¡Hoooola! ¿Cómo están mis queridas lectoras? Espero que estas semanitas que hemos pasado sin leernos hayan sido estupendas para vosotras y no hayan estado tan pasadas por agua como las mías; nos sustituyeron los autobuses por canoas.
Antes de dejaros con el tercer capítulo del fic, quiero dar las gracias por sus bonitos reviews a RoseMalfoy-Granger Patonus, Ishbel, Ivom, Lui Nott, Mede Freaky, CarlaMelina, damcastillo, IloveGingerBoys, jwp y una personita anónima que no dejó su nombre.
Capítulo 3: Lo que les falta a los parches
Los días siguientes al incidente en la cocina, Rose no solo tuvo que preocuparse de esquivar a James de forma disimulada, sino también de evitar a Roxanne todo lo posible para que no la arrinconase y la sometiese a un tercer grado que le haría confesar hasta un asesinato que no había cometido. El tiempo pasaba muy lento en la Madriguera y la tensión que se agarrotaba en torno a sus músculos era cada vez mayor. Por suerte, encontró numerosas cosas con las que mantenerse ocupada la mayor parte del tiempo y, el resto, se limitaba a hacer unos deberes que ella misma se había autoimpuesto para rellenar esos huecos que eran las horas libres.
Rose nunca pensó que se alegraría tanto de que terminasen las vacaciones de Navidad como aquel día de vuelta a Hogwarts. El trayecto hasta la estación de King's Cross lo pasó rezando para que Penny ya estuviese en el andén cuando llegase. La había echado mucho de menos. Adoraba a su familia pero necesitaba a su mejor amiga. Ella había pasado esas fiestas visitando a su familia paterna en Canadá y no se habían visto desde el último día de clase. Y, aunque ella no supiese nada, solamente por estar en silencio cerca de ella y saber que la tenía ahí si la necesitaba, ya se sentía un poquito mejor.
No tenía ni idea de quién cogía los recados ahí arriba pero quien quiera que fuese debía de haberle hecho caso porque, cuando llegó al andén, Penny estaba intentando subir la maleta al tren. Dejándole la suya a su madre, Rose se precipitó hacia su amiga y la abrazó por la espalda mientras la balanceaba a un lado y a otro.
—¡Rose! —gritó Penny con tanta emoción que soltó la maleta y se dio la vuelta para abrazar a su amiga— Por Merlin, ¡cuánto te he echado de menos!
—¡Oh, y yo a ti! —exclamó Rose separándose de ella lo suficiente para poder verla— ¡Pero qué morena estás! ¿Seguro que tú no te has ido al Caribe?
Las dos amigas rieron y empezaron a hablar llenas de emoción. Mejor dicho, Penny hablaba y Rose escuchaba atentamente. Vale que no había sido mucho el tiempo que habían estado separadas pero teniendo en cuenta que pasaban las veinticuatro horas del día juntas en el colegio, pasar un par de semanas lejos la una de la otra era una eternidad. Sin dejar de hablar, entre las dos consiguieron subir la maleta de Penny en el tren y, después, Rose le pidió que esperase un momento mientras iba a despedirse de sus padres y a coger su propia maleta.
Aun faltaba un ratito para que el tren saliese pero ya estaba empezando a llegar gente y Rose quería encontrar un compartimento vacío antes de que apareciese Mark. Igual, con un poco de suerte, se entretenía con sus amigos mientras la buscaba y podía retrasar su reencuentro hasta su llegada a Hogsmeade.
Una vez hubieron acomodado las maletas en la parte alta del compartimento, las dos se sentaron, una en frente de la otra, y empezaron a hablar, poniéndose al día. Penny no calló en la hora y cuarto siguiente. Le estuvo contando con detalle todo lo que había hecho durante sus vacaciones. Las Navidades en Canadá no eran muy distintas a las del Reino Unido pero sus abuelos, según sus propias palabras, eran bastante hippies y las celebraciones habían sido un tanto particulares.
Penny estaba en medio de una anécdota ocurrida en unos grandes almacenes cuando la puerta del compartimento se abrió de golpe. Mark McLaggen acababa de hacer acto de presencia. Nunca dijimos que Rose fuese una chica con suerte.
—¡Merlin! ¿Dónde te habías metido? Te llevo buscando desde que hemos salido —dijo Mark cogiendo la mano de Rose y levantándola para darle un beso y rodearla con sus brazos.
