Día X del mes X

Diario del increíble yo:

¡Ayer estuve increíble! Y con razón, porque ayer hizo exactamente un mes que empecé a tener citas con Mattie. La lástima es que solo podemos salir los fines de semana porque de lunes a viernes tiene que trabajar. (¡Trabajar no es algo que debería hacer alguien tan maravilloso como él!) Así que solo podemos tener una o dos citas a la semana. En realidad, querría tener una (o dos... dos mejor) todos los días, pero como soy tan increíble y maravilloso, lo comprendo y soy paciente.

Para celebrarlo, salí con mi Mattie (¡mío, mío, mío, mío!) y lo llevé a una bolera que hay en el centro de la ciudad. Sé que le encantan porque más de una vez me ha mencionado que quería ir a una, que hacía tiempo que no jugaba a los bolos, y como el increíble yo siempre escucha a Mattie, le invité a jugar una partida. La verdad es que es divertido, pero no entiendo por qué tengo que cambiarme de zapatos (¿qué tienen de malo mis botas militares con punta de acero?) y ponerme esas zapatillas que huelen mal y han pasado por un montón de pies menos maravillosos que los míos.

La partida fue muy emocionante, aunque quizás un poco complicada porque Mattie es muy competitivo (y además casi tan maravilloso como el increíble yo), pero aún así conseguí ganarle de forma increíble por dos puntos, que son los suficientes para ganar y para no humillar al adversario. La verdad es que tuve que hacer algo de trampa para quedarme a ese margen: me caí al suelo (a propósito, por supuesto, alguien tan maravilloso como yo solo puede caerse a propósito) mientras lanzaba y no tiré todos los bolos. Todo el mundo se río (¡fue a propósito, a propósito!), hasta Mattie, pero su risa no me importó. Era tan melodiosa... y cálida... y hacía que las mejillas de Mattie se pusieran rosaditas... y que le brillaran los ojos... ¡tan lindo!

Cuando acabamos la partida y como Mattie estaba un poco enfadado conmigo (pero un poquito muy poquito, es imposible enfadarse con el increíble yo), le invité a un helado doble de sus sabores favoritos: sirope de arce y galletitas. Me dio las gracias y yo le dije que esta era mi forma de celebrar nuestro primer mes saliendo. Se puso completamente rojo (creo que ya sé por qué a Antonio le gustan tanto los tomates) y casi se atragantó de la sorpresa. Gracias a mis buenos reflejos, conseguí que el helado no se cayera al suelo y al mismo tiempo le di palmaditas en la espalda hasta que se calmó. Se comió el helado en silencio y sin mirarme. Me dio miedo pensar que había metido la pata de nuevo. Sin embargo, y para sorpresa del maravilloso yo, me cogió la mano y me dijo que quería dar un paseo por el parque. Yo iba tan feliz que no me negué y lo seguí casi sin darme cuenta de por dónde caminábamos. Su mano, por extraño que parezca, era un poco callosa, pero pequeñita y sudaba. Siempre he creído que una mano sudada era poco maravilloso e increíble, pero desde ahora pienso todo lo contrario.

Llegamos a un sitio en el que no había gente, cerca de un árbol enorme. Lo reconocí como un arce, gracias a la obsesión (pero una obsesión muy dulce y tierna, ¿eh? No de las malas) de Mattie con el sirope. Nos quedamos de pie delante el arce y, de repente, mi rubio (¿he dicho ya que es mío, mío, mío, mío?) me dio un abrazo con algo de tierna torpeza. No sabía qué hacer, pues normalmente soy yo quien le da abrazos (en cualquier sitio: un parque, el cine, en la cola para comprar entradas para un partido...) y él se limita a ponerse rojo. Parece que esa vez se invirtieron los papeles. Pero aún así no me asusté y le rodeé la cintura. El increíble yo nunca se queda atrás (kesesesesese). Aún en el abrazo, me agradeció que me acordara, que eso lo hacía sentir muy especial. Yo le dije que se sentía especial porque lo era, y se puso aún más rojo y las gafas se le resbalaron. Se separó de mí y me dijo que este árbol era muy especial. Lo habían plantado cuando él nació y llevaba desde entonces viviendo en este parque. Me dio una navaja y me pidió que grabara nuestros nombres ahí.

