Hey! Pues subo esto hoy porque no sé cuándo voy a actualizar. ¿La razón? Acabo de terminar el curso de formación de la empresa y mañana me sumerjo de lleno en el mundo de la atención al cliente, lo mismo salgo corriendo del miedo, jaja. Como siempre, pido comentarios. Lo sé, soy pesada, ¡pero me anima a seguir escribiendo! Por cierto, si no vuelvo a tiempo: Felices Fiestas y Feliz Año Nuevo :)
CAPÍTULO 3. WILD IN THE WOODS
Aunque en teoría debía ir a clase, Jemima se detuvo en mitad del pasillo. Había llegado tarde y entrar la última en el aula provocaría que todos la miraran. No había asistido desde el incidente con Rob, y todo apuntaba a que aquel día tampoco iba a ocurrir. Se odió a sí misma por ello, pero el miedo y el sentimiento de fallo era mucho más grande que su voluntad de sacar el curso adelante.
Se giró y deshizo el camino fuera del instituto y paró a medio camino. Lo normal habría sido llamar a Gary, manosearse un poco y dejar que él repitiera una y otra vez que era una chica dura y un héroe que había salvado a un montón de gente del pueblo y que deberían andar dándole las gracias a diario. Pero ya no veía a Gary, por Kieren. Creía a Kieren, había visto el polvo en su nuca y cómo había luchado contra los efectos de la píldora. Kieren daba miedo sin el maquillaje y las lentillas, pero daba más miedo fingir que su hermano seguía vivo y que aquellos años de película de terror sólo habían sido una pesadilla.
Kieren había matado gente. Ella lo sabía, lo había visto. Había sobrevivido gracias a ello, hasta que lo cazaron y lo medicaron. Jemima también había matado gente. Había sobrevivido gracias a ello, hasta que los zombis dejaron de ser zombis y se había dado cuenta de que había matado gente enferma que lo único que necesitaban era medicación. Y eso era peor que matar gente para sobrevivir por ser un no-muerto, ellos no habían tenido elección.
Y lo peor de todo era Henry. Henry no se merecía aquello. Recordaba las clases con él, antes de que todo ocurriera. Ella había sido una chiquilla callada y él otro raro como ella, otro excluido con el que no se llevaba mal, sino lo suficientemente bien como para ir al baile juntos e intercambiar algún que otro beso, pero nunca llegó a mucho más. La adolescencia era una etapa cruel y los adolescentes eran la imagen perfecta de la crueldad. Algunos habían tenido mejores recursos para pasar aquella fase, otros se dejaron vencer, y Henry había cedido a la presión y se había quebrado bajo todo aquel peso.
Henry nunca pudo salir de aquella etapa adolescente porque Jem le robó su oportunidad al patrullar sin permiso mientras fingía que no tenía un problema, para después confesar su crimen a las personas equivocadas que hicieron que todo fuera a peor. Henry ahora la perseguía en su mente, y la culpa cada vez era más pesada.
Sin pensarlo, se dirigió a la clínica para pedir ayuda, o terapia. Sabía que su madre iba a un grupo de apoyo, pero no sabía si sería lo más adecuado para ella. La chica en recepción la miró expectante tras la ventanilla.
- Mi nombre es Jemima Walker, quisiera una cita con mi médico de cabecera para...
Se detuvo. ¿Qué le iba a decir su médico, que estaba loca? Eso ya lo sabía. ¿Que no era la única que había hecho cosas horribles durante la Guerra Pálida? También lo sabía, no era idiota.
- … nada, déjalo, da igual -gruñó mientras se giraba para marcharse.
- Hola, Jemima, ¿qué tal? -Shirley Wilson se había acercado con un formulario en la mano que terminó de rellenar en el mostrador, y tras firmarlo se lo entregó a la recepcionista con una sonrisa que no desapareció cuando su mirada se centró de nuevo en Jem- ¿Quieres tomar un té conmigo?
- Eh, hola Shirley. Pues ahora mismo volvía a casa...
Shirley Wilson miró a Jem como si pudiera leerle la mente. A esas horas con el uniforme no era muy difícil de ver lo que estaba pasando. Y los Walker habían pasado por mucho. En el grupo de ayuda, Sue había hablado mucho de su familia y de lo que la preocupaba, y sabía que Jem no estaba todo lo bien que fingía estar.
- Lo cierto es que me vendría bien la compañía, el doctor Russo sigue negándose a tomar un café conmigo y me aburro mucho mirando a la nada en mi despacho. Anda, ven. Tengo té y café, o zumo, si prefieres algo menos fuerte.
