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Estoy contenta! Recibir el review de Lena y los mensajes de Washimishu-chan, además de la atención de Plockiie, hicieron que me sintiera más segura. Así que a ustedes les debo que haya podido postear el siguiente. ¡Un beso, gracias!
"(…) escúchame: si acaso no adquieres la victoria
Porque la suerte ciega te priva de la gloria,
O la envidia detiene tu carrera triunfal;
Desprecia los honores y recobra la calma,
Que un altar a tu imagen levantará mi alma
¡y el mármol de mi canto será tu pedestal!"
Rubén Martínez Villena
La cena había transcurrido apacible y para tranquilidad del ama de llaves, le comento de mi plan una vez que ella se retira. Franziska estaría junto a mí toda la noche, tocaría algunos temas, necesarios para liberarla de sus remordimientos y a partir de entonces, exorcizar al demonio del terror. Ella parece tan complacida de mi disposición para con su ama, que casi está a punto de entregarme un amuleto. Lo rehúso, pero me llama la atención de que se trate de un talismán germánico, y no perteneciente a la tierra lejana donde creciera.
—Esa es mi runa —digo señalando con el dedo los grabados en la rama de aliso. Conozco un poco de la mitología nórdica por los libros de Franziska, que detesta la religión pero no las creencias paganas ni las sagas de su patria natal. Juntos buscábamos ubicar nuestras fechas de nacimiento en las temporadas que los viejos adivinos habían establecido, según las necesidades de su pueblo. Para cada temporada una runa y un árbol.
—Recuerdo una pelea bastante enérgica por culpa de su runa guía, Señor —la doncella sonríe—. La señorita von Karma tenía entonces siete años, según creo.
—No me atormente de esa forma, se lo ruego. Por supuesto que me acuerdo, como que tuve a Franziska persiguiéndome a lo largo del pasillo superior —me cruzo de brazos, rememorando—. Se tomó muy en serio la idea de que la runa hay que llevarla tatuada, aún no sé como logré quitarle la aguja. Quería protegerme bajo la influencia del signo, temerosa de que me sucediera algo si algún día marchaba.
—Fehu y Laguz, dos símbolos, dos hermanos y su padre —musita ella, pensativa—. El equinoccio de primavera y el solsticio de verano. Uno aviva el fuego y otra fluye con el agua. Dos runas que se acoplan por naturaleza, en viejos tiempos dirían que lo ideal para tener una descendencia perfecta.
—"Walpurgisnacht" —murmuro yo e imagino lo que pensaría Franziska respecto a ese ritual pagano, toda una orgía en aras de la procreación—. No se la mencione, o tendrá pesadillas más terribles.
Me levanto y salgo al jardín, la luna no ha cambiado todavía y se mantiene en cuarto creciente, pero aún así, cegadora. Hablamos tanto de mitología con el ama de llaves, que ya no puedo evitar una comparación entre mi Franziska y la diosa Artemis. Fieras, defensoras de su castidad, capaces de doblegar a cualquiera que se lo propongan… Un momento, acabo de decir "mi" Franziska. Eso es un rasgo de apropiación, estoy asiéndome a ella inconscientemente y aún no tengo derecho a hacerlo. Por suerte, la noche está fresca, la brisa puede borrar cualquier pensamiento erróneo. Camino hacia la glorieta, ella aún no ha llegado. La cúpula hace que el interior de la plazoleta se halle en sombras, creando una intimidad perfecta. Nada más lejos de lo que pretendo, quiero que Franziska se acostumbre a mí, a no temer la cercanía de mis manos, a confiar en las palabras. Descubrir la vergüenza bajo la luz es como ir en busca de la verdad, siempre verás un rostro teñirse y es molesto enfrentarla, pero necesario. Me siento a esperar en uno de los bancos exteriores, iluminado por las farolas, mientras tarareo la pegajosa melodía de una vieja canción donde se alude al misterio de la primera cita… Ya estoy haciendo tonterías románticas, si Franziska me sorprendiera no habría modo de hacerla olvidar esto… Es mejor que calle.
