Lujuria...
Observaba de manera vaga el fuego de la fogata que se encontraba frente a él, se había sentado lejos de sus compañeros pues, como cada noche, se disponía a preparar el más poderoso de los venenos para eliminar a todo aquel que le estorbase, una sonrisa satírica se dibujo en su rostro. Siempre era divertido recordar como todo aquel que se atrevió a meterse en su camino, a degradarlo, a llamarlo engendro, se perdía en su propia desesperación cuando el humo mortífero le rodeaba y le asfixiaba, quitándole la vida lenta y dolorosamente.
El último de los saqueos a una lujosa mansión fue efímero. El terrateniente, dueño de tan ostentosa casa, era padre de tres hermosas jóvenes, todas vírgenes, todas una deliciosa presa.
Un deseo impasible por poseer y ser amado, sintiéndose merecedor de aquellas bellas jóvenes, así era el egocéntrico Mukotsu. Al menos una debía de amarlo…
Ninguna lo hizo, todas temblaron de miedo y le despreciaron, le llamaron hombre horrible y esto le llenó de rabia el alma…a todas las quebrantó y después, simplemente, las mató
Si no han de amarme a mí, el majestuoso Mukotsu, no tienen derecho a amar a nadie…
—Yo no sé que le vez a las mujeres, son tan aburridas— bufó Jakotsu sacándolo de su ensimismamiento.
—Son hermosas y brindan amor, el amor que yo merezco— se defendió Mukotsu
—Eso es tan estúpido…— arremetió el joven de marcas purpuras en su rostro
—Contigo no puede hablarse de esto, hermano, simplemente no se puede— suspiró resignado el hombre de baja estatura.
Jakotsu suspiró con pesadez y observó hacia el cielo estrellado —¿Crees que haya algo interesante en el palacio que atacaremos mañana?— preguntó ensimismado.
—Sin duda— contestó Mukotsu casi de inmediato —Mujeres, joyas, especias…— comenzó a enlistar despreocupadamente
—Como si algo de eso me importara…
—Bueno, tal vez podrías quedarte con algunas prendas finas, supongo que eso sí te gusta.
Jakotsu volvió a exhalar otro suspiro —Sólo espero que ese señor feudal tenga buen gusto, la última vez las telas eran finas, pero de unos colores espantosos.
El silencio se hizo presente por unos segundos, Mukotsu quedó concentrado en aplastar unas hierbas venenosas en un mortero de piedra, cuando empezó a desprender un humo denso y oscuro, se cubrió el rostro con el trozo de tela que le servía como cubre bocas y continuó con su labor.
—Esa cosa apesta— se quejó Jakotsu cubriendo su nariz para no respirar el fuerte olor que desprendía el mortero donde Mukotsu preparaba el veneno, apesar de que se encontraban alejados, el olor era intenso
Mukotsu sonrió burlonamente —,Mejor procura no respirar profundo, hermano, esta cosa podría matarte.
Jakotsu le miró molesto, no le había divertido para nada la burla.
—Aléjate unos cuantos pasos más de Mukotsu, Jakotsu, lo último que quiero es que te haga daño esa poción— le ordenó Bankotsu.
Jakotsu obedeció, se puso de pie y se acercó a paso lento hacia su líder, dirigieron su mirada hacia Suikotsu y Kyokotsu que, al parecer, estaban comenzando a pelear.
—Detesto que peleen por tonterías— se quejó Bankotsu con molestia —. Anda Jakotsu, vamos— le dijo comenzando a caminar hacia sus dos hermanos que discutían, Jakotsu obedeció caminando a su costado derecho, dibujando una sonrisa divertida en sus labios. Gustaba de ver a Bankotsu regañando a sus compañeros.