—Ay, lo siento, perdóname —se disculpó Rose cabizbaja—. Es que me he encontrado con Penny en el andén y ya sabes cómo somos cuando nos ponemos a hablar.
—No pasa nada —se encogió de hombros Mark, demasiado contento de volver a verla, y la atrajo hacia él para darle otro beso—. Te he echado de menos.
—Sí... Yo también —susurró Rose, no sabiendo cuándo se había convertido en algo tan fácil mentir.
—Qué ganas tenía de verte. Espera un momento, voy a por tu regalo —dijo Mark saliendo del compartimento sin darle tiempo a Rose siquiera a asentir.
—Si hubieses mostrado un poco más de entusiasmo, esto parecería un funeral.
La voz de Penny sobresaltó a Rose de tal forma que pegó un pequeño brinco mientras se giraba para poder mirarla. Por un acto reflejo, se giró para comprobar que Mark, efectivamente, se había ido. Sabía que su amiga nunca la hubiese puesto en una situación tan comprometida como aquella con su novio delante, pero su cuello giró antes de que fuese consciente de que estaba mirando la puerta.
—¿Qué...? ¿Pero qué estás diciendo? —preguntó la pelirroja fingiendo que no sabía de lo que estaba hablando su amiga y añadió sonriendo:— Anda, no digas tonterías.
—Rose, vosotros... estáis bien, ¿verdad? Sino... me lo contarías...
Los ojos de Penny dijeron más de lo que habían dicho sus palabras, incluso mucho más de lo que se escondían tras ellas. No solo había hecho esa pregunta encubierta sobre si confiaba o no en ella. Sino también esa necesidad que destellaban sus ojos de saber que los príncipes azules existen y que los cuentos de hadas, al fin y al cabo, no son cosas de niños, que son algo en lo que se puede creer, porque pasa, y es real.
—Claro que estamos bien —dijo Rose con un tono de voz lleno de convicción y optimismo, mirando fijamente a su amiga, sonriendo—. Sabes que si algo pasase, serías la primera a la que se lo contaría, ¿o no?
Se había acostumbrado tanto a mentir, a necesitar usar una mentira para tapar otra, que lo sentía algo tan natural como antes lo era decir la verdad. Su vida durante los últimos meses había estado cimentada sobre un montón de mentiras que estaban tan perfectamente enmarañadas que habían acabado conformando un mundo propio donde no existía otra alternativa que seguir mintiendo, porque sino todo se vendría abajo.
Las palabras de Rose parecieron calmar a Penny, porque su semblante cambió al instante y sonrió. Antes de que pudiese añadir algo, Mark apareció en la puerta. Llevaba las manos a la espalda y, por lo que se asomaba sobre sus hombros, parecía un regalo bastante grande. Penny se despidió brevemente, guiñándoles un ojo, y cerró la puerta tras de sí.
—Siéntate —pidió Mark, con impaciencia apenas contenida.
Rose obedeció y se sentó en el lugar que antes había ocupado Penny mientras Mark colocaba el regalo en su regazo. Por la longitud del mismo pudo adivinar lo que era pero se quedó callada mientras miraba a Mark, que la apremiaba a que lo abriese. Al hacerlo, Rose se encontró una preciosa escoba de madera lustrada con sus iniciales escritas en el mango. Era la última del mercado y, probablemente, le habría costado una fortuna.
—¡Por Merlin! Mark, esto es demasiado. No puedo aceptarlo —se disculpó Rose, pareciéndole un regalo excesivo a pesar de la buena intención del chico.
—¡Pero es un regalo! Yo quiero hacértelo. Anda, alégrate un poquito —dijo Mark tiernamente mientras le sonreía y le hacía un cariño en la barbilla.
Ante aquel gesto, Rose no pudo evitar sonreír. Era adorable. Se inclinó hacia él y le dio un beso, suave y lento, mientras murmuraba un gracias contra sus labios. Aunque no se detuvo mucho tiempo en el beso, porque unas voces muy escandalosas empezaron a acercarse cada vez más. Reconoció una de las voces. No sabía cómo era capaz de hacerlo. Casi sin oírla, su cerebro parecía haber desarrollado alguna clase de filtro que podía identificar la voz de James en cualquier situación. Cuando sus ojos se desviaron hacia la ventana, James pasaba junto a sus amigos.
