OPUESTOS SE ATRAEN

III. EL EXTRANJERO

Templo del Patriarca, Santuario de Athena

Horas más tarde

Al parecer todo había salido perfectamente bien. Kanon y Satu refirieron al Patriarca lo sucedido aún antes de que Athena regresara de su reunión en el Olimpo. Cuando ésta regresó, todos los santos dorados estaban listos para celebrar. Satu tomó a Elsita de brazos de Sofi, quien se había ofrecido para cuidarla mientras ella y Kanon iban al Olimpo a acompañar a Athena.

-Bueno, todo salió bien- dijo Saori, aliviada, revolviendo los cabellos de Elsita quien aplaudió repetidamente, como si estuviera muy contenta- creo que por fin podremos regresar a nuestro ritmo de vida normal aquí en el Santuario-

Todos estaban aliviados, especialmente Aioros y Sofi, pues ambos planeaban casarse en un par de semanas, y querían que todo estuviera bien para la boda.

Camus escuchaba la conversación y miraba la escena desde una esquina, cruzado de brazos y apoyando su espalda en una de las columnas del templo. Afrodita tomaba cariñosamente la mano de Evelyn, quien aún se sentía muy tímida entre los demás. El santo de Piscis la adoraba, y no dejaba que nadie siquiera la mirara mal. De todos modos, se preocupaba demasiado: en realidad nadie la culpaba. Luego estaba Death Mask y Fatima. La chica apenas se estaba acostumbrando a la vida en Grecia, y ya había abandonado su hiyab y mostraba su largo (y hermoso) cabello oscuro. El santo de Cáncer la trataba con toda delicadeza y dulzura que nadie creía que tuviera. No, ya lo habían visto enamorado antes, con Helena, en Asgard.

Camus suspiró, y pasó la vista hacia los otros presentes. Lydia cumpliría diecisiete años en unos meses, y pronto sería mayor de edad. Ella y Mu habían pasado por mucho, sobre todo con ese bueno para nada de su pretendiente revoloteando a su alrededor, pero ahora estaban mucho mejor. Aioria y Marín estaban juntos, cosa que todos sabían que eventualmente pasaría. Shaka y Lena habían dejado de pelear por fin, y pronto fue evidente para todos lo mucho se que amaban esos dos. Aioros y Sofi se iban a casar en unos cuantos días. Saga y Kanon estaban prácticamente casados con sus respectivas chicas, en todo menos en nombre. Y por supuesto, Milo por fin había sentado cabeza y su relación con Cathy iba muy bien.

El santo de Acuario suspiró. Estaba feliz por todos sus compañeros. Camus sabía, en el fondo de su corazón, que eso del amor no estaba hecho para él. Se dio la vuelta con la intención de dejar las celebraciones y bajar a su propio templo, cuando un fuerte cosmo divino cimbró todo el Santuario de Athena.

Los santos dorados se pusieron en guardia, encendiendo sus cosmos. Scion se puso de pie junto a Athena, listo para defenderla si era los demás caballeros dorados también estaban en guardia, como si un ataque estuviera a punto de llegar.

Alguien acababa de llegar al Santuario. Un dios. El recién llegado usaba una larga túnica blanca y una diadema dorada con el símbolo del sol. Todos lo reconocieron de inmediato.

-Es Apolo- dijo Kanon en voz baja, solo para que Satu lo escuchara, frunciendo el entrecejo. ¿Qué no lo acababan de ver en la reunión de los dioses? Shion encendió su cosmo, pero Athena le puso una mano en el hombro para tranquilizarlo.

-Bienvenido a mi Santuario, hermano- dijo Athena, notando que su hermano no tenía un cosmo agresivo, sino más bien estaba preocupado- dime, ¿qué sucede?-

-Athena- dijo el dios sol- he venido ante ti a pedirte… no, a suplicarte tu ayuda. Sé que hemos tenido nuestras diferencias en el pasado, pero esta vez lo que está en juego es la vida de alguien muy estimado para mí. Por ello me he tragado mi orgullo y he venido a pedirte ayuda-

La joven diosa parpadeó y dio un paso adelante, seguida muy de cerca del Patriarca. Athena notó que el dios tenía a una chica entre sus brazos. Estaba herida: uno de sus antebrazos y su tobillo estaban severamente inflamados y enrojecidos.

