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Solamente pasaba diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas pensando en él.

(Paulo Coelho)

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Sajonia, alias Sascha, caminaba hacia su casa con las manos en los bolsillos, no llevaba ni un centavo encima como para tomar un autobús y debía caminar por fuerza. A su alrededor la gente bullía de entusiasmo, como si hubiesen ganado algún campeonato deportivo. Y si tan solo hubiera estado menos ofuscado, se habría detenido a preguntar a que se debía tanto alboroto y quizás habría escuchado algo digno de celebrar, pero lo cierto es que estaba más acervado que la leche agria, había tenido una mañana de perros. Primero se averió el despertador (eso o lo lanzaron contra el suelo sus parientes) y por tanto llego tarde al trabajo, le había costado una larga amonestación más una amenaza de sanción salarial. Luego a la hora del almuerzo recordó que se había olvidado de este en casa y paso hambre toda la jornada, mas tarde al regresar para la comida resulto que Turingia no tenía nada echo y para colmo que tenía una reunión obligada con su oficial de libertad condicional (créanlo) y ya se le hacia tarde. En resumen, aquel día había sido un asco, todo le salió mal y la tripa le rugía furiosa, apenas si pudo tomar algo de fruta de la despensa antes de ir con el oficial.

Uno se preguntaría porque una vieja nación estaba en libertad condicional, pero la verdad es que no era el único que había tenido problemas con la ley en esos años, decídselo si no a Prusia que había tenido que pasar seis meses en los gulags soviéticos por cosa de desobediencia.

Sajonia recordaba bien todo eso, porque estuvo allí el día en que le informaron a su familia de que Hungría intentaba rebelarse y que en esos momentos tal vez estaría siendo sometida por las URSS. Sascha fue de los primeros en girarse hacia Gilbert, el albino estaba estático y no se movió de su puesto durante un rato, luego de súbito se levantó y subió a su habitación; media hora más tarde bajaba con ropas de viaje y sus ahorros en el bolsillo.

- ¿Dónde carajos crees que vas? – le había espetado Hesse y por toda respuesta escucho un sonoro azotar de la puerta.

- Oh no – murmuro Turingia a un costado de Sajonia, pues sabía a donde se dirigía Gilbert, así como sabia también las consecuencias que ese acto tendría.

- Voy tras el – se apresto el hombre y sin decir más, salió de la casa tras su pariente. Gilbert no se detuvo a esperarlo, aun sabiendo que lo seguía, nada le detendría de su misión.

- ¡Gilbo, maldita sea! ¿Qué pretendes hacer, derrotar tu solo a la Unión Soviética?

Pero Gilbert no alentó el paso y siguió andando por horas y horas. El viento se hacía más y más duro y Sascha maldijo el haber salido sin prepararse.

- Si lo prefieres, regrésate. Yo puedo ir solo – dijo por fin Prusia.

- Ni loco, tu solo por esos lares, sería como un suicido.

Y una vez más Gilbert no respondió. Al anochecer ya habían evadido a varios guardias y se dispusieron a cruzar las fronteras, haciendo uso de todo su ingenio y con el corazón latiéndoles a mil por hora, pues no es fácil engañar a la madre Rusia, por muy naciones que ellos fueran.

Entrar en Budapest fue como viajar a una dimensión desconocida, las calles olían a muerte y se veían por aquí y allá muertos. Una rebelión violentamente sofocada al puro estilo de la época. Prusia busco desesperado a la representación de Hungría, Erzsébet Héderváry, pero ella no aprecio por ningún lado, la angustia empezaba a dominarlo.

- ¡Erzsébet!...¡ERZSÉBET! – comenzó a gritar el prusiano y solo los perros contestaron.

Preocupado de llamar la atención de los soldados, Sajonia puso una mano sobre la boca de Prusia y después de forcejear contra el hombre consiguió llevarlo hacia un escondite justo a tiempo para evitar ser vistos por una patrulla. Gilbert estaba histérico, nunca antes lo había visto así, su cuerpo se movía con adrenalina pura y estuvo a punto de estampar su primo contra la pared.

- Basta, Gilbo, si nos capturan no la encontraremos jamás, sabes que no debemos estar aquí – susurraba aterrado Sascha, pues sabia cuan peligrosa era su misión sin necesidad de complicaciones, la histeria de Gilbert podría poner las cosas color de hormiga.