En ese momento, a mí también se me subieron los colores. Eso era algo que solo las parejas hacían. Pero... nosotros no lo somos, ¿verdad? Somos amigos que pasamos un tiempo juntos... y que se cogen de la mano, se abrazan, van a sitios típicos de parejas... Me estoy haciendo un lío. A pesar de mi confusión, grabé nuestros nombres y, para ser sinceros, me gustó el resultado (no, no es que sea un artista y lo hiciera bien, sino que... ver nuestros nombres juntos me hizo sentir bien). A Mattie también le gustó, porque sonrió y me cogió la mano. Nos tumbados los dos juntos, muy cerquita el uno del otro, al pie del árbol y miramos como atardecía... Bueno, más bien Mattie miraba el atardecer; yo contemplaba el color de su pelo a la luz rojiza. Ahora sí que parecía oro auténtico, mucho más brillante de lo que cualquier moneda o lingote de oro macizo pudiera ser (y créeme, he visto muchos). El sol se escondió y empezó a hacer frío, así que le di mi chaqueta a Mattie y nos fuimos caminando hasta su casa.

¿Has visto qué día más increíble y maravilloso? Aunque, claro, no podría haber sido increíble ni maravilloso sin el fantástico yo. Ni tampoco sin Mattie... mi Mattie... con su pelo rubio... sus ojos violetas, tan grandes y dulces... su risa, que suena a cascabeles y es bajita... ¡Arg! ¡Estoy delirando! No, no, no, no, eso no es propio de alguien tan maravilloso como yo. ¿Qué me pasa? No me ocurría algo así desde... lo de Austria... Últimamente ya no pienso tanto en él. Hay días incluso en los que no pienso ni una sola vez en sus ojos, ni en su piel inmaculada. Ahora, solo pienso en Matt. Pero no me puedo estar enamorando otra vez, ¿verdad? No quiero hacerlo. La otra vez dolió demasiado, no quiero pasar de nuevo por eso. Me niego. No, nein, no quiero enamorarme otra vez. Pero... tampoco quiero dejar de ver a Matt. No sé qué hacer. Todo esto es tan complicado... Bueno, lo consultaré más tarde con la almohada, esta tarde tengo otra cita con Mattie. Nos iremos al cine a ver una película de terror que han hecho nueva. Con un poco de suerte, me volverá a abrazar, kesesesese.

Prusia cierra el diario, deja el bolígrafo a un lado y se levanta de un salto de la cama. Corre al armario y saca la ropa que había preparado con varias horas de antelación, después de pasar casi toda la mañana buscando la ropa perfecta para una cita maravillosa con Mattie. Se pone sus pantalones con tachuelas, sus favoritos, una camiseta de tirantes blanca con su chaqueta de cuero y unas zapatillas blancas. Se peina un poco (o por lo menos lo intenta) y se perfuma con la colonia que le regaló West hace tiempo, esa que le gusta tanto a Canadá. Coge su cartera con el dinero que ganó este mes trabajando en un bar de Francia, uno de esos en los que los camareros van desnudos y solo llevan los puños de la camisa, la pajarita y el delantal. Le grita a Alemania que va a salir y se marcha dando un portazo. Corre alegremente y con impaciencia hacia el cine en el que han quedado y empieza a caminar de un lado al otro de la puerta, como una fiera enjaulada, hasta gruñendo a los que entraban. Tanto que los encargados del cine le pidieron que se sentara en un banco porque les estaba espantando a los clientes.

