Me estiro para desperezarme después de varias horas seguidas trabajando con el ordenador. Intento ponerme al día con el temario porque esta semana Eren ha sido una gran distracción y no he estudiado como debería. Me alejo de la pantalla mientras restriego mis ojos, que pican debido a la sequedad. Me duele la cabeza de tanto forzar la vista de forma inconsciente. Sé que debería utilizar gafas mientras trabajo pero tengo que hacer números primero, por baratas que sean, los cristales salen caros.

Me incorporo y mis rodillas protestan de inmediato, demasiado tiempo en la misma postura. Tengo las piernas entumecidas y un molesto hormigueo en uno de mis pies. Me dirijo como puedo hacia mi armario para buscar una sudadera y contemplo con ojo crítico mi reflejo en el espejo adherido a una de las puertas. Frunzo el ceño, las ojeras y la palidez son algo con lo que he convivido siempre, pero hoy parecen estar más marcadas de lo normal. Viendo que tengo un aspecto algo enfermizo, decido seleccionar otra ropa para estar más presentable. Eren vendrá a visitarnos dentro de un rato para discutir los detalles de la celebración del cumpleaños de Armin.

Después de vestirme, contemplo mi reflejo de nuevo y asiento satisfecho, mucho mejor. Ya no es solo por Eren, sino porque me gusta lucir lo mejor posible. Reordeno con esmero algunos mechones de pelo que se han despeinado y salgo de mi habitación para reunirme con mi compañero de piso en el salón. Lo encuentro observando la televisión con expresión aburrida junto con los restos de un batido de proteína sobre la mesa.

—¿Algo digno de ver? —pregunto mientras me dejo caer en el otro sofá.

Nuestro salón es la mejor parte de la casa, sin duda. Es amplio y bastante luminoso, con una mesa de té de cristal y dos sofás dispuestos en L. Justo enfrente hay un mueble de madera empotrado que cubre toda una pared. Está repleto de libros y es donde tenemos instalada una televisión de plasma que le regalaron los padres a Erwin cuando aún vivía con su antiguo compañero.

—Basura —contesta mientras desciende el volumen y se gira para conversar conmigo—. ¿Qué tal el estudio?

—Bien, avancé más de lo que esperaba —contesto sin apartar la mirada del vaso que tengo delante.

Erwin suspira, adivinando por completo mis pensamientos.

—Ahora lo limpio, deja de sufrir —comenta con exasperación—. Es peor que vivir con mi madre.

—Esa mierda cuesta despegarla cuando se seca.

—Levi, dame un respiro, no lleva ahí ni cinco minutos —protesta—. Relájate un poco, Eren estará a punto de llegar.

Todavía recuerdo la cara de Erwin cuando llegué hace dos días tan tarde a casa, después de haberme quedado dormido junto a Eren viendo una película. No le hizo falta realizar un comentario al respecto, su mirada habló por sí misma. A pesar de la sonrisa pícara, sus ojos transmitían una profunda preocupación. Una expresión similar a la que me está mostrando ahora mismo.

Le dejo claro con mi mirada que se me está agotando la paciencia con sus insinuaciones.

—No me mires así, ya sabes mi opinión —dice tras apagar por completo la tele.

—Y tú ya sabes la mía —espeto de vuelta.

—Solo te digo que estás dándolo por imposible sin saberlo.

—¿Exactamente qué tengo que saber? ¿Qué le gustan las tetas?

Erwin rueda los ojos y resopla con fastidio.

—Yo estuve con una mujer muchos años antes de descubrir que era gay. Siempre hay una primera vez, alguien que te hace planteártelo. Tampoco estoy diciendo que lo seduzcas ahora mismo, acaba de romper, pero no hagas lo de siempre.

Abro los ojos sorprendido. ¿Qué lo seduzca? ¿Qué mierda llevaba el batido?

No soy un tipo feo, pero tampoco llamo la atención. Bueno, mi metro sesenta no pasa tan desapercibido como a mi me gustaría. No soy como Eren o alguno de sus compañeros de piso, altos, fornidos y con ojazos. Estoy algo tonificado, necesito hacer deporte para compensar la cantidad de horas que paso sentado de mala manera delante de una pantalla, pero mi cuerpo es fibroso, no voluminoso. Mi pelo es oscuro y liso, llevo un undercut para que tenga movimiento y no parezca que lo ha lamido una vaca, y aunque mi color de ojos está entre el verde y el gris, son tan pequeños que apenas se distingue que son claros. Para rematar la faena, no tengo un carácter precisamente afable.

