Por fin encontré un tiempo para actualizar... espero lo disfruten... nos vemos después abajo... :)


CAPITULO 3

Zoro caminó de vuelta a la oficina, ligeramente encorvado para evitar que la nieve le golpeara de lleno en la cara. Las calles estaban solitarias. El único vehículo que había era la máquina quitanieves. No tenía intención alguna de conducir a casa en aquellas condiciones. El trayecto sería espantoso y la vuelta matutina al trabajo, una tortura. Mientras caminaba, trató de apartar de su mente la lúdica imagen de Robin. Su expresión luminosa, sus mejillas sonrosadas por el frío invernal, su mirada resplandeciente y traviesa mientras formaba nuevas bolas de nieve. En el trayecto entre la oficina y el hotel, Zoro se había dejado embriagar por su infantil felicidad. Verla disfrutar, totalmente libre de pudor social, llena de vida, había removido algo incómodo dentro de él.

Se sacudió la nieve del abrigo al entrar en el edificio de Wintersoft, sin dejar de pensar en Robin. El problema de aquella mujer era su exceso de espontaneidad. Se dejaba guiar por los impulsos sin pensar en las consecuencias. Su exuberante modo de disfrutar era a la vez contagioso e irritante. Zoro siempre había vivido en Boston y, hasta entonces, jamás había participado en una batalla de bolas de nieve. Sin embargo, en cuestión de segundos, Robin había logrado alterar su forma normal de comportamiento incitándolo a participar en un juego algo infantil.

Hermosa y viva, pero traicionera —dijo él al entrar en su despacho.

Se quitó el abrigo y lo colgó, sin poder evitar pensar en los cuatro meses de relación que habían vivido. Por primera vez en su ya larga existencia se había dado cuenta de que necesitaba algo más que ordenadores y programas, que la vida no sólo consistía en estudiar y trabajar.

Habían compartido largos paseos por la playa, noches de pasión y mañanas de ternura. Le había enseñado a jugar al Monopolio, a pasear por las calles, a disfrutar de pequeños restaurantes, a comprar en tiendas divertidas, ropa que jamás antes había pensado en ponerse. Al atardecer habían acabado siempre en el apartamento que él había alquilado, porque ella compartía una casa con media docena de amigos, y necesitaban intimidad.

Robin le había hecho creer que quería lo mismo que él, que eran espíritus gemelos y que podrían compartir su presente y su futuro. Pero, la realidad lo había desengañado cuando Wintersoft le había ofrecido un trabajo que para Zoro significaba el inicio perfecto de su vida con Robin. Desde su punto de vista, un extraordinario empleo en su ciudad natal y una mujer adorable eran las dos cosas que completarían su vida.

Había sido un necio, sin duda, al creer que tenían los mismos intereses. Miró el reloj. Eran aún las siete. Todavía tenía tiempo de ponerse a trabajar. Quizás, con un poco de suerte, lograría dar con aquel pirata que no sólo había alterado su trabajo, sino también su vida.

Ese sería el único modo de conseguir que Robin se marchara cuanto antes y de recuperar la tranquilidad.

Unos golpes en la puerta captaron su atención.

Tashigi Winters entró en el despacho.

Me imaginaba que te habrías quedado a trabajar hasta tarde —dijo ella y miró de un lado a otro—. ¿Y Robin?

Acabo de acompañarla al hotel. Quería descansar para poder empezar mañana a primera hora.

Me parece estupendo. Querría haberme pasado antes, pero tenía reuniones —se apoyó en el marco de la puerta—. Ahora que ya se han conocido, espero que congenien y puedan hacer un buen trabajo juntos.

Lo cierto es que yo ya conocía a Robin.

Tashigi lo miró sorprendida.

¿Sí?

Asistimos juntos a un curso en la Universidad de California.

¡Vaya! —sus ojos se fijaron en él, provocándole la sensación de que podía ver más allá, que era capaz de leer en su mirada que la conocía muy bien—. Se ha creado una merecida reputación en la industria informática. Varias revistas del sector han sacado impresionantes artículos sobre ella. Por lo que he leído, no suele salir de su oficina en California. Hemos tenido suerte de que accediera a venir. Espero que sea la persona que necesitamos. Lo único que importa es que te ayude a resolver el problema —dijo con énfasis—. Bueno, me marcho. Y creo que tú deberías hacer lo mismo si tienes intención de irte a casa. He oído que las carreteras están muy mal.

