Disclaimer: Todo lo que reconozcan en personajes, nombres, hechizos y lugares es de J. K. Rowling.

Este fi participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"


Capítulo 3: Aunque me cueste la vida

"Ayer, maravilla fui llorona

y ahora ni sombra soy.

Ayer, maravilla fui llorona

Y ahora ni sombra soy."

La llorona, versión de Lila Downs.


Brooklyn, New York. 19 de Septiembre de 2012

Cuando Kane abrió la puerta con un simple movimiento de varita, no le pareció extraño encontrarse con la escena que vio en la sala. Alexis estaba tirada en el sillón y tenía la música puesta a todo volumen. El artista era de los noventas, al parecer, y se llamaba Lorcan d'Eath; medio vampiro, le gritaba al micrófono ―en ese caso, a las bocinas― como si lo estuvieran torturando y hablaba sobre temas deprimentes en casi todas sus canciones. Kane lo había escuchado otras veces ya en el apartamento, siempre los días que Alexis iba.

Harper estaba tirado en el piso, con un vaso de whisky de fuego en las manos y los ojos cerrados. Kane no pudo evitar rodar los ojos al sentir que vivía con un par de adolescentes ―porque Alexis estaba allí cuando llegaba al menos la mitad de la semana― irresponsables y borrachos. Aunque en realidad a Harper no parecía hacerle efecto el whisky de fuego ―excepto si tomaba dos botellas seguidas sin pausa con el estómago vació― y Alexis directamente tenía una tolerancia al alcohol que sería la envidia de cualquier borracho.

―¿Ustedes alguna vez han tenido un horario de oficina normal? ―se quejó―. De nueve a cinco.

Harper negó con la cabeza. Alexis no respondió, parecía más concentrada en la música y en imaginarse que era la baterista mientras tocaba en el aire. «Lo peor es que son mayores que yo», se quejó Kane para sí. Harper rebasaba la treintena y Alexis estaba acercándose peligrosamente a ella ―tenía veintinueve―. Kane apenas estaba disfrutando de sus veinte años y no debería ser el responsable.

―Estoy aburrido ―se quejó Harper. No arrastraba la voz, así que Kane consideró eso como una buena señal.

―Me quedó claro con la explosión de en la mañana ―le espetó Kane―. ¡Mis cejas siguen rubias! ―Se señaló las cejas con un gesto enojado, dejando la cámara a un lado―. ¡Rubias! ¡¿Sabes lo patético que me veo con las cejas rubias?!

Todo el mundo se había burlado de él. Especialmente Paul que tenía el cabello del color que a Kane le habían quedado las cejas. Roni no había dicho nada por amabilidad, lo que le había sentado aun peor y Lalo había inventado toda clase de chistes.

―No te ves mal ―comentó Harper.

Alexis seguía tocando la batería imaginaria y, al ver como seguía el ritmo, Kane se dijo que sería una baterista pésima.

―Eso lo dirás tú porque tú lo causaste ―respondió Kane acercándose al sillón y dejándose caer. Ni siquiera le dirigió una mirada a la pared atascada de papeles―. Así que este eres tú cuando no hay muertos en el panorama, ¿no? ―le dijo a Harper―. No sé si tenerte lástima.

―No lo entiendo ―dijo Harper―. ¿Por qué no hay otra víctima?

Kane no pudo más que alzar una ceja.

―¿Te enfureces porque nadie ha muerto aun? ―le preguntó―. Eres bastante cínico.

―¿Cínico? ―repitió Harper―. Sólo quiero atrapar al asesino. Debería equivocarse. Tendría que equivocarse. En algún momento.

―Pero necesitas que haya otra víctima ―recalcó Kane.

―Sí ―respondió Harper―. ¿Cómo atraparía a un asesino sin víctimas? Si pudiera hacerlo, ya lo hubiera hecho y este sería un mundo menos mierda.

―¿Sabes qué? No me gustas cuando tomas ―le dijo a Harper, de mala gana y se puso en pie. Él tenía que trabajar la mañana siguiente y había salido demasiado tarde del periódico. Se dirigió hasta la cocina para servirse un vaso de agua antes de irse a la cama antes de que algo le explotara en la cara.

Toc. Toc.

Cerró los ojos, haciendo como que no había oído que llamaban a la puerta. Podría ser cualquier persona, literalmente, cualquier vendedor idiota o alguien perdido.

Toc. Toc.

«Siempre puedo decir que la música de Lorcan d'Eath era demasiado fuerte», se dijo, haciendo, de nuevo como que no oía.

―¡Harper! ¡Si tiene que ser el apocalipsis para que me abras, lo será! ―Era la voz del auror Perks. No era el apocalipsis, pero definitivamente se parecía. Sobre todo porque a esa hora no podía traer más que malas noticias.

