Travesía de invierno

III: Bajo el aguacero

Disclaimer: Ninguno de los personajes es mío, todos son propiedad de ChiNoMiko.

Melody se acercó, lenta y sigilosamente, a Nathaniel sin dar señales de su presencia. Al observar su rostro, se percató de que la expresión del delegado era una mezcla de frustración y enojo. Siguió el rastro de la mirada del rubio, encontrándose con la pelinegra y Lysandro en la entrada; justo antes de salir, aquéllos dos se habían quedado hablando de algo que no podían oír desde esa distancia, aunque, sin importar lo que fuera, parecía que era muy gracioso o muy grato, ya que Sucrette esbozaba una enorme sonrisa en sus labios.

—¡Nath! —exclamó la castaña, apartándolo de su ensimismamiento; él la miró sin decir nada. —¿Te gustaría que regresáramos juntos? Yo…

—Melody —la llamó sin muchos ánimos, —lo siento, pero mejor en otra ocasión, ¿está bien? Aún tengo algo de trabajo en la sala de delegados.

—V-vale —respondió ella, triste al ver su intento hecho trizas.

El ojimiel miró el paraguas que sostenía aún en su diestra, sintiéndose ridículo por llevarlo consigo a la sala de delegados, cuando realmente él habría preferido acompañar a la pelinegra a casa. No había nada que hacer, sino apurarse a terminar los formularios que le había encargado la directora del Sweet Amoris.

Dentro de su segunda casa, Nathaniel aventó el paraguas al escritorio, moviendo ligeramente una montaña de papeles que, por un instante, amenazó con desplomarse. El muchacho jaló una silla y se dejó caer pesadamente en ella, disponiéndose a seguir con su trabajo, pero cada vez que lo intentaba, le venía a la mente la imagen de Sucrette, radiante y feliz, cubierta con el saco que Lysandro le había prestado. El bolígrafo negro del delegado fue dejado a un lado, pues ambas manos se posaron en el escritorio, a los lados de los papeles que tenía aquél frente a sí mismo. Con su diestra, se dio un suave masaje rápido en el rostro, procurando serenarse para poder seguir trabajando.

—¿N-necesitas ayuda? —la castaña había abierto la puerta ligeramente, apenas asomando su cabeza.

Él se limitó a negar con la cabeza, esforzándose por mantener la vista en los formularios. —No te preocupes, terminaré pronto. Gracias de todas formas — le dijo.

—Está bien. Entonces nos vemos mañana —respondió ella.

No era que realmente le gustara la idea de irse sin él, pero no había forma de desviar sus pensamientos cuando se aferraba a algo; Nathaniel era así. Siempre que miraba hacia el ojimiel, lo veía esforzándose muchísimo en todo lo que hacía, de forma que una simple admiración por su persona se había convertido en un sentimiento distinto, fortaleciéndose hasta ese mismo momento. Y, a pesar de que era difícil dejarlo así, Melody se dio prisa en salir del recinto bajo su paraguas rosa.

Sucrette y Lysandro, por su parte, se refugiaron en la tela de un elegante y amplio paraguas negro que los cubría perfectamente. La muchacha comenzó a hablar de cosas insignificantes para hacerle la plática a su acompañante, quien le respondía tan brevemente como solía hacer. Las puntas del pantalón del victoriano se humedecían conforme avanzaban, ya que la lluvia salpicaba sin cesar al estrellarse contra el piso.

La parada del autobús pronto se vio rebasada por ambos, ya que la pelinegra hizo caso omiso ante la idea de irse en transporte público: no iba a dejar pasar esa oportunidad de estar a solas con Lysandro. Sus pasos los condujeron a la cafetería, que estaba cerrada a causa del mal tiempo, al igual que casi todos los establecimientos aledaños.

—El café que sirven aquí es increíble —comentó ella, —sobre todo, el cappuccino.

—No he tenido la fortuna de venir a probarlo.

—Podemos venir alguna vez, si quieres —se arriesgó la pelinegra.

—Ya veremos después —le dijo él con una sonrisa.

Al doblar la esquina hacia la calle en que vivía la muchacha, ésta sintió escalofríos sin saber por qué. En un instante se dio vuelta y, detrás de un poste de luz, vio que un aura oscura manaba intensamente de ahí: ¿qué rayos era eso? La ojiazul enarcó una ceja, deteniendo su marcha en seco, sorprendiendo al victoriano, quien siguió la vista de su acompañante y descubrió qué contemplaba.

