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La carta misteriosa

(parte 1)

Habían pasado aproximadamente diez años del incidente, en Godric's Hollow, que había terminado con la vida del mago más tenebroso jamás visto, Voldemort. Y el pequeño Harry, lejos de las preocupaciones de Dumbledore, había llevado, hasta el momento, una vida normal para un mago de diez años, le habían regalado su primera escoba a los seis años, tenía su equipo favorito de Quidditch e incluso sabía hacer uno que otro conjuro (usando la varita de su padre).

No había nada fuera de lo común en él, aunque claro, nada salvo el hecho de que Harry Potter era por lejos el niño mago más famoso de toda Gran Bretaña, reconocido por su participación en la muerte del Señor Tenebroso, la que le había dejado una cicatriz en forma de rayo en la frente. Pero para Harry todo aquel rollo de Voldemort, no era más que una de las tantas alucinantes historias que su padre y Sirius solían contarle.

Ya eran vacaciones de verano, fecha en que Harry se iba la tarde entera, con su escoba Cometa 200, a practicar el Quidditch (el deporte más famoso del mundo mágico) en una extensión de prado a unos cuantos kilómetros de Godric's Hollow. Normalmente jugaba haciendo equipo con su amigo Ron Wesley, para enfrentar a su padre y Sirius (aunque nunca les habían podido ganar), pero aquella tarde estaba solo, y Harry así lo prefería, porque tenía en su cabeza algo aparte de Quidditch, algo que lo había hecho tremendamente feliz.

El viento soplaba sobre el desordenado cabello negro azabache de Harry, cuando decidió tomarse un descanso. Dejó su escoba a un costado, y se recostó de espalda al suelo. Sacó de sus pantalones un pedazo de papel arrugado, y lo alzó a la altura de su cabeza. Sus ojos verdes, detrás de unas estilizadas gafas de marco negro, miraban maravillados el contenido de aquel papel escrito pulcramente con tinta esmeralda, que decía:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

Director: Albus Dumbledore

(Orden de Merlín, Primera Clase,

Gran Hechicero, Jefe de Magos,

Jefe Supremo, Confederación

Internacional de Magos)

Querido Señor Potter:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente, Minerva McGonagall

Directora adjunta

Hace tres días, durante la mañana, mientras desayunaba con sus padres, una lechuza desconocida le había llevado la carta de admisión para Hogwarts, el colegio de magia al que sus padres habían asistido. Harry no había sido nunca tan feliz, desde que tenía memoria había deseado entrar allí, incluso todas las noches se imaginaba recorriendo el castillo embrujado que servía de colegio. Por eso, esa misma tarde había mandado su respuesta con Albatros, la lechuza de su familia.

Harry había leído aquella carta alrededor de cien veces, y no se cansaba de hacerlo. Había crecido escuchando las historias de su padre, sus aventuras con sus amigos, rondando en pasillos misteriosos, desafiando los peligros del Bosque Prohibido, escabulléndose de los profesores en las noches de verano, y sobre todo, participando en la Copa de Quidditch. Por eso, no había otra cosa que deseara más que aquello, estudiar en Hogwarts, y ser un mago como su padre.

Estuvo tan absorto en la milésima lectura de aquella carta, que no se percató de la llegada de una majestuosa lechuza blanca con alas plomizas, que nada más descender picoteó la cabeza de Harry, obligándole a volver a la realidad.

—Albatros —dijo Harry incorporándose—. Traes un mensaje de mi madre.

Desenrolló de la pata de la lechuza un trozo de papel, y lo abrió revelando la hermosa caligrafía de su madre.

Harry la cena estará lista en unos minutos. No tardes.

Ciertamente, ya era hora de la cena. El cielo se había vuelto carmesí, y la brisa veraniega se hacía más fresca. Harry tomó su escoba y emprendió su rumbo hacia Godric's Hollow en compañía de Albatros.

Pese a su corta edad, Harry ya podía volar en escoba mejor que muchos magos adultos, su contextura delgada y baja estatura, le hacían tener un excelente balance. Según su padre, tenía las condiciones perfectas para ser buscador, y ciertamente, aquello era algo que quería demostrar en Hogwarts.

Una vez divisó las casas de Godric's Hollow, aterrizó e hizo el último tramo a pie, ya que si algo le habían insistido sus padres hasta el cansancio, es que ser visto por muggles (personas no mágicas) podía significar una amonestación por parte del Ministerio de Magia. Y lo último que quería Harry era tener problemas antes de entrar en Hogwarts. De todas formas, fue un viaje placentero, hasta divisar el patio de su casa, que se había transformado en una pequeña e improvisada huerta, momento en que Albatros empezó a lanzar fuertes ruidos, que a Harry le parecían de reproche.

