Capítulo 3
Un tiempo atrás, varios adolescentes se presentaron al Santuario a entrenar y entre ellos también había algunos a quienes investirían oficialmente como caballeros de plata antes de decidirse cual sería su destino final. En ese grupo había dos mujeres cuyos rostros, tal como demandaba la tradición, siempre aparecían cubiertos con una máscara cuando estaban en público y que obtuvieron la armadura del Aguila y la de la Cobra respectivamente. Entre los hombres había dos jóvenes hindús a quienes se asignó como maestro a Shaka de Virgo y también otro chico llamado Cristal de la Aurora, entrenado en Siberia por Camus de Acuario, a quien ofrecieron dos niños como pupilos: Izaak y Hyoga. Por último, se encontraba Albiore de Cefeo, de quien su antiguo maestro creía que tenía potencial para convertirse en un caballero de oro.
No obstante, la armadura de Tauro, la que correspondía a su signo zodiacal, ya tenía dueño. Por lo tanto, la candidatura de Albiore a aquel manto sagrado estaba fuera de toda cuestión. El argentino no se sintió mal por ello porque tuvo la oportunidad de conocer al segundo guardián, quien le ofreció hospedaje en la segunda casa durante el breve tiempo que permaneció en el Santuario. Se formó una opinión muy favorable acerca del brasileño ya que le pareció un hombre bondadoso, honorable y un muy digno sucesor de Hagard de Tauro.
Albiore era una persona muy carismática y que poseía un gran atractivo físico que no pasaba desapercibido a los otros habitantes del Santuario, pero al ser aún menor de edad todos mantenían las distancias en cuanto a una posible relación íntima con él, al igual que él hacía; no obstante, cada regla tiene su excepción.
Afrodita de Piscis se sintió inmediatamente atraído por la belleza tan varonil de aquel muchacho que contrastaba enormemente con la suya. Este caballero era bellísimo aunque por su aspecto físico se le confundía a menudo con una muchacha. Aquella atracción alcanzó el punto de obsesión y llegó el momento en el que a Albiore no le quedó más remedio que enfrentarse con él en la casa de Tauro.
Para regresar a la suya tras una sesión de entrenamiento en el Coliseo, Afrodita debía cruzar las otras once casas a pie debido a la prohibición instaurada por Atena acerca del uso del teletransporte en el Santuario. Al pasar por la de Tauro notó la presencia del chico argentino y sus labios se curvaron en una maliciosa sonrisa causada por los lascivos pensamientos que le venían a la cabeza cada vez que lo veía. Aunque Albiore nunca había dado muestra alguna de interés y siempre repelía sus avances lo más diplomáticamente posible para Afrodita aquello sólo representaba un juego y honestamente creía que el otro chico únicamente se estaba haciendo de rogar.
Afrodita no pudo creer su suerte cuando logró encontrarlo en la segunda casa y se le acercó con una magnífica rosa roja inofensiva en la mano mientras Albiore se vestía en el cuarto que Aldebarán le había asignado. Justo entonces sólo llevaba puestos un pantalón largo y sus botas, por lo cual, su magnífico torso y torneados brazos estaban al descubierto. Afrodita no podía apartar la vista de él porque se veía mucho más atractivo de lo que hasta ahora había imaginado en sus más recónditas fantasías y el encontrarlo así le parecía muchísimo más erótico y sensual que si lo hubiera hallado completamente desnudo. Afrodita era un ser muy refinado a quien le gustaba que se dejara algo para la imaginación.
A pesar del fuerte deseo que le provocaba el encontrarlo en esta guisa, el caballero de Piscis era alguien muy experimentado en el arte de la seducción y aún poseía el suficiente autocontrol para no abalanzarse sobre el argentino. Las prisas y la crudeza no eran su estilo, él prefería jugar con su presa.
Sin pudor alguno se acercó a Albiore y empezó a hablarle de cosas mundanas pero no podía evitar completamente que su mirada delatara mucho más de lo que deseaba revelar justo entonces y el rubio, que no tenía ni un pelo de tonto, sabía ya por experiencia que las intenciones del caballero de Piscis nunca habían sido exactamente muy caballerosas. Su incomodidad se intensificó puesto que estaban solos en la casa de Tauro; hasta entonces sus encuentros habían sido siempre en público y por eso, le había sido relativamente fácil repeler sus atenciones.
Esta vez las cosas no serían tan sencillas, pues este caballero de apariencia andrógina era uno de los guardianes de élite del Santuario y su vida podría correr un gravísimo peligro, aunque Albiore sabía que su cosmos era mucho más poderoso que el normal en un caballero de plata y la caja de su armadura estaba a mano. El guardián de la última casa zodiacal sonrió maléficamente pues podía percibir un ligero temor oculto que emanaba del cosmos del argentino.
