¡¿Qué tal, nakamas lectores?! Al fin he vuelto al fandom LuNa después de unos días en los que escribir se me había tornado una labor complicada, tanto por visitas mi casa y tareas de la misma que requerían atención, y también por problemas personales que espero no vuelvan a hacer retrasarme en la actulización de mis fics, pues escribir (que es una de mis pasiones) y compartir con vosotros lo que escribo es algo que me llena de mucha dicha.

Éste capítulo será el último de este fic; no sé exactamente cuando subiré uno nuevo de esta saga (pues debo volver a concentrarme en mis otros fics LuNa), pero ya tengo pensado dos historias nuevas, incluyendo la llegada de Mae como bebé a la tripulación Mugiwara.

¡Y ahora, que se abra el telón!


Durante la mañana del penúltimo día de su estancia en Fuusha, Luffy y Mae decidieron que aquél sería el último día que acamparían en Corvo, y que el siguiente lo pasarían en la villa junto al resto de la tripulación Mugiwara, hasta que el Thousand Sunny zarpase durante la medianoche. Por recomendación de Nami, que sabía que los barcos piratas solían ser menos activos durante la noche (y por tanto, menos peligrosos), el barco del Rey Pirata solía abandonar los lugares donde anclaba a partir de la medianoche, para así evitar lo máximo posible toparse con enemigos tan cerca de las poblaciones.

La castaña ya tenía varias marcas en el cuerpo que indicaban sus peligrosos encuentros en la selva con las salvajes criaturas y los difíciles terrenos que había recorrido: se había caído al río al menos seis veces; un pez carnívoro, un lobo y un buitre (todos ellos de tamaño normal, por suerte) la habían mordido y arañado; cuatro veces había pisado en falso escalando paredes de roca, lo cual le había producido una caída o, por lo menos, un roce con las piedras sobresalientes; se precipitó por accidente desde un árbol tres veces; y se dio de narices contra el suelo cuatro o cinco veces cada día intentando seguir el ritmo de su padre al correr a través de la espesura, aunque últimamente, gracias al ejercicio diario, sólo se caída una vez o dos. Luffy, que siempre tenía un ojo puesto en ella (bien literalmente o por medio del Kenbunshoku Haki), curaba sus golpes y sus heridas gracias al kit de emergencias de Chopper, pero no reprendía a Mae si se hacía daño por una metedura de pata o por no andarse con demasiado cuidado; sabía que su hija era lo suficientemente aguda como para aprender rápidamente de sus errores (aunque sí la regañaba cuando lo deseobedecía y se exponía a correr un grave peligro, por lo que entonces la reprendía con un buen coscorrón).

El Rey Pirata observaba con orgullo cómo su heredera progresaba según iba pasando aquella última semana, durante la cual la pequeña demostraba tener increíbles dotes para la agilidad y la observación: aprendió a seguir rastros cada vez con más eficacia, a acechar y asaltar con sigilo a sus oponentes, y a esquivar sus ataques con una agilidad poco propia de su edad (pero como aún le quedaba bastante por aprender, éso no la libró de ganarse algún que otro moratón). Y por supuesto, a todo ésto se le sumaba su inquebrantable voluntad para continuar mejorando y haciéndose más hábil, demostrando ser digna de la D que portaba su apellido.


Aquella mañana, ambos estaban degustando sus respectivos desayunos (él, una costilla dorada de cocodrilo, y ella, la pata asada de un varano), cuando la castaña decidió preguntarle al chico de goma algo que había rondado la mente hacía unos días.

-Papá, ¿alguna vez mamá te ha acompañado para ir de campamento?

Luffy masticó unos minutos con aire pensativo antes de tragar para responderle a su hija con una sonrisa.

-Pocas veces, pero cuando lo hacíamos lo pasábamos genial, shishishi. Recuerdo que pocos días después de casarnos, Nami y yo nos fuimos a acampar a solas durante una semana. Éso fue cuando llegamos un día a una isla en el Grand Line en la que había una ciudad muy grande en una mitad, y en la otra un bosque enorme. Tu madre quería que fuésemos a un hotel de la ciudad, pero yo prefería el bosque porque era más divertido, así que poco después de atracar, la tomé en brazos y nos marchamos hacia allí, shishishi.

-¿Y mamá no se molestó contigo por decidir eso así de repente?

-Al principio ella se enfadó mucho porque no le pregunté si quería ir, y además porque creía que muchos animales salvajes intentarían comérsela, pero yo le prometí que no permitiría que eso pasara, y al final aceptó.

El moreno rememoró el instante en que, a los cinco minutos de haber pisado la isla y sin mediar palabra, manteniéndose fiel a su egoísta tozudez, cargó a Nami en el regazo al estilo nupcial y se la llevó al galope hacia el bosque, sin hacer caso de sus furiosos alaridos y sus amenazas; las cuales se cumplieron en cuanto Luffy la dejó en el suelo una vez que alcanzaron lo más profundo de la espesura, donde la pelinaranja se desquitó dejándole la cabeza hinchada y enrojecida de tantos chichones. Pero al final él, gracias a ese extraño don que el capitán Mugiwara tenía para convencer hasta aquella navegante que era capaz de competirle en terquedaz, ésta acabó accediendo con un característico suspiro de fastidio.

-¿De verdad había animales peligrosos en esa isla?- siguió preguntando Mae, ansiosa por continuar escuchado aquella historia.

-Sí, sobre todo osos y lobos. En la zona donde acampamos rondaba un oso enorme que era muy agresivo; en más de una ocasión nos atacó por sorpresa y siempre iba a por tu madre, pero al final lograba escapar antes de que yo pudiera patearle el trasero. Pero un día antes de que decidiéramos regresar al Sunny Go, tu madre y yo conseguimos derrotarlo.

-¿De verdad? ¿Luchasteis juntos contra ese oso?

-Pues claro, shishishi. Yo le di la mayoría de los golpes, pero en una ocasión en la que no pude esquivar bien al oso, él me hirió con un zarpazo. Entonces tu madre le dio el golpe final al freírlo con un ataque de rayos.

El joven volvió a inundarse en los flashbacks de aquella breve y alocada luna de miel; recordaba que después de haber dejado KO al animal, Nami había acudido a atender sus heridas. Como Luffy no quería desperdiciar ni un día de su aventura en solitario con ella y además el daño no le parecía tan grave, se negó a volver al Sunny o a la ciudad para que Chopper lo atendiese, de manera que la pelinaranja se rasgó parte de su carísima falda de marca para vendarle el arañazo. Aquel gesto, que cualquiera podría interpretar como algo prácticamente normal para una pareja en tales circunstancias, conmovió sobremanera al chico; pues sabía que para su navegante estropear algo tan nuevo y, sobre todo, costoso como aquella prenda (ella había comentado en algún momento que se había gastado 40 000 berries en dicha falda), suponía un gran sacrificio teniendo en cuenta su fuerte instinto de tacañería.

Nami comentó al respecto que no le importaba, ya que de todos modos su ropa ya se veía muy gastada después de haber pasado tantos días de acá para allá en la naturaleza con la misma ropa (pues evidentemente, Luffy no le había dado tiempo ni opción de prepararse otras mudas para su "aventura romática"); pero el moreno se sintió tan abrumado de todos modos, que no dudó en besarla ardientemente. A ésto le había seguido una velada que incluyó largas sesiones de sexo apasionado y palabras de amor (o gritos, mejor dicho) en un claro a la luz de la luna, animales huyendo de sus guaridas ante los sonidos que se escaparon de la garganta de la Reina Pirata, y un par de árboles derribados en los que ella había quedado apoyada por su fogoso capitán. Luffy aún recordaba aquel sensual episodio con detalle a pesar de que habían transcurrido diez años desde entonces.

-¡Sugoooooi! ¡Vosotros sois los padres más estupendos del mundo!- el chillido de admiración de Mae lo sacó de aquellos pensamientos; no era el mejor momento para recordar esas cosas, en especial teniendo en cuenta que había niños delante.

Luffy no supo qué contestar, debido a alegría que le daba el haber escuchado aquellas palabras de Mae. No era al primera vez que Chopper, Bartolomeo, Red o alguna otra persona que lo admiraba le alagaba diciéndole que era un tipo genial, o algo similar, pero al capitán Mugiwara rara vez le importaba lo que opinasen de él, ya fuese con buenos o malos ojos. Sin embargo, oír cosas así en boca de su propia hija lo llenaba de un feliz plenitud (sobre el alago hacia Nami no opinaba nada al respecto, porque él también pensaba que ella era genial).

-Tú sí que eres sugoi, Mae, shishishi- dijo el moreno mientras acariciaba la cabeza de la niña.

Más tarde, cuando la posición elevada del sol indicó que ya era mediodía, padre e hija tomaron la ruta de regreso a Fuusha para reunirse con la tripulación. Mae cargaba orgullosa sobre su hombro dos pirañas de gran tamaño que había pescado aquella mañana, las cuales serían cocinadas por Sanji para su almuerzo; Luffy, por su parte, esperaba ansioso por llegar y deleitarse con la comida del chef rubio.


Una vez de vuelta en el barco de los Mugiwara, Mae volvió a ser obacionada por sus tíos acerca de su éxito cada vez mayor en las cacerías, mientras que su padre tenía una apasionada "conversación" privada con su madre en el camarote matrimonial. Una vez que padre e hija se bañaron, comieron con el acostumbrado jolgorio de siempre: Luffy robaba la comida de sus nakamas cada vez que podía; Zoro y Sanji se picaban entre ellos hasta que acababan insultándose y haciendo volar tenedores y vasos hacia el otro, hasta que acabaron enzarzándose en una pelea a un lado de la cocina; Nami, Robin y Jinbe escuchaban a Mae mientras les contaba las aventuras que su padre y ella habían vivido aquel día; y Usopp, Chopper, Brook y Franky competían por ver quién echaba el eructo más largo (al final ganó Brook, pero al segundo los cuatro terminaron noqueados en el suelo bajo los puñetazos de la Reina Pirata, quien les espetó que no debían ser tan cochinos delante de su sobrina).

