Capítulo Tres
Estaban de pie una al lado de la otra, sonriéndole. Esme era la más baja de las dos, con una melena color caramelo, grandes ojos cafés de mirada continuamente sorprendida. Rosalie era una rubia platino, con el pelo cortado a lo paje, rostro aniñado y ojos azules y una atronadora voz que podía servir de alarma antirrobos. Ambas iban vestidas con todos los colores del espectro caleidoscópico, y cargadas con todo tipo de pulseras plásticas a juego.
Ya con los ojos bien abiertos, Isabella contempló estupefacta a sus tías y luego levantó la cabeza para mirar al hombre sobre el que estaba acostada. El corazón empezó a latirle acelerado. Recordaba vagamente haber estado sentada con él en el sofá la noche anterior, pero no tenía ni idea de cómo había acabado en esa postura, en sus brazos. ¡En sus brazos, por el amor de Dios! Afortunadamente todavía seguía durmiendo, pensó mientras se apartaba cuidadosamente. Pero Edward rezongó algo y apretó su abrazo. Abochornada, Isabella lanzó a sus tías una débil y tímida sonrisa. Las dos correspondieron con sendas sonrisas radiantes.
Pisoteada definitivamente su dignidad, la joven se fue liberando centímetro a centímetro de los brazos de su jefe, o su ex jefe. Estaba ya a punto de escapar cuando Edward abrió los ojos. Primero la miró a ella, sorprendido, y luego a Rosalie y a Esme.
—Buenos días —lo saludaron al unísono.
Con una expresión de pánico, se levantó de un salto del sofá. Isabella, por su parte, perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—Lo siento —murmuró incómodo, ofreciéndole una mano.
Vio que la blusa se le abría mientras la ayudaba a levantarse, y primero se puso pálido, luego rojo. "Se ha ruborizado", pensó maravillada Isabella al tiempo que se apresuraba a cerrarse la camisa. El señor Cullen estaba, de hecho, avergonzado.
Y cuando recordó por qué llevaba la blusa abierta, Isabella no pudo menos que avergonzarse también. "Oh, Dios mío", murmuró para sí. El recuerdo de su remedo de strip-tease la dejó sin aliento. Pero ya se enfrentaría más tarde con las consecuencias de lo sucedido la noche anterior. Primero tenía que ocuparse de sus tías.
—Tía Esme, tía Rosalie —se aclaró la garganta—. ¿Qué estáis haciendo aquí?
—Ya te avisamos de que vendríamos, querida —respondió Esme, aunque seguía mirando a Edward—. ¿Te habías olvidado?
—Son solo las siete y media de la mañana. Se suponía que debía recogeros en el aeropuerto a la una y media de la tarde. Vuelo 312, puerta 22.
—Oh, eso —Rosalie hizo un gesto despreciativo con la mano—. Tomamos un vuelo anterior. Se suponía que Esme tenía que decírtelo.
—Qué va —se oyó un fuerte ruido de pulseras cuando Esme se puso en jarras para mirar a su hermana con el ceño fruncido—. Se suponía que eras tú quien debía llamarla. Yo me encargué del taxi.
—Ya estás discutiendo otra vez, Esme —siempre sonriente, Rosalie la acusó con el dedo índice, agitando sonoramente sus pulseras.
"Estupendo", pensó Isabella. "Justo lo que necesito ahora: un duelo de pulseras".
—No importa —intervino antes de que la discusión subiera de tono, lo cual era algo muy previsible, conociendo a sus tías—. Es... maravilloso veros de nuevo.
Sus tías se adelantaron entonces para besarla efusivamente en las mejillas, y después de eso Isabella se decidió a hacer las presentaciones.
—Tía Esme, tía Rosalie, este es el señor Cullen.
—¿El señor Cullen? —las dos se volvieron para mirarla sorprendidas.
—Mi jefe. Creo que ya os he hablado de él.
—¿A tu prometido lo llamas "señor Cullen"? —inquirió Rosalie.