—Albatros, ¿qué te ocurre? ¡Shttttt! Deja de hacer ruido —intentaba Harry sin éxito calmar al ruidoso animal.

Pero no tardó en comprender el por qué de su malestar, una lechuza negra y amenazante, había salido desde su casa. Era una lechuza que nunca había visto en su vida. Harry, con creciente preocupación, se apresuró en entrar a su casa, dejó su escoba al lado de la puerta, y cruzó el recibidor.

—¡Mam…! —iba a gritar Harry, cuando una voz tensa en la cocina le llamó la atención.

Harry se escabulló y se acercó a la puerta de la cocina. La voz era de su padre, y hablaba en un tono serio, que muy pocas veces le había oído.

—…y justo en este momento. Acaso los problemas cómo estos no deberían ser investigados primero por el Ministerio de Magia… ¡De verdad Lily! No sé qué pasará por la cabeza de Fudge al darnos a nosotros la terea de investigar algo tan confuso cómo esto.

Harry no sabía de qué hablaba su padre, pero estaba seguro que tenía que ver con lo que aquella lechuza negra había traído.

—No lo sé, a mi me parece interesante. Aunque sólo desde un punto de vista investigativo… porque es algo terrible, siniestro por decir lo menos —decía la voz de su madre.

—Creo que todavía tenemos demasiada poca información para aceptar el trabajo. Piénsalo, si algo sale mal, la culpa recaerá en nosotros… el Ministerio solo quiere lavarse las manos ante el asunto.

Harry hubiera querido seguir escuchando, pero las tripas le rugían, no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta ese momento. Entró con total normalidad, simulando no haber oído nada. Su padre estaba sentado en la mesa, y al ver a Harry, guardó rápidamente un papel que sostenía en sus manos, y tomó la edición matutina del diario El Profeta, que estaba sobre la mesa. Por otro lado, su madre le miraba fijamente, con cierto enfado.

—¿Por qué tardaste tanto en volver, Harry? Habíamos acordado que…

—Que volvería antes de la cena, sí, lo sé… pero se me pasó el tiempo.

Su madre suspiró y se volvió a la cocina. Mientras que su padre había soltado una carcajada.

—Lily, sólo debe estar emocionado porque empezará su primer año en Hogwarts… ya quiero verlo cuando gane la Copa de las Casas con Gryffindor.

Lily se volvió a James con un gesto reprobatorio.

—James, James… ¿no estarás metiéndole demasiada presión? —dijo su madre mirando de soslayo a Harry—. Vamos, que lo aceptaremos aunque esté Hufflepuff y no gane la copa…

—Bueno… ya. Mientras no sea Slytherin…

Su madre no dijo más, con su varita tocó la cocina, y tres platos, con huevos revueltos y tostadas, aparecieron y volaron hasta posarse en la mesa, donde Harry se había sentado.

—¿Algo interesante en el trabajo hoy, Papá? —preguntó mientras se comía una tostada.

Su padre le miró pensativo, y luego de un rato dijo:

—Qué va. Nada entretenido.

Tanto su padre como su madre, trabajaban en una organización llamada OF. Según Harry sabía, muchos de los miembros de un grupo llamado Orden del Fénix, que habían tenido por misión luchar contra Voldemort y sus mortífagos, crearon OF, que era algo así como una organización encargada de resolver misterios que ni el mismísimo Ministerio de Magia podía resolver. Por eso su padre, James, que era uno de los líderes, solía salir a juntas secretas con gente importante del mundo mágico. Por otro lado, Lily, su madre, tenía en la casa un sótano repleto de libros y extraños ingredientes, y se pasaba el día ahí investigando y realizando extraños experimentos, bueno no por nada había salido elegida ese año la maga más inteligente según el diario El Profeta.

—Se me olvida decirte Harry, cuando entres a Hogwarts te encontrarás con un profesor… bueno, cómo decírtelo. Un profesor que será un fastidio —dijo su padre—. Si se te ocurre ponerle un petardo en los bolsillos, intenta que no te pille ¿Está bien? Detestaría tener que ser llamado para hablar con él.

