Los personajes, hechizos y localizaciones pertenecientes a la saga Harry Potter pertenecen en exclusiva a su autora, J.K. Rowling. Esta historia ha sido escrita sin ánimo de lucro.
¿PRACTICAMOS?
Durante la primera semana de las vacaciones la torre de Gryffindor seguía tan llena como durante el trimestre, y parecía más pequeña. Toda la situación con Ron volvía a traerme de cabeza, pero al menos esta vez no tenía a Hermione constantemente martilleándome para que hiciésemos las paces.
Además, a pesar del sinfín de deberes que nos habían puesto a los de cuarto para Navidad, conseguí convencerla para que buscásemos un poco de tiempo para practicar antes del baile. Curiosamente, no me costó mucho que accediese, aunque antes de nada ella quería acabar todos los deberes que nos habían puesto para las vacaciones.
La víspera del miércoles, después de dos días consecutivos trabajando en ello, conseguimos terminar el criminal ensayo de metro y medio acerca de las bases de la transfiguración de seres vivos que nos había mandado McGonagall. Y menos mal que era la última tarea que nos quedaba, porque yo ya no podía más, seguir el ritmo de Hermione era agotador.
A lo largo del camino al Gran Comedor, Hermione habló alegremente sobre lo divertido e instructivo que había resultado el trabajo, y de las buenas ideas que tenía siempre McGonagall para los deberes.
Si hubiésemos estado los tres, Ron no le habría dejado terminar la primera frase, diciendo algo parecido a 'bla, bla, bla, que aburrido, ¿no puedes dejar que nos olvidemos de los deberes ni cuándo los hemos terminado?', y se hubiese puesto a hablar de Quidditch, o a rajar de los Slytherin, o qué se yo.
Lo extraño de todo el asunto, es que a mí me estaba pareciendo interesantísimo todo lo que decía. Últimamente, todo en Hermione me parecía más atractivo de lo normal: sus manos mientras gesticulaba, sus labios; el modo en el que sonaba su voz me tenía hipnotizado y no podía dejar de mirarle la boca mientras hablaba.
-Hermione – exclamé de repente al darme cuenta -, ¡tus dientes!
-¿Qué les pasa?
-Están distintos, lo acabo de notar – dije -. Te quedan muy bien.
-Gracias – me contestó, mirando al suelo avergonzada -. A mis padres no les va a gustar.
-¿Por qu...?, ah claro – concluí -, porque son dentistas.
-Llevo años intentando convencerlos para que me dejen disminuirlos – explicó -, pero siempre se han empeñado en que siga con el aparato.
-¡Ieuj!, a Dudley le pusieron uno durante un tiempo – recordé con desagrado -. No hacía más que babear con él, lloró tanto que se lo acabaron quitando.
-Son horriblemente incómodos, y lentos.
-¿Tú también babeabas? - pregunté con una carcajada.
-¡Harry! - exclamó a la vez que me daba un manotazo en el hombro -. Eso no se le pregunta a una chica.
-Ay – me quejé, frotándome el brazo -. Tampoco las chicas suelen ser tan brutas – repliqué, y empecé a troncharme de risa de lo roja que se puso.
-¡Te vas a enterar! – gritó.
Yo salí corriendo y ella vino detrás persiguiéndome. Y así entramos en el comedor, riendo escandalosamente, con ella detrás mío tirando de mí túnica para atraparme. El silencio que nos siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo, y unas cuantas chicas miraron a Hermione como si quisiesen que le explotase la cabeza.
Nos volvimos hacia nuestra mesa tratando de escapar y nos dimos de frente con Ron, que me observaba como a su peor enemigo sobre la tierra. Hermione me soltó y se fue muy roja a sentarse al lado de Ginny. Yo procuré recuperar un poco la compostura y, dado que Dean y Seamus estaban con Ron, preferí ponerme al lado de Neville.
En mitad de la cena, vi como McGonagall se acercaba a Hermione y le comentaba algo al oído. Sin darle más importancia seguí comiendo, y cuando terminé empecé a hacer tiempo para salir a la vez que ella. Al rato casi no quedaba nadie y yo estaba empezando a impacientarme. Finalmente, cuando Ron se levantó y se fue, Hermione se sentó a mi lado.