—Bueno —aspiró profundamente—, es que él no es...
—Señor Cullen para tan encantadoras damas, por supuesto —se adelantó Edward—. Me llamo Edward.
Con el aliento contenido, Isabella observó cómo Edward se situaba a su lado y le pasaba un brazo por los hombros.
—Son las ganas de bromear que siempre tiene, Bella —añadió, a modo de explicación.
Boquiabierta, se volvió para mirarlo. Debía de estar sufriendo una alucinación, una secuela del abuso de alcohol de la noche anterior.
—Bella me ha hablado mucho de vosotras —continuó él—. Me doy cuenta de lo raro que debe de pareceros todo esto, el hecho de habernos encontrado así, pero lo cierto es que ayer noche nos quedamos hablando hasta las tantas acerca de vuestra visita, y nos quedamos dormidos aquí mismo. ¿No es cierto, Bella?
Bueno, formalmente su explicación era correcta, se dijo Bella mientras miraba a sus tías, que parecían encantadas.
—Bueno, tías, la verdad es que...
—La verdad... —la interrumpió nuevamente Edward, lanzándoles a sus tías una mirada de complicidad—... es que anoche Bella se pasó un poquito bebiendo alcohol. Ya sabéis que no lo soporta muy bien...
Esme y Rosalie se miraron asintiendo, y la última se encargó de señalar:
—Es un gen recesivo de la línea paterna de la familia, me temo. La rama de los Dwyer toleramos muy bien el alcohol, aunque solo lo probamos en las ocasiones especiales, por supuesto, e incluso entonces con extraordinaria discreción.
Isabella ahogó una carcajada. "Discreción" era una palabra que difícilmente podía relacionarse con el apellido Dwyer. Y era cierto que podían consumir incontables cantidades de alcohol sin sufrir ninguno de los efectos que solía padecer la gente. Incluida ella misma. "Sobre todo yo", se dijo Isabella al recordar vívidamente lo sucedido durante la noche anterior. Le había enseñado los senos, por el amor de Dios. ¿Qué pensaría el señor Cullen de ella, exhibiéndose ante él de esa forma? ¿Cómo podría mirarlo a la cara de nuevo? No podría. Simplemente no podría.
—¿Bien? —Rosalie bajó la mirada hasta su mano, mientras Esme se inclinaba hacia delante, expectante—. Enséñanoslo, querida.
—¿Que os enseñe qué? —Bella no tenía ni idea de lo que estaban hablando.
—Pues tu anillo, por supuesto —respondió Esme—. Estamos tan contentas desde que nos enteramos de la buena noticia...
—Oh, tías, lo siento mucho, pero...
—Todavía no hemos podido encontrar el más adecuado —terminó Edward por ella—. Algo tan importante tiene que ser perfecto, ¿no crees, Bella?
Isabella lo miró sobresaltada, preguntándose qué diablos estaba diciendo.
—Desde luego —asintió Rosalie—. No conviene apresurarse demasiado en esas cosas... para evitar tener que lamentarlas después.
—Bueno, Rosalie… —intervino Esme con expresión pensativa—... ya sabes que tu segundo matrimonio con Royce, que el pobre descanse en paz, fue bastante apresurado. Pero conservas un estupendo recuerdo suyo en forma de un espléndido diamante de dos quilates...
—No tan espléndido como el de tres quilates que te regaló tu tercer marido, que Dios le tenga en su seno —replicó Rosalie, y se dirigió luego a Bella—: Nos encantaría seguir aquí charlando, querida, pero el taxi nos está esperando. Te llamaremos cuando nos instalemos en el pueblo.
—¿No os vais a quedar aquí? —inquirió Bella, incrédula.
—Por supuesto que no —Rosalie lanzó una apreciativa mirada a Edward—. No queremos molestar.
¿Desde cuándo?, se preguntó Bella. A sus tías les encantaba molestar. Y por una vez que ella misma quería que lo hicieran...