Él ni siquiera se dio cuenta de que Rose estaba en ese compartimento. Continuó andando, charlando a voces y riendo, y fue entonces cuando a Rose, sin saber por qué sus neuronas habían conectado esas dos ideas, le vino a la memoria los regalos que James le había hecho mientras estaban juntos. Aunque no había sido hasta ese mismo momento cuando había descubierto que eran regalos. Porque eran tonterías. Tonterías preciosas que ella no había entendido.
Cada día, cuando se veían, James sacaba algo del bolsillo para ella. Cosas como siete knuts de cucarachas de golosina, o una ramita de almendro con las flores empezando a abrirse. A veces ni eso. A veces eran cosas más pequeñas aun, como dos cerezas que había robado de las cocinas cuando había ido a trastear por allí o una página del profeta que tenía una publicidad que le había hecho gracia al leerla. Tonterías. Pero todas y cada una de ellas le decían a gritos que mientras él había estado haciendo lo que fuese durante aquel día, se había acordado de ella y le había llevado algo para que ella supiese que había estado en su cabeza.
Ese descubrimiento la golpeó como una bludger y se sintió aun más confusa que antes. Porque, ahora, sí que no entendía nada. Y el no saber, el dudar en realidad, hacía que aflorase en su interior algo que no se podía permitir: la esperanza. Porque la esperanza en realidad era algo horrible. Siempre había creído que la esperanza era algo bueno, algo positivo, ese algo que te empuja a seguir luchando cuando las cosas se ponían feas. La esperanza es la creencia de que las cosas van a mejorar, que hay que tener paciencia, que va a llegar. Pero cuando eso que esperas no llega, cuando, si llega algo, es todo lo contrario de lo que querías, la caída vuelve a ser tan fuerte, y tienes aun tantos moretones mal curados, que recuperarse, esta vez, duele aun mucho más que antes.
Y Rose no podía permitir que eso pasase. No sabía si sería capaz de recuperarse esta vez. Así que se prometió a sí misma no dejar que una sola brizna de esperanza volviese a alimentase dentro de ella. Nunca más. Además, no es como si le quedase demasiada esperanza después de la bronca que habían tenido en la cocina de la Madriguera —aquello había sido el cinismo elevado a la máxima potencia—. Aunque, en realidad, ésta debería haberse desintegrado por completo el día que James la dejó.
Rose estaba esperándole, en el aula de siempre, impaciente. Llevaban dos días en los que apenas habían podido cruzar cuatro palabras y ya le echaba muchísimo de menos. A veces se preguntaba cómo era posible echar tanto de menos a alguien. Tanto que parecía que te faltaba medio cuerpo. No pensaba dejar que volviese a pasar un solo día sin que tuviesen un rato para estar juntos, a solas. No le gustaba echarle de menos.
En cuanto el pelo alborotado de James apareció por la puerta, Rose corrió hacia él y se abrazó a su cuello mientras sus piernas buscaban enredarse alrededor de su cintura. Sus labios se lanzaron en picado contra los suyos, besándole con ansías y necesidad, como si estuviese famélica después de pasar una semana entera sin comer. Así es como estaba Rose después de pasar dos días sin besar ni estar entre los brazos de James.
—Dios, cómo te echaba de menos —susurró Rose contra sus labios.
James negó con la cabeza y, cogiendo la cara de Rose entre sus manos, la apartó. Con movimientos algo bruscos, James la dejó en el suelo, dejando a la pelirroja totalmente descolocada. Normalmente, después de estar más de un día separados, James entraba arrasando todo a su paso hasta que conseguía llegar hasta ella y la besaba hasta dejarla sin respiración, hasta robarle el alma. Pero esta vez era diferente. Él no la había agarrado como acostumbraba a hacerlo, ni tampoco la había besado con ganas. Había dejado que ella le besase, con un algo extraño en sus labios, y después la había apartado.
—Rose... no —dijo James, empujándola suavemente lejos de él y mirándola serio, y algo más.
—¿Qué pasa? —preguntó Rose sin entender nada, confundida, con una fuerte opresión en el pecho.
—No quiero seguir contigo, Rose —soltó James, así, sin más.
—¿Cómo...? ¿Cómo que no quieres seguir conmigo? ¿Qué estás diciendo, James?