En el momento en que Tashigi salió de la oficina, él se sentó en su silla y volvió a quedarse pensativo. Sin duda, sentía su orgullo herido. Se suponía que era uno de los mejores técnicos de la profesión y, por algún motivo, sentía que no le estaban permitiendo utilizar todo su potencial.

«Un hombre sólo es lo que demuestra ser con su trabajo», resonaron las palabras de su padre y de su madre en su cabeza.

¿Qué tan bueno demostraba ser si la empresa requería contratar ayuda externa para solucionar un problema?

Al recordar a sus padres, pensó que hacía más de un mes que no había hablado con ellos. Eran gente muy ocupada y raramente contactaban. Lo que necesitaba hacer en aquel instante era centrarse en su trabajo y resolver el problema por si solo, para lograr librarse de Nico Robin de una vez por todas.


...


Robin durmió profundamente, como siempre. Daba lo mismo el tumulto emocional o mental en que se hallara, en el instante en que cerraba los ojos se quedaba plácidamente dormida.

Sabía que era afortunada por ello.

Pero también sabía que había sido un mecanismo de defensa adquirido tiempo atrás para poder lidiar con el problema de su madre. Siempre había requerido toda su energía para enfrentarse a ella.

Se levantó de la cama y se apresuró a acercarse a la ventana. Las calles nevadas producían el efecto de una ciudad de caramelo. Admiró la escena durante unos segundos y luego se apartó de la ventana. El descanso nocturno le había proporcionado suficiente energía para enfrentarse al reto que le esperaba aquel hermoso día. Se sentía fuerte y capaz de superar cualquier traba que Zoro quisiera ponerle. Lo conocía y sabía hasta qué punto podía afectar con su frialdad a los que lo rodeaban. Pero no iba a permitir que la perturbara.

A eso de las siete de la mañana ya estaba vestida y desayunada. Definitivamente, no iba a esperar a las nueve para ir a la oficina. Además, estaba segura de que él llegaría antes también.

Recorrió las nevadas calles hasta llegar al edificio de Wintersoft, mientras pensaba en el hecho de que él no se hubiera casado. No la sorprendía. Soportar a Zoro y cumplir con sus ideales de esposa perfecta eran dos actos heroicos a los que, al menos ella, no había querido comprometerse, ni querría jamás. Tampoco parecía que él tuviera intenciones de pedírselo a juzgar por su irritante encuentro del día anterior.

El guardia de seguridad la saludó al entrar y le pidió que firmara el libro de registro. Recorrió los silenciosos pasillos de la oficina hasta llegar al despacho de Zoro. No se sorprendió de que la puerta estuviera abierta. Pero sí se quedó atónita al descubrir que él estaba allí, con lo que parecía la misma ropa del día anterior, profundamente dormido con la cabeza apoyada sobre el teclado del ordenador. La inesperada visión la perturbó. Se había quitado la chaqueta y la fina tela de su camisa dejaba adivinar la fuerte musculatura de sus hombros anchos.

Debería haberlo despertado de inmediato, pero no lo hizo—. En lugar de eso, se quedó observándolo.

Seguía siendo el hombre más guapo que había conocido. Tenía unos rasgos perfectos que parecían haber sido esculpidos por un artista. Su rostro era firme y masculino, con grandes pestañas que ensombrecían y daban profundidad a su mirada. Tenía los labios ligeramente entreabiertos y aspiraba profundamente. Recordó los besos apasionados que había recibido de aquella boca. Quizás pareciera inmensamente frío, pero ella sabía muy bien hasta qué punto podía ser apasionado en el trabajo y en la cama. De pronto, abrió los ojos y las pupilas verdes se fijaron en ella con fiereza.

Alzó la cabeza de inmediato.

¿Qué hora es? —preguntó, y movió los hombros para liberarse del dolor.

Son casi las siete y media.