—Pero...
—No te preocupes por nosotras, cariño —Esme tomó del brazo a su hermana—. Hemos alquilado habitaciones en un lugar estupendo: la Taberna del Escudero. Nuestra agencia de viajes nos dijo que tanto el alojamiento como la comida eran magníficos.
Isabella ahogó una exclamación, recordando que Emmett Cullen era el dueño del negocio. Solo sería una cuestión de tiempo que sus tías descubrieran la verdad, e Isabella Swan sería el hazmerreír de todo el pueblo de Forks.
"Me cambiaré de nombre. Me trasladaré a una aldea de las montañas. Me haré la cirugía plástica".
Sus tías ya se disponían a salir cuando Rosalie se volvió para advertirle:
—Estamos empeñadas en que comáis con nosotras hoy en la Taberna. A la una en punto, queridos. Esme y yo ardemos de curiosidad por saber cómo os conocisteis...
—Esperad —Isabella se liberó del brazo de Edward y se dispuso a seguirlas, pero este se lo impidió reteniéndola de una mano.
—Allí estaremos —les aseguró.
Las dos hermanas los saludaron con la mano, haciendo sonar sus pulseras, y salieron de la casa con la gracia y dignidad de dos personajes de la realeza. Isabella, por su parte, cerró los ojos rezando para que todo aquello fuera una pesadilla de la que pudiera despertarse, y su aburrida vida volviera a ser tan aburrida como antes. Luego, lentamente, abrió los ojos.
El rostro del señor Cullen estaba muy cerca del suyo, y sonreía. Conteniendo el aliento, Bella bajó la mirada hasta sus labios. Aquella boca estaba tentadoramente cerca...
—Ya está —pronunció él con naturalidad—. No ha sido tan malo, ¿verdad?
—¿Que no ha sido tan malo? —gimiendo, se dejó caer en el sofá—. No les he contado la verdad sobre lo nuestro, ¿y ahora se supone que debemos comer todos juntos? ¿En un lugar público? Eso responde a lo que yo entiendo por «malo», señor Cullen. Más que malo, horrible.
En ese momento se volvió para agarrar un cojín del sofá y hundió el rostro en él. Pudo sentir cómo Edward se sentaba a su lado.
—Bella, lo primero de todo, si vamos a enfrentarnos a esto, tendrás que dejar de llamarme "señor Cullen". Y también tendrás que relajarte un poco. Te pones tensa como una tabla cada vez que me acerco a ti.
—¿Enfrentarnos a esto, dices? ¿Y qué quieres decir con eso de que me pongo tensa? No es verdad...
—Claro que es verdad. Venga, levántate.
—Vete, por favor.
—No —le acarició delicadamente la mejilla con un dedo—. No me levantaré de este sofá hasta que te dignes hablar conmigo.
—No puedo. Después de todo lo que hice anoche, no puedo volver a hablar contigo. Ni siquiera soy capaz de mirarte. Es más, me voy a ir a Alaska.
—¿Y qué es exactamente lo que crees que hiciste? —le preguntó, divertido.
Todavía negándose a mirarlo, Bella extendió una mano y empezó a contar con los dedos.
—Primero, le dije a mis tías que eras mi prometido. Segundo, me emborraché. Tercero, yo... —gimió contra el cojín. Ni siquiera podía decirle que había estado a punto de desnudarse ante él, y mucho menos creer que había llegado incluso a hacerlo.
—Bella —susurró su nombre suavemente y la tomó de los hombros, haciendo a un lado el cojín con el que seguía ocultándose la cara—. Está bien relajarse un poco de vez en cuando. No hiciste nada de lo que tengas que avergonzarte.
—Eso es muy fácil de decir —continuaba negándose a mirarlo—. No eres tú quien ha hecho el ridículo.
Se le aceleró el corazón cuando Edward le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó delicadamente el rostro.
—No hiciste para nada el ridículo. De hecho, estuviste estupenda. Pero ahora, pronuncia mi nombre.