Mukotsu observó alejados a sus hermanos, Ginkotsu y Renkotsu, hablando de cosas vagas que no parecían ser de su interés, por unos instantes le pareció ver en el rostro de Renkotsu una furia enorme, aunque inmediatamente se tranquilizó, cuando Ginkotsu le contestó algo que no alcanzó a escuchar, suspiró fastidiado, decidió continuar con la preparación de sus venenos; si lo que su hermano Bankotsu les contó era cierto, mañana sería el mejor y el más grande ataque en el que hayan participado, y el estaba ansioso por encontrar a una bella mujer a la cual hacer su esposa…
Era plena madrugada y los siete guerreros se encontraban a los pies de la gran muralla que los separaba de su destino, el silencio hacía que los oídos zumbaran en desesperación por escuchar, aunque fuera, un pequeño murmullo. El hombre de más baja estatura de los siete guerreros, Mukotsu, se encontraba un poco más alejado de sus compañeros, cargando la pesada caja de manera donde guardaba sus pociones tóxicas, observó que Bankotsu dio un paso hacia enfrente siendo seguido por sus camaradas, él decidió hacer lo mismo, siempre guardando sus distancias, mientras el fornido Kyokotsu intentaba derribar la enorme puerta que daba acceso al otro lado de la muralla.
Fue entonces que vio caer desde arriba de la muralla una lluvia torrencial de filosas flechas, todas en dirección a sus hermanos, el intentó correr para alejarse pero el peso de la caja de madera en sus brazos le entorpeció el paso haciéndolo caer sobre la caja rompiendo un par de frascos que contenían un fuerte veneno, sus pulmones se habían vuelto invulnerables hacia tan tóxico brebaje, su piel no. Quiso gritar de dolor al sentir su rostro quemarse, pero entonces una docena de flechas le atravesaron la espalda acallando, para siempre, tan calcinador dolor…
Los soldados tuvieron que aguantar la respiración para levantar su cuerpo inmóvil del suelo, con ayuda del monje que los acompañaba, lograron purificar el cuerpo para que no siguiera despidiendo aquella mortífera peste. Levantaron el cuerpo y la caja llena de frascos maltratados, mientras acarreaban cual ganado al resto de los hermanos que continuaban con vida.
Una vez que decapitaron al de mayor tamaño, Kyokotsu, los soldados dirigieron sus miradas llenas de sadismo hacia los furiosos hermanos. Desean enfurecerlos más. Se acercaron y tomaron el cuerpo sin vida de Mukotsu como si se tratase de un saco de arroz, Bankotsu volvió a gritar maldiciones al por mayor que fueron simplemente ignoradas. Arrojaron, sin el más mínimo cuidado, el cadáver al suelo, bajo los pies del verdugo que miraba asqueado el rostro mal formado de aquél hombre desgraciado, tomó su cuchilla con ambas manos y, sin más esfuerzo, degolló el cuerpo de Mukotsu.
El monje, sin prestar atención a los cinco hermanos restantes, tomó el segundo de los pergaminos que llevaba bajo en el brazo y lo desenrolló con cuidado.
—Por haber envenenado a ejércitos enteros y, más importante aún, deshonrar a jóvenes inocentes, con el único fin de saciar un deseo impuro, para después matarlas sin remordimiento alguno, el hombre Mukotsu fue encontrado culpable de cometer delitos en el nombre de la lujuria mientras estuvo con vida, sin duda alguna, ahora mismo se encuentra pagando su condena en el infierno— recitó aquel monje de manera firme, mientras sacaba un pergamino de entre sus ropas, lo colocó sobre la caja de madera de Mukotsu y purificó con fuego sagrado tan tóxicos líquidos.
Bankotsu gruñó con furia, mientras que Jakotsu miraba ensimismado como habían cortado la cabeza de su hermano, sonrió sádicamente al imaginarse la mejor manera de vengarse de todos aquellos bastardos, en especial, deseaba ver la sangre derramarse de aquel monje hipócrita…
La lujuria es castigada en el infierno siendo asfixiado en fuego y azufre…nada que el rey de los venenos no pudiese manejar.
