Sé que no tengo perdón de dios, pero aquí esta del 3er capitulo xP
Y sí, fueron como dos o tres meses sin actualizar y apenas estoy iniciando con esta historia Dx
Un par de días después de que Jean visitara a Francis para despertarlo de una pesadilla, él se encontraba en una reunión con los amigos del ABC:
―El hombre encuentra la perfección en el arte y sobre todo en la poesía –afirmaba Grantaire.
―Pero el ideal del hombre es buscar el conocimiento―respondió Combeferre.
Francis rió y les dijo que ambos estaban mal.
―Y se nos antojan las dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta. –expicó-. No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía.*
―Y no debemos olvidar la ciencia ―añadió Combeferre― a ella debemos el progreso de humanidad.
―La humanidad no avanza si la moral y la ética no avanzan ―interrumpió Prouvaire― un mundo sin ellas es como ir en un carro conducido por un cochero ciego.
Francis decidió no intervenir y ver a donde llegaba esta pequeña discusión.
―Tienes razón, Jean. Pero debes admitir que siento tú un poeta tiendes a preferir el mundo del arte y la filosofía y reniegas de la ciencia.
―¡Que Dios nos cuide de vivir solo en busca del arte y la belleza de la poesía! Pero he de admitir que la ciencia, en mi opinión suele deshumanizarnos. ―comenzó Prouvaire― Mil veces he estado en mi jardín pensando como describir la belleza sutil de las ramas de árbol moviéndose con la suave briza mientras los rayos del sol danzan entre sus hojas, pero jamás, amigo, me he detenido a pensar por más de cinco minutos sobre el contenido de la tintura que me receta el médico o, poniéndolo de otra manera: un rayo es majestuoso por la impresión que le causa al alma, no por la cantidad de amperios o vatios que posee y libera.**
―Vuelvo a decirlo: eres un poeta, mi querido Jean.
Jamás pudieron ponerse de acuerdo, la reunión por fin pasó a manos de Enjolras y las discusiones a ser más serias, aunque después de un rato de escuchar los planes para reunir más voluntarios ciertas personas ya no estaban poniendo atención, así que mientras fingía escuchar a Enjolras y a Combeferre discutir sus planes Francis notó a Grantaire muy pensativo y sin haber probado su copa de vino.
―¿En qué piensas? ―preguntó Francis quien de pronto había aparecido en una silla junto a Grantaire― O más bien… ¿en quién piensas? ―se corrigió con una sonrisa.
El joven frunció el seño.
―Pienso en todo, en mis amigos, en la patria, en…
―Enjolras.
Era una afirmación, no una pregunta pues en todo el tiempo que tenia de frecuentar a ese grupito Francis no había dejado de hacer conjeturas sobre la razón que llevaba a Grantaire a ser uno de los más fieles tenientes de Enjolras. Pero ahora el joven se había quedado bastante pálido mirando con renovado interés a su copa de vino.
―¡No me digas que te apena! ¡Ah! Que desencanto… y yo que te creía un conquistador.
―Por favor Francis, no bromees con ese tipo de cosas ―contestó Grantaire con cierto enfado.
―Bien, ¿quieres oírme hablar en serio? ―Francis le dirigió una mirada intensa y sincera que captó la atención de Grantaire― Díselo. No te condenes a vivir en una duda y un dolor eternos ni lo condenes a él a la ignorancia ―hizo una breve pausa―. ¿Quién sabe? , tal vez te corresponda.
―¡Oh! ¿Quien le corresponderá a Grantaire? ―preguntó un emocionado Courfeyrac, quien por suerte solo había escuchado el final de la conversación.
―Esperen… ¡¿Grantaire enamorado?! ―ahora era un incrédulo Joly quien interrumpía.
―Pequeños, déjenlo en paz, no lo molesten en su melancolía ―defendió Francis a Grantaire―. Ya es suficiente con que su amada rosa esté armada de espinas ―agregó en un gesto teatral que Prouvaire no dejo de notar.
―Ah… veo que están hablando de amor, ¿por qué no me incluyen?
Enjolras, Combeferre, Feuilly, Bahorel, Marius y Laigle, viendo que el centro de atención ya no eran las disertaciones políticas, observaron con curiosidad el pequeño corro que se había formado en torno a Grantaire.
―¿Qué sucede? ―preguntó Enjolras.
