CAPÍTULO 2: LOS POSIBLES PADRES


Billy había estado nervioso desde que había mandado las dichosas invitaciones de boda a sus posibles padres. Había ido cada día al puerto con la esperanza de cruzarse con alguno de ellos, aunque siempre regresaba a casa con malos resultados. Había decidido que ese sería el último día en acudir a la embarcación, ya que lo único que conseguía con ello era quedar destrozado por el resultado fallido.

Fue entonces cuando vio un barco aparecer con tres viajeros dentro, y de alguna manera supo que eran ellos. No sabía explicar cómo, pero sabía que uno de ellos era su padre. Solo tenía que acercarse un poco y comprobar con quién sentía la conexión.

Pudo apreciarlos mejor una vez que bajaron del barco y se acercaron. El primero era un hombre un tanto extraño, moreno y con una barba perfectamente recortada. Vestía una túnica de color verde acompañada con unos pantalones negros. El siguiente era un tipo de pelo largo y aspecto serio, con un brazo de metal. Este vestía algo más desaliñado, aunque no por ello menos elegante. El último, y quizá el que más llamó su atención, era un tipo rubio de piel muy clara y unos impresionantes ojos azules. Por su aspecto parecía ser inglés.

-Disculpen, ¿Ustedes son...?- Comenzó a preguntar, pero se trabó en mitad de la frase.

-James Barnes, un gusto -Saludó el del brazo de metal -Este es Víctor Shade y el estirado es Stephen Strange- Los señaló uno a uno conforme los presentaba.

-No querer ponerme tus calcetines sucios no me hace ser un estirado- Se quejó el aludido, rodando los ojos. Después se giró hacia Billy -¿Y tú quién eres?

-Soy...soy Billy Maximoff- Se presentó una vez que pudo encontrar la voz, ya que con la emoción casi se había quedado sin habla -Vengan conmigo, por favor- Pidió.

Que sus padres hubieran aparecido finalmente era tan bueno como malo. No podía llevarlos al hotel, ya que su madre no tardaría en verlos y los mataría, así que se le ocurrió una idea mejor: llevarlos al cobertizo. Allí nadie los vería, y el lugar era lo suficientemente cómodo y grande para los tres. Al menos los tendría allí hasta que sintiera por fin la dichosa conexión padre/hijo que se le estaba resistiendo.

-¿Me esperan un momento? Tengo que hacer una llamada.

Los tres asintieron, y dejaron que Billy se retirara un momento para hablar con teléfono. No tenía alternativa, necesitaba a su hermano. Lo llamó por teléfono y le suplicó que limpiara un poco el cobertizo y que acomodara la habitación para que tres personas pudieran pasar allí unas noches.

-Billy, ¿La boda te ha vuelto tonto?- Preguntó su hermano como respuesta –Tenemos un hotel en el que pueden hospedarse.

-¡No, te lo explico luego! Pero por favor, es urgente. Necesito que hagas lo que te he pedido ¡Y sin que mamá te vea! Sería desastroso que se diera cuenta. Por favor.

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea. Billy se empezó a temer que su hermano no quisiera ayudarlo.

-Vale- Terminó aceptando Thomas con un suspiro -Pero como no me cuentes que sucede se lo contaré todo.

Billy agradeció a su hermano y colgó. Después regresó con los tres turistas, que se encontraban muy animados charlando sobre lo calmada que estaba la tempestad. Billy tosió para llamar su atención.

-Tengo algo que decirles...Ustedes creen que ha sido mi madre la que los ha invitado, pero en realidad...he sido yo- Confesó.

-¿Cómo?- Exclamaron los tres a la vez, indignados -¡No voy a tolerar engaños! ¿Era esto una broma?

-¡No, no, no!- Dijo rápidamente el chico -¡Por favor no se marchen! Yo los invité porque...mi madre, Wanda, me ha hablado mucho de ustedes. Siempre menciona a sus grandes amigos de la adolescencia- Mintió -¡Y yo quería darle una sorpresa invitándoos! Lo que pasa es que...ahora está un poco estresada, y quiero que la sorpresa sea perfecta, así que tendremos que mantener vuestra presencia en secreto hasta que considere que mi madre esté lista.

Los tres lo miraron con cautela, sin creerse demasiado las palabras del joven.

