La cita en cursiva proviene de un Atlas de Patrimonio, que a su vez está tomada de un libro de David Lowenthal (El pasado es un país extraño, 1998).
Como cada día, a mitad tarde, me senté en mi rincón favorito de la cafetería.
¿Y ahora qué?
Esa es la pregunta por antonomasia traspasada la barrera del primer paso.
Entonces tienes en cuenta la infinidad de personas que se volverán comas, tachones o un subrayado en fosforito en la hoja de ruta que trazará el camino.
Pero no es el caso porque, aunque siga velando por mí cierta timidez, el siguiente objetivo será gustarte, tanto como para que quieras repetir una cita que dure toda la vida.
Porque sé que eres "ese alguien" que la sabiduría, casi ancestral, me hace comprender que dejarás una huella profunda. Tanto como para que, el día de hoy, te recuerde siempre con detalles, insignificantemente banales, como el color de tu vestimenta o el olor que desprendías.
Gestos nimios, como la delicadeza con la que tratas aquello que tienes entre manos, se vuelve fundamental porque, inconscientemente, lo asocio a todo aquello que vayas a tratar a partir de este momento, sean objetos o personas.
Perdida, entre mis pensamientos y tu sonrisa, nos hemos vuelto a encontrar con la mirada.
Entonces me he "dado cuenta" que mis cuerdas vocales no aportaban sonido alguno, y poco importaba que hiciera gala de una finura, corrección y educación sin mácula si no daba pie a una conversación.
Por suerte para las dos has tenido verborrea para rato.
Aunque ahora, excusándote brevemente, vuelves a estar al otro lado del cristal.
¿Y qué importan los minutos?, el vacío físico es una presencia palpable que me indica que, a partir de ahora, necesitaré más de ti de lo que pueda ser humanamente posible.
Quiero pensar que eres real, que esto no es otro de mis delirios en los que termino soñando contigo.
Debería tocarte cuando vuelvas. Y sé que vas a volver porque sólo te has llevado el abrigo para protegerte del contraste de temperatura.
El resto, y tu rastro, lo has dejado en la cafetería, incluidas las láminas, que desperdigadas sobre la mesa ahora danzan ante mis ojos, insistiéndome: ¡cógeme!, ¡mírame!
La curiosidad por saber es mayor que el respeto a no tocar nada que no es de mi propiedad.
Encuentro que, el particular edificio de enfrente, viene acompañado de una cita: El pasado es un país extraño cuyas características están configuradas de acuerdo con las predilecciones actuales; su rareza está domesticada por la forma en que conservamos sus vestigios.
Me planteo si, ahora que nos ha surgido una repentina predilección la una por la otra, ¿conservarás nuestros vestigios a golpe de boceto?… porque lo que son nuestras rarezas podrán suavizarse, pero seguirán ahí, con el paso del tiempo.
Ver mi autorretrato plasmado en el papel responde automáticamente esa cuestión.
Estoy a punto de dejar tus dibujos, cuando encuentro algo acosador, tierno, estrafalario y manipulador. Patos, patos, patos, patos, patos. Un buen puñado.
Vuelves a la cafetería y yo ni me entero.
Dices, visiblemente divertida, que he averiguado mucho de ti en los últimos minutos.
Acabas de descubrirme con las manos en la masa.
Mi sonrojo, de órdago, se convierte en sorpresa cuando veo a tu acompañante.
Ella te propina un codazo y, mientras te manda a buscar un paraguas, se disculpa por haber sido la culpable de tu ausencia y de que tengas que marcharte nuevamente.
Tengo una expresión de no estar entendiendo nada, por eso la desconocida alega, para que disipe ese halo de decepción, que debo gustarte mucho si has dejado tus diseños al descubierto, algo que no habías hecho nunca.
La tierra podría haberme tragado antes de anunciarse el cierre del local propiciando tu precipitado regreso.
Dejamos las tazas de nuestros enfriados tés y salimos, con nuestros abrigos, al refugio de la cornisa.
Tu amiga misteriosa me agradece los minutos que le he concedido, te dice que no estará muy lejos y, en un grácil movimiento, se despide soltándose la trenza de un cabello casi tan blanco como la nieve.
Una nieve que ha empezado a caer, antes de marcharse tarareando Let it go, en una ciudad donde no ha nevado jamás.
Solas de nuevo me llamas señorita Mills antes de preguntar, con una magnífica sonrisa y unos centelleantes ojos azules, si accedería a firmarte el ejemplar de un libro que conozco de sobra.
Asiento con un leve movimiento de cabeza y me entregas una pluma.
Supones bien en decir que ha debido ser una de las peticiones más extrañas por la forma pero, ahora que vuelve mi lucidez, contesto que lo interesante es saber qué quieres en el contenido.
Respondes que cualquier cosa te parecerá bien, mientras me quede con el paraguas y te llame Emma.
Una larga mirada me proporciona el tiempo exacto para pensar en dedicatorias.
Te devuelvo el libro, y no sabes si abrir la contraportada o esperar.
Colocando uno de tus mechones rebeldes detrás la oreja, por fin, te toco.
Se disipan tus dudas y lees, inmediatamente, antes de partir dejándonos a las dos con una sonrisa boba y permanente.
Hasta mañana.
Tuya, Regina.
