Seis meses más tarde...

Bella estaba separando, ordenando y empaquetando todo lo que iba a poder necesitar. Su amiga Claudia, con sus sempiternos uñas y labios pintados de un rojo encendido, la ayudaba.

— ¿Estás segura de lo que vas a hacer? —Preguntó Claudia con su voz de falsete.

— Completamente —asintió Bella.

— ¿Y qué va a decir tu padre?

— No se lo diré.

— ¿No dirás qué a quién? —Preguntó Paula casi con un chillido, que había llegado junto con Laura cargada de cuadernos hasta donde estaban Bella y Claudia— Ahora no te echarás atrás, ¿verdad?

— ¡Prometiste que nos presentarías a m'sieur De Cheever en la fiesta de la semana que viene! —Exclamó Laura, haciendo tintinear sus docenas de pulseras doradas.

— Claro que lo haré —aseguró Bella, aunque seguía sin terminar de comprender por qué querían conocer a alguien tan petulante y narcisista como Gastón—. Pero no estábamos hablando de eso.

— ¿Entonces de qué? —Quiso saber Paula.

— De si estaba segura de ir a reemplazar a madame Beaumont para dar clases a los reclusos de la prisión —dijo Bella.

— ¡¿Que qué?! —Chillaron Laura y Paula al unísono.

Bella tuvo que taparse los oídos ante tal estruendo.

— Lo mismo hice yo cuando me enteré —recordó Claudia con una risita aguda.

— Anda, chicas, no os pongáis histéricas... —les suplicó Bella con una mueca.

Laura y Paula tardaron un poco en serenarse.

— Pe... Pero... ¿Pero por qué? —Pidió Paula— ¿Por qué tienes que ser tú...?

— ¿...Quien sustituya a madame Beaumont en la prisión? —Terminó Laura— ¿No puede hacerlo otra persona?

— La prisión está llena de ladrones, chulos, traficantes... ¡Asesinos! —Añadió Claudia con horror.

— Lo sé —asintió Bella con calma—. Pero también hay guardias, celdas y mucha seguridad. Y si sustituyo a madame Beaumont es porque ya es mayor y necesita cuidarse. Además, el señor Wilhelm me dijo que dar estas clases me podría ayudar con algunos créditos de la universidad.

Sus tres amigas resoplaron a la vez.

— ¿Es que no puedes pensar en nada más que en tus estudios? —Se quejó Laura— Tienes que disfrutar de la vida.

— ¡No lo hago por los estudios! —Se defendió Bella con vehemencia— Sólo quiero ayudar a quienes lo necesitan.

— ¿Y qué van a necesitar los presos? —Se mofó Paula mientras se arreglaba con coquetería los grandes lazos verdes que adornaban su vestido y su pelo— ¿No hacer faltas de ortografía?

— Necesitan una oportunidad para convertirse en mejores personas y no volver a cometer el error que les llevó a prisión —le reprendió Bella, molesta—. Y yo se la ofrezco sustituyendo a madame Beaumont. Y aunque el señor Wilhelm no hubiera mencionado lo de los créditos de la universidad, lo habría hecho igualmente. Por eso entré a ayudar en esta ONG.

Las tres amigas la miraron, mudas. Bella terminó de recoger cuadernos y lápices y se fue con paso decidido. Cuando hubo desaparecido de su vista, las tres chicas salieron de su ensimismamiento.

— ¿Ves lo que has hecho? —Claudia se giró hacia Paula, enojada y con los brazos en jarra— ¡Ahora no nos va a presentar a Gastón!

Laura la secundó con un sonoro bufido.

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A medida que iba cruzando las puertas enrejadas, Bella iba sintiendo más aprensión. Ya no se sentía tan segura de haber aceptado sustituir a madame Beaumont. Pero entonces recordó porque había insistido en desempeñar esa tarea pese a las reticencias del señor Wilhelm: quería seguir auxiliando a quienes la sociedad más despreciaba puesto que eran los que más ayuda necesitaban. Y como su padre ya no dejaba que ayudase a los mendigos...

— ¿Falta mucho? —Preguntó Bella a uno de los guardias que la acompañaban.