Eso sin hablar de mis nulas habilidades de seducción. A menudo cuando me gusta alguien reacciono de una forma opuesta a lo conveniente. Me bloqueo y suelto más palabrotas de lo habitual, me tenso y todo lo que digo suena forzado.

Creo que Erwin también está sopesando sus propias palabras, porque lleva un buen rato pensativo con el ceño fruncido y media sonrisa mal disimulada.

—A Eren se le van los ojos cuando ve a una chica bonita. No creo que esté confundido —respondo tras unos segundos—. Tiene claro lo que le gusta.

La expresión de Erwin se transforma y me dirige una mirada seria, tan intensa que me hace enmudecer.

—Uno no elige de quién se enamora —sentencia como si fuera algo irrefutable.

—No te creas, puedes apartarte a tiempo si algo no te conviene y eso es lo que debería estar haciendo yo. Es imposible, Erwin.

Suspiro y apoyo la cabeza en el respaldo del sillón, rompiendo contacto visual con mi compañero.

—Nada es...

—No empieces con esa mierda —interrumpo molesto—. Hay cosas que son lo que son y no las puedes cambiar. Joder, estuve hasta los veinticuatro esperando dar el estirón, y no, está claro que en mi puta vida voy a ser más alto. Esto es lo mismo.

Erwin permanece en silencio durante unos segundos antes de formar una mueca burlona.

—¿Hasta los veinticuatro? —pregunta intentando contener la risa.

—¿Qué pasa? Los chicos crecemos más tarde —defiendo cruzándome de brazos—. Mi madre me decía que podía crecer hasta esa edad. Cómo te rías te estampo este cojín en la cara.

A pesar de mis amenazas, Erwin se echa a reír mientras esconde su rostro entre sus manazas.

—Hasta los veinticuatro —murmura a duras penas entre carcajadas.

Lo golpeo en la cabeza con mi improvisada arma, hasta que el sonido del timbre lo salva de mi cólera. Abro la puerta, no importa la cantidad de veces que me cruce con esos ojos verdes, siempre consiguen que algo se remueva a la altura de mi estómago.

Cuando Eren entra, ve a Erwin medio despeinado y muerto de risa en el sofá y nos lanza una mirada extraña antes de colgar el abrigo en el perchero.

—Hola Eren —saluda mi compañero mientras trata de adecentar su aspecto.

Eren asiente con la cabeza y sonríe de forma un poco forzada, sintiéndose cohibido. Esto es nuevo en él, no sé qué mosca le ha picado esta mañana.

—Siéntate, ¿quieres algo? —ofrece Erwin mientras se incorpora para retirar el vaso de su batido.

Eren toma asiento en el lugar que había estado ocupando yo segundos antes, y es entonces cuando puedo ver las profundas ojeras que surcan su rostro. Me muerdo el labio mientras me quedo a medio camino entre su posición y la cocina.

—Un café o un té de esos que despejan estaría bien —dice lanzándome una mirada de reojo.

Erwin cruza una fugaz mirada conmigo y cuando está a punto de pasar a mi lado le quito el vaso de las manos con poca delicadeza y me giro hacia la cocina.

—Yo me encargo —declaro dándoles la espalda.

Escucho a Erwin conversar con Eren mientras yo estoy metido en la cocina preparando té para dos y un café para mi compañero. El cumpleaños de Armin será dentro de dos semanas y mañana regresa de su viaje, por lo que es el día perfecto para organizar el evento, que volverá a ser en nuestra casa.

Solo espero que esta vez venga menos gente.

Cuando me reúno con ellos deposito la bandeja en la mesa de té y me siento al lado de Erwin para poder mirar mejor a Eren cuando habla.

—Entonces solo vendrá Marco y Jean de tus antiguos compañeros de piso —comenta Erwin tras dar un sorbo de su taza.

—Sí, después de todo lo que pasó es mejor dejarlo así, ya no tenemos relación con los demás. También vendrán algunos de sus compañeros de la facultad de ciencias marinas —dice Eren con poco entusiasmo.

Erwin y yo cruzamos otra fugaz mirada, me estoy empezando a preocupar.

