Sí, lo sé, actualizo esto muy rapido pero me ha contado un pajarillo que Ale está de cumpleaños así que a falta de algo mejor (porque la historia que estoy haciendo de Annie está llena de spoilers de cynthia y otra no se me ocurre xD) dejo esto por acá. No tiene gore, (sorry) pero sí momentos épicos así que espero que lo aprecieis.
Capítulo 2: No es tan fácil.
Annie Cresta
Amarillo.
La luz que me da la bienvenida a aquella sala de fiestas es de color amarillo brillante. Tengo que protegerme los ojos para no quedarme ciega. El Capitolio es tan extraño. Demasiado iluminado, demasiado brillante, pero sobre todo demasiado excéntrico. Aunque cuando lo vi por primera vez, en la pantalla de la academia del distrito durante unos juegos del hambre, el termino que más ocupó mi mente fue asombroso. Pero no en el buen sentido, al contrario.
Asombrosamente ridículo.
He llegado con el tiempo justo al Capitolio, convencer al presidente no ha sido nada sencillo para Mags, casi no lo consigue. Y yo ya estaba preparada de antemano para tener que iniciar todo en mi gira. Solo que ignoraba como podría hablar a solas con Cashmere, estando toda la atención puesta en mí. Al final la mujer anciana obtuvo permiso, con la excusa de que intenta prepararme para que realice mi gira adecuadamente. Sin incidentes.
Como si mi estado fuera a arreglarse con un poco de terapia.
Cuando me acostumbro al brillo de los focos amarillos, ojeo la sala en busca de mi objetivo. La vencedora rubia se halla bailando con un hombre que rondará los cuarenta. Sacudo la cabeza, al parecer Finnick no es el único que termina bailando con todos en las fiestas. La pregunta sería si ella también lo hace "obligatoriamente."
Sin quitarme la capa oscura que cubre mi rostro, intento fundirme entre la multitud. Una de las primeras cosas que tuve que hacer nada más llegar fue darle esquinazo a mi cuidadora, afortunadamente gracias a su edad ha sido muy sencillo, simplemente, esperar a que se fuera a descansar. Después bastó con cubrirme para que no me reconocieran. Sé que al capitolio no le importo mientras perdure la mentira de que estoy loca de atar, pero con lo rápido que me dijeron que se transmiten los rumores por aquí, no puedo permitir que se enteren de mi presencia antes que mi novio. No me dejarían acercarme a él.
Cuando llego Cashmere ya paró de bailar y fue a por una bebida, al parecer ese hombre no era su cita ya que no está esperándola, sino hablando con otra persona. Me cuelo a su lado y le hablo.
– Disculpa, ¿Cashmere Shine?–Ella se vira, con el hastío notable en su rostro. – Soy Annie Cresta. Me gustaría charlar de un asunto importante contigo. – Levanto el rostro, insertando de forma discreta mi mano en el bolso grande de mano que porto, y acaricio el mango del cuchillo que yace entre otras herramientas útiles para mi propósito. Ahora su rostro luce sorprendido. Observa a los alrededores y, antes de que pueda preverlo, me arrastra al baño. Afortunadamente no hay nadie dentro.
–Pero, ¿estás loca? No puedes presentarte así en el Capitolio. La gente podría reconocerte.–Me dice, en voz baja, alejo mi mano del arma y me río. Mejor no.
– Por ahora no lo han hecho.–Presumo quitándome la capucha. Ella suspira.
– Por fortuna tu falta de estilo es una linda máscara para los idiotas que nos adoran. Nadie espera a la gran Annie Cresta luciendo como poco más que una vagabunda, ¿o sí?–Insinúa. Estoy a punto de cambiar de idea y darle un cuchillazo en el lugar menos indicado, cuando adopta una postura más razonable, y dice.–¿Y bien? ¿De qué querías hablar?
– De Finnick. – Contesto tímidamente. –Quiero que te alejes de él.–Le suelto autoritaria, la primera vez que la vi tan apegada a él quise matarla, sigo queriendo hacerlo, más durante estos días reflexioné un poco. La mujer será odiable, pero es una vencedora, no puedo eliminarla sin que se arme un escándalo, y si justo ocurre eso no podré eliminar adecuadamente a mis otras rivales. Debo ser astuta.
Cashmere se ríe.
– ¿Y eso a santo de qué?–Se burla. –Somos amigos, no puedes separarnos por un simple capricho.–Pero, ¿será posible? ¿Qué se cree la chica esta? No es capricho, él es mi novio. Debe estar conmigo.