—¿Nina? —pensó Sucrette.

—¿Qué es eso? —dijo él.

—S-sigamos —pidió la muchacha, un poco nerviosa.

Como Lysandro no se movía, pues su curiosidad podía más qué el, ella lo tomó por el brazo y comenzó a jalarlo suavemente. El cantante, sin estar seguro de cómo reaccionar ante eso, se dejó llevar por la pelinegra y, dándose por vencido, se volvió al frente una vez más y caminó como habitualmente hacía. El tiempo transcurrió tan de prisa que se encontraron frente a la casa de la muchacha en un santiamén.

—Muchas gracias por todo, Lysandro —le dijo la muchacha.

—No ha sido nada. Date prisa y entra, o te resfriarás.

—Está bien —respondió ella, haciendo amago de querer hacer algo más.

—¿Ocurre algo? —preguntó él.

—Yo… — las fuerzas de Sucrette se precipitaban junto con la lluvia, corriendo libremente por el suelo de la calle, perdiéndose en algún punto indefinido. —Tu saco… —.

—Quédatelo hoy, mañana me lo devuelves.

—¿No pasarás frío? Como me has traído a casa, aún tienes que volver a la tuya.

—Estaré bien, te lo aseguro —le dijo, intentando tranquilizarla.

—¡Ah! —exclamó al tiempo en que sus manos se juntaban para lanzar una palmada: algo se le había ocurrido. —¿Te gustaría pasar? Puedo prepararte un té o un café —dijo al fin.

—Disculpa, no puedo en este momento —le respondió, obteniendo una expresión triste de su acompañante. —Será otro día, ¿de acuerdo?

—E-está bien —dijo ella, dándose la vuelta para entrar. Cuando estuvo dentro de su casa, aún con la puerta abierta, sus labios emitieron unas palabras que Lysandro no pudo entender, ya que la lluvia acallaba cualquier cosa que intentara competir con su estridente sinfonía.

Cerrada la puerta, la madre de Sucrette la recibió calurosamente, preguntándole cómo era posible que estuviera seca si no se había llevado paraguas. Sin embargo, tras reparar en el saco que cobijaba a su hija, soltó una risita junto con miradas pícaras que lograban que las mejillas de la muchacha se tiñeran de un simpático color rojo.

—¡N-no es nada! —fue lo único que aquélla pudo decir en su defensa.

La joven se apresuró a darse un baño caliente y, después, lavó el saco que le prestó el victoriano. Lo sostuvo frente a ella, contemplando la longitud de la tela, alegrándose de haber usado la misma ropa que ese muchacho. Acompañado de una sonrisa, la prenda cayó en la lavadora y desapareció tras el agua y, pronto, siguió el compás del aparato, bailando con la espuma producida. Poco después, le tocó entrar a la secadora para estar listo.

La muchacha, pasada la cena, se acostó en su cama, luego de haber dejado el saco a un lado, protegido por un plástico para que no le pasara nada en caso de que la lluvia continuara hasta el día siguiente. Sucrette se levantó por un momento y desplegó las cortinas para permitir la visibilidad. Se admiró al ver que la tormenta, aun si había durado toda la tarde, seguía con tanta o más fuerza que antes, golpeando el suelo con gruesas gotas que nadie podría haber enumerado. El granizo ya había cesado, así que tal vez el agua amainaría en la madrugada.

Durante la noche, no fue localizable la luna a causa de las insistentes brumas que se habían levantado desde la tarde y ahora y habían alcanzado un tono grisáceo oscurísimo, casi equiparable al negro. A diferencia de los pensamientos de Sucrette, el granizo volvió con mayor violencia, golpeando contra las ventanas que encontraba y, si no había ninguna a su paso, sufrían las consecuencias las ventanas de las casas, los vidrios de los autos, las paredes de los edificios y el suelo mismo.

Más de uno fue despertado por el estruendo de los rayos que siguieron el juego del granizo, compitiendo en sonoridad el uno con el otro. Al amanecer, el disco del astro rey no era más que una mancha borrosa, de un color lechoso, que era eclipsada fácilmente por una nueva tanda de nubes que se avecinaban a causa del viento, cuya intensidad aumentaba rápido.