-¿Qué sucedió?- dijo la diosa, mirando a la chica con interés.

-Es una larga historia- dijo Apolo.

-¿Porqué no te sientas?- dijo Saori, mostrándole un sofá. Apolo se acercó a él, pero en vez de tomar asiento, colocó a Liliwen ahí con sumo cuidado.

-Esto fue lo que sucedió, Athena. Hace diecinueve años cometí un grave error- comenzó a relatar Apolo- me… enamoré de una de las cazadoras de mi hermana Artemisa, una chica mortal, originaria de Snowdonia, llamada Arianwen. Y ella también se enamoró de mi. Arianwen y yo… bueno, ya sabes…-

Athena puso los ojos en blanco. Por supuesto, Apolo no podía contenerse. La joven diosa suspiró resignada.

-De acuerdo, entiendo- dijo Saori- ¿qué pasó después? Imagino que nuestra hermana debió haberse enfurecido-

-No tienes idea- dijo Apolo, bajando la cabeza tristemente, y acariciando distraídamente los cabellos de Liliwen- Artemisa no solo expulsó a Arianwen de sus cazadoras, sino que le dio caza. Finalmente, seis años después, ella puso a su pequeña hija bajo la protección de dos de mis sacerdotisas, y fue a enfrentar la furia de mi hermana. No puedo…- bajó la mirada y respiró hondo, intentando recuperar la compostura- no puedo terminar de describir lo horrendo que fue para mí, Athena, ver su cuerpo destrozado. Había fallado en proteger a la madre, no fallaría con la hija-

La vista de Athena pasó del rostro de Apolo al de la chica. ¡Pero por supuesto! Esos alborotados cabellos rojo fuego eran del mismo tono que los de Apolo, aunque sus facciones eran más redondas, a diferencia del rostro alargado del dios.

-Pedí a Hypnos que la hiciera dormir y confundiera su mente con sueños agradables, y yo borré su memoria para que no recordara la manera horrible en la que su madre murió, y en la que mi hermana quiere asesinarla- continuó Apolo, quitando un mechón del rostro de su hija y poniéndolo detrás de su oreja- pero el día de hoy, los sirvientes de Artemisa la encontraron. Eliminaron a sus protectoras, mis sacerdotisas. Apenas logré salvarla, pero Artemisa jura que terminará lo que empezó hace trece años-

Athena esperó pacientemente a que Apolo se compusiera. El joven dios acarició la mejilla de la chica con el dorso de su mano y suspiró.

-Necesito un sitio donde pueda estar a salvo mientras que convenzo a Artemisa de dejarla en paz- dijo Apolo. Y para sorpresa de todos, el orgulloso dios del sol se puso de rodillas- por favor, Athena. Deja que se quede en tu Santuario, bajo tu protección, mientras que convenzo a mi gemela de dejarla vivir…-

Saori lo evaluó con la mirada, pero finalmente sonrió y asintió.

-Tu hija es bienvenida aquí, Apolo- dijo Athena- tienes mi palabra que aquí mis santos y yo cuidaremos bien de ella- miró con una sonrisa compasiva a la chica que, a pesar de que era un poco mayor que ella, parecía ser mucho más pequeña- ¿cómo se llama?-

-Su madre la llamó Liliwen- dijo Apolo, sonriendo levemente sin dejar de ver a su hija.

-Liliwen estará a salvo aquí hasta que convenzas a Artemisa- dijo Saori.

Apolo sonrió.

-Te lo agradezco, Athena- dijo el dios sol, sintiendo como si le quitaran un peso de encima, y volviéndose a su hija, quien dormía en el sofá sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor- ahora, solo déjame despertarla y explicarle que está pasando-

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Habitaciones de Artemisa, Olimpo

Touma se rascó la cabeza. No le estaba gustando nada esa situación. Si bien Teseo y Odiseo le habían explicado lo ocurrido con Liliwen y porqué su señora estaba tan interesada en terminar con su vida, el chico no había encontrado una buena razón para que la diosa continuara con su rencor contra la chica.