Jem iba a negarse, pero la invitación abierta de la mujer y su gesto amistoso le hizo sentirse mal. Total, no tenía nada que hacer e ir a casa iba a ser horrible, así que asintió y Shirley estiró su sonrisa, feliz de echar una mano. El despacho de Shirley era simple, como todos en la clínica. Algún archivador aquí y allá, un armario, una camilla, algunas sillas, un escritorio y un montón de panfletos sobre el SPM. Evitó mirar el que estaba colgado en la pared con el logo de Halperin y Weston que mostraba a una chica sonriente con aquellos ojos lechosos que la horrorizaban.
- Bueno, Jem, ¿qué puedes contarme? -preguntó Shirley en un tono casual tras llenar el hervidor-. Con todo lo que ha pasado estos últimos días pareces un poco alicaída, que no me extrañaría. ¿Están todos bien en casa? ¿Café, té, zumo?
- Zumo, por favor.
Shirley puso una bolsita de té en su taza y vertió zumo en la otra y esperó a que el agua hirviera para llenar las tazas y llevarlas al escritorio.
- Te escucho.
Jem suspiró.
- Es una tontería -se encogió de hombros-. Es todo lo que está pasando, supongo, lo del FVH, lo del Segundo Amanecer, no sé. Sé que todo el mundo tiene problemas. En verdad, da igual.
Shirley añadió un poco de leche a su taza y removió antes de volver a mirarla, pero no dijo nada. Jem contempló su propia taza durante un largo rato y miró de soslayo a Shirley, que parecía distraída con algunos panfletos. Sabía que le estaba dando tiempo para hablar, si quería, o la posibilidad de marcharse si decidía lo contrario.
- Tengo pesadillas -aclaró Jem con un suspiro. Se lo iba a contar, por qué no. Mejor ella que un médico, no era como si Shirley tuviera poder para mandarla a un manicomio, ¿verdad?-, y ataques de pánico. Me despierto empapada, me cuesta dormir, y no soy capaz de mirar a una persona con SPM si no lleva lentillas. Con Kieren estoy medio acostumbrada ya, pero los demás...
Fue entonces cuando Jem se dio cuenta de que le traicionaba la voz, temblorosa y ahogada al hablar, y el ser consciente de ello propició el inicio de un ataque de pánico. Luchó lo mejor que pudo para controlarlo, respiró hondo ante la atenta mirada de Shirley.
- Está bien, Jem, respira despacio, por la nariz -dijo la mujer calmadamente, sin atosigarla. A Jem le sorprendió que no le dijera que no tenía por qué preocuparse, o que no era nada. Fue cuando Jem se dio cuenta de que estaba llorando, y la vergüenza de que la viera llorar volvió a descontrolar su ansiedad y volvió a tener dificultad para respirar -Jem – le oyó decir-, cuéntame cómo es tu habitación.
Sin poder parar de llorar, la joven le describió los pósters de las paredes, la videoconsola, el equipo de sonido, el estampado de su colcha, y poco a poco fue sintiéndose mejor.
Jem no sabía cuánto tiempo llevaba llorando, pero una vez fue consciente no se detuvo. No estaba segura de si podría parar. Se odió a sí misma por mostrarse vulnerable, pero Shirley le pasó una caja de pañuelos y esperó pacientemente.
- Me siento una mierda. He hecho cosas horribles en el FVH, y aun así me dieron la medalla al valor. Hace unos días, una compañera de clase me dijo que maté a su padre durante la Guerra Pálida. Sé que fui yo. Dios, tenía fotos con toda esa gente como si fueran trofeos -dijo, cubriéndose la cara y sollozando.
Estaba temblando cuando Shirley se levantó y rodeó el escritorio para abrazarla y frotarle la espalda, y Jem se aferró a ella. Shirley no se movió en un buen rato, achuchándola como lo haría su madre mientras ella lloraba, dejándola desahogarse hasta que Jem decidió romper el abrazo y tratar de recomponerse. Shirley le ofreció la taza con su zumo y le acercó aún más la caja de pañuelos mientras se sentaba frente a ella en la mesa y la dejaba beber.
- Creo que debes buscar ayuda profesional. Lo que dices no es una tontería, Jemima, es algo serio. No soy quién para decirte que vas a tener que tomar pastillas, pero podrían ayudar, y para eso necesitas una cita con tu médico, ¿de acuerdo? Y bueno, además del grupo de apoyo para padres hay uno para jóvenes al que puedes venir, si quieres. Nadie habla de nada que no quiera, y estamos todos para ayudarnos los unos a los otros. No eres la única con este problema, ¿de acuerdo? Te lo aseguro. Y estas cosas se pueden solucionar y mejorar. Todos tenemos nuestras cosas desde el Primer Amanecer, algunos más que otros. Y no defiendo la posición actual acerca de los afectados de SPM, pero al principio el FVH hizo lo que los demás no se atrevían a hacer y gracias a ello los demás accedimos a comida y libertades que habíamos perdido. Me parece loable que hayas podido ver más allá del síndrome para empezar a ver a las personas, y en realidad es un gran paso y es más difícil de lo que piensas. No todo el mundo es capaz de hacerlo, ya te habrás dado cuenta.