La voz de Rose sonaba desorientada. Era como si, de repente, todo su mundo de luz se hubiese visto envuelto por una niebla espesa y oscura que no le dejaba ver nada a su alrededor. Así que se quedó quieta, sin moverse, callada. Porque cuando no puedes ver nada, y avanzas aunque sea un solo pasa, te puedes caer. Y ella necesitaba quedarse exactamente donde estaba para que, cuando la niebla se fuese, pudiese verle.
—Estoy diciendo que se acabó. Y ya está —dijo James con una simpleza tan aplastante que Rose se sintió profundamente mareada.
—No hablas en serio. No va en serio —se autoconvenció Rose, intentando sonreír, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
—¿Te parece ésta la cara de alguien que no va en serio?
La forma en la que James hizo la pregunta le hizo sentirse la mar de tonta. Se lo decía como quien está repitiendo a un niño pequeño algo que no ha entendido la primera vez. Y el tono con el que se lo decía le helaba la sangre. James nunca le había hablado así, nunca. Era más fácil creer que alguien le había lanzado un Imperius y obligado a decirle todo eso, a creer que lo estaba haciendo por voluntad propia. Pero a James no le habían maldecido. Era él quien hablaba, nadie más. Y eso la hirió tanto que su cerebro era incapaz de enlazar dos frases seguidas.
—Pero si... Nosotros... Estamos bien —consiguió articular Rose.
—No. Bien estás tú. Yo lo que estoy es cansado de ti.
—Mientes —murmuró Rose, con voz temblorosa, acercándose a James—. No te creo.
—¿Que no me crees? ¿Qué es lo que quieres que te diga para que me creas? ¿Que me he cansado de follar contigo? ¿Que no quiero seguir fingiendo estar enamorado de ti? ¿Que no quiero nada más de ti?
A medida que James hablaba, los ojos de Rose se fueron inundando de lágrimas hasta nublarle la vista. Cada pregunta, cada palabra pronunciada, era como un puñal hincándose en su carne y atravesándole los órganos de forma irreparable.
—¿Sigo o ya me crees?
Rose, que había tenido que apartar la mirada, volvió a fijar sus grandes ojos azules en los oscuros de James y sintió cómo las lágrimas se deslizaban por su cara y se escurrían por su cuello hasta llegar a su pecho. La impasividad con la que James la miraba, con algo oscuro, como un mar revuelto, escondido tras sus pupilas, le habían clavado los pies al suelo. Porque, igual, y solo igual, si fuese algo que fuese capaz de entender, podría asimilarlo. Pero esto no tenía ningún sentido. Hacía dos días habían estado comiéndose a besos, diciéndose lo mucho que se querían, y ahora, de repente, sin venir a cuento, él venía con ésas.
—Sí, sigue —murmuró Rose sin apartarle la mirada—. Sigue hasta que pueda creer que lo que me dices es cierto. Vamos, sigue. ¡Sigue!
James se pasó la mano por la cara, restregándosela y perdiendo el control, como a quien le sale algo mal cuando tenía pensado que los acontecimientos sucederían de un modo diferente.
—Mira, Rose, no lo pongas difícil. Lo hemos pasado bien. Muy bien, ¿vale? Pero ya está —se encogió James de hombros, quitándole importancia a sus propias palabras—. Los dos sabíamos que esto lo hacíamos solo para divertirnos y que acabaría más pronto que tarde.
—¿Los dos? ¿Qué dos? Porque yo no lo sabía. Para mí no fue ningún juego.
—Oh, vamos, ¿qué era lo que esperabas? ¿Creías que íbamos a envejecer juntos o algo parecido? —preguntó James no sin cierta burla en su voz— Esto no es uno de tus putos libros de cuentos. Ni tú eres una princesa, ni yo soy tu príncipe. Y aquí no va a haber ningún felices para siempre.
Por mucho que le doliesen las palabras de James, Rose seguía sin poder creer que lo que le estaba diciendo fuese cierto. Tenía que haber algo más. Todo lo que habían vivido se reproducía en su cabeza y, segundo tras segundo, todos estos recuerdos la convencían de que él la quería. Y si la quería, eso solo podía significar que le estaba mintiendo.
—Tú me quieres —dijo Rose entre lágrimas, pero con una gran aplomo, dando otro paso hacia James, obligándole a mirarla—. Sé que me quieres. Dime por qué me estás diciendo estas cosas. No lo dices en serio. Porque tú me quieres. Tú me quieres.
