Autor: Usagi—Asakura
Fandom: World Series: Hetalia.

Disclaimer: Personajes a Hidekaz Himaruya.
Claim: España/México
Tabla: 30 Besos
Tema: #05 – "Sabe…"
Resumen: "… Tus besos son como las gotas de lluvia que refrescan mi corazón. Tus dulces besos me hacen tanto bien…"
Advertencias: Muy Occ de mi parte. Ya saben, he usado el nombre de Pedro Fernando para México, porque Pedro es Pedro y Fernando es… una cosa mona que ha hecho Berserker y me ha fascinado. Aunque, creo que mi OCC México dista mucho de lo que ella escribe. Orz. Agradecimientos a quien lea y a mi hermosa correa personal. España me ha salido un poco pervertido, tssss… mundo alternativo, SIPI, gracias.


#05 – "Sabe…"

Cuando Antonio hubo vuelto a la casa de su anfitrión, vio salir a un mozo con la ropa de otro de los invitados. En el corredor logró oír la voz de Alfred desde la escalera que decía amenazadora:

—¡Vuelve a insultarme de esa forma y te juro que…!

—¿Qué? ¿Qué me harás? ¿Dejarás de permitirme entrar a tu gran casa? ¿Dejarás que me humille más de lo que ya lo has hecho? —dijo Pedro Fernando—. ¡Más te vale que comprendas que no siempre accederé a tus deseos!

—¡Sólo te estoy diciendo que no puedes dejarme de lado! —exclamó el rubio.

El español escuchó, mordiéndose los labios. ¿Quién demonios se creía el americano?

—¿Cuál es tu problema? ¿Acaso estás celoso de que desee estar sin ti? ¿Acaso yo te quito tu tiempo cuando estás con Arturo? —replicó el latino.

Un silencio se acrecentó. Antonio vio cómo Alfred se detenía a la mitad de las escaleras, se volteaba a ver al moreno y le veía de forma dolida.

—Esto no tiene nada que ver con Arthur… Yo sólo quiero que dejes de meterte en problemas —dijo Alfred.

—Esto tampoco tiene que ver contigo. Puedo pasar mi tiempo con quien se me pegue la gana. Y si quiero estar… —calló.

—¿Por qué no lo comprendes? Antonio está con Lovino, no deberías meterte entre ellos —informó Alfred.

"Él lo sabe…", pensó con desesperación el español.

Ahora comprendía por qué la discusión. Todo era culpa de él. Y seguramente, Pedro Fernando le estaba defendiendo. Antonio no pudo evitar sentirse feliz por aquel acto y al mismo tiempo culpable por los problemas que su idilio prohibido le estaba causando a su amante.

—Lo sé —confesó el mexicano—. Perfectamente. Lo sé. Pero no puedo evitarlo… Así que —miró al rubio de forma más alegre— deja de pedirme que te preste más atención cuando lo tengo junto a mí.

Antonio contuvo el aliento en su lugar. Escuchando la exhalación que el americano soltaba, cerró los ojos unos momentos al escuchar de nuevo cómo avanzaba hacia la salida. Al parecer Alfred había comprendido al otro, así que cuando Antonio le vio retirarse salió de su escondite.

—Escuchar conversaciones ajenas es de mala educación —dijo de pronto Pedro Fernando. El español rió y le miró con cierta culpa.

—No fue mi intención.

—Sí, claro… Cómo no —murmuró el moreno antes de dejarse caer en el sofá de la estancia. Pedro puso una carta sobre la mesa. Antonio le imitó y miró el sobre con una cara incómoda.

—Lo sabe.

—¿Eh?

—Arthur lo sabe y le pidió a Alfred que viniese a pedirte que regresases a Europa —confesó Pedro.

—No voy a regresar —debatió.

—Lo sé. Pero si él lo sabe… Lovino…

Ante la mención del italiano, los rasgos de Antonio cambiaron miserablemente… Pedro Fernando se acercó al hispano. Se sentó encima de sus piernas y pegó su frente a la de él, se la besó.

—Si tienes que irte, debes irte. Despídete como es correcto hacerlo…

Antonio le escuchó, cada palabra que el moreno le decía… Al principio pensó que lo más inteligente sería regresar al lado del italiano, pero también sabía que si lo hacía, podría encontrarse con una escena no agradable para él. Lovino en los brazos de su mejor amigo Gilbert no era del todo pasable.

—Unos días más… —terminó de decir.

—Oh, Antonio, eres demasiado tonto… —dijo Pedro conmovido.

—Mm… Es sólo que…

—Yo te consolaré. Para eso estamos los amantes, ¿eh?

Pedro bajó su mano hasta llegar a la hebilla del pantalón, le miró con las mejillas rojas y bajó el cierre de su prenda.

—¿Siempre harás esto para contentarme? —dijo con voz impaciente Antonio.

—Sí.

"Eso me gusta", pensó antes de besarle con impaciencia y disfrutarlo como lo había estado haciendo durante toda esa semana. Ahora mismo no importaban ni Alfred, ni Arthur, ni Lovino. Ahora mismo, lo único que realmente importaba eran esas suaves manos acariciando su intimidad.