"Run away,
from the river to the street and find yourself with your face in the gutter.
You're a stray for the salvation army,
there is no place like home, when you got no place to go.

Little girl, little girl, your life is calling,
the charlatans and saints of your abandon.
Little one, little one, the sky is falling.
Your lifeboat of deception is now sailing.
In the wake all the way no rhyme or reason,
your bloodshot eyes will show your heart of treason."


Capítulo 3

"There's no place like home"

El domingo me despertó un fuerte dolor en el estómago. Eran las cuatro y media de la mañana. Había pasado el sábado sin probar bocado, y me había deshidratado de tanto llorar. Sentía los músculos agarrotados, y me encontraba muy molesta. Decidí que mi cuerpo no soportaría esa sed por mucho más tiempo, así que lo mejor sería ir a las cocinas a buscar algo de agua.

Esquivé el espejo en donde sabía, debido a su intenso brillo, que se reflejaba la luna. Mis compañeras de cuarto se habían olvidado de cerrar la cortina, y entraba mucha luz. Opté por dejarla abierta hasta mi regreso, para poder ver por dónde caminaba sin llevarme nada por delante.

El castillo seguía helado y me molestaba un poco sentir ese intenso frío, así que agarré un sweater que me había tejiido en el pasado la señora Weasley y que usualmente utilizaba para momentos como esos, y me lo puse. Tomé mi varita, como siempre, y susurré un 'lumus' para que me guiara el resto del camino.

Caminé hasta las cocinas lo más rápido que pude, y llegué hasta mi destino en un abrir y cerrar de ojos. Supuse que los elfos domésticos ya habrían empezado a preparar el desayuno: seguramente cocinar para tantos sería una tarea agotadora que les tomaría horas y horas. Estaba por tocar la puerta para anunciar mi presencia, pero me detuvo una voz con un dejo infantil, que provenía de adentro. Me esforcé por escuchar mejor, estando ya segura de que conocía aquella voz melódica de memoria, pero aún así queriendo comprobarlo.

Pude oír con total claridad cómo Luna le estaba preguntando a una elfina, si alguna chica de Gryffindor había ido en busca de comida el día anterior, y ella le contestaba que no, que nadie lo había hecho. La razón era clara: mi amiga estaba preocupada porque no me había visto comer en todo el día. No obstante, sentí una leve sensación de irritación. No me gustaba que se entrometieran en mi vida. Me gustaba hacer lo que quería, cuando quería. Siempre había pensando que en tanto y en cuanto yo no me metiera con los demás, nadie tendría por qué meterse conmigo. Ya había aprendido igual, que esa regla no solía cumplirse, que la gente siempre encontraba alguna que otra razón para meterse en asuntos que no les incumbían. Y Luna, en este momento, no estaba siendo la excepción, por muy nobles que fueran sus intenciones.

Mi amiga estaba hablando sobre mí y eso no me gustaba, pero la realidad era que no tenía ganas de enojarme ni de decirle nada al respecto: yo no me había dignado a aparecer en un lugar que tuviera algo de comida en las últimas treinta y seis horas, y ya mi cuerpo estaba pidiendo algo, lo que fuera. De repente tenía un dolor de cabeza taladrante, y me sentía sin energías. Estaba verdaderamente muy cansada y hambrienta.

Decidí que lo mejor era entrar de una vez, y pedir algo. Así además, Luna podría ver que no lo había hecho apropósito, que simplemente se me había pasado el horario, y que por eso me había salteado las comidas.

- Permiso...- dije a modo de saludo. El elfo que estaba más cerca de la puerta me sonrió. Luna se dio la vuelta al escuchar mi voz.

- ¡Hermione! ¿Qué haces despierta a estas horas?- me preguntó. Se acercó a mi persona para darme un beso en la mejilla, y una especie de abrazo incompleto. Yo le sonreí, pero ni siquiera tuve ganas de levantar mis brazos para equiparar su gesto.

- Me despertó el hambre. Ayer me salteé la cena, porque me quedé acomodando el cuarto, y bueno, el cuerpo pide comida.- expliqué.

- Tienes un aspecto horroroso, si me perdonas que te lo diga tan frontalmente, - dijo. Luego bajó un poco la voz, y se dirigió a mí en tono de confidencialidad. – de verdad necesitas dormir algo. Te hará mal. Hermione, ¿estás comiendo bien? Luces muy flaca.- me dijo.

- No digas tonterías, Luna. Estoy como siempre, sino más gorda.- le dije.- Y sí, estoy comiendo bien, no te preocupes. Solo me distraje limpiando un poco.- le aclaré. Ella me miró con cara de incredulidad.

- Tienes los ojos hinchados.- me soltó.

