Capítulo 2.
Aún dormido, se negaba a soltar sus manos.
Como una avalancha, los recuerdos de los sucesos ocurridos recientemente, inundaron su cabeza mientras un conocido color rojo se apoderaba de su rostro, y antes de poder articular palabra, Asuna movió inconscientemente una de sus piernas, despertando al pelinegro dormido en su regazo, que al verse descubierto en su osadía, imitó a la pelirroja cuyo rostro estaba tan rojo como su cabello.
—¡Asuna, de verdad lo siento, no quise hacerlo, discúlpame, dde verdad, no quería…!
Antes de que Asuna replicara él ya se hallaba fuera de su alcance con la frente pegada al suelo pidiendo desesperadamente disculpas por su atrevimiento.
Asuna respiró profundo, tratando de tranquilizarse, con la esperanza de que su voz sonara lo suficientemente fuerte habló, no obstante fracasó miserablemente.
—Kazuto—su voz había sonado tan aguda, señal de que estaba sonrojada—, ¿podrías levantarte? P-por favor, no hagas eso.
El mencionado levantó la vista sorprendido, ¿acaso su sacrílego atrevimiento había sido perdonado?
—Esto, Asuna—lentamente se ponía de pie, con una de sus manos rascándose la nuca y la mirada gacha— ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo? ¿No tienes hambre? ¿Quieres que llame a un médico? ¿O a Lisbeth? ¿Quieres que me vaya? ¿Necesitas tomar algo? ¿Quieres una pastilla para algún dolor?...E-esto, ¿Te sientes mejor?
Asuna sin darse cuenta de lo que hacía sonrió conmovida ante la actitud del chico, causando que este abriera los ojos sorprendido ante lo que ocurría, la mujer de sus sueños, la chica que amaba, su adorada esposa, su amada, le había cumplido uno de sus más deseados anhelos.
Ella le había sonreído, a él, por vez primera desde que se habían conocido.
Y no pudo evitar sonreír sinceramente enternecido, al final de la recta, no todo en su vida había sido tan malo.
Sonriéndose mutuamente, el tiempo siguió su curso.
Y antes de que se dieran cuenta, el espacio entre ellos se hizo demasiado amplio, y en una extraña medida, innecesario
Hasta que un gruñido proveniente del estómago de la mujer, rompió la extraña burbuja que se había formado, avergonzándola hasta niveles desconocidos, provocando que el rojo volviera a su rostro, obligándose a ocultarlo bajando la cabeza rápidamente.
Una imperceptible sonrisa capturó el rostro de Kazuto, mientras susurraba al aire.
—Supongo que si tienes hambre…
Unos ojos del color de la miel lo observaron atentos mientras se acercaba a la puerta que daba al pasillo de la casa, sin saber por qué, se sentía increíblemente alegre, y estaba consciente de que estaba sonriendo, a pesar de que no lo había hecho en mucho tiempo, y en las últimas horas no había dejado de hacerlo.
—Kazuto—la voz de la mujer que aún se hallaba en el lecho lo paralizó completamente—, si no es molestia, me gustaría saber a dónde vas—se giró para contemplarla, y la encontró mirando al ventanal que daba al jardín del hogar.
—Me dirijo a la cocina—apenas podía articular palabras—quiero prepararte el desayuno, si no te molesta, claro.
Quedándose en silencio nuevamente, ella despacio se giró a mirarle, y con una sonrisa pequeña asintió suavemente.
—Gracias de verdad, avísame cuando termines, yo me arreglaré todo este desastre que estoy hecha.
—Claro, no te preocupes, déjamelo a mí, yo lo hago, de veras, enseguida…
Y mientras seguía murmurando cosas, salió despavorido de la habitación.
Asuna lo observó abandonar el cuarto, una invisible mueca alegre se había estampado en sus labios, lentamente, posó sus pies desnudos en el frío suelo de la habitación, y sin darse cuenta acariciaba suavemente una de sus manos, la que aquel tímido pelinegro había sostenido tan fervientemente.