Con otra sonrisa y un apretón cariñoso en el brazo, Jem se sintió lo suficientemente fuerte para sonreír, más tranquila, y de cierta forma más ligera, como si se hubiera quitado un gran peso del pecho.
- ¿Cuándo se reúne el otro grupo de apoyo?
Tanto esfuerzo para volver allí. El experimento U475 tenía pocos recuerdos del principio, cuando la medicación aún apenas le dejaba espacio a la conciencia, pero recordaba los barrotes. Al otro lado del pasillo podía ver a un hombre sentado en el suelo, los dedos tamborileando en sus rodillas como único método de entretenimiento. Experimento U501, lo llamaban, pero él seguía gritando su nombre, Jimmy, Jimmy, hasta cansarse cada vez que se lo llevaban o traían para tomar muestras, o quién sabe qué. Nadie hablaba de lo que les hacían en aquellas habitaciones, porque nadie quería saber qué era lo que le venía. Y Jimmy no quería saberlo, estaba seguro. U475 llevaba allí más tiempo que él y no quería pensar en el hecho de que los más veteranos iban hablando menos y menos con el paso de los días.
Los gritos eran lo peor. La gente se volvía loca en aquel lugar. Había tres turnos para la neurotriptilina, y era preferible tratar de no pensar en ello si ese día no te la administraban, porque era entonces cuando te llevaban.
Los muertos no sentían dolor, y éste era su consuelo cada vez que le apretaban el bozal alrededor de la cabeza y le inmobilizaban los brazos a la espalda para llevárselo a la sala operaciones. Pero no dejaba de ser horrible. No dejaba de ser consciente de lo que le hacían, de ver los trozos que le arrancaban para muestras que mirar atentamente bajo un microscopio, a veces delante de él, por si necesitaban un pedazo más grande. Agradecía no tener sentido del tacto para saber cuántas muestras de su columna habían tomado, y sentía alivio cada vez que, tras cada sesión, comprobaba que podía mover las manos y los dedos de los pies a voluntad.
La sirena comenzó a sonar y las luces se encendieron, y se dio paso a la música clásica. Ya venían, hora de la medicina.
Uno tras otro, fueron llamados a ponerse de espaldas contra los barrotes, y fueron administrándole la neurotriptilina a unos cuantos. U475 podía escuchar la pistola de neurotriptilina en funcionamiento.
- No, a ése no -escuchó decir a uno de ellos, y U475 se tensó y cerró los ojos. No quería ver cómo se le acercaban con el táser preparado en caso de resistencia.
La vara del guarda golpeó sus barrotes y se puso de espaldas contra ellas para ser amordazado, pero las esposas se cerraron en torno a otras muñecas.
- U501, se te requiere en la sala de operaciones -les escuchó anunciar, como si lo necesitaran, antes de escuchar el click de la pistola de neurotriptilina, empujando la dosis dentro de su columna, y su cuerpo se tensó y sacudió como víctima de un shock eléctrico.
- Jimmy, ¡me llamo Jimmy! -gritó U501, y siguió gritando mientras lo empujaban hasta el final del pasillo.
U475 se hizo un ovillo, allí junto las rejas, y apretó una anilla de cerveza contra su palma como única ancla a su cordura mientras convulsionaba.
Kieren no estaba seguro de que la policía fuera a investigar la exhumación. Por mucho que no le gustara, Philip parecía un loco con los ojos abiertos y brillantes y la ropa mojada por la nieve y cubierta de tierra y barro. No había ayudado que él hubiera estado allí todo el tiempo sin su maquillaje ni sus lentillas. Pero tenían todo el derecho a reclamar, y después de que Philip mencionara que tenía documentos legales que atestiguaban que tenían potestad para interesarse por el bienestar de Amy Dyer, muerta o no, les habían tomado declaración a él y a Philip. Kieren conocía bien a Teddy Murphy, el policía que les había rellenado la ficha, y sabía que era un tipo que trataba a todos lo mejor que podía, pero se había dado cuenta que evitaba mirarlo a la cara.
