Capítulo 3
"¡… solo conseguirás que te maten!"
"…deja de pensar en matar…"
"¡No estaré siempre ahí para sacarte de tus tontos líos!"
Esas palabras seguían repitiéndose en mi mente mientras iba hacia el campo de entrenamiento. Sorprendentemente, mis pasos eran firmes y calmados a pesar de las emociones caóticas en mi interior. Lágrimas de rabia se acumulaban en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer. No, no soy tan débil, me dije a mí mismo.
Pero a pesar de mis esfuerzos, una sola lágrima logró escapar y cayó sobre mi mejilla, pero yo la eliminé de un golpe, maldiciendo en voz baja por mi descuido. Continué mi camino con determinación hacia el lugar en el que siempre encontraba consuelo, los establos, pues sentía que necesitaba un paseo para dejar salir toda mi impotencia antes de ahogarme en ella.
Rara vez montaba solo, pues mi padre y Keldarion habían exigido que uno o dos guardias me escoltaran cada vez que me aventurara en el bosque para protegerme. Para no disgustarme más pensando en eso, miré a mi alrededor para buscar uno de los guardias reales. Prefería estar solo, pero no estaba de más preocuparme por mi seguridad, sobre todo cuando las fuerzas de Dol Guldur vagaban libremente por el Bosque Negro estos días. Prefería ser sofocado por cientos de guardias que hacer frente a una tropa de orcos yo solo.
Fui muy afortunado, pues enseguida encontré al comandante Linden saliendo del establo. Una sonrisa se dibujó en mi rostro al instante, haciéndome olvidar mi desesperación. Me acerqué a él con entusiasmo, contento de saber que había encontrado a alguien que siempre había sido un compañero agradable durante mis anteriores paseos.
"¡Linden!"
Él me miró, pero no me devolvió la sonrisa.
"Su alteza" –respondió, inclinándose ligeramente.
Mi sonrisa vaciló. Por la expresión de su rostro, deduje que no estaba feliz de verme, pero aun así di un paso valiente al frente y dije:
"Tengo que pedirte un favor, Linden. ¿Puedes acompañarme a caballo?"
Linden se quedó callado durante un momento tan largo que pensé que no me había oído. Estaba a punto de repetir la pregunta cuando volvió a hablar.
"Me temo que no puedo, su alteza. Acabo de regresar y necesito refrescarme antes de ir a ver al rey. Enviaré a dos guardias en mi lugar."
Yo tragué saliva varias veces para deshacer el repentino nudo en mi garganta, sintiéndome herido. Nunca habría pensado que este gran guerrero que había sido uno de mis más fieles protectores, el que me había encontrado cuando me perdí en las mazmorras del palacio cuando era un niño, el que no se cansaba de regalarme guerreros de madera hechos con sus propias manos, me negaría una solicitud tan simple.
Por favor, Linden. Tú también no, quería decirle.
"Oh –murmuré, en lugar de eso-. Uh, bien, entonces. Ve y uh… llámalos. Voy a… esperaré aquí."
Nada más terminar de hablar, me di la vuelta y caminé rápidamente hacia el establo que albergaba a mi montura favorita, Blancanieves. Me pareció que Linden susurraba mi nombre, pero seguro que lo imaginé.
Fiel a su nombre, Blancanieves era la magnífica yegua blanca que me habían regalado los guerreros del Bosque Negro cuando casi morí después de sanar sus heridas al regresar de una escaramuza con los orcos.
Blancanieves relinchó al verme y eso hizo que se me empañaran los ojos una vez más. Al menos alguien se alegra de verme. Al menos, alguien disfruta mi compañía, pensé con un suspiro mientras apretaba mi cabeza contra su cuello y ella frotaba su hocico contra mi largo cabello dorado. Cerré los ojos e inhalé el agradable aroma de la yegua, consolándome con el cariño que sentía por mí.
"¿Su alteza?"