La joven ya se había despertado, pero permanecía en su cama, hincada, pensando seriamente en faltar a clases, pues era una locura salir de casa con tan mal tiempo. El golpeteo de la puerta la hizo perder su concentración; Sucrette permitió el paso, por lo que su padre entró y cerró la puerta, luego caminó hasta estar frente a la muchacha.

—¿Piensas ir al instituto con este diluvio, hija? —preguntó el padre de la pelinegra, preocupado de recibir una afirmación como respuesta.

Una vez más, la muchacha corrió las cortinas de su cuarto, que se encontraban junto a su lecho, y, además de poder oír el fragor más claramente, vio cómo las bolitas de hielo se estrellaban en su ventana sin cesar. La chica miró a su padre, enarcando una ceja que denotaba sus dudas. La joven se quedó quieta en su cama, a punto de ceder ante la tentación de las cobijas, pero el saco de Lysandro, a su lado, consiguió animarla a levantarse e ir a devolver la prenda.

—Supongo que sólo debo abrigarme bien y… —la muchacha calló al escuchar el sonido del teléfono.

Ella y su padre miraron hacia la puerta, a sabiendas de que su madre estaba abajo, así que seguramente ella contestaría. Así fue, aunque los sorprendieron las pisadas, cuyo sonido se hacía paulatinamente más fuerte, anunciando que la señora se acercaba e iba a entrar a la habitación.

—Hija, es de la escuela —la muchacha agradeció y tomó el inalámbrico.

—¿Hola?

—¿Su? —la pelinegra se sorprendió al escuchar a Nathaniel del otro lado de la línea.

—¿Nath? —el padre de la muchacha enarcó una ceja.

El delegado carraspeó y anuncio: —La directora nos pidió que llamáramos a los alumnos para que supieran que las clases se suspenderán por hoy, ya que, como ya te habrás dado cuenta seguramente, la tormenta está incluso peor que ayer.

—Sí, parece que no tiene fin. Qué alivio, temía tener que andar fuera con este aguacero.

—Afortunadamente, madame Shermansky ha escuchado la sugerencia de algunos profesores y delegados.

—Muchas gracias —escuchó el rubio, sonrojándose levemente.

—No es nada. Me encantaría seguir charlando, pero aún debo llamar a Violeta, Rosalya y a los gemelos.

—Está bien —dijo ella. —Hasta el lunes, Nath.

—Cuídate —escuchó antes de colgar.

La chica devolvió el teléfono a su madre, quien le dedicó la misma mirada que el día anterior al verla con aquel saco. El padre de Sucrette se cruzó de brazos, un poco molesto, así que se limitó a formular una pregunta:

—¿Y qué querían?

—Me dijeron que no hay clases hoy —el señor, todavía reticente a preguntar quién era ese tal Nath, salió de la habitación, dejando a ambas mujeres a solas.

—Era el dueño del saco que traías ayer, ¿verdad?

—¡Mamá!

El resto de la mañana se fue en tareas de la casa. Tenía toda la tarde libre sin poder salir a causa de la tormenta, ¿qué podía hacer? Era evidente que no podía salir; tampoco tenía deberes que hacer, así que podía entregarse completamente a lo que quisiera.

Ya había terminado el hermoso libro que se había esfumado pronto a causa de su ávidos ojos, La narración de Arthur Gordon Pym, de Allan Poe, y, desafortunadamente, no poseía la segunda parte del relato, escrita por Verne. Todas las otras novelas de aventuras que había en su escritorio ya habían sido devoradas por su ansiedad por saber qué ocurriría al final.

Con una lentitud infernal, los minutos se acumularon para transformarse en horas y dar la vuelta a la tarde, llegando a una oscuridad, un poco más remarcada, que anunció el arribo de la noche. Nuevamente, aquella pastora que antaño solía asustar las tinieblas con su brillo, y arreaba las estrellas cual rebaño obediente, había sido envuelta por la bruma, aún cargada de agua. Increíblemente, la sinfonía comenzó a prescindir del granizo poco a poco, conformándose con azotar gruesas gotas contra sus objetivos.