Cuando terminaron de comer, la tripulación decidió ir a la cantina de Makino. Aunque acudían allí la mayoría de las tardes, el hijo de la peliverde, Red, recibía emocionado al Rey Pirata y les pedía a él y a cada Mugiwara que le firmasen (con ésta vez ya iban nueve) los carteles de Se busca que guardaba de ellos. Así mismo, no había tardado en hacer buenas migas con Mae a pesar de su diferencia de edad (no porque fuese la hija de su ídolo, sino porque le parecía una niña simpática y le caía muy bien); de modo que antes de que ésta y Luffy partiesen de nuevo a la montaña (y cuando ella no jugarba con otros niños de la villa), lo invitaba a una partida con su ajedrez gyojin.

Esa tarde, Mae se encontraba jugando a la pelota frente a la entrada de la taberna, en compañía de siete niños (cuatro varones y tres niñas), mientras que los Mugiwaras comían y bebían entretenidos en el interior.

-Oi, Luffy, yo que tú no le quitaría la vista de encima a esos cuatro niños. Algunos miran a Mae con una sonrisa demasiado "amable"- advirtió Sanji por lo bajo a su capitán, sin dejar de observar a los aludidos con el ceño fruncido.

A pesar de la corta edad de aquellos niños, el cocinero mantenía en su idea de que los hombres no dejaban de ser hombres, y no dudaría en proteger a su adorada sobrina de cualquier indecente que se le acercase demasiado.

-A mí me parecen buenos chicos, shishishi- le respondió Luffy, poniendo toda su atención en masticar su sandwich de jamón- Además, Mae sabe defenderse.

-El deber de un padre es proteger a su hija de cualquier hombre que pueda tener malas intenciones hacia ella.

-Yo siempre la defenderé de que no le suceda nada malo, pero no voy a intervenir en las situaciones en las que Mae pueda cuidarse por sus propios medios.

-¡Eres un irresponsable! ¿Es que acaso no te preocupa el bienestar de tu hija?

-Pues claro que sí, Sanji. Y por eso mismo quiero que aprenda a valerse por sí misma.

-Pero...

-Éso es lo que ella quiere, y así será.

Luffy no entendía por qué Sanji lo estaba tratando como un padre desaprensivo, cuando además se suponía que estaba ayudando a su Mae a perseguir su objetivo; ésto último era lo que tenía que hacer un padre, ¿o no? Y lo mismo que hizo Ace cuando Luffy tenía la misma edad que Mae, debía velar por la pequeña enseñándole a cuidar de sí misma y a fortalecerse, para que cuando cumpliera los diecisiete años y partiese al mar en busca de sus propias aventuras, fuera capaz de superar los obstáculos y los enemigos que se interpusieran en su camino.

En ese preciso instante, Mae entró en la taberna y se dirigió hacia Luffy en cuanto lo vio, esbozando una sonrisa divertida.

-¿Papá, vienes a jugar al balón con nosotros?

Cualquier otro adulto miraría extrañado a su retoño si éste le pidiera unirse a sus juegos cuando estaba en compañía de otros niños, pero Luffy no era un adulto corriente (de hecho, quien lo conociera sabía que la madurez era un elemento poco frecuente en el Rey Pirata; y quien no, no tardaba en averiguarlo), de manera que no le hizo falta que su hija le preguntase una segunda vez para salir del local y robarles la pelota a los amigos de Mae a la velocidad de la luz, los cuales (Mae incluída) enseguida intentaron arrebatárselo sin éxito mientras el capitán Mugiwara les enseñaba la lengua con burla. No era la primera vez que el moreno participaba en los juegos de Mae, ya fuera porque ésta lo invitaba o porque él se unía de repente por mero capricho, demostrando así que seguía siendo el mismo niño grande de siempre, aún teniendo ya 29 años.

Por su parte, Sanji suspiró fustrado ante la escena y se retiró a la barra mientras mascullaba acerca de la incompetencia paternal que opinaba que poseía el moreno. Por su parte Nami, que había escuchado la conversación y ahora tenía al cocinero sentado a su lado, no pudo evitar esta vez ponerse del lado de Luffy, ya que aunque a ella le costaba no preocuparse por la seguridad de la niña mientras estaba en Corvo con aquel cabeza hueca que tenía por esposo, lo último que pensaría de él era que fuera un mal padre.

-Sanji-kun, deberías confiar un poco más en tu capitán, ¿no crees?

-Como capitán le confiaría hasta mi vida, Nami-san, pero como padre... eso es otro cantar.

-¿Acaso no es la tarea principal de un padre velar por que sus hijos sean felices?

-¿Qué clase de felicidad crees que le dará el que Luffy la deje sóla ante los problemas?

-Él nunca hará algo semejante, Sanji-kun. Lo único que Luffy pretende es ayudarla a convertirse en una gran pirata, que es lo que ella desea, y también lo que la hará feliz.

-¿Pero a veces no tienes miedo de que Luffy meta la pata con esos métodos tan surrealistas que tiene para "ayudarla" a ser más fuerte?

-Con Luffy nunca dejo de temer que ocurra algún desastre, pero sé que no permitirá que nuestra hija sufra ningún daño. Y eso también deberías saberlo tú, después de todos estos años en los que Mae ha estado con nosotros.

Incapaz de contradecir las palabras de la navegante a la que adoraba, el rubio sacó un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en su bolsillo y se retiró a la entrada del local para fumarlo con calma, al tiempo que observaba a Luffy haciendo piruetas con la pelota y evitando así que Mae o los demás niños la atrapasen. La castaña, que ahora era más ágil que sus compañeros de juegos, trataba de hacerse con el esférico por medio de elevados saltos cuando su padre lo pateaba por encima de su cabeza, o deslizándose por debajo de él para apartar el balón de una patada, pero el moreno siempre era más rápido. Ambos se enseñaban la lengua mutuamente, se burlaban el uno del otro y se decían insultos infantiles, pero se lo pasaban en grande después de todo.

En un momento dado, la pequeña Mugiwara saltó inesperadamente al cuello de su padre y lo abrazó, sorprendiéndolo sobremanera al principio, pero éste no tardó en corresponderle el gesto y se olvidó de la pelota que tenía a sus pies. Fue entonces cuando la castaña, sabiendo que su plan había dado resultado, se deslizó bajo los brazos de Luffy cuan gato escurridizo y se hizo con el esférico, dejando a su padre con la mandíbula desencajada.

-Biiiii- se burló la niña echándole la lengua como hacía Nami cuando robaba algo- Ahora la pelota es mía, papá. Shishishishi.

-SERÁ POSIBLE, ¿NO TE DA VERGÜENZA ENGAÑAR A TU PADRE CON UN TRUCO TAN BAJO?- espetó Luffy mostrando unos colmillos afilados; se sentía claramente herido en el orgullo por haber sido burlado por una niña de siete años, y que además era nada menos que su propia hija.

-¡Que no la alcance, chicos!- avisó Mae a los demás niños, para acto seguido pasarles la pelota y así evitar que Luffy se la arrebatase.

Sin embargo, el moreno ya no estaba interesado en recuperar el balón, sino en tomar su venganza como buen pirata que era. Además, no pensaba perdonar tan fácilmente a Mae despúes de que le hubiera hecho tal jugarreta, aprovechándose de su cariño fraternal.

-¡Prepárate, pequeño demonio, porque ahora sí que te ganaste un castigo de cosquillas!

-UAAAH. NO, PAPÁ, COSQUILLAS NOOOO.

Pero de poco le sirvió suplicar a Mae, y aunque intentó huír, Luffy no tardó en apresarla con su brazo extensible y entonces comenzó la "tortura". A las carcajadas descontroladas de la castaña pronto se unieron las de Makino, Red, los demás niños y los Mugiwara, mientras que Sanji, por su lado, reflexionaba que posiblemente había subestimado las aptitudes paternales del torpe y noble gomoso.


El sol empezaba a ocultarse tras el horizonte cuando Luffy y Mae casi habían terminado los preparativos para su última excursión a la montaña. Chopper se encontraba aprovisionando de nuevo con medicamentos y vendas la mochila de primeros auxilios; mientras que Nami, en un rincón de la cantina, volvía a advertirle a su esposo que cuidase bien de la niña, aunque a estas alturas (y tratándose además del último día que ambos pasarían lejos de la tripulación) las amenazas y avisos de la pelinaranja no fueron tan severos como en los días anteriores.

-No permitas que se coma hongos o plantas de aspecto extraño, asegúrate de que no beba agua estancada y de que no camine descalza, porque podría resfriarse...

El moreno, con expresión de fastidio, asentía sin prestar atención a esas advertencias que había oído cada uno de aquellos días antes de partir a Corvo. Mientras tanto Mae, a quien también se le hacían pesados estos insistentes avisos, decidió intervenir.

-Mamá, no es necesario que vuelvas decirle a papá todas esas cosas. Él siempre está cerca por si me encuentro en apuros, y además sé con lo que tengo que andarme con cuidado en el bosque y cómo defenderme en la lucha.

La navegante se cayó de golpe, incapaz de reprochar la renovada seguridad que reflejaban las palabras de la castaña. Si bien ésta siempre había mostrado una determinación fuera de lo común (lo cual no era de extrañar, teniendo en cueta que era una D), ahora irradiaba una fortaleza interior superior a la de su edad.

-Está bien, pero mañana no tardéis en volver.

