Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Esto es un compendio de autoras y la trama pertenece a: Saraes, NikkyScully, Zoalesita Dark Warrior 1000, Betzacosta, Katlyn Cullen, Sarah Crish Cullen, Bertlin, Lakentsb, Ginegine, Susana Minguell, Aryam Shields Masen, y Gery Whitlock.


"Carpe Diem".

Susana Minguell.


Enredos en San Valentín.
Capítulo I
01 de febrero de 2013.
Viernes.


Jasper miró, de nuevo, la imagen que reflejaba el espejo. Ni siquiera se reconocía a sí mismo. Lejos había quedado el chico adorable y optimista que fue un día, aquel que soñaba en convertirse en un gran músico al que seguirían miles de fans. No, sin duda ese chico había muerto hacía exactamente seis meses atrás.

—Genial, Jasper, qué gran idea liarte al trompazo con ese idiota de Benson en plena clase —se recriminó mientras abrochaba su sudadera de cuadros y tomaba su mochila antes de salir de su cuarto para desayunar.

—Buenos días —le saludó su tía nada más verlo entrar. Él, apenas le hizo un gesto con la cara, y dejando caer la mochila al suelo, se deslizó en el asiento y tomó uno de los croissant que llevó a su boca sin más ceremonia—. Tienes zumo recién exprimido —le indicó al ver que Jasper no tenía intención de decir nada—. Jazz, por favor, no podemos continuar así. —Esme comenzaba a desesperarse ante la actitud de su sobrino.

—Debiste enviarme de vuelta a Nueva York, dejaría de ser una carga para ti —masculló, como siempre de mala manera.

—¡Ya basta, Jasper! No insistas en lo mismo. No fue culpa mía que te expulsaran de la escuela. ¡Maldita sea! —maldijo entre dientes.

—¡No me gusta Seattle! ¡No me gustaba esa puta escuela! ¡Y menos me gustas tú! —espetó Jasper, levantándose estrepitosamente, al punto que la silla cayó hacía tras, y tomando de mala manera la mochila salió de la cocina dejando a Esme mordiéndose el labio tratando de reprimir, una vez más, las ganas de llorar—. Odio estar aquí. ¡Lo odio! —escupió tras coger su cazadora verde y salir del apartamento dando un portazo.

Ni siquiera se molestó en esperar el ascensor, corrió escaleras abajo sintiendo todo un torrente de rabia fluyendo por sus venas. Él no había pedido estar ahí, él no había pedido quedarse solo, él no había pedido perder todo aquello que realmente le importaba. Él no había pedido nada, se lo arrebataron sin más, sin tenerlo a él en cuenta.

Salió al frío exterior y por unos momentos se quedó mirando la majestuosidad del Monte Rainier que, poderoso, se elevaba frente a él; y como siempre, deseó estar allí, en lo más alto de esa cumbre cubierta de nieve, solo, completamente solo, sin oír a nadie más, sin tener que ver a nadie más, sin tener que respirar cerca de nadie más. Así es como se sentía, y como quería estar… solo.

El sonido de un claxon le hizo salir de sus pensamientos y de nuevo apretó sus puños ante el recuerdo de que llegaría tarde a su primer día de clase en la nueva escuela.

Estupendo, y a mitad de curso.

Se colocó el casco y pisó el embrague de su nueva Yamaha XT, era algo que tenía que agradecer al estúpido intento de su tía de comprar su… lo que pensara que pudiese existir entre ellos. ¿Pero qué esperaba?, si apenas la había visto una vez al año por navidades, antes de venir a Seattle.

Arrancó y apretó con furia el puño saliendo disparado de allí, importándole una mierda si el vehículo que se aproximaba se veía obligado a frenar para no llevárselo por delante; en verdad, le importaba una mierda todo.

Llegó en treinta minutos a la zona de aparcamiento de la escuela, aseguró adecuadamente su moto y su casco, y pasando su mano por el cabello, lo revolvió.

Varios chicos que estaban sentados en el capó de su vehículo se le quedaron mirando, pero eso poco le importaba, no iba a hacer amigos allí, en verdad, ni siquiera sabía qué hacía allí. La estúpida insistencia de su tía de que volviera a retomar sus estudios musicales, era la razón de que estuviera entrando al interior de la escuela elemental Adams, que al parecer, tenía un magnifico programa de música. ¡A ver cuánto duraba esta vez!

Caminó desganado por el pasillo, sin tener en cuenta la multitud de alumnos que circulaban por él camino de sus clases, hasta llegar a la secretaría, y esperó a que una chica dejara el mostrador libre.

—Soy Jasper Whitlock, es mi primer día —dijo, sin más preámbulo, a la mujer de mediana edad que se escondía tras unos lentes, que para su gusto, eran horrorosos.

—¡Oh, señor Whitlock! Debió de llegar un poco antes, será su primer día y ya entrará con retraso. —En el acto, la sirena que anunciaba el comienzo de clase sonó, y él sólo miró con indiferencia a la mujer que se afanaba por recopilar todos los documentos que necesitaba el chico—. Aquí tiene el plano de la escuela. Aquí le señalo cuáles serán sus aulas, vaya directo a la ocho, ahora tiene clase de matemáticas con el señor Marshal. ¡Ande! ¡Dese prisa! —le apremió con la mano.

Jasper elevó una de sus cejas pero acabó saliendo de allí. Miró hacia los lados para luego volver la vista al plano, justo en el momento en el que el grupo de chicos que estaban en el aparcamiento pasaba por su lado.

—¡Pringao! —le espetó uno de ellos, dándole un manotazo al plano de Jasper partiéndolo en dos, para luego seguir su camino mientras los otros se reían por su gran proeza.

—Valiente gilipollas —masculló Jasper agachándose para recoger los trozos—. ¿Eso es lo mejor que sabéis hacer? —les provocó, justo en el momento en el que entraban en una de las clases y le enseñaban el dedo medio como saludo.

"¡Estupendo! Empiezan tocándome los cojones", pensó y tras mirar de nuevo el plano, caminó hacia donde se suponía que estaba la maldita aula ocho.

Respiró profundamente antes de llamar a la puerta y entró tras escuchar el permiso. Todos estaban ya sentados y en silencio, y el profesor, un hombre de mediana edad, alto, con el cabello oscuro y muy corto, con un rictus serio en la cara, lo miró tras sus lentes.

—Supongo que serás el nuevo —dijo sin más ceremonia. Jasper asintió con seriedad y le entregó el parte que le habían dado en secretaria—. Por esta vez pase, pero aquí acostumbramos a que los alumnos estén sentados cuando el profesor entra. Qué no se vuelva a repetir. Al final de la clase hay un asiento libre. Ocúpelo.

Jasper miró hacia el lugar y se dirigió hacía el. Al menos estaba al lado de la ventana, lo que le serviría de distracción.