La plantilla de la policía del Valle de Roarton era sangre nueva. Durante un buen par de años no había habido nadie en absoluto, todos habían perdido la vida al comienzo del Amanecer, y Kieren prefería no pensar mucho en ello. Cuando estás muerto y en estado rabioso el tiempo importa poco, y la noción del tiempo en sí era un concepto extraño, así que la mayoría de sus recuerdos no tenían fecha, pero recordaba trozos. Recordaba lo que pensaba que fueron los primeros días. Primero, la gente creyendo que era broma, después el horror, los gritos, la sangre. Al principio, todos los resucitados caminaban juntos para después dispersarse, unos al bosque, otros a la carretera, otros a las calles. Las ciudades habían sido arrasadas de una forma que no había ocurrido en los pueblos, el número de víctimas en ciudades como Londres había sido, en porcentaje, una locura, un genocidio comparado con Roarton. En los bosques había sido fácil cazar, ya que no sólo se habían alimentado de humanos. Irónicamente, el supermercado había sido un magnífico área de caza, siendo que era la fuente de alimento de los vivos. Pero no le gustaba pensar en eso.
En Roarton habían reaccionado pronto con la falta de ayuda militar. Unos pocos, como Bill Macy, con algo de conocimiento táctico, habían liderado las guerrillas contra los no muertos, lo que los libros de historia llamaban la Guerra Pálida. Habían sido días oscuros en lo que lo único que importaba para los vivos era eso, seguir vivos. Cualquier persona que hubiera andado por las calles de Roarton había visto cosas horribles y se habían defendido como habían podido, Kieren no podía reprochárselo a nadie. La gran parte de ellos se habían defendido, no matado por placer. Él sí había matado por placer. Para alimentarse, para sobrevivir, sí, pero lo que a él lo llenaba de culpa era aquella euforia que había sentido con cada muerte. Euforia, placer, y hambre. Nunca habría pensado que era un sádico, pero en una parte oscura de su cerebro Kieren sabía que todos los que se habían levantado de la tumba y sobrevivido hasta el momento eran asesinos, porque los más dóciles habían sido los más fáciles de cazar. Sin embargo, Kieren también estaba seguro de que la gran mayoría de los no muertos deseaba borrar esa etapa de su historia tanto como él.
Kieren siguió callado el camino a casa de Philip mientras lo acompañaba, el otro joven tan silencioso como él. Teddy les prometió que investigaría el robo del cuerpo de Amy, y Kieren esperó que así fuera. Philip no había hablado desde entonces. Lo dejó adelantarse y sacar las llaves, y una vez la puerta abierta, esperó, quizá Philip prefería estar solo. Pero Philip lo miró como si no entendiera y alzó las cejas.
- ¿Necesitas una invitación formal?
- Sí, además de zombi soy un vampiro -bromeó, cruzando el umbral y cerrando la puerta a su paso.
- Pon el abrigo en el radiador, está mojado -le dijo, y Kieren accedió, abriendo la cremallera. Era un chaquetón bien pesado de por sí, y se sintió más liviano al deshacerse de él. Hizo lo mismo con las botas y después lo puso todo contra el radiador. Philip hizo lo mismo y después fue al baño a lavarse las manos y siseó al contacto con el agua. Había sangre seca y tenía los dedos amoratados por el frío.
- ¿Dónde tenéis el botiquín? -preguntó Kieren. Philip señaló hacia el armarito del baño con un movimiento de cabeza. El estuche fue fácil de encontrar.
- ¿Me vas a curar? -Philip se atrevió a usar un tono jocoso, y Kieren sonrió mientras se quitaba los guantes. La sonrisa se esfumó cuando se dio cuenta de que sus manos estaban en una situación similar y temblaban.
- Mierda -masculló, sacudiéndolas. Ya no sólo era una mano, eran las dos.
Philip se acercó a él y sostuvo sus manos por las muñecas, y Kieren lo miró sin saber qué decir o hacer.
- ¿Cuándo empezó esto? ¿Tienes más síntomas? Ayer ya temblabas.
- Un par de días. Te juro que estoy tomando neurotriptilina -aseguró, nervioso-. Creo que es por haber tomado Olvido Azul, supongo que pueden ser efectos secundarios.
Philip chasqueó la lengua, pero no dijo nada. Por un momento, Kieren pensó que iba a decir algo, pero su amigo dejó ir sus manos un momento y se puso el botiquín en el regazo, sentado en el borde de la bañera, y comenzó a curarse las manos mientras Kieren lo observó en silencio, viendo cómo daba ligeros golpecitos sobre los cortes con el algodón empapado en agua oxigenada, y luego cubría con tiritas las zonas más afectadas. Al terminar, sin embargo, no guardó el botiquín.
- Siéntate -señaló el retrete con la cabeza-. Tú también tienes heridas.