-Han pasado diecinueve años de eso- dijo Touma, aún si poderse creer lo que sus compañeros le habían contado- ¡yo aún ni siquiera nacía!-

-Arianwen rompió el juramento, Touma- le dijo Teseo, cruzándose de brazos, apoyado en una de las columnas en el Olimpo- la señora Artemisa no perdona fácilmente esas afrentas-

Touma se dejó caer al suelo, pensativo, y se cruzó de brazos. Se rascó la cabeza de nuevo, revolviéndose los cabellos rojizos. Sí, sabía que su señora tenía un genio de los mil demonios, pero no recordaba que fuera tan agresiva con alguna persona. ¿Debería hablar con ella? Quizá no sería tan buena idea contradecirla.

El ángel pelirrojo se levantó después de un rato, y fue a buscar a la diosa. Ésta se encontraba sentada en una silla, enfurruñada, cruzada de brazos mientras esperaba la hora de comer. Touma sonrió levemente al verla y se inclinó.

-¿Eres tú, Touma?- dijo Artemisa, como quitándole importancia a la presencia del ángel.

-Aquí estoy, señorita Artemisa- dijo el chico- ¿puedo ayudarla en algo?-

-Tenemos que formular un plan para que tú y los otros vayan a buscar a la hija de Apolo y de Arianwen- dijo la diosa de la luna- que Fjore la inmovilice mientras llego con ustedes. Yo quiero destruirla en persona-

Touma se mordió el labio.

-Señora Artemisa- le dijo el ángel en voz baja- ¿porqué tiene tanto odio hacia esa chica? Está bien que su hermano se pasó de la raya, pero ella no tiene la culpa-

Artemisa frunció el entrecejo, sus ojos verdes brillando de furia. Toma tragó saliva y esperó pacientemente.

-Tengo que darle una lección a Apolo, para que lo piense dos veces antes de volverse a meter con una de mis cazadoras- dijo la diosa, cruzándose de brazos enfurruñada. Touma suspiró. No había remedio.

-Iremos inmediatamente a buscarla, señora Artemisa- dijo el ángel, inclinándose y saliendo a buscar a sus compañeros.

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Templo del Patriarca, Santuario de Athena

Si habían pensado que la chica que Apolo llevaba consigo era común y corriente, al despertar ella todos notaron que se habían equivocado gravemente. Cuando el dios del sol se inclinó junto a la chica y puso su dedo en la frente de ella, ésta abrió los ojos y y se incorporó. Al principio miró a su alrededor, confundida, y sus ojos verdes brillaron en contraste a sus cabellos color rojo fuego. Luego se dio cuenta de que Apolo estaba ahí, y se levantó apresuradamente, para inclinarse frente al dios.

-Ilustre padre- dijo la chica con su cabeza inclinada, sus cabellos en la cara.

-Liliwen- dijo Apolo en un tono serio que no engañaba a nadie. Athena se cubrió la boca con su mano, suprimiendo un suspiro de ternura: su hermano realmente amaba a esa chica, su hija- Deryn y Myfanwy no regresarán. Te quedarás aquí, en el Santuario de Athena, bajo su protección, y la de sus santos hasta que resolvamos este problema. No les causarás problemas ni te pondrás en peligro innecesariamente, ¿de acuerdo?-

-Lo prometo, ilustre padre- dijo Liliwen, y se volvió hacia Saori, inclinándose también- agradezco mucho su hospitalidad, honorable tía-

La diosa se ruborizó levemente.

-No es nada, Liliwen- dijo Saori, sonriendo- será un placer tenerte aquí con nosotros- la miró con curiosidad- solo que no será tan secreto el hecho de que esté aquí, Apolo. Mírala: su cosmo es muy llamativo. Lleno de fuego. Y se parece al tuyo- añadió, mirando a Apolo.

Shion, que estaba de pie junto a la diosa, pasó sus ojos de Liliwen a los demás santos dorados, y por fin se detuvo en uno de ellos.