—De acuerdo —murmura Erwin mientras apunta algo en su móvil—. Encargaré la comida en el mismo sitio, creo que el año pasado cenamos bien.

—Y bebimos bien —añade Eren con un atisbo de sonrisa.

Erwin me mira y asiente. El año pasado me escudé en mis habilidades de barman para preparar algunos cócteles y así permanecer más tiempo alejado de todos en la cocina. De todos menos de Eren, que no paraba de contarme su vida y de preguntar por cada cosa que estaba haciendo.

—Olvídalo. No quiero que nadie acabe de nuevo vomitando en mi baño. —Niego fervientemente con la cabeza—. Tus amigos no saben beber.

Eren se ruboriza y desvía la mirada incómodo. Acabo de recordar que él también acabó perjudicado.

—Esos no vendrán este año —comenta con un hilo de voz—. Y yo tengo más aguante.

Cruzo mis brazos y enarco una ceja mientras lo miro con expresión socarrona.

—Si, el otro día me demostraste que tienes un aguante de puta madre —comento con ironía.

Erwin carraspea y deposita su taza de forma sonora sobre la mesa, acaparando nuestra atención.

—Mediremos un poco más el consumo de alcohol —declara con tono autoritario—. Así ahorraremos también algo de dinero.

Eren asiente conforme, evitando mi mirada y provocando que me sienta algo culpable. De todas formas, tampoco he dicho nada que no fuera cierto, no es mi culpa que esté tan susceptible. Erwin me mira de reojo y yo libero un suspiro mientras me levanto para retirar la bandeja con las tazas vacías.

Me dirijo a la cocina para fregarlo todo y siento que mi teléfono vibra repetidas veces en el bolsillo de mi pantalón. No sé quién me está escribiendo de forma insistente, pero Hange tiene la manía de enviarme un puñado de memes todos los fines de semana. Miro la pantalla aún con una taza medio remojada en mi mano, esperando encontrarme con sus notificaciones, pero lo que veo provoca que mi corazón deje de latir durante un segundo.

Farlan: Hola guapo. Estaré por la ciudad la semana que viene. Aún no sé cuántos días voy a quedarme pero espero que podamos vernos una tarde para ponernos al día. Tengo ganas de verte y de saber de ti, un beso.

La taza se me resbala de la mano y provoca un escándalo al chocar con el fregadero. El murmuro del salón se detiene en ese momento y la voz de Erwin se eleva para asegurarse de que todo está en orden.

—¿Levi?

—No he roto nada —contesto con una calma que no siento en estos momentos.

¿Qué mierda me pasa? Respiro con profundidad mientras me repito que ha pasado tiempo suficiente y que cuando lo vea no sentiré lo mismo que antes, sobre todo porque ahora hay cierto castaño que acapara toda mi atención. Aún así no puedo negar que estoy nervioso.

Joder, no quiero complicarme más la vida.

Decido no contestar de inmediato y guardo el móvil en mi bolsillo mientras termino de limpiar las tazas. Me seco las manos e intento no pensar en el mensaje mientras me reúno de nuevo con Eren y Erwin.

Mi compañero me observa con cautela antes de incorporarse del sofá y estirarse con disimulo, que alto es el cabrón.

—Eren me estaba diciendo que por qué no comíamos algo en el burger de la esquina —comenta mientras revisa de forma distraída la pantalla de su móvil—. Tengo una llamada perdida de Armin, así que me entretendré un rato hablando, ¿por qué no vais vosotros? Si veo que termino pronto me uniré.

Eren se dirige a por su abrigo y yo clavo mi mirada en Erwin, está mintiendo. Hago un gesto acusador con la mano y él me guiña un ojo antes de desaparecer por el pasillo.

Supongo que me vendrá bien la distracción.


Salimos a la calle y nos golpea de lleno una fría brisa otoñal. El invierno parece que quiere ganarle el pulso a la estación y entrar antes de lo que le corresponde. Unos nubarrones oscuros impiden el paso de la luz del sol y es probable que descarguen algo de lluvia en cualquier momento. Me arrebujo en mi gabardina y trato de proteger mi garganta lo mejor que puedo. El viento me despeina y me hace entrecerrar los ojos, menudo día de mierda para salir a comer fuera.

Eren abre la puerta del local con cierta dificultad, ya que el viento no colabora al empujar hacia adentro. Entramos y buscamos una mesa aislada del resto. El local está bastante lleno y no me entusiasma la idea de comer aquí, no obstante, Eren parece estar más animado así que me limito a seguirlo sin decir nada.