–Precisamente por eso te lo estoy pidiendo. Yo… Soy la novia de Finnick Odair. Debo estar con él, no soporto más verlo con otras chicas. Vine a hablar contigo porque valoro vuestra amistad, pero si te empeñas…–Su estridente carcajada me desorienta, impidiéndome saber cómo reaccionar hasta que se calma.
– ¡Oh! Ya entiendo, estás celosa. – Afirma con una sonrisa. – Finnick no lo sabe, pero estás celosa. – Repite riendo. – No te preocupes por mí, no tengo nada que buscar en él. Solo intento ayudarle, la vida de un codiciado vencedor es dura, ¿sabes? Todos necesitamos a alguien que nos entienda para sobrevivir. –Cada vez estoy más confundida, ¿en serio ella no...? –Obviamente no pretendo despreciarte, es solo que, ¡mirate! ¿Como pretendes que las gentes de aquí te dejen verle en ese estado? Luciendo como todo menos una vencedora respetable. Deberías cuidar tu imagen un poco. – Ahora parece querer aconsejarme. – Y tus modales, nadie te creerá cuerda si abordas a la gente así.–Sonrío.
– No tienen porque creerme cuerda si las mato a todas. – Mi mano vuelve a cerrarse alrededor del cuchillo y lo saco ante su mirada despreocupada, cuando ella vuelve a reírse, y dice:
– Tampoco te dejaran ellas acercarte si te ven loca de atar. Ni los de arriba volver al Capitolio ya que estamos. Podría gritar. Un solo sonido y tendrías a los agentes de la paz sobre ti. Ni siquiera te dejarían despedirte de tu novio, ya que él no sabe que estás aquí. Estás jugando a un juego muy peligroso, Annie. – Me advierte, y así me detiene.
– Vale. – Concedo despacio, sin soltar el arma. – ¿Y eso en qué te atañe a ti?
–Ya te lo dije, Annie, como amiga quiero ayudar a Finnick. Y ya que no me dejas permanecer como apoyo, deberé asesorarte a ti. Finnick se sentiría muy triste si el Capitolio no le dejase verte jamás. Y ellos podrían hacerlo si te consideran peligrosa. – Me explica, más comedida. Me obligo a soltarlo todo, maldita sea, tiene razón.
– Entonces, ¿qué propones, diva del Capitolio?–Una risa es la respuesta a mi pregunta, finalmente se acerca y sostiene mis cabellos.
– Por ahora solo un cambio de imagen. En estos momentos tu novio está disfrutando de una "agradable" fiesta de cumpleaños junto a Thalía.–Me explica con una pequeña sonrisa. Asiento. Thalía, ese es el nombre de mi rival, la chica que me arrebató la oportunidad de darle un inolvidable cumpleaños a Finnick. – Tenemos tiempo hasta que deba traerla a su habitación a terminar la noche. Ven conmigo.
Recoge mi arma y me la pasa con un gesto de silencio. Decido ceder y seguirla, guardándola de nuevo, derrotada pero no rendida. Ahora mismo no puedo contradecirla, si lo hago quizás pierda la oportunidad de eliminar a Thalía. Y entonces nunca podré ayudar a Finnick.
.
Finnick Odair.
Me cuesta creer que la noche ya haya caído. Y que yo todavía esté aquí. En este restaurante. Con ella.
Thalía se pega a mí como una lapa. Es una muchacha repelente de veinte años; pelo largo y rizado de color rosa y ojos dorados.
–¿Lo sientes Finnick?–Me pregunta, cogiendo mi mano y posándola en sus pechos. La observo confuso, ¿qué se supone que debería sentir?
Su ceja se arquea, molesta.
–¿Qué pasa? ¿Por qué no me contestas? Vamos, no seas estúpido. Es obvio que no llevo sujetador. –Hago una mueca y aparto mi mano. No es que no esté bien dotada, al contrario. Simplemente me siento algo desganado esta noche. Y ella... Parece algo ida, ha bebido bastante mientras festejaba que su amante predilecto ya tiene un año más.
–Vamos, no digas tonterías, Thalía. –Intento reír, pero, cuando menos lo espero ella, me agarra por el brazo.
–¡No te apartes!–Me ordena. –¡Esto aún no ha terminado!–Su tono autoritario me pone de los nervios, pero no puedo hacerle nada. Desde el momento en que nos conocimos, durante los juegos de Annie, siempre ha sido así entre nosotros. Ella era una muchacha caprichosa y privilegiada, acostumbrada a conseguir todo lo que quisiera. Entre ellos un puesto de vigilante, y a mí…
Todo comenzó en los Septuagésimos juegos del hambre. Cuando mi antiguo mejor amigo, y una de las personas que más apreciaba y admiraba, salió elegido, justo después de que Annie Cresta se presentara voluntaria.