Luffy, aliviado de que aquella monótona charla hubiera terminado, se retiró a una silla cercana en la barra para comer un último refrigerio antes de marcharse. Nami suspiró profundamente ante aquella actitud despreocupada, por no hablar de que volvería a dormir sóla esa noche. A Mae no le pasó por alto la nosltalgia que contenían los ojos castaños de la navegante, y entonces recordó la conversación que había mantenido con Luffy aquella mañana.

-Oi, mami. Papá me contó que después de casaros os fuisteis de excursión al bosque por una semana.

-Oh, sí. En esos días me pasó de todo, menos aburrirme.

La pelinaranja nunca olvidaría el estropicio que había supuesto para la carísima ropa que se había comprado justo antes de que Luffy se la llevara la jungla cual Tarzán; los baños en ríos que habían prometido ser relajantes, y resultaron estar infestados de cocodrilos hambrientos (por lo que salía a la carrera y completamente desnuda ante los ojos de los demás curiosos animales del lugar); los almuerzos en rudimentarias hogueras en las que su único alimento era carne asada y frutos silvestres (lo cual supuso un serio dilema para su dieta); los asaltos inesperados de criaturas feroces que intentaron devorarla; el incómodo suelo de tierra y hojarasca en el dormía cada noche (a excepción de las veces en las que dormía acurrucada sobre el pecho de Luffy, el cual en esos momentos le otorgó calor y seguridad); y cómo no olvidar a aquel mosntruoso oso que los había acosado a Luffy y a ella durante esos sietes días que permanecieron aislados de la civilización. Sin embargo, su capitán nunca se apartó de su lado y siempre estaba ahí para protegerla de los incesantes peligros que ocultaba la naturaleza, y además, no le habían faltado las atenciones cariñosas e íntimas que necesitaba por parte de su pareja.

-Ciertamente, fue una semana difícil de olvidar- finalizó ella, sin darse cuenta de que se había ruborizado un poco.

-Para mí también, shishishishi- intervino Luffy desde la barra, quien no estaba lejos.

-¿Estabas escuchando?

Él asintió mientras sonreía con descaro y desgarraba un pedazo de carne incrustado en un hueso.

-¿Querrías hacerlo de nuevo, Nami?

-Bueno, siempre y cuando no me pase más de dos días con la misma ropa puesta, y que esa ropa no sea nueva ni costosa, no me importaría repetirlo una vez más.

Al joven se le ensanchó la sonrisa de oreja a oreja, de esas que para cualquiera que lo conociera bien, significaba que estaba tramando algo terrible (pero genial para él).

-¡Oi, chicos, ya nos vamos!- anunció de repente el Rey Pirata, arrojando el hueso descarnado a su plato.

Los presentes se volvieron hacia el moreno asombrados, ya que todavía ni Mae ni él estaban listos aún para partir. Por su parte, Mae corrió emocionada a tomar su lanza.

-Espera, Luffy. Todavía no he acabado de empacar el kit de primeros auxilios- intervino Chopper con aire apurado.

-No hay tiempo, nos marchamos ya.

Ante la mirada incrédula de Makino y de los Mugiwaras (los cuales desencajaron la mandíbula hasta el suelo), Luffy agarró a la aludida por la cintura y se la cargó al hombro como si se tratara de Tarzán llevando a Jane.

-Yo te llevaré, Nami, shishishi.

-¡¿Lu... Luffy, qué haces?! ¡Bájame ahora mismo!- le ordenó la aludida, al tiempo que se retorcía y pataleaba en un intento de liberarse, temiéndose que no estaba a punto de ocurrir nada bueno.

-¡Síguenos, Mae! Shishishishi- exclamó Luffy a su hija, sin hacer caso de las protestas de su esposa.

-¡Yahooo, mamá viene con nosotros!

-¡Hasta mañana, chicos!- se despidió el moreno para justo después echar a galopar hacia el sendero que llevaba a la montaña.

-LUFFY, DÉJAME EN EL SUELO AHORA MISMO. TE ACORDARÁS DE ÉSTO. BÁJAME, IDIOTAAAAAA.

Mientras el trío familiar se alejaba, Sanji intentó ir detrás de Luffy para "recuperar" a la pelinaranja. No pensaba permitir que el atontado de su capitán volviera a alejarla de su lado para "mancillarla" en plena selva como un animal salvaje, cuando ella merecía ser venerada como una diosa.

-¡Luffyyyyy! ¡No permitiré que mi Nami-swan esté a merded bestias salvajes, y eso te incluye! ¡Vuelve aquí, desgraciado de goma!- rugía el rubio envuelto en llamas mientras perseguía a Luffy como un caballero vegantivo que cabalgaba en pos de su amada damisela en apuros.

-¡Mae, agárrate!- avisó el aludido a la Princesa Pirata al darse cuenta de las violentas intenciones del cocinero.

La castaña obedeció y saltó al otro hombro de su padre para aferrarse a él con fuerza. Fue entonces cuando Luffy alargó un brazo hacia una lejana arboleda y se precipitó al vuelo hacia ésta con ambas chicas agarradas a él (aunque Nami más bien era la que estaba agarrada por el Rey Pirata). Sanji nada pudo hacer entonces, quedando así el ambiente en un sepulcral silencio que sólo era interumpido por los rugidos furiosos de la Reina Pirata, que sonaron cada vez más inaudibles hasta que se perdieron en el silencio de la lejanía.


Durante la siguiente media hora, Nami siguió chillando y jurando mil y un tipos de duras reprimendas hasta que por fin se detuvieron en un claro de la selva. Habían dejado atrás la ruta que llevaba a Fuusha para después adentrarse en el corazón de la montaña, con Luffy a la cabeza cargando a su esposa y siendo seguido por Mae, la cual reía entusiasmada porque podrían compartir sus últimas aventuras en Corvo con Nami.

-Bien, acamparemos aquí, shishishi- les comunicó Luffy, con su compañera todavía subida a su hombro.

-¡Suéltame de una puñetera vez, idiota! ¡¿Se puede saber qué demonios pretendes?!- espetó ésta enseñándole una dentadura de cocodrilo.

El aludido iba a liberarla cuando de pronto se acordó de la paliza que había recibido por parte de la navegante en esa misma situación, hacía diez años. Lo último que quería era volver a tener la cara hinchada y morada durante horas.

-¿No me has oído, Luffy? ¡Bájame de aquí ya!

-¿Me vas a golpear?

-PUES CLARO QUE SÍ.

-Entonces no te soltaré.

-AAAAAARGGGGG, TÚ...

Mae observaba la escena, era tan consciente de que su madre no perdería un segundo en abalanzarse sobre Luffy en cuanto éste la dejara en tierra.

-Mamá...

-Ni se te ocurra defender a tu padre, Mae.

-Pero este lugar es muy divertido; papá sólo quería que tú también lo pasaras genial en la montaña, con nosotros.

-Síp, shishishishi- intervino Luffy.

Aquella respuesta tomó por sorpresa a la navegante, ya que había entendido que la excursión a Corvo era exclusiva para su esposo y su hija.

-Pues a la gente se le pregunta antes de decidir nada, sobre todo si se trata de ir a una selva repleta de peligros- comentó ella volviendo a fruncir el ceño.

-Si te hubiera preguntado, aunque hubieras dicho que sí, tardaríamos horas en irnos porque te habrías puesto a empacar kilos de ropa y medicinas- respondió Luffy.

-Pues claro que lo habría hecho, idiota. ¿Acaso crees que me arriesgaría a que se me estropease mis mejores prendas andando por al jungla? ¿Es que ya te has olvidado de la falda de 40 000 berries que se me arruinó durante la excursión a la que me arrastraste en aquella isla?

Nami ahora vestía un conjunto de las mejores marcas de la temporada: una elegante blusa holgada turquesa que ponía QUEEN en el pecho con letras doradas, unos finos pantalones color crema que se ajustaban a su figura, y unas delicadas sandalias blancas de tacón plano. En total, todo aquéllo le había costado (incluyendo un descuento del 90%) una suma de 75 000 berries; una presa demasiado fácil para quedar arruinada por las crueles fuerzas de la naturaleza.

-Si tenemos toneladas de tesoros en el Sunny Go, mami. Puedes comprarte todas las faldas que quieras, ¿no?- alegó Mae despreocupada.

Luffy asintió a las afirmaciones de la niña, pero a Nami le sentaron como un baño de agua fría; ¿es que acaso Mae no había prestado atención a los consejos que su madre le había dado sobre la importancia sagrada de salvaguardar el dinero?

-Cariño, ¿qué te tengo dicho acerca de confiarse con los gastos?

-Que si lo hago se me acabará en un abrir y cerrar de ojos. Pero con tanto dinero que tenemos, hará falta parpadear durante años para que se nos agote, ¿o no? Shishishi.

Ante semejante respuesta, la mujer sintió que un aura de depresión la rodeaba; sino no hacía algo pronto respecto a la educación de Mae, era seguro que no tardaría en volverse una derrochadora irresponsable como Luffy.

-Por Oda, ¿qué he hecho yo para merecer ésto?

Mientras tanto Luffy, ignorando las dos cascaditas de lágrimas que caían por las mejillas de Nami, sólo pensaba en lo ansioso que estaba por empezar una nueva jornada en el bosque.

-Venga va, Nami. Dime que no me golpearás y te bajo; así podremos ir a buscar algo para cenar, que tengo hambreeeeee.

La aludida lo miró con furia al principio, pero al poco cambió radicalmente de expresión.

-Está bien, Luffy. Te prometo que no voy a pegarte- le respondió con voz amable, la cual hizo sospechar a Mae sobre sus verdaderas intentiones (al ser más espabilada y observadora que Luffy por naturaleza, conocía ya muy bien los trucos sucios de su madre), por lo que se alejó unos pasos de ella.