Mi reloj indica que han pasado diez minutos desde la hora prevista, no hay ni rastro de ella. Estudio mentalmente mis palabras cuando le pedí que viniera, pero no hallo nada que pudiera hacerla incumplir. Ya es algo definitivo, tengo mala suerte con los encuentros. Cuando no me esperan en la oscuridad para asesinarme, me amenazan a traición y a punta de pistola, ahora Franziska me deja literalmente plantado. Bueno, para que después Wright y ese problemático muero-por-las-faldas de Larry digan que no pertenezco a este universo. El banco está lejos de su balcón y solo distingo la oscuridad tras los ventanales. Posiblemente duerma y se haya olvidado de todo. Mi primera cita, encubierta bajo una prenda de juego pero cita al fin, quedó en nada.
Un grito con extraña resonancia, proveniente del dormitorio de Franziska, hace que me lance corriendo hacia la residencia. Me condeno una y otra vez. Confio demasiado en que puede cuidarse sola, no me doy cuenta de que a veces necesita de alguien más.
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Juro que nunca lo he temido tanto… y a la vez, siento que mi sangre no puede aplacar la ira. Frente a frente otra vez, pero no resisto más. El espíritu se acerca amenazador y aunque sé que lo etéreo se puede volver tangible, no dudo en afrontarlo. Puede más el ansia de libertad definitiva y de sosiego, o el torrente de lo que siento por Miles tan presto a desbordarse, que todo lo acumulado estalla.
—Vuelve a donde quiera que estés, papa. Es inútil que trates de imponerte ahora, no quiero ser una leyenda como tú. Rehúso que me digas lo que debo hacer con mi vida, soy adulta, necesito respirar y no me lo permites. Siempre me ahogaste ¿lo sabías? me apretabas el cuello sin necesidad de un lazo hasta quitarme el aire. Y yo cedí, cedí hasta casi morir, feliz de hacer el sacrificio si obtenía solo una sonrisa tuya. En vano, mi renuncia a ser persona no significó nada para ti, mientras que para mí —me muerdo los labios, no voy a llorar, no ahora, ni siquiera porque siento la felicidad de reconocer mi propia voz—… Creceré, todavía puedo hacerlo. No es demasiado tarde.
—¿Cómo te atreves a no sentir vergüenza cuando me hablas? Manchas el apellido que te entregué para que lo hicieras aún más grande, enlodas la trascendencia de los von Karma. Te rendiste apenas empezó el camino, ¿creíste que la perfección se alcanza de súbito? Debí haberme dado cuenta desde hace mucho, que solo eras una llorona malcriada, con logros mínimos como podría tenerlos cualquier aprendiz.
—Guárdate tus apreciaciones, papa. —me levanto para quedar de rodillas sobre el colchón y lo enfrento—. Un prodigio a nivel profesional, eso es algo que me he ganado. Con errores y victorias, es algo mío. Aunque hay un punto en el que estoy de acuerdo, soy una niña en todo lo demás. Apenas sé como manifestar las emociones, se me hace difícil relacionarme, ni siquiera —dudo, pero quiero decirlo. Tengo que dejarlo fluir como el agua, que de una vez me purifique o me ahogue— me atreví a reconocer que amo a un hombre. Sí, quizás me ha vencido, pero no me humilla esa victoria porque la siento compartida.
—No me equivoqué al elegir a ese mocoso después de todo, y hacer de él lo que nunca podría lograr contigo. Mujeres, bah, todas son iguales… Ponles un pantalón delante y arrojarán todo para seguirlo como perras en celo. Tu hermana, de la que prefiero ni recordar el nombre, dejó a un lado su parte de la herencia, una carrera de prestigio y los beneficios de la comodidad y el lujo para vivir con un idiota. La historia se repite.
—Tsk, puedes creer lo que quieras —acabo de darme cuenta, restarle importancia a sus insultos es la mejor forma de ganar. Pero afirmaré mi posición, soy una von Karma después de todo y no dejaré que nadie me humille. Siquiera mi padre—. Le diré que mi sacrificio de tantos años será también mi triunfo, una vez que pueda echar abajo el muro que tú me has puesto delante.