—¿Señor Cullen?
—¡Otra vez! Edward.
—¿Por qué?
—Tú quieres que tus tías sigan adelante con sus planes de viaje y no se trasladen aquí contigo, ¿verdad?
—Bueno, sí, pero...
—Entonces yo soy tu hombre.
—¿Qué?
—Me dijiste que tus tías pensaban que necesitabas un hombre, ¿no?
—Bueno —pronunció ruborizada—, supongo que debí haber dicho que...
—Entonces, durante las dos semanas que tus tías estarán aquí, yo seré tu hombre, Bella.
—¿Tú, mi hombre? —susurró.
—Sí. Durante dos semanas, seré todo tuyo.
De repente Isabella encontró dificultades para poder respirar bien, y todavía más para hablar. Sabía que ese aturdimiento nada tenía que ver con el alcohol que había consumido la noche anterior, y mucho con el contacto del dedo de Edward bajo su barbilla cuando añadió:
—Soy todo tuyo.
—No entiendo.
—Quiero que vuelvas conmigo, Isabella —declaró con tono firme—. Y si para eso tengo que fingir durante unos días que soy tu prometido, pues adelante.
Así haremos felices a tus tías y, una vez que se marchen, todo volverá a la normalidad.
¿Normalidad? ¿Aquel hombre pensaba que podía fingir estar comprometido, y que después todo volvería a la normalidad? Isabella no lo creía ni por un momento. Le estaba haciendo una proposición peligrosísima, y tendría que estar loca si se le ocurría aceptarla. Rematadamente loca. No podía hacerlo. No podía.
¿O sí podía?
—Mis tías nunca se lo tragarán —repuso con una voz que parecía pertenecer a otra persona.
—Bueno, entonces tendremos que mostrarnos convincentes, ¿no? —murmuró él—. Ahora pronuncia mi nombre.
Bella tragó saliva, y luego graznó nerviosa:
—Edward.
—Pareces la mujer del ratón Mickey. Inténtalo de nuevo.
—Edward —obedeció, bajando la mirada hasta sus labios.
Eso mismo hizo él, y antes de soltarla, le acarició fugazmente una mejilla. Todavía con la mirada fija en su boca, se aclaró la garganta.
—Ya está. Bueno, no ha sido tan difícil, ¿verdad?
"No", pensó aterrada. No había sido nada difícil. De hecho, había sido demasiado fácil.
Edward se levantó de repente, sin dejar de mirarla.
—No necesitas ir a la oficina esta mañana. Te veré en la Taberna a la una en punto.
—Pero...
—A la una —retrocedió hasta la puerta principal, y desapareció después de cerrarla a su espalda.
"Aquella era una mala idea", se dijo Bella contemplando la puerta cerrada. Una mala, pero que muy mala idea. Nunca podrían salirse con la suya. Cerrando los ojos, se dio cuenta de que ni siquiera había advertido a Edward acerca del imprevisible comportamiento de sus tías. Estaba segura de que no olvidaría jamás aquella comida. Abrió bruscamente los ojos.
"Oh, no", Aquel era otro pequeño detalle que se había olvidado mencionarle. Solo que no era precisamente pequeño. Gimiendo, tomó conciencia por primera vez del significado de la expresión "salir del fuego para caer en las brasas".
—¿Quieres que finja que tú eres qué? —detrás de la barra, Emmett Cullen alzó rápidamente la mirada de la cerveza de barril que estaba tirando—. ¿Y frente a quién?
—Tranquilízate, ¿quieres? —Edward miró a su hermano con el ceño fruncido, y lanzó una rápida mirada sobre el hombro para vigilar a Bella y a sus tías, sentadas en torno a una mesa en el centro de la taberna. Había mucha gente, y ninguna de ellas había advertido hasta el momento su presencia—. Comprometido. Quiero que finjas que estoy comprometido. Con Bella.