El inocente moreno dejó a la navegante en el suelo, sonriendo satisfecho al creer que ésta vez se había salido con la suya sin que su compañera tomase su más que reconocidas represalias contra él. Cuan equivocado estaba...

-PERO NO HE DICHO NADA DE PELLIZCARTE.

-AY AY AY AYYYYY, ESO NO VALE, NAMI.

La pelinaranja enganchó las mejillas del joven con ambas manos y comenzó a estirárselas dolorosamente una y otra vez, hasta que quedaron flácidas como un chicle masticado. Pero la tortura no terminó ahí, pues Nami también se tomó su tiempo en tirarle de la nariz hasta dejársela como la de Usopp.

-Bueno, ahora que estamos en paz, será mejor que prendamos una hoguera porque empieza a hacer frío.

-Effo biba a fefir fo (eso iba a decir yo)- farfulló Luffy con las mejillas aún colgando como goma derretida.

-Iré a buscar leña- apuntó Mae al tiempo que echaba a correr hacia unos arbustos cercanos.

-No vayas sóla, Mae, podrías perderte- se apresuró a decir Nami, dispuesta a acompañarla.

-No lo haré- respondió la aludida sin esperar a que su madre la siguiera, y desapareció con su lanza en mano tras un matorral.

-¡Mae, espera...!

Nami hizo amago de ir tras su hija, pero Luffy se lo impidió tomándola de la muñeca.

-Déjala, Nami.

-Pero podría atacarla un animal o un bandido...

-Mi Kenbunshoku Haki no detecta ninguna ser vivo peligroso en varios kilómetros, así que no tienes por qué preocuparte.

Nami quería echarle en cara todos las miles de amenazas que rondaban en una jungla como ésa, especialmente en ésa, tan famosa por ser el hábitat de diversos depredadores agresivos de tamaño descomunal; pero la confianza del moreno en su hija la hizo contenerse.

-Es sólo que... Soy su madre, no puedo evitar preocuparme.

-Lo sé, pero durante estas dos semanas has visto que sabe cuidarse sóla, ¿no? Shishishi.

Nami suspiró con un deje de añoranza. Supuso que tendría que empezar a hacerse a la idea de que su adorada princesita ya no era aquella delicada criatura que hasta hacía poco cargaba en sus brazos.

-A veces creo que Mae está creciendo demasiado rápido...

-Nami...

Luffy no soportaba ver a su compañera desanimada, pero en ese instante no podía hacer gran cosa por animarla sin tesoros que robar o pagándole una sesión de belleza en algún salón lujoso, y tampoco podía hacer el amor con ella estando Mae con ellos. Así que hizo lo único que podía, y que resultaba ser lo que más levantaba el ánimo a la navegante: prestarle su sombrero. Aquello pareció funcionar, pues Nami le regaló una sonrisa discreta.

-Ven conmigo- le dijo de repente el chico tomándola de la mano.

-¿Eh, adónde?

-Quiero enseñarte algo, shishishi.

-¿Pero qué pasa con Mae?

-Ella va a estar bien, no se alejará del campamento y sabe cómo encender el fuego. Y si siento la presencia de cualquier amenaza, volveremos con ella de inmediato, pero por ahora ven conmigo, por favoooor.

-De acuerdo, de acuerdo. Pero espero que no sea nada asqueroso.


El joven guió a su compañera a través de los árboles y llegaron hasta una pared de roca, donde Luffy tanteó sobre las lianas que la cubrían, hasta que dio con lo que buscaba: un pequeño túnel al que sólo se podía acceder a gatas. Nami se negó al principio a adentarse en aquel agujero, donde seguramente se toparían con espantosas arañas, babosas pringosas y saber qué más, pero Luffy le insistió tanto que al final la chica cedió, pero con la condición de que le pagaría una sesión de spa en la próxima isla. Luffy estaba tan ansioso por mostrarle lo quehabías detrás del túnel, que accedió sin dilación. Y después de que Nami se llevase un par de sustos al tocar un caracol y un escarabajo en la oscuridad mientras seguía a Luffy por la estrecha cavidad, aparecieron en un hermoso claro oculto, en el cual se divisaba al fondo una cascada de no demasiada altura. Nami se quedó muda de asombro ante tal visión; aquel lugar parecía casi parecía irreal ante lo bello que era en mitad de la hostil jungla.

-Descubrí este lugar poco después de que Ace partiese al mar- comentó el Rey Pirata, al tiempo que sonrería al recordar las veces que había visitado aquel rincón secreto y exlusivamente suyo.

-¿Entonces nunca se lo has mostrado a nadie?- preguntó Nami, mirándolo con asombro.

-No. Fue un sitio muy importante para mí cuando me sentía sólo. Venía aquí siempre que buscaba un momento de tranquilidad, sobretodo cuando mi abuelo me pegaba y cuando reparaba en que ya no estaba Ace para animarme, shishishi. Este lugar siempre me ha inspirado paz, no sé por qué, shishishi.

-Luffy...

La pelinaranja se imaginó a un Luffy adolescente sentando en alguna parte de aquel claro, mascullando maldiciones contra el bruto de su abuelo después de haberle dado una paliza, o añorando a su hermano mayor en silencio. El corazón le daba un vuelco cada vez que pensaba en su capitán sufriendo de esa manera. No pudo evitar abrazarlo, a lo que él le correspondió.

-Pero si es tan especial este lugar para tí, ¿por qué me has traído?

-Nunca quise traer a nadie aquí porque no había conocido a ninguna persona que me hicera sentir tan bien como ese sitio.

Nami levantó rápidamente la cabeza y buscó su mirada, en la cual sólo hayó sinceridad. ¿Por éso la había traído hasta aquel claro? Le habría asaltado a los labios con un profundo beso, de no ser por una duda que la carcomía con respecto a Luffy y su vínculo con Corvo, lo cual incluía aquel rincón secreto del bosque.

-Pero esta montaña es el lugar donde creciste con Ace y con Sabo, no quiero intervenir en tus recuerdos con ellos...

-Nami, no he compartido jamás este sitio, ni con mis hermanos ni con nadie. No guardo recuerdos de ninguno de ellos aquí, y si voy a dejar alguno, quiero que sea contigo y sólo contigo.

La chica dejó de lado entonces cualquier pensamiento y aferró a su capitán de las mejillas para acercarlo a su boca, la cual ella cubrió con la suya. Pronto la pareja se besaba fundida en un abrazo, creando así nuevos recuerdos para el joven monarca pirata, esta vez cargados de dicha y felicidad.


Cuando la pareja real regresó al campamento, encontraron a Mae mirándolos con cara de fastidio y los carrillos hinchados. La castaña ya había encendido la fogata, acumulado un pequeño puñado de leña de reserva, y también había cazado un lagarto komodo cuya carne ahora asaba a fuego lento (el animal había intentado atacar a la niña por la espalda mientras recogía madera, sin éxito, y después de una lucha de apenas cinco segundos, el reptil terminó muerto de una estocada de lanza en el cráneo).

-¿Dónde os habíais metido?- preguntó la castaña arqueando una ceja.

-Ehh... ésto, fuimos a...- Nami no sabía qué responder, ya que no se daba acostumbrado aún a explicarle a la niña la manera que tenían los adultos de demostrarse cariño.

-Nos dimos muchos besos y abrazos, Mae, shishishi- se aencargó Luffy de responder, para pesar de ambas chicas Mugiwaras.

-LUFFY- le espetó Nami con una dentadura afilada.

-¡Puaj, sois unos cochinos!- exclamó Mae con cara de asco.

-Qué vas a entender tú de lo que nos divertimos tu madre y yo besándonos, ble ble ble ble.

-No me interesa saber qué hay de divertido en eso, ble ble ble ble.

PAF CLOCK

-CORTAD LOS DOS YA CON EL DICHOSO TEMA.

-AAUU.

-AAUCH.

Poco después, Luffy no tardó en hacerse con su propia presa, parte de la cual compartió con Nami, ya que ésta no sabía cazar ni le interesaba aprender a hacerlo (si bien compartir carne era tan extraño en el capitán Mugiwara como ver a un perro caminando a dos patas, no era tan despiadado como para dejar a un nakama suyo pasar hambre cuando no podía procurarse su propio alimento); y en cuanto terminaron de cenar, la familia se acomodó en la hierba para dormir. Nami decidió descansar muy cerca de Luffy por miedo a los ruidos nocturnos de la jungla; y como además le costaba pegar ojo sobre el duro suelo, tan distinto de su cómoda cama de seda, le pidió a su esposo que le tendiera su chaqueta para utilizarla como almohada. Mae observaba a su madre con un ojo abierto, mientras que se recostaba un poco alejada de ambos. Había tenido tantas aventuras cada día que apenas había tenido tiempo de pensar en su madre o en cualquier otra cosa que no fuera seguir aprendiendo a sobrevivir y mejorar en combate, y entonces cayó en la cuenta de que Nami había pasado todas aquellas noches en soledad, que si bien había estado al resguardo del techo del Sunny, seguía siendo soledad. Así que olvidándose de que era capaz de dormir sóla desde los seis años y de que había derrotado a un oso y a una serpiente que la superaban por varias cabezas, la niña se acercó a la pelinaranja y, para su sorpresa, se acurrucó junto a ella.

-Buenas noches, mamá.

La aludida la abrazó con fuerza, feliz por tener así a su hija entre sus brazos después de tantos días.

-Igualmente, cariño- le respondió ella, dándole un beso en la cabeza.

De repente, Luffy enroscó su brazo alrededor de ambas y las atrajo hasta él, formando así los tres un curioso y tierno cuadro: Luffy a la derecha, durmiendo boca arriba; Nami a la izquierda, apoyada en su poderoso pecho; y Mae en el centro, acurrucada contra el vientre de su madre.