―¡Grantaire está enamorado! ―respondió Courfeyrac.
El pobre Grantaire no sabía qué hacer y se sentía sinceramente aterrado.
―¿Es eso posible? Tú, un escéptico… enamorado.
Era Enjolras. Igual de incrédulo que Joly, tan aterrado como Grantaire.
Francis sentía que había algo que lo empujaba hacia ese grupo jóvenes más que a los demás, no sabía cómo explicarlo, solo que era cosa del destino, aunque no podía negar que era con quienes mejor estaba, pues se sentía incluido en algo. A diferencia de aristócratas, reyes, ministros, obispos y toda suerte de personas influyentes en el gobierno, allí entre su gente y sobre todo con los Amigos del ABC, él podía ser y hablar con sinceridad.
Durante la tarde siguiente después de aquel incidente en la taberna Corinto en que se revelara que Grantaire estaba enamorado, Francis pudo observar las consecuencias de su consejo a Grantaire:
Por la tarde, mientras paseaba, observó a lo lejos un par de jóvenes sentados en el lugar más solitario del Luxemburgo e inmediatamente reconoció a Enjolras y Grantaire. Dio un gran rodeo para evitar ser visto y se colocó detrás de un árbol paran escucharlos. Estaba faltando a sus principios de no espiar al prójimo pero no podía resistirse a ser testigo de una confesión de amor.
Empezó a prestar atención, ellos conversaban de algunos detalles de sus reuniones con obreros y artistas y coincidían en que los ánimos se estaban enfriando, aunque el fuego que ardía en los corazones de la gente no podía ya ser apagado.
―Bueno, no creo que fuese necesario traerme hasta aquí para hablar de lo que siempre hablamos en un café o taberna ―empezó Enjolras.
―Cierto, hay algo importante que debo decirte.
El semblante serio de Grantaire alarmó a Enjolras.
―No irás a dejarnos, ¿verdad? ―Enjolras sonaba casi herido― sé que en realidad no crees en lo que hacemos y…
―Creo en ti y en todo lo que haces y te seguiré hasta el fin del mundo, hasta la muerte.
Enjolras se sintió profundamente conmovido y dio una mirada de sincero agradecimiento a Grantaire y por un buen rato no supo que decir.
―Entonces, ¿qué es lo que pasa? ―por fin reunió algunas piezas de su mente para seguir con la conversación.
―Precisamente eso.
―No entiendo.
Grantaire suspiró profundamente y le dirigió a su compañero una mirada que expresaba la devoción que le tenía.
―Te amo.
Hubo un momento de suspenso y Grantaire temió que Enjolras estuviera buscando una forma amable de rechazarlo cuando volvió a escuchar su voz.
―Yo también te amo ―respondió como si fuera la cosa más obvia en el mundo―, eres mi amigo.
Esas últimas palabras hacían más real el frio velo que separaba a Grantaire de Enjolras.
Francis, desde su sitio pudo ver el dolor reflejado en el rostro de Grantaire y sabia que él lo había empujado hacia ese abismo, aun así no se arrepentía, una verdad dolorosa es mejor que mil años de ensoñación.
―Sigues sin entender ―se escuchó la triste voz de Grantaire.
―Entonces explícame.
Grantaire conocía solo una forma de explicar aquello. Tomó el rostro de Enjolras entre sus manos y se inclinó para besarlo. Enjolras no retrocedió pero tampoco correspondió el beso, luego, tomando sus hombros, lo aparató con suavidad y se puso de pie para retirarse. Grantaire temió haber hecho algo que le haría perder a Enjolras para siempre y se sumió en la desesperación.
―¡Por favor! Soy un tonto, ¡perdóname!…
―No me pidas perdón ―respondió Enjolras en un tono neutral―. Solo… olvidemos lo que acaba de pasar.
―Entiendo.
―Grantaire ―Enjolras lo miró de una manera enigmática―, es que no es correcto…
Grantaire lo observó partir, quería llorar pero por alguna razón no podía, hasta los crueles dioses de la miseria le negaban el medio para desahogarse.
―Mon ami, cuanto lo siento…
Francis había salido de su escondite y ahora estaba frente a Grantaire quien sonrió con amargura.
― ¿Estabas espiándonos?
―No. Pero escuché lo que dijo antes de irse ―mintió.
Grantaire se puso de pie y empezó a caminar sin rumbo, Francis lo siguió en silencio.
