Caminaban hacia el palacio después de dejar a sus agotadas monturas en el establo. Habían cabalgado en una carrera hasta la orilla de la bahía que había a espaldas del castillo. Y allí habían pasado el resto de la mañana hasta que el sol estuvo en su punto más alto en el cielo.

Sus gargantas estaban resentidas de las carcajadas que no dejaban de salir por las chanzas que intercambiaban, y entonces una tos seca, firme y familiar hizo que Ushio callara súbitamente.

-Abuela...- Sumika paró en seco también sus risas y un escalofrío recorrió su espalda cuando vio la cara de la Viuda Kazama, consiguiendo lo que no habían logrado ejércitos con ella. La matriarca de los Kazama era tan terrorífica como solo ella solía ser.

-Ushio, ¿Dónde estabas?- preguntó dando los pasos necesarios hasta encararse con ambas sin dejar de apretar los dientes. Sumika automáticamente se puso firme.

-He ido a dar un paseo con Lady Sumika, hemos hablado por un rato- la voz de la princesa intentaba ser fuerte y uniforme, pero se fracturaba al finalizar la frase.

-¿Por eso tienes la ropa mojada y llena de tierra?- Sumika miró la ropa de la chica y después la suya propia. Cierto, habían jugado en el agua entrando hasta las rodillas, y toda la arena de la playa estaba pegada en las telas.

-Hemos ido a la playa mi señora- contestó Sumika entrando en la conversación al ver que la princesa comenzaba a abrir y cerrar la boca sin saber qué decir.

-¿Qué hacías en la playa Ushio?- ni siquiera movió las pupilas en dirección a la morena, obviándola completamente de la situación- Vámonos, no puedes dejar que te vean así- agarró la muñeca de su nieta y tiró de ella hasta comenzar a andar- una noble princesa debe dar una cierta imagen, no andar vestida como una pordiosera- Sumika se quedó plantada mirando la situación hasta que las dos mujeres castañas desaparecieron por la puerta, y solo entonces consiguió relajar la espalda, mientras miraba su propia ropa.

-Te he enseñado desde pequeña cómo debe comportarse una dama- la mujer mayor seguía agarrándola de la muñeca tirando de ella a lo largo de todo el pasillo- Me preocupa que acabes siendo como ella ahora que va a quedarse aquí. No debes pasar tanto tiempo con esa mujer.

-Pero ¿por qué tengo que hacer lo que vos queráis?- se paró en seco y se zafó del agarre- ¿Por qué no puedo hablar con ella?- la encaró mientras su abuela miraba alrededor, recelosa de que nadie oyese aquello.

-Porque ella no se comporta como una dama- avanzó contestándole entre dientes- No quiero que acabes siendo como ella.

-¿Qué tiene de malo ser como ella?- alzó un poco más la voz provocando que la mujer mayor volviera a mirar alrededor- Es fuerte y valiente, más que ninguna otra mujer que yo haya conocido. Y si os dignárais a conocerla un poco en lugar de rechazarla a la mínima oportunidad, os daríais cuenta- se giró bastante alterada.

-¡Ushio!- gritó llena de impotencia por no poder controlar a su nieta mientras la chica avanzaba por el pasillo.

-Tranquila, iré a prepararme para el festejo- dijo girándose llena de ironía- tengo que parecer una noble princesa - acabó con una reverencia- Pero ¿Sabéis qué? Nadie es perfecto, hasta una noble princesa suda cuando se esfuerza, o se ríe a carcajadas si algo le hace gracia. ¡Incluso llora o grita si se enfada!- gritó completamente enojada antes de girarse y continuar su camino a lo largo del pasillo.

Una chica morena con el pelo recogido en una trenza que acababa cayendo por su hombro le devolvía la mirada en el espejo, le costaba reconocerse. Llevaba un vestido largo y liso de color azul marino, con mangas largas y cuello cuadrado. El único detalle en la cintura era un cinturón que le quedaba un poco holgado y caía hacia su cadera izquierda, acentuando aún más la figura femenina que se escondía debajo de su diario uniforme militar o los ropajes que usaba por su comodidad.

