La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo.

—Gustavo Adolfo Bécquer-.

— ¿Qué es lo que harás Kagome? –Preguntó aquel hombre con curiosidad-.

La muchacha de ojos cafés lo detalló con la mirada, él era un hombre grande y fuerte que a más de uno asustaba por su contextura, pese a esto Tavalas también era el hombre más cariñoso que ella hubiese conocido.

Cuando era pequeña y hacía cualquier fechoría después de ser amonestada por su padre, Kagome escapaba a las lejanas habitaciones de los guerreros del castillo y entraba a hurtadillas en la que descansaba su héroe de la infancia. Por horas se refugiaba en los amplios brazos de Miltiades mientras este le contaba historias de preciosas guerreras con fuerzas descomunales.

Por las noches rogaba llorando la atención de su padre en silencio sin embargo no era escuchada por los dioses porque Píreo solo tenía ojos para su hija mayor entonces su consuelo era aquel hombre de ojos oscuros y corazón valiente Tavalas, el gran y fuerte guerrero Tavalas era su consuelo, ¿Quién lo diría? Aquel hombre siendo débil con una niña.

Sus fantasmas del pasado se nublaron lo que la hizo volver en sí.

Kagome estaba absolutamente segura de que Miltiades Tavalas sabía lo que ella se proponía, algunas veces incluso estaba casi segura de que aquel hombre pudiera ver a través de ella, la conocía demasiado y es que le había conocido desde que ella era un bebé.

—Lo que sea para poder ir, no me quedaré sin hacer nada.

—Pero Kag, ese es trabajo de hombres.

La castaña gruñó con molestia a la vez que se cruzaba de brazos.

El más que nadie sabía que a ella nadie la persuadía, cuando Kagome quería algo lo obtenía luchando duro como ella había hacer y como muchos desaprobaban, entre esos tantos su hermana mayor, Kikyo.

— ¿Quien lo dice? –protestó-.

—Kag.

La suplica en los ojos de Miltiades la hizo ablandarse pero no por ello iba a desistir.

—Kag nada, yo iré, y tú no abrirás la boca.

Él la miró con resignación para después negar con la cabeza.

Sabía que no podría persuadirla y tampoco la traicionaría, Tavalas en silencio consideraba que quien debía portar la corona de Macedonia era Kagome Gavrielatos aquel era su destino, esa chica había nacido para gobernar, para alzarse sobre los hombres con valentía y él estaba muy orgulloso de la menuda chica.

Kagome sonrió ampliamente como si supiese lo que Tavalas estaba pensando acerca de ella.

Sin más que decir se dio la vuelta y comenzó a caminar en sentido contrario.

Mientras tanto en los entrenamientos de los peltastas Sesshomaru y Methodius siempre hacían sus entrenamientos juntos y terminaban absolutamente golpeados hasta el cansancio, ambos querían lo mismo, hacerse más fuertes y cumplir los objetivos de vida.

Sesshomaru se deshizo de la armadura a la vez que Methodius limpiaba su rostro con las frescas aguas del río.

A su alrededor lo único que se encontraba eran las cristalinas aguas de aquel río precioso y nada más que un sol imperecedero que picaba en la piel, el calor abrumaba pero para los guerreros aquella faena era diaria y no podían estar más acostumbrados a su entorno.

—Esta vez te dejé ganar –dijo el moreno tomando una tela y pasándosela por la cara-.

Su sonrisilla burlona casi irritó al rubio quien le sonrió de vuelta con malicia.

—Te hace falta mucho para poder ganarme.

—Eso ya lo veremos.

El silencio se hizo entre ambos y cuando Methodius iba a hablar nuevamente Sesshomaru estiró su mano abriendo la palma frente a él callándolo por completo donde al fin el moreno escuchó unos murmullos.

—Necesito que me ayudes en eso –dijo la chica con convicción-.

—No puedo hacer eso kagome, no puedo ir contra el rey.

—No irás en su contra Trierarca, por favor, no moriré.

—Nadie me asegura eso princesa –contestó afligido-.

—Tampoco nadie os asegura que cuando vuelvan estaremos vivos o que venzan, la vida es un riesgo, el cual me gustaría atreverme a recorrer, sin miedo Miltiades, no tengo temor alguno.

La convicción de aquella chica hizo que ambos sonrieran ampliamente pero ninguno por la misma razón, Sessh sabía que ninguna mujer que ellos frecuentaran era tan valiente como la que expresaba aquellas palabras, lo sabía, él la conocía más que nadie no obstante a Thod solo le parecían puras habladurías de chica mimada, conocía a las de su clase de alta sociedad, mimadas y berrinchudas las cuales querían tener todo el protagonismo para llamar la atención.