Así que Kane, sabiendo ya que ni Alexis, que no había dicho ni una palabra desde que él había llegado, ni Harper irían a abrir, se dirigió hasta la puerta y la abrió. Perks estaba allí, con la misma cara de pocos amigos que le había visto antes y la misma túnica color azul marino que llamaba la atención de manera demasiado poderosa.

―¿Pero qué les pasa en esa casa con la puerta, por Merlín? ―preguntó Perks―. Algún día será de verdad el fin del mundo y nadie abrirá… ―Pasó de largo a Kane, sin dedicarle ni siquiera una mueca de saludo y se dirigió a la sala―. ¡Harper! ―gritó. Alexis dejó de tocar la batería imaginaria en el acto y alzó la cabeza. Harper dejó la copa y alzó una ceja, como diciendo «¿qué?» de la manera en que lo haría un adolescente cínico―. San Francisco ―fue lo único que Perks dijo; sin embargo, cuando Harper no se movió, tuvo que agregar más información―: Tenemos otro muerto.

La noticia pareció despertar a Harper del semi letargo en el que se había metido y se paró casi de un salto. Tomó el abrigo largo negro oscuro del sillón y le palpó las bolsas asegurándose de que la varita estuviera allí.

―¡Tú! ―Kane no había tenido tiempo de moverse cuando Harper lo señaló y le habló con ese «tú» tan desagradable, como si sólo fuera un empleado―. Agarra la cámara. Ya.

―Sabes que trabajo mañana, ¿no? ―le preguntó Kane, irritado.

―¿Quieres venir o no? ―inquirió Harper, con una actitud medio irritada y medio retadora.

Kane lo pensó dos segundos. Por supuesto que quería ir; al principio no le había parecido nada emocionante tener que verse envuelto en casos criminales pero escribir artículos sobre cosas irrelevantes un día sí y un día también estaba empezando a cansarlo. Aquello era mucho más interesante. Ver a Harper en acción, la manera en que pensaba y se movía alrededor de la tragedia ajena con naturalidad pasmosa.

Así que soltó un bufido y se apresuró a ir por la cámara.

―¡Alexis! ¡Párate! ―le gruñó a Alexis.

Parecía el modo de comportarse de Harper con las demás personas cuando estaba impaciente o tenía prisa.

―¿Quieres que vaya a San Francisco? ―preguntó Alexis y el gesto que Harper le hizo fue suficiente al parecer para que ella lo interpretara con un sí inmediato. Así que se puso en pie, movió la varita para callar la ruidosa música de Lorcan d'Eath y se sacudió el cabello―. ¿Rubio o negro? ¿Chino? ¿Nariz grande?

―Lo que quieras ―la apresuró Harper―. ¡Pero vámonos ya!

Alexis puso una mueca de dolor en la cara e inmediatamente empezó a cambiar. Kane, como siempre que la veía hacerlo, se quedó mirándola. Vio cómo su piel se aclaraba hasta parecer casi translúcida y su nariz crecía hasta volverse un poco ganchuda. Las facciones se le volvieron mucho más huesudas y el cabello se convirtió en un montón de rastas rubias doradas.

―¿Qué te parece? ―preguntó.

―Demasiado delgada ―respondió Harper―, si te abrazo, te parto en dos. ¿Y esas cosas en el cabello?

Alexis alzó una ceja, pero no dijo nada. Kane se le quedó viendo. Lo cierto es que Harper tenía razón: Alexis parecía que iba a evaporarse en cualquier momento. A Kane le gusta mucho más la mujer un poco alta, de cabello castaño lacio hasta los hombros, piel no translúcida y cara de señora mayor, pero Alexis nunca iba así por la calle ni donde pudiera verla alguien que no fueran ellos tres.

―Se llaman rastas ―respondió Alexis, dirigiéndose a la puerta, con los demás, agarrando en el camino una chamarra muggle de piel color verde chillón que se pasó por encima del hombros―. Vámonos ya.


Chinatown, San Fransisco

Para Kane, que no había visitado nada más al norte que Lousiana, ni había salido de Texas en dirección a la costa oeste jamás antes de mudarse a Nueva York, aquella rutina de Harper empezaba a parecerle cansada, pero en cierto modo emocionante. Parecía que estaba acostumbrado a recorrer el país de esquina a esquina casi todos los meses. Ese, hasta el momento, era su viaje más lejano: hasta San Fransisco, que Kane sólo había visto en fotografías.

Era cierto que desde que tenía el carné de aparición podría haber viajado un poco más, pero en su familia nunca había habido dinero suficiente para darse esa clase de lujos, aunque los magos, evidentemente, se ahorraban el transporte. Pero desde que había dejado la escuela, con dieciocho años, y había empezado las prácticas de periodismo todos sus ahorros ―y parte de los ahorros de sus padres― se habían concentrado en una sola cosa: Nueva York.