-No creo que Wanda quiera verme- Murmuró Víctor, haciendo una mueca. Él quería quedarse, pero si no había sido Wanda la que lo había invitado significaba que no querría verlo ni en pintura -La última vez...las cosas no acabaron bien.

-¡Pero fue hace muchos años!- Exclamó Billy, riendo forzadamente -Siendo sincero, no esperaba que vinierais, pero ya que estáis aquí no podéis iros.

Los tres hombres se miraron entre ellos, pensativos, hasta que finalmente Bucky se encogió de hombros y asintió. El siguiente en aceptar fue Stephen, aunque con algo más de desconfianza. Víctor, por otra parte, simplemente se dedicó a mirarlo con curiosidad. Sus sospechas seguían cobrando forma, ya que Billy era exactamente lo que había esperado encontrar.

-¿Cuántos años tienes, muchacho?- Preguntó Víctor finalmente.

Billy supo que el hombre ya estaría haciendo cálculos para comprobar si era su padre, pero él no podía permitir aquello. Ninguno de ellos sabría la verdad hasta que Billy lo decidiera.

-19- Mintió. Algún día les diría la verdad, quizá, pero no era el momento -¿Se van a quedar, entonces?

Todos miraron expectantes a Víctor, hasta que este finalmente asintió. Billy los llevó en su coche ranchero hasta el hotel, aunque los obligó a moverse por la zona trasera, donde no solía haber mucha gente, hasta que llegaron al cobertizo. Los obligó a entrar dentro con rapidez, y después de asegurarse de que nadie estuviese cerca, entró él también. Allí se encontraba su hermano preparando la última cama. Thomas analizó a los invitados y después pasó a mirar a su hermano como si estuviera loco.

-Buenos días, señores- Saludó el chico -Soy Thomas Maximoff. Les estaba preparando la habitación para que...estén cómodos.

Los tres miraron el lugar con disgusto. Realmente no era una habitación cinco estrellas, pero Billy no había tenido tiempo para pensar en un sitio mejor.

-¿Cuántos años tienes, muchacho?- Preguntó Víctor, esta vez a Thomas.

Billy maldijo por lo bajo. Al parecer no sabía mentir tan bien como pensaba. Respondió antes de que su hermano lo estropeara todo.

-¡19! Ambos tenemos 19. Somos gemelos- Explicó, acercándose a su hermano y dándole una palmada en la espalda -Los dos hemos querido preparar esta sorpresa para mamá, y hemos pensado que este es un buen lugar para ustedes.

-Si...eh, una sorpresa para mamá- Respondió Tommy, fingiendo otra sonrisa -En fin...esto está listo...Si nos disculpan, debo mantener una charla en privado con mi hermano. Un placer, señores.

-¡Y ni se les ocurra salir de aquí! Por favor, no olviden lo importante que es la sorpresa. ¡Y mi madre no puede veros ni saber que os he invitado!

Thomas casi sacó a rastras a Billy, dispuesto a matarlo por haber invitado a la boda a tres completos desconocidos y obligarle a él a cubrirlo. Solo paró de arrastrar a su hermano cuando se encontraron en el gallinero, donde apenas los iban a escuchar las gallinas y los pollos.

-¿Me puedes explicar quiénes son esos tíos?- Preguntó Thomas, enfadado.

-Yo...son nuestros padres. Bueno, al menos uno de ellos es papá...

Thomas pasó del enfado a un completo estado de shock, y Billy tuvo que comenzar a contar desde el principio. El descubrimiento del diario, las cartas y la mentira que acababa de idear hasta que descubriera quien era de verdad su padre.

Cuando Thomas pasó un rato sin hablar Billy se preocupó de verdad por si a su hermano le había dado algo, pero este no tardó en reaccionar lanzándole el pienso de las gallinas a la cara y obligándole a esconderse detrás de una caja de madera.

-¡Te voy a matar! ¡Y luego mamá nos matará a los dos por ocultarle esto! ¿Pero cómo demonios esperabas saber quién es papá si no lo has visto en tu vida? -Respiró hondo y paró de lanzarle comida -Vale, vale, dime que al menos tienes una idea de cual de los tres es.

Billy negó con la cabeza y volvió a esconderse al instante. Esta vez, sin embargo, Thomas no tuvo intención de tirarle nada más.