- No me duelen -Kieren protestó. Era innecesario. Philip rodó los ojos.
- Que estés muerto no significa que seas inmortal, Kieren. Dame una excusa para entretenerme.
Kieren resopló, pero se sentó mansamente sobre la tapa del retrete tras lavarse bien las manos bajo el agua templada y las expuso frente a él, con cortes aquí y allá y tierra oscura aún bajo las uñas. La simple vista de sus manos así lo llevó de vuelta al momento en el que despertó dentro del ataúd unos años atrás y tuvo que abrirse camino hacia el exterior. Si había habido un momento de terror durante su periodo rabioso, había asido aquel: saber que te habían enterrado vivo. Vivo, consciente, todavía allí de alguna manera. Desvió la mirada para dejarlo hacer, teniendo la suerte de que podía ignorar lo que hacía simplemente porque no lo sentía.
- ¿Qué te pasa con Simon? -preguntó para mantener su mente distraída.
- No me gusta el ELN. Es violento, sectario, y está mal enfocado. Si crees que Simon es un santo, Kieren, piensa dos veces. No digo que no haya que proteger los derechos de los afectados, o luchar por su igualdad, pero apoyar la causa matando gente no está ayudando nada.
- Sabes que opino igual.
- Sí, pero él no. Puede que al volver de Norfolk lo trataran como una mierda y aborreciera a los vivos hasta ese punto, puede que le lavaran el cerebro antes. Incluso Amy daba un poco de miedo a veces, recitando frases de memoria. Los extremos no están bien. Y no es que Simon haya abandonado el ELN por voluntad propia, es que se ha tenido que ir. Sus antiguos amigos no parecían muy contentos de verle sacarte de allí, o eso he oído. Toda esa mierda sigue en su cabeza.
Kieren suspiró. Eso ya lo sabía él, pero tenía que confiar en Simon, en que no haría locuras. Intentaba no pensar demasiado en ello. De eso se trataba la confianza, de esperar lo mejor de alguien y suponer que esa persona no te afectara de forma negativa. De la misma forma tenía que confiar en Jem, o en sus padres.
- Kieren, ¿es verdad lo que se comenta? ¿Que todo el grupo de afectados de SPM estaban esperando el Segundo Amanecer y que iban a por ti?
Despacio, asintió. Simon se lo había contado. Aquello no relajó a Philip, que lo miró como si no entendiera y se levantó, caminado por el baño, exasperado.
- ¡Kieren! ¿Es que no lo ves? ¿Te parece bien, acaso? Mira, yo sé que te suicidaste y todo eso, y sé que querías a Rick Macy, pero esto es mucho más que eso, y esperaba que hubieras aprendido algo. Rick te trataba como una mierda delante de otros y lo sabes, y lo puedes perdonar, lo puedes pasar por alto o justificarlo o lo que quieras, pero delante de Gary y de Freddie y de los demás eras tan objeto de bromas como yo. Sinceramente, espero que mereciera la pena y que entiendas que no tienes que estar con nadie para que tu vida tenga sentido. De verdad, espero que no estés con Simon por miedo a estar solo, porque todo esto me suena familiar, ¿sabes? Simon no es un santo, Simon está en una secta terrorista y tiene lavado el cerebro.
Su móvil sonó de repente y Kieren lo pescó de su bolsillo y descolgó aliviado, sin pararse a pensar en el peso de las palabras de su amigo.
- Hola, ¿Kieren? -escuchó, y el mencionado dio una respuesta afirmativa- Hola, Kieren, soy el doctor Russo, ¿cómo estás? Me preguntaba si podías pasar hoy o mañana por la consulta para examinarte y ver cómo va todo después de lo del otro día. Dime, ¿cuándo podemos vernos?
El doctor sonaba sencillo y amigable como siempre. La idea de tener que ir a su consulta no le hacía gracia; no podría dejar de pensar en Amy en la camilla, ensangrentada, sin vida.
- Imagino que no hacen visitas a domicilio, ¿no?
Hubo silencio al otro lado del teléfono por unos segundos.
- Supongo que no habría problema si no se convierte en una costumbre -respondió comprensivo. Pero aun así, Kieren no quería que fuera a casa de sus padres, no quería que sus padres escucharan que le temblaban las manos.
- ¿Podría ser en casa de Shirley Wilson? -preguntó de repente. Quizá a Shirley no le importaría mucho. Philip lo miró con una ceja alzada, ambos sabían que su madre estaba interesada en el médico. Todo el pueblo lo sabía.
- En casa de Shirley... -le oyó decir, y Kieren casi pudo imaginárselo mirando a la mujer, sentada a su lado. Puede que ella estuviera afirmando con la cabeza, porque respondió pronto- De acuerdo. Tengo un hueco dentro de tres días, a las doce, ¿te parece bien?