Así que la rutina de Harper y Alexis no dejaba de parecerle extraña.

―Que no te engañen, el mejor barrio chino del mundo es el de San Fransisco ―comentó Alexis, caminando a su lado. Harper iba hablando de otras cosas con Perks, unos metros más adelante.

A Kane aquella calle la parecía como una calle que estaba perpetuamente de fiesta: los farolitos chinos estaban colgados por todas partes ―podría comprobarlo con sus propios ojos: las fotos no eran una exageración― y algunos cafés estaban abiertos todavía. La mayoría de las tiendas con sus escaparates llenos de monedas, gatos de la suerte y otras chucherías estaban ye cerradas la mayoría a aquellas horas, pero aún se podía ver gente caminando por la calle.

―Y tendrías que verlo en año nuevo ―siguió Alexis―. ¡Espectacular!

―¿De verdad?

―Sí, vine en marzo, sola, lo que era una lástima ―comentó ella―. Harper no quiso. Intenté hacerme los ojos un poco rasgados, pero Harper dijo que era un insulto para los verdaderos asiáticos; la verdad es que sí eran un poco desastre. Y nada esconde mi acento.

Kane se río.

―Mi mamá solía decir que tu acento hablaba de tu origen y que nunca deberías tratar de esconderlo ―le contó a Alexis―. Yo no estaba demasiado cómodo porque los americanos solían decirme que hablaba inglés con acento, y los mexicanos, que no era suficientemente mexicano porque incluso mi español tiene acento. Le pasa a muchos. No somos ni de un lado, ni del otro.

―Curioso. Eres el primer mexicano que conozco ―comentó Alexis―. Cubanos, muchos: Florida estaba lleno y viví allí unos meses. Después me mudé a Nueva York, Harper decía que así estaríamos más cerca.

―Pero si sólo hace falta un carné de aparición para viajar por todo el país. ―Kane se río―. ¿Qué diferencia hace?

―Ninguna ―coincidió Alexis, mientras seguían caminando―, pero Fitz tenía razón: Nueva York es la mejor ciudad del mundo para pasar desapercibido.

Kane frunció el ceño.

―¿Fue por eso…? ¿Por eso es que nunca sales con tu apariencia real a la calle…? ―Se detuvo al ver el gesto de Alexis: había fruncido el ceño y desviado la mirada; incluso pudo ver sus labios apretados en una fina línea, demasiado tensos―. L-lo siento… No debí de haber preguntado.

Alexis sacudió la cabeza.

―No importa.

Pero sí importaba, se dijo Kane. Si no, esa no hubiera sido su reacción.

―¿Nadie la conoce aquí, verdad? Tu apariencia de verdad ―preguntó después, intentando ser lo más delicado posible―. Sólo Fitz, Perks y yo… ―Entonces otra pregunta apareció en su cerebro, de la nada, haciéndole notar que había algo allí que en realidad no tenía sentido―. ¿Por qué yo?

―Fitz confía en ti ―respondió Alexis―. Si Fitz confía en alguien, yo también.

Se encogió de hombros.

―Pero… aquella vez, acababa de conocerlo. ―Kane frunció el ceño un poco más, haciendo notar su confusión―. No podías saber que él confiaba en mí.

―Fitz no permite que lo acompañe cualquier persona cuando está trabajando ―dijo Alexis―; si te llevo, es que ya había decidido confiar en ti.

Para Kane, seguía sin tener sentido.

―Supongo que no me dirás de qué te escondes ―dijo, finalmente.

Alexis volvió a apretar los labios un momento. Parecía tensa, de repente, como si no estuviera acostumbrada a aquella clase de preguntas. Sus rastas rubias se movieron con el viento un momento antes de que contestara.

―Podrías buscarlo. Eres listo ―respondió ella.

Pero Kane negó con la cabeza.

―No sé si Alexis Prince sea tu nombre real…

―Lo es ―interrumpió la joven.

―… y, peor aún: buscarlo a tus espaldas sería traicionar tu confianza ―acabó Kane―. No voy a traicionar la confianza de alguien que decidió confiar en mí, no soy esa clase de persona.

Alexis sonrió.

―Es bueno saberlo. Que aún quedan personas buenas en el mundo.

Kane quiso decirle que él no era la única persona buena allí, porque estaban ella y Harper, pero no tuvo tiempo. Perks y Harper se habían detenido unos metros más adelante, en un local cerrado que estaba custodiado por aurores. Ya habían llegado.

