El paso de los años había aminorado el peso que representaba la muerte de Goku. Lo extrañaban, sí; pero el dolor se había ido superando con el tiempo transcurrido, lo cual era una buena señal luego de una terrible etapa de duelo.

Muchos recuerdos habían quedado y, todas esas memorias, eran momentos significativos para Milk y Gohan, quienes lo habían sentido más que el pequeño Goten, pues él aún no había llegado cuando su padre se había sacrificado en aquella dura batalla. Pero su madre y su hermano mayor se habían encargado de relatarle las tantas anécdotas que el guerrero Saiyajin había vivido durante sus años de lucha.

Goku ya era una leyenda para su hijo menor; siempre escuchaba con asombro las historias que los amigos de su padre tenían para él y, la más feliz con eso era Milk, pues deseaba que su pequeño Goten viera a su padre como lo que siempre fue, un héroe de la vida real, con un espíritu inquebrantable.

De hecho, ella había tomado la decisión de que Goten desarrollara su potencial como guerrero para que demostrara con orgullo que también pertenecía a esa raza peleadora a la que tanto se había resistido aceptar, creyendo que, al negarla, su familia sería tan normal como cualquier otra.

Pero desde el momento en que se había encaprichado con Goku y se había convertido en su esposa, no había tenido de otra, que ceder en más de una ocasión ante las peticiones o los arrebatos de su esposo, aún, cuando se hubiera resistido miles de veces a hacerlo. Y, de hecho, finalmente había comprendido por su cuenta el valor que tenía el entrenamiento, pues, ahora era ella quien buscaba que sus hijos se volvieran tan fuertes como su padre, para constatar el linaje del que provenían.

Ciertamente, ese día había sido uno de los que había dedicado toda la mañana a entrenar con Goten; ¡y vaya que había sido una buena sesión! Sus ojos no habían podido creer lo que veían ante la sorpresa de contemplar cómo el niño se había transformado en un Super Saiyajin, haciendo tributo a la sangre que corría por sus venas. Por unos instantes se alarmó al pensar que, una vez descubierta su capacidad, se convertiría en un rebelde, como ella solía llamarlos, deseando ir batalla tras batalla, tal como había ocurrido con Goku y Gohan en algún momento.

Pero Goten era noble, sin embargo, travieso; era el que más le recordaba a su Goku. Ambos eran como dos gotas que agua y tenían un corazón de oro. Cuando se tomaba el tiempo para pensar en su hijo menor, no podía evitar hacerlo en su fallecido esposo, quien, seguramente, no podría creer que ella estaba entrenando a Goten, cuando había deseado que Gohan jamás lo hiciera y él dejara de insistir en ello.

Incluso, recordaba cómo Goku hurtaba a Gohan a escondidas de ella cuando cocinaba el desayuno o la cena; lo llevaba a algún lugar cerca de su hogar y ponían a prueba sus habilidades. Al regresar a casa, eran recibidos por sus gritos de angustia y reclamos, pero el guerrero mayor solía suplicar por comprensión para que ella entendiera que su hijo podía ser más fuerte que él. En aquel entonces, tenía una opinión muy diferente sobre las peleas y las artes marciales, por ello, no toleraba que Goku apoyara esa postura, sin embargo, él había aprendido a cómo lidiar con su hermetismo hacia los entrenamientos de Gohan; todo lo arreglaba con un par de besos fugaces, que siempre la tomaban desprevenida.

No había un lugar exacto para depositar aquellos besos, podían ser en la frente, las mejillas, el mentón, la nariz, los hombros o, hasta en los mismos labios; el asunto era que Goku había descubierto su debilidad y sacaba provecho de ello, pues jamás se había podido resistir a tales muestras de cariño de su esposo. Y quién iba a decir que, ahora era ella la que estaba tomando su lugar y entrenaba con Goten; pero no había besos que calmaran sus nervios al regresar a casa, sólo estaba el vacío que él había dejado.

Goten entró al baño, decidido a tomar una ducha. Milk se dirigió a su habitación, buscando descansar un poco luego de dar algo de batalla a su hijo. Hubiera deseado con todo su corazón que Goku se hubiera encontrado a su lado para presenciar juntos el momento en que, el menor de los Son, se había transformado; estaba segura de que lo hubiera llenado de orgullo. Al entrar a la pieza, Milk la observó con nostalgia. Si esas paredes tuvieran el privilegio de hablar, sólo ellas podrían contar todo lo que habían visto allí; hasta el último beso que Goku le había dado por sorpresa.

Aún con los ojos abiertos, recordó la escena, imaginando verse con unos años menos, frunciendo el entrecejo por la irresponsabilidad de Goku, al permitir que Gohan se involucrara en las peleas que, en todo caso, les correspondían a los mayores. Con ambas manos en la cintura, lo miraba desafiante, señalándolo con la punta de su nariz, sin embargo, todas sus defensas se fueron hacia abajo cuando sintió los traviesos labios de su esposo caer en su frente, denotando con tranquilidad lo bonita que se veía cuando estaba enojada.

Limpió la única lágrima que se escapó por sus ojos y lanzó un suspiro profundo. Había vuelto a recrear ese momento, y lo seguiría haciendo por toda la eternidad.