Harry dio una rápida mirada al Gran Comedor para segundos después volver a fijar sus ojos en su comida casi intacta. No había dormido muy bien, además de que se pasó varias horas escuchando como sus "compañeros" hablaban mal de él. Eso le dolía, por supuesto, y más al saber que fue Ron quien más se quejó sobre su persona. Eso le dejó confuso. Eran amigos, ¿no? ¿Por qué no quiso creerle?, ¿los años que tenían de amistad no eran suficientes para existiera confianza entre los dos?
Levantó la mirada para observar a Severus Snape, quien, como siempre, era difícil descifrar en qué estaba pensando. Desde que Harry entró al Gran Comedor Severus no había quitado su mirada de él, y eso le estaba preocupando.
Sin embargo, de pronto, todo el Gran Comedor guardó silencio para fijarse en la mujer que estaba en el centro de la sala. No era muy alta, pero su piel pálida resaltaba por su cabello negro y sus ojos brillantes hacían que confiaras en ella. Cande, pensó alarmado Harry, preocupado de que el director fuese capaz de herirla.
—Señorita Crystoise, ¿qué hace aquí? Déjeme decirle que su casa dejó de existir hace mucho. —El director Dumbledore intentó dar imagen de abuelo preocupado por su nieto, y aunque Candelaria estuvo segura de que pudo engañar a muchos, a ella no. Detrás de ese falso saludo se escondía odio y al mismo tiempo satisfacción por lo que decía.
—Tiene razón, Albus, pero como ya hay más de dos alumnos que son dignos de entrar a mi casa, ésta volverá.
Dumbledore intentó no demostrar lo que sentía realmente, pero no pudo escuchar la sorpresa al escuchar lo dicho por la mujer. Una de las razones por la cual la casa Crystoise había dejado de existir era que difícilmente conseguía más de dos alumnos. Personalmente, los ideales de aquella casa no le gustaban para nada a Albus, ya que sólo se admitía alumnos que fuesen capaces de demostrar poder, pero al mismo tiempo una gran sabiduría para identificar los momentos en que este poder se debía utilizar para sí mismos y los demás. Esto hacía que dichos alumnos fuesen difíciles de manipular, y eso entorpecía los planes de Dumbledore.
—Pero tienes que tener en cuenta que deben estar los otros fundadores para realizar el cambio, y más cuando ya el curso ha iniciado. —Por unos segundos, Albus sintió que había ganado, pero sus ánimos cayeron al ver la satisfacción en el rostro de Candelaria, y fue ahí cuando se dio cuenta. Aunque Crystoise no fuese capaz de traer a los demás fundadores ya en los alumnos se había instalado la duda, y Albus no era estúpido. Estaba seguro que más de un alumno iría tras ella para saber la verdad.
Antes de que Dumbledore pudiera volver a hablar, Candelaria alzó su varita, y poco a poco cuatro personas aparecieron delante de ella; dos hombres y dos mujeres. El primer hombre era alto, tenía la piel clara y su cabello negro resaltaba, al igual que sus ojos grises. Tenía un porte arrogante, y miraba a su alrededor entre una mezcla de asco y familiaridad, cercana a la forma que ve una persona su casa después de un largo tiempo lejos de ésta. A su lado estaba el otro hombre, sólo que éste tenía su cabello desordenado y de color rojo, además de que sus ojos brillaban, como si estuviera tramando una travesura. Ya a unos cuantos pasos estaban las dos mujeres; la primera era esbelta, su cabello negro le llegaba hasta la cintura y sus ojos oscuros mostraban sabiduría. La otra mujer era pequeña a comparación de los adultos cercanos a ella, era rechoncha y sus ojos azules junto a su rojizo cabello rizado le daba una apariencia adorable.
Decir que todos los alumnos casi les da un infarto es poco, porque hasta los profesores, incluyendo al director sintieron como su corazones se detuvieron por un segundo al ver a los fundadores frente a ellos, y no sólo eso, sino jóvenes, como la primera vez que éstos se conocieron.
—¿Encontraste alumnos para tu casa, Cande? —preguntó emocionada Helga Hufflepuff.
—Sí. Nueve en total, para ser exactos, pero no los llamé sólo para esto —informó Crystoise con una pequeña sonrisa, la cual hizo que Salazar alzara una ceja.
—¿Aún tienes el infantil deseo de que entre las casas no exista odio? —indagó con desdén Slytherin.
—Lo único que deseo es que no se insulten al verse —dijo en un puchero—. ¿No sería lindo? —Acercó una mano a Salazar, y más de un alumno chilló emocionado, ya que se asemejaba a las escenas de amor en los libros.
—Disculpen —carraspeó incómodo el director Dumbledore—, pero sería de gran ayuda que aclaren todo, y después digan los alumnos que iran a la casa Crystoise.
