CAPÍTULO 3
(Syaoran)
Sakura no había dormido con Tomoyo aquella noche.
Recuerdo que realmente no entramos en el local, porque llamaron a la policía y el Hard Rock Café se llenó de paramédicos. Una pelea en uno de los baños, dijeron. Aunque yo no lo creía del todo, ese restaurante siempre había sido muy tranquilo, a pesar de la música alta y el alcohol que iba y venía en manos de Sakura y las otras dos camareras. Solo vimos salir, detrás de las vallas metálicas que decoraban la puerta, al chico de la limpieza siendo arrastrado por un par de médicos, y a la policía haciendo inspección y echando amablemente a los clientes del lugar. Y ella ni siquiera había dado señales de vida. Había apagado su móvil y había desaparecido. Como si se la hubiese tragado la tierra.
— Tierra llamando a Syaoran… —a mi lado, Eriol aún seguía desayunando su bollo de crema—. Esto está de muerte, en serio.
— Lo que tú digas —escupí, agarrando más fuerte las asas de mi mochila. El semáforo se puso en rojo justo cuando íbamos a empezar a caminar por el paso de cebra. Sentí un manotazo en la base de la coronilla—. No estoy para tus tonterías, déjame.
— Joder, no sabía que la abstinencia te ponía tan insoportable.
— Claro. Es que no todos tenemos sexo por primera vez después de un año y medio de relación.
Eriol puso los ojos en blanco. Aquella debió ser la mejor noche de su vida, al contrario de la que había pasado yo. Por causas de la vida que a él le habían dado igual, el piso de su novia estaba completamente vacío, y vivíamos realmente cerca uno del otro. Así que imagino que para él fue como si le abrieran el cielo de par en par. Ni siquiera se molestó en saber si Sakura estaba muerta en algún callejón o solo se había perdido. ¿Qué más daba, verdad? Donde había sexo que se quitara la amistad.
Claro que sí, como buen amigo que era.
— Touya me dijo anoche que Sakura estaba en su casa, porque aún seguía asustada por lo sucedido —explicó, empezando a andar delante de mí; tardé en seguirle—. Así que ya puedes quitar esa cara de ajo pocho y dejar de pensar que me importa una mierda todo lo que no sea yo y mi propio placer.
— Ni siquiera respondió mis mensajes para contármelo —me quejé, de mala hostia—. Como si le diese igual.
— Estoy seguro de que simplemente no tenía ánimo para hablar con nadie, y que solo quería dormir. No te enfades demasiado con ella…
— Ni siquiera vino a desayunar —me excusé.
— Se habrá quedado en casa.
Algo se me estaba empezando a hinchar, y no precisamente por una noche de sexo amateur.
— ¿Es que tú tienes siempre respuestas para todo?
— No, claro que no —sonrió—. Pero sé que no puedo hacer otra cosa para que dejes de pensar en ella además de responderte a todo y hacer como que me da igual.
— Pues no funciona. Me estás empezando a tocar la paciencia.
Por no decir otra cosa…
— Está bien, está bien. Yo paro. Pero tú quita esa cara de agrio, que seguro que no ha sido nada de lo que preocuparse…
— ¿Y si le han hecho daño o algo así?
Eriol me miró por un par de segundos, y acto seguido empezó a reírse como un loco, agarrado a su propio estómago. El timbre había empezado a gritarnos que íbamos a llegar tarde a clase, y el resto de estudiantes corrió escaleras arriba como posesos. Me apoyé contra las enormes rejas de la entrada y esperé a que empezara a respirar otra vez. Al parecer lo que acababa de decir era completamente descabellado y nada relacionado con que estuviese enamorado de ella hasta las cejas.
— Oh, por favor, Li. No puedo creer que después de tantos años de amistad te cueste ser directo conmigo y contarme lo que te pasa.
Y después siguió andando, despeinado y con la mochila colgada de un solo hombro. Tan tranquilo como siempre.
¿Qué cojones… acababa de pasar?
— ¿Se puede saber de qué te ríes tanto? —Lo alcancé cuando estaba a punto de entrar en el aula, y él solo me miró como si hubiese tenido la reacción más normal del mundo; aún no había llegado el profesor—. Me parece que es la preocupación más normal del mundo, ¿no?
Eriol alzó las cejas.
— Vamos, Li. A ti no te preocupaba eso, sabías que su hermano estaba con ella —bueno, eso era cierto, pero…—. A ti lo que te asustaba era que se hubiese ido con Yukito a algún otro sitio a hacer cualquier otra cosa.