A la mañana siguiente, todo fue ajetreo y diversión para la familia Mugiwara. Nami veía a su hija atrapar algunos peces con el método de pesca que le había enseñado Luffy, así como cazar un jabalí común, quedándose anonadada la pelinaranja ante la destreza que había adquirido la niña en aquellas dos semanas. Sin embargo, la Reina Pirata no permanecía inmune ante su deber como madre, y unas cuantas veces intentó acudir en ayuda de Mae o interponerse entre ella y un animal combatiente; pero Luffy la detenía enrollando su brazo alrededor de la mujer, ignorando sus juramentos sobre la paliza que ella pensaba darle en cuanto la soltara (y que, en efecto, acababa recibiendo). Así mismo, la joven se mordió las uñas más de una vez mientras observaba a su princesita subirse a las copas más altas de los árboles, sortear de roca en roca ríos de corrientes violentas, y por último, escalar unas rocas persiguiendo a un conejo con intención de acariciarlo. Mientras miraba todas estas situaciones, Nami regañaba a Luffy repitiendo la misma pregunta.

-¿Cómo le permites que haga éso?

-Ya te lo he dicho, Nami: porque puede hacerlo, ¿qué hay de malo?

-Podría caer y romperse un hueso, o ser mordida por una fiera.

-No le ha pasado nada de eso en todo este tiempo, y hoy tampoco va ocurrirle nada.

La pelinaranja iba a replicarle cuando Mae apareció cargando en brazos al conejo que había estado persiguiendo; la castaña lo había atrapado en la cima de las rocas y lo acarició suavemente para tranquilizarlo, por lo que ahora el animalito no se mostraba asustado en absoluto y reposaba a gusto en el regazo de la niña.

-Mirad, no sé qué le ocurre a este conejo, tiene la panza muy hinchada. ¿No estará enfermo, verdad?- les preguntó ella a sus padres con mirada preocupada.

-No, hija, eso significa que está bien gordito y listo para asar a la parrilla- contestó Luffy, salivando a cataratas al imaginarse un conejo doradito a fuego lento.

-¡No, es mi amigo y no dejaré que te lo comas!

Luffy se cruzó de brazos y mascilló diciendo rabietas infantiles. Nami, entendiendo la preocupación de su hija hacia el conejo, se arrodilló a su altura y palpó el cuerpo blanco y peludito del orejudo; enseguida comprendió lo que le sucedía.

-No le pasa nada malo, Mae, me parece que sólo está esperando que nazcan sus bebés.

-Ooooh, entonces es hembra, shishishi. Perdona por confundirte con un chico, amiguita.

-¡Sugoi, más conejos a la brasa!- comentó entonces Luffy con una sonrisa maligna.

-NO SEAS INSENSIBLE, LUFFY/PAPÁ- le espetaron madre e hija al unísono con unos dientes de cocodrilo.

-Jajajajaja, sólo estaba bromeando.

De repente, la conejita empezó a temblar y a emitir quejidos de dolor.

-¿Qué te pasa?- le preguntó asustada Mae al animal.

-Va a tener a sus crías, así que debes dejarla en un lugar seguro para que pueda dar a luz tranquila- la aconsejó Nami con una sonrisa, sintiéndose también abrumada (aunque lograba ocultarlo) por el inminente milagro.

-La vi salir de un agujero cerca de las rocas, la dejaré allí.

La niña corrió hacia el lugar y depositó al animal junto a la entrada de su madriguera, de manera que éste (o ésta, mejor dicho) se metió adentro para dedicarse a la tarea de traer al mundo a sus retoños. Mae se sentó para ver la llegada del milagro, siendo enseguida acompañada por Luffy, tan curioso como siempre, y luego por Nami, la cual también acabó cediendo ante su propia intrigar por ver un nacimiento. Al cabo de un rato, una docena de gazapos de variados colores correteaban alrededor de su madre por el interior de la guarida.

-¡Qué pequeños son!- exclamaron Luffy y Mae al unísono.

-Son una monada- comentó Nami enternecida.

-¿Yo también era así de pequeña cuando era un bebé?- quiso saber la Princesa Pirata.

-No tanto, eras un poco más grande y no sabías ni andar.

-Y no tenías unas orejas tan largas, shishishi.

-Eso ya lo suponía, papá...


Más tarde, los tres descansaban junto a la orilla de un arrollo; el movimiento en calma de las aguas y el sonido del viento acariciando las hojas en los árboles inspiraba una soberana paz. Luffy se relajaba tumbado de espaldas y con su estómago hinflado después de su tercer desayuno; cuando giró la mirada, observó que Nami acariciaba la cabeza de Mae mientras ésta descansaba apoyándose en su regazo, lo cual le hizo sentir envidia ante el cariñoso trato que estaba recibiendo la niña de las manos de la navegante. Así pues el Rey Pirata, egoísta como era, alargó el brazo hacia Nami y la atrajo hacia él (dejando a Mae tirada en el suelo con un signo de interrogación sobre su cabeza) para acto seguido asaltarla con un profundo beso. La chica, recostada sobre él, abrió los ojos como platos ante aquel gesto repentino, pero apenas tardó unos segundos en cerrarlos para dejarse llevar por las sensaciones que despertaban los labios de su capitán. Se inició una sesión de besos y carantoñas entre la pareja que para su hija fue demasiado que tolerar.

¡Oh, no, otra vez no! Yo me largo de aquí, pensó la castaña con cara de asco al tiempo que se alejaba con su lanza en mano.

-No te vayas muy lejos, Ma... ¡Ah!- la avisó Nami antes de Luffy le diera un mordisco juguetón en el cuello, a lo que la pelinaranja respondió atizándole un tortazo- ¡Luffy, no hagas eso estando Mae aquí!

La niña suspiró con fastidio y se dirigió de vuelta al campamento. Una vez allí, comió unas frambuesas silvestres que encontró por el camino; ya no quedaba mucho para que fuese mediodía y tuvieran que regresar a Fuusha para pasar allí su último día, hasta que volvieran a atracar en alguna de sus travesías. Mientras masticaba los frutos, Mae reflexionaba no sólo acerca de la habilidad y fuerza que había adquirido, sino también en las amistades que había hecho allí con Makino, Red, Dadan los bandidos y los niños de la villa (por no olvidar a la madre conejita y a sus gazapos). Y por último, pero no menos importante, en los divertidos momentos que había pasado junto a Luffy; los cuales, unidos a las lecciones que él le había inculcado para sobrevivir, habían fortalecido la relación que tenían como padre e hija. Sin dudas, algún día esperaba llegar a ser una gran pirata como él.

¿Me atrevería yo a convertirme en la próxima Reina de los Piratas?, se preguntó ella.

De pronto le vinieron a la mente los innumerables enemigos que su padre debía enfrentar cada día, los cuales buscaban retarlo para arrebatarle el título; después estaban los países que se mantenían bajo el protectorado de los Mugiwaras, que no eran pocos y cada cierto tiempo estallaba algún conflicto que el Rey Pirata no dudaba en acudir a resolver; también había numerosos espías y cazatesoros que intentaban infliltrarse en el Thousand Sunny para robar el primer mapa global (único en el mundo) que Nami aún estaba terminando de redactar, así como los últimos datos de la Historia Verdadera que Robin todavía investigaba. Y por último, existía un grupo compuesto por tipos extraños y peligrosos que se hacían llamar los Renegados de la Justicia Absoluta, los cuales (según ella tenía escuchado) buscaban a su padre para matarlo porque pensaban que era el hombre más malo sobre la faz de la Tierra; una razón estúpida y equivocada, pensaba la niña.

-¡Bah, por ahora me conformo con llegar a ser la capitana de mi propia tripulación! Shishishi.

De repente, una pequeña piedra impactó contra su nuca, sin llegar a lastimarla pero con la suficiente fuerza como para dolerle.

-¡Aau! ¡¿Pero qué...?!

Enfadada, Mae se volvió para recriminar al imbécil que le había tirado, y entonces lo vio: era el hombre que la había salvado del leopardo gigante días atrás. La sombra de su sombrero no permitía apreciar bien su rostro, pero sin dudas la niña pudo ver que estaba sonriendo de forma traviesa. En otras circunstancias, Mae lo habría saludado con alegría, pero es que le acababa de tirar una piedra a la cabeza...

-OI, ¿A QUÉ HA VENIDO ESO?- le espetó enseñando unos colmillos afilados.

El sujeto se limitó a seguir sonriendo, mientras que la castaña lo examinaba con detenimiento. Se trataba de un hombre más joven que su padre, bajo su sombrero sobresalían mechones de color negro, y aunque tenía el cuerpo cubierto por una oscura capa, se apreciaba que poseía una complexión musculosa. Sin embargo, había algo extraño en él, lo cual le hizo recordar a Mae lo que le había comentado el viejo Naguri sobre el fantasma que moraba en aquel lugar.

-¿Eres tú el Guardián de la Montaña?- se atrevió a preguntarle.

Sin darle una respuesta, el individuo empezó a caminar lentamente hacia el interior de la selva.

-¡Oye, espera!- reclamó Mae echando a correr detrás de él.

La niña persiguió al hombre misterioso a través de una arboleda, cruzó de piedra en piedra un río habitado por cocodrilos, atravesó un par de territorios habitados por feroces depredadores, y después escaló un elevado peñasco; todo ello lo superó sin dificultades, y al menos en cuatro ocasiones se libró por los pelos de convertirse en la cena de alguien. Mientras tanto, el joven la esperaba hasta que superaba (no sin dificultades) cada terreno y entonces volvía a marcharse, por lo que Mae no tardó en darse cuenta de que lo que pretendía era guiarla a algún sitio. Por su parte, Mae le preguntaba cada cierto tiempo entre jadeos "¿A dónde vamos?", "¿Cómo te llamas?", ¿Me estás escuchando?", o "¡¿Viste que por poco me matan, qué es lo que pretendes?!"; pero el desconocido sólo le dedicaba una sonrisa sin dejar de correr. Éste se movía por la jungla como si volara, sin mostrar señales de agotamiento ni aminorar el paso; a Mae no le quedó duda de que no se trataba de un humano normal, sino era un espíritu de verdad, debía de haber entrenado mucho para correr tan rápido una distancia así.