A la mañana siguiente, sólo permanecía una ligera llovizna, totalmente ajena a la borrasca del día anterior. La muchacha se levantó y arregló rápidamente, dispuesta a salir a pasear un rato, ya que estaba aburrida de no hacer nada. Con la condición de comprar un litro de leche en la tienda, su madre le permitió deambular fuera por un rato, siempre y cuando se abrigara bien y llevara un paraguas.

La joven salió tranquilamente de su hogar, pisando a propósito los pequeños charcos que encontraba a su paso, salpicando un poco sus botas; le encantaba hacer cosas de esa clase, aunque pareciera que eran muy infantiles. Sucrette decidió pasar a la cafetería a tomar algo, ya que su cuerpo comenzaba a resentir el frío, a pesar de estar bien abrigada, como le había recomendado su madre. La ojiazul, brincoteando, al dar la vuelta en la esquina que daba hacia el establecimiento, sintió que era empujada por alguien, así que cerró los ojos, esperando el contacto frío y húmedo de la acera.

Dando tres piruetas en el aire, el paraguas color marrón salió volando hacia la derecha, mientras que uno celeste iba a parar, no muy lejos, hacia la izquierda. Ella, sintiendo que una mano la sostenía fuertemente evitando la caída, abrió los ojos y miró a su salvador.

—¿Se encuentra bien?

—Disculpe, yo… ¿Nath?

—¿Su?

Los cabellos de ambos fueron rociados por aquella ligera brizna, pero ninguno se dio cuenta por la impresión de haberse encontrado de esa forma. Nathaniel recogió el paraguas de la muchacha y la cubrió gentilmente; ella le sonrió y lo sostuvo por el mango. Unos segundos más tarde, el delegado ya había tomado el suyo y se encontraba frente a la ojiazul nuevamente.

—Qué sorpresa encontrarte por aquí —comenzó ella.

—Vine a la cafetería; me comentaron que el café capuccino que hacen aquí es excelente.

—Maravilloso es la palabra que usaría yo —el ojimiel esbozó una sonrisa.

—¿Ya lo has probado?

—En más de una ocasión; incluso hoy vine a disfrutarlo de nuevo.

—¿Entonces nos sentamos?

—¡Claro!

Afortunadamente, el área en que se establecieron las mesas estaba cubierta por un techo reforzado con tubos de metal y decorado con una tela impermeable de color rojo. No eran los únicos que habían tenido esa idea, ya que había algunas personas más en el local, la mayoría eran parejas que habían decidido hacer una parada para disfrutar de una plática resguardada por la confidencialidad de la lluvia. Nathaniel y Sucrette ocuparon una de las mesas cercanas a la puerta por la que salían y entraban los empleados, la que daba al interior del edificio; pronto llegó una señorita a su lugar, la vestimenta negra que llevaba, rematada con un delantal blanco, delataba que era una de las camareras.

—¡Buenas tardes! —los saludó, —bienvenidos. ¿Qué desean tomar? —los chicos recibieron la carta.

—Dos de éstos, por favor —dijo la muchacha, señalando la imagen de un café cappuccino.

—De acuerdo —la camarera lo anotó en una pequeña libretita que llevaba consigo. —¿Algo más?

—Una orden de estas galletas, por favor —dijo el delegado, señalando unas de coco del menú.

La chica anotó eso también y se retiró con una sonrisa. Cuando estuvieron solos, el silencio se apoderó del ambiente. Nathaniel, que no soportaba estar así, se apresuró a decir:

—Lo lamento, las ordené sin preguntarte.

—Está bien, ésas me gustan mucho.

El delegado no se inmutó por las palabras de la ojiazul. Sucedió que en una ocasión, cuando salía de la sala de delegados, Nathaniel había visto que, en el pasillo, la muchacha comía gustosamente con Alexy unas galletas de ese mismo sabor; por eso sabía que, de entre todas las que había para escoger, seguramente ésas le agradarían. Francamente, a él no le llamaban mucho las cosas dulces —a decir verdad, las evitaba—, pero podía hacer una excepción si se encontraba al lado de Sucrette.

No pasó mucho tiempo antes de que aquella señorita volviera y les llevara lo que habían pedido. Cada cappuccino quedó frente a su dueño y las galletas, servidas en una simpática canastita de mimbre decorada con un pañuelo de fieltro rojo, estaban al centro para que ambos pudieran disfrutar de ellas sin tener que pasearlas constantemente a lo largo de la mesa.