—Hay que hacer el pedido en el mostrador. ¿Qué te apetece? —pregunta.

Intenta suprimir una sonrisa al verme limpiar a conciencia la mesa y el servilletero antes de sentarme.

—Lo que sea sin pepinillos —murmuro mientras saco mi cartera—. Y agua.

Eren hace un gesto con la palma de su mano antes de que le extienda un billete.

—Yo me encargo —comenta con rapidez—. Seguro que aún no he cubierto lo que te debo por las copas del otro día.

Normalmente no me dejaría invitar, pero reconozco que este mes voy mal de fondos.

—Cuidado Eren, podría acostumbrarme —le digo mientras guardo de nuevo mi cartera.

Él sonríe antes de alejarse y yo me distraigo al contemplar con apatía a todos los que nos rodean. Demasiada gente, demasiadas voces juntas, demasiado ruido. Preferiría haber acudido a otra parte o haber improvisado algo en casa, pero sospecho que Eren está cansado de estar entre cuatro paredes.

Las primeras gotas de lluvia golpean contra el cristal que tengo a mi lado y pronto la ligera llovizna se acaba transformando en una lluvia torrencial que impide que pueda ver el otro extremo de la calle.

—Hamburguesa sin pepinillo.

La voz de Eren me sobresalta, no esperaba que regresara tan pronto con nuestra comida. Se sienta enfrente y desenvuelve su hamburguesa con cierta desesperación. ¿Cuánto lleva sin comer?

—Que aproveche —digo tras enarcar ambas cejas al contemplarlo.

—Iguafmente —farfulla sin escupir comida para mi asombro.

Chasqueo la lengua y procedo a comer mi hamburguesa con calma. Durante unos minutos no cruzamos ni una sola palabra, hasta que Eren rompe con nuestro silencio tras dar un sonoro sorbo de su refresco.

—Oye, Levi, ¿te puedo preguntar algo? Es por curiosidad.

Temo cuando alguien me dice eso.

—¿Qué?

—Tú y Erwin, nunca… —comienza a decir con cierta timidez.

Por su expresión, deduzco que se está arrepintiendo de su pregunta.

—¿El qué?

Desvía la mirada hacia el exterior antes de continuar hablando.

—Ya sabes, vivías con él antes de que conociera a Armin…

Lo miro con expresión imperturbable, dejando que su propia vergüenza haga que se sienta tan incómodo como yo. No es la primera vez que nos insinúan esto, ya que hemos desarrollado una profunda confianza tras estos tres años de convivencia. Sé que algunos de sus compañeros han advertido a Armin de que si su novio vive con otro tipo gay le va a poner los cuernos. Armin es bastante inteligente como para dejarse influir por esos comentarios, aunque es inevitable que en un momento de debilidad le puedan surgir dudas. No entiendo a qué viene esta pregunta ahora, ni por qué es Eren quien la formula.

—Perdona, Levi —farfulla—. Ha sido una tontería.

Bebo un trago de agua sin quitarle la mirada de encima al castaño. Después, me cruzo de brazos y apoyo los codos en la mesa.

—Eren, que sea gay no significa que me tengan que gustar todos los gays, ni tampoco que quiera acostarme con mis amigos. —Pienso en la ironía de mis últimas palabras—. No. Erwin me cae muy bien pero no hay, ni ha habido, nada más entre nosotros.

—Perdóname, no quería ofenderte. Es que a Armin se lo dicen mucho y sentí curiosidad. Sé que ahora no hay nada, pero igual en el pasado —tartamudea—. Déjalo, mejor me callo.

—La gente debería aprender a cerrar la boca y gestionar su mierda sin meterse en la vida de los demás —espeto con contundencia—. ¿Acaso no había un chico gay el año pasado viviendo con vosotros?

Eren asiente con la cabeza.

—Marco —comenta—. El único con el que no terminamos peleados. Es el chico con el que se iba a ir a vivir Jean, también pidieron una vivienda de dos. —Vacila antes de continuar—. No quedaban, así que Marco se fue a una residencia y Jean terminó viviendo con nosotros.

—¿Qué pasa?

Eren me mira con inocencia.

—¿Qué pasa con qué?

—Has hecho una pausa extraña. ¿Qué pasa con Marco?