La cerveza se derramó por los bordes de la jarra helada, y Emmett maldijo entre dientes.
—Estás de broma, ¿no? ¿Bella y tú? ¿Desde cuándo llamas a Isabella "Bella"?
—Desde esta mañana.
—¿Esta mañana? —Emmett arqueó las cejas—. ¿Quieres decir que, esta mañana... te despertaste junto a ella?
—Algo parecido —de hecho, se había despertado bajo ella, y podía recordar muy bien la sensación de su cuerpo sobre el suyo. Era extraño, pero aún podía sentir la calidez de su piel sobre su pecho, y la caricia de su sedoso cabello en la cara.
—Estaba un poquito alegre cuando se marchó contigo anoche. Si lo que pretendes es darle falsas esperanzas con tal de aligerar el peso de tu conciencia, no cuentes conmigo.
—Emmett, por el amor de Dios...
—Isabella es una gran chica —continuó Emmett—. Un poquito gris, quizá, pero una buena chica. No me gustaría pensar que mi propio hermano se ha aprovechado de una niña así.
¿Niña? Al recordar el cuerpo que tan insistentemente se había empeñado en enseñarle la noche anterior, Edward se dijo que Isabella no era en absoluto una niña. Y, bajo otras circunstancias, y con cualquier otra mujer, se habría sentido más que dispuesto a admirar aquel maravilloso cuerpo. Pero se trataba de Bella, y no podía pensar esas cosas de ella...
—Tiene veintiséis años, para tu información —repuso Edward con tono irritable—. Y no, no me aproveché de ella, estúpido. Nos quedamos dormidos en el sofá, vestidos; eso fue todo.
Bueno, quizá hubo algo más que eso, pero no iba a decírselo a Emmett. Lanzó otro vistazo por encima del hombro. Como si hubiera adivinado que la estaba observando, Bella levantó entonces la vista y lo descubrió.
Edward sintió un extraño nudo en la garganta cuando se encontró con su mirada. Llevaba un suéter gris de cuello alto, y se daba cuenta de que era la primera vez que la veía sin su formal traje de negocios. Mirando su holgado suéter, sus grandes gafas de pasta y el apretado moño con que siempre se recogía el cabello, se preguntó por que constantemente se escondía detrás de una apariencia tan fea, cuando no era en absoluto una mujer fea. De hecho, era una mujer preciosa, con aquella piel tan suave, aquellos ojos cafés chocolates, y aquel cuerpo que...
—Edward, hola, ¿hay alguien en casa? —Emmett agitó una mano delante de su rostro, sacándolo de sus abstraídas reflexiones—. ¿Se puede saber qué te sucede?
Edward lo sabía menos que nadie. Pasándose una mano por el rostro, se volvió para mirar a su hermano.
—¿Ves a esas dos mujeres que están sentadas con Bella?
—Las hermanas Dwyer. Esta mañana las instalé en dos habitaciones.
—Son las tías de Bella —explicó Edward—. Si ellas te dicen algo acerca de que Bella y yo nos vamos a casar, tú como si nada. Ya te lo explicaré más tarde.
De pronto Rosalie descubrió a Edward y, con aquella sonrisa felina que le era tan característica, empezó a agitar la mano y a emitir grititos de saludo. Esme no tardó en hacer lo mismo, con lo que las dos se erigieron en centro de atención del local: todo el mundo se volvió para mirarlas.
Aspirando profundamente, Edward forzó una sonrisa y se encaminó hacia la mesa, absolutamente seguro de que su hermano se estaba riendo a sus espaldas. Tensó la mandíbula. ¿Cómo se atrevía Emmett a reírse de él? ¿No podía darse cuenta de que aquella era una situación muy seria, que exigía suma discreción y reserva? A sus treinta y un años, siendo el más joven de los hermanos Cullen, evidentemente Emmett todavía necesitaba que le enseñaran a respetar a los mayores. Edward decidió que ya se ocuparía de ello más tarde. Estaba seguro de que sus hermanos Eleazar y Carlisle, y por supuesto su hermana Alice, la benjamina del clan, se habrían comportado con mucha mayor madurez.