Se sienta en la puerta en un buen sitio para mirar el enorme reloj de la pared. Llega la hora y Matt aún no aparece. No importa, piensa. Quizás se ha retrasado. Pasan quinces minutos y el canadiense no se presenta. Gilbert ya empieza a pensar que le ha dado platón. ¿Por qué? ¿Es su culpa? ¿Ha hecho algo malo? Aunque a lo mejor también es porque tiene mucho trabajo. Pero podría haberle llamado. Una llamada no cuesta nada. No, lo más seguro es que Matt lo que quiera es humillarle, ha puesto una cámara oculta y lo esté grabando para después reírse de él y colgarlo en Youtube. Canadá es tan cruel... Lo mejor será que se-

Su línea de pensamientos se corta cuando nota una vibración en el bolsillo. Coge el móvil y ve que está recibiendo una llamada del rubio. Descuelga y le pregunta dónde está. Mattie responde que en el cine en el que han quedado, pero que no lo ve por ningún lado y que llegó hace 20 minutos. Prusia se enfada y le dice que es mentira, que él lleva ahí casi una hora y no lo ha visto. Canadá le pregunta entonces en qué parte del cine está y Gilbert le responde que en la entrada. Canadá dice que también está ahí y que no lo ve. Tras un momento de silencio, el canadiense pregunta la dirección del cine. Cuando se lo dice, el rubio lanza una carcajada mientras dice que está en la otra punta de la ciudad. El prusiano se quiere morir de la vergüenza. ¿Cómo ha podido equivocarse? Le pide a Matt cinco minutos más para presentarse allí, cuelga y echa a correr.

Pasa entre un montón de peatones a los que empuja, por callejones sin salida en los que tiene o bien que saltar un muro o bien meterse en casas ajenas (hizo ambas cosas sin inmutarse), e incluso cruza calles y avenidas enormes sin molestarse por los coches (bueno, piensa, me da igual que me atropellen, soy el increíble Prusia y no me pueden matar ni hacer daño). Tan rápido iba y tan poco caso prestó a semáforos, vecinas que acababan de salir de la ducha y grupos gruñones que en menos de cinco minutos llegó a su destino (sudando y jadeando, eso sí). Canadá se quedó mirándolo como si viera un fantasma. No podía creer que hubiera cruzado la ciudad, ¡de punta a punta!, en menos de cinco minutos. Y todo para... verle... Matt se lo agradeció de mil y una maneras y lo invitó a palomitas y Coca-cola (intentó también pagar las entradas a la película, pero el prusiano cabezón no se lo permitió). Por fin, y a pesar de todos los contratiempos, pudieron meterse en la sala de cine.

La película en sí no es gran cosa. A Prusia no le gusta para nada, es más, ya la ha visto y la odia. Pero... es de terror y eso le da la oportunidad de acercarse más a Mattie con la excusa de que él lo esconde para que no vea. Además, el rubio dijo que quería verla y, como no se atrevía a ir solo, le pidió que lo acompañara (y Gilbert no sabe decirle que no, más cuando se lo pide con ojitos de cachorro). Empieza la película y a los pocos minutos ya tiene a Canadá agarrado a su brazo y dando pequeños saltitos. Prusia solo come sus palomitas con cara de aburrimiento, o eso parece, ya que de vez en cuando mira a su lado y se siente derretir con la carita asustada de Matt. Llega incluso un momento en el que el rubio se asusta tanto que se abraza al cuello de Prusia y esconde la cara en su chaqueta. Gilbert se pone rojo y lo abraza por la cintura, acariciándole el pelo y diciendo que no es real, que es solo una película. Pero el canadiense lo único que hace es abrazarse más al prusiano.

