Bueno, supongo que siempre es un buen momento para intentar escribir. No se como salga esto, ni si la historia terminará bien o mal, pero agradezco a quienes le dan una oportunidad. Igualmente, desde aquí, les pido que DEJEN COMENTARIOS. Cualquier pregunta, duda, sugerencia que tengan, intentaré responderla.
Nota: Bueno, no se porque lo sigo aclarando, pero esta historia puede llegar a ser muy oscura y cruel. Pero por el momento parece que no. Solo quiero aclarar que pronto llegarán… ¡Ah, por cierto! Si alguien lo cree, aclaro que Harry Potter no es mío… Y por último, si, es corto; pero que quería...
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Capitulo 03: El Avance de la Oscuridad
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El pequeño elfo Dobby veía a su amo muy atentamente aquellos días. Actuaba extraño, de pronto siendo el mismo joven dolido que era, y a veces volviéndose frío y distante, dejando de hablar, y poniendo extrañas sonrisas en su cara. Pero el pequeño amo Draco parecía no darse cuenta, porque siempre que estaban juntos sonreía tristemente como siempre, pidiéndole de comer, pidiéndole un lugar para dormir. Pero cuando estaba solo…
- ¿Podemos salir de aquí? –le dijo Draco, con una voz baja y susurrante.
El pequeño rubio señalaba alrededor, mostrando la casa vieja y tétrica donde se encontraban. Desde hacía una semana, se estaban quedando en la casa Black, y el niño no podía estar más enojado por eso. Realmente quería irse de allí, porque era solo otra prisión solitaria, como su propia mansión.
- Lo siento, joven amo –contestó tímidamente Dobby—Pero debemos permanecer un poco más aquí.
Dobby esperó un puchero, pero nunca llegó. El pequeño amo cayó con un ruido seco al suelo. El elfo fue a recogerlo, pero este lo apartó de un golpe. Con una mirada fría proveniente de sus ojos, el amo lo apartó de un seco manotazo. Entonces habló con una voz fría, que jamás había visto en él.
- Nunca vuelvas a tocarme, basura de sirviente…
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Tenía una semana desde que Harry había ido a aquel misterioso lugar, donde las cosas parecían moverse solas, y donde todo era demasiado extraordinario. Todavía no creía que la carta fuera real, y que realmente la magia existiera. Entonces el se iría lejos, y podría traer de vuela a su familia, a su tía y a su primo… a sus padres.
- ¿Podemos volver a ir? –le preguntó al niña de pelos rubios y aire distraído.
Harry no sabía que decirle. Aún él no se creía lo de la magia, menos pensaba que ella lo considerara real. Pero cuando la vio allí en la calle, sonriendo, no pudo evitar sonreírle también, y desde entonces quería volver allí. El también tendría que volver si quería conseguir lo necesario, pero no tenía nada de dinero.
- Dime como puedo llegar hasta aquel callejón –repitió con su voz aguda la niña de mirada extraña. Aún no comprendía como lo había seguido todo el camino. Pero inevitablemente tendría que regresar, y no quería ir solo.
- Pronto, pronto… -le dijo cansando, mientras se volteaba a dormir.
- ¿Me lo prometes?
- Está bien… Te lo prometo.
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Draco se despertó solo en su habitación. No recordaba nada desde que se había desmayado en el comedor, hablando con Dobby. Pero ahora estaba acostado en la cama, vistiendo ropas extravagantes como las capas de su padre, y completamente exhausto. No sabía que es lo que le pasaba.
Caminó hasta la fuera de la habitación, buscando a Dobby. Lo vio finalmente en la cocina, con la estufa prendida y haciendo comida como poseído. Se acercó un poco, con pasos temblorosos, hasta estar frente a él.
- ¿Qué pasa? ¿Esperas a alguien? –dijo despacio.
El elfo saltó por los aires al escuchar su voz. Tiró los platos al suelo, y comenzó a temblar nervioso mientras los recogía desesperado. Draco no sabía que hacer, solamente había visto al pequeño sirviente así después de las palizas de su padre… No podía ser, su padre no estaba aquí.
- ¿Qué es lo que tienes? –preguntó acercándose.
El elfo tembló más, desesperado. Comenzó a alejarse mientras susurraba algunas vanas excusas. Draco intentó calmarlo, pero solo lograba que el sirviente se pusiera más loco, y se acurrucara en el rincón.
- ¿Qué es lo que te pasa? –preguntó Draco, antes de enmudecer completamente.
Vio el espejo tras de Dobby, roto y sucio. Pero a pesar de todo, pudo reconocer su imagen. Con razón el sirviente estaba asustado, pues él tenía los ojos completamente rojos, y la piel blanca cual vampiro.
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Un joven pelinegro caminaba por las calles de Londres, buscando el misterioso lugar. Tras él, una niña de cabellos rubios corría saltarina, cantando una alegre canción sobre la luna y las estrellas. Finalmente, se pararon frente a un viejo bar perdido, y a nadie pareció importarle cuando los dos pequeños entraron al lugar. Fue en aquel lugar donde el pequeño recuperó la esperanza de una familia.
Lentamente tocó los ladrillos, esperando que no hubiera sido una ilusión. Lentamente los contó, y con las manos los fue tocando uno a uno. Esperó, mirando con los ojos abiertos todo, pero nada pasó. La niña rubia seguía esperando.
- ¿Cuándo se va a abrir? –decía con una voz aguda y distante.
Harry no contestó, aún viendo el lugar. Enojado por su propia idiotez, golpeó con el pie el suelo. Todo comenzó a temblar, y las paredes se movieron. El niño volteó, y la visión le quitó el aliento. Todo el callejón estaba vacío, a diferencia de la otra vez, y todas las tiendas parecían cerradas.
Olvidándose de su acompañante, entró con pasos vacilantes hasta acercarse a la tienda más cercana. Estirándose, el niño vio adentro, pero no encontró a nadie. Fue a la otra tienda, sin éxito. Suspirando, se sentó en el suelo, donde la niña le alcanzó.
- Este lugar está muy silencioso, como si el tiempo se parara.
Harry no contestó. Se quedó viendo el lugar como esperando que alguien llegara, pero como siempre nadie se presento. Lentamente se paró, y comenzó a caminar calle arriba, hasta llegar al fondo, contra la pared de mármol. El se quedó allí, demasiado responsable para un niño de 11 años. La otra joven corrió por el lugar, gritando por alguien, mientras reía con una voz dulce. Pero a parte de eso, todo era silencio.
Nadie estaba allí para ayudarlos, todo demasiado solitario. Harry estaba triste, como si todo cuanto se relacionara con el acabase roto. Aunque aún no dejó ir su última esperanza, todavía debía llegar al tren el 1 de septiembre.