Cuando por fin el chico se detuvo, Mae se dejó caer de culo en la hierba para recuperar el aliento. Se encontraban en un amplio claro en mitad del bosque, en cuyo centro había un tocón que tenía sobre él tres copas de sake.

-En verdad eres hija de Luffy. Él tardó tres meses en superar un recorrido como éste- habló por fin el joven, esbozando de nuevo una sonrisa que Mae ya tomaba por característica en él.

-¿Conoces a mi padre?

El hombre se limitó a asentir, sujetándose el sombrero de cowboy que portaba. Lentamente se lo quitó, desvelando su rostro. Mae ahogó un grito de sorpresa al reconocer aquellas pecas, esa mirada jovial, y la sonrisa descarada...

-¡Tío Ace!

-Así me llamo.

-Pero... ¡¿Pero tú no estabas muerto?!

-Así es, sobrina. Lo único que estás viendo en un alma que abandonó su cuerpo hace trece años.

-¡Oooooh!

La curiosidad le pudo más que la perplejidad y corrió hacia Ace para empezar a picarle el estómago, pero como sólo era un espíritu, su dedo lo atrevesaba como si nada.

-¡Sugoooooi! ¿Entonces no te duele si hago ésto?

Mae le arreó una patada en la entrepierna, pero su pie volvió a rozar el aire a través. Sin embargo, Ace se puso pálido igualmente ante el ataque furtivo (y cruel) de su sobrina.

-OI, ¿DE QUÉ VAS TÚ?- rugió antes de propinarle un tortazo a Mae, haciéndole un chichón.

-AAAUU, ¿no se suponía que eres un fantasma? ¿Entonces por qué puedes hacer éso?

-Nada ni nadie puede tocarme, pero yo sí puedo hacerlo. No sé por qué, pero así funciona.

Mae aceptó sin problemas aquella teoría tan simple, ya que aún no se preocupaba por reflexionar sobre el tema de la muerte y de lo que ocurría después de ésta.

-¿Puedes hacer uno de esos trucos de fuego tan geniales?

-Perdí mis poderes de Akuma no mi cuando morí, ahora la Mera Mera no mi le pertenece a Sabo. Pero mantengo mi fuerza de voluntad aunque haya dejado el mundo de los vivos.

-Oh, por eso pudiste ahuyentar a ese leopardo gigante.

Ace asintió en respuesta, satisfecho de tener una sobrina tan espabilada, algo en lo que superaba al torpe de su padre.

-¿Qué es este lugar?- quiso saber ella, acercándose a las copas de sake.

-Es un lugar muy especial para tu padre y para mí. Aquí fue donde nos convertimos en hermanos junto con Sabo.

-¡¿En serio?! Así que son éstas las copas con las que brindásteis. ¡Tenemos que avisar a mi papá, se va a alegrar mucho de verte, vamos!

(A partir de esta escena, poned en YouTube la banda sonora "Sanctuary (after the battle)", de Kingdom Hearts II)

La castaña echó a correr hacia el campamento, pero Ace no la siguió, sino que se quedó en el mismo lugar con una sonrisa, pero esta vez de nostalgia.

-¡Ven, tío Ace! ¡Tienes que contarle a papá que podemos verte!

-Ojalá pudiera, Mae. Pero es mejor que no me vea, ni que sepa que tú y yo hemos hablado.

-¿Eeeeh, por qué?

Como espíritu, Ace podía permitirse visitar de vez en cuando el mundo de los vivos, a veces lo hacía en Corvo, como ahora; otras, iba a averiguar cómo les iba a sus antiguos nakamas de la tripulaicón de Shirogigue; y sino, observaba la nueva vida de sus hermanos como grandes figuras en sus respectivos ámbitos (Luffy en el trono pirata, y Sabo como segunda cabeza de la República de Red Line) y en su entorno personal. Cuando Ace dejó su cáscara mortal, lo primero que escuchó fue el llanto desgarrador de Luffy, un llanto que él ya no podía detener espetándole que detestaba a los críos llorones. Sin embargo, se sintió compensado por aquella trágica separación observando desde su presencia invisible los pasos de Luffy para llegar a ser el Rey de los Piratas. Lo vio alcanzar su sueño, descubrir su amor por su navegante, casarse y tomar la decisión de adoptar a Mae como su hija.

Ace daría lo que fuera por hablarle de nuevo a su hermano, pero sabía que a pesar de que le costado mucho tiempo y sacrificios llegar a convertirse en el hombre que era, nunca había dejado de ser aquel niño impulsivo, egoísta, tozudo y loco por encontrarse de nuevo con su genial hermano mayor alguna vez. Nadie podía asegurarle que si él se aparecía ante Luffy, éste no estaría tan embriagado por la felicidad que se negaría a apartarse de su lado, tal vez incluso dejaría de lado su travesía hasta que Ace se viera obligado a abandonar aquel mundo. Y aunque le advirtiera de que volvería, el testarudo de su hermano rondaría las zonas donde Ace tendía a aparecer para volver a verlo de nuevo. Con el tiempo se acostumbraría y volvería a centrarse en buscar nuevos viajes y aventuras, ¿pero cuándo llegaría ese momento? ¿En meses, años, una década? Luffy ahora había madurado y tenía una nueva vida junto a sus nakamas, su esposa y su hija.

-Créeme, es mejor así. No puedo quedarme mucho tiempo en este lugar, pronto me marcharé de nuevo al mundo de los espíritus, tengo amigos que me esperan allí; tu padre se pondría triste se sabe que estuve aquí y no pude saludarlo.

Mae asintió, aganchando la mirada con pesar. Era consciente de que su padre se habría puesto muy contento de reecontrarse con el hermano que tanto extrañaba y admiraba, pero entendía que si alguna norma en aquel mundo de los muertos lo impedía, ella nada podía hacer. Ace no estaba dispuesto a despedirse de su sobrina de esa manera, de manera que se acercó a ella y se agachó a su altura, para entonces levantarle suavemente el mentón para que lo viera a los ojos.

-Oi, aunque tu papá no podrá verme, le he legado mi voluntad; así que siempre estaré con él, estando yo presente en esta realidad o no.

-¿De veras?

-Por supuerto. Prométeme una cosa, Mae: confía siempre en su voluntad, porque ésa será la que te legará cuando decidas convertirte en pirata. Y por supuesto, confía en la tuya propia cuando la descubras y la comprendas.

La niña asintió con energía y entonces Ace, comprendiendo que la castaña cumpliría su palabra, levantó en puño para zanjar su promesa. Mae lo miró confusa unos segundos, pues había entendido que no podía tocarlo al ser un alma, pero igualmente decidió devolverle el gesto. Impresionada, descubrió que sentía cómo chocaban sus nudillos.

-Te dije que no podías tocarme, pero yo a ti sí- comentó Ace con aire risueño, para luego hacerle un par de cosquillas para demostrarlo.

-¡JAJAJA! ¡No, para, tío! ¡Ya bastante tengo con las cosquillas de mi padre!

El antiguo pirata carcajeó con ganas ante aquella anécdota, ignorando que Mae había hinchado sus mejillas en señal de molestia.

-En fin, no tardaré mucho en volver. Será mejor que te acompañe de regreso al campamento.

-¡Oh, no, es cierto! Mis padres ya se habrán dado cuenta de que no estoy y me estarán buscando. Sguramente mamá está muy enfadada...

-Tranquila, no han vuelto aún. Se han quedado dormidos junto al arroyo, pegaditos el uno al otro- contestó el joven; siendo un espíritu, poseía habilidades que ningún mortal jamás podría.

-Puaj, no entiendo a los mayores. Mamá y papá están en un momento peleándose y al rato se ponen a darse besos.

Ace sonrió en respuesta, pensando en lo afortunado que era su hermano al haber encontrado a una mujer que lo complementaba tanto y lo amaba tal y como era.

En cuanto llegaron al campamento, Ace se agachó de nuevo a la altura de Mae para despedirse, ya que sabía que no le quedaba mucho tiempo.

-Recuerda nuestra promesa y sigue entrenándote para llegar a ser una buena pirata. Escucha bien las lecciones de tu viejo, pero no cometas las mismas tonterías que él aunque te lo aconseje, ¿de acuerdo?

-Sí, aunque eso último que has dicho ya me lo ordenó mi madre hace tiempo.

-Alabada sea la sabiduría de Nami entonces, ¡jajajajaja!

Enseguida Ace sintió que su presencia allí se estaba desvaneciendo, el mundo de los espíritus lo reclamaba. Queriendo despedirse en esta ocasión sin tristezas, le rascó la cabecita de su sobrina y le pellizcó la nariz con aire juguetón.

-Adiós, Mae. Te estaré observando.

-¿Volveré a verte alguna vez, tío Ace?

-Seguro que sí, no puedo asegurarte cuándo será exactamente, pero ten por seguro que nos reencontraremos en el futuro.

-Vale, ojalá no tardes mucho en volver.

La castaña hizo amago de abrazarlo, pero entendió que no podía hacerlo. Sin embargo, Ace permitió el contacto al rodearle los hombros con sus poderosos brazos.

-Estoy orgulloso de ti, pequeña.

Dicho ésto, el alma del antes conocido como Puño de Fuego se desvaneció como el aire, dejando a Mae sóla de nuevo, pensando que su padre tenía razón acerca de que su tío mayor era un hombre genial entre los geniales.

