Simplemente humanos
- Así que la bambina (1) no sólo soportó el entrenamiento, sino que ahora es toda una Amazona de Plata, al igual que Zelha y Alexa. No sólo eso, Chloe es la portadora de la Armadura Dorada de Cáncer -se burló una voz a sus espaldas-. Supongo que eso quiere decir que gané.
La tarde ya caía sobre el Santuario, cuando se detuvo a la mitad de los pasillos del Coliseo y giró un poco su cabeza. En efecto, allí estaba, apoyado en una de las columnas y semioculto entre las sombras proyectadas por la luz del ocaso. No tardó en reconocer la silueta de DeathMask observándolo a pocos metros, con su mejor sonrisa sarcástica curvando sus labios. Frunció el ceño molesto, cuando notó que el Guardián de la Cuarta Casa se dirigía hacía él, con ese paso lento y ligeramente encorvado que tanto lo caracterizaba.
- No recuerdo haber hecho alguna apuesta contigo, como para que digas que "ganaste" algo.
- Vaya, así que tienes una memoria selectiva, Shaka, porque sólo recuerdas lo que te conviene -le soltó el italiano, mientras le bloqueaba el paso-. ¿Ya olvidaste todo lo que dijiste cuando Athena decidió que entrenáramos ragazze (2)? ¿Y todo lo que me echaste en cara cuando Chloe hacía de las suyas? -al ver que el rubio no contestaba, prosiguió, saboreando su victoria-. ¿Al final quien tenía razón?
- Tu Armadura, al escoger a cualquier otro portador -respondió con sorna, borrándole la sonrisa por un momento.
Un silencio hostil comenzó a esparcirse por los corredores del viejo edificio, mientras los dos hombres se contemplaban desafiantes. Por un instante, realmente parecía que estaban dispuestos a encarar una batalla de mil días, para resolver una disputa que ya había durado años. Sin embargo, el Oscuro no tardó mucho en soltar una risita divertida que pronto se convirtió en una estruendosa carcajada, para luego simplemente encogerse de hombros.
- Sí, no tengo ningún inconveniente en admitir que mi aprendiz me quitó el puesto como Santo de Cáncer, que ahora domina el Yomotsu, que es más rápida y ágil que yo, y sin duda mucho mejor persona de que lo que he sido y seré en toda mi vida... -concluyó, mientras se dirigía a la hilera de ventanas con vista a la arena del Coliseo-. En todo caso, no tengo motivo para seguir con esta farsa de defender el amor y la justicia, eso nunca me importó y tú lo sabes mejor que nadie. A diferencia de otros, puedo vivir perfectamente sin ser un Santo de Athena, sin necesidad de caer en crisis existenciales...
Calló cuando algo pareció llamar su atención. Sin mayores ceremonias, ignoró completamente a Shaka y se inclinó sobre el marco de la ventana, más cercana observando algo en una de las salidas de la arena del Coliseo. Sin ningún deseo de charlar por más tiempo y aprovechando el momento de distracción del Cangrejo, el Iluminado se dispuso a marcharse. Ya tenía bastantes cosas en las qué pensar, como para aguantar las necedades del sujeto más corrupto del Santuario.
- La mocosa creció mucho desde la última vez que la vi -comentó de improviso, haciendo que se detuviera en seco-. Es una lástima que no viva por mucho tiempo.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó con sequedad.
- No puedo negar que la entrenaste mejor de lo que pensaba, su Cosmo es poderoso, pero su cuerpo sigue siendo débil, muy débil -ronroneó casi con placer, mientras se sentaba en el marco y descansaba su espalda en la columna más cercana-. Alexa se dio cuenta de ello y faltó muy poco para que obtuviera la victoria, si no fuera porque se confió en el último instante. Pero llegará el día en que ella deba enfrentarse a alguien que la supere en poder y destreza, y entonces ese pequeño y frágil cuerpo no soportará tanto castigo. Pobre de ella, su destino dependería de la piedad de quien la derrote, y tú sabes perfectamente que la misericordia no es común en las Guerras Santas, ni siquiera entre nosotros. Qué lástima, Shaka, tu soberbia llevó a la tumba a dos de tus discípulos… y quizás dentro de poco sean tres -finalizó con misterio, al tiempo que se sacudía las manos y se colocaba de pie.
Máscara de la Muerte observó de reojo al Santo Dorado, sintiéndose complacido al ver cómo el Iluminado permanecía quieto, casi petrificado, detrás de él. Aparentemente, había tocado una fibra sensible.
- Ya no perteneces a la Orden, así que deberías marcharte lo más pronto posible -casi le ordenó, cuando pudo articular palabra.