Ohg. Odiaba que aquel estúpido peliazul tuviese siempre la razón. Si no me había preocupado que Sakura trabajase allí porque sabía que su hermano la cuidaba, no iba a asustarme ahora por una pelea entre borrachos. Pero si Yukito había conseguido convencerla para quedar fuera del horario laboral, no podría haber soportado que él la tocase. De hecho, no podría haber soportado que nadie la tocase. Ella no estaba hecha para ese tipo de encuentros efusivos y vacíos. Y no es que estuviese muy seguro de ser lo mejor para ella, pero si lo suficientemente bueno como para ser mejor que lo que él le diese. Era algo extraño de explicar.
— Eres imbécil.
— Oh, no. El imbécil eres tú. Deberías pensarte lo de tragarte tu estúpido miedo y plantarte en su casa.
— Pero…
— ¿Pero? —Ahora sonaba indignado—. Si Touya no te ha partido los huesos uno a uno como si fuesen mondadientes no creo que lo haga ahora.
— ¡No estoy asustado por eso!
— No, claro. Solo son celos, ¿verdad?
El señor Fujitaka nos agarró un hombro a cada uno por la espalda, y nos miró con una sonrisa que me puso los pelos de punta. Nunca sabías cuando la fingía realmente, porque siempre sonreía de la misma forma. Cada uno de los días. Sin. Excepción.
— Buenos días chicos, hoy Sakura prefirió desayunar en casa, espero que no os moleste —Eriol asintió, sonriente. Mi cara no reflejaba ningún sentimiento en particular—. Estoy seguro de que ella misma os llamará para disculparse. ¿Queréis pasar ya?
— ¡Oh, por supuesto! —Fingió él, pellizcándome en el estómago—. Estábamos a punto de entrar, ¿verdad, Syaoran?
— S-si, si, claro.
— Eso pensé — se rió el hombre—. No me gustaría pensar que habéis abandonado la asignatura o algo así…
» El amor no siempre es compatible con las clases… ¿Verdad, Eriol?
Siguió andando con sus libros debajo del brazo, y ahora fui yo quien me descojoné en su cara entrando detrás del profesor. No era el único que pensaba que su cara de recién-follado era evidente. Después de verle tan distraído, no sabía si realmente yo quería lo mismo con Sakura, pero lo que sí estaba claro es que lo prefería mil veces a la sola idea de verla con alguien más. En algo tenía razón. Tenía demasiado miedo a perderla. Y debía ir a buscarla cuanto antes.
(Sakura)
Su despacho era algo más pequeño que los del resto del profesorado, porque estaba al final del pasillo, pero eso a él le daba igual. Lo había decorado con frases motivadoras y un enorme mapa a un lado de la sala. Pasaba allí gran parte de sus tardes atendiendo alumnos, era de los que pensaban que pocas palabras podían cambiarte la vida. Aunque yo no me paré a leerlas. Me ofreció asiento en la silla frente a él y entrelazó los dedos sobre su escritorio. Parecía decirme que con él no debía fingir.
— He tenido muchos alumnos que han aprovechado mi cercanía para pedirme terapia gratis, pero tú eres diferente, señorita Kinomoto— admitió, con un gesto serio y tranquilo, para nada intimidante. Como si charlase con su hija mayor—. Me he chocado con muchas personas, mayoritariamente chicas, con la misma mirada que tú. A mí no puedes engañarme.
— Señor…
— Quería ser directo, no me gustan los rodeos en las situaciones incómodas —Se alzó, dejando recta su figura, al tiempo que yo me hundía todavía más—. Quiero que me visites una o dos veces a la semana para que hablemos del tema. En otras palabras…
No lo digas, no lo digas…
— Terapia.
Lo sabía. Sabía que había estado leyendo todo eso en clase para que me sintiese identificada y tuviese claro que necesitaba buscar ayuda. Pero que la terapia corriera a manos de tu profesor era un poco paradójico. Una estudiante de psicología que necesitaba ir al psicólogo. Aunque él nos había explicado en sus primeras clases, hace un año, que igual que los médicos necesitaban ir al médico, los psicólogos necesitan ir al psicólogo. Era interesante que me considerara uno, faltando dos años para acabar. Según él ya estaba metida en el tema, y eso me hacía capaz de tratar ciertas cosas.
Definitivamente, tenía demasiada fe en mí.