.
Ella se me presentó nada más llegar al Capitolio, una vigilante primeriza interesada en mí. Podría decir que me sorprendió, pero lo cierto es que no era la primera, ni la última, en ese puesto. He tenido amantes de todos los rangos y edades. Nada me sorprende, como sí lo hacía en mis primeras semanas de Gigoló. El problema fue que, en ese momento, después de mi primer e inútil intento de que mi antiguo mejor amigo me hiciese caso como mentor, estaba demasiado tenso. Tanto que cuando esa mujer de pose altiva y petulante me abordó intentando, como muchas mujeres del Capitolio, seducirme para que le concediera unos momentos, directamente me negué. Poniendo a mis tributos como excusa.
Cabe decir que en aquel momento ignoraba su rango y poder. Que cuando lo supe era demasiado tarde, ya me había comprado como un regalo extra para su debut. Y, como compensación por el mal trato de aquel día, el presidente le prometió que podría ser suyo más de una noche, si encontraba la forma de retenerme. Demás está decir que lo hizo. Y demasiado bien debo añadir.
Nuestra relación comenzó y sigue con mal pie. Se pasó todos los Septuagésimos Juegos coaccionándome con la vida de Sean y Annie. Aprovechando el hecho de que por mí mismo, no sabía a cual de los dos elegir. Cada vez que me desligaba de su camino, no importaba mucho la razón, me amenazaba con dañar a uno de ellos. Convirtiéndolo todo en una prolongación del juego en que se convirtió mi vida desde que salí de los Sexagésimo Quintos Juegos del hambre. Tampoco era la última mujer que se atrevía a hacerlo, pero sí desde luego la más astuta.
Sin embargo, que supiera manejarme como nunca nadie lo hizo, excepto quizás el presidente, no significa que yo siempre saliera perdiendo en aquellos juegos. Fue gracioso en cierto modo como se dio todo: Sean Kingsley, ese inteligente amigo al que nunca creí poder recuperar, me acabó dando la clave que no solo me ayudó con esa mujer, sino también a soportar mi situación de ahora en adelante.
Fue el último día en que intenté, por enésima vez, que me brindase algo de caso. Desde que, por mi culpa, dejamos de ser amigos el chico se había vuelto muy frío conmigo. Me dolía pero nada podía hacerle. En el momento en que perdí a mis padres, a causa de mi primera negativa a ejercer de acompañante, supe que cualquier persona cercana a mí era una víctima potencial. Un error y podía perderlo todo. Así que emprendí la dura tarea de alejarme de todos los amigos que tenía hasta la fecha. No es que ayudase mucho, porque todavía así me preocupaban, pero, en cierto modo, me ayudó a sentirme más tranquilo para lo qué hice después: aceptar.
Algo que creo que no habría sido capaz de hacer si siguiéramos siendo amigos. Cuando Sean salió elegido intenté aprovecharlo para ser su mentor, porque con él sí que creía saber como actuar. Conocía su carácter impulsivo y colérico desde siempre, era algo sencillo de manejar, en cambio Annie...
Simplemente dejé de saber cómo actuar en el momento en que supe lo que sentía por ella. Tampoco es que pudiera hacer mucho, el Capitolio no podía saber la verdad, la eliminarían en un segundo. En cambio él, quizás tuviera una oportunidad de vencer si moderaba su rebeldía. En realidad, los dos la tenían, eligiese a quién eligiese. Tenía conjuntado con Mags un plan para cada uno. Pero enseguida la situación se desvío ya que Sean dedicaba sus días de entrenamiento a ignorarme, igual que en el distrito o peor, y Annie tampoco estaba consiguiendo muchas simpatías entre los demás profesionales.
–¿Sabes?, podrías hacer un esfuerzo por olvidar. Esto no está siendo fácil para mí tampoco. –Le dije entonces, hastiado. El chico pelirrojo de apenas un año menor que yo se viró hacia mí, soltando el pomo de la puerta de su habitación del centro de tributos, lentamente.
– Claro, porque en estos momentos estás sufriendo mucho, ¿verdad?–Ironizó sonriendo de una forma que no me gustaba nada. –Vamos, Fin. No me hagas reír. –Recuerdo que puse una mueca al escuchar la forma despreciativa, en que pronunciaba el apodo por el que Annie y él se referían a mí, hace ya varios años, cuando todavía éramos amigos.
–No pretendo hacerlo. Es solo que no tienes idea de nada.