Se acomodó ignorando las miradas de sus nuevos compañeros y sacó el libro dejándolo en la mesa sin mucho cuidado. El profesor continuó con lo que estaba diciendo y así fue que empezó su primera clase.

Un aburrimiento total. Eso era lo que había sido esa primera clase. Permaneció sentado en su asiento mientras el profesor de matemáticas salía y esperaban al la señorita Dupond, la profesora de literatura.

Podía oír los corrillos que se habían formado, todos, sin duda alguna, hablando del nuevo estudiante. Pero él permaneció impasible, mirando por la ventana, tratando de viajar mentalmente a otro lugar donde no hubiera nadie, únicamente el sonido del silencio, tal vez de una suave brisa, donde poder aislarse.

De pronto alguien avisó desde la puerta.

—¡Ya llega chicos! —Una risueña voz alertaba a sus compañeros. La misma que había intervenido como mil veces en la maldita clase de matemáticas. "¿Es qué esta chica tenía afán de protagonismo?", pensó. Todos tomaron asiento y Jasper alucinó al ver como todos se preparaban para recibir a la profesora. Esto iba a ser un suplicio.

—Psss —escuchó que le siseaban desde dos asientos más adelante. Miró hacia el lugar y la chica le hacía señas con la mano. La miró con el ceño fruncido sin llegar a entender—. El libro —le gesticuló con los labios y como él no hacía demostración alguna de entenderla, la susodicha cogió le libro con la mano y comenzó a señalarlo como una descosida—. Saca el libro —le susurró.

—¿Algún problema, señorita Brandon? —le preguntó la profesora mientras entraba al aula, haciendo que, en el acto, la joven se girara.

—Oh no, no, señorita Dupond —se disculpó la joven un poco azorada. Jasper no daba crédito a lo que acaba de suceder. ¿Quién demonios era esa loca?

—Está bien, todos a la página cincuenta y cuatro. La novela romántica —enunció la profesora—. Creo que este tema le va a encantar, señorita Brandon—comentó. Jasper miró a la chica que unos minutos antes trataba de avisarlo de algo y lo flipó cuando la vio suspirando—. ¿Alguien podría decirme el título de…?

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! —La chica comenzó a removerse toda emocionada en la silla levantando la mano.

—¿Alice? —le instó la profesora a contestar.

—"El caballero de la brillante armadura" —contestó casi suspirando—. El conde de Thornwyck, es tan romántico…

Todos en la clase rieron por lo bajo ante la actitud soñadora de la joven.

"Dios bendito, aquí no hay más que pirados", pensó Jasper rodando los ojos al ver la actitud de la joven y deseando, en ese momento, que acabasen ya las clases, aunque por desgracia, esta era aún la segunda y algo le decía que la jornada iba a ser larga. Muy larga…


Emmett McCarty vio el sol entrando por la ventana y se giró tapando su cara con una almohada, a pesar que sabía que ya era bastante tarde. No quería saber nada de nada, ni moverse tampoco, la noche anterior había pasado un buen rato con Ben y Edward en el club The Last Supper y ahora solamente quería dormir.

Dormir era un lujo que no podía darse debido a las obligaciones que conllevaba la responsabilidad de mantener una familia que le absorbía como esponja y una empresa que "tenía" que estar entre los primeros lugares, sin excepción. Los momentos con sus amigos y las mujeres ocasionales le hacían olvidar ligeramente su sitio en el planeta, pero la mañana era una perra y siempre llegaba a patearle el trasero e informarle que era un nuevo día para la rutina y para volver a dejar atrás sus fantasías.

Como hacía seis años que perdió el rastro de la única mujer que había llegado a lo más profundo de su alma, dándole una lección de vida que le había hecho valorar la familia que tenía.

Escuchó la tonada del fantasma de la ópera, y frunció el ceño ya que sabía que era su teléfono y que era Ben, quien después del espectáculo de la noche anterior debía estar preocupado. Desde la universidad Ben siempre había estado pendiente de su vida, ayudándolo a cargar el peso de ser el hijo de su padre que, después de seis años de muerto, seguía siendo una sombra en su vida. Además, era el hermano que nunca había tenido y junto con Edward, quien era su primo, uno de sus mejores amigos.

—Estoy bien, madre —contestó con tono burlón, cuando consiguió localizar el teléfono, enredado en sus pantalones tirados en el suelo. Una risa se escuchó al otro lado de la línea

—Seguro que estás bien —respondió Ben con tono irónico.

—Es imposible que sea ella —le informó convenciéndose a sí mismo al igual que a su amigo—, ella… Simplemente es imposible.

—Lo siento mucho, hermano —escuchó al otro lado de la línea y de un momento a otro el tema de conversación cambió drásticamente y como buen secretario Ben le dio un informe detallado de sus citas para ese día.

—Estaré en la oficina en veinte minutos y, querida madre, quiero café, toneladas de café.

En la línea se escucha un insulto seguido de una risotada y luego el silencio cubre la habitación, haciendo que se levantara por fin a comenzar el día, alistándose, recordando los eventos del día anterior.

Tenemos que replantear estas salidas —anunció Edward mirando su teléfono celular.

¿Por qué? —preguntaron Emmett y Ben al mismo tiempo.

Parecemos gays.

Las carcajadas que soltaron hicieron que las demás personas los miraran.

Y lo dice la persona que se deja pintar como una nenita solo para que su novia pruebe maquillaje —le refutó tranquilamente Ben mientras miraba el menú.

Fue una sola vez —gruñó Edward—, una maldita vez y no me pintó como nenita, simplemente probó su esmalte en mí y su recompensa fue… grandiosa. Jamás debí contarles una mierda… Ese esmalte no me hizo menos hombre —remató mientras acomodaba su pantalón en la entrepierna para dar énfasis a lo que quería decir.

—Pero, ¿de qué hablas? Si tú eres "Ángela—suspiros". Mira que me tienes hasta los cojones con tus babas —se burló Emmett mientras llamaba al mesero.

¿Se nota mucho? —peguntó Ben sarcásticamente y sus dos amigos asintieron—. ¿Creen que ella también lo haya notado?

No, para nada, únicamente te pareces a Gollum cuando ella está cerca, pero en vez de decir "mi tesoro", gruñes: "mi Ángela".

Tanto Edward como Emmett soltaron una carcajada, mientras Ben negaba con la cabeza, luciendo horrorizado, después se encogió de hombros.

Cambió de peinado, imposible no mirarla, es hermosa...

Emmett estaba internamente irritado escuchando a sus amigos hablar de mujeres, él no tenía ese problema, le gustaba su situación sentimental, aunque había habido una vez en que él había actuado igual que Ben y había permitido que le hicieran cosas mucho más vergonzosas que dejar que probaran maquillaje en él.