— Después de la siguiente puerta —le contestó el guardia mientras empujaba un carrito donde estaban las cajas con los utensilios y libros que iba a utilizar Bella; su compañero ya estaba abriendo la última reja que la separaba de su destino: la biblioteca de la prisión.

Una vez allí, Bella admiró la pequeña biblioteca mientras los guardias dejaban la caja en una de las mesas del fondo de la sala. Bella paseó entre los estantes llenos de libros, todos perfectos y pulcramente ordenados. "Seguro que todo esto es obra de madame Beaumont", pensó con una sonrisa mientras acariciaba los lomos.

— ¡Señorita! —La llamó uno de los guardias. Bella se giró hacia él— ¿Puede venir un momento?

Bella hizo lo que le pedían.

— Usted dirá.

El guardia se acercó a una mesa de despacho que había en la esquina más apartada de la biblioteca. Bella le siguió.

— Esta es la mesa de la bibliotecaria. Y dentro de este cajón —el guardia abrió el primero de los tres que tenía la mesa— escondido en la parte de arriba, hay un botón de emergencia.

— ¿Emergencia? —Repitió Bella, extrañada.

— Sí, señorita. Es por si se encuentra en una situación... digamos... incómoda con alguno de los presos y necesita que vengamos lo antes posible.

— ¿Por si estoy en peligro, quiere decir? —Bella quería estar segura que lo había comprendido correctamente.

— Así es, señorita —asintió el otro guardia—. Estaríamos aquí enseguida.

— Pero no tiene por qué preocuparse —se apresuró a añadir el primer guardia—: en todos estos años, madame Beaumont nunca ha tenido que usarlo.

— Espero que yo tampoco... —suspiró Bella.

— Y otra cosa, señorita: no deje que los reclusos la toquen o la acorralen. Casi todos ellos son peligrosos, tienen mucha fuerza y lo usarán sin dudar para hacerle daño si les muestra cualquier tipo de miedo o debilidad. ¿Lo entiende?

— Sí, lo comprendo perfectamente.

— ¿Necesita algo más? —Bella negó con la cabeza— Entonces la dejamos para que prepare la clase. Los presos llegarán en unos minutos. Nosotros volveremos en un par de horas, antes del cambio de turno.

— De acuerdo. Aquí les esperaré.

Los guardias hicieron una leve inclinación de cabeza antes de marcharse. Bella les devolvió el gesto.

Bueno, ahí estaba: en la biblioteca de una prisión a punto de dar clase de literatura a media docena de presos. Esperaba de corazón que todo saliera bien... Aunque según madame Beaumont no era complicado: los presos eran algo mayores que preferían medio aburrirse en la tranquila biblioteca que deambular en el peligroso patio de la prisión, donde las miradas desafiantes y las reyertas eran habituales.

Bella abrió una de las cajas y sacó bloques de hojas pautadas, lápices (los bolígrafos estaban terminantemente prohibidos en la prisión) y gomas de borrar. Lo dejó todo en la mesa más grande de la biblioteca antes de abrir la segunda de las cajas, donde estaban los libros que engrosarían la biblioteca. Cogió unos pocos y fue a recorrer las estanterías buscando la sección correcta donde debían ir. Los colocó enseguida en su sitio y fue a por más.

Estaba colocando en las estanterías el quinto grupo de libros cuando escuchó un ruido. Se sobresaltó; los libros se le cayeron al suelo con estrépito. Bella miró por todos lados: no vio a nadie. "Seguramente será alguna de las verjas del pasillo", pensó para tranquilizarse. Se agachó a recoger los libros. De repente, una silueta oscura y amenazante se alzó sobre ella, tapando la luz de los fluorescentes. Bella se quedó paralizada.

Durante unos segundos, el tiempo quedó suspendido mientras el aire se cargaba de tensión.

Casi sin atreverse a respirar, Bella levantó la mirada lentamente hacia la figura inmóvil. Y lo que vio hizo que los libros cayesen de nuevo. La silueta pertenecía a un hombre alto, casi un gigante, de hombros anchos y músculos hercúleos. Las facciones del rostro eran adustas y afiladas como cuchillos, desdibujadas por una larga cabellera pardusca y despeinada y una desarreglada barba tupida. Pero a lo único que Bella podía prestar atención era a los ojos: dos achicados faros azules llenos de llamas furiosas fijos en ella.