Pero... ¿qué otra cosa podía hacer? No podía dejar escapar a Bella. ¿Cómo podía sustituirla por otra secretaria? Bella era esencial para la marcha de su negocio. Durante las siguientes dos semanas, lo único que tendrían que hacer era fingir que estaban comprometidos. Tomarse de las manos, darse un pequeño beso de vez en cuando, lanzarse unas cuantas miradas cariñosas... Eso no podía resultar muy difícil. Ambos sabrían que no era algo real. Que solo era una simulación.
Tenía que admitir, sin embargo, que durante un momento de aquella misma mañana, cuando sentado en el sofá al lado de Bella la tomó de la barbilla, se había sentido.., bueno, atraído. Quizá incluso un poquito... excitado.
Vale, de acuerdo: muy excitado.
Era por eso por lo que había salido disparado de su casa. Había sufrido una momentánea falta de control, por decirlo de alguna manera. No quería que
Bella se llevara una idea equivocada acerca de sus intenciones, o pensara que él quería aprovecharse de la situación. Lo único que quería era que regresara a su oficina, que era donde tenía que estar. Una vez que sus tías se convencieran de que estaban enamorados, entonces ellas podrían seguir adelante con su crucero; más tarde Bella podría decirles que habían roto su compromiso debido a... diferencias irreconciliables. Eso le facilitaría a Bella algo más de tiempo para encontrar a un hombre. Y entonces todo el mundo tan contento.
Satisfecho consigo mismo por haber ideado una solución tan sencilla, Edward ignoró las miradas de curiosidad que suscitó en toda la sala y fue a sentarse al lado de Bella. Pudo sentir cómo contenía el aliento en el momento en que plantó un beso en su ruborizada mejilla. Después de saludar a Esme y a Rosalie, murmuró dirigiéndose a Bella:
—Hola, amor mío.
Isabella lo miró con los ojos muy abiertos, y repuso vacilante:
—Eh... hola.
Edward suspiró. Definitivamente iba a costar mucho que Bella se relajara lo suficiente como para que sus tías creyeran que estaban realmente comprometidos. Le tomó una mano entre las suyas y le besó los dedos. Estaban fríos como carámbanos de hielo.
—Te he echado de menos.
—Oh —sonrió, nerviosa—. Yo también.
—¿Sabes, cariño? He estado pensando sobre nuestra conversación de esta mañana, acerca de los anillos, y he decidido que no podía esperar por más tiempo.
Los ojos de Bella se abrieron aún más cuando Edward sacó un anillo de diamantes del bolsillo de la chaqueta y se lo deslizó en el anular. Ahogando un sollozo, Esme agarró a su hermana del brazo:
—Oh, Rosalie, si nuestra querida hermana hubiera vivido para ver esto... nuestra pequeña Bella hecha toda una mujer y enamorada...
—Es un sueño hecho realidad —Rosalie sacó un pañuelo del bolso para enjugarse las lágrimas.
Bella desvió la mirada del anillo y se inclinó ansiosa hacia sus tías:
—No, tías, por favor, yo...
Pero entonces las dos mujeres entonaron al unísono una canción, alta y resonante, de tipo tradicional y relacionada con el sagrado tema del amor y la familia. Edward estaba demasiado sorprendido para esforzarse por reconocerla. Lo único que podía hacer era mirarlas con la boca abierta... al igual que el resto de los clientes del pub.
Eame hacía de soprano, y Rosalie de alto. Sus voces armonizaban de manera espléndida. Ejecutaron dos estrofas y terminaron con un coro. Luego se reclinaron en sus sillas, tan tranquilas como si acabaran de pedirle al camarero un vaso de agua.
La multitud presente estalló en aplausos. Esme y Rosalie se levantaron para saludar, sonrientes, antes de volver a sentarse. Edward miró a Bella, que se había puesto colorada y, sin darse cuenta, se había aferrado con todas sus fuerzas a su mano.