- Está bien, pero antes de irme, hay algo que quiero preguntarte -susurró mientras giraba lentamente hacia él-. Dime Shaka, ¿qué te asusta más? Que tu y tu queridísimo Buda se hayan equivocado en algo; fracasar como maestro, como ya sucedió con ese par de imbéciles de Ágora y Shiva; o tal vez, lo que realmente temes, es que algunos de tus alumnos te supere, porque estoy completamente seguro de que tu ego no lo soportaría… sabes, yo vi sus ojos bien abiertos antes del Tenbu Horin -ironizó ante un nuevamente imperturbable Shaka.
- Cada persona aprende a manejar el Cosmo a su manera. Aunque se le enseñe una técnica con precisión, nunca la aplicará exactamente igual a como lo hace su Maestro. Esto se debe a que el poder y alcance de una técnica, varía dependiendo del Cosmo que posea ese individuo e incluso su propia personalidad. Eso ya lo deberías saber, Máscara.
- Entiendo. Así que la nena puede acabar con un Caballero de Plata usando ese Tenbu Horin, pero no con un Dorado... -sopesó sujetando su barbilla con su mano y echando una rápida ojeada hacia la ventana más cercana. Shaka frunció el ceño aún más, si es que esto era posible-. Bien, creo que ahora puedo marcharme en paz.
- ¿A dónde vas?
- Tú mismo lo dijiste, ya no soy Santo y no tengo nada que hacer aquí -respondió con desfachatez mientras se dirigía a las escaleras, no sin antes lanzarle una última mirada mordaz-. Claro, primero tengo que resolver un pequeño asunto. No deseo irme de este antro sin dar un último adiós...
De pronto, algo se cerró alrededor de su brazo y le hizo retroceder un par de pasos, lo asía con tan fuerza que amenazaba con partirle el brazo en dos. Giró su cabeza de inmediato encontrándose frente a frente con el guardián de la Sexta Casa.
- ¿Qué clase de asunto?
- ¿Y desde cuándo te tengo que dar explicaciones, Dalit(3)? -le espetó, casi escupiendo las palabras, mientras Shaka no dudó ni por un segundo en aplicar más presión después de ese último vocablo.
Bien, si eso era lo que él quería no lo haría esperar más. Como que se llamaba DeathMask, se encargaría de partirle el alma a ese…
Y finalmente Máscara lo entendió. Un hecho tan absurdamente lógico que por unos segundos deseó golpearse a sí mismo por no haberse dado cuenta antes. Y es que, por un momento, por un pequeño y glorioso instante, pudo escudriñar dentro del alma y la mente del hombre que algunos llamaban el Iluminado, y que por mucho tiempo estuvo más allá el bien y del mal, casi alabado como un Dios, y que sin embargo, muy en el fondo…
- Ya veo... -balbució con retorcido deleite-. Así que lo que realmente te asusta es descubrir que, a pesar de que dedicaste toda tu vida a ser "el más cercano a un Dios", eres tan humano como cualquiera de nosotros.
- ¡Maestro!
Se estremeció un poco cuando salió de su trance y se volvió hacía a mí un tanto turbado. Allí estaba, flotando sobre la flor de loto que decoraba el salón principal de Templo de Virgo, aparentemente demasiado concentrado en su meditación como para preocuparse por el mundo exterior.
Como siempre.
Ya le había llamado varias veces sin éxito, y justo cuando me había prometido que le gritaría por última vez antes de tomar mis cosas y largarme de allí, finalmente notó mi existencia. Nos miramos tranquilamente por un tiempo que no pude determinar, hasta que finalmente decidí tomar la iniciativa, por primera vez en mucho tiempo.
- Este... yo... hmmm... -callé un momento para organizar mis ideas-. Como usted mencionó ayer, mi entrenamiento terminó -junte las palmas de mi manos a la altura de mi rostro e hice una reverencia, mientras decía palabras que no sentía del todo-. Gracias por sus enseñanzas, Maestro.
- Al final, todo valió la pena -contestó bajito, casi en un suspiro-. ¿Ya te asignaron una cabaña?
- Sí.
- Bien, puedes recoger el resto de tus cosas en estos días.
- Llevé casi todo mientras usted meditaba, sólo faltaba esto -concluí mostrándole la caja de Pintor que reposaba en el suelo junto a mí.
- Entiendo -respondió con cierta sorpresa, tomó aire y, con el mismo tono de voz con el que acostumbraba sermonearme, prosiguió-. Sólo espero que de ahora en adelante tu comportamiento sea digno y no cometas ninguna falta.