Bella reconocería esos ojos en cualquier parte. Era imposible no hacerlo: los veía con frecuencia en sus vigilias turbulentas, cuando soñaba con el ataque en el callejón. Pero en ninguno de esos sueños, de los que despertaba empapada en un sudor frío, era capaz de saber o recordar si esos ojos celestes eran los de su atacante o los de su salvador. Ahora entendía porque le atraía tanto el hombre de ojos azules de la rueda de reconocimiento: era uno de los hombres del callejón.

Y, por lo que ella estaba viendo, él recordaba claramente los suyos... y no se alegraba ni pizca de encontrárselos.

El hombre no apartaba la vista de ella y Bella tampoco podía hacerlo aunque hubiese querido. Era tal el peso de esos ojos sobre ella que se sentía como si fuera un ratón atrapado bajo la hipnótica mirada de un gato hambriento; retrocedió a gatas hacia un rincón entre dos estantes. El hombre la siguió, acechándola en silencio hasta detenerse a un solo paso de Bella. Inclinó su pecho descomunal por encima de su cabeza, enclaustrándola. Toda ella temblaba y perdió la voz para pedir ayuda.

Así, mirándose el uno al otro, pasó un eterno segundo. Al siguiente, todo saltó por los aires.

— ¡Tú me encerraste aquí! —Rugió el hombre.

— ¡Yo no te acusé! —Gritó Bella casi al mismo tiempo haciéndose un ovillo.

El hombre lo escuchó.

— ¡Sí lo hiciste! —Le rugió de nuevo.

— ¡No! —Gritó Bella de nuevo, escondiendo aún más la cara entre sus rodillas— Sé que estabas ahí, lo sé. ¡Pero no sé quién eres ni qué es lo que me hiciste! ¡No lo sé! ¡No lo sé...! —Empezó a llorar en silencio y susurró para sí—: Todo es muy confuso...

Hubo unos momentos de calma en los que no se oía nada y Bella pensó por un segundo que el hombre, satisfecho con haberla aterrorizado, se habría ido. Pero al instante siguiente, unas manos grandes y callosas la zarandearon de tal forma que se quedó frente a frente con el hombre y sus penetrantes ojos azules.

— ¿Por qué no me acusaste? —Masculló el hombre en voz baja, recalcando cada sílaba casi con un gruñido.

— No lo sé... —musitó Bella ahogadamente.

El hombre resopló con estruendo y la soltó.

Bella no supo cuanto tiempo estuvo en el suelo, cabizbaja y llorosa, hasta que le llegaron las voces de varios hombres desde el pasillo. Tenía que recomponerse: seguro que eran los reclusos que venían a la biblioteca para la clase y no debían verla con algún signo de debilidad. Miró a su alrededor: el hombre parecía haberse esfumado. Suspiró algo aliviada. Se levantó del suelo, se alisó la ropa y trató de borrar todo rastro de lágrimas. Empezó a recoger de nuevo los libros del suelo.

— ¿Hola? ¿Madame Beaumont? —Preguntó uno de los reclusos con la voz enronquecida por el tabaco desde la puerta.

Bella aspiró profundamente y soltó el aire lentamente para tranquilizarse antes de salir de entre las estanterías.

— Buenas tardes, caballeros —los saludó Bella con un impostado tono firme. Fue a depositar los libros sobre la mesa de la bibliotecaria—. Por favor, tomen asiento.

— ¿Dónde está madame Beaumont? —Quiso saber otro recluso; todos se habían quedado pasmados en la puerta de la biblioteca al verla.

— Madame Beaumont ha tenido que dejar sus clases aquí por problemas de salud. Es ya mayor y necesita que la cuiden. A partir de ahora, yo me encargaré de dar las clases —explicó Bella volviéndose hacia ellos, mucho más tranquila. Vio como estaban inmóviles—. ¿Podrían tomar asiento, por favor? —Les señaló la mesa.

— Sí, sí, claro. Por supuesto... —murmuraron casi todos ellos mientras se sentaban con presteza; uno de los reclusos la miró a los ojos y sonrió, feliz.