- Eh... vale -acordó.
- ¿Has tenido algún síntoma raro, pesadillas, ansiedad?
- Bueno, me tiemblan un poco las manos.
- Tranquilo, que eso no es nada, pasa a veces -dijo el doctor Russo a los pocos segundos-. Es la neurotriptilina haciendo su trabajo. Pero si quieres lo miramos en la consulta dentro de tres días, ¿de acuerdo?
- Sí. Gracias, doctor Russo.
- Hasta luego, entonces. Llámame si necesitas algo -se despidió antes de que la llamada terminase.
Kieren guardó el teléfono de nuevo y advirtió que Philip lo estaba mirando.
- Sabes que, indirectamente, has provocado que el doctor Russo y mi madre tengan una cita, ¿verdad?
Kieren sonrió como si hubiera robado el tarro de las galletas.
- Sí. Y espero algo bonito de parte de tu madre por Navidad -rió, dando así por zanjado el tema anterior.
El comentario hizo reír a Philip, y después volvió a concentrarse para terminar de curar las manos del joven.
Hacía años del búnker, pero John Weston lo recordaba con nostalgia. Aquellos habían sido los días más emocionantes de su vida, cuando tras muchos experimentos fallidos habían visto su recompensa. Se habían sentido casi dioses por aquel entonces devolviendo el alma a aquellos monstruos, a aquellas bestias sin conciencia que antaño habían sido humanas y que, por razón desconocida, habían abandonado su lugar de enterramiento.
La experimentación y el estudio de aquellos seres, aunque él prefería llamarlos pacientes, les había llevado a conocer qué funcionaba y qué no. Había sido una interminable lista de pruebas y errores. Sabían que en estado rabioso el paciente todavía tenía cierta actividad cerebral con la cual mantenían el cuerpo en movimiento; el cerebro seguía activo hasta cierto punto, por lo que tenían un resto de memoria primitiva, recordaban cómo abrir puertas, o subir escaleras. Los pacientes reaccionaban a estímulos externos como la luz y el ruido y la única función corporal era la digestión, con restricciones. Si bien el paciente no necesitaba bombear sangre, sí se atisbaba a ver cierto funcionamiento pulmonar, probablemente un estímulo fantasma desde la médula oblonga, o simplemente memoria muscular que afectaba al diafragma, ya que los pacientes podían jadear en estado rabioso, y ya medicados podían llegar a hiperventilar si se exponían a situaciones de miedo extremo. El sistema digestivo se mantenía activo y, aunque el perfeccionamiento de la neurotriptilina había traído de vuelta el funcionamiento cerebral casi en su totalidad, había incapacitado la digestión por completo. El sistema nervioso estaba totalmente destrozado, el sentido del tacto era nulo porque los receptores sensoriales estaban, básicamente, resecos y muertos. No lograban averiguar cómo los sujetos podían seguir animados sin las funciones básicas funcionando o cómo habían sobrevivido las neuronas y reactivado la resurrección. Todo apuntaba a algún tipo de mutágeno, y había muchas teorías, unas más científicas que otras, pero ninguna lograba una explicación que tuviera sentido completamente.
Su compañero, Victor, era igual de apasionado en su trabajo. Habían pasado horas trabajando sobre el microscopio, habían llevado a cabo una autopsia tras otra gracias a la colaboración del ejército que les protegía y les surtía de pacientes que estudiar; habían pasado noches sin dormir y a veces largas jornadas sin comer.
Pero en algún momento, Victor había cambiado. Sí, seguía estudiando y trabajando con el mismo ahínco, pero había algo en sus ojos que no le gustaba. Victor había dejado de buscar la cura, sólo buscaba perfeccionar la neurotriptilina. Habían encontrado una fórmula que prolongaba el efecto y evitaba que el paciente pudiera volver al estado rabioso si no se inyectaba en 24 horas, sino que el efecto podía durar hasta tres días, pero el ejército les había prohibido usarla o comercializarla. Y todo el mundo se negaba a continuar con la terapia psicológica con los pacientes después de ser dados de alta. Era como un campamento de verano, pasabas unos meses de entrenamiento y te lanzaban al mundo de nuevo, sin estar preparado. John odiaba el ejército, lo había odiado de joven y su experiencia con ellos no lo había mejorado. A la empresa, a la gran maquinaria, sólo les interesaban los números. Medícalos, contrólalos y deshazte del problema, pero recolecta las ganancias, y Victor pensaba igual, al menos ahora.