Bueno, ¿cómo diablos pasamos de una "noche de chicos" a hablar del peinado de Ángela? Y por favor, Edward, tienes que dejar de ser el maniquí de Bella, el que más de una persona sepa cómo te usa es vergonzoso.

Tú lo dices porque no estás enamorado… —soltó Edward sin despegar la mirada de los mensajes que estaban llegando a su celular, así que no pudo apreciar la tristeza que por un instante se notó en los ojos de Emmett y que no fue capaz de ocultar de Ben.

Después de eso Ben estratégicamente cambió la conversación y terminaron hablando de deportes y negocios.

Un poco antes de la media noche y con tres copas de más, Emmett miró hacia el frente, hacia los baños, y creyó verla de nuevo frente a sus ojos, pero no podía ser cierto, solamente era el alcohol jugándole una mala pasada o la poca iluminación del local. Ya que ella estaba desde mucho tiempo atrás ida, y jamás regresaría, ese no era su lugar.

"No puede ser ella", pensó mientras miraba fijamente la puerta por donde la mujer había desaparecido. Cuando la misteriosa mujer salió, se tambaleó y Edward lo sostuvo para que no cayera.

Creo que por hoy no más whisky para ti, hermano —dijo Edward en tono de burla, tono que cambió cuando miró hacia donde Emmett miraba.

Ben se acercó y cuando vio a la mujer que sus amigos miraban mientras ella se marchaba con un grupo de ruidosas chicas. Llamó al mesero para pagar la cuenta lo antes posible.

¿Nos vamos? —preguntó Ben de manera casual mirando a sus amigos con una amable sonrisa.

No soy un niño —gruñó Emmett al notar las caras preocupadas de sus amigos—. Además… es imposible que sea ella. No puede ser cierto, hace mucho tiempo que desapareció de mi vida, este no es su mundo.

Salieron de The Last Supper preocupados, las risas de la noche fueron reemplazadas por ceños fruncidos y silencio.

La que parecía una noche perfecta entre amigos terminó en silencios incómodos y recuerdos dolorosos con una mujer como protagonista.

No eres tú, Rosalie Hale, no eres tú, te marchaste lejos, muy lejos donde no te puedo alcanzar, no en esta vida —susurró antes de cerrar sus ojos montado en el asiento trasero del carro de Edward.

.

Media hora después, Emmett estaba vestido con un traje Armani gris oscuro, camisa azul celeste, corbata y pañuelo rosa, bóxer D&G, calzado Oxford clásico de Christian Louboutin, reloj Timex y completando su atuendo unos lentes de sol Hugo Boss. Cualquiera que viera la imagen que mostraba frente al espejo diría que era un hombre de éxito en todos los aspectos de su vida.

"La imagen que muestras al mundo es solo una máscara de tu realidad". Cuánta verdad escondida en aquellas pocas palabras, ese día él tenía puesta la máscara de la indiferencia, esa era la máscara que más usaba últimamente. La usaba con su familia cuando le preguntaban por qué estaba soltero; la usaba con las mujeres que dejaba entrar a su vida vacía de sentimientos; la usaba con sus amigos cuando notaba que sentían compasión por él.

Un hombre duro, indiferente y exitoso en todos los aspectos de su vida, ese era él y nadie tenía porqué conocer la tristeza de su alma.

Mientras conducía por las calles de Seattle recordó por un momento al joven soñador que una vez fue y de lo que quería para su vida. Ella siempre estaba presente en esos recuerdos, desde el día que la vio correr en el campus universitario en medio de la lluvia.

Administración de empresas no había sido su primera opción en el momento de elegir su futuro laboral, él siempre había sabido que la arquitectura era lo suyo, pero su padre impuso su autoridad y ella lo abandonó justo cuando más la necesitaba para seguir el camino que otros habían impuesto para ella.

Emmett llegó a su empresa y se montó en el ascensor, bajándose en el piso cuatro, nadie entendía por qué sus oficinas no estaban como cuando su padre presidía la empresa en el piso once. Pero cuando había llegado a trabajar en McCarty's durante el verano hacía ocho años, ocupó un cargo menor y había sido enviado a la peor planta del edifico, en ese lugar hasta el aire acondicionado fallaba y no tenía vista a la ciudad de Seattle. En la actualidad seguía ocupando la misma oficina y no aceptaba que nadie interfiera en su decisión, porque, internamente, sabía que era lo único que le quedaba de sí mismo. "Al menos el aire funciona", decía Ben con sorna cada vez que el dichoso aparato fallaba.

—Llegas tarde —anunció Ben mientras le entregaba un vaso grande con café caliente—, tu cita de las nueve ya está aquí.

—Buen día, Ben. ¿No tienes un "hola, cariño" o un "buenos días, cariño"? Últimamente me tratas como trato yo a mis conquistas y eso me hace querer desarrollar una consciencia que en verdad no tengo.

—Estás retrasado y yo no estoy de humor —respondió Ben con una mueca tocando su cabeza, mostrándole que le dolía del día anterior —. En el escritorio está la invitación de Bella para su fiesta anual contra San Valentín.

—¿Qué? —preguntó Emmett parpadeando y terminando de despertarse, caminando hacia ese punto y viendo el sobre color blanco. Cuando lo abrió se carcajeó al descubrir la figura del angelito muerto por una de sus flechas—. Clásica muerte, pensé que este año sería más extrema. El año pasado lo ahorcó y el anterior a ese lo despellejó y desmembró como si hubiese participado en una película de Saw… ¿Edward sabe de esto? Ayer no dijo nada.

—No lo sé, y no seré yo quien se lo diga —respondió Ben y Emmett se carcajeó de nuevo.

—Yo mataría por verle la cara cuando se entere… pero no por decírselo, estoy muy apegado a mi cuello para eso.

—Hablando de muertes merecidas —le interrumpió Ben enarcándole una ceja—, tu madre llamó, Carly hizo algo en el colegio y requieren tu presencia.

—¡Vale! Lleva a Anderson a la sala de proyecciones, ofrécele algo de tomar mientras hablo con mi madre para que me diga lo que hizo mi "tesorito", si yo no puedo darle los dolores de cabeza a mi madre que se los de ella —dijo con una sonrisa de suficiencia.

Emmett adoraba a su madre y a su hermana, aunque a veces renegaba de la responsabilidad que pendía de sus hombros desde la muerte de su padre, si había algo de lo que podían acusar era de consentir que su hermana disfrutase la juventud a plenitud, tal como lo hizo él hasta hacia seis años.

—Madre —saludó y tomó aire—, ¿ahora qué hizo Carly?

Al otro lado de la línea escuchó a una Clare ofuscada, medio gritando y llorando desesperada mientras le relataba su última travesura de "reparar" el auto de su profesor de matemáticas.