Parecía que otra persona la mirara a ella cuando se miraba en el espejo, la doncella que la había ayudado a arreglarse aún daba vueltas por la habitación recogiendo lo que se había usado para arreglar a la chica. Y en un instante se paró en seco.

-No he utilizado khol- se acercó con el frasco que tenía en la mano ante la mirada extrañada de la muchacha- siéntese mi señora.

-¿Qué es eso?- se acercó a una de las sillas que rodeaban una pequeña mesa redonda con una expresión bastante recelosa.

-Khol mi señora- colocó el frasco a la altura de sus ojos para mostrarlo bien.

-¿Qué es khol?- en temas de maquillaje y cosas que cualquier dama podía reconocer a simple vista, ella no entendía nada. Y aquel pequeño frasco de cristal con polvo negro le creaba desconfianza.

-Para maquillar sus ojos- se dejó hacer sin dejar de estar recelosa, no se sentía cómoda con un pincel cerca del ojo.

La melodía que su padre solía hacer con los nudillos sonó cuando la doncella acabó de maquillarla. Solo asomó la cabeza tras la invitación de la morena, y al ver el aspecto de su hija entró mostrando una sonrisa enorme. Caminó dando zancadas enormes hasta llegar a su hija que lo miraba con cierta expectación y vergüenza, al ser la primera vez en años que volvía a llevar un vestido.

-Hija mía, estás bellísima- la abrazó con delicadeza, un abrazo completamente diferente a los que solía darle- Cuánto te pareces a tu madre- vio melancolía en sus ojos. El tema de su madre era algo de lo que no solían hablar nunca. Ella siempre había notado un resentimiento extraño de parte de sus hermanos ya que su madre murió en el parto, y por eso nunca había sido un tema cómodo. Pero en ese momento veía en la mirada de su padre orgullo, un orgullo completamente diferente al que reflejaba cuando la veía vencer a alguien en un combate singular. Ese era el orgullo de ver lo que había conseguido hacer junto a la mujer que había amado.

-Noe siempre me ha dicho que madre era hermosa- respondió mientras el hombre también vestido con sus atuendos de gala le ofrecía el brazo para empezar a caminar en dirección a la sala principal.

-Y lo era- la sonrisa nostálgica no se lograba borrar de la cara del norteño- ciertamente tuve suerte, me enamoré de tu madre y ella de mí- Sumika lo miraba casi emocionada, el hecho de conocer algo sobre su madre la hacía feliz- Normalmente los enlaces concertados no suelen ser así.

-¿Vuestro matrimonio fue concertado?- preguntó bastante extrañada, le estaba escamando el rumbo que tomaba esa conversación.

-Todos en la corte lo son- esa afirmación trajo cierto escalofrío en la nuca de la morena, estaba a punto de preguntarle por qué mencionaba el matrimonio en ese momento cuando su padre continuó hablando -Esta mañana hablé con su Majestad.

-¿Qué os dijo?

-No puso ningún impedimento en que seas tú quién dirija el Norte- temía que hubiese un "pero" detrás de esa frase, todo lo que viene detrás de un "pero" suele ser como una patada en el estómago- Pero quiere que te quedes en la capital para ser Consejera de Armas del Rey hasta que llegue el día que debas ocupar la silla del Oso- Y aquella patada dolió demasiado.

-¿Consejera de Armas?- se paró en seco parando de paso a su padre- ¿Y qué pasará con la guardia norteña? ¿Quién los dirigirá?- comenzaba a sobresaltarse.

-Puedo hacerlo yo mismo- la morena comenzaba a notar como la sangre se acumulaba en su cabeza, se estaba frustrando.

-No padre- negó con la cabeza también para darle más énfasis- Tenéis asuntos más importantes que tratar con todo el Norte bajo vuestro control- sabía que si se quedaba en el sur podría ocurrir cualquier cosa, ni quiera se podía imaginar el qué, pero recordar la expresión de la Viuda Kazama la asustaba.