Tan cálida…
-O-
Kazuto era un hombre inteligente, como uno de los principales brazos que tenía la compañía de su padre, había experimentado varias situaciones difíciles, y algunas veces, cerca de lo imposible, pero siempre había salido airoso de cada una de esas situaciones, sin embargo esto, ESTO, superaba completamente sus límites.
— ¿Qué querrá Asuna en el desayuno?—exclamó al aire.
Estaba visiblemente aterrado, nunca se había caracterizado por ser un chef de primera, ya que en contadas ocasiones fue que necesariamente tuvo que hacer uso de la cocina, y, cómo decirlo, no es que le fue muy bien.
Fue por eso que una cocinera fue contratada para la mujer de la casa, generalmente él no estaba dentro del hogar a la hora del desayuno, se marchaba temprano para cumplir con los labores de la empresa familiar y como Asuna podía con sus labores empresariales desde la comodidad de su hogar, estos casos nunca habían ocurrido.
Sin embargo, recordaba bastante bien que la cocinera del hogar tenía su día libre ese mismo día.
Golpeó su frente con la mano tan fuertemente que empezó a marearse, hasta que un recuerdo asaltó su mente.
"Si necesitas cualquier cosa, tienes mi teléfono en la mesita de noche de Asuna, no importa la hora que sea, vendré enseguida"
—¡Lisbeth!—exclamó victorioso.
Ahora sólo había un problema.
El número telefónico de la castaña se encontraba en la habitación de su esposa.
Que por cierto dijo que iba a arreglarse.
Y posiblemente lo esté haciendo en este instante.
Corría un riesgo letal de ser asesinado por su mujer si esta lo pillaba en su habitación mientras ella se encontraba bañándose.
Bien podría esperar a que saliera de su habitación e ir por el número telefónico, pero no se le ocurría cómo explicar a la pelirroja que necesitaba el teléfono de su amiga para preguntarle que hacerle de desayuno.
Era tremendamente estúpido.
-O-
Y sin embargo ahí estaba, mirando para todos lados —a pesar de que él y Asuna eran los únicos habitantes de la casa —preparado para infiltrarse en la habitación de la mujer de orbes miel.
Lentamente, y procurando no hacer ruido, rezándole a todos los dioses que conocía e inventándose otros por el camino, en pos de su sigilo, abrió la puerta, despacio…
Bien, Asuna seguía en su sala de aseo, no había señales de que fuera a salir pronto, al escuchar el incesante sonido del agua caer, proveniente de la ducha, y entonces, avanzó despacio hacia la cama de la pelirroja.
Distinguió la mentada mesita de noche y fue directo a por ella.
Bien, ya tenía la nota donde la castaña había dejado el número para contactarla, ahora sólo restaba… El sonido de la ducha paró abruptamente.
El pobre muchacho se paralizó; la puerta de la ducha empezó a abrirse.
-O-
Asuna respiró hondo al verse de nuevo en su habitación, por un instante, se sintió observada, no obstante, abandonó esa sensación en segundos, al recordar nuevamente ese suceso tan extraño.
—Esa calidez—le susurró al aire, observando sus manos—, esa paz…
Dándose cuenta de sus pensamientos, se sonrojó severamente, cosa que empezaba a suceder más seguido, ¿qué había cambiado? Hace unos días no habría permitido tanto acercamiento de parte de su joven esposo, sin embargo, todo había cambiado tan drásticamente de la noche a la mañana ¿Qué estaba sucediendo?
Llegaron a su mente los recuerdos del día anterior, la promesa de Kazuto y el beso robado —sonrojándose furiosamente ante lo último—. Asimilar demasiadas cosas a la vez habían provocado su desmayo, nunca había sido propensa a las emociones fuertes, cuando era una niña se desmayaba con frecuencia debido a eso.