—Ah. —Desvía la mirada nervioso—. Pues…

Pongo los ojos en blanco.

—Está bien, no me lo digas si no quieres.

Antes de que pueda continuar con lo que quería decir acerca de Marco, Eren se inclina sobre la mesa y me indica con una mano que haga lo mismo. Me acerco a él, hipnotizado por la intensidad de su mirada.

—No sé, puede que solo sean ideas mías, pero me da que se le declaró porque estaban muy raros cuando les denegaron la solicitud. Jean parecía… aliviado —explica en un susurro.

Siento calor en mis mejillas al tenerlo tan cerca, al igual que cuando me desperté hace dos noches a su lado en el sofá. Por supuesto, salí de aquella casa antes de que se diera cuenta de nada. Intento centrarme en lo que me está contando, a pesar de que no puedo desviar la mirada de esos carnosos labios suyos.

—¿A Jean?

—Si, bueno, por parte de Marco resultaba un poco evidente —frunce el ceño y vuelve a apoyar su espalda en el respaldo de su silla—. ¿Por qué mencionaste a Marco?

Parpadeo aún algo apabullado, antes de poner también cierta distancia con Eren.

—Uh, si. Me refería que Armin vivió con Marco y nunca hubo nada entre ellos. Es lo mismo.

—Si —comenta pensativo—. Pero Marco desarrolló sentimientos por uno de los chicos con los que vivía.

—Ese no era el punto, Eren.

—Pero sucedió así, solo tuvo mal gusto.

—Mal gus… —casi me atraganto con el agua—. ¿Celoso?

Eren abre los ojos sorprendido. Me encanta colocarlo en situaciones incómodas, es adorable.

—¿Q-Qué? ¿Celoso? ¿Del cara de caballo? —pregunta mientras se le hinchan las aletillas de la nariz—. Solo digo que había mejores opciones. Por ejemplo, Reiner era más guapo, aunque imbécil.

Chasqueó mi lengua y lo miro con malicia.

—Así que, ¿Reiner te parecía el más guapo? —quiero mortificarlo aún más.

Era de los más guapos sin duda, aunque para mí el número uno siempre fue el castaño atolondrado que tengo delante. Eren gruñe al advertir mi tono.

—Levi —protesta—. No seas mal pensado. A ver, no me gustan los chicos pero creo que Reiner era la opción más lógica. No sé, creo que sí fuera gay me habría fijado en él, tiene locas a todas las chicas de su clase.

—Tranquilo Eren —le contesto guiñando un ojo—. No se lo diré.

Gruñe de nuevo y se despeina. El comentario de Reiner me ha jodido bastante, aunque creo haberlo disimulado bien. Odio esta especie de celos irracionales que me hace sentir. Puedo entender que se le caiga la baba con una chica, pero que alabe a otro tío me duele. Soy idiota.

—Sobre todo porque nos llevamos tan bien —añade con ironía—. No te burles de mí. Tú y tu sentido del humor.

Me encojo de hombros y me termino la hamburguesa.

—¿Y qué me dices de ti? —pregunta de repente—. ¿No te gusta nadie?

Mi corazón se acelera de inmediato y temo haber sido evidente o descuidado con mis gestos. Me siento como un niño al que pillan en medio de una travesura.

—¿Eh?

—Nunca me dices si te gusta alguien. En cambio tú me soportas siempre que una chica me gusta. —Tuerce el gesto—. O cuando dejo de gustarle.

Genial, habíamos conseguido ignorar a Samantha durante un buen rato. Lo último que quiero es que recupere esa expresión taciturna con la que se ha presentado en mi casa.

—Aunque me gustara alguien no suelo hablar de estas cosas —contesto con simpleza.

Eso no es el todo cierto porque Erwin me saca el tema siempre que puede, pero en realidad me cuesta hablar de mis sentimientos. Eren pone los ojos en blanco antes de terminar lo que queda de su refresco.

—Por cierto, gracias por hacerme compañía estos días —suelta de improviso—. Cuando estoy solo se me viene todo encima. No quiero pensarlo mucho pero a veces me hierve la sangre con todo lo que ha pasado. Odio que me engañen de esa forma, no sé qué hago mal.

Lo miro con cautela. Motivos para estar deprimido no le faltan, pero creo que no gana nada revolviéndose en la mierda.