Te había dicho que vinieras a las nueve.

Ella hizo un gesto de indiferencia.

Decidí venir más pronto —antes de que él pudiera levantarse, le posó las manos en los hombros y comenzó a darle un masaje. Notó los músculos tensos bajo sus dedos.

Antes siempre te dolía la espalda —dijo ella.

Deberías haber sido fisioterapeuta profesional —dijo él.

Espera a que recibas la cuenta, ya verás —bromeo ella. Aprovechó el momentáneo acercamiento para tratar un tema que la perturbaba—. Zoro, sé que no estás particularmente contento de que haya venido...

Ella notó que él se tensaba.

No estoy particularmente contento de que Wintersoft haya contratado a alguien externo para solucionar un problema mío —respondió él.

En cualquier caso, aquí estoy, y no quiero que el pasado se interponga en nuestro trabajo, que los sentimientos dificulten las cosas —dijo Robin.

Nuestra historia terminó hace mucho tiempo. Yo no siento rencor —dijo él en un frío tono, carente de emociones.

Robin habría querido poder leer en su rostro si lo que decía era cierto.

Robin, sé que ayer estuve un tanto desagradable —continuó él—. Pero es porque me juego mucho con este proyecto y un indeseable pirata amenaza con arruinarlo todo.

Tranquilo, Zoro, lo cazaremos —le aseguró ella.

Continuó con el masaje durante unos segundos más, hasta que notó que sus músculos se habían suavizado. Entonces deslizó la mano lentamente por su nuca hasta hundir los dedos en su abundante pelo.

Él se levantó de inmediato, como impelido por una fuerza superior.

Puedes empezar a trabajar mientras yo me refresco un poco.

Dicho aquello, se dirigió a toda prisa al lujoso baño y cerró la puerta. La suave sensación de su cabello quedó impresa en los dedos de Robin. Su cabeza se llenó de pronto de pasados recuerdos sobre sus encuentros amorosos. Ella se sentó en la silla y trató de apartar de su mente aquellas imágenes, pero le resultó difícil. Zoro no había sido su primer ni su último amante. Pero no había tenido tantos y, desde luego, ninguno tan especial. Había habido entre ellos, desde el principio, una compenetración especial, algo que los había unido mágicamente.

Durante el día, en las clases, competían ferozmente. Sin embargo, al llegar la noche, hacían el amor con entrega y pasión.

«Amor», repitió mentalmente ella. No, no había sido amor lo que habían sentido, sino pasión. Sus sueños y su visión de la vida no habían coincidido en absoluto.

Robin encendió el ordenador y observó la pantalla mientras se iluminaba. El sonido de agua corriendo le hizo pensar que el cuarto de baño debía de tener una ducha. Trató de no visualizar el cuerpo desnudo de Zoro. Introdujo la contraseña de acceso a los ficheros de Utopía. En aquel instante, la puerta se abrió y una hermosa mujer impecablemente vestida entró en el despacho.

Ya veo que tenemos en la oficina una nueva madrugadora —dijo la recién llegada con una amplia sonrisa en los labios—. Hola, soy Tashigi Winters.

Señorita Winters, es un placer —respondió Robin y le estrechó la mano.

Por favor, vamos a conversar —señaló la silla para que Robin se sentara—. Lamento no haber podido pasar ayer a tiempo de recibirte. Estuve reunida la mayor parte de la tarde. Espero que te encuentres bien en el hotel.

Tengo una habitación preciosa, gracias.

Tashigi miró hacia la puerta del baño.

Asumo que Zoro está ahí dentro.

Robin asintió.

Creo que ha pasado la noche aquí.

No me sorprende. Siempre le digo que no sé para qué se gasta el dinero en una casa, si pasa todo su tiempo aquí.

Ya era así cuando lo conocí. Está bien ser responsable, pero yo siempre trato de convencerlo de que sólo trabajar le va a convertir en una persona muy aburrida.

He oído que Robin está murmurando a mis espaldas.

Robin miró hacia la puerta del baño y vio salir a Zoro con un traje limpio y una camisa impecable. Se acercó a ella y la rodeó con su aroma a limpio. Tashigi se rió en un claro intento de distender la atmósfera que se había creado.