Cuando acaba la película, Prusia sale del cine con Canadá aún agarrado a su brazo. El rubio tiembla todavía y se sobresalta por cualquier ruido. Gilbert, para calmarlo, se le ocurre una idea. Lo coge de la mano y lo lleva a un parque infantil, uno de esos con columpios y toboganes. Le dice que quiere divertirse un poco y empieza a trepar por las estructuras y a hacer el bobo, todo para hacerlo reír. Llega un momento en el que se queda atascado en un tobogán y, por más que intenta ir hacia atrás y hacia delante, no puede salir. Matt, entre risas, lo coge de un brazo y tira de él, con tanta fuerza que se caen ambos al suelo, el prusiano sobre el canadiense. Se quedan completamente quietos, mirándose a los ojos, pecho contra pecho. Las luces de las farolas se encienden e iluminan los rasgos de las dos naciones. Los ojos de Matt están muy abiertos, pero aún así siguen siendo bonitos. Sus labios están húmedos porque, del nerviosismo, se los muerde. Prusia se da cuenta de que sus caras están tan cerca que puede oler el aliento de Canadá. Inconscientemente, se acerca a la fuente del aroma con suavidad. Pero un ruido los distrae y parece despertarlos de su trance, por lo que Gilbert carraspea y se levanta. Le ofrece una mano a Matt para levantarlo y el rubio la toma. Deciden, casi por telepatía, volver a casa, así que echan a andar en dirección al hogar de Canadá.

Caminan el uno al lado del otro... o casi. Gilbert de vez en cuando se agarra de una farola y empieza a girar cantando "Singing in the rain", el musical favorito del rubio. Matt ríe e intenta bajarlo de ahí para que no arme escándalo, pero el prusiano escapa de él y sale corriendo a la siguiente farola para seguir cantando. Y así, entre nota y nota (más bien entre gallo y gallo), llegan a la casa de Canadá. En la puerta y conteniendo la risa, el canadiense consigue taparle la boca a Prusia.

- ¡D-deja de cantar!

- ¿For gué?

- P-porque vas a d-despertar a todo e-el mundo.

- Hmm... d'aguerdo.

Le destapa los labios.

- Además, m-me gusta demasiado e-esa canción como p-para permitirte que l-la estropees.

- ¡Eh! Eso es cruel y malvado por tu parte. Ore-sama tiene la voz más increíble y maravillosa del mundo.

- Tan m-maravillosa que hace l-llover.

- ¿Ves? Seguro que no hay otra voz que haga llover.

Se echan los dos a reír, aunque Canadá intenta chistarlo para no despertar a nadie. Por fin, el ataque de risa se calma.

- Bueno, será mejor que vuelva a casa. Ya es algo tarde y tengo mucho camino por delante.

- E-está bien. Gracias p-por acompañarme.

-No ha sido nada. Los amigos están para ayudarse.

- Sí... a-amigos...

- Ya quedaremos para otra vez, ¿vale? Llámame cuando estés libre.

- Adiós, Gilbert.

Mattie tira suavemente del brazo de Prusia para acercarlo y le da un beso en la mejilla. El prusiano se queda paralizado de la felicidad y el estupor. Canadá se separa y mira al suelo con una sonrisa. Gilbert se lleva una mano a la mejilla sonriendo como un imbécil.

- N-nos vemos, Matt.

Empieza a caminar hacia atrás mientras se despide con la mano.

- G-Gilbert, cuida-

- ¡Ah!

El prusiano, en su camino marcha atrás, no se da cuenta de que el suelo se ha acabado y empiezan las escaleras. Cae rodando hasta llegar a la acera y se queda ahí quejándose. El rubio baja todo lo rápido que puede las escaleras y se arrodilla cerca de Prusia.

- ¿Estás b-bien?

- Creo que sí... aunque me duele la cabeza.

- Espera un m-momento, voy a p-por un poco d-de hielo y a-a llamar a t-tu hermano.

Matt se mete corriendo en su casa y vuelve al poco tiempo con una bolsa con hielo y un teléfono. Le pone la bolsa en la cabeza a Gilbert, aún a pesar de sus quejas, y marca el número de Alemania con la otra mano. Cuando termina de hablar, corta la llamada, lleva a Prusia a los escalones y lo sienta ahí a esperar.