La promesa de libertad. Asuna había añorado tan fervientemente ser libre de nuevo, dejar de una vez por todas ese lugar, empezar de nuevo alejada de la familia que le había hecho tanto daño obligándola a casarse con un hombre al que no amaba…
Pero, ¿y qué había con él?
Por primera vez desde que lo conocía, Asuna se paró a pensar en cómo se sentiría él, con respecto a todo lo que había pasado. Era consciente de su amor hacia ella, pero…
No es como si él hubiera deseado este matrimonio, como si él hubiera tenido elección, el honor de su familia estaba en juego. No es como si él no se hubiera sentido preso de su destino ante lo que había ocurrido.
—No es como si él—pronunció lentamente cada palabra—, no fuera una víctima.
En ese momento recordó.
Recordó los meses sin hablarle, los días de indiferencia, las tardes que desaparecía sin importarle si le buscaría o no, las navidades, donde el inocentemente le obsequiaba un humilde presente, para ser destrozado por ella misma frente suyo.
Recordó descargar su ira y frustración en la persona que más habría sufrido con todo ello. En ese momento, Asuna se sintió la tirana más tirana sobre la tierra.
-O-
Kazuto no sintió más pasos, el silencio había inundado la habitación, de nuevo, rogándole a todos los dioses que conocía y otros tanto que no permitía su religión sacó la cabeza…debajo de la cama.
Posteriormente, y una vez que estuvo fuera de la habitación de su esposa, recargó su espalda por la pared más cercana, respirando despacio, intentando calmar los latidos de su corazón que amenazaba con salírsele del pecho y se enorgulleció de su hazaña.
—Kirigaya Kazuto, lo has hecho de nuevo—se auto felicitó regodeándose de su victoria, hasta que recordó que debía llamar a Lisbeth.
Se apresuró a llegar al teléfono más cercano, los segundos pasaban, y de pronto una voz familiar le saludó desde el otro lado.
—Lisbeth—su voz sonó extremadamente ronca, casi asustando a su interlocutora—, necesito tu ayuda.
—¿Kazuto?—su voz sonó sospechosa— ¿Qué ha pasado?
En el transcurso de cinco minutos, la chica de pelo castaño estuvo al tanto de todo, y después de otros cinco minutos de burla, decidió ayudarlo.
—Pues…—aún había rastros de risa en su voz— Tal vez té rojo, pan, mantequilla, un poco de café con leche y miel estaría bien. Dios Kazuto cómo es posible que no sepas eso si…
Calló abruptamente al darse cuenta de lo que había dicho, deseando que la tierra se la tragase por tal metida de pata.
—Gracias por tu ayuda. Lisbeth—Kazuto se oyó demasiado estoico—, nos veremos.
Colgó.
El pelinegro apoyó sus manos en el respaldo del fregadero, las palabras que había dicho la castaña le apuñalaron el corazón, al darse cuenta de la verdad en sus palabras.
No conocía absolutamente a su esposa.
Cerró los ojos conteniendo cualquier rastro de debilidad, mientras se serenaba a sí mismo.
"No importa, dentro de un tiempo, nada más lo hará"
-O-
Asuna finalmente había salido de la ducha. Dirigiéndose a su guardarropa, escogió un vestido azul pastel y unas sandalias plateadas, la temperatura había mejorado notablemente en la mañana pues en esos momentos, el sol tímidamente enviaba sus rayos de luz a esparcirse por toda la tierra, llegando hasta su ventana e iluminando toda la estancia, y el calor del sol inundaba su habitación, llenándola de una calidez deliciosa, definitivamente el calor del sol se sentía tan bien…
Nuevamente recordó esa calidez, superando a todo el calor que el sol emanaba, una calidez tan pacífica, tan tranquilizante, tan propia de él… Y en ese instante detuvo sus pensamientos, sin darse cuenta ya estaba vestida.