—kagome, ese no es tu trabajo, tu trabajo es ser una princesa.

— ¡Estoy harta de eso!

Suspiro fastidiada.

Era un real fastidio tratar de ser la princesa que todos esperaban, ella quería ser una guerrera y eso sería aunque le costara la vida.

El miedo no estaba en ella, sino sería otra persona.

El único verdadero terror era que su pueblo callera y ella ni siquiera había hecho el más mínimo esfuerzo por salvarlo de las penurias, Xanthe Gavrielatos nunca se rendía en la vida y aquella no iba a ser la primera vez.

Se aclaró la garganta y prosiguió.

—Las mujeres también somos poderosas.

—Vamos Kagome...

—Nada, me ayudaras ¿o no? –Preguntó con suspicacia-.

Ya sabía lo que vendría por lo que sonrió.

Aquellos hombres que escuchaban la conversación se miraron frunciendo el ceño entre sí tratando de adivinar cuál era la urgente ayuda que le pedía la menor de las princesas a un simple trierarca al mando.

Sesshomaru casi gruñó en molestia.

Kagome no tenía que rogar por la ayuda de nadie.

Ambos vieron que Tavalas asentía con derrota acrecentando la sonrisa de la castaña.

—Sessh ¿Qué crees que...?

Entonces Aeschylus le dio la espalda y se alejó de él dejándole con la palabra en la boca haciendo que Methodius le gruñera y lo maldijera por su cambio de actitud.

—Idiota.

Fue lo último que escuchó de su parte el rubio enojado.

Rápidamente entró en sus aposentos donde se despojó de sus ropas sucias quedándose desnudo sentado en su cama, instintivamente desordenó su largo cabello con la mano derecha, mientras trataba de olvidar las fracciones delicadas de Kagome.

Las noches se hacían eternas desgastándose la mente con su dulce recuerdo, el recordar su rostro, sus ojos o su pequeño cuerpo lo volvían loco noche tras noche el simple hecho de pensar en cómo sería si quiera tener el más mínimo roce con aquella princesa que se había colado entre sus pensamientos lo hacía desearla cada día más, pero pronto la tendría y de eso se aseguraría él.

Sesshomaru estaba tan perdido entre aquellos pensamientos primitivos que no se había dado cuenta de que una mujer había entrado en su habitación.

Él al levantar la mirada se sorprendió al verla pero luego sonrió.

La jovencita mantenía la cabeza gacha ocultando su cabello tras de los risos castaño rojizos de su cabellera larga y enredada, era menuda y bastante tímida, su nombre era Celinda y era su doncella encargada.

A los guerreros solteros le asignaban una doncella que se encargaba de todo lo que aquellos hombres les encargaban sin rechistar, algunos eran completamente perversos y les utilizaban como esclavabas o peor, como amantes forzadas.

Sesshomaru nunca le haría nada de cualquier forma a Celinda, aquella joven era pura inocencia, si siquiera la llegase a tocar con alguna mala intención se sentiría sucio.

Celinda era como una muñequita de porcelana con el cabello dorado como el sol y de ojos afligidos, todo en ella le recordaba a la ternura, Sessh podía ver en ella a su hermana.

—Has llegado temprano hoy Celinda.

La chica no le respondió y en lugar de eso bajó la mirada cohibida haciendo fruncir el ceño a Aeschylus.

—Yo... –tartamudeó ella-, usted está desnudo –dijo en voz baja-.

Él se dio cuenta de aquello y con rapidez se cubrió aguantando las ganas de reír ante la inocencia y vergüenza de Celinda tratando de no avergonzar aún más a la muchacha, la conocía desde que tenía 14 años y fue asignada a él aunque le había visto antes una que otra vez a la lejanía, antes era su madre quien le servía a Sessh pero ya Celia estaba muy vieja y ahora se encargaba de cosas simples de las que pudiera ser útil.

—Lo lamento.

— ¿Ya puedo ver? –Susurró en pregunta-.

Él rubio rió, era encantadora sin embargo no sabía porque Celinda se escudaba tras aquella mascara de vergüenza cuando él la había visto más de una vez gritar y brincotear sin vergüenza con sus amigas.

—Sí, termina de entrar.

Ella levantó la vista para buscar las ropas sucias de su amo que descansaban en el frío suelo.

