*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 3
El pequeño respeto o lástima que le tenía a Emily se convirtió en odio. El odio que sentía con Leah se convirtió en algo indescifrable. Ahora estaba en sus manos o era lo que pensaba.
Después de ir a la universidad y durante, Leah y Emily fueron a una universidad importante fuera del país. Yo no.
Decidí ir a la estatal de diseño y tuve suerte en que me aceptaran. Mis sueños de seguir adelante y regresar con mi madre crecieron y con el pasar de los años. Lo había logrado.
Pero no olvidaría esa noche. Y tampoco saldría de las garras de mis hermanastras.
—Donde sea que vayas te encontraré. Las marginales como tú deben estar en el suelo. Y es lo que harás, limpiarás los suelos de la empresa en que nuestro padre trabajó. He escuchado que abrirán el caso de Jacob, y yo todavía puedo hablar y decirles que fuiste tú. Piénsalo, Isabella. Creo que ahora eres más lista. Tú jamás serás alguien. Y además, la chaqueta de Jacob, la tengo yo y tiene tus huellas. Tampoco te olvides de la cicatriz que tienes en tu muñeca donde te rasguñó con su reloj al querer sostenerse de ti. ¿Salvarte? Ya no lo recuerdo. Que esa cicatriz te recuerde que estás en mis manos, Isabella. Siempre lo estarás.
Mi mundo se vino abajo y desde hace seis años estoy en las sombras de no ser reconocida. Fui la última que lo vio con vida y parte de mí se culpa.
Murió intentando salvarme.
Leah y Emily no me hacen la vida imposible, pasan meses en donde me ignoran y ni siquiera las veo. No sé cómo terminaron trabajando en la empresa donde mi padre era socio. Pero lo hicieron. Casualmente después de graduarme no recibí ninguna oferta de trabajo y en ninguna empresa de diseños me aceptaban.
No tenía nada. Solo limpiar suelos y atender en una cafetería.
No tengo miedo de ir a la cárcel y las probabilidades de que eso suceda son mínimas. Pero tampoco tengo otro trabajo. Y mi sueldo ayuda bastante a mis padres. Tenemos una hipoteca libre gracias a mí, tenemos comida en la nevera y podemos disponer de pequeños viajes a la playa a dos horas de la ciudad cuando se nos apetece.
Seattle es una de las ciudades más hermosas, como también caras. No me perdonaría si dejara desamparados ahora a mi familia, no ahora que el abuelo está cada día más viejo.
Y me he lamido suficiente las heridas para aceptar que, siempre seré una cenicienta.
Mi estómago duele debido al golpe de Leah, pero ya pasará. No me importa que me golpee, le diré su par de cosas cuando sea necesario. No le tengo miedo y me rehúso a vivir bajo sus sombras o amenazas, ya no soy ninguna niña y definitivamente mi padre no está vivo para soportarlo. Solamente tengo que mantener mi trabajo y ser feliz. Aunque no sea el trabajo de mis sueños.
Ahora me toca limpiar el piso de los jefes. Y nunca me había sentido intimidada hasta ahora. Pese a mi overol, algunos empresarios siempre me ven de forma lasciva. No entiendo por qué.
Rosalie dice que es porque soy hermosa y que ningún overol puede ocultarlo.
Pero yo pienso que es otra cosa.
Que son unos perros y ya.
Me quedo absorta cuando termino el pasillo principal, solamente tengo diez minutos para hacerlo antes de que salgan todos de la oficina. Los suelos deben estar inmaculados, pero es prohibido que te vean limpiando, a excepción de los baños, en mi caso, el de mujeres.
Escucho pasos.
Me escondo y me apresuro a limpiar. Me inclino en una esquina para ver si no hay nadie en los pasillos y salir de aquí en cuanto antes cuando veo una silueta.
Ese aroma.
Esa espalda, no puede ser de otro.
El señor C.