James estaba procesando lo que estaba diciéndole Rose y parecía que una auténtica batalla campal se estaba librando dentro de él. Se quedó callado durante un rato y eran tantas las expresiones que surcaban su rostro que resultaban indescifrables. Al cabo de no supo exactamente cuántos segundos, James se inclinó hacia ella y la miró duramente a los ojos.
—Yo no te quiero, Rose —dijo James con voz ronca—. Te puede querer igual que quiero a Lucy o a Fred. Pero nada más. No estoy enamorado de ti, y nunca lo he estado.
Rose sintió como si alguien le pegase una patada bien fuerte en la boca del estómago, de ésas que te quitan la respiración, porque se había quedado sin respiración. Se quedó mirándole, sin expresión, con los ojos llenos de lágrimas, notando cómo éstas encontraban su camino por entre sus pechos hasta llegar a su ombligo. Quería decirle algo. Quería exigirle que le dijese la verdad. Quería gritarle que dejase de mentir, que le hacía daño, que le dolía, le dolía mucho. Incluso abrió su boca, una, dos, tres veces, en intentos vanos. Pero quedó en eso. En intentos. Porque no pudo decir nada.
Así que no lo dijo.
Asintió y se dirigió a la puerta. No dijo una sola palabra y tampoco miró atrás. Simplemente, giró la manilla y salió de aquella clase sintiendo como los latidos de su maltrecho corazón eran lo único que le recordaban que estaba viva.
Cuando se montó en el carruaje que les conduciría desde la estación de Hogsmeade hasta las puertas de Hogwarts, Rose había decidido que ya era suficiente, que ya era hora de dejar de buscar unas respuestas que no llegarían, que las cosas no iban a cambiar por mucho que le diese vueltas. Que había llegado el momento de meter a James y todos sus recuerdos en un baúl y echar la llave, y tirarla bien lejos, y cavar un agujero muy hondo, y enterrarlo ahí para que no pudiese encontrarle ni por casualidad. Y de enamorarse de Mark. Tenía que enamorarse de Mark aunque eso significase que tuviese que sacrificar muchas partes de ella misma.
¡Tatatachán tachaaaaaán! ¡Nooooooo! ¡No me matéis aun, por favor! Apagad las antorchas y escuchadme jajajaja. Sé que el famoso flashback del que hablé en twitter (basileyas) no es lo que esperabais (no ha sido momento bonito T_T) pero todo tiene su razón de ser. Solo os diré que no os enfadéis mucho con James ni seáis demasiado duras con él. Confiad en él solo un poquito más. Todo llegará :3.
Recapitulando, Rose se ha pasado el resto de sus vacaciones evitando a James y a Roxanne (lógico por su parte XD) y, por fin, están volviendo a Hogwarts. Intenta evitar a Mark pero éste la encuentra igualmente y le da un regalo que le hace recordar los no regalos que le hacía James, todas esas tonterías diarias. Y... (redoble de tambores) ¡el flashback! No cualquier flashback, sino el flashback de la ruptura, así que ya sabemos la forma tan horrible en la que James dejó a Rose (sí, sí, fue muy cruel, lo reconozco). Ahora, Rose está dispuesta a estar al 200% en su relación con Mark, lo que sea para enamorarse de él.
Ahora mismo también estoy trabajando en un minific de viñetas Romione, que se llama Only If You Told Me To. Si os gusta esta pareja, pasaos por allí *_* También ando trabajando (ahora estoy atascada en realidad XD) en un Blaise&Pansy, que es una pareja que me fascina, así que espero que prontito podáis leer la historia. Maaaaás, una pequeña sorpresita que también está abandonada pero que espero poder escribir, aunque sea en Semana Santa. Mi vida muggle ahora mismo está muy ajetreada pero voy a intentar escribir todo cuando pueda, ¡prometido!
Por último, no olvideis dejarme un review para ver qué os parecido el capítulo. ¡Quiero saber todas vuestras opiniones! Quiero saber qué os ha parecido Rose, qué habéis pensado del regalo de Mark y los recuerdos que le vienen a la cabeza a nuestra querida pelirroja y, por supuesto, ¡qué opináis del flashback/ruptura!
Un besazo y un achuchón,
Basileya