—No creo que Harry haga las mismas tonterías que hacías tú cuando entraste a Hogwarts —interrumpió su madre—. Además Snape no es una mala persona, sólo que escogió el camino errado… pero si Dumbledore lo ha contratado significa que ha vuelto a nuestro bando ¿no crees?

El silencio de su padre dio a indicar que no estaba de acuerdo. En tanto Harry estaba seguro de haber escuchado a Snape en alguna de las historias de su padre.

—No es más que un amargado, sólo no dejes que te irrite ¿está bien?

De ahí en adelante nadie volvió a sacar el tema. Los tres comieron con tranquilidad, mientras escuchaban en la radio los resultados del Quidditch.

—…y sigue el mal momento de los Chudley Cannons, que no pudieron vencer a las Arpías de Holyhead, y perdieron por 310 a 60 —comentaba el lecoutor—. Pero si de malas rachas hablamos…

Cuando acabaron de comer, el primero en levantarse fue su padre, parecía algo pensativo, como si tuviera algo en mente.

—¿Saben? Deberíamos hacer una fiesta para celebrar el primer año de Harry ¿no creen? —dijo.

—Es una buena idea —respondió su madre de inmediato—. Podríamos invitar a los Wesley y los Longbottom, sus hijos también entran en Hogwarts este año.

—Bien, enviaré a Albatros, también podríamos invitar a Sirius y a Remus ¿Qué te parece Harry?

Harry asintió. La idea le parecía bien, hace algunos días que no veía a sus amigos Ron Wesley y Neville Longbottom. Pero de todas formas, no podía dejar de pensar que aquella junta tendría que ver con algún asunto del OF, y el extraño papel que le había llegado a su padre.

Más tarde, al irse a la cama, no pudo evitar seguir pensando en aquello. Nunca hubo un misterio que sus padres no pudieran resolver. Entonces ¿Por qué su padre reaccionó así? Debía ser algo tremendamente grave. De ser así Harry agradecía que su padre no aceptara trabajar en ello, no soportaba ni pensar en la posibilidad de que ellos…

De todas formas, para alejar sus inquietudes, volvió a leer unas cuantas veces más la carta de Hogwarts. Se preguntaba si Ron y Neville habían recibido las suyas, pero ya tendría tiempo para averiguarlo cuando se reunieran el día siguiente.

Bostezó y se dio cuenta de que ya era tarde, se metió en la cama. Lo último que cruzó su mente fue lo poco que le quedaba para cumplir once años, tras eso, cayó en un profundo sueño.

Aquella noche Harry soñó algo muy extraño. Estaba encerrado en una pequeña celda de piedra. Estaba oscuro y hacía un frío de muerte. Apenas podía distinguir los barrotes negros frente a él, y una pequeña ventanilla detrás. No sabía por qué estaba ahí, se acercó a los barrotes, y gritó pidiendo ayuda… nada ocurrió. No veía rastro de vida. Ya cuando se resignaba a aceptar la soledad y el miedo, el fulgor de la luna entro en la pequeña celda, iluminando la figura de alguien que estaba al otro lado de los barrotes. Era un hombre blanco como el yeso, sin cabello, tenía dos rendijas como serpientes en vez de nariz, y le miraba con ojos rojos coléricos. Harry retrocedió, y el horrible sujeto estiró su mano intentando sujetarlo. Pero justo antes de que fuera atrapado, todo terminó…

Harry abrió los ojos súbitamente, estaba empapado de sudor y respiraba entrecortadamente. Miró en todas direcciones, pero sólo podía distinguir levemente su habitación en medio de la oscuridad de la noche. Todavía sentía escalofríos, como si la horripilante figura blanca le siguiera mirando desde algún lugar.

Tanteó en la mesita de noche en busca de sus gafas, y al dar con ellas también sintió que había algo más sobre la mesa, algo que Harry no sabía que era, una especie de caja metálica. Desconcertado, sacó de debajo de su cama, donde guardaba sus objetos de broma, un bengala, con la que iluminó lánguidamente la habitación. Allí vio que se trataba de una ornamentada caja musical. Estaba seguro de que no estaba allí, al momento de acostarse ¿La habrá dejado alguno de sus padres?

Presionó la parte superior, y esta se abrió. La hermosa melodía inundo la habitación, era una melodía triste y melancólica… pero no fue eso lo que llamó la atención de Harry. Lo que llamó su atención fue un misterioso trozo de papel que yacía en el interior, al abrirlo vio escrito con irregular caligrafía:

Un regalo para el Señor Oscuro.