Perks mostró su identificación e hizo pasar a los tres. Kane ya ni siquiera se sorprendió por las miradas que atraía Harper, desde miradas confusas antes abiertas miradas de desgrado. Parecía que la plantilla entera de la División de Aurores estadounidense a lo largo y ancho del país lo conocía. Kane no había preguntado, pero era bastante obvio. A Kane le pareció que había demasiada gente en aquel pequeño local. Había al menos tres aurores perdiendo el tiempo en la planta baja, mirando entre la mercancía, además del que los había recibido en la puerta.

Kane apenas si tuvo tiempo de recorrer la diminuta tienda con la mirada, que se veía demasiado triste con casi todas las luces apagadas, exceptuando una bombilla que parecía a punto de fundirse y sin clientes que merodearan por toda la tienda, preguntando qué era cada cosa o sin un chino detrás del mostrador vigilándolo todo, por si acaso. Perks los condujo de inmediato al piso de arriba por unas escaleras que rechinaban a cada paso y por las que sólo cabía una persona.

Arriba sólo había un hombre con una túnica azul marina y la insignia de los aurores ―dos varitas cruzadas― enfrente de una puerta corrediza cerrada. Kane pudo ver que las paredes estaban cubiertas de fotografías de una joven sonriente ―que en ocasiones aparecía acompañada―. Alexis se quedó mirando las imágenes un momento antes de seguir a los demás a la habitación.

―Se niega a salir. ―El otro hombre se dirigió a Perks―. Dice que nunca debió de haberlo dejado solo. No para de repetirlo.

Perks sacudió la cabeza, pero no dijo nada y abrió la puerta. Harper entró primero y Kane lo siguió con la cámara bien agarrada. Alexis fue la última y la que soltó una pequeña exclamación al ver la escena. Kane se tensó al notar que el futón al centro de la habitación estaba lleno de sangre y sobre él había un cadáver. Harper se acercó inmediatamente.

―¿Un cuchillo? ―preguntó, dirigiéndose a Perks.

―Sí, pero murió antes, con un Avada Kadavra ―confirmó Perks.

Entonces, Kane, al fondo, notó una figura que se movía y que emitió un sonido lastimero. Al principio la impresión del cuerpo que descansaba en el futón lo había distraído, pero en ese momento fue capaz de ver una figura femenina cubierta por la penumbra de la habitación. No se atrevió a acercarse más, por respeto, pero Harper ya estaba inclinado sobre el cuerpo y le estaba desabotonando la camisa, llena ya se sangre seca.

―Me lo dijo, ¿sabes? ―le dijo la figura. Era la voz aguda de una mujer―. Me lo dijo pero yo no lo oí. Creí que era de nuevo alguna de las frases tontas que los hombres dicen. ―Volvió a sollozar. Harper ni siquiera alzó la cabeza, pero Kane pudo notar como sus manos habían dejado de moverse―. Casi me lo avisó. Yo… yo creí que sólo estaba preocupado porque no teníamos ventas pero… ―se volvió a pausar y Kane oyó los sollozos descontrolados―. Me lo dijo. «Aunque me cueste la vida», fue lo que dijo. «Voy a protegerte aunque me cueste la vida». ¿Qué clase de palabras son esas?

―Lo siento ―murmuró Harper. Su voz sonó tan baja que a Kane le costó oírla. Después siguió desabotonando la cabeza y le hizo una seña a Kane y a Alexis para que se acercaran.

―Me lo dijo… me lo dijo…

Kane se acercó. No sabía que decir. Aquella era la primera vez que veía una escena de ese modo. Creía que era estúpido decirse a sí mismo que no lo había pensado aquello antes, pero era la verdad. Con la chica en Salem y el hombre en Nueva Orleans… el ambiente le había parecido extraño, opresor, tenso, pero en ningún momento con un nivel de desesperanza como el que estaba viendo en ese momento.

De más cerca, era capaz de distinguir el rostro de la mujer: una mujer aún joven, de no más de cuarenta años. Kane no fue capaz de mirarla y en vez de eso apuntó al cuerpo en el futón, cubierto de sangre y disparó. Tuvo que respirar hondo antes de sacar otra fotografía y apuntar a la cicatriz del pecho.

«Por supuesto», se dijo, ya sin ninguna sorpresa, «otra cicatriz».

Sacó otras fotografías, intentando ignorar el hecho de que el único sonido que se oía era el disparo de su cámara y, de tanto en tanto, los sollozos. Lleno casi todo el rollo y se apartó, creyendo que no sería capaz de borrar esa imagen de su mente, y no sería capaz de dejar de oír nunca los sollozos de la mujer. Respiro hondo de nuevo y volteó la cabeza, eso le resultaba más fácil, aunque fuera estúpido e insensible.

―Dime que lo encontrarás ―musitó la mujer. Se había acercado a Harper y le había cogido la mano. Kane se dio cuenta hasta ese momento que tenía las manos cubiertas en sangre seca―. Al asesino ―aclaró, por si aún era necesario―. Por favor.