No está diciendo nada que no sepamos, Zoro. Todo el mundo sabe que trabajas demasiado —dijo ella y se volvió hacia Robin—. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en hacérmelo saber.

Muchas gracias.

Dicho aquello, Tashigi salió.

Será mejor que nos pongamos a trabajar —dijo Zoro en el instante en que estuvieron solos. Se sentó ante su ordenador y tecleó el código de entrada.

Estás enfadado conmigo, ¿verdad? —preguntó Robin.

¿Por qué debería estarlo?

Porque me has oído decir que eres aburrido.

No tengo motivos para enfadarme cuando me consta que no sabes nada de mí, Robin. Hace cinco años que no nos hemos visto, desconoces por completo lo que ha sido de mi vida desde entonces —con cada palabra sonaba más y más a la defensiva.

Háblame de ti ahora.

Él frunció el ceño.

¿Qué?

Cuéntame cómo ha sido tu vida, cuáles son tus aficiones, cómo son tus amigos.

Nada de eso es de tu incumbencia. Además, no tenemos tiempo. Hay mucho trabajo por hacer —dicho aquello, se concentró en la pantalla de su ordenador.

Robin había hecho esas preguntas con el ánimo de lograr un pequeño acercamiento. Pero estaba claro que el efecto logrado había sido justo el inverso.

Tenía que concentrarse en su trabajo y olvidarse del hombre que se sentaba a su lado. Trabajaron en silencio durante un tiempo, analizando cada segmento del programa, buscando claves que los ayudaran a encontrar al pirata. Pero Zoro olía demasiado bien y a Robin cada vez le resultaba más difícil concentrarse. No podía evitar que su mirada se desviara de la pantalla hacia las manos masculinas que tecleaban con prisa. Siempre le habían gustado sus dedos largos. Apartó la vista y trató de no recordar cómo aquellas manos la habían acariciado, habían arrancado de su boca suspiros de placer.


...


La hora de la comida llegó y Zoro no hizo ni el más mínimo amago de tomarse un descanso. Robin recordó lo increíblemente competitivo que era. Aquella actitud despertaba en ella su espíritu de lucha. No iba a ser la primera en sugerir un descanso. Podía trabajar tanto tiempo como quisiera sin parar. Además, una vez metida en la tarea de analizar aquel prodigioso programa las horas iban pasando sin que se diera cuenta.

Admiraba a Zoro. La inteligencia en un hombre siempre le había resultado atractiva. Pero, además, él lo combinaba con un extraordinario físico. Trabajar a su lado le resultaba complicado, pues despertaba en ella deseos dormidos de un modo que ningún hombre lograba despertar. No obstante, la idea de retomar una tormentosa relación con él no era ni de lejos una opción. Su separación había sido lo más doloroso que le había sucedido en su vida. Jamás volvería a ponerse en una situación semejante. En varias ocasiones a Zoro lo interrumpieron con llamadas y una de ellas lo obligó a salir del despacho. Robin aprovechó el momento para sacar un paquete de galletas y tomarse un plátano de la cesta de fruta. Dio gracias de que Smoker y Tashigi Winters hubieran decidido enviarle algo tan nutritivo en lugar de un ramo de flores.

Acababa de terminarse la fruta cuando él entró. Se sentó con el ceño fruncido.

¿Por qué tienes que comer mientras trabajas? —preguntó él recogiendo con rabia los restos de migas.

Porque tú no paras para comer. No hemos almorzado siquiera y son ya las seis de la tarde. De momento tampoco te he oído mencionar la posibilidad de una cena. Puede que tú puedas vivir sin comida, pero yo la necesito para pensar.

Él la miró sorprendido.

Si querías parar a comer, ¿por qué no lo has dicho?

Porque a eso de la una decidí que si tú no querías parar, yo no lo haría. Sé lo importante que es esto para ti. Pensé que, quizás, invirtiendo más tiempo seguido, lograríamos dar con el problema. Pero no hemos avanzado nada y yo estoy hambrienta —dijo ella con frustración.

Siempre te pones de malhumor cuando no has comido adecuadamente.