―¿Cuánto tiempo crees que tarden en encontrar mi cadáver si me arrojo al Sena?
―¡Mon Dieu! ¡¿En qué estás pensando?!
Francis lo escucho reír, era una risa sincera aunque melancólica y se relajó un poco.
―No te preocupes por mí, suelo superar los golpes de la vida con facilidad ―afirmó Grantaire―. Por cierto, sé que fue una casualidad, pero gracias por estar aquí.
―Para eso estamos los amigos.
―Sí, y también gracias por el consejo… Aunque me haya rechazado… al menos lo sabe y yo por mi parte intentaré no amarlo tanto.
―Sabes, jamás creí que Enjolras fuera a rechazarte porque no es correcto. El amor tiene muchas formas y expresiones, lo que no es correcto es censurarlas.
―No creo que se refiriera a que no es correcto porque ambos somos hombres.
―¿Entonces?
―Necesitas comprenderlo, hay cosas más importantes en el corazón de Enjolras como para distraerse con un amor carnal.
Cosas más importantes… Francis sintió como si lo hubieran abofeteado. Era él mismo quien se interponía en el destino y proyectaba una larga sobra sobre las almas de aquellos jóvenes. Es que, ¿Cómo podían pensar en amar si estaban rodeados de tanto odio e injusticias? La enfermedad de la nación infectaba los corazones de la gente y era preciso arreglar al primero para sanar el segundo.
―¿Qué tienes? Parecería que fue a ti a quien rechazaron.
―Pensaba en lo odioso que es este país…un lugar en el que hay tantos problemas que los jóvenes ya no pueden pensar siquiera en tratar de buscar la felicidad y el amor.
―¡Qué no te escuchen los demás! En especial Enjolras… ―rió― ¿Es que no lo ves? Todos ellos, sobretodo él, nacieron con espíritu de lucha, necesitan pelear por algo y para ellos la máxima y más sublime causa es luchar por una patria justa. Por la República.
―¡Mis pequeños! Me... ―se interrumpió antes de decir algo que pudiese comprometer su identidad o, más seguramente, su estado mental.
―Jamás entendí porque nos llamas pequeños ¡Tenemos la misma edad!
Francis rió alegremente y de corazón. ¡Ah! No podía evitar llamarles pequeños porque―aparte del hecho de que en realidad era cientos de años mayor que ellos― los consideraba sus hijos. Todos ellos y también los niños en el parque que reían felices en la compañía de sus padres, las mujeres ancianas que tejían hermosas prendas al tiempo que tejían hermosas historias, los obreros que a diario labraban con sus manos su destino y sí, también los niños muriendo de frio en las calles, las mujeres que vendían su cuerpo por no tener más recurso para conseguir un pedazo de pan y los criminales que se veían orillados a robar para sobrevivir.
Pero.
―¿No tengo derecho a tener manías? ―Fue su simple respuesta a Grantaire.
―¡Ya te dije que no es nada! Además fue mi culpa, Courf….
―¡Ese maldito bastardo casi te estrangula y aun así tiene el descaro de ir a nuestra reunión y de actuar lo más normal del mundo y tú dices que no es nada!
―Por favor, clámate.
―No me voy a calmar hasta que Francis page por lo que te hizo ―Courfeyrac salió de la habitación dando un terrible portazo que debió escuchar medio París.
Prouvaire había ocultado muy bien las marcas en su cuello, pero desafortunadamente Courfeyrac había tomado las precauciones del poeta como signo de que estaba ocultando alguna marca dejada por un amante, Jean erróneamente lo negó, esto hizo que Courfeyrac quisiera «demostrarlo científicamente», es decir con pruebas y que terminara quitándole la corbata y revelando las terribles marcas en su cuello.
La reacción de Courfeyrac sería algo que Jean jamás podía olvidar: primero la expresión de completo horror… que después fue reemplazada por una mirada de furia en su más puro y crudo estado.
Bien...
después de meses de no tocar esta historia, por fin creo que tengo tiempo e inspiración para seguir Dx
or so I hope
Oh si, lo olvidaba:
*eso es de María Zambrano y
** estoy 99% segura de que los términos amperios y vatios y voltios todavía no se usaban en esa época pero, mi excusa para no buscarle a Jean algo mejor que decir es... ¿que el termino amperio es en honor a un científico francés?
sip pésima excusa