Alemania, que estaba muy tranquilo viendo una película en el sofá con Italia después de comer pasta, recibe una llamada de Canadá pidiéndole que fuera a su casa. Cuando le pregunta si ha pasado algo malo, responde que Prusia se ha caído por las escaleras de su casa, que no es nada grave pero que el prusiano parece demasiado mareado como para volver andando. Ludwig le dice que en cinco minutos está allí (aún a pesar de que le encantaría seguir abrazando al italiano) y cuelga. Se despide de Feliciano, coge su chaqueta y las llaves del coche y se marcha. Al poco tiempo llega a la casa de Matt y los ve sentados al borde de la escalera, con el canadiense sosteniendo una bolsa (de hielo, supone) y muy pegados. Prusia intenta bromear, aunque de vez en cuando se lleva una mano a la cabeza con una mueca de dolor. Tendrá que llevarlo al hospital, por mucha pena que le dé tener que romper esa escena tan tierna.

Sale del coche y se acerca a donde están. Canadá se levanta para saludarlo y agradecerle que viniera tan rápido. Alemania responde que no ha sido nada y después se dirige a Prusia para decirle que lo lleva a que lo revise un médico. A pesar de las protestas y los lloriqueos de su hermano, consigue meterlo en el coche y, por seguridad, lo cierra para poder despedirse de Matt. El rubio le agradece otra vez que viniera y le envía saludos a Italia. Ludwig se sonroja un poco y se despide con un apretón de manos antes de volver a abrir el coche y marcharse. Por el camino tiene que soportar los gritos y reclamos de Gilbert, que aún tiene la bolsa de hielo en la cabeza. El alemán se pregunta, por enésima vez en su vida, qué es lo que ha hecho para merecer un hermano como ese.

Poco a poco el prusiano se va calmando y termina por sonreír. Le dice a su hermano que, desde que conoció a Matt, cada día es más increíble y maravilloso que el anterior. Alemania, al ver que se ha calmado, le pregunta cómo se ha caído de las escaleras. Prusia se sonroja, sin perder la sonrisa, y responde con un puchero que simplemente no se dio cuenta de que había un escalón. El otro pone los ojos en blanco y le dice que una persona normal no se suele caer por una escalera de 4 escalones. Le pide que le diga la razón por la que no vio las escaleras. Gilbert responde murmurando que fue porque Mattie le dio un beso, en la mejilla. Ludwig entonces sonríe y comenta que parece que le gusta mucho el canadiense. El prusiano no pierde tiempo en coger lo primero que encuentra (un bote de cerveza que había por ahí) y tirárselo a la nuca a su hermano, que de la impresión da un volantazo y casi atropella a una abuelita. Empiezan a insultarse mutuamente en alemán hasta que se les acaban las palabras y se quedan en silencio. Tras un largo rato así, Alemania hace la pregunta:

- ¿Se lo has dicho ya?

- ¿El qué?

- Que te gusta.

-¡Matt! ¡No! ¡Me!¡Gusta!

- Bueno, pongamos por caso que te creo. Explícame entonces por qué te sonrojas cada vez que lo menciono, por qué no paras ni un solo minuto de hablar de él, por qué te arreglas tanto cuando quedáis o por qué te afecta tanto un beso suyo.

El prusiano se queda en silencio. Había perdido la sonrisa.

- Es cierto que me gusta... Pero es mejor no decir nada y seguir siendo amigos.

- ¿Qué dices? ¿Es que no quieres ser feliz?

- Por eso mismo lo hago, porque quiero ser feliz. Si se lo digo, pasará como la otra vez, que se asustará y no volverá a verme. Además, yo...n-no quiero que vuelva a pasar... lo de Roderich.

- Bruder...

- Créeme, es mejor dejar las cosas así. Me ha costado mucho conseguir lo que tengo, no pienso echarlo a perder por mis estúpidos sentimientos.

- Está bien. Es tu decisión.

- Gracias por entenderlo.

- Y ahora, al hospital.

-¿Qué? ¡West, no lo hagas, por favor!...