Luego de asegurarle que iría a su casa para hablar seriamente con su hermana mientras cenaban en familia, colgó el teléfono de manera brusca y este cayó al piso. Esa cena cambiaba su plan de pasar una noche de completo relajado con Rebecca, la chica que había conocido la mañana del sábado mientras trotaba.

—No creo que el teléfono tenga la culpa de nada —dijo Esme mirándolo sería—. Si quieres yo me encargo de Anderson, ve y arregla la vida de tu familia, como acostumbras.

—No estoy de humor, Esme.

—Yo tampoco, Emmett, solamente digo la verdad.

Y sabía que tenía razón, siempre anteponía a su familia a él mismo.

—Vamos que nos están esperando—dijo cortante, dando por finalizado un tema del que poco le gustaba hablar.

Entre reuniones, firmas de documentos, análisis de costos transcurrió su día. Y cuando se dirigía a casa se sentía totalmente drenado. Lo único emocionante del día había sido subir al piso veinticinco, donde estaba recursos humanos a fin de tener una reunión con su jefe de recursos humanos y encontrar a Bella horrorizada por el gigante arreglo de rosas amarillas que Edward le había enviado, con una gran etiqueta marcada como "día uno".

Había sido malditamente divertido verla botar sapos y culebras por su boca preguntando cómo se le ocurría a Edward enviarle eso. Y no había tenido que ser un adivino, para saber que ese día "uno", no presagiaba nada bueno, por lo menos para ellos, para él sería entretenimiento gratuito.

Pasaba con su vehículo por la avenida y el semáforo lo hizo frenar en seco, no por el cambio de luz sino por lo que sus ojos estaban viendo, allí, delante de él cruzaba su tormento en una escandalosa moto Vespa amarillo chillón y una maldita cesta al frente donde iba cómodamente instalado una bola de pelos negro. Allí iba la mujer que durante tantos años había dado por perdida.

Ya no estaba borracho, ni siquiera podía decir que se debía a un efecto de los calmantes que había tomado para calmar su dolor de cabeza. Era ella, Rosalie Hale.


El bar Hooverville era la amante y el orgullo de Jacob Black, lo había ganado en una apuesta justa contra su anterior dueño, quien en la quiebra y víctima de la adicción al juego no había medido las consecuencias de su precipitada decisión. No hubo quejas ni reproches ante la perfecta jugada de cartas realizada por Black la cual le había brindado la mano ganadora.

Hooverville representaba todo para él, le remuneraba buenas ganancias con las cuales pagaba cada uno de sus estúpidos caprichos y con una presunción exagerada podía decir que no necesitaba ningún título universitario para ser el hombre de negocios que era.

Sin embargo, Hooverville era su excusa perfecta para mantener alejadas a las personas que decían quererle, él no las necesitaba, no quería nadie a su alrededor porque una vez permitió eso y salió irremediablemente herido.

Consideraba a todos un estorbo y se los demostraba cada vez que podía, prácticamente era un milagro que tuviera empleados que lo respetaran y no le temieran, eso era así porque él sabía poner límites a su hastío hacia toda la población mundial pero también sabía cómo encantar a las personas en pro de su beneficio para que así visitaran su bar o requirieran de sus servicios.

Era un bar de la vieja escuela, con una fachada simple pintada de rosa y verjas rojas. En su interior todo era de madera, con una larga y amplia barra lateral, máquinas de pinball al fondo, un juego de villar y mesas-compartimientos en la pared contraria. Contaba con veintidós grifos con los cuales se servían cervezas nacionales e internacionales y se podía decir con orgullo que servían el más delicioso cacahuate de toda la región de Seattle.

Era el lugar perfecto para reunirse con amigos y tomar algo después de las horas laborales, pero como estaba en la zona comercial de Avenue South, los clientes iban y venían y la actividad no paraba.

Como aquel día, a media tarde, al llegar al lugar se encontró con uno de sus empleados principales atendiendo en la gran barra y conversando con una mujer que ya había visto con anterioridad. Era una castaña muy mona que no dudaría en llevar a la cama en cualquier momento, aunque algo le decía que esta ya no estaba disponible y él no quería tener problemas con el mariquita con el cual, probablemente, ella estaba saliendo.

La mujer le decía a Sam, su principal cantinero, que quería saber cuándo podía llevar los adornos para decorar el bar para una dichosa fiesta que pretendía realizar el catorce de febrero. Cuando Jacob escuchó aquello estuvo a punto de sufrir una apoplejía.

Él le había alquilado el bar para que hiciera su rara y extraña fiesta, pero tampoco iba a permitir que se saliera de los límites establecidos por él. Primero quemaba el bar antes de permitirlo porque el lugar no iba a ser víctima de adoradores de corazones y poesías románticas.

Se acercó a ambos con su habitual gesto de enfado y le dio a la mujer una mirada que podía fulminar a un titán.

—No permito que cambien la decoración del bar, niña, ya te lo dije. —Fue su respuesta categórica. Sam le miró con reproche por su descortesía pero lo que pensaba su cantinero le importaba un rábano.

—No soy una niña, te recuerdo que mi nombre es Isabella Swan —le informó sin inmutarse ante su rudeza—. Además no sería mi fiesta: "Odio a San Valentín y él puede muy bien caerse muerto si lo desea" si no decoramos el lugar con los adornos conmemorativos —corrigió la menuda mujer con aires de suficiencia y dispuesta a no dejarse intimidar por él—. Ya te dije lo que significa eso, no pienso llenar el lugar de mariposas y bombones.

Su explicación lo confundió más de lo pensando

—¿Crees que eso me tranquiliza? —preguntó, miró a Sam que se encogió de hombros porque estaba igual de confundido que él y luego a la mujer que sonreía de una manera que le desagradaba.

Isabella suspiró con ligera irritación y empezó a moverse de un lado a otro sobre el asiento en el que estaba, con la cabeza levantada hacia Jacob que continuaba con su ceño fruncido, gesto que él consideraba su mejor característica física, aunque más de la mitad de la población de Seattle podría decir lo contrario. Y eso le valía un cuerno.

Ella empezó a dar una disertación larga y extensa sobre los adornos que llevaría para decorar el bar. Carteles con corazones negros atravesados con flechas de púas, portavasos de corazones rotos, un Cupido en un ataúd, otro ahorcado, un tablero con el dios del amor para colgar en la pared para que sus invitados pudieran jugar al tiro al blanco y gorritos rojos y negros que rezaban varias palabras ofensivas y que demostraban su aversión hacia San Valentín.