—¡No te atreverás a deshonrarme aún más! —su grito debe haberse escuchado en el resto de la casa, a juzgar por el ruido de numerosas pisadas. Mi padre se aproxima tan amenazador que por un instante, lo veo real y tangible, lanzo un grito y corro hacia la puerta, girando con desespero la llave. Gimo al ver que no logro abrir, la desesperación hace que sude frío, estoy a punto de desmayarme. Solo tengo un nombre que decir.
—Miles… —no creo que me escuche, aún debe estar en el jardín.
—¡Apártate, Franziska! —su voz potente hace que despierte del sopor y me eche a un lado de inmediato. Salta la cerradura junto a un montón de astillas, me cubro con los brazos. No puedo verlo, pero sé que irrumpe en la habitación y por la forma en que me abraza, ha temido por mí. Me estrecha tan fuerte, que casi me hace daño, pero no importa. La sensación de estar bajo el amparo de una fuerza diferente a la mía, es divina. Perfecta. Miles acaba de probarme que la redención existe con solo un gesto. Podría dejar mi alma en sus brazos, tal y cual estoy, pero ardo más que nunca de ganas. De vivir, de jugar a nada, de probar la frialdad de las losas… Pero escondo mis labios húmedos contra el oliva de la camisa, y el beso queda marcado en el hilo, algo más arriba de su corazón. Mi rostro yace ahora contra su pecho, a unos centímetros de mi perfil los dedos de mi mano apenas rozan la superficie de la tela. Descubro el incremento de los latidos, un suspiro que no puede evitar y el gemido que prefiere convertir a un registro inaudible, del miedo al deseo hay apenas un segundo de tiempo.
—Miles Edgeworth…
—No tienes idea de cuánto, Franziska… No tienes idea…
Estallo, no me importa, soy mujer. Emotiva, plena de exaltaciones, llena de lágrimas que no tengo por qué ocultar.
—El té que me pidió, Señor —el ama tiende la bandeja con el servicio y luce más nerviosa que yo. Está tan asustada que ni siquiera puedo maldecirla por romper la intimidad del instante—. Señorita von Karma, por favor, bébaselo todo. No quiero que se enferme.
La mano tiembla al tomar la taza para acercarla a mis labios. Desafiar la mirada de Miles ahora es imposible, prefiero contemplar el té y ahogar en él un pensamiento que evito. El encuentro con mi propia naturaleza es crudo.
—¿Qué clase de infusión me diste? —Tuerzo las circunstancias en algo menos incómodo— ¡Sabe horrible!
—Es tilo… —mi sirvienta balbucea, perturbada. Miles le hace un gesto con la cabeza para que se retire.
—¡Quédate! —le ordeno, sorbiendo poco a poco la bebida. No quiero estar sola con él. Mi cuerpo se halla bastante próximo al suyo y su brazo continúa rodeándome— ¡No te muevas de aquí!
La pobre no sabe qué hacer, la he puesto en una situación complicada. Pero Miles es inmutable, apenas termino el líquido, toma con suave atención la porcelana y la deposita en la bandeja.
—Despreocúpese, yo me encargaré. Puede usted retirarse.
Ella me mira y yo no puedo contradecirlo, hace una ligera reverencia y se marcha, cerrando tras sí la hoja rota de la puerta.
—No la tomes con ella —la voz de Miles es calma, pero firme—, sabes que no tiene la culpa.
—Quiero salir al fresco, necesito respirar.
—¿Crees que voy a impedírtelo? —él se aparta y se inclina respetuoso indicándome la puerta cerrada. Su sonrisa me reconforta— No voy a pasar la vergüenza de quedarme solo en un banco del jardín.
Es la primera vez que no siento mi cuerpo, tampoco mis pies. De preguntármelo, no sabría responder cómo llegamos junto a la glorieta. La única prueba de que soy físicamente material es el brazo de Miles rodeándome y su mano sobre mi cintura. Lo percibo más allá de esta sensación enajenada, como si quisiera atarme a la tierra… Después de todo, Fehu es lo real y tangible, Laguz es un lado espiritual. Incluso yo, tan científica, reconozco que no hay uno sin otro. De niña quise que ambos estuviésemos unidos por aquel influjo mágico, pero si bien yo estaba dispuesta a marcar mi piel con nuestras runas combinadas, él huyó de mis propósitos.