Cierro mis ojos y ahogo un grito cuando lo veo pasar a lo lejos. Este maldito laberinto va a volverme loca. Camino lo más rápido que puedo antes de que el señor C me mire y mi veo mis pies andar. Todavía estoy un poco mojada de agua sucia y estoy cagándome del frío. Este piso es bastante frío y ya sé por qué.
Cuando veo el elevador de servicio a lo lejos me apresuro, pero pierdo el intento cuando el señor C se pasa frente a mí y frena en seco para no dar de narices con él y mi carrito de limpieza.
Cierro mis ojos y solo puedo escuchar su respiración cansada debido al frenazo que acaba de dar.
Nunca lo he visto de cerca y no quiero hacerlo. Mantengo mi mirada baja y abro mis ojos para ver la punta de sus zapatos.
Negros, brillantes y seguramente caros. Su traje es azul marino también.
No habla así que soy la primera en hacerlo y ya sé qué decir:
—Lo siento, señor.
No dice nada, me hago a un lado para darle acceso libre y que pase, pero hace lo mismo que yo y vuelve a estar frente a mí. Yo sigo sin levantar mi mirada. No por miedo, es por respeto. He escuchado que al señor C no le gusta interactuar con el personal y mucho menos con los de limpieza. Sería una suertuda si siquiera me dirige la palabra y no me despidiera en estos momentos.
—Si vas a hablarme, más te vale que me veas a la cara, niña.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Poco a poco levanto la mirada, recorriendo todo su cuerpo, caderas anchas, piernas tonificadas seguramente. Su traje de tres piezas pulcro, un pecho fuerte y espalda ancha que… me da miedo llegar a su cuello. Veo una barba bastante larga asomándose desde ahí.
Entonces lo veo a los ojos.
Unos ojos azules, más azules que el cielo o el océano.
Su cabello castaño y un poco largo peinando hacia un lado. No tiene que hacer tanto esfuerzo en ello.
El hombre… el hombre es hermoso, tanto que duele. Y más si me he imaginado todo tipo de cosas de con él y ahora que lo tengo enfrente de mí, me siento como una idiota.
«Si el supiera»
Su mirada es oscura, tan oscura que me dan ganas de llorar. Puede que sea el hombre más hermoso que haya visto en mi vida, pero su aura desprende peligro y oscuridad. No me dedica una mirada lujuriosa, tampoco de desagravio. Hay algo en la forma en que me ve que llama mi atención, y es que me ve como nunca antes un hombre como él lo había hecho.
Como un ser humano.
—Lo siento, señ…
—No hables—Me corta.
Sigue el silencio, por lo que entiendo que estoy estorbando a su paso. Me hago a un lado y esta vez él no se mueve a mi dirección.
Trago y respiro profundo, no dejo de verlo. Le gusta que lo vean a la cara, pues es lo que hago. Otra mujer en mi lugar estaría orinándose aquí mismo, pero yo no. Yo milagrosamente no le tengo miedo, solamente curiosidad de saber por qué le temen tanto y por qué nadie le sostiene la mirada al señor C.
Más conocido como Edward Cullen, el CEO de Cullen Publicity y dueño prácticamente no solo del mundo publicitario e imagen internacional, sino del mismísimo mundo.
Me ve por última vez de arriba abajo antes de decir:
—Cámbiate esa ropa, o cogerás una pulmonía.
Me dice en un perfecto acento inglés. Por Dios pensé que solo en las películas se escuchaba así, pero en más sexy en la vida real.
—Sí, señor.
Entonces se va. Escucho que entra al elevador, su elevador y las puertas se cierran. Es cuando vuelvo a respirar. Y lo único que puedo hacer es reírme a carcajadas. Salgo de ahí lo antes posible antes de que regrese y hago lo que me pide. Me cambio de ropa. No sin antes recordar ese tono de voz.
Por fin, en tantos años, algo me ha dejado en las nubes y es que de todas las mujeres en el mundo y en este gigante rascacielos. Yo fui una, por no decir la única, que no le teme al señor C. Al contrario, llama mi atención de una forma que no podría explicar con palabras, son con mis locas fantasías.