Al cabo de unos minutos, los reclamos de su barriga le dieron a entender que ya era hora de volver al Sunny para almorzar.


Los hambrientos rugidos del estómago del capitán Mugiwara lo despertaron de la relajante siesta que compartía con Nami. Observó por la posición del sol que ya era mediodía y que, por lo tanto, sino se daban prisa llegarían tarde a comer. El matrimonio había tenido un hermoso momento hacía apenas una hora; se habían besado, acariciado y toqueteado sin ningún pudor hasta que, sumidos en aquella nube de dicha que no demasiadas veces se podían permitir en el Sunny (debido a los celos de cierto cocinero y la demanda de atención de una inquieta princesita pirata, entre otras cosas), ambos se quedaron dormidos.

-Oi, Nami, nos tenemos que ir- le dijo apresuradamente a su compañera, la cual descansaba sobre su pecho y con el sombrero de paja cubriendo su cabeza.

-¿Hmm? ¿Ya es mediodía?- preguntó la pelinaranja al tiempo que se estiraba aún sentada sobre la cintura de Luffy, el cual estaba demasiado preocupado pensando en comer como para prestar atención a la deliciosa visión que tenía enfrente.

-Regresemos al campamento con Mae y después vámonos al barco, ¡me muero de hambreeee!- dijo el moreno mientras se levantaba.

-Tú siempre pensando con las tripas- le respondió Nami, quitándose el sombrero para acto seguido acomodárselo a él en la cabeza.

Pero nada más el objeto de paja fue depositado, una inesperada ráfaga de viento lo mandó a volar hacia la selva, en dirección hacia el campamento por suerte. Luffy no perdió un segundo en ir en pos de su sombrero, pero no era capaz de alcanzarlo. Nami también intentó atraparlo, pero el sombrero se les escapaba cada vez que estaban a punto de agarrarlo. Y así, chillando maldiciones y reclamos por parte del moreno, la pareja se adentró entre la vegetación detrás de su objetivo.

Finalmente, el sombrero descendió hacia el suelo detrás de unos arbustos, donde los monarcas piratas descubrieron que había caído sobre la cabeza de Mae, la cual miraba confundida al objeto que acaba de posársele encima y le tapaba los ojos al quedarle grande. De alguna misteriosa manera, la pareja había vuelto al campamento sin darse cuenta, donde la castaña ya se había encargado de apagar la hoguera.

-Oiii, tengo mucha hambre. ¿Nos vamos ya al Sunny Go?- les reclamó con el sombrero todavía puesto sobre ella.

Luffy se quedó mirando a su hija con una amplia sonrisa; no era la primera vez que la niña llevaba su sombrero, ya que se lo tenía prestado alguna vez cuando ella estaba triste o desmotivada, pero esta vez le resultó curioso ver cómo su preciada corona había ido a parar a ella, como si la propia montaña, su hogar de la infancia y donde se había fortalecido, le hubiera dado una señal de que como padre iba por el buen camino.

-Yosh, Mae, shishishi.

-Perdona por haberte hecho esperar, cariño- se disculpó Nami, aunque no consiguió gran cosa, ya que su hija le hinfló los carrillos en protesta.

Sin embargo, nadie supo jamás que la huía del sombrero de paja no había sido fruto de la casualidad, sino que cierto muchacho que ya no pertenecía a este mundo había hechado un poco de su mano, para que la humilde pero soberana corona llegase hasta la pequeña princesa.

Poco después, durante el camino de vuelta a Fuusha, Luffy tomó en brazos a Mae sin previo aviso y la colocó sobre sus hombros. Mientras tanto Nami, que caminaba a su lado, observaba con ternura cómo padre e hija se reían de idéntica manera, sabiéndose la mujer más afortunada en la faz de la Tierra por contar con aquellos dos tesoros irremplazables en su vida.


Al día siguiente, tal y como habían acordado, los Mugiwaras pasaron su última jornada de estancia en Fuusha. Los adultos comieron y charlaron en la taberna de Makino, y Mae jugó de nuevo junto a sus amigos de la villa y después pasó el tiempo con Red en una partida de ajedrez gyojin. Pero al llegar el atardecer, mientras Luffy y Mae se hayaban tomando un rico temtempié en una gran mesa a cuenta especial de Makino, una discreta embarcación arrivó en el puerto, de la cual descendío un personaje de imponente porte y cabellos encanecidos por su avanzada edad. Sin embargo, a pesar de sus años dicho sujeto continuaba manteniendo la misma fuerza y salud de hierro que lo había convertido en la pesadilla de los piratas y admiración de los marines a lo largo de los mares. Pero Luffy estaba tan concentrado en zampar, que ni con su Haki se percató de la presencia del recién llegado, el cual se fue aproximando a la taberna con paso firme.

-Mae, aunque (ñam ñam ñam) nuestra excursión a Corvo (ñam ñam ñam) ya haya acabado, tienes que seguir entrenando para ser (ñam ñam ñam) una pirata como Oda manda- comentó el moreno a su hija sin dejar de devorar.

-Por supuesto, papá. ¡Yo algún día saldré al mar y seré la capitana de mi propia tripulación pirata, y entonces algún día te retaré!

-¡JE! Aún te faltan cien años para vencerme, pequeñaja. ¿Crees que puedes llegar a ser Reina de los Piratas sólo con decirlo?

-No sé si quiero ser reina, de momento me conformo con tener un barco y unos nakamas tan geniales como mis tíos.

-Eso está muy bien para empezar, shishishi.

De pronto ambos se percataron de que todo se había vuelto muy tranquilo. El silencio era tal que no se escuchaba ni el zumbido de una mosca; el resto de los comensales habían escupido lo que estaban masticando a causa del horror, y miraban hacia alguien que había aparecido en la puerta, justo detrás de Luffy y de Mae. El ronco carraspeo del recién llegado hizo que ambos se quedaran pálidos como la cera y empezasen a sudar a mares.

-¡¿Con que ya le has contagiado a tu hija esa estúpida idea de ser pirata, Luffy?!

Padre e hija escupieron saliva justo antes de que un poderoso puño golpeó la mesa entre ambos, cayendo cada uno a un lado mientras gritaban con los ojos desorbitados. La mesa, por su parte, quedó limpiamente partida por la mitad.

-¡Garp-san!- exclamó Makino, quien nunca dejaría de acongojarse ante la violenta forma de saludar que tenía el ex-vicealmirante hacia su nieto.

-¿JI... JICHAN? ¿Qué demonios estás haciendo aquí?- le preguntó Luffy al anciano aún en el suelo; tenía entendido que su abuelo había viajado al South Blue para entrenar a algunos novatos de la nueva Marina y que no volvería a Fuusha en al menos dos meses.

-Escuché que habías atracado tu barco aquí por unos días, así que vine a ver a mi querida bisnieta.

El hombre se giró hacia la aludida y la elevó en los brazos para ponerla a su altura.

-¡Cuánto has crecido, Mae! ¡Muajajajaja! ¿Me has echado de menos?

-Lo haría si no fueras tan bruto, jichan- contestó Mae sin cortarse un pelo.

La niña conocía a su bisabuelo desde que tenía apenas un año de vida, y había llegado a apreciarlo mucho aunque fuera un ossan cascarrabias. Pero tal y como había aprendido de su padre, Mae no se callaba lo que opinaba. Aquéllo le sentó como una losa al pobre anciano, que había realizado aquel viaje sólo para reecontrarse con su bisnieta, a la que no había visto desde hacía tres años. Por su parte, Luffy asintió apoyando las palabras de Mae, lo cual sólo le ganó un doloroso puñetazo por parte del antiguo marine.

-TODO POR TU CULPA, IDIOTA.

-AAAAAUCH. ¡¿Y yo qué demonios he hecho, jiji?!

-¡A sabes qué imagen le has inculcado a Mae sobre mí! ¡Me ha llamado "bruto"!

-Es que es la verdad, lo único que haces es golpearme y chillarme.

A Garp le tembló una ceja al oír aquello, y agarró bruscamente a su nieto de la camisa, preparándose para darle su "Puño de Amor". Pero el ossan se vio obligado a soltarlo al sentir un doloroso pinchazo en el trasero. Garp se volvió para descubrir a su bisnieta empuñando una lanza, cuya puntiaguda lanza había clavado en sus nalgas, con la intención de defender a su padre.

-¡Deja en paz a papá, jichan bruto!

-¡Oye, niña! ¿Qué formas son esas de tratar a tu bisabuelo?

-¡Garp-san, ya es suficiente!- gritó Nami entrando en el local, acababa de comprar materiales para el trazado de sus mapas y no dudó en acercarse al lugar en cuanto escuchó los gritos de dolor de Luffy.

-¡Mamá!- exclamó Mae, aliviada de tener por fin entre ellos a una figura conciliadora capaz de imponer autoridad entre los dos titanes Monkey D.

Garp hizo caso a la pelinaranja y soltó a Luffy, en parte por respeto hacia la esposa de su nieto, y en parte porque no deseaba que ella volvier a freírlo con uno de sus ataques eléctricos como la última vez que se habían visto. El ex-vicealmirante se encontraba persiguiendo a una Mae de cinco para castigarla con un pellizco en la mejilla, ya que lo había pinchado con su nueva lanza en el estómago, pero Nami se lo impidió en cuanto supo lo que ocurría al ser aletarda por las llamadas de su hija, lanzándole al anciano un doloroso Thunder Lance. Desde entonces, Garp controlaba más su genio en presencia de la Reina Pirata, lo cual para Luffy supuso una alegría casi equiparable a cuando descubrió la isla de Raftel.

-Lo siento, Nami-san. Pero es que el idiota de tu esposo...