Sin más salió de su habitación, al momento de cerrar la puerta, el olor familiar de su té favorito anegó sus fosas nasales.
Y no pudo evitar sonreír extrañada.
-O-
Kazuto sonrió victorioso ante una verdadera hazaña, frente a él, el más perfecto desayuno yacía sobre la mesa, de todas las comidas que había hecho, ésta se llevaba el premio mayor sin lugar a dudas.
Aunque no es que tuviera mucho de donde elegir.
Pero eso no importaba, lo verdaderamente importante era que su plan había resultado, el desayuno había cumplido sus expectativas, ahora sólo faltaba llamar a su esposa para que bajara.
Volteándose, se topó con una de las visiones más hermosas que había contemplado; Asuna estaba observándolo, recargada contra el marco de la puerta, con esos ojos tan verdaderamente hermosos. Todo en ella era perfecto, sin embargo, el hecho de que lo estuviera contemplando a él y sólo a él, hizo que enrojeciera sus mejillas, a tal punto que bajó la cabeza levemente en un intento de ocultar su ruborizado rostro.
—Esto es—empezó despacio la pelirroja—, de cierta forma algo sorprendente, no sabía que cocinabas tan bien.
—"Y no lo hago, esto es un milagro"— pensó Kazuto.
Asuna se acercó a la mesa, ahora era el turno del pelinegro de contemplarla, ese vestido azulado le sentaba tan bien, traía el pelo suelto, y la familiar gargantilla obsequio de su abuelo meses antes de fallecer. Pero hoy, ella estaba particularmente brillando.
Kazuto soltó un suspiro soñador, era tan hermosa.
Despacio, ella escogió un lugar cercano a la cabeza, y lentamente se sentó, aún un poco sorprendida por el desayuno tan bien preparado que la vista le ofrecía, era notorio el esmero que el chico que la observaba desde la distancia había empleado para ella.
Y nuevamente, se sintió culpable.
Kazuto caminó despacio y ocupó el lugar frente a la pelirroja, lentamente, tomó la tetera y sirvió despacio un poco del brebaje en ambas tazas. Asuna, aun sorprendida por tal detalle, sólo asintió descuidadamente mientras esperaba a que su esposo terminara.
El tiempo pasó y el silencio era irrefutable, no obstante, no era uno incómodo, sino más bien uno agradable, ya que no había tensión en el ambiente. La tranquilidad se respiraba a gusto y los pajarillos trinaban en la distancia, para Kazuto fue una de las mañanas más tranquilas de su vida, y anheló que todas ellas fueran iguales.
Sin embargo, sabía que eso pronto terminaría.
En medio de la tranquilidad que reinaba en el hogar, sonó el teléfono.
Mientras Kazuto ya se levantaba para ir a contestar al impertinente, Asuna ya estaba de pie y yendo hacia el mismo.
—Hogar de la Familia Kirigaya – Yuuki ¿quién habla?
Oh vaya, esto si era extraño.
Kazuto se quedó mirando a la hermosa mujer que había contestado el teléfono, boqueó sin darse cuenta.
Por primera vez desde que estaban casados, ella había utilizado ese apellido.
Y como tantas veces, no puedo evitar que su corazón latiera con fuerza ante la expectativa.
—Kazuto—la voz de su amada lo despertó de su ensoñación—, es de la empresa de tu padre, te buscan.
Lentamente tomó el teléfono, aún pasmado por lo ocurrido, se puso al habla.
—¿Diga? —Kazuto se escuchaba algo molesto, aunque el motivo era desconocido para su esposa Kazuto estaba odiando al ser que había interrumpido su mañana soñada.
-O-
Asuna sintió sus mejillas arder, eso se había salido accidentalmente, no había esperado decir eso jamás, sin embargo, había sonado tan natural que no pudo evitarlo.
Una voz en su interior resonó en el vacío de su mente.
—"Suena muy bien"