—Oh, querida, me temo que hemos avergonzado a Bella —comentó Esme, pensativa—. Nunca se ha sentido cómoda con nuestras espontáneas actuaciones.
—Absurdo —replicó Rosalie—. Con cuatro generaciones dedicadas al teatro por parte de su línea materna, y tres por la paterna, ¿cómo puede sentirse avergonzada? Lo lleva en la sangre.
¿La familia de Bella dedicada al teatro?, se preguntó Edward. Bueno, eso ciertamente explicaba muchas cosas.
—La verdad es que ha sido algo... —se encogió de hombros mientras buscaba la palabra adecuada—... asombroso.
—Es una minúscula parte de nuestro repertorio —comentó Rosalie—. Pero ya tendremos tiempo para haceros otra demostración. Ahora mismo Esme y yo queremos conocer todos y cada uno de los detalles de vuestra relación.
Empieza tú, Edward. ¿Cuándo fue que descubriste que nuestra pequeña Bella era la mujer de tu vida?
Las dos hermanas se inclinaron hacia delante, mirándolo con expectación. Edward se amilanó por un momento. Fingir que era el prometido de Bella era una cosa, y otra muy diferente inventarse una historia de amor.
—El se... —Bella se interrumpió de pronto, corrigiéndose a tiempo—. Edward, no tienes por qué...
Edward se acordó entonces de Jessica y se estremeció; luego, rodeando los hombros de Bella con un brazo, sonrió a Esme y a Rosalie.
—Claro que tengo por qué, cariño. Quiero hacerlo —se inclinó hacia delante y bajó la voz, adoptando un tono de confidencialidad—. Nunca le he contado a Bella esto, pero antes incluso de verla sabía ya que era la mujer de mi vida.
—¿Una premonición? —Esme se llevó una mano a su amplio pecho.
—¿Un sueño? —Rosalie abrió mucho los ojos.
—Un sueño —Edwars recordó el currículum de Bella: excelente mecanógrafa, gran disposición para el trabajo, una joya entre un mar de "Jessicas". Bella había sido como un sueño hecho realidad
Rosalie y Esme se miraron, suspirando.
—Ahora te toca a ti, querida —la animó Esme.
—Ah, bueno...
—No seas tímida, corazón —intervino Edward—. Adelante. ¿Cuándo descubriste que yo era el hombre de tu vida?
—La primera vez que te vi —respondió con tono suave—. Estabas en tu oficina, al lado de la fotocopiadora, con las manos negras de la tinta que acababas de cambiar y una gran mancha en la barbilla. Fue entonces cuando lo supe.
Mientras la miraba, a Edward se le hizo un nudo en la garganta. Maldijo en silencio. Evidentemente, Bella debía de llevar en la sangre aquel talento para la interpretación. Por un terrible momento, estuvo a punto de creerla.
Luego, para rematar aquella farsa, la besó en la boca. En aquella suave, cálida boca. Solo para mejorar su interpretación prolongó el beso, aspirando su dulce aroma femenino. Sentía sus labios temblar bajo los suyos...
De pronto Edward dio un respingo al oír la nueva y sorpresiva canción que Esme y Rosalie empezaron a entonar: Una mágica tarde. Con el corazón acelerado, miró a las dos mujeres, y luego a Bella. Tenía los ojos muy abiertos y lo miraba como disculpándose.
Los aplausos y gritos de júbilo que siguieron animaron a las tías de Bella a continuar, cosa que no dudaron en hacer.
Desconcertado, Edward esperó a que se le tranquilizara el pulso. Intentó decirse que no era el beso lo que se lo había acelerado. Le había dado ese beso solamente para fingir delante de sus tías, eso era todo...
En cualquier caso, mientras esperaba a que Esme y Rosalie terminaran su canción, no pudo menos que preguntarse en qué clase de lío se había metido...