-Entonces tendrá que hacerlo alguno de tus hermanos- sentenció como si fuera algo inamovible y una sensación de alerta se apoderó de ella.

-Pero...- una mano de su padre la silenció súbitamente.

-Yo me encargo de todo- colocó las manos en los hombros de la chica- El Norte no se desmoronará mientras un verdadero Oso se siente en la silla de Grifelcogh- la calma y la seguridad de sus palabras consiguió que se relajase un poco- Por eso debes ser tú quien me suceda Sumika ¿Lo comprendes?- suspiró para sonreírle a su hija cariñosamente después de que ella asintiera- Bueno, vamos a entrar para que los estirados de la corte vean qué guapas son las mujeres norteñas- acabó ofreciéndole el brazo de nuevo a la chica, que solo pudo contestar con una carcajada.

La sala de celebraciones estaba completamente despejada para que los invitados pudieran bailar. Pudo reconocer a varios nobles feudales de todos los rincones del reino solo con fijarse en sus ropas. En su mayoría todas caras nuevas para la chica.

Vio a su padre saludar a lo lejos y tiró de ella hasta atravesar toda la la sala. Pasando entre grupos de nobles con sus esposas e hijos, camareros que paseaban bandejas llenas de copas y aperitivos, el grupo de músicos subidos en una pequeña tarima que comenzaban a probar sus instrumentos. Y al fondo un hombre alto y fornido le devolvía el saludo a su padre.

-¡Cuánto tiempo sin veros Lord Murasame!- oyó gritar al hombre que estaba reunido junto a unos cuatro feudales.

-Creo que desde aquella justa, amigo mío- el hombre con el que hablaba su padre parecía norteño y estaba en un grupo junto a otros tres hombres que continuaron hablando.

-Teniendo nuestras tierras tan cercanas, es extraño que siempre nos encontremos aquí en la capital- continuó el hombre que era tan fornido como su padre si no más, pero presentaba una frondosa barba negra en la que se ocultaba su sonrisa.

-Ciertamente- asintió Tenkai, y como si de un resorte se tratara pasó su brazo sobre los hombros de su hija- Por cierto, Lord Kumano, os presento a mi hija, Lady Sumika- se sobre saltó un poco al notar la mirada analizadora del noble, y no pudo obviar la mirada del más joven del grupo que continuaba hablando, pero giró la cabeza al oír su nombre.

-Es impresionante como se parece a ella- exclamó mirando de soslayo a Tenkai que asintió orgulloso- Junichi, ven aquí- llamó hacia atrás, y el joven que Sumika vio girarse antes se acercó- Éste es mi hijo, Junichi Kumano- sacó pecho orgulloso.

-Es un placer conoceros Lord Murasame- hizo una leve reverencia justo antes de clavar la mirada en la chica- Me alegra conoceros Lady Sumika- algo no le dio buena espina en la mirada del hombre moreno que le sacaba casi una cabeza de altura.

-Gra... Gracias- dijo escuetamente, al fin y al cabo, no sabía como responder a eso.

-Será mejor que dejemos hablar a los jóvenes a solas Tenkai- sonrió de una forma sospechosa que hizo a entender a la norteña el motivo de esta presentación.

-Verdaderamente me alegra conoceros al fin- comenzó Junichi cuando los padres se habían ido a un sitio más apartado- mi padre me habló de vos durante varias semanas, antes de venir.

-Yo no había oído hablar de vos hasta hoy- se sinceró, provocando tensión por parte del joven que carraspeó un tanto incómodo.

-Bueno, espero que lleguemos a ser buenos amigos- surgió una silenciosa pausa que rompió el muchacho de nuevo- Mi padre me dijo siempre que él y Lord Murasame deseaban unir sus casas desde hacía años- algo se alarmó en ella, y todas las piezas encajaron. La mención al matrimonio por parte de su padre, la presentación forzosa, la frase de Lord Kumano. Todo, su padre pretendía casarla. Y para colmo con... Ahora lo recordaba, sabía que desde el principio ese apellido le sonaba de algo.