Continuó dando explicaciones de los motivos por los cuales creía que el catorce de febrero era una fecha demasiada comercial, extremadamente hipócrita y cursi, la cual debía ser eliminada, totalmente repudiada y olvidada. Jacob notó la cara de horror de Sam ante todo ello pero él estaba bastante de acuerdo con ella a pesar de que lo estaba volviendo loco con toda su cháchara, no era de los que demostraba simpatía hacia los demás y no lo haría en ese instante.

—De acuerdo —expresó cortándola a mitad de su discurso y sin cambiar la expresión dura con la cual había entrado—, pero mis empleados solamente limpiaran el desorden si pagas más por el alquiler.

—Trato hecho —acordó alegremente Isabella para sorpresa de Jacob. Sin duda alguna haría la fiesta costara lo que le costara—. Entonces, ¿cuándo podré traer los adornos? —preguntó con interés y emocionada.

—El catorce en la mañana—respondió con sequedad—, no abriremos en todo el día.

—¡Perfecto! —chilló con alegría Isabella para la desesperación de Jacob, a ella solo le faltó dar saltitos como una niña—. Verás que el lugar quedará genial —señaló con emoción—, te va a encantar y hasta querrás dejarlo así por un tiempo. —Jacob la miró con incredulidad y ella volvió a reír. Tomó su bolso y brincó de su asiento—. Hasta pronto, después te visitaré con James para los otros arreglos… —se despidió y antes de darle la oportunidad de discutirlo se enfiló hacia la salida del bar.

Jacob no le quitó los ojos del trasero hasta que desapareció de su vista. Sin duda alguna tenía un derrière muy apetitoso, una lástima para él porque le hubiera gustado darle un mordisco.

—¿En serio permitirás que ella de semejante fiesta? —preguntó Sam profundamente alarmado.

—Ganaré un buen dinero —fue su respuesta.

Y la idea de aquella fiesta le parecía interesante, porque como ella, él también detestaba aquella fiesta. Hacía eones, cuando era una persona diferente y amaba, le daba mucha importancia, regalaba flores y bombones a las personas que les importaban pero luego todo su mundo se vino abajo y la venda cayó.

Vio que el amor era solo una falacia y San Valentín un producto del marketing para sacarles cada dólar en pro de un sentimiento inexistente a los tontos ilusos y soñadores inconscientes.

Agradecía por ese brusco y doloroso despertar, le agradecía a… ¿para qué hacerlo? Ya lo había hecho, tampoco tenía que celebrárselo. No debía gastar sus neuronas, eran más importantes que todos esos recuerdos.

—¡Eso es mezquino! —se quejó Sam en desacuerdo.

—Soy mezquino —le recordó con orgullo Jacob—. Además será muy divertido, esa belleza tiene los pies bien puestos sobre la tierra.

—Está loca —aseguró Sam.

—¿Por qué? ¿Por qué detesta san Valentín y sus estúpidas alas blancas? Por una vez en la vida alguien tiene neuronas en la cabeza y lo demuestra—festejó entre risas y amargura.

—Pues deberías emparejarte con ella—le recomendó Sam con un dejo de ironía que a Jacob no le gustó.

—No quiero problemas en mi vida, para mí solo significaría un suculento polvo y para ella una proposición matrimonial. —En su voz había un tono de tirria ante la idea, la cual le hacía estremecer de puro asco.

Sí, podría acostarse con ella, más de una vez si quisiera, pero hasta ahí. No creía en el compromiso de pareja, en el amor eterno, la perpetuidad del afecto, él era un ferviente creyente del sentimiento de animadversión que albergaba fuerte y contundente en cada fibra de su alma y pensamiento.

La vida era demasiado compleja y lo era mucho más si involucraba aquellos sentimientos bonitos en los cuales ya no creía. No los quería en su interior, no los necesitaba, estaba bien el ser alimentado por ese sentimiento de enfado con el mundo, lo hacía sentirse vivo.

Así que mejor se dedicaba a buscar el polvo de aquel día y disfrutarlo, sin ninguna complicación. En honor a la verdad, para él era mucho más excitante así, tomaba lo que quería, lo usaba y lo desechaba. Era fácil y más que perfecto.


Viernes, al fin era viernes por la noche y aunque Esme no era una mujer que se cansara de su trabajo, agradecía que hubiera llegado el final de su jornada laboral y el fin de semana. Su semana se había tornado demasiado tediosa y cansada y ese día había tenido una larga reunión con Anderson. Nada que no fuera a lo que estuviera acostumbrada, pero los problemas con su sobrino estaban empeorando su capacidad de resistencia, que antes era asombrosa.

Al ser ella la Vicepresidenta de McCarty´s siempre estaba llena de trabajo, pero ahora parecía llevar una gran piedra sobre su espalda, porque se encontraba pensando que tal vez le estuviese fallando a su hermana al no priorizar a Jasper, a pesar que estaba haciendo todo lo que podía con lo que tenía en sus manos.

Ella no había esperado un cambio drástico de la noche a la mañana, no había esperado que su hermana muriera y que además del dolor profundo de no tenerla en su vida, tuviese que cargar con la responsabilidad de su sobrino.

Tampoco había sido nada sencillo dejar ir a su hermana y saber que nunca más la volvería a ver y aunque nunca se hubiese planteado tener hijos, el tener a Jasper ahora con ella le hacía querer cuidarlo y protegerlo, porque lo quería, lo quería como suyo aunque no supiera cómo llegar a él.

El ejemplo más cercano de ello había sucedido en la mañana de ese mismo día, cuando había intentado despedirlo a su nueva escuela. Estaba rebelde, lleno de rencor y odio a todo a su alrededor, y lo entendía, por supuesto que lo hacía, pero necesitaba hacerle entender que ella no era una enemiga ni culpable de lo que sucedió, y que estaba allí para intentar mejorar las cosas, no para arruinarlo aún más.

Se recargó en su sillón reclinable y giró para ver el atardecer de Seattle. Si tan solo encontrara una forma en la que Jasper se abriera a ella. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin derramar, nunca se permitía hacerlo, ni siquiera en presencia de Jasper, mucho menos cuando este le hablaba de la peor manera, porque así era ella, sentía que siempre debía de mostrarse fuerte o en algún momento alguien la brincaría.

Suspiró melancólicamente, tratando de encontrar una salida.

Aún perdida en sus pensamientos, escuchó como su laptop sonaba anunciando un nuevo correo. Emocionada y sintiéndose un poco avergonzada por el hecho de emocionarse con una persona que ni siquiera conocía en persona, abrió el correo.

De: Marlin Fish
Para: Lic Ostra.
He recibido tu confirmación después de una semana. Creo que en estos tiempos, el
hecho de que las cosas no se me pongan tan fáciles, me hace sentir más ansioso.
Espero que sea mañana para que al fin nos veamos y nos conozcamos, solo no salgas
corriendo.
No muerdo... mucho.