Harper empalideció un poco y asintió. A Kane le pareció que no fue capaz de nada más y después se apartó. Salió sin mirar atrás.

Alexis se acercó después y estuvo moviendo la varita encima del cuerpo unos momentos, moviendo los labios, pero Kane no soportó tener que esperar hasta verla terminar y siguió a Harper escaleras abajo. Las dos veces anteriores no había estado tan callado, ni tan pensativo. Lo encontró apoyado en el mostrador, con la cabeza gacha, mirando fijamente un par de adornos chinos que se podían encontrar en casi todas las tiendas. Ni siquiera parecía la misma persona de muchos días antes, cuando habían ido a Salem y había parecido eufórico al notar que estaba frente a un asesino que copiaba a otro.

Se aproximó hasta Harper y no dijo nada. No habría sabido qué decir.

―Ella era la joven de las fotos ―musitó Harper― y probablemente él había llenado el pasillo con ellas. Ella era la joven de las fotos.

Kane siguió sin decir nada. Aún tenía la cámara en las manos, apretándola, como si fuera un amuleto. De repente, sintió náuseas, ganas de vomitar, de arrojar todos los sentimientos que tenía encontrados. No había pensado en aquello ―quizá por qué dolía demasiado―; no se le había ocurrido que detrás de cada muerto había seres queridos que lo extrañarían y buscarían justicia por el resto de su vida aun si ella no aparecía.

Alexis bajó poco después, aún flaca, rubia y pálida como enferma. Parecía mejor que ellos dos.

―No había ninguna clase de maldición extraña sobre el cuerpo, Fitz ―comentó―. Excepto un diffinido, un pequeño rastro. ―Kane pudo ver como tragaba saliva―. Le dije que su marido no había sufrido en ningún momento, pero no creo que haya sido un consuelo.

―Nunca lo es ―respondió Harper.

― Luego le pregunté su nombre ―siguió Alexis―. Kumiko. Niña de la eterna belleza. Ella dijo que por eso él estaba obsesionado con capturar su imagen. ―Suspiró―. Entonces, ¿tienes algo?

―Sobre el asesino, nada. Ni un descuido ―respondió él―. Probablemente sea una persona metódica y detallista, quizá incluso perfeccionista. No lo sé. Pero no hay ninguna otra pista. Ni siquiera un motivo. No hay nada que conecte a las tres víctimas. Probablemente ni siquiera se conocían, ni en este mundo ni el que sigue hubieran pertenecido al mismo círculo. Parece al azar. Pero… ¿por qué les saca el corazón?

―No lo sé ―respondió Alexis. Le puso una mano en la espalda, de manera conciliadora―. Será mejor que nos vayamos. Perks dice que te hará llegar un informe completo.

Harper asintió, parecía medio ausente.

Caminaron fuera del local y volvieron a caminar la calle de los farolitos, aún sola. Ya sólo había un café abierto con poca clientela. Todo estaba solo, en silencio y el silencio parecía opresor para Kane, pero de todos modos no hubiera sabido qué decir o qué hacer para romperlo. Se desaparecieron de vuelta a Nueva York al llegar a un callejón sólo y vacío, donde no hubiera peligro de qué los vieran. Por alguna razón, no se parecía a nada que Kane hubiera vivido antes.


Brooklyn, New York

Kane cerró la puerta detrás de sí, después de despedirse de Alexis. Harper había entrado y se había dirigido directamente hasta la cocina. No había dicho ni una palabra. Kane iba a irse a meter a la cama sin ni siquiera intentar hacer plática, porque aquella experiencia le había revuelto el estómago ―¿por qué no lo había pensado antes?―, cuando oyó el corcho de una botella botar. Se asomó a la cocina rodando los ojos y encontró a Harper sirviéndose un whisky de fuego.

―¿Es en serio? ―Su voz tenía un tono irritado que era imposible de esconder―. Estuviste bebiendo con Alexis toda la tarde, Har… Fitz ―se corrigió a tiempo, antes de que Harper volviera a decirle que lo llamara «Fitz»―. Vamos, mañana tendrás la peor resaca de tu vida…

Harper gruñó. Fue hasta ese momento en que a Kane se le ocurrió ver las manos de Harper con atención y descubrió la sangre seca que aún tenía. No se las había limpiado. No dijo nada y Harper se llevó la copa a los labios. Desapareció todo el whisky de fuego de un solo trago.

―¿Es por… la mujer? ―se atrevió a preguntar Kane―. Kumiko.

Harper no lo negó ni lo afirmó. Volvió a servir whisky de fuego en el vaso y a bebérselo casi de un trago. Kane no entendía cómo demonios no tenía la garganta en llamas ya en ese momento.

―Es malo siempre, Kane ―dijo finalmente Harper―. Lidiar con los familiares. Ver sus caras. Atreverte a mirarlos a los ojos.