John seguía el proceso de todos sus pacientes. Aun después de años viendo aquel milagro, aún estaba allí para cada una de las dosis iniciales de neurotriptilina. Estaba allí para ver la luz volver a los ojos de sus pacientes, la consciencia, la razón. Después de eso siempre relegaba el puesto, no quería involucrarse más, no quería ver la traición en sus ojos cuando les daban una patada y los mandaban al mundo exterior cuando apenas se habían hecho a la idea de la realidad que les esperaba.
Todavía recordaba el dolor en los ojos de Simon Monroe cuando le dieron el alta, aún le perseguía aquella mirada inocente y traicionada.
Se despertó lentamente y abrió los ojos. Estaba oscuro y alrededor no había más que silencio, ni siquiera ese ruido casi imperceptible cuando se está en la quietud más absoluta que se incrementaba con la falta de ruidos del exterior. Sintió un pequeño pinchazo de remordimiento, la dosis no había sido suficiente. Necesitaría más, y pronto.
Sin saber aún dónde se encontraba, se removió impaciente y fue cuando se encontró con el problema de la falta de espacio; había algo duro a sus lados y un segundo después se percató de que aquella superficie también estaba por encima. Dejó que lo invadiera el pánico y soltó un gemido. Un gemido ahogado. Estaba encerrado en una caja, sin oxígeno.
Estaba enterrado.
Podría haber reído, la sensación de haber alcanzado algo asombroso era arrolladora y se dejó bañar por ella durante unos segundos. Euforia, euforia líquida y pura. Lo habían enterrado vivo, la idea era hilarante. Y tan pronto como vino se fue, y el sentimiento de vacío y desesperación se lo tragó. No tenía acceso a ninguna de sus cosas y pronto cada parte de su ser gritaría de dolor. Estaba enterrado, el aire se acabaría pronto, y el pánico tomó control de su cuerpo para abrirse paso.
Cavar una tumba en sentido opuesto no era una tarea fácil; para escapar tenía que romper la madera del ataúd desde muy corta distancia y después lidiar con los kilos y kilos de tierra que le aprisionaban. A cada brazada de tierra sentía que su instinto se agudizaba y su mente se nublaba. Qué importaba la heroína cuando te habían enterrado vivo. Qué importaba perder las uñas mientras luchaba con todas sus fuerzas para ascender. Su mente se iba replegando y olvidó cómo se sintió tras su primer pico, dónde compró nieve la primera vez, el sabor de la marihuana. Su ser, su alma se fue deconstruyendo, brazada a brazada, con cada patada, para dar paso a un nuevo ser, más primario quizá, más primitivo. Las manos no le dolían aunque deberían, sus músculos no se quejaban por el esfuerzo. La euforia volvió cuando el trabajo se le hizo más fácil y por fin dejó de notar resistencia al estirar el brazo. Aire. Era libre.
La tierra le cayó a montones al incorporarse y sus ojos hicieron un barrido rápido alrededor. Había más como él, gente debatiéndose para liberarse de su prisión de tierra helada, otros ya caminando sin un dirección fija. Por primera vez en mucho tiempo se detuvo a escuchar el rumor del viento en el aire, contempló el cielo cubierto de nubes y se sintió libre. Libre de drogas, libre de culpa, libre de dolor. Sólo euforia. Y hambre, estaba hambriento. El hambre era, si acaso, el único mensaje que recibía de su cuerpo. Como muchos, se dirigió hasta la entrada del cementerio y caminó al lado de otros como él rumbo a la ciudad. No tardaron mucho en encontrarse con un coche que paró en mitad de la carretera, la bocina pitando insistentemente. Al final, el conductor salió a gritarles. El sonido de la bocina todavía martilleaba en su cabeza, y el horrible ruido le enfureció. Algunos estaban más cerca que él y atraparon al hombre que, sorprendido, apenas se defendió antes del fatal desenlace.
El olor de la sangre penetró de alguna forma en alguna parte de su cerebro. Era el único pensamiento en su mente, rojo, cálido, fascinante. Había demasiados agachados en torno al hombre para poder acercarse, abriéndose paso con los dedos sucios al interior del cráneo del desdichado, así que siguió su camino.
Hambre.
Simon abrió los ojos de golpe, completamente desorientado. Lo primero que vio fue un pequeño charco de bilis negra en el suelo junto su cabeza. Trató de enfocar los ojos mientras se tocaba la nariz y la boca y comprobó que, efectivamente, había estado sangrando. Gruñó al notar presión dentro de su cabeza, un dolor como palpitante que en vida habría asemejado a una migraña horrible. No echaba de menos el dolor.