Celinda se dedicó en silencio a recoger todo el desorden de la habitación de Sesshomaru quien la miraba fijamente.

— ¿Cuántos años tienes ya Celinda?

Su pelo siempre tapaba su carita llamando la atención de él Celinda activaba su curiosidad, ¿Porqué se ocultaba de él?

—19 años, señor.

— ¿Señor? ¿Acaso estoy tan viejo? –preguntó burlón-.

Ella simplemente negó con la cabeza negó con la cabeza haciendo que sus rizos chocaran contra su cara pero aún así no levantó la mirada.

Siguió recogiendo las cosas del suelo.

Aeschylus aun con la tela tapando sus partes nobles se arrodilló en frente a la castaña y tomándola por sorpresa alzó su mentó en sus manos y retiró con suavidad el cabello de la cara.

Celinda lo miró sorprendida y asustada entonces él le sonrió.

—Ni siquiera me has visto a la cara en mucho tiempo Celinda.

—Lo lamento –murmuró otra vez-.

Él le sonrió tranquilizadoramente.

—Nos conocemos desde que tenías 14 años Celinda, ya deberías dejar las vergüenzas de un lado.

Él se levantó soltando su mentón dejándola ruborizada y anonadada mientras que sin darle mucha importancia Sesshomaru la levantó del suelo entonces alzó su mano derecha y la besó con dulzura.

—Prometo no dejar más cosas tiradas, he estado muy despistado y te he dado mucho trabajo creo que con Thod ya te da los suficientes problemas ¿No es así?

— ¡Oh, no! –respondió sobresaltada olvidando su sonrojo-, digo, no señor, el señor Methodius no me da problema alguno sinceramente usted mucho menos, es mi trabajo servirles –dijo entonces haciendo una reverencia-.

Sesshomaru alzó una ceja burlón como si supiera algún secreto oculto ante cualquier par de ojos pero no para los de él esto hizo que el sonrojo de Celinda volviera.

—Seguro que si, como es tú deber servirnos y obedecernos dejo todo eso en la silla y ve a salir con tus amigas que por lo que tengo entendido ya han terminado sus labores.

Celinda frunció el ceño confundida y cuando iba a hablar él posó su dedo índice sobre sus labios silenciándola para señalar las telas que les dejaba salir al exterior y tapaba el interior de aquella pequeña habitación.

Ella pudo escuchar el murmullo de sus amigas que al parecer le esperaban afuera, ¿Cómo él las había escuchado?

—Pero, tengo trabajo señor.

—No más por hoy Celinda.

—Pero, señor...

—Pero nada, no me retes niña.

La chica lo miró con ilusión y alegría a la vez lo que hizo que él sintiera que su estómago se revolucionaba, adoraba hacer feliz a una mujer.

Antes de que Celinda pudiese decir algo Emeterión entró a la pequeña habitación sorprendiéndose al ver a la chica sonrojada y feliz, como si fuese poco vio a Sesshomaru tapando solo por una minúscula tela, Sessh pudo ver el aire de sátira que le rodeaba completamente y gruñó en advertencia que al parecer éste pasó por alto porque recorrió a la chiquilla con la mirada.

—Bien Dikoudis, finalmente. Tu esclava es sensual –habló con burla-.

Celinda se encogió intimidada, como si se sintiera una cortesana con la palabra de su amigo.

Así que el rubio se acercó amenazante hasta él.

—Vete ya Emeterión.

Él posó sus ojos azules en Sesshomaru y le sonrió ampliamente.

—Bien, lamento terminar con tu momento pero es necesario que todos los hoplitas, trierarcas y peltastas estén frente al rey ahora mismo.

Dicho esto dirigió otra mirada hasta Celinda y se fue.

—Tranquila Celinda, se ha ido y tú deberías hacer lo mismo, procura que nadie te robe la felicidad.

Sesshomaru sonrió, se colocó otra vez sus ropas con Celinda dándole la espalda tan rápido como terminó se encaminó a las telas que ocultaban sus aposentos hasta que finalmente escuchó un susurro que se perdió después con el viento.

—Muchas gracias Sesshomaru.

A paso firme él se acercó a un tumulto reunido de peltastas, hoplitas y trierarcas que al parecer estaban organizando para ir a la guerra.

Los trierarcas daban voces de mando que eran fielmente obedecidas por los demás hoplitas y peltastas.

Sonrió ladinamente imaginando su victoria y el nuevo puesto que se encargaría de tener al volver de la guerra, esto lo estaba haciendo por una sola persona, la mujer que le había robado el corazón nada más al verla por primera vez.