Kane notó en ese momento que las manos le temblaban un poco y el vaso con ellas. Frunció el ceño porque no entendía aquella reacción. Había visto a Harper en otras dos escenas con muertos y nunca había visto esa reacción. Harper incluso se había quejado de la incomodidad de Kane en Salem, muy por lo bajo, preguntándole si era su primer muerto.

―Pero en Salem y en Nueva Orleans no pasó…

Harper negó con la cabeza y lo interrumpió de tajo.

―Los muertos no importan, ya están muertos ―dijo Harper―. Pero a las personas que dejan atrás… Eso es lo difícil.

―¿Cuántas personas te han pedido lo mismo que esa mujer, Kumiko? ―preguntó Kane. Por alguna razón se había imaginado que Harper podía lidiar con aquellas situaciones con el temple necesario, pero frente a sus ojos estaba la viva prueba de que no―. ¿A cuántas personas desconsoladas has tenido que devolverles la mirada?

Harper se encogió de hombros, como intentando quitarle importancia, pero su expresión decía otra cosa completamente diferente y Kane lo notó.

―Unas cuantas ―le dio otro sorbo la whisky de fuego y volvió a servirse un poco más. Estaba bebiendo demasiado rápido―. Después de un tiempo pierdes la cuenta o te esfuerzas por olvidarlo.

―Creí que sería diferente… ―se atrevió a confesar Kane.

―No, es horrible y nunca deja de serlo ―respondió Harper.

―Entonces, ¿por qué lo haces? ―preguntó Kane, con curiosidad.

―Porque todo se compensa cuando pones al malo tras las rejas ―respondió Harper― o cuando los familiares te agradecen el poco y mal consuelo que conseguiste darles. O simplemente cuando piensas que hay una escoria menos en el mundo y es gracias a ti. ―Dejó el vaso sobre la barra de la cocina, junto a la botella ya casi vacía de whisky de fuego―. Da igual. Cuando ves demasiadas muertes, quieres hacer algo para cambiar eso.

Kane se quedó parado en la puerta cuando Harper se acercó.

―¿La guerra en Inglaterra? ―preguntó Kane. Toda su generación había oído hablar de esa guerra. Habían crecido oyendo las noticias que llegaban desde Europa, temiendo que la guerra y los movimientos puristas se extendieran mucho más―. ¿Fue eso?

Harper negó con la cabeza al llegar a su altura.

―No ―respondió―. La batalla, la última. ¿Alguna vez has visto una escuela convertida en un campo de batalla? ―preguntó y Kane negó con la cabeza―. Suele haber muchos niños muertos. Y yo sólo tenía dieciséis.

Kane tragó saliva. No podía imaginarlo. Cuando él tenía dieciséis años su única preocupación era aprobar todos los exámenes y descubrir qué demonios quería hacer de su vida. En cambio, Harper había sobrevivido a una guerra. No había punto de comparación. Su mente era incapaz de recrear alguna experiencia tan traumática como la batalla que imaginaba en Hogwarts. Los periódicos habían hablada de ella en la sección de Internacionales por semanas, hablando de cómo Lord Voldemort, el mago oscuro que encabezaba a los puristas de la guerra, había sido derrotado y cómo Harry Potter había salido vivo y se había convertido en un héroe.

Pero esos nunca habían dejado de ser acontecimientos lejanos, que habían ocurrido al otro lado del océano, muy lejos de donde Kane pudiera sentir las consecuencias reales. Quizá había leído en alguna parte la cifra de los muertos en esa batalla, pero no le había dado la más mínima importancia, porque era sólo un número y de todos modos, Reino Unido quedaba demasiado lejos. Pero oír a Harper hablar de ello era otra cosa totalmente diferente.

Era incapaz de imaginarlo.

No dijo nada más y se apartó para que Harper saliera de la cocina, pero él fue hasta donde estaba la jarra de agua para servirse un poco. Sentía la boca demasiado seca de momento. Se quedó viendo el agua caer al vaso con la mirada perdida hasta que recordó algo.

―«Aunque me cueste la vida» ―citó.

―¿Qué? ―oyó la voz de Harper.

―«Aunque me cueste la vida». Eso le dijo el hombre a Kumiko ―respondió Kane―. Y ella dijo que parecía que le había avisado.

Harper volvió a asomarse a la cocina.

―¿Qué demonios insinúas, por Morgana? ―preguntó.

―Él ya sabía que iba a morir. ¿Por qué lo sabía? ―fue lo único que dijo Kane. No sonreía satisfecho, ni nada por el estilo, pero sí se sentía bien por haber notado ese detalle. Su primer profesor de periodismo, que había sido su primer jefe, en un periódico pequeño y desconocido de El Paso, le había dicho que lo importante no era la historia, sino los pequeños detalles y darse cuenta de ellos. Ese tipo de cosas podían cambiar completamente el sentido de una historia.