-Ahora recuerdo de qué me sonaba el apellido Kumano- notó como la mirada del joven se convertía en una de extrañeza- Oí que vuestra familia tenía una relación muy cercana con los Hitami. ¿Acaso intentáis limpiar vuestra casa con una unión?- pasó a ponerse visiblemente nervioso, y la mujer pasó a acusarle simplemente con el gesto. No sabía el por qué pero desde siempre había sido así con ciertos hombres, principalmente a los que le veía algo extraño, como el hijo de Lord Kumano.

-La casa Kumano siempre ha sido fiel a los Murasame- dijo firme, intentando que no existiera ningún atisbo de duda- A pesar de eso, pienso que Lord Hitami gobernó su feudo, de manera brillante, y lo admiro por ello- Sumika agachó la mirada un segundo mientras suspiraba para volver a levantarla decidida.

-Traicionó a la casa Murasame, que era a quienes habían jurado vasallaje. Eso fue lo que hicieron mal, no gobernar su feudo- la mirada del hombre lo hacía parecer cada vez más nervioso, Sumika pudo apreciar algunas gotas de sudor emanar de su frente.

-¿Eso fue lo que os dijo vuestro padre?- la voz delataba el nerviosismo que estaba sintiendo.

-No, eso fue lo que vi. Yo estaba Lord Kumano, dirigiendo a las tropas norteñas- sentenció con el entrecejo fruncido- Si me permitís- estaba harta de que los hombres sobretodo los norteños la trataran como una dama débil. No lo era, y lo había demostrado con creces, ella había vivido y sobrevivido a batallas y ataques que otros muchos no pueden relatar. Caminó en dirección a la mesa repleta de bebidas y comida que estaba apartada en una pared de la sala.

¿Su padre pretendía que se casara con ese hombre? No lo iba a lograr, bastante había conseguido que aceptara quedarse en el sur para ejercer de consejera de su majestad. Además de que no se veía preparada para casarse, ese muchacho tenía algo que a ella no le gustaba. Nunca había oído a su padre mencionar su amistad con la casa Kumano. Se sentía frustrada, y comenzó a sentirse atemorizada cuando vio acercarse a ella a la Viuda Kazama.

-Debió alegraros el saber que al finalizar el verano os quedaréis en Eldhoburg- dijo la Viuda Kazama a la par que se acercaba a ella con una copa en la mano y la sonrisa intrigante a la par que arrogante que la caracterizaba.

-Solo en parte mi señora- la única parte que le alegró de la noticia fue la idea de quedarse más tiempo cerca de la princesa, el resto le parecía un martirio asegurado, aparte de que la obligaba a estar alerta todo el tiempo.

-Normalmente se suelen dejar ciertos obsequios en los aposentos de los nuevos consejeros para darles la bienvenida. Pero conociendo todo lo que se habla de vos, no sabía si debía esperaros un hombre o una mujer en vuestro lecho- iba a contestar sin contenerse cuando su vista se topó con el final de la escalera de la gran sala. Allí la princesa entraba en la celebración y la norteña enmudeció. Llevaba un vestido celeste que dejaba los hombros descubiertos, además de un precioso bordado dorado que rodeaba su escote y adornaba sus mangas- iré a recoger a mi nieta si no os importa- dijo la anciana con bastante desagrado al ver la forma en la que Sumika miraba a la princesa.

-No se lo tengáis en cuenta- oyó que dijo alguien de repente, provocando que la norteña volviera a la realidad y dejara de seguir a la castaña con la mirada. Cuando se giró para ver quién le hablaba, vio que una mujer morena de pelo corto apareció a su derecha- A mí me hizo algo parecido. Siempre intenta imponer respeto a través del miedo, si te paras a pensarlo es una muestra de debilidad- Sumika continuó mirándola intentando escudriñar el rostro de la mujer que le hablaba de una manera tan familiar, como si la conociera de algo- Disculpadme, soy Hachisuka Tomoe, es un placer conoceros después de haber oído tanto de vos, y aún más placer para mí trabajar junto a vos para el bien del reino.