Me volví y vi a los dos guerreros justo por fuera del establo. No podía recordar sus nombres, pero parecían novatos. Aun así, me alegré al ver que estaban completamente armados con arcos y flechas, y una espada en la cintura.
"¿Os envió el comandante?" –les pregunté, sacando a Blancanieves.
Ellos asintieron, con seriedad.
"¿Está listo para salir, su alteza?"
Incluso el tono reticente en sus voces, me daba a entender que hacían esto por obligación, no por gusto. Pero lo ignoré. Ya no me importaba.
Estallé en carcajadas al ver a Blancanieves retozando en la corriente. Era mi primera risa genuina desde el trágico accidente. El dolor de los tres rechazos que había recibido esa mañana seguía presente, pero aislé los recuerdos desagradables. No tenía sentido seguir pensando en algo que solo me produciría dolor y tristeza.
Nos tomó casi una hora llegar a la corriente. Mis dos centinelas se habían quedado a unas yardas de distancia para dejarme un poco de intimidad, pero habían liberado sus monturas y ahora retozaban en el agua junto a Blancanieves.
La yegua de repente galopó hacia la orilla, relinchando con entusiasmo como instando a su dueño a unirse a ella. Sentado bajo un pequeño árbol al lado de la corriente, solo reí por sus travesuras.
"No, gracias, Blancanieves. Prefiero permanecer seco."
Resoplando y sacudiendo la cabeza en desacuerdo, Blancanieves levantó los cascos delanteros y los estrelló en el agua con fuerza, salpicándome. Yo reí, protegiéndome el rostro del agua.
"¡Blancanieves! ¡Alto!" –exclamé en medio de un ataque de risa, mientras la yegua seguía pisoteando con sus patas. Ya estaba totalmente empapado, con mi pelo y la ropa mojados.
Con un gruñido de rabia fingida, me puse en pie y salté al agua. Desde que la alcancé, Blancanieves se dio la vuelta de inmediato y me tiró a la corriente.
"¡Tú, monstruo blanco! –reí-. ¿Intentas matarme?"
Antes de darme cuenta, la yegua puso su hocico sobre mi cabeza y me empujó hacia abajo. Yo estaba tan sorprendido de encontrarme de repente bajo el agua que me tomó un momento volver a la superficie. Como si se riera, Blancanieves relinchó ruidosamente cuando saqué la cabeza del agua. Me reí y envolví los brazos alrededor de su cuello.
"¡Tramposa! –le dije, casi sollozando de alegría-. ¿Cómo puedo quererte así, mi dama blanca? Gracias. Por estar ahí para mí cuando nadie más lo hace. Gracias."
La yegua parpadeó y relinchó suavemente en respuesta, acariciándome la espalda confortablemente. Los otros dos caballos también se acercaron y me tocaron los hombros suavemente con sus hocicos. Parecía que los animales me trataban igual que siempre.
Riéndome, les dije:
"Sí, gracias a vosotros también, mis viejos amigos. Es bueno saber que alguien me ama todavía."
En ese instante, Blancanieves levantó su gran cabeza blanca, elevando las orejas. Casi al mismo tiempo que ella, noté que algo oscuro y malvado se acercaba. Estaba muy cerca.
Entonces, oí el sonido de los gritos de mis guardias, igual que los gruñidos y rugidos de las bestias malvadas. Valar. ¡Ya están aquí!
Con ese pensamiento, empecé a avanzar lo más rápido posible hacia la orilla, pero Blancanieves se acercó y cogió la parte posterior de mi túnica con los dientes.
"¿Pero qué…? –dije sorprendido por sus acciones, a la vez que me retorcía intentando liberarme-. ¡Blancanieves! ¡Suéltame!"
La yegua resopló, obviamente en contra de lo que pensaba hacer.
"¡Suelta mi camisa, por favor! ¡Esos guardias necesitan nuestra ayuda!"