―No tengo ni idea… ―musitó Harper, pensando un momento―. ¿Te han dicho que eres bueno, Kane? ¡Eso es brillante! ¡Podría significar que está cometiendo errores! ¡Que quizá podemos encontrarlo antes de que asesine a alguien más!

Se veía eufórico, pero Kane tuvo que cortarlo en seco.

―¿Podemos? ―preguntó, alzando una ceja.

Harper se le quedó viendo un momento, frunciendo el ceño.

―Claro ―respondió―, a menos de que… ―titubeó un momento―, de que no te guste la idea. Claro.

Kane sacudió la cabeza.

―No diré que me fascina la idea ―respondió―; nadie que esté bien de la cabeza diría que su profesión ideal es cazar asesinos, pero… estoy dentro.

Harper le sonrió y por un momento le pareció una sonrisa genuina, real. Kane la devolvió y después se llevó el vaso de agua a la boca para darle un trago. Harper se quitó del marco de la cocina y se dirigió a la sala. Cuando Kane salió de la cocina lo encontró subido en uno de los sillones, pegando un pedazo de papel en la pared. Se acercó a contemplar todo el tapiz de la pared, con recortes de periódico de los asesinatos, pequeñas notas en pedazos de pergamino mal cortados con la caligrafía desordenada de Harper, más de seis fotografías que se movían que había tomado Kane y tachuelas por todas partes, uniéndolo todo.

―Te daré las fotos mañana ―dijo.

Harper soltó algo parecido a un gruñido, nada más. A Kane le pareció un sonido de aprobación después del tiempo que llevaba conviviendo con él, así que no dijo nada más y vio como Harper pegaba un par de notas más antes de bajarse del sillón de un salto.

―Tengo que volver a San Fransisco mañana ―comentó, pero no parecía demasiado feliz por la idea―. Tú… tienes trabajo, ¿no?

Kane asintió.

―Algunos de nosotros tenemos trabajos normales, sí ―respondió. No quería ni siquiera pensar en la hora que sería y en el estado en el que llegaría a las oficinas del Magical Post la mañana siguiente.

―Tendré que decirle a Alexis que me acompañe, entonces. ―Harper se encogió de hombros. Parecía que para algunas cosas siempre tenía una solución perfecta.

―¿No puedes ir solo? ―Kane se extrañó. En el poco tiempo que llevaba allí, le había parecido que, quizá, Harper era una persona excesivamente independiente: casi nunca informaba de sus planes a nadie, a menos de que los hubiera incluido en ellos, no quería compañía para ir a casi ningún lugar nunca, excepto cuando se trataba de trabajo.

―No quiero volver solo ―respondió Harper. Kane no supo qué decir.

¿«Te entiendo»? Sonaba estúpido. Sentía que no lo entendía en absoluto.


Brooklyn, New York. 20 de Septiembre de 2012

―Podría haber sido tan fácil poner esta exposición en cualquier otra parte, Roni, y no serían necesarias tantas precauciones ―se quejó Kane caminando. Estaban en el Museo Metropolitano de Nueva York, rodeados de gente común y corriente que estaban visitado en lugar. La mayoría eran turistas de todas partes del mundo―. En serio, a los magos nos gusta complicarnos la vida.

―Maldición, Kane, parte de la magia de la exposición es que esté aquí precisamente. ―Roni había hecho un énfasis especial en la palabra aquí. Kane podía notar de lejos su emoción por estar allí, quizá por enésima vez en su vida―. Es arte tan diferente al que estamos acostumbrados… combinando las mejores técnicas muggles con las mágicas, reconociendo que los dos mundos pueden ser compatibles.

Roni hablaba con pasión de ese tema. En el Magical Post se especializaba en la sección de entretenimiento, pero casi siempre hablaba de arte y recomendaba todas las exposiciones posibles. Y desde hacía unos días, usaba las habilidades de Kane para la fotografía para que lo acompañara a todas partes. Sin embargo, aquel día Kane no estaba prestando demasiada atención a nada, seguía con la imagen de Harper metida en la cabeza, la reacción que había tenido. No paraba de analizarla, de repetirla en su cabeza para intentar encontrarle sentido. Así que llevaba toda la mañana dejando a Roni hablar y hacer la mayoría del trabajo.

Iban camino hasta la «sala secreta» del museo. A Kane el nombre la parecía pretencioso, puesto que simplemente era una sala mágica en el museo, escondida a plena vista, como tantas otras cosas, justo en donde los muggles no miraban. No era ninguna sala secreta. Ni siquiera estaba bien escondida, puesto que cada poco ocurría un incidente con algún muggle.