-Al parecer se habla mucho más de mí aquí que en mi tierra- había oído demasiadas veces que habían rumores de todo tipo referente a ella y eso la estaba empezando a molestar.

-Suele fascinar mucho más lo diferente y desconocido que lo que se ve todos los días- vestía una especie de túnica de manga larga y lisa que le llegaba a los tobillos y estaba ricamente bordada en sus mangas y parte baja -Aunque he de deciros que siempre me ha parecido más pura la sinceridad y el honor de los norteños que toda la hipocresía de la corte sureña en general. Hay pocas personas que se salven de esa definición, ya os daréis cuenta- hizo una pequeña pausa en la que los músicos comenzaron a tocar canciones típicas de sala. Sumika no sabía como intervenir en aquella conversación, y aunque su cabeza no dejaba de dar vueltas no hallaba una solución demasiado buena.

-Entonces ¿también servís a su Majestad? - fue lo más inteligente que pudo sacar de su cabeza.

-Sí, soy consejera de la moneda- contestó señalando la insignia plateada del escudo del reino que llevaba en la solapa de la túnica- esto es lo que diferencia a los miembros del consejo de otros de la corte. Te darán el tuyo pronto.

-No creo que yo sirva para ser miembro de un consejo- sabía que iba a extrañar el empuñar una espada, acampar con las tropas o cabalgar durante días. Su padre le estaba pidiendo que cambiase todo aquello por sentarse en una mesa y hablar, cosa que no se le daba demasiado bien- Yo no me parezco en nada a los de la corte.

-Es bueno ser diferente, eso nos hace especiales- Sumika vio en la mirada de Hachisuka algo que no supo descifrar, como si conociera algo de ella que nadie más conocía- Y no me refiero a insignias, ni nada por el estilo. Sino al interior, si todos fuésemos como la mayoría de la corte, este mundo estaría destruido. Pero parece que tú tienes algo especial- la consejera de la moneda miró un momento hacia otro lado de la sala- Seguramente por eso la princesa no deja de miraros- miró entre sorprendida y sonrojada en dirección a donde estaba Kazama y la vio junto a su abuela hablando con algunos jóvenes nobles. Y como si la hubiese llamado por su nombre, la princesa cruzó sus ojos con los de ella y ambas se sonrieron a modo de saludo.

-No sois de aquí ¿Verdad?- dijo Sumika admirando el pelo oscuro de su receptora mientras notaba los ojos de la princesa aún clavados en ella.

-Realmente no, soy de las Colinas de Liebres- no era muy común el pelo oscuro entre los sureños. La gente de la capital decía que los norteños tenían el pelo tan oscuro debido al humo de las chimeneas que debían estar encendidas casi todo el año, meras habladurías populares- Está a medio camino entre el noroeste y aquí- Vio como la mujer miró por detrás de su hombro derecho y ella se giró para ver de quién se trataba- Princesa, qué placer volver a veros- se acercó a ella y caballerosamente le besó el dorso de la mano.

-Me agrada volver a veros Consejera Tomoe- sonrío con un leve sonrojo ante el contacto y la norteña las miró extrañada, no sabía qué estaba pasando ahí- Hola Sumi-chan- la saludo mientras la miraba de arriba a abajo y ella le devolvió el saludo con una sonrisa intimidada ante ese escudriño.

-¿Os conocíais de antes?- dijo la consejera de la moneda- Parece que tengáis bastante complicidad- mostró una sonrisa que al parecer de Sumika también escondía algo que no sabía descifrar. Las expresiones de aquella mujer eran un verdadero misterio.

-Desde que éramos niñas hemos pasado algunos veranos juntas- le explicó Sumika mirando a la princesa que le ofreció una copa con vino junto a una enorme sonrisa.

Una camarera rubia, más bien bajita con una cara bastante aniñada se acercó con una bandeja de copas de vino. Y a Sumika no se le pasó por alto la mirada que se lanzaron Hachisuka y ella justo antes de que la rubia prosiguiera con su camino, mostrando una sonrisa coqueta.