Blancanieves cedió a regañadientes y me soltó. Salí del agua rápidamente antes de precipitarme hacia los sonidos de batalla que cada vez sonaban más fuerte y aterrador, con los caballos siguiéndome. No llevaba armas, exceptuando la pequeña daga en mi bota y no sabía qué tipo de horrores me iba a encontrar. Podría estar dirigiéndome a mi propia muerte sin preparación, ¡pero al menos debía hacer algo!
El horrible sonido de espadas provenía del bosque, y la visión que me recibió fue suficiente para hacerme tambalearme y detenerme en seco.
Los dos guerreros estaban luchando valientemente con una tropa de orcos salvajes; dos contra más de veinte. Con las aljabas ya vacías, Valahir y Galdulas, cuyos nombres aprendí durante el paseo, luchaban blandiendo sus espadas a su alrededor, intentando derribar el mayor número posible de enemigos.
Varios cuerpos de orcos muertos cubrían el suelo, golpeados por las flechas élficas mortales, pero era obvio que estaban siendo abrumados y no resistirían mucho más. Además, los dos estaban heridos. Valahir lucía una seria lesión en el estómago y una herida horrible en la frente, mientras que el brazo izquierdo de Galdulas colgaba inútilmente a su lado, sangrando profusamente.
Miré rápidamente a mi alrededor, buscando algún arma. Los orcos todavía no me habían visto y contaba con el factor sorpresa. ¡Pero no es suficiente! Pensé en estado de pánico. ¡Necesito algo más!
Entonces, por el rabillo del ojo, vi que la montura de Valahir salió corriendo a toda velocidad hacia la refriega, y lo supe al instante. ¡Eso es! ¡Los caballos!
Los orcos nos miraron en estado de shock, inmóviles, sin poder escapar cuando los cuatro galopamos hacia ellos. Las viles criaturas gritaban mientras eran pisoteados por los cascos de los caballos, pero algunos comenzaron a dispararnos.
Varias flechas volaron hacia mi cabeza, obligándome a inclinarme sobre el cuello de Blancanieves para evitar que me golpearan. Más orcos fueron aplastados por los cascos de la yegua mientras intentábamos acercarnos a los dos guerreros élficos. Galdulas ya había montado con mucha dificultad, mientras que Valahir se defendía desesperadamente de tres atacantes.
Con un ligero movimiento mío, Blancanieves se lanzó hacia adelante y pateó a un orco en la cabeza, mientras que Galdulas había vuelto para golpear a otro con la espada. Valahir logró apuñalar al tercero en la garganta y el joven guerrero saltó rápidamente al lomo de su caballo.
"¡Moveos!" –grité, apretando los costados de Blancanieves e indicándole a los dos soldados que huyeran. Valahir y Galdulas espolearon inmediatamente a sus monturas y se lanzaron detrás de mí. Los orcos no tenían huargos con ellos, por lo que no podrían ponerse al día con nosotros. Estaba tan seguro de que escaparíamos…
Pero entonces, Blancanieves relinchó de dolor cuando una flecha la golpeó en el flanco. Tropezó, pero la fuerte yegua siguió adelante. Me incliné y le ofrecí palabras de consuelo mientras le acariciaba el cuello, animándola a soportar el dolor. Más flechas volaron sobre mis hombros. Y entonces, ocurrió lo inevitable.
El caballo de Galdulas fue golpeado en la pata, haciendo que el semental cayera al suelo. Gravemente herido e incapaz de saltar a tiempo, Galdulas fue aplastado. La montura de Valahir que iba justo detrás, tropezó con ellos y también cayó, haciendo que su jinete aterrizara a varios pies de distancia, con un grito y una mueca de dolor.
Yo me detuve y salté rápidamente para evaluar su condición. Valahir gemía en el suelo, mientras que Galdulas murió instantáneamente por la caída. Agarré el brazo de Valahir y tiré de él hacia arriba.
"¡Vamos! ¡Tenemos que irnos antes de que nos alcancen!"
Valahir miraba con tristeza a su compañero caído y los caballos.