-Quizá… Camus- dijo Shion de pronto, haciendo que el santo de Acuario diera un respingo de sorpresa- Camus, ponte de pie junto a ella-

Camus estaba confundido, pero no tuvo más remedio que obedecer. Liliwen bajó la mirada, algo avergonzada, cuando el santo dorado se paró junto a ella, nunca había estado tan cerca de otra persona: sentía que invadía su espacio personal. Involuntariamente dio un paso atrás, pero Apolo le dio un leve empujón hacia delante, para que no se separara. Por medio minuto que a ambos les pareció extrañísimo e incómodo, por fin los dos dioses estuvieron satisfechos.

-¡Wow!- dijo Athena, aplaudiendo un par de veces- el calor de su cosmo no se siente junto al frío cosmo de Camus. Quizá este plan pueda llegar a funcionar, después de todo-

-Entonces está hecho. Camus se encargará de protegerla- dijo Shion- si el señor Apolo no tiene ningún inconveniente-

Apolo se cruzó de brazos y asintió satisfecho, haciendo un gesto de aprobación. Liliwen continuaba con su rostro tan rojo que sus pechas casi desaparecieron, y volvió su mirada en dirección contraria del santo, pero no dijo nada.

-Pero señorita Athena- comenzó el santo de Acuario en su habitual tono serio-¿cree que esto es una buena idea?-

-Sí es una buena idea- dijo Athena.

-Eso no va a detener a Artemisa, se va a enterar tarde o temprano- dijo Camus.

-Eso puede hacernos ganar algo de tiempo, Camus, mientras ella se convence de no seguir atacándola- dijo Shion, mirando benévolamente a la chica, quien continuaba a menos de medio paso de Camus, con su mirada firmemente clavada en el suelo- yo estoy de acuerdo también-

Camus se cruzó de brazos de manera indiferente, aunque la verdad no le agradaba mucho la idea: había visto de reojo la sutil sonrisa de Milo, la que conocía muy bien y significaba que pronto tendría problemas. Pero también sabía que no podía negarse: eran órdenes del Patriarca y de la misma Athena.

Ignorante a los pensamientos de Camus, Apolo agradeció nuevamente a Athena, y se despidió de ella con una inclinación de su cabeza, después se volvió a su hija para besarla en la frente, y desaparecer.

-Bueno, ¡bienvenida, Liliwen!- dijo Saori alegremente. La tomó de las manos y la hizo darse varias vueltas de tan emocionada que estaba. Shion se cruzó de brazos de manera reprobatoria, pero no dijo nada. La chica rió levemente, pero pronto tropezó e hizo una mueca de dolor. Camus la detuvo de los brazos.

-Auch…- dijo ella en voz baja, intentando apoyar sus pies el en suelo, pero el santo se lo impidió.

-No apoyes con ese pie, estás lastimada- dijo Camus en un tono severo, sin levantar la voz. La ayudó a sentarse, y miró su mano, frunciendo el entrecejo- son quemaduras por frío. ¿Quién hizo…?- añadió, alzando los ojos.

Como respuesta, Liliwen solo se encogió de hombros.

-De acuerdo- añadió Camus, entendiendo lo que había pasado. Le ofreció su brazo para ayudarla a ponerse de pie y, tras despedirse de los demás, bajó a su templo con ella.

Athena y Shion se dirigieron una mirada significativa entre ellos, la diosa alzando las cejas. Los demás santos también se miraron entre sí y se encogieron de hombros, para volver a sus actividades habituales.

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Templo de Acuario

Camus llevó a Liliwen a la habitación de aprendices del templo de Acuario. El francés era una persona sumamente ordenada, y aunque ya no tenía ningún aprendiz, siempre se aseguraba de mantener limpia la habitación y las sábanas cambiadas. Apoyada en el santo, Liliwen se sentó lentamente sobre la cama.

-¿Podría mostrarme su mano, madame?- le dijo Camus en voz baja. Liliwen asintió y le mostró la mano que Fjore había congelado hacía un rato. Camus lo examinó, y vio que el meñique y la punta del dedo corazón se habían tornado de un feo color azul grisáceo. Lo mismo pasaba con algunos dedos de su pie. El santo dorado se mordió el labio, preocupado.