―¿En qué área quieres especializarte cuándo la jefa deje de usarte para todo? ―preguntó Roni―. Aunque no sé si te deje escoger. Le gustó tu artículo del asesinato en Nueva Orleans y si sigues paseándote con Fitzwilliam Harper.

―No quiero acabar en crímenes, Roni.

―¿Por qué no? ―preguntó ella―. Es un buen lugar. A la gente de hecho le interesa lo que escribes y no te ofendas, pero tienes un buen toque para ese tipo de historias.

―¿Leíste lo que escribí? ―Kane se sorprendió.

Roni asintió.

―Claro. Es bueno ―comentó ella―. Le diste un toque más humano a todo, ¿sabes? La mayoría lo escriben como fríos datos, de manera mucho más impersonal. Pero tú, a tu modo, le diste un poco de personalidad. Ayuda a que la gente no lo ignore como si nada.

Kane asintió y no añadió nada más. No había pensado en eso, pero seguía sin interesarle la idea de acabar escribiendo sólo sobre crímenes. Aunque no tuvo demasiado tiempo para pensar en eso porque inmediatamente llegaron a la sala secreta, y Roni simplemente tocó la puerta con la varita para que se abriera. Le mostró sus pases de prensa al vigilante que estaba justo al lado y después entró, con Kane detrás de ella.

―Es hermoso ―comentó Roni―. La dualidad entre lo muggle y lo mágico, una alianza capaz de crear cosas hermosas. ¿Sabes por qué me gusta tanto?

Kane negó con la cabeza, alzando la cámara para tomar una foto desde la entrada.

―Es como mi origen, como la idea de debatirte entre dos mundos ―respondió ella―. Mi padre es muggle, pero mi madre es bruja. Siempre estuve balanceándome sobre los dos mundos. Una abuela me regalaba varitas de broma cada que iba a su casa y la otra me daba billetes de un dólar que después tenía que cambiar.

―Puedo entender eso.

Se parecía al ser mexicano y no serlo, y ser estadounidense y no serlo. La madre de Kane había nacido al otro lado de la frontera. Pero él no. No hablaba español como su madre y ni siquiera conocía todas las costumbres mexicanas. A veces le parecía que esa no era del todo su cultura.

―La abuela que me dio mi nombre es la abuela muggle, Weronika ―siguió Roni―. Es polaca. A veces, cuando íbamos a su casa, podía oír cómo le hablaba a mi padre en polaco, siempre quejándose de algo, creo. Sobre todo del dinero. Mi madre le gustaba, le fascinaba todo lo que podía hacer. Estuvo feliz cuando supo que yo había heredado el don. Dijo que las cosas serían más fáciles para mí, ¿crees?

Kane asintió. Roni jamás hablaba sobre su familia y de hecho, casi nadie la llamaba por su nombre completo: «Weronika Kostka»; sólo lo había oído cuando Roni corregía a alguien sobre la ortografía del nombre. Por lo demás, en realidad, no se adivinaba a primera vista su origen polaco: tenía la piel clara y el cabello castaño oscuro cortado y peinado en picos, como chico, los ojos grandes y separados y la nariz un poco grande, pero no demasiado ganchuda.

―Bueno, será mejor que nos pongamos a trabajar, tengo que explicar la dualidad entre lo muggle y lo mágico sin que suene una mala combinación ―dijo Roni―. A los magos las pinturas estáticas les aburren y estás no tienen demasiado movimiento. Unos detalles, solamente, para resaltar…

Kane se acercó a la primera, que era un montón de manchas negras y rojas, en distintas tonalidades, sin una forma que pudiera comprender. Pero había algo en ella que desde el principio le había llamado la atención.

―«La muerte» ―dijo Roni, detrás de él, señalando el título y después la manera en que una de las manchas se movía en la pintura como si estuviera palpitando―. Es curioso, ¿no? ―le preguntó mientras él alzaba la cámara para capturar ese momento―. Como la muerte siempre tiene algo hermoso… ―Se quedó mirando la pintura mientras Kane disparaba el gatillo de la cámara un par de veces―. Desgarrador pero hermoso.

Kane no pudo más que asentir, Roni tenía razón.

Había algo desgarrador y hermoso en la muerte. Algo fatídico, triste, desesperanzador, pero sobre todo eso, algo hermoso. Algo que le recordaba a lo que su madre solía decir: «Necesitamos la muerte para estar seguros de que vivimos».


¡Hola! Aquí no voy a usar la palabra no maj, no porque la odie, sino porque lo empecé a escribir antes de que ese pequeño cambio se anunciara. Además de que tendría que estar pendiente, porque Harper, Alexis y Penny la usarían, pero el resto no y… ehm… ya tengo suficiente que corregir.


Andrea Poulain

A 11 de noviembre de 2015