Esme se rio, agradeciéndole el poco de distracción.

Marlin era una persona que había conocido por Internet, nunca, en sus treinta y un años de vida, se había planteado la idea de tener este tipo de relación, y había entrado a CupidoChat, por casualidad. Después de escribir su correo se había registrado y anduvo solo vagando por la página hasta que un día Marlin Fish la había saludado y desde ese día no había hecho otra cosa que hacerla reír y aliviar sus tardes de soledad.

A veces podían hablar horas de trivialidades o simplemente podía contarle cómo le había ido en su día. Para ella, él era un misterio y aunque sonara arriesgado le había gustado mantenerlo así.

¿Para qué arruinar la idea que tenía sobre él?

¿Qué tal si era feo u olía mal?

Por un par de meses eso había servido maravillosamente, hasta que una semana atrás él le había pedido un encuentro en persona. Primero se había negado internamente, ¿para qué arruinar algo que funcionaba? Pero después consideró que tal vez no se arruinaría, quizás sería algo mejor, algo que le haría olvidar cosas que ya no valía la pena ni siquiera recordar o mencionar.

A raíz de eso, le había picado la curiosidad por conocerlo, por saber quién o cómo era, y si tenían la misma química en persona que parecían tener por escrito. Y fue así que en contra de toda la lógica que había empleado en su vida, había decidido que el día siguiente era el indicado.

Un sábado por la noche

¿Quién no ligaba un sábado por la noche?

Ella quería ligar ese sábado, estaba harta de estar sola, antes, un hombre que ella prefería no nombrar la había engañado y utilizado, aprovechando su amor por él y ya le había llorado todo lo que le tenía que llorar, la había pisoteado y humillado; por lo que quería dejarlo atrás y ver otros horizontes.

Si las cosas salían bien, podrían pasar un buen rato. Solamente esperaba que tuviera casa propia ya que con Jasper en casa, por supuesto que no lo llevaría ahí.

En cuanto su sobrino pasó por sus pensamientos, se golpeó mentalmente porque ya se le estaba haciendo tarde, esperaba que él no se molestara si cenaban unos minutos tarde, aunque dudaba que le importara.

Al salir de su oficina se dio cuenta que Ángela ya no se encontraba ahí, de seguro, siendo viernes se había ido justo a la hora de salida, ni un minuto más, a disfrutar su vida de soltera.

Aunque Esme no echaba de menos su soltería total, a pesar que hasta cinco meses atrás, esa había sido su vida también; ahora solamente quería regresar a su casa, comer tranquilamente y si corría con suerte, pasar un buen momento con su sobrino. Y si a esa ecuación se le sumaba un hombre gracioso apodado Marlin Fish, pues mucho mejor.

De camino a su casa pasó por un restaurante de comida china y compró dos paquetes. Esto de ser ama de casa no era lo suyo, pero por su hermana ella lo iba a intentar, aunque eso no significaba que no pudiera hacer trampa de vez en cuando.

Cuando entró a su departamento lo encontró en silencio, pero sabía que él estaría en su cuarto.

Fue a buscarlo tocando ligeramente la puerta de su habitación.

—Ven a cenar, te espero en el comedor—dijo después de tres veces de haber tocado la puerta, sin conseguir respuesta. De nuevo, no escuchó ni siquiera un ruido salir de la habitación de su sobrino, pero sabía que la había escuchado.

Diez minutos después de que Esme pacientemente lo esperara sentada, muriéndose de hambre, Jasper se unió a ella en la mesa.

—Espero te guste. —Ni siquiera emitió un reclamo para Jasper aunque él había hecho eso a propósito, y ambos lo supieran. Ella solamente se dedicó a comer.

Jasper solamente asintió. Lo miró por un segundo, era adorable con su cabello castaño claro alborotado cayendo por su frente, delgado, y unos ojos azules como el cielo que le hacían recordar tanto a su hermana, que su corazón se apretó contra su pecho. Los de Esme eran azul oscuro mar y los de Helen azul cielo; su padre siempre había dicho cuando las tenía juntas que para qué necesitaba ver el horizonte, si solamente con la mirada de sus hijas tenía todo su universo. Cerró los ojos dándose fuerza ya que extrañaba a toda su familia, y la había perdido casi toda, y prácticamente muy seguido, sintiendo como si no hubiese tenido un respiro. Primero su madre, ocho años atrás, después su padre, que aunque no había muerto, el Alzheimer avanzado había hecho que no recordara a ninguno de ellos, causando que fuera internado un año atrás. Y por último Helen, seis meses atrás.

Su única familia era el joven sentado frente a ella, y no lo perdería, de ninguna manera.

—¿Cómo estuvo la escuela? —Esme pensó que tal vez por ahí podría sacarle platica.

—Como todas las demás: aburrida —masticó con calma—. Un montón de gente viéndote raro porque eres el nuevo.

Se miraron unos segundos cuando Jasper se quedó callado al darse cuenta que había dicho más de lo que había dicho en días. Esme no presionó y dejó que siguiera comiendo.

Pasaron veinte minutos en un silencio incómodo comiendo, cuando Esme de la silla de junto sacó unos folletos del Conservatorio de Música de Seattle.

Jasper hizo a un lado la comida y claramente su semblante cambió de aburrido a molesto.

—Ya dije que no tocaré más.

—Lo sé, pero tal vez, si vieras estas escuelas…

—No.

—Jasper, yo sé que a tu madre no le hubiera gustado que dejaras tu sueño.

—Mi madre está muerta —declaró y se levantó claramente ofuscado.

—Siéntate, Jasper.

La voz de su dulce tía Esme había cambiado y su orden se había tornado fría e irritada, le recordó tanto a cuando su madre le hablaba para regañarlo que quedó paralizado. Ella lo miró con firmeza pero también tristeza.

—No fuiste el único que perdió a su familia, mi hermana lo era todo para mí y ya va siendo hora que lo entiendas, yo también la amaba, y ahora solamente nos tenemos a nosotros, no entiendo por qué tienes tanto coraje contra mí, yo no la maté…

Esme como siempre se aguantó las ganas de llorar y lo veía sin poder descifrar a su sobrino.

Sabía que no diría nada, de nuevo. Así que se levantó de la mesa y le acercó más los folletos.

—Quiero lo mejor para ti, no para mí, yo bien o mal ya he tomado un camino en mi vida, pero tú ahora eres mi responsabilidad y también lo que más quiero.

Al día siguiente se encargaría de limpiar los restos de la cena, en ese momento solamente tenía ganas de acostarse y desconectarse un poco del mundo. Dejó a Jasper solo, aún parado frente a la mesa sin poder moverse, mientras rogaba en silencio que por fin la escuchara y le permitiera acercarse.

Entró a su cuarto, cerró la puerta y se quitó sus zapatos de tacón para dejarse caer sobre su cama, agotada.