-¿Y qué planeas hacer, entonces?

-Hay que ocultárselo a mamá hasta que lo decidamos- Sentenció Billy -Si se entera de esto, definitivamente nos mata.

Thomas cerró los ojos y se sujetó el puente de la nariz con el dedo anular y el índice, intentando calmarse.


Wanda sabía que debería haber invertido la tarde en arreglar la ventana rota y demás cosas productivas, pero sus amigas se lo habían impedido. Nat había llevado una botella de whisky para que brindaran y celebraran por la futura boda, y Wanda no había podido negarse. Llevaba mucho sin pasar un rato tan agradable lejos del trabajo y el estrés, y se merecía aquello.

-En serio, chicas, tengo que arreglaros la ventana- Señaló. A esas alturas estaba un poco ebria, pero no lo suficiente como para no ser capaz de usar un taladro -¡No puedo dejaros así!

-¡No, no, no!- Exclamó Nat, sujetando a Wanda de los hombros y obligándola a echarse de nuevo en la cama en la que estaban las tres tumbadas -Nosotras hemos contado nuestras locuras amorosas, pero ti no sabemos nada. ¿Hay algún isleño por ahí que haya conquistado tu corazón?

Wanda comenzó a reír sin parar, pensando en lo mucho que afectaba el alcohol a su amiga.

-Por favor, ¿Me ves con ganas de aguantar a un cuarentón patético que me declare amor eterno un día y al siguiente se vaya con la primera que encuentre? Ni loca, ya tuve bastante de eso, y ahora por favor, dejadme ir en busca del dichoso taladro.

-Yo te apoyo totalmente- Asintió Okoye- Las relaciones románticas nublan nuestro verdadero sentido del deber.

-¡Pero tú vives por tu rey wakandiano, eso no cuenta!- Se quejó Nat.

-Juré protección a Wakanda y me debo a ello. Supongo que cada persona se compromete con causas diferentes.

A pesar de las protestas de Nat, Wanda finalmente pudo salir de la habitación. No tenía ni idea de dónde estaría el dichoso taladro, aunque recordaba que la última vez se lo había dejado al empleado del bar, Sam Wilson.

El señor Wilson había sido militar en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, hasta que tuvo que renunciar tras la depresión que le ocasionó la muerte de uno de sus mejores amigos. Había llegado a la isla hacia más de diez años con intenciones de relajarse en un viaje sabático, aunque finalmente había decidido quedarse al saber que Wanda buscaba empleados para el bar.

Sam era prácticamente otro tío para Tommy y Billy, y un verdadero amigo para Wanda. Ella a veces le había preguntado si se arrepentía de haber renunciado a su vida como paracaidista militar, y él solía responder que de no haberlo hecho nunca hubiera conocido a la dueña de hotel más desastrosa del mundo.

-Hola Sam -Saludó Wanda -¿Sabes dónde está el taladro? Recuerdo habértelo dejado la última vez. Tengo una ventana que arreglar- Comenzó a reírse como loca, evidenciando su estado ebrio.

-No creo que estés en condiciones de arreglar nada, Wanda- Bromeó Sam -Pero está en el cobertizo ¿Necesitas que te ayude en algo? Parece que habéis tenido una buena fiesta…

-¿Ayudarme? ¡No! Todo está genial –Sonrió –Nunca me había sentido tan bien.

-Vale, pero grita si necesitas ayuda y te aseguro que iré volando.

Wanda asintió y se fue directa a por el dichoso taladro. El aire fresco le había despejado un poco la mente, pero eso no impidió que fuera dando tumbos hasta el cobertizo.

Al abrir la puerta fue tal el impacto que recibió que tuvo que cerrarla de golpe y esconderse tras la pared. Al parecer estaba más borracha de lo que pensaba, ya que veía cosas que no tenían sentido. Con mucho cuidado de no hacer ruido se acercó a una ventana para comprobar si sus ojos habían visto bien.

Tuvo que parpadear un par de veces y pellizcarse la piel, porque no se creía lo que había allí dentro. Víctor, que seguía con su dulce cara de ángel. Stephen, tan correcto y atractivo como siempre. Bucky, con su cara de diablillo y ahora portando un brazo de color gris. Sus grandes amores de la adolescencia, solo que un poco más viejos.

Todos juntos, todos juntos en su cobertizo.