-Termina rápido – susurró inclinándose hacia mí -, ya tengo todo listo.
-He acabado hace rato – dije. ¿Todo listo?, listo para qué -. Estaba esperando para subir contigo.
-Entonces sígueme – dijo poniéndose de pie.
Me quedé embobado un segundo, pero solo uno, y luego la seguí. Acabamos en una de las clases, que tenía todos los pupitres movidos contra las paredes, y un gramófono encima de una de las mesas. Inmediatamente caí en la cuenta, íbamos a practicar.
Mi corazón se saltó un latido.
-¿Cómo has conseguido esto? - pregunté, claramente impresionado.
-Muy fácil – respondió risueña -. Simplemente le comenté a McGonagall que su campeón estrella era un patoso sin remedio que iba a hacer el ridículo si no practicaba un poco más – añadió antes de empezar a reírse.
-Muy graciosa – dije, dedicándole una mueca -. ¿Desde cuando te importa cómo baile Diggory? - le chinché.
-¡Tonto! - dijo riendo -, venga, vamos a bailar.
Y para mi sorpresa y total deleite, se sacó la túnica por la cabeza, quedándose solo con la blusa y la falda, tardé un segundo en salir de mi estupor y hacer lo mismo, mientras ella se acercaba al gramófono y lo ponía en marcha.
Cuando empezamos a bailar el corazón me iba a mil. Cada vez que Hermione se movía o yo la giraba, su falda revoloteaba alrededor de sus piernas acariciando las mías. Cada vez que ella daba un paso hacia delante y yo me retrasaba en dar uno hacia atrás, sus pechos me rozaban ligeramente antes de separarnos.
Al final acabé haciéndola girar más de lo que debía y tardando más en separarnos. Hermione lo achacaba a mi nula capacidad de baile y yo, aprovechándome de eso, empecé a bailar peor solo para poder estar más tiempo así con ella.
Hermione no es una chica que abandone un reto a la mitad, así que se esforzó y se esforzó en que yo mejorase, sin saber que el sinvergüenza de su mejor amigo saboteaba todos sus sacrificios para robarle, de la manera más desleal posible, todo el tiempo que podía.
Mis pocos caballerosos esfuerzos tuvieron su recompensa y, ya pasada la media noche, Hermione empezó a estar cansada y a bailar más lentamente. Al final acabo sujetándose de mi cuello y apoyando todo su peso en mi cuerpo. Yo tenía mis dos manos en su cintura y aprendí que había más maneras de volar además de con mi Saeta de Fuego.
Cuando ella comenzó a roncar en mis brazos creí que ya había llegado el momento de despertarla, así que la agité un poco llamándola:
-Hermione – susurré -. Ya es tarde, deberíamos volver – ella no hizo el menor amago de moverse, así que la agité un poco más e insistí –. Hermione...
-Mmmpfmm... - ronroneó, apretando su abrazo y frotándose contra mí.
La impresión hizo que parase de mecerme con la música, asustado de todas las sensaciones que estaba sintiendo, y eso por fin despertó a Hermione. No sé si pensó que estaba en su cama abrazando la almohada o algo así, pero ya despierta se frotó un segundo más, hasta que cayó en la cuenta de dónde y con quién estaba.
-¡Merlín! - soltó, todavía con la voz pastosa, a la vez que se alejaba de mí como si le diese corriente -. Lo siento Harry, me he quedado dormida.
-N... no pasa nada – murmuré mientras clavaba la vista en mis pies y me frotaba la nuca -. No ha sido mucho tiempo.
Vaya amigo estoy hecho, aprovechado y mentiroso. La pobre Hermione no paró de disculparse todo el camino de vuelta a la torre de Gryffindor, roja como un tomate, y toda la culpa había sido mía, que la había mantenido practicando conmigo engañada, hasta que la pobre cayó rendida.
Esa noche, cuando me acosté en mi cama, me dí cuenta que no podía seguir ignorando los hechos. Me estaba empezando a gustar mi mejor amiga.
continuará...