Pensé que lo haría, escuchar hablar de él, incluso a Rosalie que pocas veces está en juntas con él. Que es un tipo difícil, de malas pulgas y que hace que te orines en las bragas con escucharle hablar o con una simple mirada.
Mis bragas estuvieron intactas. Aunque podría jurar que mi corazón sintió algo, de esas sensaciones que solo pasan al final de las películas.
Esa noche, cuando llegué a casa, cuando cené con mi familia, cuando me fui a la cama. En mi mente quedó ese tono de voz, ese aroma y las palabras que dijo. Me picaba por buscar información sobre él. Google estaba repleto de sus fotos y no me molesté en buscar información, con las fotos me bastó.
Era un hombre bastante importante. No tenía muchas citas aunque una foto en particular llamó mi atención.
Una con foto de él con Leah.
Por supuesto. Era un hombre bastante guapo e importante como para que Leah no pusiese sus ojos en él. No me sorprende que trabajase en su misma empresa.
Seguramente estaba buscando ser la señora Cullen.
Cerré mi ordenador, estuve molesta conmigo misma. Por recordar las locas fantasías que tenía con él.
Doblando mi espalda contra su escritorio y tirando de mi overol mientras me tomaba en silencio o mejor, él metiéndose en mi cama a la media noche. Ese pensamiento llevó a meter mis manos dentro de mis bragas ya no tan secas.
¿Qué me estaba pasando? La última vez que me gustó alguien terminó muerto gracias a ella, no quería imaginar lo que sería si Leah se diera cuenta que él, el señor C tuvo el descaro de hablarme.
¿Descaro? Descaro el mío por no temer a su mirada y querer saber por qué lo llaman "Temido señor C".
El día pasa bastante veloz, tanto que ahora mismo estoy tomando una copa en casa de Rosalie. No me dejó regresar a casa luego de que le contara que había tenido un encuentro muy cercano con el C tipo.
—¿Sólo eso te dijo?
Asentí tomando un sorbo de vino blanco.
—No puedo creer que te haya hablado. A veces estamos en las juntas y él no dice ninguna palabra. A veces manda un vídeo pidiendo lo que quiere por capricho de no presentarse. No le gusta estar rodeado de gente, por eso todos trabajamos en oficinas cerradas para que él pueda desplazarse de un lugar a otro. Y sus citas ¡Qué te digo!
—Vi una foto de él con Leah. Parecían bastante elegante los dos y él ponía su mano en su cintura.
Ponemos cara de asco enseguida.
—No creo que no haya pasado nada. Leah camina con las piernas abiertas todo el tiempo, si sabes a lo que me refiero. Es una zorra. Pero Edward no es ningún tonto. Sus pocas novias han sido bastante exclusivas por no decir escasas. O el tipo es gay o tiene un problema de C menor. No se le conoce como mujeriego, no es el típico cliché de magnate empresario. Él realmente parece que haya sufrido mucho. Como tú. Pero si tiene una vida secreta, la ha sabido guardar bien.
—¿En qué momento nos enfocamos en mí? Vamos, ¿Qué dolor puede tener alguien como él? ¿No poder contar sus millones por sí solo? Se ve arrogante, mal humorado, lo que tiene de guapo lo tiene de tirano y su barba ¡Dios! Parece un tipo lleno de tatuajes que fuma.
—Los tiene y creo que sí fuma, como yo.
Me atraganto. Esta conversación con Rosalie no irá a ningún lugar y menos si el humo espeso me hace burla al salir de su boca. Al menos ella lo conoce un poco más. Trabajan juntos. Rosalie dice que Edward confía en sus ideas y campañas.
El trabajo de Rosalie es increíble. No tanto como el de Leah, es ejecutiva de imagen, la que recluta a las modelos esqueléticas como ella y Emily viene siendo como su perrito faldero, se encarga de la música de los comerciales. Rosalie es la de las ideas, y el puesto sobre crear los propios diseños exclusivos de Cullen Publicity, ese simplemente no existe. Por eso nunca soñé si quiera con aplicar a un trabajo, no tan lejos de limpiar suelos.