Bella se sorprendió por ese gesto y lo observó atentamente. Era mucho más joven que los demás; casi podría decirse que era de su misma edad. También se percató que todos los demás reclusos lo evitaban todo lo que podían. Se preguntó el porqué de esa actitud.

— ¿Falta alguien más? —Preguntó Bella mirando las sillas vacías que aún quedaban en la mesa. Todos negaron con la cabeza. Bella fue a cerrar la puerta de la biblioteca— Bien, entonces...

Las palabras se le atragantaron cuando vio que alguien ya lo estaba haciendo. Era el recluso que la había aterrorizado antes, el hombre de ojos azules. No le veía la cara, pero a Bella no le hacía falta. Se quedó paralizada en medio de la biblioteca. Pero el hombre no pareció o no quiso darse cuenta de que ella estaba ahí: cerró con suavidad la puerta y se perdió entre los estantes de libros.

— ¿Quién...? ¿Quién es? —Logró articular Bella, sin atreverse a girarse hacia los reclusos— ¿No me han dicho que no faltaba nadie más?

Los reclusos se miraron los unos a los otros.

— Él no participa en las clases. Sólo está aquí para proteger a Phillipe —dijo finalmente uno de ellos a media voz.

Bella miró de un lado a otro tratando de averiguar quién de todos ellos era el tal Phillipe.

— Él es Phillipe —señaló otro recluso al joven que le había sonreído.

— Tanto gusto —le saludó Bella con un ademán.

Phillipe, en respuesta, le dedicó una media reverencia. Bella lo miró sorprendida.

— No puede hablar —aclaró el recluso que se sentaba al lado de Phillipe.

— ¿Eres mudo? —Bella miró a Phillipe con amabilidad: quería estar segura de que lo había comprendido y de que no hería sus sentimientos al preguntárselo. Phillipe asintió con fuerza, sin ningún atisbo de incomodidad por la pregunta— ¿Y qué haces aquí?

Phillipe cogió uno de los bloques de hojas y un lápiz y se puso a escribir con el ceño fruncido por la concentración. Cuando terminó se lo dio a Bella. Ésta leyó rápidamente: "Aprender a leer y escribir mejor".

— Eso está muy bien —Bella sonrió; Phillipe le devolvió la sonrisa—. ¿Por qué no me escribes todo lo que madame Beaumont te ha enseñado hasta ahora? Así yo podré seguir a partir de ahí.

Phillipe asintió con una gran sonrisa antes de aplicarse con denuedo a la tarea. Bella lo aprovechó para indicar a los demás reclusos que hicieran un corrillo en el otro extremo de la mesa para que pudieran hablar sin molestar a Phillipe. Los hombres la obedecieron al instante; Bella se sentó con ellos.

— ¿Quiere que le digamos también lo que madame Beaumont nos ha enseñado? —Inquirió el recluso que estaba frente a Bella.

— Eso puede esperar... —medio murmuró Bella. Los reclusos la miraron intrigados— ¿Qué han querido decir antes que el hombre, el recluso que se ha escondido entre las estanterías, está aquí sólo para proteger a Phillipe? ¿Protegerle de qué?

— De los demás reclusos, señorita —contestó el mismo de antes imitando el tono de voz de Bella.

— ¿Por qué?

— Antes de que él llegara, Phillipe era el hazmerreír del patio. Siempre se metían con él, burlándose e insultándole, y algunos reclusos lo usaban como saco de boxeo.

— Muchas veces acabó en la enfermería —puntualizó el compañero que tenía al lado; los demás asintieron en silencio.

— Los guardias intentaban mantenerlo alejado de los demás todo lo posible, pero no lo conseguían todo el tiempo —continuó el recluso—. También lo intentaron otros reclusos, pero eran pocos comparados con el resto y acababan recibiendo igual; así que al final desistieron.

— Pero hace medio año llegó éste —continuó a media voz el recluso sentado al lado de Bella—.Por lo que sabemos, llegó casi incontrolable; se cuenta que tenía un mono de alcohol de aúpa. Estuvo dos semanas en aislamiento, incomunicado. Cuando consideraron que estaba lo suficientemente calmado y lúcido, lo metieron con los demás. Algunos pensaron que, al ser novato dentro de la cárcel, que podían darle una bienvenida a base de golpes; pero se equivocaron.