–Y a este paso tampoco voy a tenerla antes de morir. Un poco cruel, ¿no crees?–Volvió a sonreír de esa forma que comenzaba a odiar, demostrando que a pesar del tiempo seguía teniendo aquel extraño contraste entre impulsividad y manipulación, que le hacía conseguir lo que quisiera en el distrito. No respondí.
– Tienes razón, podría hacerlo. –Admitió tras un tiempo. –Olvidar todo lo que te veo hacer en televisión por un minuto, pero no me interesa. Me decepcionaste mucho, Finnick, y no solo por aceptar. Debí imaginarlo después de lo que pasó.–La última frase sonó como un murmullo que me dejó algo impresionado. Si bien Sean siempre había sido demasiado intuitivo por su propio bien, nunca me imaginé que pudiera sospechar, como lo hacía, de los trucos del Capitolio. –Sino porque ni siquiera te esforzaste en buscarle un beneficio propio ¡Podrías conseguir lo que quieras de esa gente!
.
Lo que quiera. Aquello era algo en lo que no había pensado hasta que lo pronunció. Lo que podría darme la gente del Capitolio. No era que no me dieran nada hasta ahora, al contrario, obviando el dinero que le llegaba al presidente, siempre encontraba un detalle entre las sábanas, o entregado en mano por quién fuese mi amante esa noche. Principalmente joyas, más dinero, viajes, o, incluso, posesiones que no me interesaban. Detalles que me veía forzado a agradecer con besos y caricias, en vez de tirarlos a la basura, como deseaba. No fue hasta aquel día que me puse a pensar en algo que querría de verdad. Una ayuda, una ventaja, lo que fuera que pudiera usar ahora o más adelante.
Fue así que nació mi técnica de robar secretos a cambio de mis servicios. Thalía fue la primera en ofrecerlos sin demorarse, aunque estando como estaba metida en los juegos eran más ayudas para que mis tributos sobreviviesen, que otra cosa. Pero, en cierto, modo, después de la forma en que me coaccionaba, se sintió bien…
Era una ventaja, algo que podía tener de ella si me esforzaba. Intenté manejarla a mi voluntad, y, en cierto modo, lo conseguí, ya que Annie sí salió de la arena. Mas lo que pasó después con ella me demostró que todavía tenía mucho que aprender.
Las consecuencias de los juegos nunca son buenas para nadie. Pero no puedo evitar la sensación de que para la chica fueron peores. De que se quedó sola al rechazar la ayuda de todos, o al menos lo habría hecho de no ser por mí.
Y ahora está sola de nuevo en este día que debía ser tan especial para mí, por culpa de quienes me retienen aquí otra vez. Quizás por eso estoy tan ausente con Thalía, porque pienso en Annie.
Intento empujarla suavemente, con ansia de acabar la cita cuanto antes. Pero ella vuelve a ponerse caprichosa e insiste en que la lleve a la habitación del hotel, como prometido, que tengo mucho que pagarle. Rehuyo mis ganas de matarla y acepto, de todos modos es inevitable.
–Las estrellas brillan muuucho. –Pestañea un poco mientras se deja llevar por mi mano, que evita que se tambalee, y caminamos ante la noche. No le hablo y ella tampoco me hace conversación, limitándose a agarrarme como si le fuera la vida en ello. No le digo nada, estoy demasiado habituado a estas reacciones. Cuando llegamos ella intenta tirar de mí algo más entusiasmada, parece más directa, menos ida. Le muestro una pequeña sonrisa, como si me divirtiese su actitud, en el momento en que me parece oír a alguien por los pasillos. Y me detengo.
– ¡No te pares! Nos estamos divirtiendo, ¿verdad?–Me interroga, compongo una de mis mejores sonrisas, pero no tengo ocasión de responder...
Porque entonces la veo.
– ¿Annie?–Alcanzo a preguntar. Estoy seguro de que es ella. Pero, ¿qué hace aquí? ¿No debería estar esperándome en el distrito cuatro?
¡Sorpresa! ¡Sorpresa! ¿Qué hace Annie ahí? Vosotros os haceis una idea. Finnick no jajajaja. Los que hayais visto videos de yandere simulator reconecereis el papel de Cashmere como el de info-chan así que créditos de la idea a yanderedev. En cuanto a lo de Finnick y los secretos, pues bueno, yo siempre pensé que aquello no se le ocurrió porque sí solo por ganar al Capitolio. Simplemente no sabía que pudiera hacerlo hasta que alguien se lo hizo ver. Y bueno amo a Sean como maldito genio rebelde manipulador así que... ¡De nuevo feliz cumpleaños ale! y ¡Hasta otra actualización!