Después de unos minutos sintió una inusual impaciencia, por lo tanto, Afrodita decidió dejarse de jueguecitos y pasar a una acción más directa. Antes de que Albiore tuviera tiempo a terminar de vestirse o ponerse su armadura, Afrodita avanzó hacia él y lo tomó entre sus brazos para besarle con firmeza en los labios. No lo hacía crudamente pero sí con la suficiente fuerza para que el muchacho no se pudiera escapar fácilmente. El argentino se sintió avasallado por aquel experto beso e incluso llegó a corresponder al mayor pues éste comenzó a emanar un sutil perfume de rosas que le nublaba los sentidos.
Aquel primer beso le había sabido a gloria y únicamente se separó de Albiore por un momento porque tanto uno como otro se quedaron prácticamente sin respiración; mas aprovechando que Albiore estaba algo aturdido por su perfume, Afrodita volvió a unir sus labios con los suyos. El segundo beso fue mucho más apasionado que el anterior ya que la lengua del caballero de Piscis comenzó a juguetear y se introdujo lentamente en su boca. El poder tocar aquel cuerpo semidesnudo lo envalentonó y dejó escapar unas risillas mientras acariciaba impúdicamente el torso y la espalda del caballero de Cefeo, quien parecía haber perdido la capacidad de reaccionar.
No obstante, al ver que se estaba dejando llevar por el hechizo de su fragancia de rosas y no había encontrado oposición alguna, cometió el error de confiar demasiado en sus poderes. Mientras lo besaba, sus caricias fueron subiendo de tono y Afrodita se deleitaba en ese jueguecito del gato y el ratón. Normalmente se tomaba su tiempo durante el preludio al acto sexual pero en esta ocasión decidió que ya había esperado demasiado tiempo por este chico, así que, impacientemente dirigió una mano a la entrepierna de Albiore.
En su no muy humilde opinión, el muchacho estaba ya en el bote pero ese pensamiento fue su mayor error porque le hizo bajar la guardia y dio tiempo a que parte del perfume que había saturado la habitación se dispersara.
Separó su cara de la del argentino y lo miró como si fuera un depredador a punto de devorar a su presa. Ante aquella mirada tan lasciva Albiore sintió que una voz interna le decía que debía parar inmediatamente sino quería perder el control de la situación pero, presa de aquel aroma, incluso el pensar racionalmente le costaba trabajo; sin embargo, debía hacer un esfuerzo. Afrodita le susurró al oído que el tratar de escaparse le sería completamente inútil puesto que su técnica en pocos segundos lo tendría totalmente paralizado; en realidad aquella aserción no era enteramente cierta, tan sólo era un truco para hacer que el muchacho se doblegara a su voluntad más fácilmente. Albiore luchaba internamente por no dejarse avasallar de esa forma y la suerte se puso de su lado cuando oyó el ruido de unas pisadas fuertes que se iban acercando a la habitación, que Afrodita también oyó.
El caballero de Piscis se giró un tanto sobresaltado y algo molesto al verse interrumpido, pero como aquel ruido tan sólo duró unos momentos trató de volver a la carga. Además, el saber que corrían el riesgo de que los pillaran "in fraganti" le excitaba enormemente; Aldebarán seguramente se enfurecería, pero como los combates entre caballeros de oro estaban prohibidos y hasta entonces había permanecido en buenos términos con el nuevo Patriarca, le importaba un ardite lo que pensara Tauro.
—No te resistas, querido mío —le dijo algo enfadado al ver que su plan estaba a punto de irse al traste, aunque en cierto modo fuera excitante el notar resistencia por parte del más joven— será mucho peor para ti si lo haces.
Apenas había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando Albiore logró apartarse de él y rápidamente se dispuso a abrir la caja de su armadura. Afrodita trató de pararlo, pero ya era demasiado tarde porque Aldebarán estaba al otro lado de la puerta. El segundo guardián la golpeó un par de veces pues había oído la voz de Albiore y le preguntó si se encontraba bien. Afrodita lo miró con furia y le advirtió en voz muy baja que no dijera ni media palabra de lo que allí había ocurrido o lo pasaría muy mal. El chico respondió que todo estaba en orden mientras se iba a abrirle la puerta.
Aldebarán se sorprendió un poco al ver a Afrodita en aquella habitación, particularmente al verlo salir tan alterado y que Albiore lo estuviera también a pesar de que tuviera una expresión serena en el suyo.
Miró extrañado a ambos hombres pues presentía que algo serio había ocurrido pero debido a que el caballero de plata no soltaba prenda, decidió dejarlo estar, mas no sin antes advertirle que tratara de no volver a cruzarse por el camino del caballero de Piscis pues solía ser muy rencoroso con quienquiera que lo ofendiera.
Afrodita se fue hacia la salida tras apenas haber pronunciado las palabras justas de saludo a su compañero de armas, mientras que entre dientes murmuraba insultos contra el protector de la segunda casa por haberle "chafado la diversión". El haberse visto rechazado por un caballero de rango inferior al suyo que rehusaba rendirse a su belleza y otros encantos le pareció una experiencia increíblemente humillante de la que juró vengarse algún día.