—¡No lo entiendes! —Recuerdo que me gritó, arrebatándome la aguja impregnada en añil— Hay cosas que no puedes forzar, es absurdo que ates más el nudo para asegurarlo —estaba muy enojado— ¡y que lo hagas tú, Franziska von Karma… te creí más inteligente que eso!
Mi llanto fue tan clamoroso que Manfred von Karma en persona salió de su trabajo para poner coto a la situación. Por supuesto, Miles asumió toda la culpa, escondiendo mi intención y urdió para eso una excusa que mi padre no asimiló. El resultado fue una quincena rodeados de libros, a pan y agua. No nos hablamos, yo muy ofendida intenté soportar el bochorno de su actitud, pero la verdad es que era demasiado pequeña para entender. Él, por supuesto, no quiso agraviarme con sus últimas palabras, simplemente me veía tan por encima en mi capacidad intelectual, que medía con la misma regla mis siete años que sus trece. No entendí el significado de su requerimiento hasta mucho después, en plena adolescencia. Tenía razón, a pesar de la distancia que nos separaba, no había modo de que pudiera desatar el nudo. Aposté porque él tampoco, aunque su lógica bien podía cortarlo. Y fue aquella confesión lo que me hizo atrapar la esperanza de que un día…
—Franziska —Despierto de mi letargo, para ver que Miles ríe como nunca lo haría delante de nadie—, me canso de rivalizar con el farol ¿podemos sentarnos?
—En el banco de la glorieta.
—No si le temes a la oscuridad, Franziska —de pronto duda.
—Y tú no sufres los terremotos, pero tratas de sobreponerte —mi voz es segura—. Permite que desafíe mis propios miedos, es la única forma de seguir adelante.
Creo que intenta decirme algo, pero traga en seco y retira su brazo en silencio. A cambio me toma la mano y hala suave, como lo hacíamos cuando niños. Solo que entonces era al revés, yo lo halaba, él me seguía. Pero la primavera siempre antecede al verano y él no parece dispuesto a permitir un cambio en las estaciones.
—Es medianoche, tu hora para brillar, querida Myrtha —Miles observa fugazmente su reloj y hace un gesto solícito, cediéndome el derecho a escoger donde sentarme— ¿Puedo? —tantea indicando el lugar a mi siniestra. Accedo, empiezo a temer que oiga mis latidos en el silencio de la madrugada.
—Tsk ¿cómo te atreves a compararme con la reina de las willis(*), Miles Edgeworth? ¿Quieres morir?
—Si eso te hace feliz… Pero para tu desgracia, no sé bailar —sonríe y se acomoda apoyando su peso en el codo, que coloca sobre el respaldo del banco. Noto su deseo de que me sienta bien compartiendo el momento—. Como tú, veo el ballet desde lejos ¡Eureka, lo tengo! Hagamos un juego.
—¿Qué estúpida estupidez se te ha ocurrido que podamos hacer a esta estúpida hora? —reclamo cruzándome de brazos.
—No, supongo que no te atreverás —casi paladea el reto, mirándome de reojo.
—¡Protesto! —No es lo que quiero decir, pero la fuerza de la costumbre es poderosa— ¡Estás provocándome para que acceda!
—Muy bien, no he dicho nada entonces —alza las manos, reclamando su inocencia.
—Habla, ¿en qué consiste el estúpido juego? —Si esto es una cita, yo soy juez. No se diferencia en nada a nuestra interacción diaria. Empiezo a preocuparme ¿será que nunca podré romper el dichoso muro? ¿Qué pasó con ese yo de momentos atrás? Pero Miles está serio y me observa intenso.
—Me explico, Franziska. Es simple, pero para llevarlo a cabo debes tener el valor de dar una respuesta sincera. Una pregunta yo, una tú —habla despacio, pero noto que proponerme esto será también un desafío para él—, no importa el tema. Como en la corte, mentir es perjurio ¿Estás de acuerdo?
Vuelvo a ser incapaz de negarme, descubro que me tienta librar esa batalla ¿por qué soy tan competitiva? No obstante, quiero añadir algo.