- Usted nunca toleró que los cometiera -contesté, con lo que sonó peligrosamente un cercano a reproche, aunque para mi fortuna, él no lo interpretó de esta forma y simplemente se limitó a sonreír benévolamente.
Pero para mi desconcierto, esta sonrisa se desvaneció en un instante tomando una expresión casi alarmada, mientras su espalda y cuello se tensaba. Encendió su Cosmo, escudriñando todo el Santuario en busca de algo, aunque tras unos instantes, lo apagó y volvió a tomar una posición más relajada.
- Por lo menos, DeathMask ya no está en el Santuario -susurró en un tono ausente, como si pensara en voz alta.
Suponiendo que ya teníamos nada de qué hablar y aun extrañada por ese último comentario, lancé la Caja de Pandora sobre mi espalda y me dispuse a partir del Templo de Virgo sin despedirme.
¿Para qué? De todas formas sabía que no me escucharía.
Pero, ese último comentario...
Era un hecho bien conocido en el Santuario que DeathMask y Shaka se aborrecían mutuamente. Tan opuestos como el día y la noche, la luz y la oscuridad, ambos recorrían senderos paralelos y aparentemente diferentes. Así, mientras uno no tenía ningún inconveniente en sumergirse en el lado más sombrío de la naturaleza humana, aceptando sin sonrojos su propia depravación y hasta haciendo alarde de ella; el otro prefería flotar por encima de los simples mortales, buscando la perfección del Nirvana, renunciando a las bajas pasiones humanas. Por ello, resultaba muy normal para todos que no pudieran hacer algo más que discutir.
¿Pero que tan diferentes eran realmente?
Al fin y al cabo, hubo un tiempo en que ambos creían estar por encima de toda moral, ética o norma que los seres humanos hubieran creado, proclamando su propia superioridad basándose en su inmenso poder, y modificando a su conveniencia los conceptos del bien y del mal...
Hasta que cinco Santos de Bronce les dieron lecciones de humildad. Aunque apostaría que ninguno de los dos las ha aprendido del todo.
Por mi parte, a medida que bajaba por la Calzada Zodiacal y pasaba a través de los Templos, sentía que algo cambiaba para mí.
Una nueva etapa de mi vida estaba por comenzar.
OOOOOOOOOOOOOOO
Quien lo diría.
Vivía desde hacía meses en el Santuario, pero no sabía absolutamente nada de él
Eso se evidenció el mismo día en que dejé el Templo de Virgo y comencé a vivir sola, a las horas del mediodía, cuando fui al comedor en busca de mi almuerzo. Lo cierto era que, para ser hora de comer, el sitio estaba desierto y tan solo se encontraba una acongojada muchacha rubia que removía un gran caldero, soltando de cuando en cuando un suspiro de pena.
Tarde un tiempo en recordar su nombre. Sí, era June de Camaleón y en el instante en que pregunté por la comida, sonrió de oreja a oreja, y desbordando de alegre amabilidad me sirvió algo en un tazón que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda apenas lo vi: era una especie sopa de color amarillo mostaza y de consistencia babosa, que tenía un olor agrio y pequeños trozos de una cosa de color morado, que no pude identificar, flotando en la superficie.
Con aquella "sopa de verduras" (según palabras de June) en las manos, salí del comedor, haciendo vanos intentos por contener mi cara de espanto. Durante unos instantes, sentí la imperiosa necesidad de arrojar el brebaje al precipicio más cercano con todo y tazón…
¡Pero soy una Amazona de Athena! No puedo dejarme amedrentar por algo tan ridículo como una mala comida, no sería ni la primera ni la última vez que consumir algo poco apetitoso.
Convencida de esto, hice acopio de todo mi autocontrol, recordando todas las enseñanzas de Shaka sobre no dejarse llevar por las pasiones humanas y encomendándome a Athena, a Buda, a todo el panteón hindú y cuanto Dios o Diosa hubiera en este mundo, me llevé una cucharada del potaje a la boca.
Esperé unos segundos.
La verdad es que no sabía mal...
En realidad...
¡SABÍA HORRIBLE!
Sin contenerme más, escupí todo lo que había probado (y que gracias a todos los Dioses no tragué), arrojé el tazón y corrí al arroyo más cercano para enjuagarme la boca y la cara, intentando recuperarme de la experiencia.
No sólo tenía un sabor que ofendería las papilas gustativas de los buitres, si no que aquella cosa estaba tan condimentada que había logrado penetrar a mi nariz hasta sacarme lágrimas, lo cual ya es toda una proeza en una persona acostumbrada a la muy sazonada comida hindú.
Ahora definitivamente entendía por que ese día la mitad de los bravos Santos de Athena habían huido a Athene y la otra mitad había preferido preparar sus propios alimentos.