Nami no estaba dispuesta a oír excusa alguna, de ser otras las circunstancias, ella se habría contentado con que su bis-suegro no se comportarse de manera tan brusca delante de Mae, pues la manera en que nieto y abuelo se trataban sólo era incumbencia de ellos dos. Sin embargo, tras de haber visitado la montaña donde descansaban importantes recuerdos del pasado de Luffy, de que él hubiera decido compartir algunos con ella nada menos que en su rincón secreto de la adolescencia, y sobre todo, después de que ambos hubieran compartido divertidos momentos junto a Mae, la navegante no estaba dispuesta a que la felicidad que envolvía a su esposo (y a ella) tras aquellas experiencias fuera interrumpida por el mal carácter de aquel ossan gruñón; de modo que pensaba dejarle las cosas bien claras.

-Me da igual lo que Luffy haya hecho, Garp-san; tú siempre que nos encontramos le pegas un puñetazo, y esas no son maneras de actuar estando tu bisnieta delante. Además, no me agrada que te la pases golpeando a Luffy cada vez que lo ves; puede que sea un idiota redomado y más tozudo que una mula, pero también es mi capitán y el padre de mi hija, así que si piensas volver a darle una paliza en este último día que pasaremos aquí, no dudaré en poner las cartas sobre la mesa.

-Nami...- murmuró Luffy, al tiempo que observaba a su compañera con una mirada extraña en él, entre perpleja y... ¿enamorada?

Por su parte, Garp comprendió las palabras de la chica y la miró con aire de disculpa (aunque jamás se cansaría de darle una buena "demostración de amor fraternal" a su nieto cuando fuera necesario... si tenía la oportunidad).

-Yo... lo siento, Nami-san. No era mi intención incomodaros, simplemente, es mi manera de decirle a Luffy que me importa.

-Podrías simplemente dejar de darme tus "Puños de Amor", jichan.

-¡Tú a callar, mocoso!

Luffy se ocultó por instinto detrás de la única persona que podía defenderlo de aquel hombre de fuerza mosntruosa: su esposa. Garp gruñó al saber que ya nada podía hacer si estaba aquella imponente mujer enfrente, de manera que decidió ir con Mae para pedirle que le contara acerca de su breve estancia en Corvo. En cuanto el anciano se alejó, Luffy asaltó a la navegante con un beso cargado de fervor, dejándola sumamente anonadada. Luffy no era dado a dar muestras de cariño de esa manera tan inesperada.

-¿Qué tienes, Luffy?

El aludido ansiaba agradecerle a Nami el haberlo defendido de una de las escasas personas que más lo aterraban en todo el mundo, de la mejor manera que se le ocurrió:

-Vámonos al camarote- respondió él con un brillo hambriento en sus ojos.

-¿Quéeeee?

Para cuando la navegante se dio cuenta, ya estaba siendo cargada en los brazos de su capitán, dirigiéndose a la carrera hacia el Sunny.


Mientras Garp se ponía al tanto con Mae acerca de las aventuras que ella y su padre habían compartido en Corvo, el ex marine recordó con gran nostalgia los pocos pero significativos momentos que había pasado con los pequeños Luffy y Ace hacía tantos años atrás. Y cuando su bisnieta le contó que había cazado una serpiente y un oso que la superaban en tamaño, el anciano rascó con energía la cabeza de la castaña hasta despeinarla, carcajeando y sientiéndose orgulloso de aquella mocosa.

Y con respecto a la Pareja Real... bastaba con decir que durante un buen rato el Thousand Sunny se balanceó discretamente, provocando pequeñas ondas a su alrededor y haciendo crujir las tablas de cierta estancia; todo ello provocado por la inhumana potencia sexual que se desataba en la intimidad del camarote matrimonial.

Cuando la actividad terminó, los Mugiwaras, que se habían reunido en la entrada de la taberna de Makino para cenar todos juntos, oyeron de repente un potente grito desde la ventana de la habitación matrimonial, la cual acababa de abrirse debido al poderoso vaivén del barco.

-OH, TE QUIERO, NAMIIIII- rugió el Rey Pirata a su reina mientras estallaba en su último éxtasis; que por fortuna para los inocentes oídos de la hija de ambos, éso fue lo único que se escuchó.

Todos lo miraron con la mandíbula desencajada (menos Robin y Mae, la cual rodó los ojos ante el maratón empalagoso que estaban teniendo sus padres desde el día anterior), pues ninguno de ellos habría imaginado ni en mil años que Luffy declarase algo así en público y menos de esa manera tan entusiasta. Por su parte, Makino se había sonrojado al máximo hasta quedar roja como un tomate, los viandantes miraron confundidos a su alrededor buscando al responsable de semejante escándalo, y algunos de los que estaban en sus casas se asomaron para saber qué sucedía.

-¡Maldito gomu suertudo de mierda! ¡¿Por qué tuviste que tomarme la delantera con esa divina criatura?! ¡Oooh, mi dulce Nami-swan, mancillada por ese cabeza de chorlito!

-¡¿Tenías que gritarlo tan alto, Luffy-kun?! ¡Hay niños por aquí!- dijo escandalizado Jinbe en cuanto se recuperó de la impresión.

-Qué noche tan hermosa para el romance, yohohoho- comentó Brook.

-No quiero ni pensar en lo que le ha hecho la bruja ahí dentro para que lo chille así- murmuró Zoro mientras se rascaba la mandíbula con un dedo.

-No sé, pero me alegro de que el amor entre el capitán y la navegante siga fortaleciéndose, fufufu- dijo Robin riendo discretamente.

-¡Así se hace, nieto! ¡Que se note de lo que estamos hechos los Monkey D!- lo animó Garp asomándose fuera de la taberna con Mae, la cual observaba con fastidio el revuelo que habían montado sus padres por un puñado de besos (la pobre no imaginaba lo que le esparaba en cuanto recibiera "la charla" dentro de unos años, la cual la llevaría a entender qué hacían sus progenitores en momentos como ése).

Por supuesto, holgaba mencionar que Nami, desnuda y casi muerta de cansancio en el abollado colchón después del orgasmo número 9, estaba escuchando todos y cada uno de esos comentarios, se había puesto tan roja que casi le salía humo por las orejas. Mientras tanto, Luffy se había quedado frito al instante sobre el vientre de ella, con una sonrisa de felicidad plena.

A la medianoche, el Thousand Sunny partía hacia el horizonte en busca de nuevos destinos. Por su parte, Luffy atrás dejaba también la inhóspita montaña Corvo, en la que se atesoraban sus recuerdos de la infancia, desventuras que habían rozado la muerte, entrenamientos, discusiones y risas entre hermanos; y ahora también, allí quedaban los recuerdos de un hombre adulto que había compartido su rincón secreto con la mujer que amaba, y los recuerdos de un padre que había enseñado a su hija las lecciones que él había aprendido por su cuenta para sobrevivir, con las que confiaba haberla ayudado a madurar un poco más y a dar un nuevo paso en su formación como futura pirata. Sin embargo, él no era consciente (o tal vez sí, quién sabe) de que había recibido sus propias lecciones tras ésta experiencia: la de adentrarse en una nueva faceta como padre, habiendo sido el exclusivo maestro y modelo de Mae en aquel bosque, creando así un nuevo lazo que fortalecía su relación fraternal. Luffy, el Rey de los Piratas y también el de los Tragones, los Irresponsables y los Impetuosos, había vuelto a demostrar que estaba educando bien a su heredera.


Y ahora que hemos llegado al final de esta breve historia, responderé a los comentarios:

-Alice1240: En primer lugar, aunque estos dos últimos días casi no he podido hablarte, procuraré sacar todo el tiempo que pueda para convensar contigo día a día. No sé por qué mi review al nuevo capítulo de "Mi aventura contigo" tarda tanto en subirse, pero si veo que sigue sin publicarse, probaré a escribir uno nuevo.

Ahora ya centrándonos en la historia, Mae aprendió rápido a sobrevivir gracias al entrenamiento que ha llevado a cabo desde que tenía cinco años, por lo que tiene ciertos conocimientos sobre atacar y esquivar, y además, es una buena observadora y aprende deprisa por naturaleza, shishishi. En este epílogo se ha respondido a dos cuestiones que escribiste en tu review reciente: una era sobre la pobre Nami quedándose cada noche sóla en el Sunny, lo cual se solucionó de manera inolvidable para ella en el penúltimo día. Y respecto a los celos de Luffy hacia otros niños, por ahora no lo veo como un padre celoso; en parte porque él no es celoso por naturaleza como Sanji, y por otro lado, porque Mae aquí sólo tiene 7 años y aún es muy joven para interesarse por los chicos... Aunque en un futuro, cuando ella alcance cierta edad, no niego que ella lo haga, ni que Luffy se ponga serio ante algún que otro pretendiente de su hija. Veremos qué nos dice el tiempo, shishishi.

-Majo: Pues sí, acertaste nakama: ¡El Guardián de la Montaña es Ace! Shishishi. Quiero pensar que si trataste de enviar a Akainu para que me apurase en actualizar, es porque te ha gustado esta locura mía. Igualmente, te agradezco el review de todo equino corazón ;)

Una última pregunta para los lectores, para cuando suba un nuevo fic de la saga de Luffy, Nami y Mae, ¿os gustaría que incluyera una pequeña precula centrada en la aventura que tuvieron Luffy y Nami después de casarse? Dejadme vuestra respuesta en los comentarios si así lo queréis.

Como siempre, agradezco a todos aquellos que leéis esta serie de locuras surgidas de mi mente tierna y perturbada. Y aunque cierto usuario se sigue mostrando reticente a molestar a la comunidad LuNa con sus insultos sinsentido y faltas al respeto hacia los demás escritores, nada podrá disuadirnos del mayor placer que aquí todos los demás compartimos, que es escribir, leer y compartir entre nosotros nuestras historias LuNa.

¡Nos leemos pronto, nakamas!