Nos miramos por un momento muy fijamente. Ella, analizándome más profundamente, y yo esforzándome en lucir lo más inocente posible. No quería que me leyera. No tenía fuerzas para eso. Bajé la mirada.

Ella entendió que no quería hablar, y decidió no decir más nada. Tan solo tomó mi mano para demostrar apoyo. La sentí cálida contra la mía, que estaba congelada.

- Son los recuerdos los que duelen, Luna.- le dije con una media sonrisa y apretando también su pequeña mano. Quería explicarme aunque sea un poco, muy a mi pesar, pues no quería que mi amiga estuviera preocupada por mi.- Pero contra eso no podemos hacer nada. No hay de qué preocuparse.- agregué.- Ahora, si me disculpas, comeré algo. Tú ve a dormir, no sé por qué estás despierta.- le dije.

Luna no contestó. Me miró con sus ojos enormes un largo rato, aún sin soltar mi mano.

- Gracias por la preocupación, pero es innecesaria.- Insistí.- Ya, ve tranquila, en serio.- la insté.

Ella se acercó a mi y me dio un suave beso en la mejilla. Luego me soltó, dio media vuelta y se fue, medio caminando medio saltando, por la misma puerta por la que yo había entrado hacía unos minutos. Su pelo largo bailaba detrás de ella, atado en una colita muy alta, y bastante enredado por cierto. Me generaba una linda sensación ver sus movimientos. Parecía un hada desplazándose por el castillo. El enojo había desaparecido por completo para aquel entonces.

Sentí una presencia detrás de mí y me giré. Vi a la elfina sosteniendo un vaso, y alargué mi mano para tomarlo. Le agradecí. Lo acabé casi de un sorbo, y se llenó nuevamente con un chasquido de dedos por parte de la criatura. Seguí bebiendo, ahora más tranquilamente.

Luego, los elfos me sirvieron un plato repleto de tostadas con manteca, y lo ataqué como si mi vida dependiera de ello. Unté la primera, y la mastiqué velozmente. Luego, la segunda. Decidí que me haría mal comer tan rápido, así que disminuí la velocidad. Y bastó tan solo ese cambio para que mi mente reaccionara: comencé a pensar en las muchas calorías que la manteca tendría, y en mi pobre cuerpo que tendría que soportarlas dentro. Imaginé todo el camino que estaba realizando lo que tragaba, todo el trabajo que mi cuerpo tendría que hacer para procesar lo que había ingerido. Casi podía sentir cómo mis piernas se ensanchaban con cada bocado que tragaba, y cómo mis caderas aumentaban de medida.

Inmediatamente, deposité lo que quedaba de esa tostada en el plato, y tomé otro sorbo de agua. Me levanté y le agradecí a los elfos por su buena atención y predisposición, intentando irme lo más rápido posible, alejarme de esa situación que acababa de acontecer. Del error que acababa de cometer.

- Pero señorita, ¿no tenía usted mucha hambre? - dijo un elfo, aquel que me había sonreído al entrar.

- No, era menos de lo que pensaba. Gracias de todos modos, pero estoy satisfecha. Buenas noches,- dije, y luego recapacité. - mejor dicho, buenos días.-

Era domingo, casi las seis de la mañana… no creía que nadie se fuera a levantar tan temprano. Pero estaba equivocada, al parecer. Antes de llegar a mi sala común, sentí unas voces doblando la esquina. Estaban susurrando.

- Profesor Dumbledore, deberíamos obligar a los alumnos a comer.- dijo la profesora.- Lo que me dijo la señorita Lovegood hace un rato es realmente preocupante.-

- Estoy de acuerdo, mi querida profesora, en que tenemos que hacer algo al respecto.- dijo el anciano.- Pero no podemos obligarlos a comer… - agregó el hombre, meditando.- ¡Tengo una mejor idea! Profesora McGonagall, ¿por qué no le escribe a los padres de la señorita Granger para que lleven a su hija a casa durante este corto receso navideño? Imagino que los debe extrañar, y estoy seguro de que el amor de sus padres podrá animarla.- sugirió.

- Creo que es una brillante idea, director. Ya mismo voy a la lechucería.- dijo entusiasmada, y apresuró sus pasos, haciendo que su calzado resonara en el piso del castillo.

No lo podía creer.

Luna, otra vez metiéndose en donde no debía. Casi no le había alcanzado el tiempo para ir corriendo a decir mentiras al despecho de la profesora. Me encontraba indignada. ¿Qué iban a pensar ahora de mí?