Esperó mi respuesta, sin moverse, y mirándome fijamente. Pensé un segundo en la cara que pondría Syaoran si notaba que no era capaz de sostener su mirada, cuando era una de las cosas que más me gustaba hacer, y decidí que necesitaba dejarme ayudar. Sabía que el señor Sasaki sería perfectamente capaz de separar aquellas terapias de su trabajo. Pero no estaba tan segura de si me seguiría mirando igual después de saberlo todo. No quería que su opinión cambiase a la mitad de la terapia y decidiese dejarme tirada. Su opinión sobre mi persona, quiero decir.
— Se lo agradezco mucho, pero…
— No puedes pedirme que me quede quieto mientras una de mis mejores alumnas sufre de esa forma. ¿Acaso no os he contado por qué decidí estudiar psicología?
Pues me imagino que por lo que la mayoría de jóvenes se aventuran a lo mismo. Por vocación.
—Sí, pero…
— Te preocupa que lo que me cuentes vaya a cambiar mi visión sobre ti—adivinó—. Eso está vetado de la cabeza de un psicólogo. La primera regla es tratar con respeto al paciente sea cual sea su problema, ¿Es que ya no te acuerdas de lo que estudiaste el año pasado?
Touché.
— Claro que sí, pero…
— Pues deja de poner peros. —Se quejó, empezando a crisparse. Noté que le estaba temblando la ceja de pura impaciencia; tenía los ojos cerrados— Si vas a sentirte mejor, puedo pasarte una factura simbólica. Pero no vas a irte de mi despacho sin que digas que sí.
(Touya)
— Papá —lo llamé, aparentando normalidad— ¿Tienes un segundo?
Aunque, la verdad, no lo conseguí. No había querido ni dejar la bata en el laboratorio por no perder tiempo, y ahora media cafetería de la facultad me estaba mirando. mi padre fue el primero que alzó una ceja en mi dirección, con los palillos a medio camino entre su boca y el arroz. Seguro que su primer pensamiento fue acerca de Sakura. Sorprendentemente, hoy estaba solo, así que no tardó en cederme un sitio frente a él y asentir, dándome permiso para hablar.
— Es por ese hombre, ¿verdad? —murmuró—. Tienes la cara descompuesta.
— Normal —escupí, tirando la bata a un lado de la mesa—. Hoy me lo crucé de camino al laboratorio, y me sonrió y todo: dice que no va a dejar que esa paliza se quede así por las buenas. Que fue ataque personal y no sé qué otras estupideces.
— ¿Ataque personal? ¿Y el suyo, qué?
— Ese es el punto al que quiero llegar; si no hablamos pronto con mi hermana para preguntarle su opinión al respecto, tal vez debamos confesar nosotros por las malas.
Soltó por fin los palillos, realmente consciente de la situación; pocas veces lo había visto ponerse tan serio y nervioso.
— No, no, no. No podemos hacer eso sin escucharla.
— ¿Y la otra opción cuál es, eh? ¿Dejar que me acuse de darle una paliza sin motivo alguno?
Se lo estaba pensando. Vi que su expresión empezaba a tornarse siniestra, sacando su misma sonrisa de siempre, y mirando por encima de mi cabeza. Me tensé. Y después le interrogué con la mirada. Él solo articuló "Syaoran" con cuidado de que aquel mocoso lo viera. Si había escuchado algo, estábamos definitivamente perdidos delante de mi hermana. No habría posibilidad alguna de convencerla.
— ¿Puedo sentarme, señor?
— ¡Claro! Nunca viene mal la buena compañía.
— Supongo que estarás de broma, ¿verdad? —Él negó meneando suavemente la cabeza; el chico solo tomó asiento a mi lado y entrelazó sus dedos sobre la mesa—. Estábamos hablando de algo importante.
— La respuesta es "no, ya lo hablaremos con más calma en casa" —se limitó a responder, y después dedicó una sonrisa más sincera que la primera al mocoso— ¿Querías hablar de algo en especial, Syaoran?
— No quería tener que molestarles con esto pero… estoy algo preocupado por Sakura —Bajó la mirada, yo alcé las cejas, y mi padre solo asintió. Estaba claro que él pensaba desde que le conoció que sería un buen compañero para mi hermana. Cosa que a mí, personalmente, me revolvía las tripas—. Cuando llegué al Hard Rock Café nos lo encontramos acordonado, según nos contaron, por una simple pelea entre borrachos. Pero yo dudé de eso. Ese sitio es bastante tranquilo y nunca pasan cosas como estas. Tal vez Touya, que estaba ahí dentro, sepa explicármelo mejor.