Pues si piensas que estoy de malhumor, espera un par de horas más y verás.

Supongo que podríamos pedir una pizza, pero sólo si me prometes no comértela delante del ordenador.

En este momento sería capaz de prometerte que me la voy a comer colgando de la ventana con tal de que la pidas.

Un ligera sonrisa se dibujó en los labios de él. Aquel inesperado gesto le provocó Robin un escalofrío.

No hace falta que llegues a tanto —le aseguró él—. Te gustaba de salami y champiñones, ¿verdad?

Le sorprendió que recordara aquel detalle y asintió mecánicamente. Se creía inmune a los encantos de Zoro, pero una insignificante sonrisa había sido capaz de desarmarla por completo y de despertar sueños, de crear ilusiones dentro de ella. Esperaba que todo fuera producto del hambre y que un poco de comida aplacara tan confusos sentimientos.


...


Tashigi Winters salió de la última reunión del día ansiosa por marcharse a casa. Pero se encontró con una visita inesperada.

¡Marco! —no pudo evitar fruncir el ceño al ver al hombre que había sido su marido años atrás. Llevaban divorciados cinco años. Su matrimonio sólo había durado dieciocho meses.

Hola, Tashigi. ¿Trabajando hasta tarde, como siempre?

Marco Baxter era un hombre atractivo, de pelo rubio y sonrisa agradable. Llegó a casarse con él por una combinación de razones: para agradar a su padre, porque pensaba que hacían una buena pareja y porque amaba Wintersoft tanto como ella. También había pensado que el matrimonio era el paso adecuado que dar en aquel momento y Marco le pareció el hombre adecuado. Pero ninguna de dichas razones fueron las adecuadas. El divorcio fue doloroso, pero mucho más lo era vivir con él.

Me voy a casa —dijo ella—. ¿Qué haces aquí a estas horas?

He venido a tomar algo con tu padre.

Ya —dijo ella, sin ocultar su desagrado ante la noticia—. Creo que últimamente ves a mi padre más que yo.

Me gusta estar con él y me da buenos consejos.

¿Qué tal va tu búsqueda de trabajo?

Marco había perdido recientemente su puesto de trabajo, en un recorte presupuestario que la compañía había tenido que realizar.

Bien. Tengo algunas buenas propuestas. Además, con la indemnización que recibí tengo para poder sobrevivir un tiempo sin agobios. De hecho, estoy disfrutando de mi tiempo libre.

La sorprendió inclinándose sobre ella y retirando de su rostro un mechón de pelo. El gesto fue innecesario y excesivamente íntimo a gusto de Tashigi. Ella retrocedió.

Estás muy guapa —dijo él—. El azul siempre te ha sentado bien. Me encanta verte así vestida. Bueno, será mejor que me vaya. No quiero hacer esperar al Sr. Smoker.

Marco se alejó por el pasillo y Tashigi se pasó la mano por la falda, en un gesto incómodo. No le gustaba la sensación de que Marco le hiciera cumplidos. Le resultaba extraño. En las últimas semanas había pasado con frecuencia por las oficinas de Wintersoft y aquella situación no le gustaba a Tashigi.

He visto a tu ex marido por aquí.

La cálida voz de Conis la sorprendió.

Creo que ha venido a tomarse unas copas con mi padre.

Lo mejor que has hecho en tu vida fue divorciarte de él —dijo Conis con total sinceridad—. Jamás entendí el apego que le tenía Smoker.

Cuando nos divorciamos temí que mi padre jamás me lo perdonara —recordó con pesar aquellos dolorosos momentos vividos en el pasado.

Se sintió decepcionado. Esperaba mucho de su matrimonio —dijo Conis. Tashigi asintió.

Yo también. Pero en el momento en que nos casamos, Marco cambió por completo.

Nada más acabar la ceremonia, Marco dejó claro que él sería el jefe de Wintersoft cuando Smoker se retirara, tomando el puesto que a Tashigi le correspondía por derecho. El papel de ella habría de limitarse al de esposa de un hombre rico y poderoso. Pero Tashigi esperaba de su vida mucho más que eso. Después del divorcio, Marco había acabado por abandonar la compañía, alegando que le resultaba incómodo trabajar junto a ella y a su padre. Tashigi recordó el modo en que le había tocado el pelo y el inesperado cumplido.