— ¡Menuda paliza les dio a todos! —Exclamó en un susurro el que había empezado la historia.

— Lo intentaron un par de veces más, pero al ver que no conseguirían nada, volvieron a centrarse en Phillipe. O, al menos, lo intentaron.

— ¿Qué ocurrió? —Bella estaba expectante.

— Acorralaron a Phillipe en una esquina del patio, el más alejado de la garita de los guardias, y empezaron a apalearle. Pero de repente apareció él y los tumbó a todos. El pobre Phillipe estaba aterrado, porque pensó que iba a ser el siguiente. Pero él le pasó un brazo alrededor de los hombros y miró a los reclusos del suelo, primero, y luego a todos los demás que estábamos en el patio. No dijo nada, pero todos entendimos por su mirada que a partir de ese momento iba a proteger a Phillipe de cualquiera que se le acercara con malas intenciones.

— Entiendo —asintió Bella. Se quedó pensativa: algo no encajaba del todo—. Pero... Entonces... ¿Por qué él está aquí ahora? ¿Es que fueron ustedes quienes intentaron...?

— ¡No, no! —Exclamaron todos a la vez.

— No fue ninguno de nosotros, señorita. Puede estar usted tranquila —el primer recluso volvió a tomar la palabra—. Está aquí, aunque sin participar en la clase, porque cuando Phillipe empezó a venir a las clases de madame Beaumont, lo hacía sólo, y algunos reclusos lo suficientemente estúpidos pensaron que sería la ocasión ideal para pegarle.

— Conseguimos detenerlos lo suficiente hasta que llegaron los guardias —siguió el otro recluso—. Él montó en cólera: a la primera ocasión que tuvo, mandó esos idiotas directamente a la enfermería.

— Y desde entonces le acompaña aquí, para que nadie vuelva a intentarlo —terminó Bella, ahora sí comprendiéndolo todo.

— Así es, señorita...

— Bella. Me llamo Bella —hizo un leve saludo con la cabeza. Los reclusos la imitaron— ¿Cuáles son sus nombres?

Los reclusos se presentaron uno por uno. Bella memorizó los nombres mientras se levantaba, dando a entender que iba a empezar la clase. De repente, pero se detuvo y se giró hacia los reclusos.

— ¿Y el suyo? —Los reclusos la miraron sin comprender— ¿Cómo se llama el recluso que protege a Phillipe?

Hubo un largo silencio.

— Nadie lo sabe —admitió el único recluso que no había abierto la boca durante la conversación anterior—: ni los guardias ni los reclusos; no consta en ningún registro de la prisión. Pero todos le conocen como la Bestia.

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Notas aclaratorias

— Claudia, Laura y Paula son los nombres de las tres chicas de la aldea que están coladas por Gastón: Claudia es la que va vestida de color rojo, Laura de amarillo y Paula de verde.

— Madame Beaumont es el nombre de la autora que escribió la versión más conocida de "La Bella y la Bestia" en el siglo XVIII y en la cual está inspirada la película de Disney.

— Wilhelm es el nombre de uno de los hermanos Grimm. El otro hermano se llamaba Jacob.

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Muchas gracias por lo reviews!

Kaho - Kazuki: Bella intenta recordar, pero aún está confusa... Así que habrá que esperar a ver cuando se acuerda de todo. ¡Habrá que tener paciencia! (como con mis actualizaciones... a veces se me bloquea la inspiración :S )

analiaapocaliptica-2012: me alegro que te guste la historia. Lo de que todo tenga su significado es algo que me encanta hacer: soy una maniática de los detalles! Como puedes ver en este capi, aquí hay más ;)

RO89: ¿ves? Actualizo este año jeje... Y bueno, creo que al final Bella lo recordará, pero es que le dieron un golpe muy fuerte y eso lo complica :-/

Beth Warlow: me alegro que te guste la historia y espero que te guste este capi :)

Ya adelanto que en el siguiente capi (que espero no tardar en subir... aunque no prometo nada) habrá algunas sorpresas y mucha acción. Nos leemos!