-Ya que os dejo en buenas manos princesa, me retiraré con vuestro permiso- dijo Hachisuka acompañándolo de una leve reverencia mientras no apartaba la mirada de la camarera, y en cuanto acabó la frase, caminó detrás.

-Es Miyako- afirmó la castaña al ver la expresión de Sumika- Según tengo entendido, ella y la consejera Hachisuka tienen una relación bastante estrecha- así que por eso la consejera de la moneda tenía tanta prisa- pero nadie más lo sabe.

-Puedes confiar en mí Kazama- colocó su mano derecha en el pecho haciendo una especie de juramento.

Los músicos pararon a petición del rey y comenzó una especie de discurso lleno de palabras como "unidad", "lealtad", "prosperidad" o "amistad" El típico discurso que se hace para mantener la unión entre dos aliados visiblemente fuertes.

La miró de soslayo, intentando disimular ante los invitados, la norteña y sobretodo su abuela el asombro que la morena le provocaba. Ni siquiera oía qué decía su hermano. Solo podía pensar en que Sumika había elegido el vestido perfecto para su figura, que marcaba cada curva de su cuerpo, y eso la estaba acelerando. Un sorbo de vino. Su pelo recogido en una trenza dejaba al descubierto su cuello, qué olería si metiera la nariz ahí. Otro sorbo de vino. Y por si fuera poco cada vez que la miraba a los ojos veía como el khol enmarcaba el gris de sus iris, destacándolos más y llenándola de ganas de vivir toda su vida reflejada en ellos. El tercer sorbo de vino. Debía intentar relajarse, o a aquella velocidad acabaría con las reservas de vino del palacio para intentar aplacar los nervios. Además, debía disimular, no quería darle a entender a Sumi-chan qué era lo que ella sentía.

-Me pregunto qué hay que hacer para que te sirvan una cerveza aquí- dijo Sumika cuando el discurso del rey concluyó mientras miraba la copa con cierto tono humorístico, para después mirarla a ella con sorna. Ushio reconocía perfectamente esa expresión, era su cara de chanzas. Una cara que solo la había visto mostrar cuando estaban a solas.

-Como no vayas a alguna taberna de la ciudad- continuó con la chanza medio riéndose la princesa mientras buscaba con la mirada a su abuela, cerciorándose de que estaba ocupada.

-¿Y por qué aquí no hay? ¿Alguna norma que impida a los sureños beber cerveza?- comenzó a mostrar una medio sonrisa- No me extrañaría con lo extraños que sois aquí - Ushio pudo apreciar como la miraba por el rabillo del ojo al acabar esa frase. Sí, estaba intentando enfadarla. Ese había sido un hobbie común en la norteña siempre que estaban juntas.

-Mi abuela dice que la cerveza es bebida de hombres mediocres, piratas y sanguinarios- contestó sabiendo que ganaría esa discusión antes de empezarla y la expresión de la morena cambio de manera radical. Y al ver esa cara se dio cuenta de que se había pasado. Había tocado el punto clave, su abuela. Desde la última vez que los Murasame visitaron la capital, hace ya cinco años, la Viuda Kazama había intentado no dejarlas a solas demasiado tiempo, y se había dedicado a menospreciar cualquier cosa referente a la menor de los Murasame. No tuvo ni siquiera que ponerse en el lugar de Sumika para entender que se le pasaba por la cabeza, la gente de la corte solía ser siempre bastante altiva y despreciaba a todos los que no seguían sus normas, como le ocurría a ella misma -Pero yo no creo eso- aclaró mirándola seriamente a los ojos- Creo que mi abuela se equivoca en muchas cosas.

-¿De verdad que no piensas así?- la castaña asintió firmemente y esa afirmación consiguió que la sonrisa volviera a la cara de la norteña, aunque no era una sonrisa burlona como la anterior, más bien era una sonrisa de agradecimiento e incluso alivio - En ocasiones me da la sensación de que te sientes obligada a hacer cosas que después te meten en problemas, como esta mañana- frunció un poco el ceño al oír aquello, ya que lo ocurrido con su abuela regresó a su memoria, pero inspiró hondo hinchando su pecho en cuanto recordó cómo le había plantado cara a su abuela.