Sin duda, esta era la primera e importante lección sobre el Santuario que todo recién llegado debía saber, y que más tarde Kiki, Aldebarán de Tauro, Dohko de Libra y Shun de Andrómeda me confirmarían: NADA que June de Camaleón haya preparado, puede ser comestible para algún ser vivo.
OOOOOOOOOOOOOOO
Después de tan desagradable experiencia y con el estómago lleno gracias a las manzanas de un árbol cercano, entrené un rato y luego me dirigí a mi cabaña cuando las primeras estrellas aparecían en el cielo. Era un anochecer agradable, hermoso en realidad. El abrasador sol griego se ocultaba en el horizonte, y lo que antes era un cielo rojo como la sangre, ahora se tornaba de un pacífico color violeta, en el que las estrellas más brillantes de nuestras constelaciones guardianas, comenzaban a asomarse.
Me quedé un rato disfrutando del paisaje y la brisa fresca, hasta que oscureció por completo.
Al llegar a mi nuevo hogar, rápidamente desempaqué una estatua de Buda, el incensario y las varitas de incienso, acomodándolo todo sobre una pequeña mesa frente a mi cama. Encendí un fósforo para prender un par de palitos y dejé que su profunda fragancia llenara cada rincón de la choza. Me senté en posición de loto, tomé el rosario entre mis manos y me dispuse a comenzar mis oraciones...
Pero faltaba algo, una presencia. Abrí los ojos y observé a mi alrededor. No había nadie y solo escuchaba el canto e los grillos afuera.
En ese momento me di cuenta de que, por primera vez, estaba completamente sola y que ahora todo dependía de mi y mis decisiones. Desde siempre, para bien o para mal, alguien estaba a mi lado guiándome en todo momento: mi familia, Rashmila en Kumari Ghar y Shaka durante los últimos años. Sin embargo, ahora que finalmente tengo algo de control sobre mi vida y mi destino, sentí auténtico pánico.
Yo no estaba preparada para esto, no ahora, no de esta forma.
No tenía ningún objetivo o algo a que aferrarme para seguir adelante. Sí, efectivamente tenía la Armadura de Pintor, y por tanto, un lugar en El Santuario y el deber de proteger a Athena.
Y a pesar de todo... no dejaba de sentirme como una niña perdida.
Dejé mi rosario al lado de la estatua de Buda, y me fui a la cama en el justo momento en que pude encontrar mi manta.
Buda, en su gran sabiduría, enseñaba que esta resistencia al cambio es fuente de sufrimiento y que la forma de ponerle fin, lo que nos permite llegar a la iluminación, es la aceptación de que todo es pasajero. Sin embargo, todo cambio es difícil, todo cambio crea incertidumbre y la incertidumbre, lo desconocido, es la raíz del miedo. Por ello, es muy natural que los seres humanos se resistan a él si su antigua situación era de su agrado, pero incluso cuando el día a día es un auténtico tormento, muchos temen a los cambios.
Quizás por esto, era tan difícil alcanzar el Nirvana.
OOOOOOOOOOOOOOO
En medio de la soledad del Templo de la Virgen, Shaka encendió dos varas de incienso y elevó una oración por los guerreros caídos, aquellos a los que había enseñado, pero que no supo proteger.
Dos varas de incienso y una oración, era todo lo que podía ofrecer a los aprendices que sacrificó en nombre de un ideal equivocado y de su propia soberbia. La misma que demostraba que, a pesar de su incansable entrenamiento y el gigantesco poder que había adquirido, aún estaba muy lejos del Nirvana. Un simple aprendiz de las enseñanzas de Buda, tan deslumbrado con sus propios progresos que era completamente ciego a sus errores.
En definitiva, simplemente un ser humano.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
Niña
Muchacha
Dalit: La sociedad india, paquistaní, nepalesa y bengalí (Bangladesh) esta dividida en un complicado sistema de castas, aunque se pueden identificar 4 grandes castas
Los brahamanes: sacerdotes, son la casta más alta
Los chatrias: clase político-militar
Los vaisias: comerciantes, artesanos y agroganaderos
Los sudras: sirvientes
Finalmente están los dalit, también conocidos como los intocables, parias, "sin casta". Son una clase tan baja que se considera fuera de los varnas (en sanscrito, casta). Los hindúes consideran que los dalits son tan bajos como el excremento, y por ello son cruelmente discriminados y solo se les permite realizar los trabajos peor pagados e insalubres. Incluso se les prohibe tomar agua de las mismas fuentes de agua en que lo hacen otras castas por temor a que las "contaminen".