"Galdulas…"
"No podemos hacer nada por él –le dije con firmeza-. ¡Tenemos que escapar!"
Ayudé a Valahir a subir a Blancanieves. La yegua relinchó de dolor, y entonces me di cuenta de que teníamos otro problema. Por su herida, la yegua no sería capaz de llevar dos jinetes al galope.
Miré la flecha todavía incrustada en su carne y la sangre brillante que fluía de la herida. No tendría tiempo de curarla antes de que llegaran los orcos restantes, a juzgar por el sonido de sus pisadas.
Pero tiempos desesperados, requerían medidas desesperadas, y tenía que pensar deprisa.
"Ve" –le dije a Valahir en voz baja, tomando una decisión.
Los ojos del guerrero de abrieron como platos.
"¿Qué? ¡No, no puedo hacer eso, su alteza!"
"¡Tienes que hacerlo! –exclamé en respuesta-. No puede llevarnos a ambos y debes ir a buscar ayuda."
"Pero, su alteza, no puedo dejarle aquí…"
Yo ignoré las protestas del elfo y miré a Blancanieves directamente a los ojos.
"Ve, mi señora blanca. Vuela como el viento."
Antes de que Valahir se bajara de su lomo, la yegua relinchó y huyó a toda velocidad, dejándome allí de pie en una nube de polvo. Entonces me agaché, saqué la daga de mi bota y me di la vuelta para enfrentarme al enemigo, dudando de mi cordura.
Los orcos se detuvieron cerca de mí, apuntándome con flechas y ballestas al corazón y gruñendo con furia y malicia. Yo tragué saliva, abrumado por la ansiedad y el terror. Esta no era la forma en la que quería morir, pero así debía hacerlo, solo y desamparado.
De alguna manera, tuve la valentía de decir:
"¡No queréis matarme!"
Los orcos se detuvieron y uno de ellos, obviamente el líder, dio un paso adelante.
"¿Y por qué, pequeño elfo?" –preguntó con un gruñido de impaciencia, levantando su espada amenazadoramente.
Me humedecí los labios, nervioso, pensando a toda velocidad.
"Porque soy más valioso vivo –dije con calma, a pesar de que por dentro temblaba de miedo-. Soy el príncipe más joven del Bosque Negro, hijo de Thranduil. Creo que conoces a mi padre."
Los orcos se miraron y murmuraban entre ellos con entusiasmo. El líder hizo una mueca de desprecio y dio un paso más cerca, mirándome a la cara.
"¿Por qué deberíamos creerte? ¡Podrías estar mintiendo para que no acabemos contigo aquí y ahora!"
Sin decir una palabra, levanté la mano izquierda, mostrándoles el anillo con el sello real que solo la familia del rey podía llevar. Y esa fue prueba suficiente para ellos. Y una prueba sólida de que me había vuelto completamente loco por revelarles mi identidad.
"¡Capturadlo! ¡Lo quiero vivo!" –gruñó el líder a los demás.
Incapaz de rendirme tan fácilmente, me di la vuelta y corrí en dirección a los árboles. Me habría gustado perderme entre la vegetación, donde sabía que los orcos no podrían alcanzarme, pero no me moví suficientemente rápido.
Mi camino estaba bloqueado, pues me habían rodeado. Aun así, me negué a darme por vencido y blandí mi daga con frenesí, con la esperanza de que retrocedieran y me dieran la oportunidad de huir.
Pero estaba claro que la suerte no estaba de mi lado. Yo solo era un elfo y ellos eran muchos. Al final, un fuerte golpe en la parte posterior de mi cabeza me hizo caer al suelo. Aturdido, intenté levantarme, pero otro golpe en mi costado izquierdo me hizo doblarme y luego otra patada me alcanzó en el esternón, dejándome sin aire.
Un sonido extraño empezó a zumbar ruidosamente en mis oídos y mi visión comenzó a oscurecerse. Con la visión borrosa, vi una bota enorme balanceándose hacia mi cara. Y entonces no vi nada más.