-Esta mañana lo pasé muy bien Sumi-chan- se movió del sitio para quedar frente por frente- Era justo lo que deseaba hacer- clavó la mirada en ella de tal forma que Sumika no logró apartarla aunque al fondo de la sala una bandeja hubiese caído- El verano que tú estás aquí, se me pasa demasiado pronto. Por eso me alegra que vayas a ser consejera, así podrás quedarte más tiempo esta vez.

-¿Sabes que seré consejera?- en serio, las noticias volaban en aquel castillo, todos sabían lo que sería de su futuro antes que ella misma. Cada momento que pasaba allí, odiaba más la corte.

-Ya todos lo saben hermanita- oyó la voz grave de su hermano Shenzo detrás de ella. Cuando se giró lo vio hacer una reverencia hacia la princesa mostrando su sonrisa arrogante- Padre nos dio la noticia hace nada, felicidades- si la envidia tuviera un color hubiese tintado cada letra de esa palabra, y Sumika estaba segura de que no fue la única que lo notó.

-Gracias, pero a decir verdad no es lo que deseo- ¿Por qué era tan incomprensible para todos que ella solo quisiera dirigir su Guardia? -Nunca he deseado ningún cargo, más que el que ostentaba- contestó mirándolo fijamente, queriéndole dejar claro que la decisión de su padre la había tomado tan por sorpresa como a todos, y por la mirada que le dedicó el joven moreno dedujo que la había entendido. Aunque no tardó en volver a mandarle otra mirada de recelo.

-Puedes estar tranquila, seguramente seré yo quién dirija a la Guardia- vio como le dedicó una sonrisa maliciosa justo antes de cambiar la mirada hacia la princesa con cierta altanería.

-Sabes que mis hombres no te son fieles- clavó la mirada y estiró su espalda todo lo que podía para mostrar su altura, aceptando así el duelo que había comenzado su hermano al nombrar a la Guardia Norteña.

-Tendrán que serlo si es padre quién me nombra capitán de la Guardia- él la imitó irguiéndose y clavando la vista de forma amenazadora, la tensión se podía cortar con un cuchillo entre ellos. Sin darse cuenta acercaron sus cabezas sin pestañear, la mujer notaba su mandíbula en tensión, sus dientes comenzaban a chirriar.

Un carraspeo hizo girar la cabeza a los hermanos. Sí, la princesa seguía allí, y al juzgar por su expresión estaba expectante de que ellos dos no se fueran a enzarzar en una pelea en mitad de la sala.

-Lamento este tipo de conversación tan poco digna de una dama en vuestra presencia alteza- volvió a su sitio haciendo otra reverencia que hizo rodar los ojos a la norteña. Estaba segura de que si algún día llegaba a encontrar a alguien más zalamero y adulador que Shenzo, vomitaría.

-No comprendo por qué os disculpáis, en mi opinión cualquier conversación puede ser digna de una dama, si ella entiende del tema- contestó educadamente la castaña, señalando a Sumika con la mirada e intentando sonreír. Aunque la morena reconocía cada expresión forzosa de su cara, y esa sonrisa lo era con creces.

-En realidad vine hasta aquí para sacaros a bailar, si gustáis- y como no, hizo otra reverencia. Su hermana no pudo evitar alzar una ceja y entrecerrar un poco los párpados intentando descifrar a qué vendría aquello. Shenzo era más de jugar, apostar y beber como un cosaco en las celebraciones, nunca lo había visto bailar desde que Noe les enseñó.

-Amm...- dudó la princesa y miró a su acompañante buscando alguna posible respuesta, pero Sumika seguía intentando descifrar a su hermano- Claro, será un placer- al oír aquello si que la miró como si de un resorte se tratara, y observó con la misma expresión de incredulidad cómo su hermano le ofrecía el brazo y ambos caminaban hacia el centro de la pista.