El bungalow estaba en calma y no sabía si Julian se había quedado para verlo o se había largado tras darlo por muerto. Sintiendo la mente aún pesada y tortuosamente lenta, se preguntó si había sufrido una convulsión o si, simplemente, se había desmayado. Miró alrededor y vio la jeringa sin aguja con la que se había inyectado en la espalda, no muy seguro de qué era exactamente el compuesto. En lo que a él respectaba bien podía haber sido aceite de coche, desde luego tenía el color negruzco y la consistencia.
Aún estirado en el suelo, trató de recapitular lo que había recordado: su Despertar. Así que era aquello lo que había ocurrido. Estaba maravillado por su propio recuerdo, pudiendo examinarlo ahora con su impresión de entonces y la actual. Era algo mágico y especial, era un redimido, pero a su yo sin tratar le había dado más bien igual, aunque la reacción inicial había sido el pánico. Era algo que se repetía en todos los testimonios, pánico al despertarse en un ataúd, la mente plagada de pequeñas ideas que con el paso de los minutos se perdían en la mente del rabioso, del liberado. De alguna forma la neurotriptilina les había devuelto la conexión con su propia alma conectando partes del cerebro gracias al compuesto químico, recuperando la capacidad de hablar y relacionarse. En vida, Simon jamás había esperado por una segunda oportunidad porque nunca había querido una primera, tan perdido en su propia depresión, falto de ilusiones y motivación y sumido en el mundo de la droga desde joven. Renacer, redimirse le había dado esa posibilidad de tener una nueva vida como discípulo, y Simon, habiendo crecido en el catolicismo, recibió la nueva corriente con los brazos abiertos.
Y ahora estaba fuera del ELN, y se sentía desnudo, un sintecho. Sólo le quedaba Kieren. No quería pensar en que su vida se había reducido tanto en tan poco, no quería pensar en qué hubiera pasado si Kieren no le hubiera perdonado, porque bien prefería volver a despertarse dentro del ataúd. Al menos seguía teniendo un motivo por el que seguir luchando.
Mantener a Kieren a salvo.
Pearl Pinder no se sentía con ganas de estar allí. Si era sincera consigo misma, mantener abierto el Roarton Legion le estaba costando una fortuna y más disgustos que alegrías. Había confiado en Kieren, había pensado que aquella nueva sociedad iba a poder seguir adelante, pero lo cierto es que aquello no dejaba de ser un estado de gobierno post-apocalíptico donde el gobierno había tomado el lado de los monstruos. Y cuando todo parecía que iba a cambiar, cuando les llegaba alguien competente y dispuesta a dirigirlos a un mundo mejor, sólo resultaba en más locura. Maxine Martin había perdido los estribos durante la feria, y todos lo habían visto. Había gente que decía que había apuñalado a Amy Dyer en la cabeza sin razón aparente, otros defendían que se había estado protegiendo del ataque de ésta. Pero todos la habían visto ensangrentada, hablando de locuras y sinsentidos.
Pearl Pinder no sabía qué pensar. A veces le habria gustado no estar en el Consejo. Menos responsabilidad sobre sus hombros. Menos preocupaciones. Menos alcohol, dijo para sí mientras contemplaba el pequeño vaso con ginebra que tenía frente a ella, oculto tras la barra.
Pearl Pinder no sabía qué pensar. A veces le habria gustado no estar en el Consejo. Menos responsabilidad sobre sus hombros. Menos preocupaciones. Menos alcohol, dijo para sí mientras contemplaba el pequeño vaso con ginebra que tenía frente a ella, oculto tras la barra. El pub estaba plagado de los parroquianos de siempre, casi todos en el mismo grado de desesperación ahogada en alcohol que ella. Gary no estaba mejor. No lo había visto sobrio desde el día del ataque. Pearl sabía que todo habría tenido otro desenlace si Bill Macy hubiera estado allí, habría sido un héroe galardonado por todo lo alto. Y Gary era un héroe a su manera, con o sin Bill, pero poco parecía importarle mientras terminaba su pinta de cerveza roja sin pararse a respirar. Dean, sentado frente a él, estaba más callado que de costumbre, ni siquiera jugaba a la consola que solía llevar siempre encima. Rose y Brenda hablaban entre susurros de los cotilleos malintencionados del pueblo, algunos miembros de lo que quedaba del FVH que hablaban a voces, y Abigail Lamb, que parecía ser la única que no bebía alcohol en aquel nuevo mundo.
Le tomó un minuto darse cuenta de que el local había enmudecido de repente cuando reparó en que la atención de todos se dirigía a la televisión. Una figura encapuchada con la máscara de una calavera hablaba desde la pantalla con una voz distorsionada.
Abajo, en el titular, se leía: "Vídeo filtrado del Profeta No-Muerto, general del ELN".