Muy en el fondo era consciente de que no se mostraba tan angustiado como Prusia, porque a él en realidad no le dolía tanto el destino de Hungría. El conocía a Erzsébet, desde había siglos, sí; habían compartido batallas y mesas de reuniones, incluso asistió a la boda de ella con Austria. Pero la verdad, fuera de eso no tenía roce real, no eran grandes amigos, ni mucho menos. Le apenaría saberla muerta, pero no tanto como a otros. Gilbert en cambio tenía todo porque asustarse, él amaba a Erzsébet con locura, eso no era ningún secreto para Sajonia. Y aunque esta lo había rechazado en favor de Roderich, eso bien podría no desanimar el amor de Gilbert. Así que allí estaban los dos, en una empresa que auguraba terribles consecuencias y donde no sabían como encontraban lo que buscaban. ¿Qué más podría salir mal?

Pero nunca es buena idea invocar el mal augurio y una vez más vieron este hecho en acción, uno de los soldados atisbo a los dos hombres escondidos y alerto a los demás en la patrulla, así que Prusia y Sajonia y Gilbert terminaron corriendo por su vida en el laberinto que era Budapest en esos momentos y solo al anochecer pudieron perderlos.

- Maldición – boqueaba Sajonia y solo eso podía articular – maldición.

Debieron rendirse por esa noche (algo que Gilbert no aprobaba) y esperar a que la mañana les diera suerte en su búsqueda. No se escucharon cigarras durante la larga velada, solo roedores corriendo entre los escombros y perros aullando a la luna. La muerte estaba sobre Budapest.

Ni bien amaneció horas más tarde, Gilbert se puso en pie y comenzó a buscar una fuente de alimentos, vano intento si se considera el estado de la zona. Volvió tras una intensa búsqueda, solo llevaba consigo dos diminutos mendrugos de pan, pero Sajonia no tenía ánimos para quejarse. Su cuerpo estaba exhausto y su espirito otro tanto, no quería ni levantarse para seguir buscando, pero hubo que seguir a su pariente que como resorte volvió al ataque una vez comido.

Pero no importo cuanto revisaran o cuanto intentaran indagar, no sabían donde vivía ahora Erzsébet o si ella estaba o no en su casa, tampoco podían asegurar que no estuviera cautiva o que en su defecto alimentara a las ratas de la ciudad. Las naciones no mueren tan fáciles, pero eso no significaba que no puedan sufrir vejaciones.

Casi atardecía cuando Gilbert sintió un extraño pinchazo en el corazón, una sensación indescriptible pero incomoda, guiados por esta llegaron hasta una calle llena de mugre y destrozos, un par de muertos sobresalían de entre los despojos del enfrentamiento, pero fuera de eso no parecía haber moros en la costa. O eso pensaron los dos, pues en un parpadeo arribo a la zona un carro militar y de el bajo nada menos que Iván Braginski. Casi les daba un vuelco el corazón. «Con razón se sentía tan viciado el ambiente» pensó Sajonia y se aseguró de que el escondite en que él y Gilbert estaban no fuera visible ni mucho menos.

Prusia por su parte observaba desde el escondrijo la escena, los soldados no parecían notarlos. Braginski se había adentrado en una de las casas y de pronto su corazón se sintió inquieto. Pero los soldados conversaban animados y no dejaron escuchar nada de lo que pudiera suceder en el inmueble. Pasaron los minutos y pronto se hizo una hora, de repente la puerta se abrió y de ella salía Iván, llevaba cargando al hombro un cuerpo y no pudo evitar sentirse impactado al comprobar que se trataba de Feliks, el mismo Feliks Łukasiewicz que él conocía.

Trato de enfocar al polaco, pero los soldados moviéndose no le permitían gran vista, solo podía asegurar que Łukasiewicz estaba herido e inconsciente, era notoria la sangre en su cabeza. Algo terrible había sucedido en esa casa.

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Continuara...


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Pequeñas notas históricas:

* La revolución húngara se llevo a cabo del 23 de octubre al 10 de noviembre de 1956 como una forma de rebelión contra la URSS a la que habían sido anexados después de la segunda guerra. El conflicto comenzó con una marcha civil que apoyaba el derecho de Hungría a elegir un gobierno propio y no necesariamente comunista. Tras la victoria del ejercito soviético hubo arrestos masivos y acusaciones por meses. La discusión pública acerca de la revolución estuvo prohibida en Hungría hasta los años ochenta. Actualmente se conmemora el 23 de octubre como día de fiesta nacional en conmemoración de la Revolución de 1956.

* Erzsébet es el nombre de Elizabetha en húngaro.

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Kykyo: Si es genial, mas apasionado y todo. Jaja

Dangara2610: Gracias, me alegro que te gustara. Si las gemelas son lo máximo, jaja. Vaya, me asalta la curiosidad, ¿Qué te recomendó el fic? n_n