—Su padre murió, creo que toda su familia a excepción de su madre y hermana.
No lo sé. Creo que por eso tiene esa cara.
—¿Estás hablando del señor C? —Pregunto y ella pone los ojos en blanco. Por supuesto que es de él.
—Dicen que no quería hacerse cargo de la empresa. Que no se llevaba bien con su padre, pero al morir heredó el conglomerado de publicidad.
—¿No se dedicaba a eso? —Niega—¿Entonces qué hacía?
—Le gusta comprar, compra muchas empresas, pequeñas o grandes no importa. Las levanta de donde estén y las convierte en una gran potencia. Creo que le gusta "salvar" cosas, además del arte. Es un auténtico sabelotodo sobre el arte.
—Interesante.
Después de hablar, criticar y sumergirnos en la vida del señor C. Algo no andaba bien en la cabeza de Rosalie. Sabía que algo le sucedía y no era la primera vez que le ayudaba a aclararse las ideas.
—Esta cena. Algo así en plan aniversario. Mi jodida jefa junto a Leah quieren hacer algo al respecto. Algo me dice que quieren impresionar bastante a Cullen. Él nunca va a esas cosas a menos que sean de sus propias empresas, pero todo lo que tenga que ver con Cullen Publicity se limita mucho a dar la cara y más en celebraciones. La cosa es que, tengo que prepararla o al menos tener una idea del tema. No soy ninguna organizadora de eventos, pero el trabajo es trabajo.
Estoy viendo el techo de su apartamento. Una vez soñé con tener el propio pero no me quejo de vivir con mi madre.
— Haz una fiesta, las fiestas con chicas, alcohol y buen banquete siempre impresiona. Que sea una fiesta elegante. No como la mierda de enmascarados que está más que trillado, pero sí que sea muy elegante.
—¿Encaje y esmoquin? —Pregunta.
—Sí, príncipe y princesa—Me burlo pero Rosalie lo toma en serio—¿Estás hablando en serio? Por favor no digas la mierda de enmascarados o disfrazados.
—No, pero tiene que ser una fiesta elegante como la jodida boda real.
—Pero sin los sombreros de colores.
—Desde luego. —Vuelve a servir una copa para ella y para mí—Como siempre salvándome, como regalo serás invitada.
—No cuentes con ello.
—Vamos, Isabella irás en un hermoso vestido de encaje y nadie te reconocerá además como estaré organizándolo te salvarás de tus hermanas algo se me ocurrirá, me lo debes.
—No te debo nada, puta.
—¡Oh, claro que sí!
De ninguna manera iré a esa fiesta. Ni todo el maquillaje del mundo y la ropa hará que me convierta en cenicienta de una noche. Una: porque mis hermanas me reconocen hasta en la sombra y dos: no existen los príncipes azules.
Quizás los grises sí.
¿Qué está haciendo el señor C a esta hora de la mañana? es la tercera vez que me escondo de él mientras limpio. Lo he hecho a mi hora correspondiente en diferentes pisos y lo he visto en todos ellos. Si no estuviera cuerda diría que quiere encontrarme por aquí.
Lo dudo mucho.
—¿Te encuentras bien, Isabella? —Pegunta el señor Clay.
—Sí, señor Clay.
—El otro día no pude felicitarte por cumpleaños.
—Me la pasé genial con mi familia y amigos.
—Es bueno saberlo. Te mereces algo así y más. Mi esposa ha enviado saludos y me recordó de invitarte una tarta, así que he comprado una para la hora del almuerzo.
—No tiene que molestarse, señor Clay.
—Tonterías, es una buena excusa para compartir.
Termino mi día como de costumbre y me despido del señor Clay. Como es habitual en tres veces a la semana, trabajo en un café para ricos, el Le Dome. Me gusta llamarle así porque es un café en donde jamás verás entrar a alguien común. Sólo ejecutivos o sirvientes de ejecutivos vienen a este café o se sientan a tomarse uno.