-¿Tan mal así se ve?- dijo Liliwen en voz baja, sin poderse contener más.

-¿No le duele?- dijo Camus. La chica sacudió la cabeza, y el santo persistió con su expresión preocupada, murmurando para sí mismo en francés que eso no estaba bien- ce n'est pas bon…-

-¿Voy a perder mis dedos?- dijo la chica, asustada. Camus se levantó sin responderle y salió a la cocina. Pronto regresó con dos recipientes llenos de agua tibia. Puso uno en el suelo y otro en la mesita de noche.

-No si yo puedo evitarlo- dijo el santo, señalando el recipiente que estaba en el suelo- mete el pie en esta. Y pon tu mano en esta- añadió, señalando el recipiente en la mesita.

Liliwen obedeció, y siguió con la mirada a Camus, mientras sacaba una manta del armario y la usaba para cubrir a la chica. Ésta sonrió, aliviada al sentir calor. ¡Ese templo estaba mucho más frío que su casa en Snowdonia! Liliwen encogió su pie sano, cubriéndolo también bajo la manta.

-Muchas gracias por su amabilidad, señor Camus- dijo Liliwen, mientras se frotaba el hombro con su mano sana.

-Es "Camus" a secas, madame- dijo el santo dorado, sin quitar la vista de los dedos de la chica, que lentamente comenzaban a recuperar el color.

-En ese caso, es Liliwen. O Lilú, si quieres- dijo la chica, sonriendo levemente, mirando de reojo al santo. Parpadeó repetidamente, y bajó la mirada- lo siento, no soy buena charlando o haciendo amigos-

Camus alzó las cejas, pero pronto suavizó la mirada.

-Entonces nos llevaremos bien, tampoco me gusta charlar- dijo el santo dorado en un tono seco, levantando apenas los ojos para mirar a Liliwen, y después bajó la mirada a ver la mano de la chica- mira, ya estás mejor-

Liliwen asintió, pero hizo una mueca.

-Empezó a dolerme- dijo la chica en voz baja

-Lo sé- dijo Camus- duele cuando la sangre regresa a los dedos. Intenta charla conmigo- insistió el santo, extendiendo su mano y haciéndola levantar la vista hacia él, con la esperanza de que ignorara la molestia- cuéntame como era tu hogar-

Liliwen intentó sonreír.

-Vivía cerca de Caernarfon, en Snowdonia- dijo la chica- vivía en una pequeña aldea en las montañas de Snowdonia, a un par de kilómetros del pueblo de Caernarfon. Si vieras las hermosas montañas, verdes por el pasto…-

Camus sonrió, y sacó la mano de la chica del agua, para comenzar a aplicar un ungüento sobre la piel quemada con sumo cuidado para no lastimarla más. La chica hizo otra mueca de dolor, pero no hizo ningún ruido.

-¿Te puedo hacer una pregunta?- dijo Liliwen después de un rato en silencio.

-Dime- dijo el santo de Acuario

-¿Porqué te llamas Camus?- dijo la chica- ¿es por el escritor Albert Camus?-

El santo sonrió levemente y levantó la vista. Era la primera persona que le había dicho algo parecido alguna vez. Estaba impresionado.

-Sí, mi padre biológico me llamó así- dijo Camus.

-¿Has leído su obra?- preguntó la chica.

-Muy poco- admitió Camus, un poco avergonzado- solo leí El Extranjero-

Liliwen sonrió de nuevo. Aún estaba un poco nerviosa y confundida, encontrándose en un sitio extraño y sabiendo que su tía quería enviarla al Inframundo, pero ya no se sentía tan incómoda como en un principio. La mirada del santo dorado la intimidaba, pero quería suponer que también había bondad en él. La chica hizo de nuevo muecas de dolor, e incluso un gemido se le escapó de los labios. Camus lo notó al instante.

-¿Quieres saber algo del Santuario de Athena?-preguntó Camus, mientras seguía untando el medicamento, intentando distraerla de su dolor.