—No sé —contesto con seriedad—. Quizás eliges mal. Apenas descansas entre una relación y otra, prácticamente las solapas.

Suspira y se revuelve los mechones de forma distraída.

—Si, lo reconozco. Quizás esta vez no debería empezar a salir con la primera que me sonría —dice pensativo—. Quizás debería divertirme, tener sexo sin ataduras y evitar tanto drama. A Reiner le va muy bien así, al menos hasta el año pasado es lo que hacía.

—Es la segunda vez que lo nombras. Para ser un tipo que te cae mal lo tienes muy en cuenta —digo para molestarlo.

Eren frunce el ceño y menea la cabeza con seriedad.

—Solo digo que le iba bien así.

—¿Qué pasó con Bertholdt y él? ¿Fue solo por Annie?

Annie es una chica que Eren conoció antes que Samantha. Se apuntó en el club de tenis del campus con la esperanza de olvidar su anterior ruptura y no tardó en fijarse en la rubia. Ahora que lo pienso, las rubias deben ser su debilidad. El caso es que tuvieron una cita, algo bastante inocente, pero cuando se la presentó a sus compañeros de casa Bertholdt se interesó por ella. Al final Annie empezó a salir con el otro y ahí empezaron los problemas.

—No, bueno, ese fue un motivo pero en realidad fueron muchas cosas. Nunca limpiaban, se comían lo que no era suyo, montaban fiestas sin comunicarlo a los demás y destrozaron cosas que luego tuvimos que pagar entre todos —explica.

—Menudos imbéciles.

—Si, lo de Bertholdt fue algo personal, pero tampoco tenía nada serio con Annie. Aún así me jodió, no sé que vio en él —dice con resquemor.

—Yo tampoco, tú eres más guapo —suelto sin pensar.

Eren cambia de forma radicar su expresión y me sonríe con un brillo juguetón en la mirada. Mierda.

—¿Así qué soy más guapo? —pregunta con el mismo tono con el que bromeé con lo de Reiner.

—Corta el rollo, Jaeger. Al menos yo admito que soy maricón —contesto de forma brusca.

Eren se echa a reír con ganas y me alivia saber que poco a poco está mejorando su mal humor. Con un gesto le indico que ha dejado de llover y que deberíamos salir antes de que llegue otra tormenta.

—¿Sabes? Envidio esa capacidad tuya para saber estar solo —dice mientras comprueba el panel de los horarios de la parada de bus—. Estás tranquilo, no sufres por amor.

Quiero mi Óscar.

Me apoyo en uno de los postes de la marquesina, contemplándolo con expresión aburrida y confirmando lo bueno que está. Encima esa cara de concentración no ayuda en absoluto.

—Oye, ¿vas a ir a la biblioteca esta noche? —pregunto para cambiar de tema.

Eren se mete las manos en los bolsillos de su abrigo, una ráfaga de viento lo despeina y le hace girar su rostro.

—Si, no tengo otros planes —contesta temblando de forma leve.

Si pudiera le quitaba ese frío que tiene en un abrir y cerrar de ojos.

—Yo ahora limpiaré un rato y después iré sobre las diez. ¿Te guardo sitio? —pregunto con tono casual.

A pesar de que Eren vive mucho más cerca de la biblioteca, se hace el remolón después de cenar y acaba apareciendo más tarde. Es una mierda, porque para guardarle sitio tengo que mirar mal a todo el que intenta quitar mis cosas. Por suerte nadie se ha atrevido a decirme nada.

—Trataré de llegar a esa hora —me promete como tantas veces.

Chasqueo la lengua.

—Como siempre —contesto con sarcasmo.

Sonríe a modo de disculpa y se incorpora al identificar el bus que se aproxima. Me alegra saber que lo veré de nuevo en unas horas. La ausencia de Armin hace que esté acaparando mi compañía más de lo normal y no me voy a quejar por ello, aprovecharé mientras pueda.

El sonido de la puerta me sobresalta y Eren me dedica un cabeceo mientras desaparece en el interior del vehículo. Yo doy media vuelta antes de que arranque y me dirijo con rapidez hacia mi barrio. Justo cuando estoy a punto de entrar a mi portal, saco mi móvil del bolsillo y con los ánimos calmados contesto el mensaje de Farlan.

Levi: Claro. Avísame cuando puedas y tomamos algo.


(A/N): Gracias por leer, espero que les haya gustado.