Los fundadores se vieron entre sí por unos minutos. Aunque siempre se decía que la más inteligente era Rowena Ravenclaw, los fundadores restantes también tenían su capacidad analítica desarrollada, incluso Helga, quien era la más juzgada cuando se refería a la inteligencia. Si Crystoise los había invocado era porque algo importante estaba pasando, y al sentir el aura del actual del director entendieron, al menos, un poco de la situación. Los cuatro compartieron una sonrisa difícil de descifrar antes de que Slytherin se parara al lado de Candelaria, teniendo a su otro lado a Gryffindor. Ya a la derecha de Crystoise estaba Helga y Rowena.
—Lo más seguro es que muchos sepan la historia de la creación de Hogwarts, pero siempre hay una parte que se emite: la casa Crystoise. Cuando Slytherin llegó por primera vez no vino solo, sino que a su lado estaba Candelaria. Crecieron juntos, por lo cual para Salazar fue justo que viniera con él. Lo que le cuenta es correcto, sólo que en alguna parte de los años de paz Crystoise hizo su pequeña casa, donde sólo las personas que demostraran poder, pero la sabiduría para controlarlo eran admitidos.
Aunque no lo crean, esto es muy difícil de alcanzar, porque incluso los alumnos que yo ayudé se jactaban de poseer una gran sabiduría, caían gracias a la avaricia —muchos Ravenclaws vieron a Rowena sorprendidos, pero ella no cambió lo dicho—. Con los años, la casa Crystoise dejó de ser necesaria, pero no esto olvidada.
—Y aunque no muchos lo crean, no me fuí de Hogwarts por haber peleado con Gryffindor. —Si antes todos estaban confundidos, ahora el Gran Comedor se hizo el desorden al saber que nunca fue real la disputa entre Slytherin y Gryffindor—. ¡Silencio!
Bastó con ese grito para que volviera el silencio.
—Lo que pasó en realidad fue muy sencillo —intervino Gryffindor al ver que el humor de Salazar no era el mejor—. Slytherin tuvo asuntos que resolver, y con él se fue Candelaria, por lo cual se dejó de hablar de ella. Eso fue todo.
—Bueno, entonces creo que llegó el momento de saber quienes son los elegidos para ir a la casa Crystoise.
A Albus cada vez se le dificultaba más mantenerse en calma, porque la llegada de la casa Crystoise arruinaba en gran medida sus planes, porque ¿qué pasaba si entraba Harry Potter?, pero no sólo estaba eso, sino que tenía que mantener su imagen porque aún estaban los otros colegios. Suspiró para sus adentros controlando lo que sentía. Todo para un bien mayor, se recordó en su mente.
Candelaria sacó un pergamino de su bolsillo y lo desenrolló para así comenzar a leer.
—El primer alumno que entrará a la casa Crystoise es Theodore Nott, anteriormente Slytherin. —Un alumno de piel clara, cabello negro y ojos del mismo color se levantó de su mesa, ignorando las miradas reprobatorias de sus antiguos compañeros para así pararse al lado de Candelaria. Si le dolió, no lo demostró—. El segundo alumno es Ernest Macmillan, anteriormente Hufflepuff.
Un chico caucásico y cabello rubio se acercó a Candelaria con una sonrisa suave, la cual fue correspondida por la mujer. Miró por unos segundos a Gryffindor para así negar con la cabeza.
—Esto te va a doler, Godric. —El nombrado sólo levantó la ceja, ya prediciendo lo que sucedería—. Perdiste cinco alumnos de un golpe.
En la mesa Gryffindor se hizo un revuelo, y alumnos se miraron entre sí, desdeñosos. Sin embargo, alumnos de otras casas evitaron soltar la carcajada. Al parecer, no todos los Gryffindor eran tan apegados a su casa como hacían creer.
—Hazlo rápido, ¿quieres? —bufó Godric. Se lo había imaginado, porque para tener valor hay que saber manejarlo, y aunque no lo admitiera en voz alta, sabía que la mayoría de los Gryffindors eran demasiados impulsivos como para darse cuenta de las cosas que hacían mal.
—De acuerdo —se encogió de hombros—. Alicia Spinnet, Fred Weasley, George Weasley, Neville Longbottom y Parvati Patil. —Los alumnos nombrados se pararon renuentes de su mesa, y antes de caminar hacia Candelaria, miraron por última vez su casa, recibiendo de algunos miradas de asco y odio.
Y eso hizo sentir mal a Harry.
—Rowena, ¿también quieres que sea rápido?
—Si es posible, gracias —habló con tranquilidad Ravenclaw.
—Las últimas alumnas son Luna Lovegood y Padma Patil.
Y mientras las alumnas se acercaban a la fundadora de su nueva casa, Harry se permitió mirar a Candelaria, la cual tenía una sonrisa suave, y aunque todo lo que se avecinaba era incierto, pensó por unos segundos que todo estaría bien siempre y cuando los fundadores estuvieran entre ellos.