-Tienen muchas reglas aquí, supongo- dijo Liliwen en voz baja, cerrando los ojos para disimular el dolor- Myfanwy me contó una vez que mi ilustre padre tiene reglas muy estrictas en el Oráculo de Delfos. Supongo que aquí también-

-Sí, pero algunas no aplican contigo- le dijo Camus, concentrado en vendarle la mano lastimada- no debes salir de los Doce Templos sin avisar, y mucho menos sola, ¿de acuerdo?-

Liliwen abrió los ojos y asintió, mientras Camus procedía a vendar su pie herido. El santo de Acuario frunció de nuevo el entrecejo mientras lo hacía. ¿Cómo una diosa, quienquiera que haya sido, había podido atacar así a la chica, sobre todo cuando era su propia sangre? Suspiró. Jamás entendería a los dioses.

-Gracias… Camus- dijo la chica- gracias por tu amabilidad-

-Es solo mi deber, Liliwen- le dijo Camus en un tono seco de nuevo, que hizo que ella borrara su sonrisa.

-Oh- dijo ella, parpadeando un poco decepcionada- de acuerdo. Pero gracias de todos modos-

Camus asintió cuando terminó de vendarla. La ayudó a levantarse de la cama para deshacerla y ayudarla a acostarse y a cubrirse con las mantas. El santo sonrió levemente al ver a la chica ovillarse bajo las sábanas.

Había sido un largo día para ella.

-Que tengas buenas noches- dijo Camus en voz baja.

Liliwen sonrió y, tras agradecer nuevamente a Camus, cerró los ojos y cayó casi de inmediato vencida por el sueño.

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Templo de Escorpión

Ni lento ni perezoso, Milo bajó rápidamente a su propio templo a contarle a Cathy las noticias. La chica ya se encontraba mucho mejor, y recibió la noticia de que Camus estaba a cargo de la hija de Apolo con algo de escepticismo.

-Pero, ¿porqué Camus tiene que cuidarla?- dijo Cathy.

-Pues…- dijo Milo- el maestro Shion cree que el cosmo helado de Camus puede confundir a Artemisa y le ayudará a mantenerla escondida, al menos por un tiempo-

Cathy se quedó pensativa, y luego miró a Milo sospechosamente.

-Te conozco. No vayas a molestarlo con esto, Milo- le dijo Cathy- ya sabes como es Camus. Es serio, y un poco introvertido: no le gustará que lo estés importunando-

-Mi amor, ese pensamiento jamás ha cruzado mi mente- dijo el santo de Escorpión con una sonrisa de inocencia que podría haber engañado a cualquiera, pero no a su chica.

-Milo…- le dijo Cathy en tono de advertencia. El santo de Escorpión la besó.

-Está bien, está bien- le dijo Milo- prometo no importunarlo… mucho-

Cathy suspiró, resignada. Iba a decir algo más, cuando Mister Darcy ladró contento y de un brinco subió a la cama. La chica sonrió ampliamente y lo subió a su regazo, abrazándolo y acariciándolo detrás de las orejas

-¿Cómo es?- dijo Cathy de pronto.

-¿Cómo es que cosa?- preguntó el santo dorado.

-¿Cómo es esa chica?- dijo Cathy- quiero decir, quizá necesita ropa o zapatos, habiendo llegado de improviso al Santuario-

Milo sonrió levemente.

-Es pequeña, su complexión es algo parecida a la de Satu- dijo Milo, pensativo

-Quizá ella podría prestarle un poco de ropa- dijo Cathy, pensativa- al menos mientras Camus le consigue algo más para usar. Pobre chica, debe estar muy asustada-

Milo asintió. Su chica tenía razón: la pobre Liliwen había sido arrancada de su hogar y llevada al Santuario, un lugar extraño, sin siquiera un par de zapatillas. Mister Darcy brincó sobre el regazo de Milo y comenzó a lamer su cara, demandando atención. El santo de Escorpión sonrió y lo acarició.

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CONTINUARÁ…

¡Hola a todos! Espero que les esté gustando esta historia. Muchas gracias a todos por dejarme sus reviews y por seguir leyendo mis locuras. Nos leemos pronto.

Abby L.