Encuentros.

El destino funciona de forma curiosa, yo nací para pertenecerte desde mi primer aliento de la misma forma que mi hermana nació para Artemisa ¿Qué suerte o desgracia la de mis padres, no? Dos de sus cinco hijos debieron ser entregados a los dioses.

Cuando te conocí apenas tenía seis años; pequeño, impetuoso y atrevido nunca espere cruzar mi camino con una reina como tú, entonces pensé que eras un ser místico, específicamente una ninfa por tu belleza.

Mi hermana mayor de solo once años fue elegida como sacrificio para la diosa Artemisa, la recuerdo con aquella túnica blanca tan pura, su cabello adornado con flores y esas pulseras sagradas brillantes al sol.

Ella había aceptado su destino con dignidad y elegancia, nunca la vi llorar.

Pero yo si lloré por ella, por mi madre y por el destino cruel. Todos me decían que era un honor, que la familia debía sentirse bendecida pero no podía comprenderlo, Dionne moriría, su cuerpo perdería calor y su sonrisa nunca volvería. ¿Dónde quedaba la bendición en eso?

Por eso la noche anterior al día elegido me escurrí hasta tu habitación junto con nuestros hermanos para acompañarte por última vez, nos consolaste, intentaste convencernos de lo feliz que te sentías de haber sido elegida, prometiste que nos cuidarías desde las estrellas.

Al amanecer tuve que marcharme pero guarde tu imagen con fuego en mi memoria, sonriente, con el cabello negro enmarañado y tus ojos chocolate llenos de vida, siempre me he preguntando: ¿Por qué incluso ante la sentencia de muerte sonreías?

Supongo que la respuesta seria que su alma era hermosa.

La tarde llego lentamente, sonreías en cada momento sin importar las miradas ni las disculpas de nuestros padres, solo brillabas.

-Es por una buena causa, Aniel. Verás si la diosa está contenta será una buena época para el pueblo, contaremos con su bendición una vez mas y eso es provechoso para todos, necesitamos las cosechas para sobrevivir, la salud para las doncellas y su ayuda para traer nuevas vidas. Me siento orgullosa de que el destino del pueblo este sobre mis hombros porque mi muerte nunca será en vano, habré protegido a todos, te daré la oportunidad de tener un futuro mejor.

Esas palabras se clavaron en mi memoria con fuego casi dolorosamente, la entrega, el sacrificio y la humildad serían tus mejores cualidades al caminar hacia el templo de la diosa, te llame a voz de grito, pataleando y llorando alargando mi mano tanto como daba mi brazo para sujetarte, para evitar el porvenir, para salvarte.

Pero no pude hacerlo, solo vi la luna elevarse roja en el horizonte y supe que fue tu final. Me solté de mi madre y corrí hasta las afueras del templo para gritarle a esa diosa cruel por llevarte, por alejarte de mi lado. ¿Acaso tu vida, mi vida era tan insignificante?

Una de las siervas de la diosa me apunta con su flecha directo al corazón ofendida por mi falta de respeto, mi madre grita en algún sitio al fondo rogando por mi vida y me siento un estúpido por arriesgarme y hacer tu sacrificio en mano.

-Alto. –La primera vez que oí tu voz me parecía solemne aunque ni siquiera sabía el significado de la palabra, la doncella de la luna levanta la mirada para dirigir el trayecto de la flecha hacia la derecha donde te encuentras para bajarla al instante.

Recuerdo girarme lentamente por temor a ser apuntado de nuevo hasta poder observarte, pequeña con la piel pálida, tu cabello grisáceo en uno de esos moños que madre solía hacerle a mis hermanas y tus ojos castaños claros llenos de firmeza, despedías poder y elegancia para ser incluso más baja que yo.

-¿Quién eres? –Pregunto con voz dulce –increíblemente dulce para la ferocidad de sus ojos – la doncella.

-Athena. –Respondiste con tranquilidad, solo entonces me fije que te acompañaban un par de hombres de aspecto poderoso y distante, vestidos de oro resplandeciente.

-Diosa de la Guerra. –Reconoció entonces con una sonrisa que pretendía ser amable –Mis respetos, Señora. –fue todo lo que pronuncio al tensar nuevamente el arco esta vez apuntándote.

-¡No! –Un impulso desde lo más dentro de mí fue lo que me llevo atravesarme en medio ante la sorpresa de todos los presentes –Ya te llevaste la vida de mi hermana. ¿Por qué quieres otra?

-Niño insolente. –La flecha se dispara en mi dirección, recuerdo que cada segundo me parecía eterno y al mismo tiempo veloz, cerré mis ojos esperando mi final pero este nunca llego por lo que decidí ver que sucedió; uno de los hombres muy alto, de cabellos dorados y aspecto rudo sujetaba con firmeza la flecha en su mano derecha.

-Eres un chiquillo valiente. –Pronuncio despidiendo una energía dorada, no sería la primera vez que la sintiera como te confesé alguna vez, porque mi hermana Dionne también podía hacerlo cuando nuestros padres no miraban.

-El sacrificio que este pueblo debía ofrecerle a la Diosa Artemisa ya se ha cumplido –Dijiste con suavidad evitando mi mirada llorosa –El dolor de este niño es comprensible pero que lo atacaras por protegerme es impropio de las siervas de mi hermana. –La doncella se encogió asustada repentinamente para después entrar al templo en silencio sin darnos la espalda.

Recuerdo que perdí el conocimiento siendo la última imagen que vi tus ojos posarse en los míos. Cuando desperté mi madre me observaba con seriedad pero al mismo tiempo con cierta tranquilidad, me ayudo a levantar para instruirme en la educación que tendría que mostrar con las visitas.

