la estilo Dean Winchester—.

Un sujeto lleno de horizontes, como esos que componen el suelo, yendo de la A a la C y subdividiéndose en un millar de otras denominaciones. ¿Algún día terminará de conocerlo por completo? ¿Será su amor suficiente para mantenerlo a su lado y sacarlo del hueco profundo en el que terminó metido gracias a las acciones de alguien más?

A veces, le da miedo seguir sin tener idea en qué carajo se metió, pero el amor es ciego, ¿no? Sólo espera que la realidad no la golpee demasiado duro, porque en verdad está encandilada con la capacidad de Dean de adaptarse a cualquier circunstancia, convirtiéndose en un hombre modelo y hogareño en tan sólo unas semanas.

Cuando le menciona lo ocurrido, fingiendo desinterés, nota la forma en que el rostro de Dean pierde color y todo su cuerpo se paraliza como si alguien hubiera presionado pause en su dirección, antes de que logre recuperar la seguridad de siempre y se ría como si se tratara de nada. De nadie.

Luego, él le estampa un beso en la frente, el sol matutino que se cuela por la ventana alta de la cocina arrancando destellos dorados a su cabello claro, y murmura:

—Es Castiel. Un buen amigo. Por el momento, está lejos de mi vida —explica antes de seguir revolviendo huevos en el sartén con una cuchara de madera.

Tan casual. Tan sencillo. Y, aun así, su mandíbula parece tensa y sus ojos han perdido algo del brillo que recuperaron hace poco, como si el nombre fuera un interruptor que la apaga y enciende ante la más ligera presión.

Trata de fingir que no, pero la tristeza, habitual en él desde que llegó a ella, sólo se vuelve más grande y Lisa no puede evitar enarcar una ceja, insatisfecha con sus palabras y más con la forma en que las pupilas de su pareja divagan y suspiros salen de entre sus labios cuando cree que nadie le presta atención.

—Suena como alguien importante —insiste más tarde, incapaz de contenerse, sin la necesidad de especificar de qué está hablando, ya que Dean parece no haber dejado de pensar en el tema desde que lo trajo a la colisión.

Ben juega afuera con sus amigos y pueden oírlos correr, gritar y reír, como los niños que son —niños verdaderos, no monstruos cambiantes, gracias a Dios. ¿Algún día podrá dejar de mirar a los hijos de sus amigas con desconfianza y revisar el reflejo de su hijo cada vez que tiene la oportunidad? Cree que no—.

Suena —responde Dean, removiéndose, incómodo, en el sillón, sin agregar nada más, mordiéndose el labio inferior antes de dar un largo trago a la boca de su botella de cerveza.

Le gusta mucho el alcohol y ese es uno de los únicos peros que ella le ha puesto.

Lisa hace una mueca y se hunde contra el respaldo del sillón, la mirada fija en el programa de televisión que están viendo, aunque sin prestarle atención.

Castiel, Castiel, Castiel.

El nombre se repite en los sueños de Dean una y otra vez, incluso más que el de Sam y Adam, tanto, que pronto se da cuenta de que, más que un salvavidas hecho a la medida para él, es un clavo sacando otro.

—O—

IMPORTANTE:

Creo que el escribir y publicar debería tener cierta remuneración del lector para con el autor, pero muchas veces el lector pasa de largo al autor, como si las historias que leen y ponen en favoritos tan descaradamente surgieran de generación espontánea o algo por el estilo. Pero hacer campañas es pedirle peras al olmo, así que he decidido que, en vez de tener fechas fijas de actualización, publicaré cuando lo recuerde o sienta el impulso.

La mayoría de mis historias abiertas ya están terminadas, pero se están quedando en hiatus, por el momento.

Me encuentran en:

Página de Facebook: PruePhantomhive (recomendaciones, actualizaciones, nuevas historias y lo que se me ocurra en el transcurso de los días).

Canal de YouTube: Prudence Hummel (Ecología. Y mucha).