—La respuesta… tres palabras como máximo.
—Entiendo —mira hacia abajo, absorto en algún pensamiento y luego levanta el rostro, altivo. De seguro ya concibió su primera pregunta—. Bien, damas primero.
—¿Qué viniste a hacer aquí? —es lo primero que deseo aclararme.
—Atender una prioridad.
—¡Pudieras haber respondido otra cosa! —me enfado y lamento no haber llevado el látigo conmigo.
—Respuesta sincera, de tres palabras. Tú misma pusiste la regla. Es mi turno.
—¿Por qué tu padre sigue atormentándote?
—No lo sé —me encojo de hombros, lo sé en parte, pero no estoy segura. Es lo más sincero que le puedo dar. Vuelvo a la ofensiva— ¿Qué prioridad te hizo regresar?
—Tú, lógicamente —suspira al decirlo y le ha costado. Quién le manda a proponer esto— ¿Me permitirías ayudarte a superarlo?
—Sí, pero tengo miedo.
—Han sido cuatro palabras, Franziska —se acerca un poco, apenas nada—. Lo siento, te castigaré con otra pregunta.
—¡Eso es injusto! —me niego a consentirlo, pero él no atiende mi protesta.
—Sé que te has estado cuestionando por qué compré esa casa… —Miles titubea, pero toma aliento y continúa— ¿Vivirías conmigo si te lo propongo?
Me estremezco y alzo la cabeza, casi me topo con la suya. El maldito ganó terreno sacándome de paso.
—¡No…! N-no, nunca informalmente —de pronto quisiera desvanecerme—. Miles Edgeworth, ya basta.
—Tu pregunta —su aliento es cálido contra mi mejilla, tengo que cerrar los ojos. Un escalofrío me recorre, en contraste con mis cuarenta de fiebre. ¿De qué sirve el apellido? Yo, Franziska von Karma vuelvo a descubrir que no soy más que una mujer. Lo peor es que él no ha hecho nada, sus labios se mantienen a un dedo de mi pómulo izquierdo y se mantendrá ahí, lo sé, hasta que me decida a ponerle fin.
—¿Por qué me es tan difícil?
—Te da vergüenza —susurra gentil, nota mi rubor y sabe que tiemblo, de modo que su tono se suaviza. Como pensé, no hace el intento, pero su respiración es irregular aunque a todas luces pretende mantenerse controlado—. Franziska… no voy a preguntar nada más.
Aparta su rostro de mi mejilla y suspiro molesta, es un final clásico de alguien que adora el ajedrez. Termina como no lo espero y de repente siento un odio visceral hacia él, quiero insultarlo y que a la vez me responda con algo, no importa qué, pero algo que me haga estallar. Y de repente, ahí está. El roce inesperado de su dedo índice recorriendo mi mejilla hace que me cubra el pecho con los brazos y cruce mis piernas, una caricia leve que se repite para tomar curso hasta mi cuello. El mismo dedo levanta mi rostro para encontrarme con su mirada, tan húmeda como la mía.
De ojos cerrados se puede ver un mundo y definir a una persona. Miles Edgeworth, es increíble lo que hallo en ti. Mezcla extraña de chocolate amargo, pimienta, sándalo, tabaco, weinschorle y corteza de fresno. Eso me dice tu boca, que no me permite respirar… ni lo necesito. El aliento no es vida ahora, en este minuto en que tu lengua roza la mía y continúa lloviendo sobre lo mojado. Si clamo respondes más intenso, si consiento en que tus manos acompañen la osadía de tu boca, las encuentro en el bajo de mi espalda. Puedo relegar mis temores y dejárselos a los tontos que como yo, esperan tanto para salvarse.
(*) Myrtha, reina de las willis, es un personaje del ballet "Giselle". Una joven muerta antes de su boda, que cobra vida a medianoche y reina sobre muchas otras que han muerto de igual forma, siendo vírgenes. Con su baile, condena a los hombres que se internan en su bosque, a danzar hasta morir. Es terriblemente hermosa, fría e implacable, pero sus poderes sucumben al salir la aurora.