Carmen, mi jefa y además dueña del café, es una en un millón. Puede darse el lujo de atender a sus propios clientes, o en sus propias palabras "De primera calidad" a pesar de ser la propietaria del lugar le gusta atender a sus propios clientes y ser una buena compañía. Trabajo para ella tres veces por semana o en eventos especiales, el resto de los días otra chica viene en mi lugar.
—Mataré al próximo que entre por esa puerta con el mismo traje y pida el mismo café de siempre—Se queja Carmen. No la culpo. He preparado el mismo late durante la última hora. Y también he visto el mismo traje negro de marca.
—Bueno, es mejor a que no entre nadie—Le digo, mientras termino de limpiar algunas tazas y poniéndolas en su lugar.
—Me retracto lo de matar—Dice por lo bajo, lo que me da la impresión de que alguien ha entrado luego de escuchar la campana de la puerta—Y ése definitivamente es un traje caro.
Me rio por lo bajo. Hasta que me doy cuenta que Carmen no atiende el cliente. Siento que la piel del cuello se me eriza como también la presencia y que alguien me está observando. Al momento en que dejo las tazas a un lado me doy cuenta que tengo que atender yo misma al cliente, así que me obligo a levantar la mirada y lo que veo a continuación me deja muy sorprendida y nerviosa sin saber por qué.
El señor C.
Me le quedo mirando como si necesitara algo de él cuando es malditamente al revés. Su barba parece que ha crecido y el color de sus ojos se ha intensificado. Ahora son de un azul intenso. Y su traje es siempre azul, el mismo azul que hace resaltar al color de sus ojos. Me doy cuenta de la retorcida realidad que nunca antes lo había visto tan cerca, ni siquiera aquella vez que casi colisiono con él.
—¿Se quedará mirándome así o tengo que ir a otro lugar?
Su voz, esa voz gruñona mueve todo en mi interior y me hace aterrizar a la realidad. Sus ojos están clavados en mí de una forma que no puedo descifrar y algo inesperado pasa. No me siento pequeña, tampoco con miedo o pena alguna, al menos no una que me obligue a bajar mi mirada como la primera vez que estuvimos frente a frente.
Es más frío de lo que me pude haber imaginado y me incita a querer saber qué más se esconde en esa mirada. Además de indiferente… sufre.
—Lo siento, señor ¿Está listo para ordenar?
Es la primera vez que lo veo aquí. A menos que visite el café en los días en que no estoy aquí. Porque ni siquiera mira el menú o pregunta la especialidad del día.
Es increíble que alguien como él compre su propio café.
—Un café Irlandés—Ordena firme—Con cinco tazas de café en lugar de seis, sin las doce cucharadas de azúcar, con todas las copas de whisky. Para llevar.
¿Un qué? ¡Mierda!
En ese momento Carmen vuelve a hacer presencia. Me hace un guiño y yo le pido ayuda con un gesto.
—Enseguida, señor—Me doy la vuelta, dándole la espalda y algo me dice que sigue viendo cada uno de mis movimientos.
—¿Café Irlandés? —Le pregunto a Carmen. Me indica el libro de preparación de café y rápidamente busco el café Irlandés y su preparación. Esto sí que me pone nerviosa. Vierto cada taza pequeña como lo dice en el libro y cómo lo ha pedido él y me parece que estoy preparando algo parecido a una bomba.
¿Quién puede tener un día tan malo para tomar el café con whisky? Alguien como el señor C. Alguien que no se le hace esperar y tampoco te le quedas mirando por mucho tiempo.
Al momento de darle el café para llevar sigue sin quitar los ojos de mí. Mi yo interior me obliga a mirarle, así que lo hago.
—Sus manos están frías—Me dice.
No digo nada. Para estas alturas ya debe haberse dado cuenta que soy la misma chica con la que se tropezó el otro día. O no.