No entendía nada, su hermano estaba bailando con Kazama. Kazama estaba bailando con su hermano. Sintió una enorme punzada en el pecho al ver como Shenzo agarraba la cintura de la castaña, y un simple pensamiento cruzó su mente. Si tan solo hubiera nacido hombre, tal vez sería su mano la que agarrase la cintura de la princesa. Los miró bailar y hablar entre ellos, ¿De qué hablarían? Kazama se estaba riendo, riéndose de qué. No apartó la vista en un tiempo a pesar de que el entrecejo comenzaba a dolerle de apretarlo tanto. En ese instante sí que necesitaba una cerveza fría, una jarra llena de cerveza bien fría. Cambió un instante la vista al notar una mirada clavada en ella y vio como la Viuda Kazama la miraba con una sonrisa victoriosa y después miraba el baile de su nieta y Shenzo, para acabar mirándola de nuevo, con la misma sonrisa. Aquello la enfadó, la indignó. Qué pretendía aquella mujer, por qué le daba la sensación de que la tenía tomada con ella.

Apretó la copa de vino que aún seguía en sus manos y la bebió de un sorbo provocando que un noble bastante fino la mirara espantado. Sí, ella no era ninguna dama de la corte ¿Qué problema había con eso? Notó el afrutado sabor del vino caer por su garganta y una micro expresión de asco apareció. Dejó la copa en la mesa que tenía detrás y volvió a mirar en dirección a Kazama y su hermano que gracias a los dioses habían dejado de bailar. Shenzo besaba la mano de la princesa con una reverencia y después caminaba hacia otro lugar de la sala.

-¿Te ha pisado mucho? Mi hermano es un patoso- le preguntó cuando la vio regresar a su lado- en las clases de danza era el peor- recordaba como siempre pisaba a Noe la ama de cria, que a falta de su madre se había dedicado a enseñarles todos esos temas.

-¿Quieres bailar?- preguntó de repente, como si no hubiese oído nada de lo que le había dicho la otra chica.

-¿Bailar?- acababa de volver de bailar con su hermano, ¿Acaso se había quedado con ganas de más?

-Eso dije- se rió nerviosa, y la morena miró instantáneamente en dirección donde estaba la abuela de los Kazama- ¿Acaso no sabes?- dijo de una forma burlona, como intentando retarla.

-Sí, claro que sé- recordó todas las tardes que Noe tuvo que ir a buscarla y llevarla a las prácticas por las orejas, cómo no iba a aprender.

-Pues vamos- sentenció agarrando a la morena de la mano y llevándola a la pista.

Estaba harta de ser la princesa y no poder hacer nada de lo que deseaba hacer. Llevaba toda la noche dudando si sacarla a bailar, y la frase de Shenzo Murasame había sido el último empujón para hacerlo. "En realidad ha sido vuestra abuela la que me ha comentado que sería buena idea que os sacara a bailar" oía esas palabras retumbar en su cabeza. Todo tenía que ser como su abuela deseaba. Y con ella no, con su vida ya no.

Se había dado cuenta aquella noche cuando la encontró entre todos los invitados de la sala. Verla así vestida, deslumbrando todo lo que miraba con esos ojos grises la había hecho comprender que había estado engañada durante años. No era admiración lo que sentía por la norteña. Estaba enamorada. Ahora no comprendía por qué no se había dado cuenta antes. Su corazón se lo decía, y la forma en la que le estaban sudando las manos al bailar con ella, y como cuando colocó una mano en su cintura le faltó la respiración. La música no era demasiado alegre, pero ambas no dejaban de sonreír. No separó la mirada de sus inigualables ojos grises en toda la canción y es que tampoco se le ocurría ningún lugar mejor donde mirar.

-¿Creéis que la Viuda Kazama se molestará al ver eso?- comentó la camarera que veía la escena desde una zona apartada, cerca de la puerta por la que acababa de llegar de una de sus numerosas escapadas con la consejera.

-Por desgracia hay muy pocas cosas que a la gran Viuda Kazama no le molesten de su nieta- contestó Hachisuka mirando también la escena mientras se acicalaba el pelo- Así que no creo que eso importe, no por ahora. Lo mejor será que disfruten ahora que pueden hacerlo.