Sucrette puso ambas manos a los lados de la taza de café que le habían servido, calentándolas sin quemarse gracias a la porcelana con que estaba hecho el recipiente. Nathaniel tomó una galleta y le dio un pequeño mordisco, la muchacha lo imitó. La mirada de miel del delegado se desviaba constantemente hacia el rostro de la muchacha, pues era inevitable su deseo de verla a cada instante. Ella, por su parte, hundió sus labios en la espuma del café y, tras unos instantes, se limpió con una servilleta de papel.

—Realmente es delicioso —comentó el delegado tras sorber un poco.

—¡Te lo dije! —contestó ella, mientras tomaba otra galleta.

—¿Llegaste bien el jueves?

—¿Eh? —la muchacha no esperaba ese tema, —sí, Lysandro me llevó a casa.

—Ah, cierto —el rubio dio otro sorbo.

—¿Y tú, te quedaste mucho tiempo en el instituto?

—No, terminé los formularios antes de lo que imaginaba.

—Siempre pasas mucho tiempo con tus deberes de delegado —comentó la ojiazul.

—Bueno, tengo que hacerme cargo de todo eso, ya que son las obligaciones normales que conlleva serlo.

—Eres muy responsable, Nath.

—Hago lo que puedo —se sonrojó él por ese inesperado halago.

La muchacha se alegró por la reacción del rubio, dedicándole una cálida mirada que caló al delegado de tal manera que el frío que hubiera podido penetrar su cuerpo se había desvanecido en un tris. Sucrette tomó más de su café, en tanto se distraía un poco con la visión de la gente que pasaba por ahí bajo sus paraguas, o corriendo para huir de la brizna. El delegado, al encontrarse de nuevo en silencio, tomó otra galleta y comenzó a comerla lentamente.

—Me pregunto si mañana seguirá este clima tan raro —murmuró la pelinegra, recordando su cita con Lysandro.

—Tal vez; hay mucho viento y las nubes siguen tan altas como antier —la reacción de la muchacha fue una mueca de completo desagrado que intrigó al ojimiel.

—¿Por qué te preocupa? —preguntó él, —mañana…

Flash Back

¿E-estás libre este domingo?

¿Este domingo? —el rubio asintió.

Nathaniel notó cómo Sucrette cerró los ojos, de manera lenta, por unos momentos: su expresión no era buena; ¿tal vez había llegado alguien antes? De cualquier modo, en cuanto la muchacha mostró nuevamente sus luces, cuya expresión preocupada acentuaba la curvatura de sus cejas, entendió lo que ella iba a decirle.

Lo siento, Nath, ya tengo algo que hacer este domingo —la azabache confirmó sus pensamientos.

Ni hablar —respondió él. —Ya será en otra ocasión.

Sí, en otra ocasión —repitió ella.

End Flash Back

El recuerdo de su fallido intento por invitar a Sucrette a salir le resolvió la pregunta que él mismo había hecho, así que retomó lo que estaba diciendo tras esa breve interrupción: —… es cierto, mañana tienes algo que hacer, ¿verdad? —los colores que se subieron al rostro de la muchacha contestaron por ella.

—A-algo así —dijo con voz trémula.

Sucrette dio otro trago a su café, terminando el contenido de la taza; el rubio hizo lo mismo. Una vez más, la tranquilidad se encargó de tomar la atmósfera como su ambiente natural, dejando caer un silencio que sólo era interrumpido de forma intermitente por el constante golpeteo del agua contra el pavimento y la lona que los cubría. Sucrette hizo a un lado la tacita y miró a Nathaniel.

—Nath —lo llamó, —tengo que irme ya, mi madre me encargó pasar a comprar algo en la tienda.

—Está bien. ¿Quieres que te acompañe?

—¿No te causa problema?

—Para nada, vamos.

Aun si la pelinegra no estaba de acuerdo, el ojimiel pagó la cuenta solo y, tras alcanzarle su paraguas a su acompañante, él mismo tomó el suyo y lo abrió antes de dejar el establecimiento. Estuvieron a merced de las nubes durante poco tiempo, ya que el bazar no se encontraba lejos de ahí. Dentro, la muchacha tomó una caja de leche del refrigerador, y se volvió hacia Nathaniel.