Bueno, no me dio pulmonía lo que sí me dará es un infarto si insulto su boca con el café que he preparado.
Sus manos han rozado lo suficiente para darse cuenta que mis manos están heladas, no sé por qué pero siempre están así, aunque nunca me doy cuenta de ello. Cuando veo que lleva el café hacia sus labios y toma un sorbo, abro mi boca en protesta porque puede quemarse. No parece importarle y lo toma de todas formas.
¿Qué de malo tiene este hombre? Nada de lo que hace parece normal.
—Son…—Me tiende un billete de cien dólares de mala gana y eso me enfada un poco. Ya que su café cuesta menos que eso.
—Quédate el cambio.
Lo que había encendido en mi interior se convierte en fuego, en uno más caliente que su café y retiro el billete hacia su dirección, devolviéndolo.
—En ese caso, invita la casa.
No hay ninguna expresión en su rostro. Tampoco se ve asombrado o molesto. Parece fingir o el tipo es un maldito robot con sus emociones.
—Este café no hace tal cosa. —Rechaza.
—Tampoco clientes que den esa cantidad de propina—Contraataco.
Veo apenas la comisura de su labio escasamente moverse, y no es una sonrisa. Sus labios, unos hermosos labios se mantienen en una línea recta.
—Alguien que trabaja aquí no debe darse el lujo de invitarle un café tan caro a un extraño.
¡Sera imbécil!
Me contengo de cantarle sus tres en estos momentos y me limito a verle a los ojos. Le reto con la mirada y a él parece gustarle. Hijo de puta arrogante que cree poder humillarme. Ni siquiera me conoce.
—No lo hago por cortesía, lo hago por dignidad, señor. Ha sido usted quien…
—Le estoy ayudando a que conserve su trabajo con una buena propina, ya que preparándolo no le va tan bien.
Joder. El café ha quedado horrible, lo sabía. Pues me alegro.
—Lo siento…
—Eso ya lo dijo.
¿Ya lo dije?
Toma el café que ni siquiera me di cuenta en qué momento lo dejó frente a mí y se va, dejando el billete también. Me quedo absorta, molesta, rabiosa y lo siguiente. Tomo el billete y lo meto al frasco que va para caridad.
—Qué le den—Siseo por lo bajo pero Carmen me ha escuchado.
—¿A qué se debe la mala leche? Ha dejado una buena propia —Pregunta sorprendida. Yo finjo una sonrisa y le digo que no pasa nada—Algo bueno has hecho, no todos son así. Sabía que algo especial había en ese caballero, buen trabajo Isabella.
—Es bueno ayudar.
Llegué a casa y encontré al abuelo dormido. Le di un beso de buenas noches y me fui a la cama sin cenar.
—Te enfermarás, estás muy delgada—Me dijo mi madre y yo hice caso omiso. No tenía ganas de nada. Había trabajado dos jornadas y lo único que quería hacer era dormir, así que lo hice, pero cuando estaba en la cama no podía lograrlo.
De todos los años que llevaba trabajando en Cullen y en Le Le Dome nunca había visto a Edward Cullen, mucho menos hablar con él, y por si fuera poco, querer matarlo ahí mismo.
Me había ordenado, se habría preocupado y luego humillado.
Lo de la pulmonía habría sido para no contagiar a alguien, pero la pulmonía no se transmite de esa manera.
Ya ni sabía qué pensar. Estaba demasiado cansada para seguir luchando conmigo misma y menos con mis pensamientos.
El señor C. Edward Cullen no me conocía. Estaba lejos de conocerme, lo que sí sabía era que le seguiría viendo y jamás le bajaría la mirada.
Ni por todas las propinas del mundo y si me lo volviera a encontrar por los pasillos estaba dispuesta a echarle el carrito de limpieza encima, así me despidiese no me importaba.
Ese hombre desprendía peligro no solo en la mirada, sino en su voz y también lo que me hacía sentir al escuchar esa voz.
Hola a todas que les pareció el encuentro de ellos nos vemos el lunes con capitulo nuevo.