Esperaba encontrar la manera de llegar a Jasper y esperaba que fuera pronto.

Lo esperaba y deseaba tanto como esperaba que ya fuera sábado en la noche.


Edward salió de la pizzería Bambinos, donde según su criterio vendían la mejor pizza de la ciudad. Sonrió mientras abría la puerta de su Ferrari y dejaba la comida en el asiento de copiloto, antes de sentarse en su puesto y arrancar rumbo a casa de Bella.

Estaba agotado de la jornada laboral y todavía no completamente recuperado de la salida del día anterior, no acostumbraba salir los jueves, pero Emmett había insistido y había pasado un buen rato hasta el final, cuando habían creído ver a Rosalie.

Se sentía mal por su primo, habían pasado tantos años desde que ella ya no estaba en su vida, y había pensado que la había superado, al parecer, se había equivocado.

Se había tenido de calar una gran mierda la noche anterior, su novia en lugar de estar con ellos había estado con el imbécil de James y esa situación lo inquietaba y lo ponía enfermo.

Giró a la izquierda en la intercepción en la 401, y observó las facturas que estaban en el tablero, inmediatamente las tomó y guardó en la guantera, pensando en que por fin estaba llevando a cabo la idea que lo había iluminado la noche de año nuevo, o noche vieja. No, había sido año nuevo, porque la epifanía había llegado justo después de las doce campanadas, le iba a pedir a Bella que se mudara con él, y utilizaría el día de San Valentín para hacerlo.

Quizás para muchos fuera una decisión apresurada porque solamente tenían ocho meses de relación, pero era una maravillosa y alucinante relación, y quería avanzar, se sentía listo para ello. La fecha solamente le daría la excusa para poder hacer un gran gesto o algo parecido, ya que sabía que era un romántico empedernido —lo habían acusado lo suficiente de ello—, y ese era el único momento del año donde no sería etiquetado como "cursi". Pero era más que cursilería lo que le guiaba, él sabía que el amor verdadero existía, lo había visto en sus padres cada día de su vida. Ellos tenían más de cuarenta años de casados y todo el tiempo había visto una relación de respeto, cariño y amor, cada vez que se miraban uno al otro. Su padre era tan romántico como él, y siempre le había repetido mientras crecía que las mujeres se conquistaban con detalles. Y que siempre diera lo que pedía a cambio.

Él quería hacer eso por Bella, eso y mucho más. Lo que tenía con ella era diferente… No como aquella vez cuando había tenido quince años y había perdido su castidad con su vecina Candy de diecisiete. En ese tiempo había quedado tan deslumbrado por el sexo que había considerado pedirle matrimonio a Candy.

Nadie podía haber culpado al pobre adolescente de tener ese deseo, había quedado tan satisfecho con el descubrimiento de su sexualidad que no quería apartarse de su novia, solamente pensaba en los beneficios que el matrimonio le traía a su vida; sexo las veinticuatro horas del día sin estar pendiente de cumplir un horario de visitas, o que lo juzgaran de cachondo. Afortunadamente nunca le había contado nada a nadie que pensaba casarse con Candy porque ella había terminado con él al irse a la universidad. Era una calamidad enamorarse de las chicas mayores.

Tampoco podría ser confundido con aquella oportunidad cuando tenía veintidós años y estaba de novio de Brandy, una ninfómana que había hecho realidad sus más sucias fantasías de ese entonces, como lo era el sexo anal. Hasta ese momento, cada vez que había intentado experimentar sus compañeras se negaban rotundamente, por lo que se había olvidado del tema, pero una noche de un viernes había llegado Brandy a su habitación que ocupaba en el campus, su compañero de cuarto había salido ese fin de semana y se encontraba solo.

Se había sentido protagonista de una película tipo American Pie cuando había visto que su novia sacaba de su bolso consoladores, tapones, bolas chinas; Brandy había parecido representante de Topper Ware sexual y estaba dispuesta a probar el funcionamiento de todo ese arsenal con él y como la guinda del pastel… ¡sexo anal! El sueño de todo joven universitario.

No habían salido de la habitación hasta el lunes en la noche que había llegado su compañero de cuarto. Edward había ido a pedirle que buscaran un apartamento para vivir juntos pero antes de hablar ella le había informado que esa experiencia era una especie de despedida porque se había transferido a otra universidad al otro lado del país. Después que se marchara, él se había enterado que no había sido el primero en hacerle... eso; de hecho era siempre su despedida cuando iba a terminar alguna relación.

El año anterior había tenido que mudarse a Seattle para alejarse de acosadora Melody, un ligue de una noche que casi se había instalado a vivir en su apartamento, y no porque él la hubiese llevado allí, en esa oportunidad no había siquiera considerado la posibilidad de casarse con ella, la mujer se había obsesionado con él y lo seguía a todas partes. Había tenido que ponerle hasta una orden de alejamiento aparte de pagar un costoso tratamiento con un otorrino ya que la única noche que pasó con esa mujer lo dejó con laberintitis y ronco, con las cuerdas vocales a punto del colapso de tanto gritar que dejara de gritar.

Había pasado un par de meses amargado con el mundo después de eso, hasta que le había contado todo su primo Emmett y este le ofreció la posibilidad de mudarse a Seattle, después de todo, hasta su mejor amigo, Garrett, estaba viviendo allí desde que había ido a la Universidad de Seattle a hacer su Maestría. Y ahora sí estaba donde pertenecía, tenía el trabajo de sus sueños, sentía esa ciudad como suya y desde hace ocho meses ya no se sentía vacío, ni objeto de deseo, era un simple humano que amaba con locura a su novia, con todos sus "Jamesdefectos" y virtudes. A veces le costaba entenderla cuando se le soltaba un poco la cadena y su sentido del humor era malditamente ridículo, pero era una chica dulce y no se burlaba de su particular forma de bailar. Era consciente que no se podía tener todo en la vida, unos padres amorosos, una carrera exitosa y muy bien remunerada, apartamento propio, coche último modelo, físico aceptable… no podía ser perfecto y tener aparte de todo eso un buen oído musical, no se quejaba de eso, podría verse mal pero se sentía bien bailando.

Se estacionó frente al edificio de Bella y bajó tomando las bolsas de comida. Llegó a los intercomunicadores buscando hacer malabares con las bolsas en sus manos, ya que no quería de ninguna manera que eso tocara el suelo. No había cosa más asquerosa que el suelo y evitaba en lo que pudiera, tocarlo con algo más que sus pies, salvo que estuviera teniendo sexo, allí no había problemas.

Tocó el número del piso de Bella, fantaseando sobre el día —muy cercano—, en que entraría a la casa donde ella se encontraba sin pedir permiso. Y no quería una llave, lo quería todo.