— No hay nada que explicar —murmuré—. No hay más de lo que te contaron.
— Entonces no entiendo por qué Sakura no durmió con su amiga como siempre. Aunque solo fuese un pequeño susto, no es tan grave como para tener que volver a casa, ¿o sí?
— Pensamos que era lo mejor para ella —añadió mi padre, con calma—. Pero nada más. Me alegra que Sakura tenga amigos que se preocupen así por ella.
El chico negó. Estaba claro que la palabra amigo le había dolido. Lo que afianzaba todavía más mis sospechas de que quería quitarme lo más importante para mí en mis narices. No podía estar más de cinco minutos cerca de ese mocoso. Me superaba.
— Creo, señor, que usted sabe como yo por qué me estoy preocupando por ella —intentó dialogar, aunque su voz temblaba de miedo—. En China también hay facultades de Arqueología.
— Lo sé.
— Y hace ocho años, me hubiese reído en la cara de cualquiera que siquiera sugiriera la idea de quedarme en un sitio como este por gusto. Yo la amo.
Incluso mi padre dio signos de sorpresa. Reconozco que no me esperaba algo así dicho tan directamente. Debía estar demasiado desesperado para suplicar por información de aquella forma. Ciertamente. Desde que le vi por primera vez, acosando a mi hermana en el recreo, había pasado mucho tiempo. Y tal vez había cambiado, puede que incluso yo ya lo supiera dentro de mí. Pero igualmente ese rencor hacia él no desaparecería nunca. La idea de ceder la responsabilidad de cuidar de ella en alguien más no me agradaba lo más mínimo. Aunque reconozco, porque no estoy ciego, que no lo haría nada mal. Saber artes marciales ayudaba, desde luego.
— Decir eso son palabras mayores, Li, ¿es consciente de eso?
Su registro había cambiado. Ahora se dirigía a él con cierta distancia y seriedad. Quizás buscando que se asustara y se retractara de lo que acababa de decir. Pero nada más lejos de la realidad.
— No digo nada sin meditarlo previamente, señor. Usted me conoce.
Él le dio la razón, asintiendo solo una vez. Tal vez sus dos años como alumno eran suficiente para él, pero yo nunca estaría seguro del todo. Había algo en él que no terminaba de convencerme.
— Lo hago, sí.
— Y por eso quería pedirle algo, si no le molesta demasiado.
— Claro, chico. Pídeme lo que quieras.
— Me lo dirían, ¿verdad? —por primera vez en toda la conversación, también se dirigió a mí directamente. Sus ojos eran los de un cachorro perdido y mojado en una caja de cartón—. Si algo le estuviese sucediendo, quiero decir. No quiero atosigarla con preguntas a ella, pero quería asegurarme de que me avisarían si… bueno…
— Es algo complicado, a Sakura no le gusta preocupar a las personas que aprecia —le sonrió, como si de su hijo pequeño se tratara—. Pero puedes estar tranquilo, Touya te avisará tan rápido como ha venido a buscarme a mí.
— Entonces… Admite que algo no está en orden.
— La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy duces, Syaoran —recitó, cambiando de tema—. Estoy seguro de que ella misma abrirá su corazón cuando llegue el momento.
Nos miró, primero a mí y luego a mi padre, y asintió con reverencia. Después, salió de debajo de la mesa y metió la silla de nuevo en su sitio. Aparentemente, todos sus nervios se habían ido de golpe.
— Muy bien. No volveré a sacar este tema con o sin Sakura. Confiaré.
Y luego se fue. Como si fuese el protagonista de una película de samuráis y se estuviese haciendo el fuerte. Mi padre por su parte volvió a coger los palillos y sonrió pensando un "que aproveche" mientras volvía a comer, como si nada. Como si ese chico no acabase de admitir que quería acabar por separarla de nosotros.
— No puedo creerlo, papá.
— ¿El qué? ¿Qué confíe en ti aunque le odies? —se rió, sin mirarme—. Está claro que ese chico está demasiado preocupado por ella.
— Eso no lo discuto. Pero no termino de entender por qué te fías tanto de él. Quiere… quitármela.
Me agité de un escalofrío. Él por su parte solo sonrió.
— No quiere quitártela, Touya. Quiere cuidarla.
— ¿Y cuál es la diferencia?
— Pues es muy simple, y me extraña que un hombre tan observador como tú no la notara —alzó los palillos. Y sí, es posible que cuando él se acercara le observase más a él en sí que a las señales que transmitía. Como si me bloquease—. Le brillan los ojos.