—¿Quieres algo? —le dijo, —yo invito.

—Estoy bien, pero muchas gracias —fue la respuesta del rubio.

—Qué malo eres, Nath —aseguró la muchacha al tiempo que se cruzaba de brazos, —pagas la cuenta en la cafetería y no me permites invitarte algo.

—Debo ser un demonio —bromeó él, compartiendo una breve risita con la pelinegra.

—Vamos a pagar —ambos se dirigieron al mostrador.

Sucrette, evitando que el delegado volviera a mostrar esa clase de atenciones, puso el dinero rápidamente frente al encargado de la tienda, quien le devolvió el cambio con la misma presteza. El delegado se limitó a disimular una sonrisa, ya que le causaba gracia la manera de actuar de Sucrette: la chica le había adivinado el pensamiento y, en consecuencia, había actuado como una niña que intenta ganar una competencia de velocidad; esa actitud era una de las características que resaltaban la ternura de la ojiazul.

—¡Gracias, vuelvan pronto! —escucharon antes de cerrar la puerta de cristal.

Aun si no podían deducirlo a partir de la claridad del día, pues había nubes por doquier, la hora indicaba que el atardecer estaba cerca. Sucrette contempló el firmamento una vez más: en lugar de intensos colores salpicados, entremezclados y dispersos sobre ese lienzo llamado cielo, las nubes continuaban con su danza perene de acuerdo al gusto del viento. No tronaba, era verdad, pero la temperatura seguía igual de baja que el jueves o el viernes. Afortunadamente, esas cosas no los molestaron durante mucho tiempo, ya que el bazar estaba cerca de la casa de la muchacha.

—Nath —lo llamó ella, cuando estuvieron en la entrada del edificio en que vivía.

—Dime.

—Muchas gracias por todo —le sonrió.

—Al contrario, fue muy agradable pasar el tiempo contigo —la pelinegra se sonrojó un poco.

—Lo mismo digo —el rubio se alegró por el comentario.

—Entra, hace frío.

—Sí —Sucrette, avanzó unos pasos más, deteniéndose enfrente de la puerta. —Te veo después.

—Hasta el lunes —respondió él.

Al ver cómo ella se giró sin mayor contemplación, recordó el momento en que, de igual manera, ella misma se había volteado para salir del instituto en compañía de Lysandro y compartir la sombrilla de éste. Siempre veía la espalda de la muchacha y cómo alguien más se la llevaba, pero él nunca se atrevía a hacer nada. A pesar de su inseguridad, el rubio decidió aventurarse un poco:

—Espera, Su —la detuvo Nathaniel.

—¿Qué pasa?

La joven, al voltearse, sintió la mano fría del delegado a un costado de su rostro, sorprendiéndola por lo repentino. Antes de que tuviera oportunidad de reaccionar, el rubio la besó rápidamente en la otra mejilla y, soltando con delicadeza el agarre de su mano, dijo: —Nos vemos.

—N-nos vemos —respondió ella, completamente sonrojada, trastabillando por la sorpresa.

A pesar de que no había sido más que un tierno beso en el cachete a manera de despedida, su corazón se había agitado de repente por la cercanía anterior del rostro de Nathaniel ante el suyo. A veces olvidaba que ese muchacho, a pesar de su seriedad aparente, también podía tener arrebatos como cualquier otro joven de su edad. Era cierto que su relación no iba más allá que una amistad bastante fortalecida por los lazos que habían formado durante todo ese tiempo, sin embargo, una parte de ella, muy pequeña a decir verdad, se había alegrado de lo sucedido. Sucrette, asediada por sus pensamientos en torno al delegado, sacudió la cabeza un par de veces y se dio pequeñas palmadas en el rostro. ¿Pero en qué demonios estaba pensando? ¿Por qué pararse a pensar en eso? Ya era de noche, así que su cita con Lysandro estaba a la vuelta de la esquina.


¡Otro capítulo más! Éste me ha llevado más tiempo, porque ya han comenzado las clases en la universidad; supongo que lo mismo pasará con el resto de la historia. Sin embargo, es seguro que actualizaré lo más pronto que pueda.

Dejando eso de lado, espero que les haya gustado.

¡Saludos!