—¿Sí…? Uno… dos… ¡ya! —Escuchó del otro lado—. ¡Ja! Hoy te gane yo…

—¿Caramelito? —preguntó confundido. La escuchó mascullar algo pero en voz demasiado baja—. ¿Bella?

—¡Edward, cielo! Ya te abro… —Iba a hablar pero escuchó el sonido vibrante de la puerta y la empujó meditando en que le preguntaría sobre ello cuando la viera al entrar a su apartamento.

Subió en el ascensor hasta el séptimo piso y al salir la encontró parada frente a la puerta. Le sonrió como siempre hacia cuando la miraba. Era asombroso lo hermosa que era, con su cabello castaño ondulado y grueso, sus ojos marrón chocolate y piel clara. Podía estar usando lencería o un simple jean y franelilla, porque cuando le sonreía y sus ojos brillaban, estaba en el cielo… Tal vez debería incluir esa frase en el regalo que llegaría el lunes a su oficina.

—¿Qué fue todo eso? —le preguntó recordando lo que acababa de ocurrir.

—Una apuesta con uno de los niños del edificio…

—¿Cómo…? —le preguntó mirándola extrañado.

Antes de poder terminar de formular la pregunta, ella se había lanzado a sus brazos y estaba recibiéndolo con un beso apasionado, que lo lanzó contra la pared, retumbando las bolsas contra las paredes.

Él le respondió con igual pasión, bajando la cabeza y deseando tener sus dos manos libres para poder acariciarla.

—Déjalas caer… —le pidió Bella como si leyera su mente, pero él negó con la cabeza, antes de acuclillarse ligeramente y besarla más profundamente, apoyándola contra la puerta.

Cuando se separaron, se miraron por un instante, con una ligera sonrisa. Sintió que ella acariciaba su cabello y su mejilla.

—Entra…

Él asintió y se dejó guiar al apartamento de Bella, el cual era ligeramente extraño, sinceramente odiaba su decoración, con todos esos trapos colgando en su techo y el sofá estorbando en medio de la sala; pero estaba más que claro que cuando vivieran juntos, no lo harían en ese sitio, sino en uno más cómodo para ambos.

Dejó las bolsas sobre la mesa de café viendo como ella pateaba una especie de carpeta debajo del sofá.

—¿Por qué lo tienes allí? —le preguntó haciendo que ella lo mirara con inocencia. Sonrió por ello.

—¿Tengo qué, dónde? —le inquirió acercándose a las bolsas.

—El sofá, no lo entiendo. ¿Por qué no está pegado en una de las paredes? Es lo… habitual.

—Porque quiere ser una estrella… —le contestó y Edward la miró como si se hubiese vuelto un poco loca, como cuando hablaba de las flores voladoras de otoño, o cuando le había hablado del dedo meñique… pero no, eso le había terminado encantando al final, por algo había accedido a ser su bendito maniquí—. ¿Qué trajiste de comida?

—¡Pizza! —anunció con entusiasmo y la escuchó reírse antes de salir a la cocina a traer las cosas.

Después, se instalaron en el sofá, comiendo tranquilamente pizza y él estaba un poco confundido. Cualquier mujer ya estaría desesperada, hablando sobre el regalo que le había dejado en la oficina. Ella parecía como si lo hubiese olvidado por completo.

—¿Y bien? —le preguntó ansioso. Ella lo miró confundida, mientras movía sus pies debajo de sus piernas en forma de tic nervioso—. ¿No tienes nada que decirme? ¿No pasó nada… interesante… hoy? —indagó.

Bella tragó la comida que estaba ingiriendo y lo miró fijamente.

—¿Rosas, Edward? ¿Amarillas? ¿Día uno?

—Pensé que iban a gustarte… —comentó aturdido.

—No es que no me gusten, es que no tiene sentido que… —le refutó confundida.

—Tiene todo el sentido para mí —le retrucó.

—Es… adorable… pero no es necesario que… —comentó ella.

—Sé que no lo es —le interrumpió quitándole la comida y acercándose a ella—. Te estoy cortejando… Soy romántico y quiero llenar tu vida de romanticismo. Sé que antes tenías esas fiestas contra San Valentín, Emmett me lo contó, pero quiero que este año no lo necesites, que no te quede duda…

Ella lo miró dudosa y con expresión culpable, confundiéndolo.

—Quizás deberíamos hablar sobre algo… —escuchó que le decía contra su pecho, pero ya él estaba perdido.

—Te extrañe ayer… —le susurró acercándose y besándola suavemente.

Quería mostrarle que podía hacerse, quería enamorarla completamente. Quería deshacerla a fuerza de detalles y que se volviera en una creyente como él, del amor.

Decidió comenzar su cuenta regresiva para sus planes, no solamente con el regalo, le haría un desayuno con mensajes subliminales, tal vez un hotcakes con naranjas como una flor silvestre, fresas en forma de corazón, melón, bananas en forma de estrellas. Lo bañaría en sirope de chocolate, formando una carita feliz con las frutas picadas, y crema batida.

Estaba seguro que le encantaría

—Yo también… —le respondió entonces Bella subiendo sus manos y acariciando su cabello, como sabía que le gustaba.

Él sonrió y la besó suavemente, llenándose de ansias de llevarla a la cama, y amarla, porque se lo haría entender. Al finalizar el próximo catorce de febrero, estarían viviendo juntos y ella descubriría la magia de esa fecha. Él se la enseñaría.


Un agradecimiento especial a Amafle, quien fue la mayor responsable de la escena de Emmett, pero por razones ajenas a su voluntad, no pudo continuar en el proyecto. Todas te enviamos buena vibra y todo nuestro afecto. :D


¿Quiénes son las autoras de los personajes Jasper, Jacob, Emmett, Esme, Edward?

Explicamos: Son 14 personajes –Jasper, Alice, Jacob, Emmett, Esme, Bella, Edward, Leah, Garrett, Bree, Ángela, Tanya, Carlisle, James-, estos serán trabajados por 13 autoras, y tendrán en pov de cada uno, cinco escenas, a lo largo del fic, adicional a sus menciones y conexiones con los demás personajes. En esas cinco escenas cada autora dejara una o varias pistas sobre su autoría, para que descubrán cuál personaje se encargaran ellas.

Puedes ir intentando adivinar, eso sí, pedimos que sea una autora por personaje no decir, por ejemplo, creo que a Bella la escriben Gery y Aryam… para tener nuestro control.

Los anónimos no lo contabilizaremos salvo que nos dejen su correo y coloquen un nombre, que mantendrá durante todo el proceso, porque sino no sabremos cómo comunicarnos con este.

Siempre digan: "Creo que Emmett es de tal autora…"


Gracias por leernos. Si les gusto o no, dejen sus reviews :P