Me vistió con mi mejor túnica porque debía estar presentable. Al salir de mi habitación me encaminaron hasta el comedor donde la niña que confundí con una ninfa se encontraba sentada en la mesa tomando el té con lentitud.

Supe que mi vida cambiaria en ese instante en que tus ojos se posaron en mi con posesividad. Ya no me ataban los lazos que me unían a mi madre, a mi familia, a quien yo era, solo entendí que sería tuyo.

-Aniel, soy Athena. –Te presentaste con tu dulce voz, me explicaste quien eras a pesar de que tenía alguna idea por los cuentos de mi madre, me contaste de tu misión en este mundo, de la travesía que enfrentarías y a la cual yo tendría que acompañarte.

Quise decirte que no, negarme y patalear pero no pude por el recuerdo de mi hermana, hui de la casa al bosque cercano prefiriendo no darte una respuesta aun así me fuiste a buscar hasta encontrarme, nos sentamos en silencio en un claro lleno de vida.

-Entiendo que no quieras venir conmigo. –Decías mientras hacías una corona de flores –Tu hermana te cuidara siempre.

-¿Quién eres? –Pregunte.

-Athena. –Respondiste contrariada.

-No, ese es el nombre que te pusieron los hombres en el Templo. ¿Quién eras antes de ser "Athena"? –Me miras con duda como si no comprendieras mis palabras.

-Mi hermana se llamaba Dionne, la segunda hija de mis padres era dulce, cariñosa y se preocupaba por nosotros pero dejo de ser "Dionne" para ser el "Sacrificio" de la Diosa Artemisa, siento que nadie la recuerda. –Confieso con frustración porque al levantarme nadie menciono su nombre, nadie lamento su muerte y nadie la lloro.

-Siempre he sido Athena. –Dices mas convencida –Nací en el Santuario, he vivido toda mi vida ahí y soy quien soy. –Sonríes tiernamente dejando la corona en mi cabello rubio –Tu hermana no ha desaparecido porque tú la recuerdas, la quieres y mientras sigas pensando en ella no se desvanecerá.

-Si voy contigo… ¿Me hare mas fuerte? –Ella asiente alegre de que al parecer estuviera cediendo un poco – ¿Tendré que dejar a mi familia?

-En lo que dure el entrenamiento, cuando te conviertas en un Santo podrás venir a verlos, les puedes mandar cartas.

-No sé escribir ni leer. –Por primera vez me siento avergonzado de esa falta de conocimiento.

-No importa, yo te enseñare. –Comienzas hablar sobre las cosas que has aprendido aquellas que te gustan y que no te gustan, las que te fastidian hasta el cansancio y las que te emocionan.

Sonríes mucho en este momento, parloteando con rapidez y al cuestionarte sobre eso respondes que no puedes reír mientras estas en clases o en las ceremonias que debes estar siempre firme y tranquila por lo cual aprovechas este instante de soledad para divertirte.

-Eso no está bien. –Digo –Las niñas siempre deben sonreír sino no son niñas. –Pareces confundida con mis palabras –Sonríe más seguido sin importar quien este frente a ti.

-Puedo sonreír para ti.

Me convenciste con eso porque de alguna forma quería proteger esa delicada sonrisa de todos, de tus aliados y tus enemigos de cualquiera que te prohibiera mostrar tu felicidad.

Era un niño tonto, impetuoso y atrevido que de pronto se encontró con una niña sincera, preciosa y solitaria, completamente diferentes nos juntamos con facilidad, siendo lo que el otro necesitaba.

-Dionne. –Te dije un día mientras estábamos sentados en la biblioteca cumpliendo la promesa que me hiciste de enseñarme a escribir. –Quiero saber cómo se escribe "Dionne". –Me sonreíste al mostrarme con una letra pulcra que tanto practicabas –Eres Dionne. –Ladeaste la cabeza confundida –Dijiste que no conocías a la Diosa Artemisa aunque la llamaste tu hermana porque así te enseñaron, no eres Athena aun hasta que te conviertas en ella serás mi Dionne.

-Es el nombre de tu hermana. –Señalas con timidez.

-Sí. Ella era lo más valioso para mí y se sacrificó por nosotros. –Te muestro los torpes trazos que logre hacer –Ahora tu eres mi mejor amiga, mi tesoro y te cuidare siempre como no pude protegerla a ella. –Vuelves a sonreír –Además las niñas deben sonreír.

Ríes alegremente y me siento extremadamente feliz como nunca en mis cortos años.

-¿En qué piensas? –Me preguntas con suavidad al tiempo que marcas la página del libro que lees.

-En la primera vez que me obligaste a trenzarte el cabello. –Contesto sin decirte la verdad por vergüenza –Lo cruel que fuiste al convencer a un niño de solo siete años de aprender engañándolo al decirle que eran nudos de guerreros solo para después utilizarlo a tu conveniencia.

-¡Que dices! Tú quisiste aprender por tu propia voluntad cuando Helena me estaba enseñando –Ríes suavemente por el recuerdo –Y sinceramente no fue difícil convencerte que me peinaras esa ocasión… ni las que siguieron.

-¿Cómo te diría que no si eres tú la que me lo pide? –Te sonrojas como pocas veces.

-Si te pidiera que saltara de un barranco ¿lo harías?

-Sí. –Respondo con simpleza porque es la verdad, enmudeces mientras me observas con curiosidad y un brillo hermoso en tu iris castaños.

-¿Si te ordeno que me abraces?

No te contesto pero me coloco de pie para llegar a tu lado, sentándome lentamente esperando cualquier palabra de tus labios pero no salen nada, mi brazo pasa sobre tus hombros para acercarte a mi cuerpo, no veo tu rostro sin embargo, siento como te relajas.

-Lo haría. –Contesto a tu pregunta.