Espero que mi padre no esté buscando ningún tipo de reconciliación.

No creo —respondió Conis—. Además, recuerdo que lo que le comentó tu padre a tu tía por teléfono fue que entre los ejecutivos de la compañía había buen material para un estupendo marido. ¿Por qué piensas eso? ¿Te ha dicho algo?

No, realmente no —respondió Tashigi. Quizás sólo estaba cansada e imaginaba cosas.

Decidió cambiar de tema

He conocido a Nico Robin.

¿Qué tal? —preguntó Conis, claramente interesada.

Parece muy agradable, aunque mientras estuve en el despacho de Zoro noté cierta tensión entre ellos.

Conis asintió.

Me temo que Zoro no debe de ser el hombre más fácil del mundo para trabajar con él.

Tashigi sonrió al recordar a Robin.

Tengo la sensación de que ella sabe manejarlo.

¿Crees que debemos comentarles que hemos accedido a los archivos del personal?

No creo que debamos decir nada aún. Quizás el tema no salga a la luz y no sea necesario airearlo. Al fin y al cabo, no ha sido nada ilegal.

Conis sonrió picaramente.

Era un caso de emergencia. Conocer la historia personal de nuestros ejecutivos era de vital importancia para ayudarlos a encontrar a su pareja perfecta. En cualquier caso, si algo ocurre, asumiré la responsabilidad.

Ni hablar —dijo Tashigi—. Si nos descubren, afrontaremos las consecuencias juntas. Ahora me voy. Estoy deseando llegar a casa para darme un baño y tomarme un buen chocolate caliente.

De camino a casa, Tashigi pensó en todo lo sucedido hasta entonces. Recordó cuándo Conis le había contado que Nami estaba enamorada de su jefe, Luffy Monkey. Poco habían tenido que hacer Tashigi y Conis para que en sólo un mes acabaran comprometidos. La segunda pareja tampoco había requerido apenas ayuda. Tashigi le había presentado a Koala Fitzpatrick, la jefa de relaciones públicas, a Ssabo Lawson, el gran consejero legal de la compañía, para que la ayudara a solucionar un asunto personal. Aquél había sido el comienzo de su historia de amor. Sólo semanas después ya estaban comprometidos.

Felices con los buenos resultados de su plan, Tashigi y Conis habían ido por el siguiente soltero: Ace Portgas. Necesitado de una hermosa mujer que fingiera ser su novia ante sus padres, había recurrido por casualidad a Nojiko Morris. Por suerte, lo que había comenzado como amor fingido había acabado en un amor profundo y real.

La cuarta pareja había vivido una historia verdaderamente romántica. Después de muchos años, Sanji Connors había regresado, gracias al consejo de Conis, a su ciudad de origen, donde su único amor le había partido el corazón. El reencuentro había permitido deshacer muchos malentendidos y había acabado por iniciar el feliz compromiso de la pareja. De un modo u otro había sido promotora de varios felices enlaces y eso le causaba una agradable sensación. Por desgracia, dicha sensación se vio nublada por el recuerdo del reciente encuentro con su ex marido. Le había dado la impresión de que trataba de seducirla de nuevo y no le gustaba.

Se preguntó qué estaría tramando y si trataría de hacer pensar a su padre que iba a haber una reconciliación. Su divorcio había destrozado el corazón de su padre y había provocado una crisis en su relación familiar que habían tardado meses en superar. No quería volver a pasar por todo aquello. Pero tampoco estaba dispuesta a convertirse de nuevo en la esposa ni de Marco Baxter ni de nadie.

Continuara...


BUENO BUENO... NO SE PREOCUPEN QUE VERE QUE HAGO PARA ACTUALIZAR ADECUADAMENTE... AH! por cierto, lean cualquiera de los fics que hay en fanfiction hacerca de onepiece se que han publicado hasta ahora, se que a muchos les encantan los fics que hasta ahora no se han actualizado pero den una oportunidad a otras... historias... ;) :)

REVIEWS?