Cuando entré a mi sala, estaba hecha una fiera. ¿Por qué Luna era así? Se escondía detrás de esa figura inocente e infantil, y sin embargo mostraba su verdadera cara ni bien le dabas la espalda. ¿Qué demonios le costaba dejarme en paz? Ni que estuviera tan flaca, por favor. Lo que pasaba era que ella creía que me quería, y por eso me mentía, tratando de hacerme creer que era linda, que era como el resto. Que era delgada y delicada como ella, pero no, a mí no me engañaban. Yo sabía que era horrible, y que era necesario cambiar, de alguna forma. Y si no quería comer, si esa era la forma, no veía cuál era el problema. No quería que me obligaran a hacerlo, y mucho menos quería que mi hipócrita amiga, que me mentía continuamente en la cara diciéndome todas aquellas frases armadas, se metiera en mi vida y hablara a mis espaldas.

Subí a mi habitación y caminé hasta mi cama con decisión, no sin antes cerrar la cortina, por donde ahora ya no entraba la luz de la luna, sino mucha luz solar, pues claramente ya estaba amaneciendo. Quería cerrar todo y meterme bajo el acolchado, quería escapar de la realidad, de cada segundo de lo que acababa de pasar, pues estaba molesta con todo, odiaba a todos.

De cualquier manera, mi indignación y enojo no importaron: ese mismo mediodía vino la profesora a informarme que debía irme con mis padres, que me mandarían ni bien tuviera mi valija hecha mediante la red flu. Me encontró durmiendo, y se marchó, pero volvió por la tarde, momento en el ya estaba despertándome, y me comunicó su decisión.

Y así fue, no me dieron ni tiempo para encontrar a mi 'amiga' y descargarme: en un segundo estaba abriendo los ojos y comenzando mi día (o mejor dicho, mi tarde), y al siguiente estaba con la valija armada y una chimienea delante de mí. En un breve instante ya estaba en mi hogar.

Me alegré de ver a mis padres: me estaban esperando. Charlamos un poco, y ayudé a mi madre a preparar la cena. Y decidí no cenar. Y qué felicidad sentí cuando nadie me recriminó nada; ni una palabra, ni una mirada de reproche. Nada. Tan solo me dejaron ser. Y decidir. Me dejaron tranquila.

Quizás la profesora no les había contado nada después de todo. Me gustaba este panorama.

Cuando el reloj marcó las doce de la noche, estaba acurrucada en mi cama, con el brazo de mi padre alrededor de mí. Él había notado que estaba tiritando de frío, así que decidió arroparme y traerme un té. Me dio un beso en la cabeza, y me incitó a que tomara un trago de la infusión. Dije que no varias veces. El siguió ofreciéndomelo. Ante su insistencia, me sorprendí; quizá si estaba al tanto de esa estupidez que había inventado Luna, sobre que yo no comía nunca, pero seguramente no quería decir nada directamente. Además, era muy tarde. Con resignación, accedí.

Cuando probé un sorbo, noté que estaba cargadísimo de azúcar. Puse cara de asco, seguramente, porque mi padre clavó sus ojos en mí. Traté de sonreírle.

- De verdad tengo mucho sueño. Prefiero dormir un poco.- le dije, tratando de que se fuera de mi habitación, y que se llevara aquella asquerosa taza con él. Sin embargo, no podía evitar estar sumamente feliz entre sus brazos, y desear que se quedara dormido junto a mí. Como cuando era más pequeña. Pero que se quedara significaba que tendría que tomar el té, y no quería eso.

- Bueno mi amor, me voy. Pero termínate el té, ¿si? sé buena.- me dijo. Yo le sonreí, asintiendo.- Mañana tu madre hará la lasaña que sabemos que tanto te gusta.- continuó. Me dio otro beso en la frente, y se fue, cerrando la puerta.

No se llevó el té, pero por lo menos no me vi obligada a tomarlo. Lo dejé a un lado, y me di vuelta, disponiéndome a dormir. Estaba feliz de estar en casa, aunque enojada en el fondo. Pero allí, en el confort de mi propia cama, no tendría que pensar en las personas que había dejado en el castillo. En que Luna era una metida, en que Harry y Ron casi no me hablaban, ni tampoco tendría que soportar los eventuales encuentros con Malfoy. Ahí estaba a salvo.

De lo único que no podía huir, era de Cedric. Del recuerdo de su risa, que solía sonar tan armónica junto a la mía. Del recuerdo de su amistad, del continuo respeto y amor que mostraba por mí. De los recuerdos de todo aquello que yo ya no encontraba en nadie.

Merlín, cuánto lo extrañaba...

Con ese último pensamiento, y alguna lágrima solitaria cayendo por mi mejilla y mojando mi almohada, me quedé profundamente dormida.

Estaba acabada, a pesar de las pocas horas que había pasado despierta, aquel había sido un día muy largo.


¡Muchas gracias por leer! Espero sus reviews. Un beso grande.

Noe.